Que
vivimos en una sociedad dura -casi despiadada- y regida por intereses económicos
es algo que pocos ponen hoy en duda. Pero sólo en contadas ocasiones, cuando el
rostro de la muerte nos asalta desde los medios de comunicación, se remueve de
verdad algo en nosotros que termina provocando cambios en el modelo social. Para
bien...o para mal. Pasó con Rock Hudson cuya imagen se convirtió de manera
claramente interesada en la cara del Sida, con el rostro de Ana Orantes
quemada viva por su marido días después de salir en un programa de televisión
y que sirvió para recordar por enésima vez la barbarie del machismo irracional
o con el joven Carlos Palomino cuya reciente muerte nos hizo visualizar
los peligros de las bandas ultras. Numerosos personajes famosos vieron igualmente
convertida su tragedia en símbolo de lucha o resistencia. Son los casos de
Luther King -hoy referente mundial de la defensa de los derechos humanos-
o de Ghandi -adalid de la lucha no violenta-. Asimismo, personas anónimas
se convirtieron de la noche a la mañana -a veces muy a su pesar- en referentes
sociales. Como Irene Villa -que hoy personifica en España la lucha contra
el terrorismo- o Pilar Manjón -quien da voz al sufrimiento de muchos de
los familiares de las víctimas del 11-M-. Y es que parece que nuestra sociedad
aún necesita de rostros en los que personificar la tragedia cuando las palabras
y los argumentos no bastan y el olvido amenaza con cubrir la verdad.
Pues
bien, todo esto viene a cuento porque llevamos años denunciando los dramáticos
efectos de las radiaciones electromagnéticas sobre la salud y citando numerosos
estudios científicos que hablan de sus daños sobre el organismo y todo ello exige
ya, atendiendo al más elemental Principio de Precaución, una legislación
mucho más restrictiva. Es más, cada pocos meses aparece un nuevo estudio alertando
del peligro pero nadie se hace eco en los grandes medios de comunicación y, encima,
tenemos que seguir oyendo decir en ellos que no hay evidencias científicas de
que las radiaciones electromagnéticas sean peligrosas. Se engaña vilmente a la
sociedad como en su día hicieron las tabaqueras sin que los sinvergüenzas que
orquestaron sus mentiras o las permitieron se hayan sentado ante la Justicia.
Y mientras, hoy como ayer, muchas personas -con caras, nombres y apellidos- siguen
enfermando y muriendo a nuestro alrededor convencidas de que hacerlo entre cables
de alta tensión o cerca de transformadores eléctricos y antenas de telefonía no
es peligroso. Porque no hay manera de que se apruebe y financie un solo estudio
epidemiológico serio no controlado por la industria o sus testaferros. Y, por
supuesto, nuestros representantes políticos sin mover ni un dedo.
Bien, pues
quizás a esta lucha le faltara un rostro. Una cara que reflejara la destrucción
física que en pocos meses -en el caso de niños- o de años -en el de los adultos-
puede llegar a causar la exposición continuada a las radiaciones electromagnéticas.
Sí, quizás faltaba una imagen que por su dureza impactara, conmoviera y diera
vida por sí misma a los argumentos científicos. Y ese rostro puede ser el de Jairo
Montilla, un niño español que con tan sólo 6 años murió asfixiado por un tumor
cerebral cuyos síntomas aparecieron apenas ocho meses después de que fuera instalado
bajo su vivienda un transformador eléctrico (vea cómo quedó en las fotos que acompañan
este texto).
Jairo nació el 6 de septiembre del 2000 y el 9 de octubre del
2006 nos dejaba. Y desde entonces, su madre, Nicereta Herrero -Nice
para los amigos-, no ha parado un sólo minuto. Quiere que se sepa la verdad. Quiere
que todas las madres del mundo sepan que pueden perder a sus hijos si no escuchan
a quienes vienen denunciando la peligrosidad de las radiaciones electromagnéticas
porque los representantes de las empresas eléctricas y de telefonía siguen empeñadas
en negar y ocultar las evidencias... con la complicidad de algunas autoridades
y jueces.
De ahí precisamente que el abogado contratado por la familia, José
Luis Mazón, haya presentado recientemente una reclamación contra los Ministerios
de Sanidad y Consumo, Justicia e Industria -además de contra la empresa propietaria
del transformador instalado en el bajo de la casa de Jairo- por "crimen de
Estado por omisión del deber de socorro". "Jairo -nos diría Mazón-
ha sido utilizado como auténtico cobaya humano. Y ha sido víctima de la desidia
institucional en relación a los peligros de los campos electromagnéticos".
