Nuestro
director, José Antonio Campoy, soltó su primer grito el 26 de mayo de 1954
en León cuando el médico, siguiendo las bárbaras costumbres actuales, le dio la
bienvenida con un azote en el trasero mientras le mantenía boca abajo sujeto por
los pies. Y debió gustarle muy poco porque desde entonces no tiene el más mínimo
reparo en expresar con voz bien alta y clara cuanto le disgusta sin atender a
la conveniencia, al momento o al lugar. Lleva más de cien números demostrándolo
en Discovery DSALUD y antes en otros muchos sitios. Procurando siempre
no ofender pero dejando traslucir ampliamente el profundo malestar que siente
cuando tiene conocimiento de alguna injusticia sin importar quién sea la víctima.
Quienes le tratamos a diario lo sabemos bien.
Por eso nos parecía importante
que esta entrevista tuviera lugar y de ahí que con motivo del nº 100 muchos le
presionáramos, incluidos algunos amigos, colaboradores y numerosos lectores que
querían que expresara más sus opiniones y no la reflejara sólo en los editoriales,
en sus artículos o en las conferencias dictadas ya que en tales casos se centra
en aspectos demasiado concretos para saber cómo piensa y todos entendíamos que
los lectores y sus numerosos seguidores tienen derecho a saber quién se atreve
a hacer una revista tan desmitificadora. Es verdad, por otra parte, que la entrevista
puede resultarle extraña a muchos lectores ya que se ha estructurado incorporando
preguntas que a lo largo de estos años la gente nos ha ido haciendo. En redacción,
simplemente, las hemos ordenado y dado forma para que la charla fuera fluida.
Hecha la aclaración añadiremos que nuestra primera pregunta era a nuestro juicio
obligada dada la línea editorial de la revista.
-¿Cuál es a su juicio la
situación de la Sanidad en el mundo?
-Descorazonadora. Y la razón es simple:
el actual paradigma médico está muerto. Lo malo es que la mayoría de los médicos
-y, por supuesto, de los pacientes- no se ha enterado.
-¿Puede explicarse
mejor?
-El paradigma médico actual se basa en la existencia de unas llamadas
enfermedades que los médicos combaten con fármacos. Y se trata de
una falacia. Ni existen las enfermedades ni hay un sólo fármaco que cure una sola
enfermedad. Lo inconcebible es que los médicos lo saben y a pesar de ello no se
rebelan contra el sistema. Los naturistas y los homeópatas, sin embargo, lo saben
bien y por eso repiten una y otra vez a quienes quieren escuchar que "existen
los enfermos, no las enfermedades". Muchos médicos alópatas o convencionales
también lo admiten ya pero luego, al ver a sus pacientes, les catalogan como personas
que sufren tal o cual enfermedad. ¿Por qué? Porque para cada enfermedad
hay un protocolo de actuación, es decir, un tratamiento que sólo tiene
que seguirse. El profesional no necesita así tener que pensar por sí mismo. Deja
que otros piensen por él. Es más cómodo. Además, si no funciona siempre se puede
escudar -y excusar- con que ha hecho "lo que el conocimiento médico actual
postula como lo más adecuado". Y se queda tan ancho. Aunque el paciente se
le muera. "He hecho lo que debía", dice. Y fíjese que dice "lo que debía".
Como si fuese obligatorio que los médicos sigan protocolos. No, los siguen porque
la inmensa mayoría no sabría qué hacer sin ellos. Los médicos hoy no tratan enfermos,
afrontan enfermedades. Con fármacos exclusivamente paliativos salvo en el caso
de las infecciones; y le diré que incluso en esos casos habría que matizar mucho.
Por eso el fracaso es tan gigantesco. Los médicos no saben curar nada. Ni un simple
resfriado. Ni una gripe. Nada.
-¡Hombre, tampoco es eso! Hay fármacos que
sí curan.
-Mencióneme uno.
-La aspirina.
-Léase el prospecto
y dígame qué cura. Es más, espere, veamos exactamente qué dice. Entremos
en Internet: "Es un medicamento eficaz para reducir el dolor y la fiebre. Está
indicado en el alivio sintomático de los dolores ocasionales leves o moderados,
como dolores de cabeza, dentales, menstruales, musculares (contracturas) o de
espalda (lumbalgia)." Ya está. Se acabó. En pocas palabras, ayuda a bajar
la fiebre alta y alivia el dolor ocasional pero sólo si es leve
o moderado. Y, sin embargo, el dolor y la fiebre son síntomas de que algo
no va bien, avisos del cuerpo gritándole a la mente: "Tenemos un problema que
hay que resolver". Algo que la aspirina jamás va a hacer. Lo que hace la aspirina
es sólo ocultar las señales de peligro. No cura nada. Y encima, ¿a costa de qué?
El prospecto dedica cuatro líneas a las Indicaciones -es decir, a detallar
para qué sirve- y decenas a avisar del peligro que implica tomarla. Son tantos
los posibles efectos secundarios que me parece inconcebible que la gente la tome
con tanta asiduidad.
-Bueno, dicen que también sirve para otras muchas
cosas. Por ejemplo, para licuar la sangre y evitar trombos. Y últimamente dicen
que para combatir algunos casos de cáncer...
-Sí. Y muchos médicos ingenuos
se lo han creído y la recetan para eso y otras cosas. Solo que se trata de pura
propaganda, puro marketing de los laboratorios. Si fuera cierto tenga por seguro
que aparecería en el prospecto. Y no aparece porque no es verdad. La estrategia
es siempre la misma: hacer ver que hay ensayos -patrocinados por ellos mismos-
que indican o apuntan a que...lo que sea (todo muy sutil). Luego envían una nota
de prensa a los medios de comunicación y éstos, siempre agradecidos por el dinero
que reciben de los grandes laboratorios, se hacen eco de inmediato. Se crea así
la conciencia social de que ese producto realmente sirve para algo más y aumentan
las ventas. Pero claro, los años pasan y tales indicaciones no se aprueban. ¿Por
qué? Pues porque es mentira. Y puede usted extrapolar esta práctica a la inmensa
mayoría de los fármacos. Prácticamente son todos paliativos y en la mayoría de
los casos sus posibles interacciones y los potenciales efectos secundarios constituyen
un catálogo de horrores.
-Tal como lo cuenta pareciera que los médicos
provocan más muertes que vidas salvan.
-Cuando los médicos se han puesto
en huelga el número de fallecimientos en los hospitales ha disminuido. Siempre.
Hay estudios estadísticos que lo demuestran.
-¿Está usted en contra de
los médicos?
