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| CÓMO
COMBATIR LOS CATARROS Y GRIPES INVERNALES |
El invierno suele
ocasionar cada año cuadros sintomáticos que
todos conocemos bien. Catarros y gripes son
el pan nuestro de cada día. A pesar de lo
cual, lo que la gente sabe de ello es más
bien escaso cuando no equivocado. Sólo así
se explica que muchos se automediquen
tomando antibióticos que no sirven más que
para sobrecargar el organismo sin necesidad
y perjudicarlo.
Para quienes vivimos en la zona templada del
planeta -más si lo hacemos en una gran ciudad
y mucho más si la ciudad tiene un clima continental
extremo- el invierno puede llegar a ser una
incómoda sucesión de moqueos, toses y hasta
algún que otro molesto cuadro de trancazo
gripal con dolores, retortijones de vientre,
fiebre e intenso decaimiento.
Por supuesto, estas molestias han sido achacadas
tradicionalmente "al frío", cosa que -como
tantas otras- hemos aceptado sin un mínimo
análisis. Curiosamente, el resfriado común
no se conoce en el círculo polar, donde de
verdad hace frío, siendo una afección de climas
templados. Y es que su causa es un conjunto
muy variado de virus que necesitan un medio
físico muy concreto para prosperar y que cursan,
cuando afectan al ser humano, con una serie
de síntomas comunes.
Los virus, a diferencia de las bacterias (causantes
de una serie de infecciones mucho más específicas),
son pequeñas partículas de ADN -esa base bioquímica
que llamamos vida- que viven y prosperan habitualmente
dentro de las células de nuestro organismo,
parasitando cada especie un tipo de animal
y unas células específicas dentro de cada
animal. Fuera del organismo para el que están
diseñados no pueden sobrevivir más que un
tiempo mínimo y por eso el contagio de los
virus respiratorios invernales, normalmente,
se hace de persona a persona y casi siempre
por una tos más o menos directa.
LA INFECCIÓN
La infección viral,
responsable de la mayoría de las molestias
invernales, desde el catarro común a la gripe
epidémica, se inicia siempre en las vías respiratorias
superiores. Esto quiere decir que el enemigo
está en el aire y que entra en el cuerpo a
través de la respiración, arrastrando las
partículas en suspensión que quedan retenidas
-normalmente en espacios cerrados- después
de una tos.
Una vez que el virus ha llegado a la mucosa
de la nariz o de la boca se introduce en algunas
células locales, comenzando una rápida proliferación
que en poco tiempo invade amplias zonas locales
y puede pasar -en algunas especies virales-
a la sangre y desde allí invadir el resto
del organismo. La reacción del cuerpo no se
hace esperar: las células afectadas se inflaman
y los mecanismos generales de defensa se ponen
en marcha. Las células productoras de moco
comienzan a trabajar desesperadamente para
proteger la superficie afectada con resultados
inmediatos: una espesa capa de líquido viscoso
y ácido cubre las paredes interiores de la
nariz y de la garganta para mantenerlas húmedas,
arrastrar las células muertas y sus desechos
y mantener una acidez incómoda para el resto
de los organismos que viven habitualmente
en nuestras cavidades respiratorias. Desgraciadamente,
eso se traduce en picores nasales, moqueo,
lagrimeo y la miserable sensación de taponamiento
que dificulta la respiración.
Pero después las cosas pueden aún ponerse
peor. El virus, si consigue pasar esa primera
barrera defensiva (y todos sabemos que lo
hace a menudo), se expande a través de la
sangre por todo el organismo y llega hasta
los más recónditos lugares.
La inflamación de meninges produce ese desesperante
dolor de cabeza y la afectación de las articulaciones,
el clásico "trancazo". Los bronquios se inflaman
de una manera parecida a la de las mucosas
nasal y faríngea y producen su respuesta protectora,
las flemas, que aún contribuyen más a ahogar
al sufrido paciente. El aparato digestivo,
bombardeado de desechos celulares y virus
agresivos, tragados junto a la mucosidad abundante,
se ve también implicado y aparecen vómitos,
náuseas, retortijones y todo el acompañamiento
habitual de los cuadros gripales.
Claro que estamos muy bien diseñados y -con
un margen variable para cada tipo de virus-
el organismo pone en marcha sus propias defensas,
que son sustancias antivirales que se vehiculan
en la sangre y en las propias células impidiendo
reproducirse a los invasores, de tal forma
que acaban muriendo.
POSIBLES TRATAMIENTOS
Con este microesquema
de la infección viral queda muy clara una
cosa. Matar a unos bichos que viven dentro
de nuestras células aún no es posible. La
ciencia actual no ha desarrollado todavía
un arma específica para nuestros más íntimos
parásitos, de los cuales, por cierto, apenas
si conocemos unos pocos en la inmensa variedad
de lo que venimos a llamar "viriasis inespecífica"
o "catarro común".