En suma, Jairo puede convertirse también en el rostro que a partir de ahora nos
recuerde el ignominioso comportamiento en este ámbito de partidos políticos, medios
de comunicación, investigadores agradecidos y empresas energéticas y de telecomunicaciones.
Eso sí, seguro que sus responsables -salvo que en lugar de corruptos sean simplemente
ignorantes- se cuidan muy mucho de no vivir al lado de un emisor de radiaciones
electromagnéticas. Ya nos lo dijo en su día el Fiscal de Medio Ambiente de la
Comunidad de Madrid, Emilio Valerio, tras manifestar que a su juicio habría
que retirar de inmediato todos los transformadores que aun hay pegados a las viviendas:
"Estoy seguro de que ninguna de esas personas viviría debajo de una línea de
alta tensión o encima de un transformador". Jairo sí lo hizo. Y murió.
UNA
HISTORIA COMÚN…
La de Jairo es también una historia que permitirá a
muchos encontrar explicación a hechos trágicos de su pasado a los que no sabían
o podían poner nombre. También es una historia común porque refleja el drama de
una familia que, como tantas otras, jamás llegó a plantearse que antenas o transformadores
-autorizados y/o consentidos por las autoridades encargadas de velar por su salud-
pudieran causarles daño.
Jairo Montilla Herrero creció feliz en su casa de
Gandía (Alicante, España) hasta que en octubre del 2005 le fue diagnosticado un
glioma de tronco, un tumor cerebral. "El deterioro de Jairo -nos explicaría
Nice, su madre- comenzó cuando se detectó el tumor. El niño, hasta ese momento,
estaba perfectamente. Días antes estaba en la plaza de toros de Yecla, en Murcia,
saliendo con su caballo. Con cuatro años era un excelente jinete, un número uno,
un niño muy especial. Todo ocurrió pues de la noche a la mañana. Un día comenzó
a torcer la boca, el ojo un poco, no mantenía bien el equilibrio... Estuvo en
revisión cuatro días. Le hicieron una resonancia y le detectaron el tumor cerebral.
Apenas dos meses después, en diciembre, con el cerebro encharcado, padecía ya
un 82% de minusvalía. Y, sin embargo, antes de que el tumor se manifestara estaba
perfectamente. Era un niño sano e inquieto al que le encantaban los animales y
al que gustaba ir al colegio. Hasta que un día, de golpe y porrazo, como una seta,
el tumor se manifestó".
"¿Por qué a él?", se preguntó sin duda
Nice. La misma pregunta que se haría cualquier padre ante un diagnóstico tan devastador.
Es más, seguro que Nice se la hizo muchas veces en casa mientras atendía al niño
en la cama y el campo electromagnético generado por el transformador instalado
debajo de su casa seguía invadiendo el hogar de manera silenciosa e imperceptible.
DESCONOCIMIENTO Y CONFIANZA VANA EN LAS AUTORIDADES
En febrero del 2005, cuando Jairo tenía sólo cuatro años -ocho meses antes de
que se le diagnosticara el tumor-, una filial de El Corte Inglés -Tiendas de
Conveniencia S.A.- que sirve a su tienda Opencor de Gandía había instalado
un transformador en los bajos de su casa.
"Entonces no lo sabíamos
-nos explicaría Nice- pero a nosotros el transformador nos perjudicaba por
su campo electromagnético, sí, pero lo agravaba el hecho de que el cableado atraviesa
toda mi casa ya que está en el techo del local inferior, pegado pues a mi suelo.
Si hago un agujero en mi piso saco con la mano los cables. De hecho, con un aparato
hoy soy capaz de decirle por dónde van. Mire, a mi casa han venido periodistas
que se quedaron alucinados porque si acercaban el micrófono al suelo ya no conseguían
grabar nada debido a las interferencias".
"Los campos electromagnéticos
generados por el transformador y el cableado -nos diría José Luis Mazón y
así lo explica en la reclamación- se introducían en la vivienda afectando día
y noche a todos sus habitantes pero especialmente al niño porque éste jugaba a
menudo en el suelo. Y le afectaban además más que a los adultos porque los cráneos
de los niños son más finos y su sistema nervioso aún se está desarrollando lo
que los hace mucho más vulnerables a las radiaciones".
