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| CÁNCER:
¿QUÉ ES Y QUÉ LO CAUSA? (II) Causas endógenas |
El pasado mes explicamos
a los lectores en qué consiste el cáncer y
cuáles son las causas exógenas -es decir,
externas- que pueden llevar a padecer la enfermedad.
Y también adelantamos que, sin embargo, la
gran mayoría de los cánceres se deben a conflictos
psicoemocionales inesperados e intensos vividos
en soledad, es decir, a traumas psíquicos
y emocionales que se somatizan. Algo que buena
parte de los oncólogos no entiende ni asimila
probablemente porque escapa a los conocimientos
que han recibido.
El cáncer -es decir, la multiplicación
descontrolada de una célula cuando pierde
sus mecanismos normales de control a causa
de lo cual termina formando una masa celular
más o menos compacta que invade los tejidos
adyacentes y puede propagarse por cualquier
parte del cuerpo afectándole- se debe a la
alteración genética que se produce en el ADN
de una célula como consecuencia de su desarmonización
o desequilibrio energético o de una decodificación
errónea de la información recibida. Un cambio
genético que, como contamos el mes pasado,
puede deberse a múltiples causas externas
-o exógenas- que no está de más recordar antes
de continuar y que son las siguientes:
1) La herencia genética (por activación
de protooncogenes y oncogenes, algo que sin
embargo predispone pero no determina).
2) Determinados virus (como el papilomavirus,
el citomegalovirus del sarcoma de Kaposi o
el virus de la hepatitis B), entre otros.
3) Algunos parásitos.
4) La irritación física crónica del
organismo a causa de alguna patología.
5) Algunos productos químicos utilizados
en la industria (son los casos del arsénico,
el asbesto, el alquitrán, el amianto, las
aminas aromáticas, el benceno, los cromatos,
el níquel, el cadmio, el cromo, la bencidina,
el cloruro de vinilo y otros) y de la agricultura
(pesticidas y fertilizantes, especialmente
los derivados del petróleo).
6) Determinados productos utilizados en
Medicina (como los agentes alquilantes,
el dietilestilbestrol, la oximetolona y el
thorotrat, entre otros)
7) Una inadecuada alimentación (por
ejemplo, la ingesta excesiva de alimentos
tóxicos, grasas saturadas, alcohol, nueces
de betel y alimentos ahumados y picantes).
8) El tabaco y algunos de los productos
presentes en los cigarrillos. Y,
9) Las radiaciones ionizantes. Hay
que aclarar que se denomina radiación a toda
energía que se propaga a través del espacio
en forma de ondas. Sólo que unas son ionizantes
y otras no. Las que no lo son -como la luz
visible o las ondas de radio y televisión-
no son peligrosas. Pero las ionizantes sí.
Y éstas son de dos tipos: las electromagnéticas
-constituidas por rayos gamma, rayos X y rayos
ultravioleta- y las constituidas por partículas
subatómicas. Por tanto, puede también provocar
cáncer:
a) La radiactividad natural. Es el
caso de los rayos cósmicos procedentes del
espacio y de la propia de algunos minerales
como el uranio o el torio. Sin olvidar al
gas radón -procedente del uranio- que se encuentra
de forma natural en la tierra así como el
que procede de materiales de construcción,
abonos fosfatados, componentes de radioemisores,
etc.
b) Los campos magnéticos y, sobre todo,
los electromagnéticos (en especial los
generados por las torres de alta tensión).
c) Las microondas (antenas y repetidoras
de telefonía móvil, especialmente).
d) Los materiales de desecho radiactivos
de la industria nuclear, los hospitales
y los centros de investigación.
e) La radiactividad que se incorpora artificialmente
en muchos alimentos y bebidas durante su elaboración
antes de ser comercializados (los crustáceos,
mejillones, chirlas y almejas la concentran
especialmente).
f) Los rayos X de los aparatos médicos.
g) Las explosiones nucleares.
