En Estados Unidos
al menos dos millones de personas son víctimas cada año de graves efectos secundarios
tras consumir medicamentos... de las que 100.000 mueren. Estimándose que en los
demás países desarrollados las cifras son similares por lo que se calcula que
en España probablemente mueran por esa causa unas 15.000 personas al año.
Las cifras son tan escandalosas que un grupo de científicos encabezado por Kathleen
M. Giacomini -de la Universidad de California en San Francisco (EEUU)-
reflexiona sobre ello en un artículo que acaba de publicar Nature en el
que se recuerda que en los últimos diez años 19 fármacos tuvieron que ser retirados
del mercado tras arduas polémicas por su iatrogenia. Entre ellos, los conocidos
rofecoxib (Vioxx), pergolida (Permax o Pharken) y natalizumab
(Tysabri), éste por cierto de nuevo en el mercado.
Claro que los "efectos
adversos" de los fármacos se consideran "aceptables" o no en función de la llamada
"relación beneficio-riesgo" que es de carácter claramente subjetivo. Y así, "para
un cáncer que amenaza la vida del paciente" -algo subjetivo que se pretende
hacer pasar por objetivo- los graves efectos secundarios de la Quimioterapia,
por ejemplo, se consideran "tolerables" -lo que es inconcebible porque ésta no
ha curado jamás un solo caso de cáncer- al igual que los de otros muchos productos
farmacológicos igual de inútiles. Relación "beneficio-riesgo" que, claro, no se
puede justificar cuando su consumo causa efectos graves y esos fármacos tienen
mero carácter paliativo -es decir, que tampoco curan nada- como los analgésicos,
los antihistamínicos, los antipiréticos, los antiinflamatorios, etc.
En fin,
el caso es que como no se está dispuesto a cambiar de paradigma y enfocar el tratamiento
de las llamadas enfermedades de otra manera ya que el sistema no quiere en modo
alguno renunciar al negocio farmacológico la propuesta que ese grupo de científicos
hace ahora es la de aprovechar las tecnologías emergentes en el campo de la Genómica
para identificar a la población que es susceptible, por su perfil genético, de
sufrir efectos secundarios en cada caso concreto. Y de ahí que destaquen la utilidad
de proyectos como el HapMap que ha permitido, conociendo el perfil genético
de una persona, saber de antemano a qué fármacos reaccionará bien o mal. Tests
que "estarían lejos de ser perfectos" -reconocen- pero "proporcionarán
al médico información de la que hoy no dispone para saber el fármaco más conveniente
para el enfermo ajustando además mejor la dosis ".
Los autores del artículo
reconocen, empero, la dificultad que tiene encontrar marcadores genéticos del
riesgo de padecer un determinado efecto adverso porque "en realidad no se sabe
cómo ocurren". Y lo explican: "En la mayoría de los casos no tenemos o
tenemos muy poca información sobre los mecanismos biológicos subyacentes. La experiencia
nos dice que los estudios preclínicos en modelos animales no pueden predecir los
efectos adversos graves inesperados". Otro de los hándicaps que aluden es
que para estudiar bien el asunto se necesitarían muchas más víctimas ya que el
número de personas que han padecido efectos adversos graves no es aún suficientemente
alto para efectuar un análisis genético general adecuado. De ahí que propongan
crear una base de datos para estudiar mejor cómo evitar en el futuro el mayor
número posible de reacciones graves e inesperadas. Una iniciativa que ya se puso
en marcha en Europa por diez países mediante el Proyecto EUDRAGENE que
financia la Comisión Europea.
Nosotros, en cualquier caso, conocemos un método
infalible para evitar los efectos secundarios graves de los fármacos: no tomarlos
salvo que sea absoluta y estrictamente necesario. Y eso ocurre en la vida en contadísimas
ocasiones.