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| TRASPLANTES:
ENTREVISTA CON LOS DOCTORES TURRIÓN Y PULPÓN |
España
es actualmente el país con la mayor tasa de
donantes de todo el mundo y su promedio de supervivencia
a diez años está también entre los más altos.
Sin embargo, no es suficiente. Casi la tercera
parte de los pacientes en lista de espera mueren
antes de recibir el órgano que necesitan. Hemos
querido hablar sobre el tema con dos de los
más prestigiosos expertos de nuestro país. Ojalá
que ambas entrevistas, junto con el completo
dossier que publicamos en la revista, ayude
a la concienciación de la gente. Tal es, al
menos, nuestro deseo.
La Clínica Puerta de Hierro de Madrid es el
hospital de España con mayor número de transplantes
cardiacos. Era, pues, el lugar idóneo para conocer
los riesgos de este tipo de operaciones, en
especial tras la experiencia de Yolanda Millán
que el lector habrá leído en las páginas
precedentes. Y la verdad es que no fue difícil
conseguir hablar con dos de sus principales
responsables, los doctores Luis Alonso Pulpón
-director del Equipo de Transplante Cardiaco-
y Víctor Turrión -del Equipo de Transplante
Hepático-, ambos profesores asociados de Cirugía
y Cardiología, respectivamente, de la Universidad
Autónoma de Madrid y eminencias reconocidas
en sus respectivos campos.
De ahí que, sin mayores preámbulos, decidiésemos
romper el fuego tras ser amablemente recibidos,
comenzando nuestra charla con el Dr. Turrión,
hombre de hablar pausado y tremendamente didáctico,
al que empezamos preguntando lo más obvio atendiendo
a su especialidad:
-¿Es difícil un transplante hepático?
-Es bastante complejo. Técnicamente es de los
más difíciles y requiere una preparación y un
equipo humano especialmente entrenados porque
el hígado tiene un sistema vascular y de eliminación
amplio y complicado. En fin, básicamente lo
que se hace es extraer el hígado del donante
-por lo general, un cadáver- con todos sus conductos
vasculares y biliares y luego colocarlo en el
receptor manteniendo las fijaciones de ligamentos
originales y uniendo de manera muy precisa los
vasos y conductos. Eso suponen cinco anastomosis
o uniones, cuatro de ellas vasculares -en la
vena porta, dos en la cava y una más en la arteria
hepática- así como otra en la vía biliar.
-¿Y cuándo se extraen los órganos del donante?
-Normalmente, el paciente al que se extrae
un órgano es lo que se llama "un cadáver latiente",
es decir, presenta muerte cerebral, con electroencefalograma
plano, pero sus órganos están en funcionamiento
con la ayuda de una serie de técnicas de apoyo:
respiradores y drogas que lo mantienen. Porque,
de otra manera, los órganos no serían aprovechables.
Es decir, se trata de una persona ya fallecida
pero cuyos órganos continúan funcionando a través
de mecanismos de asistencia para que sean aprovechables
para el transplante.
-Y los órganos, una vez extraídos, ¿cómo
se preservan? ¿Y cuanto tiempo pueden guardarse
hasta ser transplantados?
-Eso depende del tipo de órganos. En el
caso concreto del hígado se preserva con una
solución especial. Ha habido muchas pero la
que actualmente se utiliza más es la solución
de la Universidad de Winsconsin que permite
que el hígado esté fuera del organismo entre
15 y 20 horas como máximo. Aunque he de decir
que siempre procuramos que ese periodo sea lo
más corto posible, entre 5 y 7 horas, y aún
menos si puede ser porque sabemos que sobrepasar
ese límite de tiempo puede ir en detrimento
de la buena función del injerto.
-Y además de meterlo en esa solución preservante
debe transportarse a baja temperatura, ¿no?
Todos hemos visto esas imágenes de los sanitarios
corriendo con el órgano que sea metido dentro
de una especie de nevera... Por cierto, esa
nevera, ¿cómo es?
-Completamente normal, como la que se puede
llevar a un picnic. En el interior de la nevera
va el órgano dentro de una bolsa con su líquido
de preservación y, rodeando esa bolsa, hielo.