Hace menos de un año que se han retirado de
las farmacias, afortunadamente, las llamadas
vacunas anticatarrales, preparadas generalmente
con virus muertos por calor o atenuados en
formol y escogidos entre los más comunes.
En realidad, no servían para nada más que,
en todo caso, producir molestas reacciones
vacunales cuando se administraban por vía
subcutánea.
No sucede lo mismo con la vacuna específica
de la gripe, conseguida en los laboratorios
Pasteur hace unos veinte años y que tiene
la característica de adaptarse a los cambios
cíclicos de los tres virus principales responsables
de la enfermedad, por lo que aplicada en el
momento oportuno protege en forma específica
y completa. Pero sólo previene la gripe epidémica
producida por los virus específicos. Por eso
mucha gente, especialmente la que pertenece
a grupos de riesgo, deja de ponérsela en cuanto
ha pasado un par de catarros o cuadros febriles
durante un par de inviernos seguidos. Y eso
es un error.
Otra equivocación muy común, que desgraciadamente
aún propician algunos médicos, es el uso de
antibióticos; además de no valer en estos
casos para nada agreden al resto del organismo,
bajan las defensas generales y facilitan nuevas
infecciones.
EL MEJOR TRATAMIENTO
A nivel preventivo,
el mejor sistema sería pasar desde el otoño
hasta finales de primavera en el desierto
o en el Ártico pero como eso no es fácil conviene
seguir unas normas muy simples:
-La irritación mecánica de las vías respiratorias
altas facilitan una puerta de entrada para
los agresivos virus del catarro. Procure por
tanto estar el menor tiempo posible en lugares
cerrados con mucha gente y mucho humo. Use
incluso si lo precisa mascarilla en las zonas
urbanas de alta contaminación y, si es muy
sensible a los catarros, procure dejar de
fumar si aún lo hace.
-Experimentalmente se sabe que la vitamina
C inhibe el crecimiento de los virus en el
laboratorio. Desgraciadamente, no está comprobado
del todo que suceda lo mismo dentro del organismo,
entre otras cosas por la rapidez con que se
oxida, pero muchos estudios demuestran una
menor tasa de infecciones en grupos con alto
consumo de esa vitamina. Tome pues cítricos
abundantes y si no evita del todo los molestos
catarros invernales, al menos estará tomando
un suplemento líquido, vitamínico y energético
que, además, está muy rico. En su defecto,
tome un gramo diario de vitamina C (Redoxon
por ejemplo) en pastillas o sobres.
-Uno de los factores que facilita la infección
viral es, como afirma la sabiduría popular,
el cambio brusco de temperatura. El ajuste
de los sistemas de compensación obliga a un
gasto energético que puede facilitar una puerta
de entrada al enemigo. Por eso es mejor no
tener la calefacción muy alta en casa (19
o 20 grados es la temperatura ideal) y no
abrigarse excesivamente dentro del hogar.
Esto es especialmente importante para los
niños, a los que se les suele poner demasiada
ropa. En cambio, si hace frío en la calle
póngase la ropa adecuada y procure, sobre
todo, no mojarse.
Si a pesar de todo acaba por resfriarse, no
tome antibióticos: la enfermedad va a durar
el mismo tiempo y, como mínimo, va a tardar
más en recuperarse.
La molesta sensación de taponamiento nasal
mejora lo mismo con agua y sal aplicada en
la nariz que con los sofisticados antisecretores
químicos y además no produce irritación y
se puede poner cuantas veces sea preciso.
Además del reposo en cama lo mejor para los
síntomas del catarro sigue siendo un buen
analgésico. Cualquier paracetamol (Termalgín,
Gelocatil, etc.) puede aliviar momentáneamente
unas molestias que, de todas formas, van a
durar unos días.
Si sólo tiene la clásica irritación y congestión
de garganta, entonces lo mejor es un antiséptico
como el Faringesic o el Hibitane,
por citar los de uso más común. Sin olvidar
que también se mitigan bien con gárgaras de
limón puro al que añadir, en el momento, media
cucharadita de bicarbonato. Pero si de lo
que se trata es de paliar los síntomas de
la gripe, existe una gran variedad de antigripales
cuya característica común es la de llevar
un analgésico y un descongestionante nasal
en su composicion. Son los casos de Mejoral,
Frenadol, Couldina, Ilvico, Durasina...
Tampoco está de más recordar que el clásico
vaso de leche caliente con miel por las noches
proporciona relax y ayuda, al subir la temperatura,
a mejorar el estado general.
Y es que no hay nada como la vieja medicina
casera que, por cierto, cada vez toma un lugar
más relevante en el arte de curar precisamente
porque no agrede y, en muchos casos, es tan
eficaz como la convencional.
Andrés Rodríguez-Alarcón
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