-En modo alguno. Pero no soporto a los que se limitan a tratar
enfermedades con fármacos siguiendo los protocolos. Es decir,
lo que hoy se hace en la inmensa mayoría de los hospitales, especialmente en los
públicos. Es de una ignorancia que da miedo. Les han lavado el cerebro. Afortunadamente
cada vez hay más médicos que abandonan ese paradigma en el que les formaron en
las lamentables facultades de Medicina actuales. Hoy son ya miles en el mundo.
Hay pues esperanza. Aunque a muchos abandonar los antiguos esquemas mentales en
que les formaron les cuesta mucho.
-¿Y a qué se debe ese cambio en tantos?
-A dos razones básicamente. La primera a que después de unos años de ejercicio
siguiendo el paradigma sanitario actual se dan cuenta de que fracasan una y otra
vez en los casos más graves. Son conscientes de que en las dolencias leves los
enfermos sanan pero saben que ellos no han tenido que ver porque nada de lo que
recetan cura. Que ha sido el propio organismo el que ha resuelto el problema.
Y la segunda razón a que ante tanto fracaso algunos intentan buscar otras posibilidades
para ayudar a sus enfermos y se topan con información que no conocían. Se dan
cuenta de que la formación que recibieron en las facultades es parcial, incompleta,
discutible y muchas veces, simplemente, falsa. Y que hay otras formas de entender
la salud y la enfermedad mucho más atractivas, razonables y de resultados más
eficaces. Que hoy practican médicos, no charlatanes. Con lo que terminan acudiendo
a ellos para que les expliquen lo que hacen y cómo consiguen tan buenos resultados.
Y claro, ese conocimiento lleva a otro y así sucesivamente.
-¿Insinúa que
las facultades de Medicina estás obsoletas?
-No lo insinúo, lo afirmo.
Sus planes de estudio carecen de sentido y la mayor parte de sus profesores están
poco o mal formados.
-Hay en ellas catedráticos de mucho prestigio...
-Lo que hay es mucha gente a la que han "prestigiado".
-¿Qué quiere decir?
-En la universidad el prestigio se adquiere mayormente con el reconocimiento académico
y social. Y normalmente se trata de un juego de intereses. Dice usted que hay
catedráticos en nuestras universidades de mucho prestigio. Bien, mencióneme el
nombre de un catedrático español que haya descubierto la cura de una sola enfermedad
en los últimos cincuenta años.
-La verdad es que no se me ocurre ninguno...
-Exacto. Entonces, ¿a qué se debe el "prestigio" de muchos de ellos?
-No
lo sé con exactitud pero tiene que haber alguna razón. Quizás han descubierto
cosas que permitirán el día de mañana que gracias a su descubrimiento o trabajo
se descubra un día un fármaco que...
-O sea, que son vendedores de humo.
O de ilusiones, como prefiera. Mire, la Universidad es un antro de intereses que
hoy está al servicio de la gran industria farmacéutica. Toda la estructura está
podrida y corrompida. Un simple ejemplo: ¿le parece a usted razonable que un profesor
que accede a una cátedra tras vencer a otros aspirantes la obtenga de por vida?
¿A cuento de qué? ¿Por qué se da por supuesto que esa persona seguirá formándose
en el futuro como es de desear y sus conocimientos con el paso de los años y las
décadas serán excelentes y estarán al día? Porque no olvidemos además que un catedrático
es luego el que marca las líneas a seguir en su departamento. De conocimiento,
de enseñanza, de investigación... Y los demás profesores se encuentran bajo su
dominio. Se me podrá decir que en ella se hacen grandes descubrimientos y no seré
yo quien lo niegue pero pregunto: ¿también en Medicina? Voy a darle un ejemplo
simple y clarificador: ¿sabe la ingente cantidad de tesinas y tesis que se han
presentado y aprobado en las facultades de Medicina durante el último siglo? Son
miles y miles. Y dígame, ¿cuántas han aportado algo útil al conocimiento del Arte
de la Sanación? Yo le aseguro que la inmensa mayoría están llenas de polvo
en las estanterías. Y lo mismo pasa en todas las demás facultades. Decenas de
miles de universitarios han dedicado años y años de sus vidas a trabajos que luego
no se leen ni interesan a nadie. ¿Será porque en realidad no aportan nada? Me
he hecho esa pregunta muchas veces. ¿Tiene idea de cuántos trabajos científicos
sobre salud se han hecho y publicado en revistas "científicas" en las últimas
décadas? ¿Y cuántas se hacen pero no se publican? Es más, ¿sabe cuántos estudios
científicos se hacen ya cada año? Hablamos, en suma, de ¡cientos de miles de trabajos!
Y yo pregunto: ¿han servido para que nuestra salud sea mejor? ¿Han ayudado a erradicar
las llamadas enfermedades? ¿Estamos los hombres más sanos? La respuesta
es NO. Hoy hay muchas más enfermedades que hace sólo un par de décadas.
De hecho se calcula que además de las más conocidas se han catalogado ¡entre seis
y siete mil! "enfermedades raras". Es un auténtico dislate. En todo el
mundo se necesitan cada vez más hospitales, más equipos, más médicos, más profesionales
sanitarios, más fármacos, más presupuesto... Y los políticos tienen la desfachatez
de decirnos que por eso cada vez estamos mejor. ¿Mejor? Si estuviéramos mejor
y más sanos cada vez habría menos necesidad de hospitales, médicos y dinero. No
de más.
-La clase médica afirma que nuestra calidad y expectativa de vida
han crecido espectacularmente gracias a los avances médicos de las últimas décadas.
Y alegan que las estadísticas son claras.
-Otra descarada mentira. Nuestra
calidad de vida así como nuestra longevidad han aumentado por factores que no
tienen absolutamente nada que ver con la Medicina farmacológica. Tienen que ver
con que el agua que bebemos está más limpia -a pesar de los contaminantes que
se le echan-, es mucho mayor la higiene de los alimentos que ingerimos, nuestras
viviendas se hallan mejor acondicionadas, etc. ¿Cómo va a deberse a los avances
médicos si no se ha descubierto ni un sólo fármaco que cure algo? Es más, por
no conocer los médicos no conocen ni siquiera la etiología -es decir, la causa-
de las llamadas enfermedades. De prácticamente ninguna. Se limitan a hablar
de "factores de riesgo", de sustancias o circunstancias "relacionadas"...
Lo que pasa es que han aprendido a ocultar su ignorancia con las estadísticas.
Para que la gente lo entienda: se elige a un grupo de obesos que tenga problemas
cardiovasculares y se les hace un análisis de sangre para valorar cómo tienen
los niveles de colesterol o triglicéridos. Como es obvio, todos los tendrán altos.
