Pocos
días antes de escribir estas líneas una persona muy allegada a mí visitó a un
endocrino para perder algo de peso como recomiendan los expertos: sin recurrir
a fármacos milagrosos y siguiendo las directrices de un especialista. Bueno, pues
salió de la consulta con algún que otro buen consejo, una dieta, un drenador linfático...
y ¡una receta de
Fluoxetina-20 mg! Es decir, de un
Inhibidor Selectivo
de la Recaptación de Serotonina (ISRS) más conocido internacionalmente por
su nombre comercial:
Prozac.
Sorprendida ya que no padece ni depresión
ni ninguna de las dolencias para las que se supone que sirve ese fármaco me preguntó
mi opinión. Y como entendí que a pesar de todo estaba dispuesta a consumirlo le
pregunté si se había leído el prospecto.
"No -me respondió-,
pero me
lo ha mandado el médico". Le invité pues a hacerlo y pronto comprobaría que
estaba indicado sólo para la depresión, el trastorno obsesivo-compulsivo y la
bulimia nerviosa. Sin embargo -y permítaseme el inciso-, si uno lee la ficha técnica
del
Prozac -idéntico al genérico
Fluoxetina- comprueba que en realidad
sólo está aprobado su consumo en los casos de
episodios depresivos mayores.
Ni siquiera en los de depresión en general. En cuanto a mi amiga era obvio que
ni tenía depresión, ni trastorno obsesivo-compulsivo alguno ni sufría bulimia
nerviosa.
La invité luego a leer los posibles efectos secundarios del fármaco
y debo decir que le produjo la misma sensación que un relato de terror. Con lo
que se planteó claramente qué sentido tenía tomar
Prozac cuando lo que
quería era sólo perder algo de peso. Me limité a mirarla y la dije:
"Tú misma".
Y ella, dándose media vuelta, se dirigió de nuevo a la farmacia donde se lo habían
proporcionado para devolver el producto. Allí se encontraría sin embargo con el
asombro de la dependienta que no entendía que quisiera hacer eso y decidió convencerla
con un "argumento de peso":
"¡Pero si se lo recomiendan mucho a los niños!
Eso es profesionalidad. Y ética.
Sirva el ejemplo para corroborar la extendida
sospecha de que la
fluoxetina -es decir, el
Prozac- se está hoy
prescribiendo también para depresiones leves y moderadas, problemas relacionados
con el alcoholismo, el trastorno por déficit de atención en los niños, ciertos
trastornos del sueño, migrañas, el trastorno por estrés postraumático, el
Síndrome
de Tourette, la obesidad, algunos problemas sexuales y ciertas fobias. Es
más, los
inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS)
son igualmente prescritos en algunos casos para tratar el insomnio, la ansiedad,
la timidez, la tristeza, el malestar menstrual, el dolor, la enuresis, la demencia,
la impotencia y el síndrome de piernas inquietas -por mencionar sólo algunos-
a pesar de que no está aprobado para ninguna de tales disfunciones y no hay estudios
científicos que respalden esa decisión por parte de los médicos.
Claro que
ello explica el incremento constante del consumo de antidepresivos en nuestro
país. Hay una sobreprescripción descarada e injustificable que beneficia sobre
todo a los laboratorios que los comercializan. Pero no a los enfermos.
Y,
si no, juzgue el lector las siguientes cifras. En sólo diez años -entre 1995 y
2005- se ha incrementado el uso de antidepresivos en España un 214%. Más en concreto,
en 1995 el Sistema Nacional de Salud recetó más de siete millones de envases de
antidepresivos a los españoles, cifra que se triplicó en el 2005 hasta alcanzar
más de 22 millones de cajas cuyo coste para el estado fue de 629.597.577 euros.
Y hablamos sólo de los antidepresivos recetados -y, por tanto, controlados- dentro
del Sistema Público de Salud. Sin contabilizar lo que la gente compra por su cuenta.
Preocupante problema que agrava el saber que cada vez se diagnostica a más jóvenes
de depresión y otros trastornos mentales. Según algunos datos la "depresión"
afecta
ya al 2% de los niños menores de 12 años y al 8% del grupo de edad comprendido
entre los 12 y los 16.