Que las radiaciones ionizantes son potencialmente
cancerígenas no es discutible. Y que terminen
o no provocando cáncer sólo depende ya de
la distancia a la que se esté de ellas así
como del tiempo e intensidad de la exposición
y de la fortaleza del sistema inmunitario.
Y es que el nivel de defensas del cuerpo es
importante ya que el sistema inmune está capacitado
para destruir cualquier célula cancerígena
antes de que se reproduzca, lo que de hecho
hace a menudo.
Sin embargo, cuando alguien está bajo de defensas
es más fácil que el cáncer aparezca o se desarrolle.
Tal es la razón de que sean propensos a padecerlo
quienes tienen alguna de las llamadas "enfermedades
autoinmunes", las infectadas por el virus
del SIDA y quienes toman fármacos que frenan
la respuesta inmunológica. Como igualmente
explica el hecho de que dos o más personas
estén sometidas a un mismo factor de riesgo
cancerígeno y unas enfermen y otras no. Ya
hemos explicado antes que el sistema inmunitario
está facultado para combatir y erradicar las
células que se cancerizan y que si no lo logra
es porque se encuentra bajo de defensas.
FACTORES ENDÓGENOS
Resumidas las
posibles causas externas del cáncer hay que
agregar que las mismas, pese a todo, no son
sino la causa de la quinta o sexta parte de
los cánceres. No menos del 80% de ellos se
deben en realidad al desequilibrio energético,
a la desarmonización integral del ser humano
en un momento determinado por mor de disfunciones
emocionales, algo que puede producirse de
una manera lenta en el tiempo o de forma casi
fulminante.
Lo que la gran mayoría de los oncólogos ignora
porque no se les ha enseñado. Para ellos,
la posibilidad de que el cáncer sea una enfermedad
psicosomática -es decir, provocada por un
conflicto emocional o psíquico- es absurda.
Así lo piensa, por ejemplo, Mariano Barbacid,
biólogo español considerado una de las mayores
autoridades sobre cáncer quien me negaría
en persona esa posibilidad durante el acto
de celebración de la constitución del Centro
Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO)
en Madrid. Para él, como para la mayoría de
los oncólogos, la causa del cáncer -y, por
ende, su curación- debe buscarse en el mundo
microscópico, en el mundo celular y genético.
Quizás porque no recuerde o rechace inconscientemente
que está científicamente demostrado que hay
múltiples vías de comunicación entre el sistema
nervioso y el sistema inmunológico, miles
de conexiones que mantienen estrechamente
relacionadas la mente, las emociones y el
cuerpo. Los biólogos, los fisiólogos y los
médicos creyeron hasta hace sólo unos años
que el cerebro (con sus diferentes ramificaciones
a través del cuerpo vía sistema nervioso central)
y el sistema inmunitario eran entidades independientes
y, por tanto, no podían influirse mutuamente.
Que no existía ningún tipo de comunicación
entre los centros cerebrales y las regiones
de la médula ósea encargadas de la fabricación
de los linfocitos T. Hoy se sabe que estaban
equivocados. Y, de hecho, ese descubrimiento
daría lugar a una nueva ciencia, la Psiconeuroinmunología,
actualmente a la vanguardia de la Medicina
y de la que es destacado exponente Francisco
Varela, neurocientífico de la Escuela
Politécnica de París durante muchos años y
con quien tuve oportunidad de conversar hace
ya tiempo con motivo de la invitación que
en su momento le cursé para asistir a un congreso
que organicé en Madrid hace pocos años y al
que, entre otros ponentes de talla internacional,
vino un personaje entrañable con quien terminaría
haciendo muy buenas migas: Karl Pribram,
neurofisiólogo de la Universidad de Stanford
y "padre" del modelo holográfico del cerebro.
En definitiva, actualmente se sabe que los
mensajeros químicos más activos, tanto en
el cerebro como en el sistema inmunitario,
se concentran en las regiones nerviosas encargadas
del control de las emociones. Para corroborarlo
basta leer el trabajo de David Felten,
"La relación existente entre el sistema
nervioso central y las células inmunitarias"
que publicara en Journal of Immunology.
