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| NIÑOS
HIPERACTIVOS: LA "REVOLUCIÓN" EN CASA |
Se
mueven constantemente, no pueden centrarse en
tareas concretas y son muy impulsivos. Si su
hijo manifiesta estas conductas con frecuencia
y en situaciones diversas lea atentamente este
reportaje: podría ser uno de los muchos niños
con Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad
(TDAH), alteración del comportamiento cuya incidencia
en la población infantil está aumentando vertiginosamente
en los países desarrollados. Aunque, afortunadamente,
hay terapias efectivas que pueden ayudar a estos
pequeños a desarrollar una vida completamente
normal.
Diego nació hace ocho años en un hospital
madrileño tras un parto normal. Durante sus
primeros meses de vida nada hizo sospechar a
sus padres que se trataba de un niño diferente.
Dormía muy bien, comía con normalidad y su aspecto
físico no podía ser más saludable. A los nueve
meses pronunció su primera palabra -"mamá"-,
al año distinguía vocablos como "luz", "luna"
o "papá" y a los 18 meses dio sus primeros pasos
y, con ellos, las primeras pistas de su problema.
"Le detectaron -dice su madre, Ana-
un leve retraso psicomotor y poco después comenzaron
a hablarme de su trastorno." Hoy, Diego
es un alumno con necesidades educativas especiales
que está en constante movimiento, es incapaz
de centrar la atención y actúa impulsivamente,
las tres características más destacadas del
llamado Trastorno por Déficit de Atención
con Hiperactividad (TDAH), popularmente
conocido como hiperactividad.
Un trastorno psicológico que constituye uno
de los problemas más frecuentes en la edad escolar
y afecta tanto al comportamiento y rendimiento
intelectual del niño como a su adaptación familiar
y social. Entre tres y cinco pequeños de cada
cien lo padecen, si bien la incidencia es diez
veces mayor en los varones que en las mujeres.
Y el problema va en aumento. Así, en países
como EE.UU. ha aumentado en un 600% el número
de casos desde 1990.
Por otra parte, dada su complejidad es muy difícil
de clasificar, Tanto que ni siquiera los especialistas
coinciden en las causas de su génesis. Así,
unos lo atribuyen a una disfunción cerebral,
otros lo relacionan con las toxinas del medio
ambiente e incluso con la alimentación y hay
quien opina que la clave podría estar en la
genética. En cualquier caso, la mayoría de los
expertos coinciden a la hora de señalar que,
sea cual sea el origen del trastorno, el ambiente
familiar juega también un papel clave en su
desarrollo.
Para entender el problema debemos intentar ponernos
en el lugar del pequeño hiperactivo. Y un símil
adecuado es imaginar que nuestra mente fuera
como un caleidoscopio donde los sonidos, las
imágenes y los pensamientos estuviesen en continuo
movimiento. Es decir, experimentamos un constante,
fluctuante e inconsciente nivel de actividad
mental. En estas circunstancias, cualquier estímulo
es una buena excusa para cambiar de tarea, hasta
el punto de que centrar la atención en las actividades
más sencillas resulta prácticamente imposible.
Bueno, pues ahora traslade por un momento esas
pautas a la mente de un niño y el resultado
es un pequeño como Diego: un niño hiperactivo.
¿TENGO UN NIÑO HIPERACTIVO?
"Es como si tuviera
dos en uno."
Ésta es una expresión que utilizan muy
a menudo los padres de niños hiperactivos, incapaces
de estarse quietos ni un momento. Desde que
se levantan hasta que se acuestan su nivel de
actividad es tal que resulta prácticamente imposible
controlarlos. En casa, entran y salen continuamente
de las habitaciones, cogen cualquier trasto
para cambiarlo de sitio, sacan la ropa de los
cajones, dispersan todo el arsenal de juguetes
que tienen en cuestión de minutos, se cansan
enseguida de dibujar, jugar o ver la tele y
requieren constantemente la atención de sus
padres. En el colegio les resulta un auténtico
suplicio permanecer sentados, se distraen con
suma facilidad, no centran la atención y las
pocas veces que lo hacen suelen contestar a
las preguntas del profesor antes de que éste
haya terminado de formularlas, interrumpen la
clase y tienen dificultades en la relación con
sus compañeros. Además, para ellos es muy difícil
cumplir instrucciones y sienten una especial
atracción por las actividades peligrosas.