Bien, pues entre esos más de 22 millones de cajas de
antidepresivos que se recetaron en el 2005 los más prescritos fueron los
Inhibidores
Selectivos de la Recaptación de Serotonina (ISRS) que incluyen la
fluoxetina
(Prozac), la
sertralina, el
citalopram, la
fluvoxamina
y el
escitalopram pero también en un número importante de casos se recetaron
Inhibidores Selectivos de Recaptación de la Serotonina/Norepinefrina (ISRSN)
como la
venlafaxina, la
duloxetina y el
milnacipran. Y si
bien es cierto que hay personas que aseguran sentirse mejor tras tomar esos psicofármacos
no lo es menos que muchos otros también se sienten mejor tras tomar un placebo.
Pero sobre todo, no se justifica en modo alguno que se estén recetando a niños.
Para empezar, sus padres deberían ser conscientes de algo indiscutible:
ningún
antidepresivo es inocuo. Y lo que es aún más importante:
jamás se
ha probado científicamente su eficacia.
LA MISMA
EFICACIA QUE UN PLACEBO Un grupo de investigadores del Departamento
de Psicología de la
Universidad de Hull (Reino Unido), de la
Universidad
de Wyoming (EEUU), del Centro para la Salud, Intervención y Prevención de
la
Universidad de Connecticut (EEUU), del Departamento de Psicología de
la
Universidad de Windsor (Cánada) y del
Instituto de Medicación Segura
de Pennsylvania (EEUU) publicó recientemente en
Public Library of Science
(PLoS) un metaanálisis sobre la eficacia real de los
Inhibidores Selectivos
de la Recaptación de Serotonina (ISRS) titulado
Severidad inicial y beneficios
de los antidepresivos: meta-análisis de datos suministrados por la Food and Drug
Administration (FDA) cuya conclusión no puede ser más reveladora, clarificadora
y contundente:
"Las diferencias en la eficacia del antidepresivo frente al
placebo -afirman los investigadores-
se incrementan en función de la gravedad
de referencia pero las diferencias son relativamente pequeñas, incluso para los
pacientes gravemente deprimidos. La relación entre la gravedad inicial y la eficacia
de los antidepresivos se debe a una disminución de la respuesta al placebo entre
pacientes severamente deprimidos y no a una mayor capacidad de respuesta a la
medicación". Es decir, que tanto en las depresiones leves como en las
moderadas
y
graves la eficacia de los antidepresivos es mínima por no decir nula.
Es importante señalar que el objetivo de este metaanálisis era establecer la relación
entre la gravedad y la eficacia de los antidepresivos utilizando los datos de
los ensayos clínicos publicados pero también los de los no publicados ya que los
autores eran conscientes de que para llegar a la verdad no podían fiarse sólo
de los primeros.
"Los metaanálisis convencionales -puede leerse en el artículo-
están a menudo limitados a los datos publicados. En el caso de los fármacos antidepresivos
esa limitación se traduce en la presentación de informes considerablemente sesgados
caracterizada por la publicación selectiva de información de estudios patrocinados
por las compañías farmacéuticas". Así que partiendo de esa premisa lo que
hicieron los investigadores fue valerse de la
Ley de Libertad de Información
(FOIA) para obtener de la
FDA toda la información públicamente liberable
sobre los ensayos clínicos realizados para la aprobación de la
fluoxetina,
la
venlafaxina, la
nefazodona y la
paroxetina.
Luego,
obtenidos los datos, utilizaron técnicas de metaanálisis para investigar si la
gravedad inicial de la depresión afectaba a la mejora de las calificaciones de
la
Escala de Valoración de la Depresión de Hamilton (HRSD) por la que los
médicos miden la gravedad de la depresión con un cuestionario con puntuaciones
entre 17 y 21. Sepa el lector que a las respuestas dadas a cada pregunta de esta
Escala se le atribuye una puntuación concreta que se va sumando. Si la
puntuación total para el cuestionario es de más de 18 puntos se diagnostica
depresión
severa. En los casos en los que sólo se detecta
depresión leve el tratamiento
habitual es la psicoterapia o terapia de conversación
(por ejemplo, la terapia
cognitivo-conductual ayuda a la gente a cambiar formas de pensamiento y comportamiento
negativo) pero si la depresión es más grave se combinarán psicoterapia y fármacos
antidepresivos que, según la hipótesis oficial, normalizan las sustancias químicas
cerebrales que afectan al ánimo. Eso a pesar de que hay voces que aseguran que
no está en absoluto demostrado que sea una causa bioquímica cerebral relacionada
con la
serotonina la desencadenante de los episodios depresivos. Es más,
el análisis de los estudios llevado a cabo por estos investigadores no deja lugar
a dudas.
