La comunidad
científica no admite la transmisión de los pensamientos
ya que cuando se han realizado experimentos
en laboratorio el resultado ha sido contradictorio
y poco significativo.
Lo que no es de extrañar porque el ser humano
ha demostrado en muchas ocasiones que no puede
ser tratado como una cobaya. Y es que, aunque
el sujeto responda siempre de la misma forma,
no es menos cierto que cualquier alteración
emocional, por pequeña que sea, puede hacer
variar el resultado del experimento. Y una vez
más, al no tener los medios tecnológicos que
nos permitan registrar la transmisión del pensamiento,
lo más sencillo es negar su existencia. Sin
embargo, no hace muchas décadas se negaba también
la existencia de los Rayos X o de los Gamma.
En cualquier caso, y mientras la polémica se
resuelve, lo cierto es que los pensamientos
negativos se expanden en el ambiente influyendo
en las personas que nos rodean.
Hoy sabemos además que las manifestaciones no
controladas de la mente pueden ejercer efectos
perniciosos sobre nuestro propio cuerpo físico
en la medida en que éste actúa de acuerdo con
las órdenes que dimanan de ella. Tan es así
que todas las energías inherentes al hombre,
desde la más sutil a la más burda, se coordinan
para obtener un resultado previamente deseado.
Sin embargo, nos encontramos con que en muchas
ocasiones nuestra mente genera una serie de
deseos que ocultamos por distintos motivos:
porque no son bien aceptados por la sociedad,
porque quizá no sea el contexto adecuado para
expresarlos o porque puede que al hacerlo dañáramos
nuestra imagen. En definitiva, nos referimos
a un conjunto de pensamientos que corresponden
a actuaciones poco "regulares", como por ejemplo
ciertos temas sexuales o ideológicos.
Pues bien, todo parece indicar que esos deseos
ocultos movilizan también energías que normalmente
no se controlan, bien porque no somos capaces
de hacerlo al no tener desarrollados los mecanismos
oportunos, bien porque en realidad deseamos
-inconscientemente, por supuesto- que influyan
en el entorno. Siendo precisamente esas energías
movilizadas que no somos capaces de controlar
las que producen alteraciones físicas no previstas,
como por ejemplo el sonrojo. Y es que los pensamientos
ocultos provocan descargas hormonales en el
torrente sanguíneo que sumergen al sujeto en
un mundo de emociones sucesivas.
ALTERACIONES FÍSICAS
¿Y qué alteraciones
físicas son las más corrientes en el proceso
de generación de pensamientos ocultos? Pues,
por ejemplo, dilatación de la pupila, sudoración
fría, temblor en las manos, respiración agitada,
dislexia, titubeo y nerviosismo, además de cierta
confusión mental ya que se da una contradicción:
por una parte, el pensamiento oculto pugna por
dejar de serlo y trata de imponerse en el proceso
de elaboración mental, y, por otra, la persona
intenta evitar a toda costa que se manifieste.
Y es precisamente esta lucha la que puede ocasionarnos
problemas físicos que llegarán a hacerse crónicos
si seguimos alimentando nuestros pensamientos
ocultos. Hoy sabemos todos, por propia experiencia,
que cuando se da una falta de sincronía entre
lo que deseamos, lo que decimos y lo que hacemos
finalmente se producen desajustes que en el
peor de los casos terminan en un proceso de
enfermedad. De hecho, la tensión a la que sometemos
a nuestro sistema nervioso necesita ser canalizada
y, si no se resuelve el deseo oculto,
se producirá un bloqueo de consecuencias imprevistas.
En cualquier caso, si no se da la disfunción
física, es innegable que la dispersión mental
va a desembocar en un comportamiento anómalo
de nuestra personalidad -o, cuando menos, extraño-.
Y eso -lo sabemos por experiencia- lleva aparejados
problemas de relación con los demás ya que la
falta de claridad y transparencia en nuestras
intenciones será captada por los otros a poco
perceptivos que sean.
A pesar de que pueda parecernos algo ajeno,
todas las personas tenemos pensamientos ocultos
entre una amplísima gama: sexuales, de poder,
económicos, de ego, de valoración, etc. Y para
poder llegar al conocimiento de uno mismo es
necesario identificar esos pensamientos porque
está claro que nos condicionan físicamente.
En este sentido, se han estudiado en los últimos
años el gesto, las facciones, la expresión,
la forma de la cara, las huellas que podemos
descubrir en nuestra piel, nuestra mirada, nuestras
posturas, etc. Es decir, todo un lenguaje corporal
que habla casi tanto o más que nuestra
voz.