Hielo vulgar y corriente. Sirve para conservar
el conjunto a una temperatura ligeramente por
encima de los 0º C.; habitualmente entre los
3º y 4º centígrados.
-Todos sabemos que, desde que se empezaron
a hacer transplantes, el más grave problema
ha sido el de los rechazos. ¿Nos podría decir
si ha habido muchos avances en ese campo?
-Hasta 1980 las drogas inmunosupresoras eran
muy poco eficaces y los pacientes morían en
su mayoría a causa del rechazo. Entre ellas
podemos mencionar el azathioprime (Imurel)
y, desde luego, la cortisona. A partir de
ese año, en que se descubrió la ciclosporina,
el cambio ha sido total. Con ello se duplicó
la supervivencia, concretamente en el campo
del transplante hepático, que en aquel momento
estaba en un 30%, pasando a encontrarse por
encima del 60%. En la actualidad se han desarrollado
muchos fármacos anti-rechazo pero posiblemente
los más interesantes sean los anticuerpos monoclonales
y, muy recientemente, el que ha marcado un auténtico
aldabonazo: el FK.506. Aunque se están investigando
otras drogas nuevas como la rapamicina, el micofenolato
mofetil (CellCept), etc.
Digamos que es un campo en el que hay que seguir
avanzando porque el rechazo es aún, junto con
las infecciones, el mayor problema de los transplantes.
-¿Y qué supervivencia puede esperarse tras
un transplante hepático?
-Una vez superados los problemas de la intervención,
que como digo es muy compleja y tras ella pueden
presentarse muchas complicaciones, el paciente
puede llegar a vivir como otra persona cualquiera.
Únicamente hay que hacer hincapié en que está
sometida a un régimen de inmunosupresión que
cada vez es menor, afortunadamente, porque las
drogas son cada vez más eficaces. Concretamente
ya hay muchos transplantados que han abandonado
los corticoides de por vida, que hasta ahora
eran la base de cualquier tratamiento de este
tipo. Actualmente basta con mínimas dosis de
ciclosporina neo oral -que es una versión nueva
de la antigua ciclosporina- y, sobre todo, el
FK.506 (Prograf). En cuanto a la supervivencia,
superadas las complicaciones hay pacientes que
llevan vivos ya más de treinta años, es decir,
que los sobreviven a las complicaciones postoperatorias
tienen una posibilidad de supervivencia similar
a la de la población normal.
-¿Y qué porcentaje suele fallecer a consecuencia
de la intervención o de las infecciones posteriores?
-Hoy día nos encontramos con un 80% de
supervivencia a los 5 años en casi todos los
programas de transplante. Y eso que no hay que
olvidar que los transplantes se hacen siempre
como último recurso y en caso de problemas de
salud muy graves cuyo final, si no se actúa
en este sentido, es la muerte a corto plazo.
-Además de los transplantes cuyos órganos
proceden de esos "cadáveres latientes", los
órganos también pueden proceder de personas
vivas. Por ejemplo, hay quien cede uno de sus
riñones o parte del hígado. ¿Hay datos del número
de transplantes que se hacen desde unos y otros?
-Concretamente en transplante renal un porcentaje
significativo corresponde a donantes vivos,
generalmente emparentados con el receptor. Y
es verdad que también algunos transplantes hepáticos
pueden hacerse con parte de la víscera de un
donante vivo ya que el hígado es el único órgano
que puede regenerarse a partir de un mero 20%.
Concretamente en España se han realizado tres
transplantes hepáticos de donante vivo. Pero
este tipo de actuaciones conlleva muchos problemas,
especialmente a nivel ético. Generalmente los
transplantes de vivo a paciente se hacen entre
familiares consanguíneos que, como es lógico,
tienen menos problemas de rechazo. Porque, ¿qué
padre negaría a su hijo la mitad de su hígado
para salvarle la vida? Pero se trata de intervenciones
muy complejas, con serias posibilidades de complicaciones
graves. A fin de cuentas, en estos casos no
estamos hablando de un "cadáver latiente" cuyo
fin es desaparecer sino de una persona viva
a la que pueden quedar secuelas graves para
toda la vida o, incluso, llegar a fallecer como
consecuencia de su donación. En Japón, donde
no se admite el concepto de muerte cerebral,
sí existen programas de transplante de donante
vivo, así como algunos en Europa, pero son escasos.
