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| EL
ORIGEN DE NUESTRAS ENFERMEDADES ESTÁ EN LA INFANCIA. ANATHEORESIS
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El atardecer
había puesto sombras en la habitación y un hombre
tendido en un diván, refugiado en la oscuridad
y silencio de la penumbra, iba relatando con
voz apagada, casi somnolienta, vivencias que
estallaban en su mundo interior.
- Veo a mi madre, sí, la veo. Está muy agitada.
Y el hombre del diván, como sacudido por una
fuerza invisible, ladeó súbitamente la cabeza
en un gesto inequívoco de huida. Y el temor,
un suave temor, hizo castañear sus dientes.
- Es de noche y está en la cama con mi padre.
Y como sorprendido:
-¡Tiene la tripa muy hinchada mi madre!
Luego, tras unos instantes de indecisión:
- Él quiere subir encima de ella.
Y el gesto de huida volvió a su cuerpo:
- Pero a ella eso no le gusta.
Y volvió el tremor de dientes también:
- Además, tiene miedo. No quiere que me hagan
daño.
Y el hombre que escuchaba, que en silencio estaba
recibiendo las confidencias inéditas para ambos
en el silencio y penumbra de la tarde:
- ¿No quiere que te hagan daño a ti?
- Sí. Yo estoy dentro de mi madre. Y también
tengo miedo.
- Y ahora, ¿qué ocurre?
- Discuten. ¡Gritan! ¡No quiero oírlo! ¡No
quiero!
Y ese no quiero era el grito de su madre y el
suyo propio también.
Era un no quiero compartido. Madre y bebé no
nato vivían un mismo sentimiento de asco e irritación.
- Mi madre está sentada en la cama. Mi padre
se viste y se va.
Hubo un largo silencio. Un largo silencio de
palabras, pero el cuerpo hablaba: oscilaba agitado
y el rostro mostraba la tensión de una huida
sin salida, de un terrible cansancio anímico.
- Mi madre ahora se levanta. Tiene ganas
de vomitar y va corriendo, corre
Y súbitamente, un grito y silencio. Un largo
silencio que rompió el hombre que escuchaba
en la penumbra:
-¿Qué ha ocurrido? Mira a tu madre.
Y una voz tenue, triste, dolorida
- Se ha caído.
-¿Ha tropezado?
- Bueno... Es como si hubiese un obstáculo,
pero no ha tropezado. Le han fallado las piernas.
Es como si no hubiera suelo, nada donde apoyarse.
Ahora está en el suelo, como sin vida.
- Vuelve a la caída. Tu madre se levanta
de la cama, corre y tú no lo visualizas desde
fuera, lo vivencias, estás dentro de ella, lo
sientes.
El grito ahora fue agónico y el hombre del diván
se sujetó el vientre, lo protegió y, doblándose
por los riñones, encogió las piernas. Y surgió
el asombro:
- Yo tampoco tengo piernas... ¡No las siento!
Y tras el asombro, un largo sollozo dolorido:
- ¡Los riñones...!
EL NACIMIENTO
Una semana después.
Nueva penumbra de atardecer y nuevo recorrido
por el laberinto de una biografía olvidada.
Olvidada pero actuante, que sigue hablando en
nuestra forma de ser, en nuestra forma de ver
la realidad. Que se hace terriblemente presente
también en nuestra mente o en nuestro cuerpo
mediante eso que llamamos enfermedades y que
es sólo el intento de mostrar y expulsar los
sufrimientos que un día -un día de aquellos
lejanos días en que no podíamos comprender-
enterramos vivos en la sacramental de nuestra
mente.
Y el hombre del diván:
- El médico le dice a mi madre que tengo
que nacer ya. Que estoy tardando mucho. Dice
que no me muevo.
Y siguió narrando que eso estaba ocurriendo
de noche. Que habían llevado muy deprisa a su
madre a un lugar con hombres que llevaban batas
blancas
-¿Y tú?
El hombre del diván volvió la percepción hacia
sí mismo y se sintió flotando en un espacio
de luz.
- Es muy bonito. Me siento bien.
Desde la caída de su madre, en el séptimo mes
de gestación, el paciente vivía el estado en
suspensión -es de suponer que endorfínico- de
quien ha retirado la percepción de su propio
cuerpo. De eso que los de fuera llamamos un
gran desmayo y que quienes lo viven lo expresan
como una experiencia próxima a la muerte.