Y a continuación se escribe un informe donde el investigador podrá decir que hay
una "clara relación" entre los niveles de colesterol y triglicéridos con la obesidad
y los problemas cardiovasculares. Se insinúa así que se trata de "factores de
riesgo" y se propone que quienes los tengan altos deberían tomar anticolesterolemiantes
(fármacos para bajar el nivel de colesterol) e hipolemiantes (fármacos para bajar
el nivel de grasa en sangre). Lo que no mencionan son sus tremendos efectos secundarios.
Ni que se puede conseguir lo mismo sin riesgo alguno con productos naturales y
de forma más rápida. Ni que en realidad el que exista "relación" implique
que una cosa es causa de otra. Y, por supuesto, ni se menciona que muchas de las
personas que sufren accidentes cardiovasculares están delgadas y no tienen en
absoluto niveles altos de colesterol o triglicéridos.
Mire, un buen amigo
mío, uno de los mejores médicos que ha dado este país, el Dr. José Pérez Fernández
-ya jubilado- me decía un día en la revista: "Mira José, voy a explicarte cómo
se hacen las 'relaciones' en Medicina. Imagina que una pareja de recién casados
se va de viaje en avión y una vez en él ofrece a todo el pasaje chicles para festejarlo,
algo que la mayoría acepta y se pone a masticar. E imagina que a los pocos minutos
el avión se estrella. Pues bien, si la investigación se encargara a cualquier
experto de una multinacional farmacéutica éste buscaría, como toda persona con
sentido común , algo no habitual, algo anornal que pudiera dar pistas de la causa
del accidente. Y lo encontraría sin duda. Podría concluir que hay 'una clara relación'
entre el accidente y los chicles. A fin de cuentas, justificaría, hoy día casi
nadie toma chicles en los actuales aviones presurizados y jamás en otro accidente
tantas personas estaban masticando a la vez chicles. Luego..." Bueno, pues
en Medicina se está haciendo lo mismo por parte de la industria farmacéutica.
-Pues desde los gobiernos y los colegios médicos se insiste cada poco en los
espectaculares avances de la Medicina.
-Mire, es verdad que nuestros actuales
hospitales y clínicas tienen sofisticadísimos equipos que ayudan a los médicos.
Especialmente en el ámbito del diagnóstico: la Resonancia Magnética Nuclear (RMN),
la Tomografía Axial Computerizada (TAC), los ecógrafos, los láseres, los sofisticados
aparatos de análisis de Farmacogenómica y Farmacogenética, etc. En suma, métodos
desarrollados por matemáticos, físicos, químicos, ingenieros, informáticos, biólogos,
etc., que éstos han puesto al servicio de los médicos. En otras palabras, los
médicos se benefician del conocimiento, trabajo y tecnología aportados por disciplinas
que sí han avanzado. ¡Y presumen de ello! Cuando ellos se limitan a utilizar los
aparatos que otros les ofrecen. Gracias a lo cual la cirugía es hoy mucho más
segura, unas cataratas se resuelven en minutos, los problemas de miopía, astigmatismo
o hipermetropía en un par de minutos, etc. Hay modernos aparatos que les hacen
parecer importantes y a la vanguardia de la Ciencia pero en realidad no son más
que quienes los manejan. Sin los avances de otras disciplinas los médicos estarían
en la Edad de Piedra.
-¿Y a su juicio por qué no avanza la Medicina?
-Para empezar porque está enormemente limitada ya que se basa sólo en la Física
newtoniana: tal efecto obedece a tal causa. Y, por ende, tal síntoma precede a
tal enfermedad y requiere tal tratamiento. Se ha quedado completamente desfasada.
Ignora los conocimientos de la Física Cuántica. Ignora lo que es un holograma.
Es incapaz de entender que vivimos en un universo holográfico que muta constantemente
y que nuestro cerebro actúa precisamente como un decodificador holográfico como
hace ya años planteó Karl Pribram, neurofisiólogo de la Universidad
de Stanford (EEUU) mundialmente conocido con quien he compartido muchas horas
las dos veces que le traje a España a dar sendas ponencias. Ignora hasta la existencia
de disciplinas como la Psiconeuroinmunología. Los médicos ortodoxos siguen
basando todo en conocimientos materialistas y planteamientos cartesianos y newtonianos
completamente superados. Les sacas de las reacciones químicas y se pierden. Es
lamentable. No han leído a Pribram pero tampoco a los pensadores, científicos
y médicos más influyentes del siglo XX como Heisemberg, Schrödinger,
Laing, Bateson, David Böhm, Ken Wilber, Allan Watts,
David Lorimer, Stanislav Grof, Linus Pauling, Francisco Varela,
Henderson, Ervin Laszlo, F. David Peat, Richard Berger,
Stanley Krippner, Rupert Sheldrake, Larry Dossey, David Lorimer,
Michael Talbot, Peter Russell, Daniel Goleman, Claudio Naranjo,
B. Grifiths, James Lovelock, Fritjof Capra y un larguísimo etcétera
que incluye a chamanes como Carlos Castaneda o periodistas como Marilyn
Ferguson. Y cito sólo a éstos porque mi memoria ya no es lo que era. Todos
ellos están traducidos al español y durante dos décadas me enseñaron a ver el
universo y la vida de otra manera. Fritjof Capra, por ejemplo, autor de libros
tan fantásticos como El Tao de la Física, El Punto Crucial, Sabiduría Insólita
o La red de la vida explicaba hace ya más de una década en un artículo
titulado La Nueva Física y la Realidad Científica de nuestra época -que
por cierto aparece en el libro titulado El Espíritu de la Ciencia que también
recoge otros textos de algunos de los científicos que antes mencioné- por qué
el ámbito de concepción y comprensión newtoniano de los médicos está totalmente
superado. Solo que para entenderlo hay que aprender los conceptos, un nuevo lenguaje
del que ellos probablemente jamás han oído siquiera hablar. La Medicina farmacológica
es en realidad una disciplina que basa su justificación terapéutica de forma casi
exclusiva en la Estadística. Se considera una medicina científica y hoy está a
años luz de los conocimientos científicos de vanguardia.
-¿Tiene usted
amigos médicos? Porque tras ver lo que opina de ellos...