"Tras valorar el conjunto de datos completo -incluyendo pues los
datos no publicados-,
considerablemente más amplio que los reportados, nos
encontramos con que el efecto global de la nueva generación de antidepresivos
está por debajo de los criterios recomendados para que se consideren clínicamente
significativos. También encontramos que la eficacia sólo alcanza significación
clínica en la mayoría de los ensayos que incluían pacientes extremadamente deprimidos
y que este patrón se debe a una disminución en la respuesta al placebo en lugar
de a un aumento en la respuesta a la medicación (…) Teniendo en cuenta estos datos
parece haber pocas pruebas que apoyen la prescripción de los antidepresivos en
los pacientes más severamente deprimidos a menos que los tratamientos alternativos
no hayan proporcionado beneficios".
Los resultados del estudio son tan
demoledores que la reacción no se ha hecho esperar. No en nuestro país, por supuesto,
pero sí en Gran Bretaña.
Ivan Lewis, Ministro de Salud, ha tomado una decisión
sin precedentes: exigir a la industria farmacéutica que proporcione todos los
datos que obran en su poder -publicados o no- y anunciar que el
Instituto Nacional
para la Salud y la Excelencia Clínica (NICE) va a revisar las actuales directrices
sobre la depresión.
"No hacerlo -manifestó a
The Guardian-
daría
la inevitable impresión de que hay algo que ocultar".
El congresista demócrata
norteamericano
Jim McDermott, presidente de la
Subcomisión de Seguridad
y Apoyo a la Familia del Congreso, ha anunciado por su parte la convocatoria
de una audiencia para examinar el uso de sustancias psicotrópicas entre los niños
acogidos al sistema de hogares de acogida estatal.
¿Y en España? ¿Va a hacerse
algo? ¿Se investigará oficialmente? ¿Se exigirán responsabilidades? La experiencia
nos dice que podemos esperar sentados.
DATOS OCULTOS
La investigación británico-estadounidense arroja sin duda luz en el oscuro mundo
que rodea a los antidepresivos. Porque no se trata de un estudio aislado que los
psiquiatras mejor intencionados puedan echar esta vez en saco roto. No es una
pieza más. Aunque haya habido otros ejemplos. De hecho a comienzos de este mismo
año se publicó en
The New England Journal of Medicine otro estudio
-Selective
Publication of Antidepressant Trials and its Influence on Apparent Efficacy-,
considerado el más exhaustivo hasta el momento, en el que se analizaban los datos
-publicados y no publicados- de 74 ensayos -todos ellos en poder de la
FDA-
sobre 12 antidepresivos. Ensayos que sufrieron una suerte desigual pues 38 fueron
considerados positivos por la
FDA y publicados -menos uno- y 36
negativos
(por eso 22 de ellos jamás vieron la luz y sólo se publicaron correctamente 3;
los otros 11 también se publicaron pero de forma que a pesar de ser
negativos
parecían positivos).
En resumen, como la inmensa mayoría de lo publicado correspondió
sólo a los ensayos que beneficiaban a la industria los médicos y psiquiatras deducían
que el 94% de los mismos daban resultados favorables. La realidad, en cambio,
era muy distinta. Según los datos de la
FDA sólo el 51% lo eran. Bien es
verdad que los datos de esta investigación corresponden a años anteriores al 2004,
año en el que los grandes laboratorios -acosados por innumerables denuncias- se
comprometieron públicamente a regirse por un estricto código de buen comportamiento
a la hora de presentar y facilitar el acceso a los datos de los ensayos, fueran
positivos o no. En todo caso, lo descubierto refleja las estrategias seguidas
por los laboratorios hasta hace bien poco y en virtud de las cuales las ventas
en España crecieron un 214% en diez años como ya hemos mencionado.
"Se
trata de un estudio muy importante por dos razones -declararía al
New York
Times el doctor
Jeffrey M. Drazen, Editor Jefe del
The New England
Journal-.
Una de ellas es que cuando uno prescribe un fármaco quiere estar
seguro de que cuenta con los mejores datos posibles. Usted no compraría una partida
si sólo supiera la tercera parte de la verdad. En segundo lugar, hay que mostrar
respeto por las personas que entran en un ensayo. No afrontan los riesgos para
que luego las compañías oculten los datos".
