JULIA
sus 18 años, Julia,
estudiante de COU, tenía una anatomía realmente
llamativa que hacía resaltar constantemente
por su forma de vestir, pintarse y moverse.
Además tenía por costumbre llegar tarde a clase
todos los días y, de manera dulce y melosa,
pedir permiso para entrar; a continuación recorría
lentamente el espacio que le separaba de su
sitio con unos movimientos tan poco naturales
que recordaban más a una modelo en una pasarela
que a una estudiante en un aula de enseñanza
media. Su aparición provocaba siempre comentarios,
risitas y algunas bromas que ella rechazaba
con una aparente dignidad poco creíble pero
que hacía que el ritmo natural de la clase no
se recuperase hasta pasados unos minutos.
Todos los meses faltaba de uno a tres días a
consecuencia de sus dolores menstruales. De
hecho, el ciclo ovular de Julia era algo muy
bien conocido en clase y dio mucho juego a la
hora de explicar el capítulo de la Fisiología
de la reproducción.
A esas ausencias solía añadir otras ocasionadas
por cefaleas, frecuentes accidentes (estuvo
escayolada una vez en el curso y en otras dos
ocasiones hubo que darle puntos de sutura en
sendas heridas), además de gripe, infecciones
de las vías respiratorias, etc. Sus ausencias
-debidamente justificadas- supusieron dos meses
de los ocho que duraba el curso. Además, se
quejaba con frecuencia de algún dolor o de lo
aburrida que era la clase mostrando, sin embargo,
una exagerada alegría ante cualquiera de mis
"gracias" como profesor.
Obviamente, cualquiera podría pensar con estos
datos que Julia era ñoña, coqueta, algo hipocondríaca,
un poco simple y, para muchos chicos, una buscadora
de líos amorosos. Sin embargo, lo único obvio
es que todo en ella apuntaba a una exagerada
preocupación por su cuerpo, su principal
"instrumento de comunicación" interpersonal.
¿O acaso no era a través de él como manifestaba
sus inseguridades y necesidades en forma de
somatizaciones, dolores, enfermedades, accidentes,
etc.? Obviamente, sí: Julia expresaba principalmente
a través del cuerpo su protagonismo en la vida.
ÁNGEL
Ángel
de 17 años y también estudiante de COU, se caracterizaba
por intervenir constantemente en clase con preguntas,
muchas de ellas sin sentido o sin venir a cuento,
además de gastar bromas inoportunas; en definitiva,
formas de llamar la atención poco soportables
no sólo por el profesor sino incluso por sus
compañeros. Actitud que, lógicamente, le había
llevado a frecuentes enfrentamientos y, dada
su enorme agresividad, a numerosas peleas con
otros alumnos e incluso con alguna compañera
harta de sus bromas pesadas. Nada de extrañar,
por tanto, que hubiese sido expulsado de clase
varias veces.
Se dio parte a sus padres en repetidas ocasiones
y éstos siempre manifestaban su impotencia para
controlar sus prontos, aunque me transmitieron
una y otra vez su enorme alegría y lo cariñoso
que era con ellos cuando no se le contrariaba;
lo que, dicho sea de paso, le había llevado
a salirse con la suya casi siempre.
En suma, todo indicaba que Ángel era un muchacho
visceral, incontrolado e impulsivo que podía
pasar en cuestión de minutos del cariño a la
agresión, según le favoreciesen o incomodasen
las circunstancias. Obviamente, meditaba poco
sus acciones y las consecuencias que se derivaban
de ellas. En suma, utilizaba su mundo afectivo
-sobre todo sus emociones- como principal
forma de comunicación y consecución de sus metas.
SILVIA
Silvia tenía
16 años y estudiaba 3º de B.U.P.. Era la estudiante
ideal para muchos profesores: callada -casi
hermética-, aunque siempre atenta. No hacía
ningún otro movimiento que no fuera para tomar
nota de todo lo que se decía en clase. No preguntaba
nunca y los exámenes eran un ejemplo de claridad,
lógica y capacidad de correlación.
Su rostro no solía manifestar ningún estado
de ánimo, manteniendo siempre una atención distante
que impedía cualquier acercamiento. Sólo hacía
pequeños gestos de contrariedad cuando un alumno
interrumpía con alguna gracia o impertinencia
pero en ningún momento manifestaba la contrariedad
ni el enfado con claridad. Tampoco mostraba
signos de alegría cuando contestaba con enorme
precisión cualquier pregunta que se le hacía
o era recompensada con matrículas examen tras
examen.
