La
inmensa mayoría de los enfermos de cáncer
a los que se irradia con los sofisticadísimos
aparatos de la "moderna" medicina nuclear
no dudan de que algo tan complejo y carísimo
tiene que ser eficaz. En muchos casos incluso
se sienten seres privilegiados por poder acceder
a ellos. Sin embargo, la verdad es diferente:
su eficacia curativa es más que discutible.
De hecho, someterse a Radioterapia es peligroso
porque incluso puede generar cáncer, acelerar
el desarrollo del que se padece o provocar
metástasis.
Tener cáncer es vivir colgado del miedo,
asomado a un oscuro vacío donde la razón ha
huido ante la falta de respuestas. Tener cáncer
es estar dispuesto a aferrarse a cualquier
cosa para salvar la vida y, en primer lugar,
a las verdades oficiales que día tras día
nos asaltan con sus presuntos avances científicos
intentando hacernos creer que sólo en sus
manos está la palabra "cura" y, por tanto,
nuestra salvación. Cuanto más miedo tenemos,
más queremos creer que la cirugía, la radioterapia
y la quimioterapia son parte de la solución
del problema. Pero no suele ser así.
Escribir de salud no es fácil. Y mucho menos
hacerlo de cáncer, sobre todo a contracorriente.
Aunque se haga desde el rigor intelectual
con el que se aborda el tema desde esta revista.
Pero aún es más difícil escribir de los tratamientos
utilizados a los que miles de personas se
aferran por voluntad propia o presión familiar.
Así pues, si usted padece cáncer y ha puesto
toda su fe en la radioterapia quizás sea mejor
que prosiga con la lectura de la revista y
se salte este reportaje. Si no lo padece o
en medio de la angustia por su enfermedad
quiere conocer el aspecto más desconocido,
algunos datos y testimonios que no le han
contado nunca, siga leyendo.
Para entender el papel de la radioterapia
como parte de los tratamientos utilizados
en la lucha contra el cáncer será bueno que
juntemos cinco realidades aparentemente dispersas
pero que nos ayudarán a tener una mejor perspectiva
del problema.
La primera es que resulta paradójico que en
un país donde suele haber posturas encontradas
en cualquier ámbito -los toros, el fútbol,
la política o hasta la guerra de Irak-, algo
que se acepta como normal, la Medicina se
caracterice por el pensamiento prácticamente
único. La ortodoxia médica -léase Medicina
convencional o alopática- ha impuesto su criterio
de tal forma que quienes ponen en entredicho
sus afirmaciones -los heterodoxos- difícilmente
consiguen hacerse oír. Y eso, en el ámbito
del cáncer, es más patente que en ninguna
otra enfermedad. A pesar de que la experiencia
indica que todo problema tiene diversas maneras
de afrontarse. ¿Por qué no va a poder ser
así con el cáncer? ¿Acaso los resultados de
las terapias actuales son tan buenos como
para convertir el dogma imperante sobre su
etiología y tratamiento en algo indiscutible?
En absoluto.
De hecho, la segunda realidad es que a pesar
de los "grandes avances" en el tratamiento
del cáncer con que cada cierto tiempo nos
"animan" desde los medios de comunicación,
la inmensa mayoría de quienes sufren esa enfermedad
se mueren siguiendo los tratamientos convencionales.
Ahí están las frías estadísticas. Es más,
se espera que los casos de cáncer aumenten
un 50% y pasen de los 10 millones de casos
registrados en todo el mundo en el 2000 a
15 millones en el 2020 según el reciente Informe
Mundial del Cáncer realizado por la Organización
Mundial de la Salud (OMS). Y eso que durante
los últimos 20 años se ha gastado en investigación
del cáncer cerca de 15.000 millones de euros
(¡dos billones y medio de las antiguas pesetas!)
¿No va siendo hora de que los oncólogos empiecen
a replantearse si lo que creen saber del cáncer
tiene fundamento, si no se habrán equivocado?