Además
"no se puede determinar
-como escribieron los autores en sus Conclusiones-
si la tendencia observada
se debió a un fallo a la hora de presentar los manuscritos por parte de los autores
y patrocinadores o a las decisiones tomadas por los editores de revistas y de
los revisores para no publicar, o de ambos. La presentación selectiva de informes
con los resultados de los ensayos clínicos pueden tener consecuencias adversas
para los investigadores, los participantes del estudio, los profesionales de la
salud y los pacientes".
También
Erick H. Turner, director del estudio,
psiquiatra y ex revisor de la
FDA que ahora trabaja en la
Oregon Health
and Sciences University y en el
Portland Veterans Affairs Medical Center
Turner, resumía lo que esta selección sesgada puede significar para los galenos:
"Antes o después los médicos -manifestaría al New York Times-
terminan
preguntándose cómo es posible que esos medicamentos funcionen tan bien en todos
los estudios y ellos no obtengan resultados". Una pregunta que podría considerarse
retórica si no fuera porque a cada paciente al que un médico introduce en el mundo
de los antidepresivos se le está obligando a afrontar riesgos en algunos casos
inimaginables y que, incluso, pueden llevarle a situaciones que pongan en peligro
su propia vida y la de otros. Lo explicamos.
VIOLENCIA
INDIVIDUAL Y SOCIAL El pasado 19 de febrero el
New York Times
publicaba un reportaje titulado
Los informes sobre el uso de antidepresivos
por los tiradores solitarios renuevan el debate sobre los efectos secundarios
de los antidepresivos en el que informaba que
Steven P. Kazmierczak,
autor de la última gran matanza acaecida en un centro escolar de Estados Unidos,
había dejado de tomar
Prozac poco antes de matar a tiros a cinco estudiantes
de la
Universidad del Norte de Illinois y suicidarse después. Su novia,
Jessica Baty, afirmaría durante una entrevista en la
CNN que Kazmierczak
tomaba
Prozac para combatir la ansiedad y el comportamiento compulsivo
pero que
"le hacía sentir como un zombi". Un caso espeluznante, sí, pero
sólo una más de las decenas de matanzas absurdas llevadas a cabo por adolescentes
que estaban siendo tratados con antidepresivos.
¿Y qué opinan los psiquiatras
al respecto? Pues en lugar de reconocer la ineficacia de los fármacos y los terribles
efectos secundarios que conlleva su consumo -en particular el suicidio- siguen
defendiendo su consumo e, incluso, se atreven a insinuar que las críticas que
se hacen de ellos pueden llevar a muchos enfermos a no consumirlos y ello impedir
que sean tratados adecuadamente. Y, sin embargo, los datos aparecidos este año
plasman una realidad bien distinta: los antidepresivos no sólo no curan sino que
encima provocan cada vez más problemas, suicidios incluidos.
Según las informaciones
de que se dispone a nivel nacional sobre los suicidios de personas de entre 18
y 84 años acaecidos en Suecia durante el 2006 más del 80% habían sido
"tratadas"
con fármacos psiquiátricos, más del 60% con antidepresivos y/o neurolépticos.
Lo que también pone en evidencia este estudio es que las mujeres son las principales
consumidoras de antidepresivos. De las 377 suecas que se suicidaron ese año 197
-es decir, el 52%- había tomado antidepresivos en los 180 días anteriores a su
muerte y 29 -el 8%- neurolépticos "antipsicóticos".
Son igualmente ilustrativos
los resultados del primer estudio conocido llevado a cabo sobre antidepresivos,
violencia y sus posibles repercusiones legales titulado
Antidepressants and
Violence: Problems at the Interface of Medicine and Law (Antidepresivos y violencia:
problemas en la relación entre la Medicina y la Ley).
"Hemos repasado
-explican en su estudio
David Healy y
David B. Menkes, psicólogos
de la
Universidad de Cardiff (Reino Unido) y
Andrew Herxheimer,
del
Centro Cochrane del Reino Unido-
los datos de los ensayos clínicos
disponibles sobre paroxetina
y sertralina,
los estudios de farmacovigilancia
sobre paroxetina
y fluoxetina,
y una serie de casos médico-legales
que involucran antidepresivos y situaciones violentas. Y tanto los ensayos clínicos
como los datos de farmacovigilancia apuntan posibles relaciones entre esas drogas
y los comportamientos violentos. Los casos legales estudiados revelan una variedad
de veredictos. Y muchas jurisdicciones parecen no considerar la posibilidad de
que un medicamento de prescripción pueda inducir a la violencia" (vea en nuestra
web el reportaje que publicamos al respecto en el número
88
de la revista).