Lo más singular
de esta historia, en cualquier caso, es que cuando al niño se le descubrió el
tumor su madre no pensó en ningún momento que el transformador tuviera algo que
ver. Por eso siguieron viviendo allí. Como millones de españoles, centrada en
sus quehaceres cotidianos, nunca se había preocupado de lo que se decía sobre
el potencial peligro de las radiaciones electromagnéticas. Para ella -como para
la mayoría de los vecinos- el transformador no era sino una molestia más que en
el peor de los casos podía derivar en peligro ¡para los coches! ya que se encontraba
encima del garaje y pensaban que con su peso el suelo podía llegar a ceder. "Nosotros
vimos cómo comenzaba a instalarse el transformador -recuerda Nice- y la
comunidad de vecinos en pleno se negó; tengo los papeles que lo demuestran. Fuimos
al Ayuntamiento y mandamos cartas a Opencor que es el dueño del transformador
pero no conseguimos nada. Todo quedó archivado. Y mire, yo soy una simple pescadera
pero para abrir mi negocio tuve que pedir permisos a mis vecinos colindantes porque
resulta que mi actividad se considera una 'actividad molesta'. Y ya ve, un transformador,
en cambio, a lo que parece no es lesivo ni molesto... así que aunque te niegues
te lo ponen".
Desgraciadamente cuando Nice empezó a asociar el tumor cerebral
de su hijo con los campos electromagnéticos del transformador era ya tarde. Nunca
nadie le avisó de los posibles peligros. Nada sabía de las muertes acaecidas en
localidades como Majadahonda donde la presión vecinal, la cercanía de las elecciones,
la intervención del Fiscal de Medio Ambiente de Madrid, esta revista y 45 muertos
por cáncer y problemas cardiovasculares terminaron por "convencer" al Ayuntamiento
y a Iberdrola de que había que trasladar el transformador instalado en los bajos
de la calle San Joaquín nº 13... aunque siguen manteniendo varios más pegados
a otras viviendas en una actitud indigna y miserable. Es más, tampoco sabía que
justo encima de ese transformador dos personas habían muerto a causa de tumores
cerebrales y una joven de 19 años de cáncer de huesos. A ella nadie le avisó.
"Nunca nos hablaron de las posibles consecuencias -nos diría-. Yo me
enteré de casualidad, y ya era muy tarde, del peligro que suponen. Resulta que
cuando mi hijo se quedó con un 82% de minusvalía tuve que pedir la colaboración
de mis vecinos para poner un elevador porque ya no andaba, pesaba cuarenta kilos
y a ellos había que añadir los del carro especial en el que le transportaba. Lo
aprobaron enseguida y el elevador se puso. Fue entonces cuando un vecino me recordó
que yo no había acudido a las reuniones convocadas para que la comunidad discutiera
la instalación del transformador. Le contesté que era verdad pero que siempre
había estado de acuerdo con todo lo que se aprobaba por mayoría y añadí: "Además,
eso no hace ruido ni molesta". Fue cuando me soltó: 'Eres una ignorante. Eso no
hace ruido, eso produce cáncer'. Mire, en ese momento me quedé sin aire. Como
si me hubieran clavado un puñal. Y fue cuando empecé a investigar, a buscar por
Internet, a preguntar por todas partes a gente que sabía. Solo que para mi hijo
ya era tarde. Yo lo único que sabía hasta ese momento de los campos electromagnéticos
era lo que aprendí al dejar la escuela: que los polos iguales se repelen y los
opuestos se atraen".
En suma, nadie le había explicado que los campos
electromagnéticos provocan mucho más que ruido y calor.
FINAL
TRÁGICO
El escrito del abogado José Luis Mazón lleva adjunto un informe
del doctor Claudio Gómez Perreta, uno de los mayores expertos internacionales
sobre los efectos de los campos electromagnéticos. Y en el apartado Factores
de riesgos éste afirma: "Tras el análisis de los posibles riesgos de origen
ambiental que el paciente pudo sufrir a lo largo de su biografía llama la atención
la existencia de fuertes campos electromagnéticos externos de origen industrial,
de una frecuencia de 50 herzios, que trascendían a todo el domicilio en superficie.
Dichos campos electromagnéticos provienen de un Centro de Transformación situado
en el Paseo de Germanías número 78 de Gandía que genera en la vivienda del paciente
Campos Magnéticos (CM) que oscilan desde 0,176 microteslas (µT) hasta 0,495 µT
para consumos bajos y desde 0,193 µT a 0,528 µT para consumos altos. Debemos resaltar
que éste es el único que puede apreciarse en cualquier punto de la vivienda y
que se mantiene permanentemente en el tiempo ya que los de origen doméstico desaparecen
a pocos centímetros de éstos con excepción de la máquina de afeitar, el secador
de pelo o la manta eléctrica, entre otros de uso reducido a cortos espacios de
tiempo".