Es un asunto como para plantear un simposio
sobre el tema y discutirlo en profundidad...
-Y hablando de ética, ¿qué dicen las religiones
y las escuelas de pensamiento sobre el transplante
de órganos? ¿Se han presentado problemas en
relación con criterios religiosos o de pensamiento?
-En la clínica nunca hemos tenido ese tipo de
experiencias contrarias. Únicamente los testigos
de Jehová plantean la negativa, incluso
hasta la muerte, a recibir sangre y hemoderivados
de otras personas, pero en algunos hospitales
han desarrollado técnicas para realizar los
transplantes sin necesidad de transfusiones.
Y, de hecho, el transplante hepático se puede
hacer de esa manera. Yo mismo los he realizado
sin transfundir ni una sola gota. Pero son casos
excepcionales. Lo normal es que haya que transfundir
siempre. Claro que, con el avance de las técnicas,
esta necesidad es cada vez menor. Antes se necesitaban
10 o 12 unidades de sangre. Actualmente bastan
3 o 4 si el transplante va como debe. Por supuesto,
hacerlo sin transfusión es siempre muy arriesgado;
por eso es excepcional que algún grupo acepte
realizar un transplante a un testigo de Jehová
salvo que esté dispuesto a firmar que acepta
la transfusión. Y como ellos no están dispuestos...
-¿Cual es la relación médico-paciente que
se establece con el enfermo transplantado?
-El paciente transplantado es muy médico-dependiente.
Tras ser dado de alta tiene que pasar revisiones,
primero cada semana, luego cada mes, después
cada seis meses y cuando pasan cuatro o cinco
años, cada año como mínimo. Y si sucede cualquier
cosa, con más frecuencia. Son pacientes, por
otro lado, muy informados: les damos folletos
y normas sobre la inmunosupresión y, ante cualquier
problema -catarros, gripes o lo que sea-, vienen
hacia aquí a toda prisa.
-Y hablando de futuro, ¿cuál es la situación
de las posibilidades de transplante de órganos
transgénicos - especialmente del cerdo- y cuál
podría ser el futuro del desarrollo de las "células
madre" para conseguir órganos para transplante?
-Efectivamente, es una dinámica muy futurista.
En el xenotransplante, es decir, el transplante
de órganos de una especie animal a otra, el
que tiene mejores posibilidades es el cerdo;
y en ese sentido se está trabajando. En Europa
hay una línea muy potente, concretamente en
Cambridge, en Inglaterra, con metodología de
ingeniería genética -los llamados cerdos transgénicos-
que consiste en inyectar células humanas en
el cerdo para que éste, genéticamente, las reconozca.
Los estudios están bastante avanzados pero hay
que decir que, en el caso del hígado, va a ser
bastante más difícil que en otros órganos; tanto
el riñón como el corazón son más simples. El
riñón actúa como filtro desde el punto de vista
funcional y el corazón como una bomba. En cambio,
el hígado es muy difícil de sustituir. Existen,
y es una línea de desarrollo muy interesante,
corazones artificiales; y el riñón artificial
funciona desde hace muchos años. Sin embargo,
el hígado es muy complicado. Es el órgano más
complejo que existe en el cuerpo. Se conocen
más de mil quinientas funciones metabólicas
de esa víscera. Y, desde luego, desconocemos
posiblemente varios miles más; y eso es muy
difícil de sustituir con una máquina, por muy
inteligente que sea y por mucho chip que lleve
dentro. Por eso la única solución va a ser el
transplante clásico o, en el futuro, la alternativa
del xenotransplante. Pero no de momento. Al
menos debe pasar una década, siendo muy optimista.
En este momento de la charla se incorporaría
el doctor Pulpón:
-Puedo añadir algunas cosas. En la actualidad
hay una moratoria mundial por varios motivos.