Obviamemente, algunos de estos comportamientos
son compartidos por niños que son simplemente
un poco más inquietos de lo normal pero que
no padecen problema psicológico alguno. Por
tanto, para determinar si un pequeño es hiperactivo
los expertos basan el diagnóstico en tres síntomas
principales: actividad motora excesiva, déficit
de atención e impulsividad. Analicémoslos.
1. Actividad motora excesiva. No importa
la situación en la que se encuentre, el niño
hiperactivo está siempre en movimiento, le es
imposibe permanecer quieto. Por eso, cuando
se ve obligado a sentarse se retuerce en la
silla o menea los pies. Esa actividad permanente
e incontrolada generalmente no se dirige a una
finalidad u objetivo concretos (lo que les diferencia
de los niños que simplemente son inquietos ya
que éstos sí dirigen su actividad a objetivos
concretos). Todos estos excesos se manifiestan
desde muy temprana edad, aunque es a partir
de la escolarización cuando se hacen más evidentes.
Además, el desarrollo motor del pequeño es deficiente,
lo que se observa en su falta de flexibilidad
en los movimientos que, generalmente, presentan
cierto grado de rigidez. Suelen tener caídas
y tropezones frecuentes y se muestran torpes
en lo que a habilidades manuales se refiere:
les resulta difícil abotonarse la chaqueta,
atarse los zapatos, colorear figuras, delinear
correctamente las letras, vestir a los muñecos,
etc.
2. Déficit de atención. Es uno de los
síntomas más relevantes del problema. El niño
es incapaz de centrar la atención y concentrarse
en una tarea determinada durante un período
de tiempo continuado: comienza algo pero nunca
lo termina porque enseguida se aburre. Parece
que no escucha, se distrae con facilidad, tiene
dificultad para hacer los deberes esolares y
muy raramente persiste en el juego. Sin embargo,
si la actividad en cuestión le entusiasma, sí
presta atención.
3. Impulsividad. El niño hiperactivo
actúa sin pensar, carece de autocontrol y necesita
satisfacer inmediatamente sus impulsos, lo que
implica una baja tolerancia a la frustración.
Así, por ejemplo, si se le promete un helado
no es capaz de esperar hasta después de comer:
lo quiere ¡ya!
Bien, pues si estos comportamientos se manifiestan
frecuentemente, a largo plazo y en cualquiera
de los ambientes en los que se desenvuelve el
pequeño, lo más probable es que estemos hablando
de un Trastorno por Déficit de Atención con
Hiperactividad. Ahora bien, para llegar
a este diagnóstico el especialista deberá primero
descartar otras posibilidades, como si el pequeño
soporta demasiado estrés en casa o en el aula,
si padece trastornos emocionales, ataques imperceptibles,
visión o audición pobres o alergias o problemas
de nutrición que puedan provocar también una
actividad desenfrenada en el niño.
Además, hay otra serie de síntomas secundarios
asociados a la hiperactividad que estos niños
pueden o no manifestar.
Diego, por ejemplo, tiene reacciones agresivas
-e inmediatas- si se le lleva la contraria.
Así, cuando está sentado a la mesa y su madre
se presenta con un menú que no es de su agrado
puede tranquilamente volcar el plato sobre el
mantel o tirarlo directamente al suelo. Por
eso es muy importante "mentalizarle" con antelación
de que ese día va a comer tal o cual cosa y
de que su "sacrificio" será debida -y rápidamente-
recompensado.
Y es que, como veremos más adelante, el "programa
de recompensas" es un método que tiene efectos
muy positivos sobre estos pequeños.
Aunque no necesariamente todos los niños hiperactivos
son agresivos, según datos del Instituto Nacional
de Salud Mental de Estados Unidos casi la mitad
de ellos manifiestan una conducta desafiante
que se caracteriza por reacciones excesivas
e incluso agresiones a terceros cuando no se
sienten bien consigo mismos.
Otro síntoma asociado es la dificultad de socialización,
es decir, una cierta incapacidad para integrarse
en el grupo, relacionarse con otros niños, respetar
las normas, etc. Algunos de estos pequeños tienen
un pobre concepto de sí mismos (baja autoestima)
porque creen que realmente son niños "muy malos"
que no gustan a los demás.