- Sí, hay un cuerpo abajo, pero es horrible...
Está como seco, muerto
- En ese caso, mira hacia arriba, hacia
la luz. ¿Quieres ir hacia allí?
- Hay como sombras, son cabezas oscuras.
No me gustan... Quiero seguir así.
No fue fácil lograr que la percepción del bebé
no nato que era ahora el hombre del diván entrara
en su cuerpo muerto. En realidad, él no volvió
a estar en sí mismo- no volvió de su forma de
desmayo fetal- hasta después de nacer, pero
ahora, en el diván:
- No me gustan las piernas. Están delgadas.
¡No quiero entrar ahí!
Fue una pugna larga. Pero al fin la percepción
del bebé no nato volvió a su cuerpo y el hombre
del diván volvió a ser consciente de su propio
cuerpo; y el hombre que ahora era el niño que
un día fue inició un terrible temblor.
- Tengo frío. Esto está muy frío. Está muerto...
El hombre que escuchaba le cubrió con una manta,
pero el frío no le llegaba al hombre del diván
desde fuera. Era el frío de una muerte clínica,
algo bastante habitual en el proceso de gestación
y de nacimiento. Era el frío, en definitiva,
del sentimiento de muerte.
Y el hombre del diván siguió visualizando, sólo
en parte vivenciando:
- Ahora pinchan a mi madre.
Y la inyección que adormeció a su madre le adormeció
a él. Y su piernas, tan frágiles, tan dañadas,
dañadas también por una gran inmovilización
en el conducto del nacimiento, volvieron a desaparecer:
- No las siento. ¡ No siento las piernas!
Y alarmado, convulso en el diván:
- ¡Con la inyección no las siento!
En el diván -o sea, en la realidad- el nacimiento
fue conflictivo. Sumamente doloroso. Pero el
hombre que escuchaba logró al fin que el hombre
del diván naciera y que naciera teniendo conciencia
de sí mismo.
- Estoy muy débil.
Las lágrimas resbalaban por su rostro. Su tristeza
era profunda. Era la tristeza del bebé que se
sabe enfermo.
- Tengo las piernas muy delgadas. No tienen
fuerza. Y ahora entra un médico, me mira las
piernas y dice que parezco un niño de Biafra.
Duras palabras que serían en el futuro la expresión
del estigma que el hombre del diván habría de
alimentar año tras año desde que nació.
LA SILLA DE RUEDAS
Una nueva tarde,
una nueva penumbra. Y con la penumbra externa
del atardecer e interna de un estado especial
de consciencia, el hombre del diván volvió a
su pasado. Ahora, a su infancia. Y el hombre
que escuchaba y que con sus silencios y breves
palabras transitaba también por la doble penumbra
del hombre del diván, hizo la pregunta:
-¿Qué sientes cuando estás sentado en la
silla de ruedas de tu tío?
El hombre del diván estaba vivenciando
-o sea, había extraído de sus años de infancia-
la existencia de un tío, hermano de su madre,
que ejercía una función de poder casi patriarcal
sobre su hermana. Y el trono desde el que blandía
su cetro era una silla de ruedas. Una silla
en la que permanecía inmovilizado a pesar de
que no había ninguna razón fisiológica -eso
decía la Medicina- que justificara su incapacidad
para andar.
Y la respuesta del hombre del diván fue concreta:
- Me siento muy bien. Esa silla me da calor.
Me siento seguro. Hay seguridad en casa cuando
estoy sentado en ella.
Y tras una pausa, con signos gratificantes en
su rostro:
- Noto que así no me caigo. Y mi madre me
mira más. Está más pendiente de mí. Todo está
mejor.
-¿Y tu padre? Tu padre se va de casa, lo
sabes. ¿Por qué no te levantas y lo retienes?
- Mira, mi padre ahora me está curando una
herida que tengo en el pie. Me gusta. Cuando
no tengo el pie mal, mi padre no me cuida. Es
mejor estar en la silla.
ANATHEÓRESIS
No es dificil comprender
que el hombre que escuchaba era yo, quien esto
firma, y que el hombre del diván, al que llamaré
Juan, había acudido a mí para someterse
a una terapia de Anatheóresis.
