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| VIVO
DESDE HACE DOS AÑOS CON EL CORAZÓN DE UN HOMBRE. Transplante
de corazón |
"Vivo
desde hace dos años con el corazón de un hombre.
Sin él, estaría muerta y mis hijos huérfanos.
¿Cómo no voy a estar agradecida? ¿Cómo no voy
a asumir la angustia de todos quienes esperan
un órgano sabiendo que no si no llega terminarán
muriendo?". Quien así se expresa es Yolanda
Millán, una mujer joven, feliz y agradecida
que quiere contribuir -narrando su experiencia-
a la concienciación social del drama que sufren
muchas personas en el mundo. Esta es su historia.
Móstoles. 11:30 de la mañana. Ángel -el
fotógrafo de nuestra revista- y yo llamamos
al domicilio de Yolanda Millán.
Nos habían contado su fortísima experiencia
y queríamos que nos hablase de ella para incluirla
en un amplio reportaje sobre la problemática
de los trasplantes de órganos en nuestro país,
convencidos de la necesidad de escuchar de primera
mano el relato de alguien que hubiera protagonizado
tan dramática situación. Sólo que cuando se
abrió la puerta y apareció ante nosotros aquella
mujer joven de amplia sonrisa y ojos limpios,
valientes, luminosos, de esos que miran de frente
con confianza, nos sentimos un tanto desconcertados.
No esperábamos encontrarnos a alguien tan joven
y, por qué no decirlo, ¡tan guapa! Al punto
de que en su rostro no se refleja hoy ninguna
huella del sufrimiento anterior; es más, transmite
una gran serenidad.
Y así, tras invitarnos a pasar al salón, donde
desde el principio la cordialidad y la calidez
fueron su tarjeta de presentación, nos enteramos
de que actualmente tiene 30 años, dos hijos
de 5 y 2 años y se dedica sólo a su familia
ya que desde que le sucedió "eso" hubo de dejar
el trabajo.
-Dime, Yolanda, ¿qué pensaste cuando te dijeron
que necesitabas un trasplante?
-Lo primero que sentí fue un miedo terrible.
Todo había sido tan repentino e inesperado...
Además, desde el principio los médicos me dijeron
que probablemente la única solución sería el
trasplante y yo sabía que eso era algo muy delicado,
de mucho riesgo. No podía evitar el miedo. Luego,
a medida que fue pasando el tiempo e iba encontrándome
cada vez peor, cambié de actitud: el hecho de
saber que hay una salida, aunque sea tan peligrosa,
siempre te produce un cierto alivio. Y eso fue
lo que sentí cuando me dijeron que podía acceder
al programa de trasplantes.
-Pero, ¿qué es lo que tenías?
-Según los médicos, una miocarditis, es decir,
una inflamación del miocardio, la parte muscular
del corazón, de origen desconocido. Se declaró
repentinamente. Un día estaba normal y al día
siguiente ya no podía caminar. Acababa de pedir
una excedencia en la empresa para poder atender
a los niños cuando empecé a notar que me cansaba
mucho. Pero como el pequeño tenía sólo 9 meses
creí que se debía al "bajón" propio del post-parto
y por eso estaba más débil. O que quizá tuviese
algo de anemia; pero vamos, nada importante.
El caso es que los médicos atribuyen mi enfermedad
a la posibilidad de que durante el embarazo
mi sistema inmunológico sufriera una alteración
y, en vez de defenderme, lo que hacía era atacarme.
En cualquier caso, es una hipótesis más de las
que han barajado; piensan que es la más probable,
pero tampoco pueden asegurarlo.
-¿Cuánto tiempo estuviste hospitalizada?
-Cuatro meses.
-¿Y cómo recuerdas tu estancia en el hospital?
-Con mucho cariño. No he podido olvidar
a las personas que tuve cerca durante aquel
tiempo. En la primera etapa podía caminar y
moverme sin problemas así que enseguida fui
muy conocida en todo el hospital. Y aunque la
atención médica era total, lo más importante
para mí fue el trato humano. Pero durante esos
cuatro meses el cambio fue espectacular. Fui
perdiendo peso, apenas podía reconocerme y físicamente
estaba muy deteriorada. Y como era un caso muy
impactante porque había unos niños pequeños
por medio, éramos una pareja muy joven y parecía
todo tan difícil... Fue muy duro (Se le quiebra
ligeramente la voz y se percibe la emoción en
el brillo de los ojos. Traga saliva y sacude
ligeramente la cabeza como si quisiera desprenderse
de aquellos recuerdos), pero pude superarlo
gracias al apoyo de mi marido y de mis hijos
cuando iban al hospital los sábados. Yo me acercaba
hasta la sala de espera de los ascensores para
que ellos no entraran a la planta. No quería
que vieran aquello; eran demasiado pequeños.