-Los tengo. Y
muy buenos. Mire, no confundamos las cosas. Los médicos son los profesionales
de la salud que más años de carrera tienen que hacer para obtener su título. Y
luego los explotan en los hospitales y clínicas con la excusa de formarlos. Para
ser médico con una formación medianamente aceptable un joven tiene que dedicar
hoy diez años de su vida al estudio y el trabajo sin ser prácticamente remunerado
por ello. Creyendo que luego, cuando se sitúen, cuando hayan alcanzado un conocimiento
y una experiencia aceptables, al menos cobrarán un sueldo digno. Y en la inmensa
mayoría de los casos no es así. Hace apenas unos días José Luis Tizón -neuropsiquiatra
del Instituto Catalán de la Salud- afirmaba que los médicos son los profesionales
que más patologías mentales sufren: el doble que el resto de la población. Y que
abusan tres veces más del consumo de tóxicos. Y que la tasa de suicidios entre
ellos triplica a la del resto de la sociedad. Y que a su juicio todo ello se debe
a dos razones básicas: el agotamiento emocional y la despersonalización o deshumanización
que sufren.
La propia Organización Médica Colegial dio a conocer hace tres
o cuatro años un estudio en el que se afirmaba que la mayor parte de los médicos
españoles reconocen tener un elevado grado de insatisfacción profesional y la
autoestima por los suelos. Y que se sienten laboralmente explotados tanto en el
sistema público como privado. Hasta tal punto de que ¡más de la mitad! ha llegado
a pensar en algún momento en abandonar la profesión.
Los colegios médicos
y la Administración buscan desde hace tiempo cómo afrontar el problema sanitario
pero no van a conseguir otra cosa que poner parches. Porque lo que hay que hacer
es ¡cambiar todo el modelo sanitario! cuyo disparatado gasto para los estados
no se justifica teniendo en cuenta los servicios que dan y los resultados que
obtienen. Financiar fármacos tiene sentido además cuando éstos sirven para curar...
y eso no ocurre en el 95% de los casos.
No, yo respeto mucho a los médicos
de verdad, a los que realmente se han formado. Pero no a aquéllos cuyos conocimientos
son sólo los que en su día les dieron en las facultades y los que luego han recibido
de las multinacionales farmacéuticas. De hecho, una vez reciben su título de licenciado
la mayoría de los nuevos médicos sólo leen prospectos publicitarios o revistas
científicas que se limitan a recoger los ensayos de los fármacos que los laboratorios
investigan. Ignoran todo lo demás. Es decir, ignoran el 90% del conocimiento actual
sobre salud. Y claro, sus fracasos son tan constantes que la gente ha empezado
a hartarse. Y cada vez hay más agresiones. Pero es que sólo en España mueren cada
año mientras son tratadas en los hospitales ¡400.000 personas! Insisto:
cada año. Son datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE)
que cualquiera puede consultar en Internet. De ellas, 100.000 mientras son
tratadas de cáncer. Es obvio pues que ha llegado tanto el momento de afrontar
el problema de forma multidisciplinar como de exigir explicaciones a quienes afirman
desde hace años de forma gratuita que entre el 50 y el 70% de los enfermos de
cáncer se cura.
Vuelvo a reiterarlo: en la curación del cáncer no se
ha avanzado prácticamente nada en las cuatro últimas décadas. Hoy muere
de cáncer más gente que hace 40 años, que antes del desarrollo de la Oncología
y de la aparición de la Radioterapia y la Quimioterapia. Muere en un porcentaje
muy superior al del aumento de la población.
-Eso sí lo cuentan usted y
Antonio Muro en la obra Cáncer: qué es, qué lo causa y cómo tratarlo.
-Antonio y yo publicamos ese libro cuyo contenido investigamos conjuntamente
porque quisimos ofrecer información veraz sobre la mejor manera de conservar la
salud y afrontar la enfermedad, en este caso en el ámbito de una patología que
sólo en nuestro país provoca, como antes dije, la muerte de más de 100.000 personas
al año. Fue la culminación de un largo proceso de investigación que nos llevó
a entrar en contacto con numerosos investigadores de todo el mundo -médicos, psicólogos,
farmacéuticos, biólogos, químicos, físicos, matemáticos, ingenieros, naturópatas,
terapeutas alternativos, periodistas, juristas, filósofos y otros muchos profesionales
de muy variada formación- que desde su propio ámbito de conocimiento aportaron
sus puntos de vista sobre esta patología permitiéndonos adquirir una visión integral
y holística sobre ella. Años de investigación permitieron así que el conocimiento
parcial y limitado que teníamos inicialmente tanto sobre la enfermedad como sobre
la manera de afrontarla se modificara sustancialmente. Y debemos decir que ese
conocimiento nos hace ser muy optimistas en cuanto a las posibilidades de superar
la dolencia... siempre que el enfermo no se ponga en manos de cualquier oncólogo.
Somos contundentes en ese punto: es vergonzoso que la cirugía, la Quimioterapia
y la Radioterapia sean aún hoy los tratamientos de referencia a la hora de afrontar
el cáncer. En la inmensa mayoría de los casos no sólo es inútil sino peligroso.
No hay un solo producto usado en Quimioterapia que haya demostrado jamás en ensayo
clínico curar el cáncer. Como no hay ningún ensayo clínico que haya demostrado
que sea eficaz la ingesta de un cóctel de productos. Por consiguiente la afirmación
de que los tratamientos oncológicos son los únicos cuya validez está científicamente
constatada es una falacia.
La situación se ha vuelto realmente insostenible.
No se puede jugar impunemente con la vida de las personas y encima hacerlo en
nombre de la Ciencia y de la Medicina alegando hipócritamente que es por nuestro
bien. Que dejen de velar por nosotros quienes de forma tan soberbia se arrogan
derechos que no tienen alegando conocimientos de los que en realidad carecen.
El derecho a elegir tratamiento y profesional es exclusivo de los ciudadanos.
Cuando la salud y la vida de alguien está en juego es él quien debe decidir libremente
cómo afrontar su dolencia. Sin imposiciones por parte de quienes, de forma intolerable,
pretenden arrogarse tal privilegio desde el Ministerio de Sanidad y Consumo y
sus organismos subordinados así como desde los colegios médicos. Los profesionales
de la salud -y más los médicos porque en su día hicieron el juramento hipocrático-
están para orientar y aconsejar al enfermo, no para imponerle sus convicciones,
criterios y creencias. Y quien no acepte que eso sea así que se dedique a otra
cosa. Basta de prepotencia injustificada. El libro -como la revista- denuncian
todo eso y mucho más. Muchísimo más. Porque el cáncer -y la práctica totalidad
de las llamadas enfermedades- no es más que un rentable negocio para algunas
multinacionales a las que la vida de las personas les importa en general un comino.