Juan, de 42 años, llegó a mí sujetándose
a unas muletas, con un cuerpo de piernas delgadas
que buscaban ya la silla de ruedas.
Me dijo que su deterioro físico, eso de no encontrar
un suelo en el que apoyar sus piernas, se había
iniciado hacía unos 20 años, si bien ya de niño
mostraba una extraña tendencia a dañar sus piernas.
En cuanto a la Medicina convencional, se había
declarado impotente para sanarlo. Le habían
diagnosticado distrofia en las piernas pero
no encontraban causa patológica alguna que la
provocara. De ahí que Juan buscara solución
en mi terapia, aunque no esperaba resolver su
problema de distrofia sino sólo consuelo al
terrible sufrimiento causado por su profundo
y persistente sentimiento de soledad.
Sin embargo, la verdad es que bastaron unas
pocas sesiones de Anatheóresis para que
ese angustioso sentimiento de desamparo desapareciera.
Y dado que esa soledad y la distrofia de su
cuerpo tenían una misma razón de ser -siempre
es así, la mente y el cuerpo nunca van disociados-
la terapia prosiguió buscando las motivaciones
emocionales que justificaban su búsqueda de
la seguridad en una silla de ruedas
LA ENTREVISTA
Lógicamente, el
paciente nada recordaba de su vida intrauterina
y nacimiento. Y poco había oído en torno a esos
periodos de su vida en conversaciones de sus
padres. Pero sí recordaba que su padre se había
ido de casa para siempre cuando él tenía 9 años.
Y tenía claro -era su verdad sentida- que se
había ido porque su madre, dominada por su hermano,
no aceptó irse con él a Argentina buscando una
mejor vida.
Y me informó también de un sueño recurrente
en el que se encontraba en una habitación que
se iba estrechando hasta que se hacía casi imposible
salir de ella. Y que era habitual en él sentirse
angustiado cuando leía algo referido a una persona
que recorría un túnel angosto.
Se hacía claro, por tanto, que, como casi siempre
suele ocurrir, la raíz de sus daños estaba en
el claustro materno, durante su gestación y
en el nacimiento, en ese túnel vaginal angosto
en el que debió sentirse inmovilizado, con la
angustiada soledad de que nadie le ayudaba.
LA TERAPIA
No voy a cansar
al lector con el relato de las 17 sesiones que
lograron eliminar el sentimiento de soledad
de Juan, así como encontrar la causa y, al encontrarla,
poner fin a las caídas del paciente. Y, al final,
también hacer posible una recuperación de la
movilidad corporal.
Pero debo decir que para comprender la mejoría
del paciente basta con las ráfagas que de la
terapia Anatheóresis he transcrito al
principio de este artículo. Con eso... y con
alguna aclaración de la técnica anatheorética.
Ante todo, es necesario explicar que los pacientes
tratados con esta técnica son sometidos a un
estado de relajación profunda en el que el paciente
no pierde la consciencia, como sí ocurre cuando
son llevados a un estado de hipnosis profunda.
Es simplemente una relajación en el que se lleva
al cerebro de los pacientes a funcionar en
ritmos theta, ritmos más lentos y profundos
aún que los ritmos alfa, ya de por sí
propios de una relajación suave. Pues bien,
resulta que en ese estado de ritmos theta,
y en especial cuando se le lleva al paciente
exactamente a los cuatro ciclos por segundo,
éste puede no sólo puede revivir -incluso con
los sentimientos originales- cualquier experiencia
desde el momento mismo de la concepción, sea
traumática o gratificante, sino hasta vivenciar
qué le ocurre a su madre cuando estando él en
el interior del útero, se siente dañado por
algo que ocurre fuera, que le ocurre a su madre,
porque él, inmerso en su mundo subjetivo, lo
siente como si le ocurriera a sí mismo.
De ahí que la caída de su madre fuera su caída
y que el sufrimiento que el feto sintió ante
esa caída le llevara a retirar la percepción
de su cuerpo. Y, finalmente, que en la luz gratificante
de las endorfinas -esa morfina de producción
endógena que satura el agua amniótica- el feto
prefiriera no solo mantenerse en ella sino también
volver a ella, ya adulto, cada vez que se sentía
agredido.