Allí nos encontrábamos todas las semanas y era
un momento increíble para mí. Javi, el
bebé, no se enteraba apenas, pero Andrea
sí. Les echaba tanto de menos...
-¿Quién te dio la noticia de que había un
corazón para ti?
-La Coordinadora de Trasplantes y el jefe
de la Sección de Trasplantes del hospital 12
de Octubre. En cualquier caso, siempre han de
hacer un complicado proceso de valoración porque
no se trata de que haya un órgano sino de que
te sirva. Y aunque ellos actúan con mucha cautela
previniéndote sobre las dificultades uno no
puede evitar dar rienda suelta a la esperanza.
-¿Qué piensas sobre la despersonalización
en los hospitales, la falta de calor, la deshumanización...?
-No la viví en ningún momento. Es más, aunque
soy una persona muy fuerte, dentro del hospital
tuve momentos malos en los que recibí mucho
apoyo de auxiliares, enfermeras y médicos, incluso
de otras plantas. Cuando me trasplantaron, creo
que por mi habitación pasó todo el hospital.
Hay que tener en cuenta que me habían visto
muchos médicos y me habían hecho innumerables
pruebas; yo creo que no había sección donde
no hubiera estado.
-Observo que valoras muy positivamente la
atención psicológica al enfermo. ¿Crees que
sería interesante incorporar en los hospitales
un servicio de apoyo con personas especializadas
en los problemas que allí se viven a fin de
ayudar en los procesos de enfermedad, sean del
tipo que sean?
-Como en mi caso me fue bien, no me puedo
quejar; de todos modos, hay voluntarios que
se ocupan de eso. La Asociación de enfermos
del corazón pasaba por la planta de cardiología
todos los días para entregarnos folletos, darnos
ánimos, informarnos, etc. Además, te preguntaban
cómo estabas, charlaban un rato contigo... En
fin, servía de desahogo para muchos enfermos
y ellos lo hacían de forma voluntaria. Es personal
de fuera del hospital, la mayor parte enfermos
cardiacos que en su día pasaron por malos momentos,
ahora están bien y quieren ayudar a los demás
contándoles su experiencia.
-¿Cuál fue el momento más duro de todo el
proceso, el más difícil?
-Al final, después de cuatro meses hospitalizada,
yo había ido deteriorándome mucho y pensé que
me moría. El último día, el mismo en que me
trasplantaron, apenas hablaba ya, me sentía
tremendamente débil y cansada. Recuerdo que
cuando entró mi marido a verme le comenté dos
cosas: una, que veía mucho movimiento de papeles
al pie de mi cama; y otra, que sabía que esa
sería mi última noche, que me despidiera de
mis hijos, que sentía que me iba. Percibía la
muerte tan cerca... ya me rendía.
Yolanda se emociona, su voz se quiebra ligeramente
y respira un poco más profundamente. Los recuerdos
siguen vivos a pesar del tiempo transcurrido
y no puede evitar que sus ojos brillen todavía
más por las lágrimas que, a pesar de todo, no
salen. Se ve que, efectivamente, es una mujer
fuerte, acostumbrada a controlar sus emociones.
Todos guardamos unos segundos de silencio y
para romperlo pregunto:
-¿Y el momento más feliz?
-Sin duda, cuando desperté; porque sentí
que era otra vez yo. Fue abrir los ojos y sentirme
completamente nueva. Era una sensación muy curiosa
pero sabía que no tenía nada que ver con la
persona que se había dormido unas horas antes.
-¿A pesar de los síntomas, de las molestias,
de la anestesia y de todos los cables y aparatos
que te rodeaban?
-Sí, sí. Me desperté y noté que respiraba por
mí misma, que era yo. Había nacido otra vez,
me sentía de nuevo en el mundo.
Se ríe abiertamente y añade:
-¡Ah! Y también fue muy importante cuando me
tomé el primer yogur. Hacía tiempo que no podía
comer, tenía una sonda gástrica y comer era
un suplicio, me ponía muy malita. Cuando me
dieron un yogur y pude tomarlo de seguido, una
cucharada tras otra, como si estuviese normal,
noté que me encontraba fenomenal, que ya había
pasado todo. Para mí aquello fue muy importante.