El simple hecho de que algunas aleguen que sus cócteles anti-VIH son eficaces
en Sida y dejen morir cada año a millones de personas porque no están dispuestas
a darles gratuitamente o a precio de coste el producto que según aseveran puede
salvarles la vida lo demuestra más allá de toda duda. Las grandes multinacionales
farmacéuticas sólo tiene como norte el dinero. No hay sentimiento humanitario
ni altruismo en nada de lo que hacen. Ya va siendo hora de que se diga y se sepa.
-¿Y cómo se puede salir de ésta situación?
-Hay que elevar el nivel
de conciencia de la gente. Darla información. Ayudarla a ser libre. Evidentemente
romper esquemas tiene muchas dificultades. Se choca con muchas convicciones arraigadas,
con muchos dogmas establecidos, con muchos intereses. La salud es hoy, ante todo,
un próspero negocio. Evidentemente los hospitales, clínicas o centros de salud
necesitan ser correctamente administrados para que no sean deficitarios pero es
que cada vez se crean más porque son lucrativos, porque dan dinero. No hay ideales
en ello. Las residencias geriátricas, por ejemplo, no se construyen porque haya
una necesidad social sino porque dan mucho dinero. Especialmente merced a las
ayudas y subvenciones oficiales. Los nuevos fármacos no se investigan porque exista
detrás la intención real de ayudar a quienes sufren sino porque proporcionan pingües
beneficios. Por eso la industria farmacéutica no busca medicamentos para las enfermedades
"raras": no son rentables. Y lo único que buscan los accionistas e inversores
en bolsa es rentabilidad. En las juntas de accionistas de los grandes laboratorios
no se plantean aspectos humanos y éticos: sólo se habla de réditos, de beneficios,
de nuevas inversiones para obtener más ganancias. Allí no se habla de salud, se
habla de enfermedad. En las agencias del medicamento y en los ministerios de Sanidad
de todo el mundo pasa otro tanto. Están infiltrados por la mafia que controla
el actual sistema sanitario. Como lo están los colegios médicos y farmacéuticos.
Si la colegiación fuera voluntaria y no obligatoria los colegios médicos y farmacéuticos
desaparecerían. Y eso la mafia no puede permitirlo. Porque introducir unos cuantos
peones en los órganos de decisión es factible, controlar a todos los médicos uno
a uno, no. Y otro tanto ocurre con la clase periodística y política. Los grandes
laboratorios alquilan con mucha facilidad la conciencia de los periodistas. Con
la misma estrategia con la que sobornan a los médicos. Y no hablemos ya de lo
sencillo que es "comprar" la complicidad o, cuando menos, el silencio de los grandes
medios de comunicación social. Casi ningún empresario se arriesga a perder las
campañas de publicidad de las empresas detrás de las cuales está la industria
farmacéutica. Que hoy por hoy son la mayoría. Y para qué hablar ya de la clase
política. Buena parte de los miembros del actual Parlamento Europeo son ex ejecutivos
de las grandes multinacionales farmacéuticas. Los han puesto ellas allí. Como
los tienen en los gabinetes jurídicos de los ministerios de Sanidad, en la Policía,
en los servicios de inteligencia y hasta en la Judicatura. Están en todas partes.
Y lo singular es que no son muchos pero son muy poderosos. Prácticamente imbatibles.
Salvo que la gente empiece a entender que está siendo vilmente engañada, que su
salud depende de él y no del médico, los fármacos o el sistema sanitario. Que
lo único que necesita normalmente para estar sano o curarse cuando enferma es
información no adulterada ni manipulada. Y para eso sólo necesita ampliar su conciencia.
-Son acusaciones muy graves. ¿Por qué nadie más las hace?
-Hay muchas
personas ya que denuncian lo que está pasando. Recordemos obras como Némesis
médica de Iván Illich, La mafia médica de Ghislaine Lanctôt,
¡Cuídate, compa! de Eneko Landaburu, Píldoras, ganancias y política
de Miton Silverman y Philip R. Lee, Peligro mortal: efectos de
la prescripción de fármacos de Arabella Melville y Colin Johnson,
Los inventores de enfermedades: cómo nos convierten en pacientes de Jörg
Blech, Medicamentos que nos enferman e industrias farmacéuticas que nos
convierten en pacientes de Ray Moynihan y Alan Cassels y tantos
otros.
Hace apenas unos días aparecía en el diario español La Vanguardia
una entrevista con Richard J. Roberts, Premio Nobel de Medicina, en la
que éste afirmó textualmente: "En nuestro sistema los políticos son meros empleados
de los grandes capitales que invierten lo necesario para que salgan elegidos sus
chicos; y si no salen compran a los que son elegidos". Añadiendo: "Casi
todos los políticos -y sé de lo que hablo- dependen descaradamente de esas multinacionales
farmacéuticas que financian sus campañas. Lo demás son palabras..." Eso es
hablar claro. Y en esa entrevista explicaba que en los últimos años se han descubierto
fármacos muy eficaces capaces de acabar por completo con algunas enfermedades
que no se comercializan porque no lo permiten los grandes laboratorios -y cito
textualmente sus palabras- "ya que las farmacéuticas no están tan interesadas
en curarle a usted como en sacarle dinero". Añadiendo que esas investigaciones
son desviadas hacia el descubrimiento de medicinas que no curen del todo a fin
de "cronificar la enfermedad". Mire, las farmacias están cada vez más repletas
de medicamentos peligrosos capaces de provocar gravísimos efectos secundarios
-incluida la muerte- que sólo sirven para paliar los síntomas de las llamadas
enfermedades. Por eso se dice que son "paliativos" y "sintomáticos". Es
decir, si uno tiene fiebre la industria farmacéutica le ofrece un antipirético.
Con lo que mucha gente ha terminado olvidando que la fiebre no es una enfermedad
sino un mecanismo curativo del cuerpo. El organismo produce hipertermia
-aumento de temperatura- porque eso provoca una notable activación de todos los
mecanismos sanadores del organismo. Cada grado de fiebre duplica la velocidad
de curación del cuerpo. Por consiguiente, bajar la fiebre es un sinsentido. Salvo
si ésta llega los 40º ya que entonces sí conviene no dejar que suba por si acaso.
Y eso se consigue con un simple paño mojado en agua fría o introduciéndose en
una bañera tibia que luego puede rellenarse poco a poco con agua más fresca. Y
si lo que uno tiene es una inflamación se le ofrece un antiinflamatorio. Cuando
también la inflamación tiene efecto curativo. Salvo que ésta pueda afectar
a alguna función orgánica y entonces hay que actuar preventivamente. Solo que,
como en el caso de la fiebre, hay formas naturales de hacerlo sin necesidad de
fármacos iatrogénicos. Y obviamente si lo que uno tiene es dolor se le ofrecen
analgésicos o antiálgicos. Olvidando que el dolor es el mecanismo del cuerpo para
avisarnos de que algo va mal. Con lo que tomar un analgésico por norma cuando
aparece el dolor en lugar de averiguar antes qué lo produce se ha convertido en
otro hábito tan frecuente como estúpido. Millones de personas viven en España
-y en el mundo- llevando siempre analgésicos. Personas a las que luego se les
manifiesta una enfermedad grave y lo achacan al infortunio en lugar de a su inconsciencia.