Felten, que empezó su trabajo de investigación
observando que las emociones tienen un efecto
muy poderoso sobre el sistema autónomo -encargado,
entre otras cosas, de regular la cantidad
de insulina liberada en la sangre y la tensión
arterial-, terminaría logrando determinar
el lugar en el que el sistema nervioso se
comunica directamente con los linfocitos y
las células macrógafas del sistema inmunitario.
Y descubrió también la existencia de conexiones
nerviosas directas entre el sistema nervioso
autónomo y las células del sistema inmune.
Punto físico de contacto que permite a las
células nerviosas liberar los neurotransmisores
que regulan la actividad de las células inmunitarias.
Bueno, en realidad la comunicación se establece
en los dos sentidos.
A continuación Felten efectuó un experimento
con animales a los que extrajo algunos de
los nervios de los nódulos linfáticos y del
bazo -donde se elaboran y almacenan las células
del sistema inmunitario- inoculándoles a continuación
varios virus para ver cómo reaccionaba el
sistema inmune. El resultado fue que el nivel
de defensas del mismo fue muchísimo menor.
Lo que vino a demostrar que si faltan esas
terminaciones nerviosas el sistema inmunitario
no es capaz de responder adecuadamente a una
invasión vírica o bacteriana. Algo que, en
suma, vino a demostrar que el sistema nervioso
no sólo está relacionado con el sistema inmunitario
sino que es esencial para que éste funcione
bien.
Otro de los elementos que demuestran la relación
entre los sistemas nervioso e inmune lo indican
las hormonas liberadas en situaciones de estrés.
Las catecolaminas (la adrenalina y la noradrenalina),
el cortisol, la prolactina y los opiáceos
naturales (como la beta-endorfina y la encefalina),
todas ellas hormonas liberadas en situaciones
de tensión, tienen una clara influencia sobre
el sistema inmune. De hecho, es lo que explica
que el estrés disminuya puntualmente el nivel
de respuesta de las defensas del organismo.
Sólo que cuando el estrés es intenso y prolongado
la inhibición puede llegar a ser permanente.
A partir de entonces se han realizado numerosas
investigaciones cuya descripción excede de
las posibilidades de un mero artículo divulgativo
como éste pero que demuestran las conexiones
entre el cerebro, el sistema cardiovascular
y el sistema inmunitario. Sepa el lector,
en todo caso, que American Psychologist
publicó ya en 1987 un metaanálisis que
revisó los resultados de 101 trabajos de investigación
llevados a cabo con miles de personas y que
demostraba hasta qué punto son dañinas para
la salud las emociones negativas, los shocks
traumáticos, la ansiedad crónica, la angustia,
el miedo irracional, el estado de irritabilidad
constante, la ira, el odio, el rencor, el
pesimismo, la melancolía exagerada, la desconfianza
extrema y la depresión.
No se quiere decir con esto que tales actitudes
y emociones lleven sin más a enfermar pero
sí que pueden llevar a sufrir cualquier enfermedad
-incluido el cáncer- si se mantienen en el
tiempo o son muy intensas e inesperadas; especialmente
si se viven en soledad porque no tener la
oportunidad de compartir una vivencia traumática
con alguien hace que esa energía se acumule
y bloquee pudiendo provocar desequilibrios
energéticos importantes. Desde ataques de
asma pasando por jaquecas, úlceras o artritis
hasta problemas cardiovasculares y cáncer.
Bruce McEwen, psicólogo de Yale,
demostró por su parte ya en 1993 (Archives
of Internal Medicine) que el estrés compromete
la función inmunitaria hasta tal extremo que,
entre otras cosas, acelera notablemente los
procesos de metástasis. Es más, el estrés
sostenido puede afectar incluso al cerebro,
especialmente al hipocampo, lo que puede llevar
a la pérdida de memoria.