La conclusión de Gómez Perreta tras revisar para el tribunal
la documentación científica que avala la necesidad de aplicar el Principio
de Precaución en el caso de los campos electromagnéticos parece clara. "Así,
debemos de concluir de forma honesta -señala Perreta- que los valores de campos
electromagnéticos medidos en la vivienda de Jairo, sobre todo en aquellas estancias
de amplio uso y permanencia, están dentro del rango referido por la literatura
como niveles que entrañan riesgo para la salud por la asociación mostrada con
la incidencia de tumores del sistema nervioso central en niños".
Los médicos
nada pudieron hacer por Jairo. Sometido a quimioterapia y radioterapia al mismo
tiempo su deterioro fue cada vez mayor. Los padres, incluso, le incluyeron en
un programa de experimentación en un intento no tanto de evitar su muerte -completamente
inevitable, les dijeron- como de tratar de hacer de ella un acto de generosidad
que sirviera para avanzar en el tratamiento de estos tumores. El 9 de octubre
del 2006 Jairo falleció asfixiado por el tumor cerebral siendo enterrado al día
siguiente. Los médicos, sin embargo, se negaron a reconocer por escrito que el
transformador podía haber sido -o contribuido a ello- la causa de su muerte.
"Los médicos que atendieron a Jairo -se quejaría su madre- no se atrevieron
a reconocer que el tumor cerebral podía ser consecuencia del transformador. Bueno,
hubo uno, oncólogo, cuyo nombre no voy a dar porque no quiero perjudicarle, que
sí sugirió que el tumor lo podía haber causado el transformador. Hoy sé que tuvo
problemas por decirme eso y le dijeron que se limitara a diagnosticar y curar
sin meterse en otras cuestiones. Pero es que no se trata sólo ya de mi hijo o
de mi familia. Afortunadamente cada vez más gente afectada por las antenas y centros
de alto voltaje se muestra dispuesta a que todo esto salga a la luz. Incluso médicos
e investigadores que, por denunciarlo, están siendo objeto de una auténtica caza
de brujas. Yo he recibido ya el apoyo de mucha gente que está pasando por situaciones
similares y ha decidido luchar. Todo lo que está pasando se está intentando tapar
pero antes o después va a estallar. No sé cuándo pero les va a estallar en la
cara porque es inadmisible utilizar a las personas y, sobre todo, a los niños
como cobayas humanas".
TRES ENTRE CIEN MIL... Y
LOS ENCONTRAMOS JUNTOS
Debemos decir que los tumores cerebrales son
la primera causa de muerte por cáncer entre la población infantil. La incidencia
anual en nuestro país -según el estudio Clínica de presentación de los tumores
del sistema nervioso central en función de la edad realizado por médicos del
servicio de Oncología Infantil del Hospital Universitario Virgen del Rocío
de Sevilla- es de 2,8 casos por cada 100.000 niños. Sin embargo, y al margen de
las cifras oficiales, la sensación entre pediatras y oncólogos es que se trata
de una patología que va en aumento en todo el mundo.
La senadora australiana
Lyn Allison dedicó un año de su vida a escuchar a los científicos y a investigar
sobre los riesgos de los campos electromagnéticos y concluyó que existe un peligro
evidente, sobre todo para los niños. Allison afirma -basándose en estudios europeos
y australianos- que el tumor cerebral se ha convertido en una de las principales
amenazas para sus vidas: "Los estudios muestran -denuncia- que en los
últimos 20 años ha habido un 40% de aumento, con carácter general, en el número
de tumores cerebrales. Coincidiendo esos 20 años con el uso del teléfono móvil
y de otras muchas radiofrecuencias".
¿Y por qué son más vulnerables los
niños? Una de las principales razones es el espesor de su cráneo. "Los científicos
afirman -señala Allison- que es el espesor del cráneo de los niños lo que marca
la diferencia pues es muy delgado en comparación con el de los adultos. Además
hay más líquido en sus cerebros y ello significa que las frecuencias de radio
viajan a través del cerebro más fácilmente". Debemos agregar que la relación entre
exposición a campos electromagnéticos por motivos de trabajo y la incidencia de
cáncer cerebral en adultos está demostrada. Hay numerosos estudios que lo corroboran.