Probablemente por eso muchos tienen rabietas
habitualmente. Asimismo, es frecuente que su
rendimiento escolar sea inferior al normal.
LA TERAPIA FARMACOLÓGICA
Cuando Ana supo
que Diego era un niño hiperactivo depositó toda
su confianza en el médico. Y éste recetó a Diego
un auténtico "arsenal" de fármacos lo que, lógicamente,
aumentó la preocupación de su madre, consciente
de que los medicamentos no están exentos de
efectos secundarios. Sin embargo, también fue
informada de que en el tratamiento de la hiperactividad
se ha demostrado en numerosos casos la efectividad
de los estimulantes, de los que en nuestro país
el más utilizado es el metilfenidato (Rubifen).
En otras ocasiones, sin embargo, resulta más
eficaz el uso de antidepresivos tricíclicos
como el clorhidrato de clomipramina (Anafranil)
o el ansiolítico -tranquilizante- tiodrazina
(Meleril). Esta terapia farmacológica
está basada en la hipótesis de que los niños
que padecen este trastorno no procesan adecuadamente
los estímulos que llegan a su cerebro y de ahí
sus respuestas a veces desproporcionadas, su
distracción permanente y su incapacidad para
mantener la atención. Los citados medicamentos
contribuyen a mejorar su concentración y, consecuentemente,
su nivel de aprendizaje.
Ahora bien, los medicamentos no eliminan la
causa del problema: sólo actúan temporalmente
sobre los síntomas. Y en el caso que nos ocupa,
los estimulantes tuvieron además claros efectos
secundarios: incremento del peso, disminución
del crecimiento, aceleración de la frecuencia
cardíaca y la presión sanguínea, aumento de
la fiebre e, incluso, trastornos del sueño.
De ahí que algunos expertos recomienden que
se suspenda el tratamiento de vez en cuando,
por ejemplo durante los fines de semana o en
las vacaciones, períodos en que la concentración
no resulta tan importante.
En cuanto a la posibilidad de que los estimulantes
les creen adicción, un informe del Instituto
Nacional de Salud Mental de Estados Unidos indica
que "a pesar de que sí pueden ser adictivos
en adolescentes y adultos si se abusa, estos
medicamentos no son adictivos en los niños.
Rara vez hacen que un niño se vuelva ansioso
o ebrio y tampoco actúan como sedantes en ellos.
Más bien, los estimulantes ayudan a los niños
a controlar su hiperactividad, falta de atención
y otros comportamientos". De hecho, nueve
de cada diez pequeños mejoran con alguno de
los fármacos citados.
Y eso fue lo que le sucedió a Diego. Después
de un largo proceso para ajustar las dosis correctas,
el pequeño siguió teniendo un nivel de actividad
motora fuera de lo normal pero tanto sus padres
como su profesora detectaron cierta mejoría.
Ahora parecía acatar con más frecuencia las
órdenes de los mayores y distinguir más claramente
lo que está bien y lo que no. Incluso era capaz
de mantener conversaciones durante un cierto
tiempo -sobre todo si éstas le interesaban-
y podía participar en juegos colectivos con
compañeros de su edad.
Pero seguía siendo un niño diferente. Y lo peor
es que a medida que crecía, él mismo iba siendo
más consciente de su problema y de las consecuencias.
Un día, por ejemplo, cuando llegó a casa después
del colegio, le dijo a su madre: "Mamá, los
niños no me dejan jugar con ellos al fútbol
porque dicen que no sé". Otras veces era
la profesora quien le castigaba por interrumpir
la clase o por levantarse demasiadas veces durante
la explicación. Diego, como tantos otros pequeños
con hiperactividad, comenzaba a sentir en carne
propia los primeros síntomas de discriminación
en una sociedad que condena de antemano todo
aquello que es "diferente", incluso si se trata
de un niño.
¿QUÉ MÁS PODEMOS HACER?