La primera vez que me entrevisté con su madre
me comentó con orgullo la total entrega de su
hija al estudio. Se metía en su cuarto y sólo
salía para comer o ver algún programa informativo
de televisión. Me indicó también que era muy
callada y que no había quien la sacara una palabra
que no fuera "bien" o "normal". No era muy cariñosa,
aunque sí muy buena y educada. De hecho, sólo
se enfadaba cuando su hermano pequeño le desordenaba
el cuarto o la querían imponer algo que no comprendía.
No salía de casa casi nunca y sólo se relacionaba
con una amiga cuatro años mayor que ella y que
estudiaba Sociología.
En fin, todo apuntaba a que Silvia era una joven
muy analítica y estudiosa con un elevado sentido
de la responsabilidad que evitaba cualquier
cosa que le pudiera distraer del cumplimiento
de sus obligaciones.
Sin embargo, lo que de verdad estaba claro era
que Silvia tenía su mundo afectivo totalmente
controlado sin permitirse ninguna manifestación
emocional que no fuera para defender su "territorio".
Es decir, se movía básicamente en el mundo
del pensamiento temporal y analítico, dando
siempre pasos calculados y programados. En suma,
era el Yo mental el principal protagonista de
la personalidad de Silvia, lo que constituye
el mundo cognitivo del individuo, ese
que ve la vida organizada siempre de forma secuencial,
es decir, a lo largo del tiempo: primer paso,
segundo paso... y que prepara varias respuestas
posibles para cada situación. Alguien que normalmente
no se decide hasta no haber valorado las consecuencias
derivadas de sus decisiones.
TRES CASOS REALES
Pues bien, debo
decir que los tres casos comentados son reales
y corresponden a alumnos con los que, como profesor,
llegué a tener una gran confianza. Casos que,
según he podido constatar a lo largo de mis
años de docencia, suelen "repetirse" casi todos
los cursos con pequeñas diferencias y que, a
mi juicio, nos pueden servir como modelos de
identificación de nuestra forma de actuar general
o, al menos, de alguna de nuestras facetas vitales
ya que son representativos de los tres componentes
básicos del ser humano:físico, emocional
y mental.
¿CÓMO IDENTIFICAR
EN NOSOTROS ESTOS TRES COMPONENTES?
Todos tenemos, en mayor o menor medida, algunas
de las características básicas de los tres jóvenes
mencionados. Por eso cabe que cada uno de nosotros
se haga determinadas preguntas. Como, por ejemplo,
¿en qué ambientes o situaciones "soy" Julia?
¿En mi relación con las personas? ¿Sólo con
los hombres o con las mujeres? ¿Ante las enfermedades,
los miedos o la muerte? ¿Ante el dolor? ¿Despreciando
mi cuerpo o cuidándole?
¿En qué momento "soy" Ángel? ¿Con mis amigos?
¿Con mi familia? ¿En el trabajo? ¿Cuando me
divierto? ¿Cuando defiendo mis ideas? ¿Nunca?
¿Siempre? ¿Qué Ángel es más protagonista en
mí? ¿El alegre? ¿El agresivo? ¿El triste? ¿El
desvalido?
¿Cuándo "soy" Silvia? ¿En el trabajo? ¿En mis
conversaciones? ¿En el estudio o en la lectura?
¿Cuando intento divertirme? ¿Cuando defiendo
mis posturas? ¿Generalmente? ¿Nunca?
Es más: ¿"soy" casi siempre Julia, Ángel o Silvia?
O, ¿"quién" preferiría ser de los tres?
Ante todas estas preguntas y muchas otras que
pueden surgir no tenemos normalmente una respuesta
demasiado clara. Antes bien, solemos utilizar
excusas procedentes de nuestra mente cognitiva
que intentan justificar lo que hacemos con nuestro
cuerpo o sentimos con nuestra parte afectiva
y que no comprendemos racionalmente.
Pues bien, el malestar que nos produce la incomprensión
de una situación en nuestra vida cotidiana o
los problemas de aceptación de determinada persona
suelen ser el resultado de utilizar en nuestra
relación con los demás sólo uno o dos de los
tres componentes básicos, anulando los otros
con el consiguiente desequilibrio en
nuestra armonía básica interior.
Así, muchas veces no podemos contener nuestras
emociones y actuamos de manera compulsiva anulando
nuestro sentido común o control cognitivo, algo
que Daniel Goleman -autor de La inteligencia
emocional- califica como "secuestro emocional".
Otras, reprimimos nuestras emociones con argumentos
aparentemente muy lógicos para que los demás
no puedan conocer nuestros sentimientos y poder
así sentirnos menos vulnerables.