Es el caso de Cáncer cerebral y exposición ocupacional a campos magnéticos
entre hombres: resultados de un estudio de control de casos basado en población
canadiense publicado en el International Journal of Epidemiology. Un trabajo
en el que se concluye lo siguiente: "Se encontró una relación positiva y estadísticamente
significativa entre los niveles de exposición a campos magnéticos ocupacionales
y la incidencia de glioblastoma multiforme, uno de los subtipos más agresivos
de cáncer cerebral. Los resultados avalan la hipótesis de que los campos magnéticos
juegan un papel en el desarrollo de los tumores cerebrales y que quizás influyan
en su aparición". Luego si ello es así en adultos que pasan buena parte de
su jornada sometidos a tales campos, ¿qué no habrá sido en el caso de Jairo, un
niño sometido todo el día a un potente campo electromagnético?
Nadie podrá
decir además que la relación entre los campos electromagnéticos y el cáncer infantil
sea algo nuevo. En un artículo publicado en el 2004 en Revista Española de
Pediatría un grupo de médicos del Hospital La Fe de Valencia -entre
los que se encontraba Josep Ferrís, especialista en Oncología y coordinador
de la Unidad de Salud Medioambiental Pediátrica de Valencia- ya se señalaba
que "las radiaciones electromagnéticas de baja frecuencia deben ser consideradas
como agentes potencialmente carcinógenos para los humanos y, sin alarmismos, se
deben evitar las exposiciones innecesarias guardando las distancias prudentes".
Ferrís trató por aquel entonces a varios niños con cáncer del Colegio Penyagolosa
de Burriana a los que se creía afectados por la presencia de un transformador
y una antena situados junto al colegio. La presión vecinal propició que finalmente
ambos fueran trasladados lejos del colegio.
"En los niños con una constitución
vulnerable -señaló ya entonces Ferrís- la exposición a flujos electromagnéticos
superiores a 0,2 microteslas supone un mayor riesgo de desarrollar cáncer y aumenta
cuando se superan los 0,4 microteslas". Bueno, pues según las mediciones que
Iberdrola remitió entonces al Ayuntamiento de Burriana la emisión del transformador
contiguo al centro escolar era de 0,46 microteslas, lo mismo -y a veces más- que
en muchos momentos del día y de la noche -y no sólo en horario escolar- tuvo que
soportar Jairo en su casa. El transformador de Burriana, con buen criterio, fue
retirado. El de Jairo sigue allí, bajo su vivienda. Su muerte nada ha cambiado.
Y es que hay empresas en España con mucho poder...
Y cada día surgen casos
nuevos. A principios de octubre pasado, por ejemplo, se supo que los vecinos del
conjunto residencial Autosol de Vélez Málaga habían conseguido frenar la
instalación de una segunda antena de telefonía en su entorno porque relacionan
la antena ya instalada con la detección de varios casos de cáncer, entre ellos
un tumor cerebral en la pareja del presidente de la comunidad. Y a principios
de noviembre podía leerse en el Diari de Tarragona que una familia residente
en un inmueble de la calle Muralla de la Font Nova de Riudoms relacionaba la aparición
reciente de un tumor cerebral en su hijo de seis años con la presencia de otra
antena encima de su vivienda. Aunque si algún otro caso resulta escandaloso a
día de hoy por la inacción de las administraciones públicas es el de la calle
Alicun en el distrito de Hortaleza de Madrid donde hay instalado un transformador
de alta tensión de Unión Fenosa.
Allí, en el nº 10 (seis pisos y cuatro
viviendas por piso además de tres bajos) tres niños de 2, 9 y 11 años padecen
distintos tipos de tumor cerebral. Todos en el mismo bloque. Y además dos tumores
de mama, un mieloma y un cáncer de huesos. ¿Algún epidemiólogo podría explicar
tanta casualidad? Es más, en los últimos años -según denuncia presentada en marzo
del 2006 ante la Fiscalía de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid- en el nº
10 (donde está el transformador) ha habido 19 afectados por graves patologías
de los que 6 ya han muerto y 13 se encuentran enfermos. Y en el cercano nº 8 hay
5 afectados: 2 muertos y 3 enfermos. En el nº 12, por último, los afectados son
6 habiendo fallecido ya 5 y estando uno enfermo. Cabe añadir que de los trece
fallecidos en los últimos años cinco murieron a consecuencia del cáncer.
Según
nos comentaría Ismael Sanz -uno de los vecinos afectados- en marzo pasado,
tras reunirse el Ayuntamiento con la compañía, el consistorio les comunicó que
habían ofrecido a Unión Fenosa un terreno donde reinstalar el transformador
y que representantes de la compañía se pondrían en contacto con ellos. Hasta hoy.