La primera vez que Ana acudió al médico con
Diego, el especialista le dio un consejo que
ella ya había puesto en práctica desde que su
hijo comenzó a dar los primeros pasos: "Paciencia,
paciencia y más paciencia". Diego nunca
ha tenido una mala respuesta por parte de su
madre, quien jamás le ha alzado la voz y mucho
menos le ha dado el típico cachete que casi
todos los niños reciben alguna vez. Por el contrario,
el amor y una paciencia sin límites han sido
las bases de su educación. Y quienes conocemos
el caso, sabemos lo difícil que resulta llevar
a la práctica esta filosofía en cada momento,
aunque también sabemos que probablemente por
eso Diego es, a pesar de su problema, un niño
feliz.
Sin embargo, la medicación y el amor familiar
no son suficientes. Estos pequeños necesitan
una serie de apoyos adicionales que deberían
empezar por la escuela. Y aquí radica otro de
los problemas a los que se enfrentan los padres
de niños hiperactivos: ni los colegios ni la
mayoría de los profesores están preparados para
atenderlos. "En España -asegura Ana-
no existe ningún centro especializado en este
problema. Los niños hiperactivos están considerados
como niños de integración en las escuelas, pero
al no haber profesores de apoyo suficientes
es imposible que los profesores titulares puedan
satisfacer sus necesidades específicas ya que
requieren una supervisión constante e individual".
Algo que, a juzgar por el informe del Instituto
Nacional de Salud Mental de Estados Unidos,
sucede también en otros países. "Debido a
que las escuelas piden que los niños permanezcan
sentados, esperen su turno, presten atención
y cumplan con una tarea -se afirma en este documento-,
no es ninguna sorpresa que muchos niños con
Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad
tengan problemas en clase. Sus mentes son plenamente
capaces de aprender pero su hiperactividad y
falta de atención hacen que el aprendizaje les
sea difícil. Como resultado, muchos alumnos
con hiperactividad repiten o abandonan los estudios".
Y prosigue: "A menudo, los padres de niños hiperactivos
se sienten impotentes y sin recursos. Los métodos
usuales de disciplina tales como razonamiento
y retos no funcionan con estos niños porque
ellos en realidad no eligen actuar como lo hacen
(...). Tanto los padres como los niños pueden
necesitar apoyos especiales para desarrollar
técnicas de comportamiento que les ayuden a
adquirir nuevas destrezas, actitudes y maneras
de relacionarse los unos con los otros".
Pero, ¿dónde encontrar esa ayuda adicional?
A la espera de que se creen centros específicos,
lo mejor que podemos hacer es consultar con
un experto y buscar alternativas que permitan
al niño desarrollar sus capacidades al máximo
y corregir sus "excesos". Diego, por ejemplo,
acaba de estrenar colegio. Ahora es alumno de
un centro de educación especial cuyos profesores
han elaborado un programa específico para él,
una serie de objetivos que, teniendo en cuenta
sus habilidades, deberá cumplir a lo largo del
año. Además, acude dos veces por semana al psicólogo
y otras dos veces a la Asociación de Familias
de Niños Diferentes con Cuidados Especiales
(A.FA.N.DI.C.E.) (1), un centro que trabaja
con niños "distintos". Allí, bajo la supervisión
de terapeutas especializados, toma clases de
psicoexpresión y realiza una serie de ejercicios
que le permiten ir mejorando poco a poco su
sistema psicomotor.
Hay, no obstante, otras fórmulas que los padres
pueden elegir y combinar para obtener resultados
satisfactorios. La psicoterapia, el adiestramiento
en destrezas sociales, las técnicas de autocontrol
y relajación o los grupos de apoyo (2)
son algunas de ellas. Aunque una de las más
efectivas es el sistema de premios y multas;
resulta casi infalible con todos los niños y,
si se aplica habitualmente, también se obtienen
resultados positivos con los hiperactivos. Los
padres hacen saber a su hijo que será premiado
cada vez que tenga un comportamiento adecuado:
si cuelga su ropa en lugar de tirarla, si pide
las cosas en lugar de cogerlas, si come esas
verduras que tanto odia, etc. Luego, cuando
el niño responde debidamente, se le recompensa
con un privilegio especial, algo que desee ardientemente;
pero si no cumple la tarea, recibe una multa
leve. De ese modo el niño se responsabiliza
de algo que le cuesta mucho: controlar su propio
comportamiento, con lo que poco a poco va reduciendo
las conductas negativas y aumentando las positivas.