Y ya metidos en ese desenfreno de consumir pastillas para todo ingerimos ansiolíticos
cuando estamos nerviosos, somníferos si la preocupación no nos deja dormir, antidepresivos
si estamos tristes o descorazonados, antiácidos, bicarbonatos, sales de frutas
o carminativos si hemos comido de forma inadecuada, pastillas de fibra si no ingerimos
verdura y fruta... En suma, en lugar de ser conscientes de que algo no marcha
bien en nuestras vidas y afrontarlo preferimos tomar pastillas para paliar los
síntomas que nos provoca la situación que hemos creado nosotros mismos. Y nos
engañamos una y otra vez ingiriendo productos no sólo innecesarios sino además
peligrosos.
-Como en el caso del tabaco...
-Las compañías tabaqueras
se pasaron décadas asegurando que no había "evidencias científicas" de la relación
directa entre enfermedad alguna y el consumo de tabaco. Hoy tal falacia hace sonreír
a mucha gente que olvida con facilidad el sufrimiento de millones de personas
cuya salud se quebró -en muchos casos llevándoles a una muerte prematura- porque
fue vilmente engañada. Es más, durante décadas los grandes fabricantes de cigarrillos
se han permitido añadir decenas de sustancias adictivas y cancerígenas al tabaco
sin que la Justicia les haya procesado. Han gozado -y siguen gozando- de impunidad
para llevar a la gente a la muerte. Los gobiernos saben que el tabaco "puede
matar" -así se obliga a decirlo ya en las cajetillas- pero siguen permitiendo
no sólo su comercialización sino que se sigan añadiendo a los cigarrillos productos
altamente tóxicos sin hacer nada por impedirlo. Y otro tanto pasa con las radiaciones
y campos electromagnéticos. Que a estas alturas haya aún torres de alta tensión
y centros de transformación cerca de edificios habitados es intolerable. Porque
la manida argumentación de que no hay evidencias científicas de su peligrosidad
ha dejado de ser válida hoy: jurídicamente han de ser las compañías de electricidad
las que demuestren su inocuidad. Deben ser ellas las que demuestren que las radiaciones
y campos electromagnéticos no afectan a la salud. ¡Algo que no han podido hacer
jamás! Y otro tanto ocurre con las operadoras de telefonía. Deben ser ellas las
que demuestren que los teléfonos móviles y las antenas de telefonía no son perjudiciales
para la salud. Lo dice el Parlamento Europeo. Lo dice el Tribunal Europeo de Justicia.
Y lo dicen los jueces que han emitido las más recientes sentencias sobre ello
en nuestro país. Nuestro propio Tribunal Supremo dictaminó en su día que ningún
ciudadano tiene por qué soportar la intromisión de campos electromagnéticos en
sus hogares. A pesar de lo cual las compañías eléctricas siguen teniendo centros
de transformación y torres de alta tensión pegadas a miles de hogares porque los
gobiernos las protegen.
-Dice usted que el sistema sanitario es ineficaz
pero la mayoría de la gente está contenta con él.
-¿De verdad lo cree?
Mire, el sistema sanitario español -por no hablar de otros que conozco peor- ha
alcanzado tal grado de ineficacia y caos que resulta inconcebible. Porque en España
hoy los servicios de Urgencias están saturados con el agravante de que el 90%
de los médicos que se encuentran en ellos son recién licenciados y, por tanto,
carecen de experiencia, las listas de espera siguen siendo un escarnio y la mayor
parte de los hospitales están abarrotados y los enfermos tienen que permanecer
días en los pasillos en condiciones vergonzosas acompañados de familiares que
no tienen dónde aguardar y deben sentarse en el suelo o en las escaleras. Sin
olvidar que los tratamientos ortodoxos convencionalmente aceptados como los más
adecuados son sólo paliativos o sintomáticos y no ayudan a curar prácticamente
ninguna patología con el agravante de que la mayoría de los fármacos que se prescriben
tienen efectos iatrogénicos; de hecho, un reciente estudio indica que la 3ª parte
de las consultas urgentes se deben ya a problemas generados por fármacos.
Y a pesar de tan desolador panorama los gastos del Estado en Sanidad suben sin
parar año tras año de forma desbocada. ¿Por qué? Pues porque la industria farmacéutica
controla el Ministerio de Sanidad y Consumo, gran parte de las consejerías autonómicas
y la Agencia Española del Medicamento.
Es más, buena parte de los médicos
del sistema sanitario llevan siendo "gratificados" -por no decir sobornados"-
por algunas multinacionales farmacéuticas desde hace años para que receten sus
productos. Los recientes escándalos que han llevado a los tribunales a los responsables
de algunas conocidas empresas y a muchos médicos están en la mente de todos. Y
no se trata de casos aislados sino de una práctica muy extendida que no se quiere
investigar.
Y para completar el círculo los ensayos clínicos que se efectúan
para aprobar los fármacos son deficientes y fácilmente manipulables. Lo aseguró
no hace mucho la prestigiosa revista The Lancet. Ello explica la retirada
del mercado en los últimos meses de numerosos medicamentos que llevaban años vendiéndose.
Unos porque no sirven en realidad para las enfermedades para las que se prescribían,
otros porque los efectos negativos son mucho mayores de los reconocidos y las
empresa fabricantes, sabiéndolo, lo habían ocultado. ¿Para qué seguir? La situación
del sistema sanitario es lamentable. Y la corrupción se ha extendido a todos los
ámbitos. Corrupción contrastada que nadie quiere destapar. Hay implicada demasiada
gente de altos vuelos y escasa ética y conciencia.
-Todo el mundo piensa
que los ministerios de Sanidad -de todos los países- se ocupan preferentemente
de salvaguardar la salud de los ciudadanos.
-Lo piensan, sí. Y nada más
alejado de la realidad. Los ministerios de Sanidad de todo el mundo están al servicio
del poder y, por ende, de las grandes industrias. Que la mayor parte de la gente
no sea consciente de ello es otra cosa. Pero es que vivimos en una sociedad donde
en general la población vive con ideas, creencias y opiniones prestadas en lugar
de propias.
-¿Tanto poder tienen las multinacionales farmacéuticas?