Ni se ha desinstalado el trasformador ni ha habido reunión. Es más, en mayo de
este año la Dirección General de Industria de la Comunidad de Madrid
envió un escrito a los vecinos indicándoles lo de siempre: que todo era legal.
Todo lo contrario: en septiembre de este año -y sin previo aviso a los vecinos-
la compañía procedió a cablearlo de nuevo limitándose a instalar en las paredes
y techo unas planchas metálicas. Así lo afirma Sanz, uno de los vecinos firmantes
de la denuncia.
Mención aparte merece la lamentable actitud del Defensor
del Pueblo, presuntamente encargado de proteger a los ciudadanos frente a
los comportamientos negligentes de la Administración. Porque ante las quejas de
los vecinos y teniendo los datos de los niños y adultos afectados que aquí hemos
relatado se limitó a invitarles a que instaran al Ministerio de Sanidad y Consumo
a que hiciera un estudio sobre el impacto de los campos electromagnéticos. Y se
quedaron tan frescos.
Mientras, otros tres niños -como Jairo- padecen hoy
tumores cerebrales viviendo en las cercanías de un transformador. ¿Casualidad?
Imposible. Si según los datos estadísticos en España se dan 2'8 casos por cada
cien mil habitantes, ¿cómo es posible que haya en un mismo edificio tres casos
y nadie haga nada? ¿Hasta cuándo van a seguir nuestros representantes políticos
y los jueces dando la espalda a lo que está sucediendo?
BATALLA
LEGAL
No es necesario citar de nuevo todos los estudios que hablan
de la peligrosidad de los transformadores, cables de alta tensión, antenas y teléfonos
móviles, especialmente en el caso de los niños. Hemos hablado de ello ampliamente
en números anteriores y el lector puede leerlo en nuestra web: www.dsalud.com.
Pero es que cada mes aparecen datos nuevos. En la sección de Noticias de este
mismo número damos a conocer dos nuevas informaciones al respecto. En la primera
se explica que los niños no deben utilizar teléfonos móviles porque sus cráneos
son más finos y su sistema nervioso aún se está desarrollando según Kjell Mild,
catedrático de la Universidad de Orbero (Suecia) y asesor del Gobierno
de su país en este ámbito. Recordando que el hecho de que las radiaciones electromagnéticas
pueden provocar cáncer -especialmente leucemia en niños- se afirma en un informe
realizado por The BioInitiative Working Group -grupo de trabajo internacional
que reúne a conocidos científicos, investigadores y profesionales de programas
de salud pública de todo el mundo- dirigido por el Dr. David O. Carpenter,
director del Instituto de Salud y Medioambiente de la Universidad de Albany
de Nueva York.
Y en la segunda noticia damos a conocer un estudio según el
cual los teléfonos que utilizan la tecnología UMTS son aún más peligrosos para
la salud que los "antiguos" GSM ya que pueden romper las cadenas de ADN y provocar
cáncer incluso con radiaciones electromagnéticas ¡40 veces menores que las legalmente
autorizadas! Así lo afirma el catedrático y médico alemán Franz Adlkofer,
coordinador del proyecto europeo Reflex.
Y no son más que breves ejemplos.
Las siguientes batallas pues -antes de llegar a tomar la calle si es preciso-
se darán ya en los tribunales. Porque todo indica que con un buen puñado de sentencias
y la presión vecinal podrá torcerse el brazo de los políticos y obligarles a poner
en marcha de inmediato una legislación mucho más restrictiva que ayude a evitar
en el futuro casos como los mencionados.
En ese próximo envite José Luis Mazón,
abogado de la familia de Jairo, solicita por eso a los jueces que se reconozca
que ha existido por parte de las autoridades desprotección de los derechos fundamentales
a la vida e integridad física de Jairo y que se ha infringido claramente el derecho
a la inviolabilidad del domicilio y a la intimidad de la vida familiar por intrusión
de los campos electromagnéticos en el domicilio. Una reclamación que está dispuesto
a llevar hasta el Tribunal de Estrasburgo si no es atendida en España.
Mazón
ha formulado una reclamación mixta de responsabilidad patrimonial que imputa conjuntamente
a a los ministerios de Sanidad y Consumo, Industria y Justicia -y que se ampliará
en la vía contencioso administrativa a la empresa propietaria del transformador-
por no cumplir sus obligaciones. Concretamente, acusa al Estado de:
-Desprotección
omisiva de la vida e integridad física de Jairo al permitir la instalación de
un transformador y su generador en los bajos de un edificio de viviendas inundando
con ello de campos electromagnéticos la casa que ocupaba.