Primero, no se ha conseguido más que un primer
paso, que es producir animales transgénicos
carentes de complemento, con lo cual se evita
una primera reacción de rechazo que es la del
rechazo hiperagudo. Pero además hay una segunda
moratoria internacional debida a la sospecha
de que al utilizar órganos animales se puedan
producir mutaciones de virus, especialmente
retrovirus, que si bien de momento no son patógenos
para el hombre a la larga pudieran producir
enfermedades nuevas. De momento, la línea de
trabajo consiste en el transplante de corazones
de cerdos a monos. Hasta ahora las tasas de
supervivencia son más bien bajas y no se harán
en seres humanos al menos hasta que el 50% de
los animales de experimentación vivan más de
seis meses. Respecto a la posibilidad de clonación,
desde luego es muy atractiva, pero con muchas
complicaciones, sobre todo éticas. Posiblemente
sea factible pero las implicaciones que conlleva
son muy grandes. Las investigaciones en torno
a las células no diferenciadas o células-madre
están en una fase muy inicial, consiguiéndose,
eso sí, células del tipo linfocitos o similares,
pero resulta difícil concebir que de ellas puedan
conseguirse órganos diferenciados tan complejos
como un riñón, un hígado o un corazón. Teóricamente
es posible pero en la práctica hay que resolver
aún muchos problemas.
Es mucho más lógico pensar que en la próxima
etapa se desarrollarán más los corazones y posiblemente
otros órganos artificiales, como apuntaba el
Dr. Turrión. En una segunda etapa se podrá pensar
en los xenotransplantes y, mucho más allá, en
transplantes biológicos y clonaciones.
-Hablemos pues del transplante cardiaco.
Doctor Pulpón, sabemos que España es el país
que tiene la mayor tasa de donantes de todo
el mundo, pero, ¿cuál es la demanda? ¿Se cubre
totalmente con la oferta de donaciones que actualmente
existe?
-No, nunca se cubre la demanda. Concretamente
este año pasado se han hecho 345 transplantes
de corazón en todo el país, de los que nosotros
hemos hecho 46. Somos el centro que ha hecho
más transplantes cardiacos de España y tenemos
una lista de espera de unos 30 enfermos. En
cuanto al fallecimiento en lista de espera está
en torno al 7% en todo el país aunque en nuestro
servicio ronda el 10% ya que somos el que tiene
la lista más larga. El promedio de espera está
en unos setenta y dos días, lo cual es un poco
engañoso ya que hay distintas circunstancias
para llegar al transplante y tiene siempre prioridad
el enfermo urgente, aquel que llega en un estado
de shock cardiogénico, situación límite terminal
que sólo puede ser resuelta con un transplante
inmediato.
-La ley española sobre transplantes es una
de las más avanzadas del mundo en este momento.
Pero nos gustaría saber si a los enfermos se
les informa bien de sus derechos como receptores
y, en su caso, como donantes.
-Yo pertenezco a un grupo de transplantes.
Por eso no puedo tener, por ley, contacto alguno
con los donantes; esa es función de los coordinadores.
La legislación especifica claramente que nadie
del equipo de transplantes puede tener relación
alguna con los familiares de los donantes. También,
por ley, existe lo que se llama el consentimiento
informado para todo tipo de actos médicos, incluyendo,
naturalmente, el transplante de órganos, que
siempre firman los receptores.
-El transplante cardiaco, junto con el de
riñón, es quizás el más conocido a nivel popular
pero aún se habla de él como de un recurso extremo
con muy alta mortalidad. ¿Cuál es su porcentaje
actual de supervivencia?
-Nuestros porcentajes actuales son muy parecidos
a los nacionales. Nos movemos en torno a un
82% de supervivencia en el primer año -que es
el más difícil- y tenemos, al cabo de los 10
años, una supervivencia del 50%. Hay que decir
en todo caso que en los transplantes de corazón
la supervivencia no es indefinida. Según el
registro de la Sociedad Internacional de Transplante
Cardiaco, el promedio se encuentra en este momento
alrededor de los 8,7 años. Nuestro promedio,
en cambio, es de unos 10 años. Esto es importante
porque la gente debe saber que un corazón transplantado
no dura para siempre. Pero puede volver a ser
sustituido por otro.
Lo que no significa -debemos añadir nosotros-
que en poco tiempo ese promedio no pueda ser
alargado en muchos años.
Andrés Rodríguez Alarcón
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