-Fuller Torry, director ejecutivo de la Fundación Stanley para Programas
de Investigación con sede en Bethesda, Maryland (EEUU), declaró hace unos
años en The Guardian: "El actual sistema sanitario se aproxima a algo que podríamos
denominar prostitución profesional de alto nivel". Claro y conciso. Mire,
mi compañero Antonio Muro ha escrito en la revista numerosos artículos de denuncia
destacando a mi juicio uno que tituló La credibilidad de la industria farmacéutica,
bajo mínimos. Y de él se extraía una rotunda conclusión: no existen fallos
aislados en el sistema. ¡Falla todo el sistema! Y la FDA está en realidad al servicio
de la industria farmacéutica aunque pretenda hacerse creer lo contrario. Claro
que para entender cómo funciona el sistema es preciso saber que el organismo encargado
de determinar los criterios de los estudios básicos, toxicológicos, animales y
clínicos para el desarrollo de nuevos fármacos es la llamada International
Conference on Harmonization (ICH) y que la misma fue fundada por la Federación
Internacional de Asociaciones de Fabricantes de Medicamentos (IFPMA). Es decir,
por la patronal farmacéutica que es la que ostenta el poder de la Conferencia
a través de su Secretariado. En suma, ellos mismos elaboran las reglas por las
que se rigen... y se autocontrolan. Y sus normas tienen como fin último asegurarse
de que el pastel se lo reparten sólo ellos. Por supuesto, ejerciendo un poder
absoluto sobre el sector. ¿Cómo? Pues controlando la investigación y la publicación
de los resultados, controlando las instituciones reguladoras y controlando a los
médicos y a los funcionarios.
Sin olvidar que gran parte de las asociaciones
de enfermos han sido creadas o están hoy controladas por las grandes multinacionales
que pretenden con ello asegurarse de que los pacientes reciben la misma información
que los médicos. Los enfermos empezaron hace años a asociarse ante la ineficacia
de los fármacos y la necesidad de buscar alternativas y ello preocupó tanto a
la gran industria farmacéutica que decidió introducirse en ellas para controlarlas.
Lo que consiguieron jerarquizándolas porque así es más fácil manipularlas. Basta
con dispensar atenciones a la cúpula para ejercer el poder sobre la base. Siendo
su principal mecanismo de control el patrocinio de sus actividades y de sus órganos
de difusión además de crear en sus senos consejos médicos integrados por personas
que, por supuesto, pagan ellos. Se trata de una inversión rentable porque lo que
buscan es impedir que los enfermos se puedan plantear soluciones alternativas
a las farmacológicas. Todo en nombre de la Ciencia aunque lo que realmente se
busca es asegurar el negocio. Así que hay cientos de asociaciones de enfermos
a las que se ha convencido de que no hay solución más allá de los fármacos, de
que todo lo que se pueda decir distinto a esa verdad establecida por ellos no
es "científico".
-Bueno, la industria farmacéutica alega que no hay estudios
científicos que avalen la eficacia terapéutica de los productos dietéticos, fitoterapéuticos,
ortomoleculares (vitaminas, minerales, enzimas, etc.) u homeopáticos.
-Y
mienten una vez más. Hay miles de estudios científicos publicados en centenares
de revistas sobre sus propiedades. Otra cosa es que no los lean. Lo que sí puede
ocurrir -y ocurre- es que la mayor parte no aparecen en las "revistas independientes
de prestigio" que, en realidad, controlan ellos. Porque, a fin de cuentas, todas
ellas viven de la publicidad de la gran industria. La mayoría de las llamadas
medicinas alternativas están fundamentadas científicamente. Y sus tratamientos
funcionan. Lo que no puede decirse, en cambio, de la pomposamente autodenominada
Medicina Científica, es decir, de la Medicina alopática, ortodoxa, convencional
o farmacológica.
-Pero hay gente que afirma haber sanado tras ingerir algunos
fármacos.
-Lo que hay es gente cuyo organismo ha recuperado la salud a
pesar de haberse tomado algunos fármacos. El día en que un laboratorio me
muestre un solo ensayo con humanos a gran escala que demuestre sin lugar a dudas
que un fármaco ha sido la causa de la curación de una sola enfermedad rectificaré
lo dicho. Porque no conozco ni uno. No sólo en casos de cáncer sino de cualquier
enfermedad.
-Pero, ¿por qué hay tanta gente enferma hoy día?
-Sencillamente, porque hemos contaminado todo. El aire, el agua, las plantas,
los alimentos... Todo. Hace dos años la comisaria de Medio Ambiente de la Unión
Europea, Margot Wallstrom, reconoció públicamente que en el mundo se emplean
alrededor de 30.000 sustancias químicas insuficientemente evaluadas. Y hace cinco
un equipo de científicos del Mount Sinai School of Medicine (EEUU) decidió
analizar qué sustancias tóxicas hay ya en la gente, buscó voluntarios, eligió
a nueve que no habían estado sometidos a riesgos especiales y encontró en ellos
un total 167 sustancias químicas diferentes no naturales; 76 cancerígenas, 94
tóxicas para el sistema nervioso y el cerebro, 79 capaces de provocar defectos
de nacimiento o desarrollo deficiente, 86 que interfieren con el sistema hormonal,
77 tóxicas para el sistema reproductor y 77 para el sistema inmune. Algunas de
las sustancias tenían varios efectos. La respuesta a la mayoría de las enfermedades
está ahí. Por eso en la revista hemos insistido hasta la saciedad que ante cualquier
malestar o dolencia lo primero que hay hacer es desintoxicarse. A fin de cuentas
nos están -y nos estamos- envenenando lentamente. Y envenenando todo el planeta.
O paramos de inmediato esto o el futuro de la raza humana es muy negro.
Claro
que hoy también estamos altamente contaminados por las radiaciones electromagnéticas
con las que somos bombardeados a diario. Y por los fármacos. Y por los numerosísimos
aditivos que se utilizan masivamente en las comidas preparadas: conservantes,
antioxidantes, colorantes, aromatizantes, saborizantes, emulsionantes, espesantes,
gelificantes y edulcorantes. Y enfermamos por culpa de los alimentos transgénicos.