-Incumplimiento
del Principio de Precaución en la actividad normativa y legislativa por
no elaborar normas protectoras de la salud ya que quienes deben hacerlo entienden
que "es más importante -señala textualmente en su escrito- llevarse
bien con el lobby de las eléctricas".
-Incumplimiento del deber
de informar a la población de los riesgos que generan los campos electromagnéticos.
-Incumplimiento del deber de promover la investigación de los efectos biológicos
de los campos electromagnéticos "mirando para otro lado en beneficio del principio
de recaudación y detrimento del Principio de Precaución".
-Incumplimiento
del deber de proteger la privacidad de la vida familiar y del domicilio al no
establecer normas que impidan que los campos electromagnéticos de un transformador
se introduzcan en una vivienda. "Al contrario, el Estado -afirma en su
escrito Mazón- ha aprobado normas de intromisión de campos electromagnéticos
en viviendas, sin rango legal suficiente (que requieren ley orgánica por afectar
a la inviolabilidad del domicilio) que le señalan a él como directo responsable
del atropello".
-Incumplimiento del deber de proteger los derechos de
propiedad y los bienes "al posibilitar la desidia normativa y legislativa del
Estado la ruina económica del valor en venta de la vivienda de los reclamantes,
depreciada por los campos electromagnéticos en un 70% del valor de mercado".
Argumentando
para ello que después de lo ocurrido la familia de Jairo tuvo que abandonar una
vivienda de 140 metros cuadrados en el centro de Gandia para irse a un apartamento
de 50 metros en la playa en el que viven en la actualidad cinco personas.
Cabe recordar que José Luis Mazón consiguió en el 2001 un éxito sin precedentes
al validar en lo sustancial el Tribunal Supremo una sentencia de la Audiencia
Provincial de Murcia que obligaba a la retirada de un transformador de una vivienda.
Sentencia que abre un camino de esperanza en este caso ya que la argumentación
recogida en la sentencia es muy clara en lo que se refiere a los transformadores
aunque ayuntamientos, comunidades y Gobierno central sigan mirando hacia otro
lado. Y si no, lean atentamente. "A esos efectos -señala el Tribunal Supremo-
se acordará que la cesación de la intromisión sea total, esto es, que de la
propiedad de la demandada y hacia el domicilio del demandante no se produzca ninguna
intromisión de campo electromagnético alterno alguno y ello por dos motivos: el
primero, porque como se ha derivado de la prueba pericial incluso por debajo de
1 microtesla no queda acreditada la inocuidad, siendo tal que en un ambiente domiciliario
normal, poniéndose como ejemplo el del propio perito judicial, las mediciones
fueron de entre 0,02 y 0,04 microteslas, lo que son valores muy bajos y producidos
por la actividad de los propios aparatos electrodomésticos. El segundo, porque
los campos electromagnéticos alternos se reducen hasta diluirse y desaparecer
con la distancia. En ese sentido, no acreditada su inocuidad pero sí su desaparición
con la distancia, el demandante no tendría porqué soportar campos electromagnéticos
generados por actividades en dominios ajenos que no puedan acreditarse como inocuos
y, por tanto, la cesación de la intromisión ha de ser absoluta".
En suma,
¡ningún ciudadano tiene por qué soportar radiaciones electromagnéticas en sus
hogares! Lo ha dictado nuestro Tribunal Supremo. Por tanto, sólo con este
párrafo en la mano los vecinos deberían instar en los juzgados la desaparición
de todos los transformadores y antenas situados en sus viviendas.
Si nuestros
responsables políticos hubieran llevado hasta sus últimas consecuencias esta sentencia
del Supremo, ¿habría muerto Jairo? Probablemente no. Así que, ¿cuántos niños más
tienen que morir para que se conciencien y actúen? Son dos preguntas que a diario
se hace Nice, la madre de Jairo, y que hoy aún no tienen respuesta.
Además,
el Tribunal Supremo, ante la dificultad de demostrar los daños a la salud en cada
caso, abre al resto de tribunales la vía para abordar el problema de la retirada
de antenas y transformadores: la violación del domicilio. "Allí donde quede
acreditada la existencia de injerencia en una propiedad ajena, máxime si constituye
domicilio y se desarrollan ámbitos de intimidad personal y/o familiar, como derecho
constitucional reconocido en el art. 18 CE, es dable que al autor de la injerencia
se derive la carga probatoria sobre la inocuidad de dicha injerencia, en tanto
que es a este injerente a quien corresponde afirmar la legitimidad de su intromisión.