Lloré, recuerdo que lloré. Es curioso como adquieren
importancia las cosas pequeñas de la vida en
esos momentos, es como si se despertasen tus
sentidos y fueras capaz de captar mucho más,
de sentir, de disfrutar.
-Y ahora, cuando ya han transcurrido dos
años de todo aquello, ¿cómo te sientes?
-Ahora me siento muy bien. No soy la persona
que era antes pero me siento bien. Puedo disfrutar
de una buena calidad de vida. Hay días mejores
que otros pero en general no me puedo quejar
porque llevo una vida normal: mantengo relaciones
con mi pareja, voy con mis amigos, hago la compra,
salgo con los niños al parque... Aunque tengo
que tomar algunas precauciones. Procuro no coger
mucho peso, por ejemplo; y si vengo muy cargada
de la compra, no lo subo hasta casa (Vive en
un 3º sin ascensor). Tampoco tomo alcohol, no
fumo y sigo una dieta mediterránea bastante
sana. Hago deporte, natación muy suavecita y
bicicleta estática. Vaya, en general hago una
vida bastante normal. Aunque eso sí, he de mantener
una medicación muy fuerte que me machaca mucho.
Pero estoy contenta.
-Los médicos con los que hemos hablado nos
decían que los pacientes de trasplantes son
médico-dependientes, que tienen que ir al médico
con mucha frecuencia.
-Constantemente. Voy cada 2 meses a una revisión
y debo ingresar una vez al año en el hospital
para un cateterismo. Además, aparte de las revisiones
de cardiología, tienes que entrar en el programa
de rehabilitación, en el que te van mirando
otras cosas, sobre todo los huesos porque se
debilitan mucho; y no sólo por la operación
sino por estar tanto tiempo en cama. Por otra
parte, la medicación te produce descalcificación,
con lo cual tienes que seguir un tratamiento
y tener vigilancia constante. Por otra parte,
cualquier cosa que te pase tienes que comunicarlo
inmediatamente al equipo médico. Un medicamento
que quieras tomar, cualquier trastorno que tengas,
cualquier alteración que surja... debes consultarlo
de inmediato por teléfono con ellos. Después
de tanto tiempo, el 12 de Octubre se ha convertido
casi en mi segunda casa.
-¿Ha descendido la medicación desde que comenzaste
el tratamiento?
-Muy poco, menos de lo que es habitual; y ello
por varias razones: la primera es que yo soy
muy joven y aparentemente eso aumenta el riesgo
de rechazo como también lo aumenta el hecho
de ser mujer. El sistema inmunológico es muy
fuerte y han de tenerlo muy controlado porque
puede provocar el rechazo del órgano. Además,
como aparentemente fue esa la causa de mi problema,
me lo tienen muy vigilado e incluso con dosis
mucho más altas de medicación que a otra persona
que lleve trasplantada menos tiempo que yo.
-¿Qué pensabas antes sobre la donación de
órganos? ¿Alguna vez te habías cuestionado el
tema de los donantes?
-No me lo había planteado en la vida. Nunca.
Sí tenía muy claro que cuando falleciéramos
queríamos que nos incineraran pero el tema de
las donaciones, aunque había salido en alguna
conversación, era algo muy lejano, como cuando
hablas de una cosa que realmente no te llega,
algo ajeno a ti.
-¿Y ahora que piensas sobre ese tema?
-Ahora animo a todo el mundo a que donen porque
me he dado cuenta del valor que esa decisión
tiene. Realmente, una vez que falleces los órganos
ya no sirven para nada y, sin embargo, pueden
salvar vidas, como es mi caso y el de montones
de personas, incluso más jóvenes que yo, que
vivimos gracias a la generosidad de otros. Creo
que es un acto importantísimo de concienciación
y solidaridad.
-¿Nunca se sabe a quién corresponden los
órganos que se reciben, ni la familia, ni la
procedencia?
-Los médicos no dicen absolutamente nada.
Sólo sabía que el corazón que yo esperaba venía
de Tenerife porque había un tiempo de espera
y tuvieron que decírmelo. Sin embargo, yo quería
saber alguna cosa más y en cuanto pude hice
algunas averiguaciones. Un amigo mío que es
periodista averiguó algunas cosas; apenas fueron
dos datos: la edad y el sexo. Así supe que mi
corazón correspondía a un varón de 19 ó 20 años.