Ahora bien, es básico explicar que lo que
"daña" no es tanto el hecho ocurrido -la
caída de la madre en este caso-, sino el sentimiento,
la emoción, que el hecho comporta. Por eso el
paciente empezó a caer, -"a perder el
suelo"- y a buscar las muletas para protegerse
de esas caídas a los 17 años, cuando ante la
existencia de problemas económicos en su casa
se encontró abocado a unas obligaciones excesivas
que le desbordaban y que sentía no era capaz
de superar. Y así, mimetizando la irritación
y el subsiguiente desánimo -cansancio anímico
- que sintió su madre el día de la caída, el
también empezó a caer.
LAS MÁS PROFUNDAS
RAÍCES DE LA ENFERMEDAD
He de confesar,
en cualquier caso, que aun habiendo encontrado
ese problema durante la regresión, e incluso
aun habiéndolo comprendido el paciente -comprender
es disolver, borrar-, la recuperación del paciente
era lenta. Y que sólo nos deshicimos de ese
lastre el día en que descubrí la motivación
emocional básica, la que alimentaba la persistencia
y agravación progresiva de la distrofia de las
piernas del paciente.
Y esa motivación emocional que le llevaba hacía
una inevitable y definitiva silla de ruedas
no era sino ese tío que tanto dominio ejerció
en la vida de su madre. Un tío que había sido
rico y había tenido poder gracias a su cargo
en una empresa importante. El tío triunfador.
El modelo. Alguien muy distinto a ese padre
del paciente, a ese marido de la madre del paciente,
que no sabía ni podía resolver los problemas
económicos de su casa. Pero ocurrió un día que
ese tío, cuando el padre ya se había ido para
siempre de casa, perdió ese cargo importante
que era el pedestal de su prominencia. Y ese
día el tío cuyo ascendiente se basaba tan sólo
en su cargo, no en su valía personal, inició
un declive de autoridad que resolvió... sentándose
en una silla de ruedas. Y no era un truco consciente,
qué duda cabe. Era la forma inconsciente en
que podía recuperar su autoridad. Aunque
fuera, esta vez, por lástima. Y fue por eso
por lo que la Medicina tampoco encontró en él
-como no lo había encontrado en su sobrino-
causa alguna patológica que justificara su incapacidad
para movilizar las piernas.
Naturalmente, Juan, que solía somatizar sus
problemas en las piernas -recordémoslo, desde
la caída de la madre- buscó también la silla
de ruedas para no tener que afrontar las dificultades
-para él insolubles- que nos depara la vida.
Y, de forma especial. para dotarse de una forma
de vencer su sentimiento de soledad mediante
el poder que otorga provocar lástima: "Ahora
mi madre está más pendiente de mí". Y más
todavía: para procurarse la capacidad de tener
a su padre con él, aun cuando sólo fuera en
forma de compensación regresiva. Recordemos:
"Cuando no tengo el pie mal, mi padre no me
cuida".
Tales son, amigo lector,
LAS RAÍCES DE LA ENFERMEDAD. Y esas son las
que tenemos que resolver sin compensarlas con
"trucos" del inconsciente. Porque eso -RESOLVER-
es lo que hace Anatheóresis.
Joaquín Grau
NOTA IMPORTANTE
El relato que los lectores acaban de leer -absolutamente
verídico- sólo pretende servir de introducción
a lo que sin duda constituye uno de los descubrimientos
más importantes en el ámbito de la Salud de
las últimas décadas: el hecho de que la mayor
parte de las enfermedades que sufrimos los seres
humanos suelen tener su raíz en una vivencia
que acaeció durante nuestra gestación en el
seno materno o durante nuestra infancia (aproximadamente
hasta los siete años). Es decir, que nuestras
enfermedades de adultos no serían en la mayoría
de los casos sino reactivaciones, por así decirlo,
de un problema o conflicto vivido durante ese
periodo. Y lo que es más importante: reviviendo
ese conflicto en estado sofrónico, es decir,
en estado inducido de duermevela (sin perder
la consciencia), podemos sanar de nuestros conflictos
actuales. El asunto es tan importante que la
revista va a tratar este tema con profundidad.
Y para poder hacérselo comprender al público
de forma asequible, empezaremos entrevistando
al autor de este artículo, Joaquín Grau, creador
tras veinte de años de investigación de la técnica
terapéutica que ha bautizado como Anatheóresis.
Nos vemos, pues, el mes que viene. Le aseguramos
al lector que merecerá la pena.
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