Atendiendo a todo lo anterior, en el presente caso la prueba pericial practicada
ha determinado dos hechos: en primer lugar, la existencia continuada de una corona
electromagnética en el domicilio de los demandantes proveniente de la actividad
del trasformador de Iberdrola; y, en segundo lugar, que dicho campo electromagnético
es muy superior al que se ven expuestos en cualquier otro domicilio con el uso
cotidiano de los aparatos electrodomésticos. Con ello queda acreditado por parte
de los demandantes la injerencia o intromisión en su domicilio, intromisión que,
además, no resulta irrelevante o neutral, al menos desde la perspectiva de la
común intensidad a la que se ve expuesta la ciudadanía normal. Con estos presupuestos
fácticos lo que restaría es la discusión sobre la legitimidad de dicha injerencia.
Al haber sido puesta en duda por los demandantes con la interposición de la demanda
será a la empresa demandada a la que corresponda probar que la situación a la
que somete el domicilio de los demandantes es de total y absoluta inocuidad, y
que puede continuar con ella".
Y también se define el Tribunal Supremo
respecto a la tan manoseada legalidad de las emisiones, argumento siempre utilizado
por las compañías para justificarse ante posibles demandas. "El Corte Inglés
-recordaba con amargura la madre de Jairo-, después de poner las denuncias,
al cabo de año y pico, me mandó un burofax dándome el pésame, reiterándome que
todos sus aparatos estaban homologados y sus emisiones dentro de la legalidad.
Yo me dirigí a ellos en mayo -mi hijo murió en octubre- para pedirles que, por
favor, al menos quitaran los cables del techo y los enterraran. Y me contestaron
que sí, que íbamos a reunirnos como buenos vecinos, que iban a pasarse a tomar
un café conmigo... pero ha pasado año y medio y todavía no han venido a tomarse
el café. Está ya un poco frío".
Y, sin embargo, la presunta legalidad
con la que según la filial de El Corte Inglés actúa su transformador no
la aceptó el Tribunal Supremo en el caso de Murcia: "Tampoco ha quedado acreditada
la inocuidad -dictamina el Supremo sobre el trasformador- tal como pretende
el apelante -la compañía eléctrica- de los campos electromagnéticos en
la intensidad y con la permanente presencia que se produce en el domicilio de
los demandantes ya que el hecho de que en diferentes informes aparezca que los
niveles de riesgo están en 100 microteslas e, incluso, que dicho límite pueda
ser el recogido en la Recomendación 1999/519 del Consejo de 12 de julio (DOCE
L199,de 30 de julio de 1999) no prejuzga las razonables dudas científicas sobre
posibles efectos biológicos, incluso nocivos. La posible falta de acreditación
de los mecanismos causales entre cierta intensidad y prolongada exposición a un
campo electromagnético y una determinada patología no puede llevar a afirmar categóricamente
ni la inocuidad, ni la nocividad sino simplemente dudas basadas en estadísticas
y probabilidades".
El resultado final fue en aquel caso la retirada del
transformador. Así que, ¿por qué iba a ser diferente en el resto de los casos?
Y, por cierto, quienes estén interesados en referencias y citas legales harían
bien en repasar la sentencia de la Audiencia Provincial de Murcia hecha suya por
el Tribunal Supremo. Porque entre ambas puede recogerse un cuerpo legal que ningún
tribunal puede ignorar. "El primer derecho que tiene el consumidor o usuario
-señaló en su sentencia la Audiencia- es el de que se adopten medidas puramente
preventivas que es lo que, con carácter principal, se pide en esta demanda y que
no es otra cosa que la casa esté libre de campos electromagnéticos que pudieran
ser perjudiciales para la salud".
¿Y por qué entonces los gobiernos central
y autonómicos, las autoridades administrativas y las compañías eléctricas y de
telefonía hacen lo que les da la gana ignorando la jurisprudencia? En opinión
de José Luis Mazón "porque el Estado se ha convertido en un nido de aves rapaces,
de ególatras autistas de sus propios intereses capaces de mirar hacia otro lado
cuando poderosos intereses económicos como los de las industrias eléctricas cometen
este tipo de siniestros". Agregando: "Lo de Jairo puede considerarse pues
un crimen de estado".
Terminamos. Jairo se ha ido. Pero su rostro sonriente
y deformado será a partir de ahora la imagen gráfica de los devastadores efectos
de las radiaciones electromagnéticas. Y ojalá se imprima a fuego en la conciencia
de quienes son responsables de su muerte... y de la de otros muchos millones de
personas cada año. Entre ellos, cada vez más niños.
Antonio
F. Muro