Con los niños hiperactivos también es muy conveniente
que cada trabajo se divida en pequeñas "metas",
elogiándoles (reforzando la conducta positiva)
cada vez que cumplan uno de esos objetivos.
Y CUANDO CREZCA, ¿QUÉ?
Hoy
es la principal preocupación de Ana: "Ahora
que Diego sólo tiene ocho años puedo controlarle,
pero cuando se haga mayor y ya no pueda ser
su sombra, ¿qué va a pasar con él?". Y no
le faltan motivos ya que, aunque la hiperactividad
tiende a disminuir con la edad, en un 50% de
los casos los síntomas de impulsividad e inatención
persisten durante la adolescencia y en la vida
adulta. Lo que lleva a algunos a actividades
delictivas y antisociales.
Y no tiene por qué ser así. "Con la combinación
efectiva de medicación, nuevas destrezas y apoyo
emocional -explica el informe del Instituto
Nacional de Salud Mental de Estados Unidos-,
las personas con Trastorno por Déficit de Atención
con Hiperactividad pueden desarrollar maneras
de controlar su atención y minimizar sus comportamientos
destructivos, aprendiendo a adaptarse a vivir
vidas plenas". Tal vez a Ana le tranquilizaría
saber que personajes de la talla de Winston
Churchill, Leonardo da Vinci,
Albert Einstein, Beethoven o John
Lennon fueron niños hiperactivos.
En cualquier caso, lo importante es que padres,
profesores y expertos trabajen al unísono para
canalizar adecuadamente el exceso de energía
que caracteriza a estos niños, encauzando debidamente
sus talentos y habilidades naturales, entre
los que destacan la extroversión y una increíble
capacidad para actuar en situaciones inmediatas.
Dada su inclinación natural hacia las emociones
fuertes, muchos de ellos sobresalen de mayores
en los negocios, en los deportes o en actividades
que requieren una brillante oratoria. Otros,
como su mente no para de pensar en cien cosas
a la vez, tienen éxito como artistas o inventores.
Muchos eligen trabajos que les permiten estar
en continuo movimiento, relacionándose constantemente
con gente distinta. Y la mayoría consigue adaptarse
a una sociedad en la que, ciertamente, se sienten
un poco oprimidos. Claro que, ¿usted no?
Eva Sánchez
(Psicóloga clínica
e infantil)
Datos de interés:
(1) Asociación de Familias de Niños Diferentes
con Cuidados Especiales (A.FA.N.DI.C.E.). c/
Magnesia, 10. (28021) Madrid. Tels.: 91 795
67 19 / 91 505 11 28. Fax: 91 505 21 61. . (2)
A.T.E.D.A. y CENTRO LEXIA. c/ Gómis 102-104.
08023 Barcelona. Tel. (93) 417 07 39.
¿POR QUÉ MI HIJO?
Muchos padres se
habrán formulado esta pregunta y muchos lo habrán
hecho probablemente con la intención de buscar
"culpables". Un esfuerzo inútil porque no los
hay. Por el contrario, cada vez existen más
evidencias de que el Trastorno por Déficit de
Atención con Hiperactividad podría deberse a
causas de origen biológico si bien las investigaciones
que se han llevado a cabo hasta el momento no
son concluyentes. Y aunque es evidente que el
ambiente familiar influye en el desarrollo y
pronóstico del problema (¿a qué niño no le afecta
un hogar roto o un padre alcohólico?), lo cierto
es que éste no resulta determinante.
Las explicaciones que más aceptación tienen
hoy entre la comunidad científica son las que
buscan el origen de este trastorno en un funcionamiento
deficiente del cerebro. En este sentido, científicos
del Instituto Nacional de Salud Mental de EE.UU.
han realizado una investigación basada en el
principal recurso energético de este órgano,
la glucosa, que constituye un buen indicador
del nivel de actividad cerebral. A través de
la tomografía de emisión de positrones -una
avanzada técnica que permite "fotografiar" el
funcionamiento del cerebro-, los expertos observaron
que en personas con hiperactividad aquellas
áreas que controlan la atención utilizan menos
glucosa, o, lo que es lo mismo, son menos activas.
