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     REPORTAJES
NÚMERO 48 / MARZO / 2003

BIO-BAC: SILENCIOS IRRESPONSABLES Y SILENCIOS COBARDES


Para quienes en los sillones de sus despachos oficiales piensan que nada ha cambiado en el caso Bio-Bac en el último mes y tienen controlada la situación, el más pequeño de mis desprecios. El Bio-Bac se sigue negando a los enfermos, la Administración continúa callada y los medios de comunicación preparan despliegues multimillonarios para hablarnos de las muertes de la próxima guerra organizada... pero ninguno informa de que ya no están con nosotros varias de las personas que clamaban por el producto. Entre ellos, Concepción Martínez y Faustino Pastrana, madre y padre respectivamente de David Chamón y Ana Pastrana, dos de las personas que asaltaron el chalet de Rafael Chacón a fin de conseguir Bio-Bac para sus progenitores como fuera. Todo antes que permanecer impasibles y dejarles morir... Pero no pudo ser. Se han unido, por desgracia, a la lista de fallecidos que exigían Bio-Bac para controlar su enfermedad y a los que con la retirada del producto se les arrebató la esperanza y, probablemente, la vida.


Mi dolor no puede ser el de sus seres queridos y la desesperación no lacera mi alma como seguro lo hace con las suyas. Desesperación acentuada por la certeza que ellos mantienen de que lo inevitable se podía haber aplazado cuando no evitado porque -¡oh casualidad!- su mayor deterioro comenzó tras dejar de recibir el Bio-Bac. En cualquier caso, no quiero dirigirme en esta ocasión a quienes piensan que los fallecidos y sus familias no son más que cifras en una estadística de muertes inevitables y siguen demostrando tener piedras en lugar de corazones.

Estar en la barrera del problema me ha servido durante este último mes para reflexionar sobre el papel del casi medio millón de enfermos de cáncer que hay en España. Hoy, muchos de los lectores de esta revista, además de estar interesados por la Salud con mayúsculas de forma genérica, padecen algún tipo de dolencia más o menos grave. Son también muchos entre ellos -nos consta por las cartas y comentarios que recibimos- los que sufren o han sufrido la desgracia de ser víctimas del cáncer. Y seguro que la gran mayoría nada había oído sobre el Bio-Bac hasta que comenzó tan escandalosa persecución a médicos y pacientes. Pues bien, a ellos, a los enfermos y a sus familiares de todo el país quiero dirigirme. Porque me gustaría que entendieran que la batalla iniciada por los enfermos que reclaman el Bio-Bac no es “su” batalla, es la de todos aquellos que han tenido la desgracia de convivir con el cáncer o cualquiera de las enfermedades denominadas malditas... y la de todos nosotros porque un día podemos también enfermar. Por tanto, no podemos ni debemos dejar que la ganen o pierdan en soledad quienes se manifiestan para pedir el acceso al Bio-Bac. Y quizás sea el miedo el que les ha impedido actuar hasta ahora, pero, ¿miedo a qué? ¿Cuándo se va a entender que los enfermos que reclaman el Bio-Bac no pretendenacabar con los demás tratamientos, derribar al gobierno, socavar los cimientos de la medicina moderna o derribar los conocimientos de las cátedras universitarias? ¿Cuándo se va a entender que los enfermos que reclaman el Bio-Bac sólo quieren VIVIR? ¿Cómo no vamos a entender algo tan sencillo? ¿Cómo no vamos a hacer nuestra la lucha de quienes se han sentido o se sienten golpeados por una enfermedad grave, de quienes han sufrido -y sufren- los más dolorosos tratamientos buscando escapar de un destino contra el que se rebelan a diario?

Pues bien, invito tanto a los enfermos de cáncer y otras enfermedades degenerativas así como a sus familiares a que se coloquen una pegatina -ahora que está tan de moda- que diga simplemente ACCESO LIBRE AL BIO-BAC y la lleven colocada de forma bien visible cuando vayan a los centros hospitalarios, a las consultas de sus médicos, al trabajo o mientras caminan por la calle... Hay que dar un grito unitario que conmueva los cimientos de los hospitales porque la jueza, los políticos y los medios de comunicación se han olvidado de que son seres humanos los que sufren y mueren, que no son números de sumario, ni datos estadísticos, ni noticias que acoplar en función de la actualidad. Son una realidad viva de 24 horas diarias de angustia, en familia o en soledad.

¿Por qué el silencio masivo de los enfermos de cáncer... o de cualquier otra enfermedad grave? ¿Por qué no se han unido ya a las peticiones de los enfermos y familiares que reclaman el Bio-Bac? ¿Creen acaso que el Bio-Bac no tiene nada que ver con ellos? Si así piensan se equivocan. El Bio-Bac les da, ante todo, una oportunidad única: ayudar al que sufre como ellos sufren. Nadie mejor que ellos puede ayudarles. Quienes sufren se comprenden porque hablan el mismo lenguaje, porque comparten los mismos gestos, los mismos silencios y han aprendido el valor de las pequeñas cosas.
¿Qué pierden por comprometerse con la lucha de sus “socios” de enfermedad? Nada. Ellos también son enfermos. ¡Qué más da si han probado o no el Bio-Bac y si creen o no en sus efectos! ¡QUÉ MAS DA! Los enfermos y sus familiares tienen más en común que los afiliados a un partido o los socios de un club. Entienden de dolor, entienden de sufrimiento, entienden del miedo a la muerte -a la propia o a la ajena-, entienden de la desesperación y del derecho a no ser un número estadístico que cura o muere en función de las ideas preconcebidas de nadie (por muy buena voluntad que ponga no es él el que sufre), entienden -o deben de entender- que nadie -con o sin bata de médico, con o sin maletín de parlamentario, con o sin micrófono- debe arrebatarles la esperanza. Porque el enfermo sabe que la esperanza cura y la desesperación y el miedo matan. Y la esperanza puede estar en cualquier rincón: en un tratamiento supercaro en Estados Unidos... o en un compuesto llamado Bio-Bac. Por todo ello no pierden nada. Por todo ello no entiendo que no sientan el problema como suyo.