En suma, hay suficientes evidencias de que
las emociones negativas y el estrés afectan
directamente al sistema nervioso y, por ende,
al sistema inmune.
A pesar de lo cual, la mayoría de los oncólogos
-y muchos otros médicos- son aún reacios a
aceptar la relevancia de las emociones en
la somatización de las enfermedades. De muchas
de ellas, no de unas pocas.
LA NUEVA MEDICINA
Llegados a este
punto, es decir, una vez ha quedado claro
que las emociones afectan al sistema nervioso
y que éste está íntimamente relacionado con
el sistema inmunitario, encargado de las defensas
del organismo y cuyas células están capacitadas
para resolver cualquier proceso canceroso,
cabe preguntarse cuándo, en qué condiciones
y de qué manera han de desarrollarse esos
traumas emocionales para que den un lugar
a un cáncer.
Pues bien, en ese sentido hay que mencionar
los trabajos del mundialmente conocido médico
alemán Ryke Geerd Hamer, de quien tanto
Mariano Barbacid como los expertos que congregó
durante la presentación oficial del Centro
Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO)
pretendieron hacerme creer no haber oído hablar
nunca.
Doctor en Física y en Medicina -con varias
especialidades-, Hamer fue jefe del servicio
de Medicina Interna del Hospital Universitario
Oncológico de Munich y hasta el momento en
que propugnó sus teorías estaba considerado
en su país una eminencia científica. Entonces
Hamer no se diferenciaba en su concepción
de la salud y la enfermedad de sus colegas.
Sin embargo, todo cambiaría un día en que,
encontrándose en Córcega junto a su mujer
y su hijo Dirk, una bala perdida disparada
por el Duque de Saboya -pretendiente
al trono de Italia- alcanzaría a éste en el
cuello mientras dormía en la cubierta de un
barco.
Dirk estaría entre la vida y la muerte seis
meses y terminó muriendo. Dos meses después
tanto Hamer como su esposa, también médico,
enfermaron de cáncer. Él en un testículo y
ella en una mama. Aquello les sorprendió.
Ambos eran aún jóvenes y jamás habían sufrido
enfermedades de importancia. Luego, ¿por qué
se les había manifestado simultáneamente un
cáncer a cada uno? Lo único distinto que había
sucedido en sus vidas era la inesperada muerte
del hijo... Así que ambos se preguntaron si
la aparición de sus cánceres no tendría que
ver con ello, si habría relación entre las
enfermedades, las emociones y la psique; es
decir, si las enfermedades o muchas de ellas
-y, en especial, el cáncer- no serían, ante
todo, psicosomáticas.
Decidieron averiguarlo. A fin de cuentas Hamer
trabajaba entonces como jefe del servicio
de Medicina Interna del hospital y podía desarrollar
una investigación profunda adecuadamente.
Por tanto, desarrolló un amplio protocolo
científico. ¿El resultado? Pues, sencillamente,
descubrió cuestiones tan importantes que han
revolucionado la concepción tradicional de
la Medicina, de las causas de las enfermedades,
de su desarrollo y de su curación. Porque,
en efecto, él y su mujer descubrieron -entre
otras muchas otras cosas verdaderamente importantes-
que la mayoría de los cánceres son psicosomáticos,
es decir, producidos por shocks traumáticos
emocionales. Y que todo conflicto biológico
de este tipo, antes de manifestarse en el
cuerpo, produce una disfunción en el cerebro
que puede detectarse mediante una Tomografía
Axial Computerizada (TAC) ya que provoca una
ruptura del campo electrofisiológico o electromagnético
como consecuencia de lo cual se altera el
órgano que esa parte del cerebro está regulando.
Desde entonces se habla en muchos ámbitos
de una nueva medicina: la Nueva Medicina
de Hamer. Pero como quiera que el asunto es
importante -y extenso- nos ocuparemos de ello
el próximo mes. Hasta entonces.
José Antonio Campoy
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