Sin embargo, las consecuencias de la represión
no consciente de alguno de los tres componentes
básicos del ser humano produce siempre un desequilibrio
que, cuando se mantiene durante un tiempo, se
manifiesta bien como enfermedad física o como
alteración psíquica.
De ahí que todos necesitemos mantener la armonía
interior para estar sanos, algo que se consigue
haciendo participar siempre los tres componentes
-físico, emocional y mental- en todas nuestras
acciones.
Y aunque en ciertas ocasiones podamos considerar
beneficiosa la no intervención de alguno de
ellos, por ejemplo cuando queremos evitar un
enfrentamiento, preservarnos de un peligro o
incluso tranquilizarnos a través de una descarga
emocional, es absolutamente imprescindible que
el elemento reprimido lo comprenda, esté de
acuerdo y participe en la vivencia aunque sea
de forma pasiva.
¿CÓMO MANTENER LA
ARMONÍA?
Ya decíamos que
hay experiencias en las que predomina uno de
los elementos inhibiendo a los demás pero eso
no tiene por qué representar un problema siempre
que la persona sea consciente de lo que está
sucediendo. En ese sentido, basten como ejemplo
algunas situaciones cotidianas con las que nos
podemos identificar fácilmente: callar el pensamiento
racional para que se exprese libremente el dolor
por la pérdida de un ser querido; explotar de
alegría al conseguir un éxito muy deseado o
contener la agresividad cediendo el protagonismo
al sentido común con el fin de evitar un enfrentamiento.
Por tanto, la armonía entre los tres componentes
sólo podemos alcanzarla trabajando desde nuestro
interior, sin caer en el error de intentar evitar
las circunstancias externas por muy dolorosas
que sean.
¿QUÉ SITUACIONES NOS
PONEN A PRUEBA?
No cabe duda de
que hay momentos y circunstancias que ponen
a prueba nuestro equilibrio interior. En general,
podemos dividir esas circunstancias en cuatro
tipos:
a) Aquellas que rechazamos inconscientemente
por no sernos significativas.
b) Aquellas que se arreglan con una simple respuesta
rutinaria, casi sin participación consciente,
al ser tan cotidianas que tenemos las respuestas
automatizadas, como podría ser un saludo de
cortesía.
c) Aquellas que nos aportan un beneficio y que
muchas veces entendemos como "suerte" pero que
sólo son el resultado de haber sabido aprovechar
la oportunidad que la vida nos ha ofrecido y
el hecho de habernos esforzado y preparado para
ello. Y
d) Aquellas otras que no podemos evitar y que
nos desbordan por su intensidad o nos desequilibran
al abrir alguna herida anterior no cerrada.
Estas últimas nos obligan a realizar un
esfuerzo de adaptación que si no afrontamos
con nuestro "YO
COMPLETO", (cuerpo físico, mente afectiva
y mente cognitiva) aumentará la desarmonía dejando
en nosotros un desequilibrio cada vez mayor
que, si se repite con frecuencia, se fija en
nuestra personalidad de manera permanente.
Las fijaciones de las desarmonías se pueden
colocar en cualquiera de los tres componentes
básicos. Recordemos: Julia, como fijación corporal;
Ángel, como fijación afectivo-emocional; y,
Silvia, como fijación cognitiva.
Normalmente, los desequilibrios producidos en
las partes reprimidas de nuestro "YO" se manifestarán
a través de nuestro organismo (somatizaciones)
y de nuestra mente afectiva (alteraciones emocionales),
empleando nuestra mente cognitiva para buscar
justificaciones a los desajustes creados y no
asimilados.
Sin embargo, ¿qué ocurre cuando alcanzamos la
armonía entre los tres componentes básicos de
nuestra persona?:
- Que no buscamos ser valorados por los
demás en todas nuestras acciones ni nos culpabilizamos
constantemente por las limitaciones que tenemos
y que nos llevan a no poder con todo y a cometer
errores.
- Que podemos pedir perdón porque hemos
sido capaces de comprender y aceptar nuestros
errores como algo inherente a la naturaleza
humana.
- Que somos capaces de ponernos metas
y esforzarnos para conseguirlas aunque a veces
sepamos que son inalcanzables y nos tachen de
utópicos y soñadores porque sabemos que el camino
hacia ellas nos hace más comprensivos.
- Que no necesitamos de dogmas y leyes
donde agarrarnos para sentirnos seguros y, sobre
todo, que sólo cuando nuestros tres componentes
del "YO BÁSICO" están armonizados nace,
libre de miedos y necesidades, un nuevo componente
del ser humano: el "YO TRASCENDENTE",
capaz de informarnos más allá del cuerpo, de
las emociones y del conocimiento, accediendo
a otras dimensiones que nuestra estructura básica
no puede alcanzar.