Pero aún hay más: los deseos o pensamientos
ocultos no sólo influyen en la persona que los
genera sino también en el entorno. Y es que
si todos estamos inmersos en un mar de energías
de diferentes niveles vibratorios -como parece
derivarse de los últimos descubrimientos científicos
en Física Cuántica-, tendremos que admitir que
las emociones asociadas a los pensamientos ocultos
producen alteraciones energéticas ambientales
muy fuertes que son captadas por los que están
a nuestro alrededor.
En este sentido, podemos poner algunos ejemplos.
Imagínese que le llevan a una fiesta que no
le apetece y usted se halla enfadado y despotricando
mentalmente contra todo el mundo, en especial
contra quien le ha llevado o contra el anfitrión.
Se abre entonces la puerta y en ese momento
piensa: "Y ahora, encima, tengo que saludar
a toda esta pandilla de imbéciles"; pero sonríe
y entra. Pues bien, en este tipo de situaciones
es fácil comprobar que, a los pocos minutos,
el ambiente está cargado y se palpa la tensión
o el tedio donde antes reinaba el buen humor.
Y si usted decide quedarse, el ambiente se irá
enrareciendo paulatinamente y los demás, por
sintonía, empezarán a generar a su vez pensamientos
ocultos que cargarán aún más el ambiente. No
sería extraño, incluso, que en ese momento se
cayeran cosas al suelo, se produjeran enfrentamientos
y discusiones y que los más sensitivos se pusieran
enfermos. Sin embargo, si su actitud hubiera
sido otra todo hubiera ido bien. Es más, si
usted hubiera abandonado la fiesta, el ambiente
se habría regenerado.
Claro que podríamos pensar: ¿y no es más corriente
que se de la situación contraria? Es decir,
¿que el buen ambiente reinante se impusiera
y transformara la mala actitud del recién llegado?
Pues podría ser, pero lo cierto es que la experiencia
nos dice que una mala actitud genera rechazo
y ese rechazo ya desencadena por sí mismo una
carga negativa.
Dicho de otra forma: si en el ambiente se establece
una tendencia negativa, ésta será la que decante
la posición mental de las personas que no sepan
ejercer un control sobre sus emociones. Y, desgraciadamente,
entre ese grupo podemos colocarnos la mayoría
de nosotros.
Otro ejemplo ilustrativo de generación de pensamientos
ocultos lo tenemos cuando se trata de ocultar
deseos sexuales. Cuando una persona siente atracción
por otra, por mucho que intente disimularlo
y aunque con sus palabras o su tono de voz quiera
desviar la atención para que sus sentimientos
no se trasluzcan, sus pensamientos ocultos pugnarán
por manifestarse y generarán una energía que
llegará a la otra persona de forma casi imperceptible.
Es decir, el mensaje llegará a su destino aunque
el emisor crea que está engañando a todo el
mundo.
¿CÓMO PODEMOS CONTROLAR
LOS PENSAMIENTOS OCULTOS?
El proceso de evolución
del ser humano pasa irremediablemente por la
consciencia, "piedra de toque" desde el principio
de su andadura como ser racional y reflexivo.
Obviamente, el objetivo es ser consciente de
uno mismo y de lo que nos rodea, porque sólo
así seremos capaces de sacar el mejor partido
y establecer unas relaciones armónicas con nuestros
semejantes y el entorno. No en vano la inscripción
que figuraba en el frontispicio del templo de
Delfos rezaba Conócete a ti mismo y conocerás
el Universo.
En definitiva, podríamos decir que los pensamientos
ocultos representan un problema en la manifestación
de la personalidad y, si nos atenemos a las
recomendaciones de C. G. Jung, para poder
avanzar necesitamos reconocer la sombra que
hay en nosotros. Sombra que él identificaba
como la parte negativa o inconsciente de la
personalidad. En suma, y en relación al tema
que nos ocupa, el primer paso sería identificar
nuestros pensamientos o deseos ocultos porque
sólo reconociéndolos estaremos en disposición
de afrontarlos y canalizarlos de manera adecuada.
Es más, el planteamiento que podemos formular
se acerca a lo que postulan muchas filosofías
orientales en el sentido de buscar el equilibrio,
no sufrir alteraciones por los vaivenes del
mundo emocional, sentirse observador de la "película"
mental o emocional que va pasando ante nosotros.
Y no se trataría de desimplicarse sino de colocarse
en un plano donde la emoción -absolutamente
necesaria y saludable en nuestra vida- no cause
desequilibrio. Porque un mayor control emocional
supone siempre un mayor grado de evolución personal.