Y a causa de los alimentos refinados. Y de la cocción a altas temperaturas. Y
por la falta de nutrientes a causa de las explotaciones masivas y no dejar las
tierras en barbecho. Las frutas y verduras de hoy carecen de las mismas propiedades
que hace sólo treinta años y está demostrado que la carencia de algunas sustancias
son causa de muchas de las llamadas enfermedades. Así, la carencia de vitamina
C produce el escorbuto, la de tiamina el beriberi, la de niacina la pelagra, la
de cobalamina la anemia perniciosa... ¡Para qué seguir! Y luego hay médicos indocumentados
que dicen que tomar suplementos ortomoleculares y dietéticos no sirve para afrontar
las enfermedades. ¿Que no se conoce el origen o etiología de la mayoría de las
"enfermedades"? ¡Anda ya! Lo que pasa es que si se reconoce que son las mencionadas
los fármacos dejan de tender sentido. Y, por cierto, alguien podrá decir que también
enfermamos al infectarnos por virus, bacterias, hongos, esporas, etc. Y es verdad.
De hecho los fármacos para los problemas infecciosos son los únicos que realmente
han sido eficaces. Pero ¡ojo!, los microbios sólo son peligrosos si el "terreno"
es el adecuado. En un organismo con el sistema inmune alto los microbios no pueden
hacer nada. Son eliminados sin problema. Lo afirmó Claude Bernard y
Luis Pasteur terminaría dándole poco antes de morir la razón.
Sólo queda
por mencionar que también los problemas psicoemocionales enferman. Especialmente
los traumáticos que pillan a contrapié y se viven en soledad. Ryke Geerd Hamer
tiene razón en eso. Como en otras muchas cosas que sus colegas rechazan sin haberlo
siquiera estudiado.
-Cuando enferma, ¿usted a quién acude?
-Mi
salud ha sido en general buena toda mi vida. Pero cuando no me encuentro bien
voy a ver a alguno de los médicos con los que mantengo amistad para que me "revisen"
integralmente. Todos ellos están excelentemente formados y tienen amplios conocimientos
sobre cómo tratar a la gente sin fármacos. Normalmente mis problemas de salud
se deben al estrés, a no descansar lo suficiente y dormir poco, beber demasiado
café y a la contaminación electromagnética que se sufre en Majadahonda por culpa
de un alcalde que hace el juego a las compañías eléctricas y de telefonía. Obviamente
llevé el caso a los tribunales pero a pesar de tratarse de una denuncia por violación
de derechos fundamentales el juez no le da prioridad al caso y lleva casi dos
años sin responder. Así que si en un mes más no da señales de vida denunciaré
también al juez.
-¿Confía usted en la Justicia?
-Para serle sincero,
no.
-¿Por qué?
-Porque en todo Estado de Derecho la Justicia debe
ser independiente del poder político y en España eso no es así. Sí, sé que me
va a decir que formalmente son poderes distintos e independientes pero en la práctica
no lo son. Porque son los políticos los que controlan el nombramiento y ascenso
de los jueces. Y éstos siguen sus directrices. Basta ver las votaciones sobre
temas importantes en los principales órganos del Poder Judicial para comprobarlo.
En el Consejo General del Poder Judicial como en el Constitucional. Las votaciones
están totalmente politizadas. Los jueces propuestos por los distintos partidos
votan siempre en bloque exactamente lo que defiende el partido que les ha propuesto.
Y mire usted, la probabilidad de que se trate de una casualidad -una y otra vez-
ya que ellos afirman votar sólo en conciencia y atendiendo a su interpretación
de la ley es, a juicio de cualquier observador imparcial, nula. Por otra parte,
los jueces sólo se dan explicaciones entre ellos. Y actúan, en consecuencia, como
les da la gana porque nadie les va a pedir cuentas. ¿O a usted le parece razonable
que se dicten constantemente miles de sentencias injustas y a quienes las han
dictado no les pase absolutamente nada? Y si me pregunta porqué afirmo que son
injustas es sencillo: porque se revocan por órganos superiores. Lo determinan
sus propios compañeros. Una y otra vez. A menudo. Y no les pasa nada. Eso sí,
luego nos exigen que respetemos las sentencias judiciales. Y yo les respondo ¡que
se ganen el respeto! Ya está bien.
-¿Y entonces por qué acude a los tribunales?
-Porque a veces o haces eso o sólo te queda el recurso de la violencia. Y yo aborrezco
la violencia tanto como la injusticia. Por otra parte, hay aún jueces honestos,
intachables. Que no están dispuestos a someterse a los partidos políticos aunque
eso les suponga no subir en el escalafón. El problema siempre es no saber con
qué tipo de juez te vas a encontrar.
-En tal caso llevar a los tribunales
a los laboratorios farmacéuticos para obtener justicia es una utopía en España...
-Posiblemente. Por eso la estrategia pasa a mi juicio por hacerles la vida imposible
-la misma táctica que siguen ellos- abriéndoles numerosos frentes judiciales.
Porque sus abogados son muy caros y si les obligas a tener que estar en cincuenta
juzgados a la vez ya veremos qué gracia les hace.
-Usted es periodista,
no abogado. ¿Ha tenido algún contacto con el Derecho?
-Fui profesor de
Relaciones Internacionales durante once años en la Universidad Complutense
y otros tres en el Centro Español Universitario (CEU). Y algo de Derecho
Internacional tuve que aprender para luego poder enseñarlo. Pero prefiero que
no hablemos de cosas personales.
-Sin embargo usted ha tratado a gente
muy interesante. Sabemos que ha conocido personalmente a Karl Pribram, Marilyn
Ferguson, Raymond Moody, Ervin Laszlo, Claudio Naranjo, Indra Devi, Micahael Talbot
y muchos otros.
-Sí. He tenido esa suerte. Pero no es el momento de hablar
de ello. ¿Tiene alguna pregunta más para terminar?
-Tengo apuntadas unas
ciento y pico más...
-Pues me temo que se van a quedar sin respuesta.
En una revista el espacio es limitado y dudo mucho que a la gente le interese
saber mucho más de mí. Yo no soy un personaje famoso y espero no serlo nunca.
Quiero y deseo que se valore mi trabajo. Y que éste sea útil a los demás. Con
eso me conformo.
-En tal caso permítanos una última pregunta. Sabemos que
usted es un lector empedernido. ¿Qué libro le ha marcado más?
-Me han
marcado muchos porque he leído muchos. Y cada uno en su momento fue importante.
En todo caso si tengo que decantarme por recomendar uno sólo lo haré: Conversaciones
con Dios. Es una trilogía escrita por un periodista llamado Neale Donald
Walsch y lo ha editado DeBolsillo. Se podrá discutir si se trata de
una novela o de un hecho real pero reconozco que al menos a mí me ha impactado.
Y no soy demasiado impresionable.
Dicho lo cual me voy a permitir terminar
esta entrevista con una sugerencia al lector. Y es ésta: no deje su salud y su
vida en manos de nadie. Consulte e infórmese tanto como pueda pero luego decida
usted. Sólo usted.