No se nada más.
-¿Por qué querías saber a quién correspondía?
-Pues no sé... Es una cosa muy curiosa pero
yo necesitaba mentalmente formarme una imagen,
algo que me permitiera dar las gracias a esa
persona aunque nunca la hubiera conocido. Internamente
quería tener una idea lo más clara posible sobre
a quién le debía que hoy, dos años después,
pueda seguir disfrutando de mis hijos. Sé que
hay una parte de ese ser viviendo en mí y eso
me hace tener un sentimiento de unión y gratitud
hacia él.
Vuelve la emoción, pero una emoción natural,
sentida, vivida; no se trata de mojigatería
sino de un sentimiento muy profundo que de vez
en cuando y a lo largo de la conversación se
esparce por el salón y nos lleva a todos a unos
segundos de silencio interior.
-Muchas personas, después de procesos de
enfermedad o experiencias tan duras como la
tuya, dicen que han cambiado su percepción de
las cosas ¿Han cambiado tus ideas, tu forma
de ver la vida? ¿Cómo eras antes y como eres
ahora?
-Antes le daba más importancia a algunas
cosas materiales a las que ahora no concedo
el más mínimo valor. Tengo las ideas, las prioridades,
mucho más claras. En mi escala de valores está
primero mi familia, mi pareja, mis hijos y yo;
y después el resto del mundo. Ante todo las
personas y después las cosas, que cada vez tienen
menos importancia. Se adquiere una dimensión
mucho más humana en la que primero están los
sentimientos; sí, te vuelves mucho más sensible.
-¿Te refieres a que eres capaz de exteriorizar
más los sentimientos?
-No, no es sólo eso, sino que lo que me
viene del mundo exterior me afecta mucho más,
sea del tema que sea. Lo que veo por televisión,
las noticias de lo que sucede en el mundo, el
sentimiento de alguien... Es como si las cosas
llegaran más dentro. Es difícil de explicar
pero estoy mucho más abierta que antes a lo
que sucede a mi alrededor.
-¿Hablaste con algún trasplantado antes
de la operación?
-Antes de la operación no, sin embargo
ahora pertenezco a la asociación de trasplantados.
Hay un servicio en el que nos ponen en contacto
con personas que están atravesando el mismo
proceso y les viene muy bien hablar con alguien
que les entienda y haya superado el trance en
el que ellos se encuentran porque les da mucho
ánimo. Piensan: "Si tú estás bien yo puedo
llegar a estar igual de bien". Y eso, para
alguien que está esperando que le trasplanten
un órgano, es la mejor medicina. Porque como
los casos negativos son los que más se comentan,
cuando ven a alguien optimista, sano y viviendo
con normalidad se motivan mucho más.
-¿Qué te gustaría olvidar de todo el proceso?
-Del principio al fin -dice riendo-. Aunque
no -añade algo más sería-; probablemente el
principio, cuando me enteré de lo que me pasaba,
cuando el primer cardiólogo me dijo lo que tenía.
Entonces lo vi todo muy negro. Después, como
sigues viviendo dentro de esa circunstancia
y no puedes ver nada más, terminas por acostumbrarte.
En mi caso intentaron que la miocarditis remitiera
con reposo y tenían esperanzas de que el corazón
volviera a su ser pero enseguida vieron que
no funcionaba y sólo se apuntaba la posibilidad
del trasplante.
-¿No pensaste lo que mucha gente se plantea
cuando tiene algo realmente serio? ¿Es decir,
ir a Estados Unidos, a las superclínicas donde
se curan los famosos?
-No, porque no encontramos ningún motivo
para irme a otro sitio. Buscas otra salida cuando
no encuentras lo que necesitas pero aquí me
estaban dando la solución. Me incluyeron en
el programa de trasplantes y sólo tenía que
esperar a que hubiera alguien generoso que enviase
un corazón y que me valiera, claro. No es tan
fácil como parece y tienen que coincidir muchas
circunstancias. Por desgracia, se viven situaciones
de angustia verdaderamente dramáticas en las
que las horas se convierten en algo eterno.
La espera es muy dolorosa tanto para el enfermo
como para los familiares y en muchas ocasiones
la esperanza no se ve correspondida: el órgano
no llega a tiempo.