Healy, Herxheimer y Menkes analizaron los escasos datos proporcionados
por los laboratorios, los que obraban en poder de la
Agencia Reguladora Británica,
los conseguidos en los tribunales y los 1.374 correos electrónicos que fueron
enviados a la BBC por los telespectadores -principalmente pacientes- tras ver
un programa sobre la
paroxetina emitido en el año 2002. Y tras examinar
toda esa información declararon:
"Hay evidencias suficientes para sostener
que el tratamiento antidepresivo puede inducir problemas y
una prima
facie
(evidencia que es suficiente para levantar una presunción de hecho) de
que la acatisia, la inestabilidad emocional y la reacción maníaca o reacciones
psicóticas podrían llevar a violencia". Por otro lado, también se pueden
extraer conclusiones documentadas visitando la web www.ssristories.com que recoge
más de 2.000 noticias de actos de violencia de personas que reconocían tomar antidepresivos
o haberlos dejado de tomar poco antes. Se trata de casos de comportamientos extraños,
tiroteos en centros escolares, incidentes violentos, tragedias por conducción
agresiva, asesinatos, homicidios, suicidios y otros actos de violencia.
"En
algunas historias -puede leerse en la presentación de esta web-
se reconoce
la causalidad y la yuxtaposición de estas historias con aquellas en las que la
causalidad no está directamente reconocida así como la repetición de temas y circunstancias.
Es escalofriante. Si efectivamente los medicamentos desempeñan un papel importante
en todas estas tragedias entonces se trata de un problema de salud pública de
proporciones epidémicas a escala mundial". Además, según se recuerda en
esa web -creada por familiares de víctimas asociadas al uso de antidepresivos-,
el
Physicians' Desk Reference -compilación destinada por los fabricantes
a los médicos con información relevante sobre los medicamentos- enumera las siguientes
reacciones adversas a los antidepresivos entre una multitud de otros efectos físicos
y neuropsiquiátricos: reacciones maníacas (cleptomanía, piromanía y dipsomanía),
inestabilidad emocional, alteraciones del pensamiento, abuso del alcohol, alucinaciones,
hostilidad, falta de emociones, reacción paranoide, amnesia, confusión, agitación,
delirium, histeria, psicosis, trastornos y alteraciones del sueño y síndrome de
retirada del medicamento. Y añaden que las reacciones adversas ocurren sobre todo
al iniciar o suspender el tratamiento -por lo que aconsejan que se sea muy consciente
de los riesgos asumidos y de si la gravedad del padecimiento es tal que se haga
necesario recurrir a estos fármacos-, al aumentar o reducir la dosis o al cambiar
de un
ISRS a otro. También advierten de que la retirada de cualquiera de
estos medicamentos, especialmente si se hace de forma abrupta, puede causar graves
trastornos neuropsiquiátricos y síntomas físicos por lo que es importante retirar
muy lentamente estos fármacos, por lo general en un período de un año o más y
bajo la supervisión de un especialista cualificado y con experiencia.
Pero
es que a las reacciones adversas enumeradas en el
Physicians' Desk Reference
hay que sumar las que la propia
FDA publicó en un
Public Health Advisory
el 22 de marzo de 2004 en el que se puede leer:
"La ansiedad, agitación, ataques
de pánico, insomnio, irritabilidad, hostilidad, impulsividad, acatisia (grave
inquietud), hipomanía y manía han sido reportados en pacientes adultos y pediátricos
tratados con antidepresivos por trastorno depresivo mayor así como para otras
indicaciones, tanto psiquiátricas y no psiquiátricas". Ante este desolador
panorama cada vez más profesionales de la salud afirman que si los pacientes fueran
debidamente informados de los posibles efectos secundarios de los antidepresivos
y de su dudosa eficacia serían sin duda más reacios a ingerirlos.
Nosotros,
por nuestra parte, creemos que ha llegado el momento de que el
Ministerio de
Sanidad y Consumo abra lo antes posible una investigación sobre la presunta
eficacia de los antidepresivos. Y que mientras prohíba de inmediato su uso a no
ser que se demuestre que han sido agotadas todas las vías terapéuticas posibles
y sólo se permita en los casos para los que exista documentación científica; al
menos en niños.
Antonio F. Muro