Aunque sólo fuera por egoísmo, si los enfermos se unieran a la petición todos ganarían. Los que piden el Bio-Bac porque ellos podrían seguir administrándoselo a sus familiares y podrían volver a verlos felices y esperanzados; y también ganarían los que no lo piden pero comparten su situación de enfermos.

Imaginemos por un momento que con la unión de todos los enfermos se consiguiera demostrar que los “iluminados” tenían razón, que el Bio-Bac cura y no sólo el cáncer. A lo mejor para ellos también se abría una nueva ventana a la esperanza. Sería tal el boca a boca, la marea que recorrería los centros sanitarios, las plantas y los consultorios que esta Administración -o la siguiente- no tendría más remedio que nombrar un comité de especialistas internacionales –y no escogidos a dedo por quienes hoy lo niegan sino de forma consensuada- para analizar las pruebas que ahora se niegan a valorar sin explicar por qué para unos estudios los laboratorios de medio mundo sirven y para otros no.

No se puede matar la esperanza de miles de familias. Además, ya va siendo hora de recuperar la capacidad de elegir con libertad y responsabilidad porque es probablemente, después del de la vida, el derecho más inviolable de un enfermo. A ningún enfermo se le puede negar la posibilidad de elegir, a partir de su conocimiento y de la experiencia, lo que es o no mejor para él. Porque, ¿hasta dónde debe llegar la confianza en el médico? Difícil pregunta. ¿Hasta dónde debe de llegar la confianza en el sistema sanitario? Permítanme una pirueta. Si usted se permite discrepar de la postura gubernamental sobre la necesidad de la guerra contra Irak, si no considera la palabra de nuestros ministros como palabra de santo, si se permite esbozar una sonrisa cuando le dicen que no es el petróleo lo que en realidad le interesa a Bush o viendo su pensión subir una miseria sonríe cuando le hablan de lo bien que están los pensionistas, si en todas esas situaciones se permite dudar, pensar por sí mismo y, sobre todo, negar la infalibilidad de quienes le gobiernan dejando un margen de duda sobre los datos que le dan o los intereses que hay detrás... ¿por qué en el tema de la salud tiene que ser diferente? ¿Por qué van a estar los intereses políticos o económicos más al margen que en el resto de las cuestiones? ¿Por qué en el tema de la salud tienen que ser nuestros administradores infalibles o incorruptibles?

Al final, a cada uno sólo nos queda la experiencia personal sometida al esfuerzo intelectual por saber cada vez más, bebiendo de distintas fuentes. La experiencia que indica qué va bien o qué no, qué tratamiento está funcionando y cuál no. En la vida real, cuando uno toma una medicina sabe en poco tiempo si le sienta bien o no; uno no mira para saberlo lo que dicen las estadísticas sobre el fármaco. Y la experiencia les dice a quienes reclaman el Bio-Bac que éste funciona, que la niña que no podía ni rascarse hoy se rasca y ríe, que el niño que no se podía mover hoy corre en la guardería, que la mujer que podía estar muerta ríe y lucha por los demás... aunque los pronósticos decían lo contrario y les aconsejaban que se conformaran con estar en el batallón de los “incurables”. Ellos se negaron, ejercieron su libertad, preguntaron y probaron. ¿Que se podían haber equivocado? ¿Y quién no? ¿Qué les podían haber engañado? También. Sin embargo, todos ellos empezaron pronto a notar que la vida y la esperanza volvían a sus vidas. Es su experiencia y nada ni nadie podrá arrebatársela. Y en la defensa de esas experiencias –individuales, sí, pero innegables- todos los enfermos deberían estar unidos, deberían rebelarse. Ojalá se den cuenta de que su silencio es un silencio irresponsable.

Como cobarde, más que irresponsable, es el silencio de aquellos médicos que durante años han recetado el Bio-Bac y que como no fueron detenidos están muy callados. Porque si para ellos es más importante el qué dirán que su conciencia, lo que pueden pensar sus colegas que lo que han constatado en sus pacientes y prefieren ocultar sus convicciones en lugar de defenderlas con dignidad deben saber que con su actitud se convierten en cómplices de la Administración y renuncian implícitamente a luchar por la vocación que un día les llevó a dedicarse al arte de curar. Es más, o han estado engañando durante años a sus pacientes o se engañan ahora a sí mismos. Puede que haya quien no sepa e, incluso, prefiera no saber pero si los que saben también callan, ¿a dónde tienen que mirar entonces los pacientes? Hay silencios irresponsables y silencios cobardes por mucho que se busquen justificaciones. El miedo a desafiar al sistema es libre, el deseo de seguir dentro de él también pero al final del día cada uno se queda a solas con su ciencia... y su conciencia. Y entonces no hay engaño posible.

 

Antonio Muro
 



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