De lo que dedujeron que el origen de la falta
de atención que caracteriza a los niños hiperactivos
podría deberse al menor nivel de actividad en
algunas partes del cerebro.
En este mismo campo hay otra serie de investigaciones
en marcha para identificar los factores que
impiden que las células nerviosas formen las
conexiones apropiadas. Y entre ellos, los expertos
destacan tres: el uso de drogas en el transcurso
del embarazo, las toxinas y la genética.
Durante el embarazo y el primer año de vida
el cerebro está en constante desarrollo. Si
en el período de gestación la madre toma grandes
cantidades de alcohol, el bebé puede padecer
el denominado "síndrome de alcohol fetal" y
en muchos de estos niños se han detectado además
síntomas propios de los pequeño hiperactivos,
como continuo movimiento, falta de atención
e impulsividad. Por ello, algunos expertos creen
que podría existir una relación entre el consumo
de alcohol durante el embarazo y el trastorno
que nos ocupa. Por su parte, otros investigadores
opinan que ingerir en el transcurso del embarazo
drogas como la cocaína -que afectan negativamente
al desarrollo de los receptores cerebrales,
encargados de regular nuestras respuestas ante
el medio ambiente- también podría jugar un papel
importante en el síndrome de hiperactividad.
Pero hay otras posibles causas, como las toxinas
del medio ambiente. En este sentido, algunos
estudios han puesto de relieve que los niños
expuestos a altos niveles de plomo pueden desarrollar
determinados síntomas asociados a la hiperactividad,
aunque el número de casos es muy limitado.
Asimismo, tenemos la explicación que atribuye
a este síndrome posibles causas genéticas. De
hecho, según un estudio del psicólogo Russell
Barkley, de la Universidad de Massachusetts,
el 40% de los niños hiperactivos tienen un padre
que sufre ese mismo trastorno y un 35% tiene
un hermano que lo padece. En la actualidad,
el Instituto Nacional de la Salud de EE.UU.
está llevando a cabo un ambicioso estudio realizando
el seguimiento de una serie de familias con
una alteración genética de tiroides. Con esta
investigación los expertos pretenden identificar
el gen supuestamente involucrado en la transmisión
de la hiperacitividad.
Finalmente, hay quien opina -como los investigadores
estadounidenses Edward Hallowell y John
Ratey- que las causas de este síndrome deberían
buscarse en una sociedad cada vez más competitiva
y frenética donde cierto grado de "hiperactividad"
es casi necesario para sobrevivir. Y puede que
no les falte razón a juzgar por la enorme incidencia
que este trastorno tiene en países como Estados
Unidos (5 veces más que en el resto del mundo)
o el Reino Unido.
PAUTAS PARA EDUCAR A UN NIÑO HIPERACTIVO
*
Aceptación incondicional. Los padres con
niños hiperactivos deben aceptar incondicionalmente
a su hijo, ser conscientes del problema y no
crearse falsas expectativas.
* Establecimiento de rutinas. Se trata
de crear un ambiente que proporcione seguridad
al niño. Para ello se establecen coordenadas
espacio-temporales que deben repetirse cada
día: horario y lugares fijos para comer, estudiar,
jugar, etc.
* Proporcionar al niño oportunidades reales
de éxito. Responsabilizar al niño de pequeñas
tareas que sea capaz de cumplir y, una vez que
lo haga, elogiar su esfuerzo. Así se sentirá
estimulado y aumentará su autoestima.
* Trabajo multidisciplinar. Padres,
profesores y especialistas deben marcarse objetivos
comunes de actuación, evitando órdenes contradictorias
para proporcionar estabilidad y coherencia al
pequeño.
* En el colegio, el niño deberá ocupar
un área con pocas distracciones y responsabilizarse
de tareas que le permitan moverse y liberar
el exceso de energía, como ser el encargado
de borrar la pizarra, ir a por las tizas, recoger
los exámenes, repartir material, etc. El profesor
deberá prestarle una atención especial evitando
en lo posible que se distraiga. Puede, por ejemplo,
proporcionarle apoyos visuales (fotos, dibujos),
preguntarle con frecuencia, darle el tiempo
suficiente para que pueda finalizar sus tareas,
etc.
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