Una sombra de tristeza cruza rápidamente
por su rostro y recuerda situaciones en que
los familiares del enfermo que esperaba un trasplante
se turnaban montando guardia junto a un teléfono
esperando una llamada de la asociación de donantes.
U otras en las que había algún problema y el
órgano donado no servía para esa persona. Sólo
aquellos que han pasado por ese trance o llevan
tiempo esperando, incluidos en listas de espera
cada vez más largas, pueden dar testimonio de
ese sufrimiento. Es una carrera contrarreloj
y contra las circunstancias que a veces parecen
tornarse tremendamente adversas. Un proceso
muy complejo en el que los sentimientos fluctúan
entre la esperanza y el desánimo.
-¿Qué te gustaría que no se te olvidara nunca,
que quisieras guardar siempre en tu recuerdo?
-El lado humano de todo esto, de toda la
gente que estuvo conmigo, a mi lado, apoyándome.
Ese apretón de manos, esa mirada, los abrazos,
el calor que tuve durante todo el tiempo. (Otra
vez la emoción. Es curioso pero se emociona
cuando recuerda las vivencias con las personas
más que cuando nos habla del peligro o los riesgos
que conllevaba su intervención). Me gustaría
ser siempre consciente de la experiencia que
he vivido y de las personas que lo han vivido
conmigo de una u otra forma. Creo que he aprendido
mucho.
-¿Y cómo ves el futuro ahora?
-Pues con mucho optimismo, confiando en
que no surjan problemas. Sé que cada día la
Medicina está más avanzada y yo, hasta ahora,
lo estoy llevando muy bien. Soy joven, tengo
fuerzas y cuento con el apoyo de mi marido y
el aliciente de mis hijos.
-¿Hay algo que quieras decir o compartir
con los lectores de Cuerpos y Almas por
si puede servirles de referencia?
-Me gustaría, sobre todo, animar a la gente
a que se haga donante, que sean conscientes
de que gracias a ese gesto otra persona pueda
seguir viviendo. Me gustaría que mi testimonio
y el de los médicos sirvan para que todo el
mundo se conciencie y done. Ya sé que en los
momentos de dolor, cuando un ser querido fallece,
no hay consuelo posible, pero creo que el hecho
de pensar que una parte de esa persona que ya
no está con nosotros puede seguir viviendo dentro
de otro cuerpo puede servir de ayuda para superar
los malos momentos. Hay muchas personas como
yo e incluso más jóvenes que vivimos gracias
a ellos. La noche que me trasplantaron el corazón
era la última para mí; de hecho, todos estaban
sorprendidos de cómo podía haber aguantado tanto.
Ya no quedaba tiempo material y sólo había esa
esperanza.
-¿Te has hecho donante?
-Sí, si es que algo de mi cuerpo vale porque
con la medicación... Pero sí, prácticamente
toda mi familia se hizo donante y amigos y gente
cercana; después de lo que vivimos, se concienciaron
todos.
Dimos las gracias a Yolanda por compartir con
nosotros su vivencia y nuestra enhorabuena más
sincera por lo que había conseguido, saliendo
de su casa con la impresión de sentirnos un
poco más ligeros, más optimistas, con más fe
en el ser humano. Y no pudimos dejar de pensar
que el ritmo desenfrenado del mundo en el que
vivimos hace que las noticias de actualidad
se sucedan de una forma tan alarmantemente rápida
que, por muy trágico que resulte un suceso,
apenas tiene vigencia unas horas porque enseguida
aparece otra que la desbanca y que, a su vez,
tiene un reinado efímero. Y eso provoca tal
efecto de insensibilidad en la gente que se
comentan sucesos terribles como si habláramos
de los tonos de moda para la próxima temporada.
Al punto de que los medios de comunicación nos
ofrecen un amplio repertorio de noticias pero
todas ellas de tinte monocolor, con un denominador
común: son "malas" noticias.
¿Cómo no detenernos, pues, cuando entre la vorágine
de acontecimientos que pueblan nuestra vida
encontramos algo de signo contrario que es un
auténtico soplo de aire fresco y vivificante?
Porque la historia que acabamos de narrar es
como una novela con final feliz... con la ventaja
de que es real y de que sus protagonistas Yolanda,
Paco -su marido-, Andrea y Javier -sus pequeños-
pasean juntos cada día, como una familia normal.
Eso sí, aprovechando cada minuto de su existencia.
María Pinar Merino
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