Porque la tercera realidad es que desde hace
más de 50 años la "batalla mundial contra
el cáncer" se ha centrado en una "guerra contra
los tumores". Y se ha perdido. Puede afirmarse
sin paliativos. La revista New England
Journal of Medicine publicó un estudio
especial sobre "los logros y fracasos de
la Medicina en la lucha contra un enemigo
de más de 100 rostros" (uno por cada tipo
de cáncer) y las conclusiones -fruto del análisis
de la mortalidad en la población estadounidense
entre 1970 y 1994- no hablan precisamente
del éxito de los tratamientos convencionales:
"Los efectos de los nuevos tratamientos a
la hora de reducir el número total de víctimas
es un tema muy polémico. La mayor promesa
para controlar el cáncer sigue siendo la prevención",
concluyen los autores del trabajo, John
C. Bailar y Heather L. Gornik,
del departamento de Estudios de la Salud de
la Universidad de Chicago. ¡La prevención!
No la radioterapia, ni la quimioterapia. Es
decir, lo más eficaz es el cambio de hábitos,
una adecuada legislación para prohibir las
sustancias potencialmente cancerígenas -todas
las que contaminan el organismo- y un diagnóstico
precoz.
De la cuarta realidad ya hemos hablado en
anteriores números. Como son incapaces de
curar el cáncer, los oncólogos han tenido
que inventarse el concepto de "curación
clínica" para intentar convencer a la
gente de que lo que hacen sirve para algo.
Es decir, como admiten que no saben curar
el cáncer consideran un éxito que el enfermo
sobreviva cinco años al diagnóstico. Y así,
si sobrevive esos cinco años lo clasifican
entre los enfermos "clínicamente curados".
Aunque esa persona se muera un año después
o al día siguiente. Y todo esto sin olvidar
un aspecto del que no se habla: los tremendos
efectos secundarios de los tratamientos. Porque
buena parte de los pacientes que sobreviven
esos cinco años lo hacen además en condiciones
lastimosas. Claro que eso no importa. ¡Lo
que importan son las estadísticas porque son
las que permiten mantener el actual sistema!
Y por eso es tan importante el diagnóstico
precoz: cuanto antes se detecte el cáncer
más posibilidades hay de que el paciente sobreviva
cinco años y engorde las estadísticas.
Dicho todo lo cual, la quinta realidad es
que el apoyo a los tratamientos convencionales
no es ya total entre los médicos ortodoxos.
Cada vez se levantan más voces autorizadas
para discrepar de la línea de tratamientos
seguidos en la actualidad. Es el caso de Linus
Pauling, médico y ganador en dos ocasiones
del Premio Nobel, quien llegó a afirmar:
"Todo el mundo debería saber que la mayoría
de las investigaciones sobre el cáncer son
en gran parte un fraude y que la mayoría de
las organizaciones que investigan la enfermedad
están en manos de las mismas personas que
las apoyan". John Bailer,
vinculado durante 20 años al Instituto Estadounidense
Nacional del Cáncer, asevera por su parte:
"Mi evaluación final es que el Programa
Nacional de Cáncer debe juzgarse como un error".
Otro ganador del premio Nobel, el doctor James
Watson -codescubridor de la doble hélice
del ADN y que perteneció durante dos años
al Comité Asesor Nacional sobre Cáncer- fue
aún más rotundo. Cuando en 1975 se le consultó
cuál era su opinión sobre el Programa Nacional
contra el Cáncer, contestó rápidamente:
"Es una mierda". (Peter Barry Chowka,
The National Cancer Institute and the Fifty
Year Cover Up,. East West Journal, January
1978)
NO
HAY DOSIS BUENA
Con la perspectiva que
nos ofrece la unión de estas cinco realidades
acerquémonos ahora a la radioterapia como
tratamiento. Sólo que para entender su alcance
hay que conocer dos verdades que, a la luz
de los actuales conocimientos, son irrefutables:
1) El cáncer sigue siendo un enigma
biológico. No existe acuerdo unánime sobre
qué hace que las células crezcan anormalmente,
que se multipliquen de manera ininterrumpida.
Como tampoco hay explicación sobre el proceso
que conocemos como metástasis.
2) La radiación produce siempre -¡siempre!-
efectos negativos secundarios indeseables.
Porque además de destruir las células y tejidos
cancerosos puede cancerizar las células y
tejidos sanos adyacentes. Con su aplicación
no se obtienen además efectos curativos evidentes.
Lo que se logra a veces es destruir el tumor,
pero, ¿a costa de qué? ¿De provocar su expansión
por el cuerpo generando una rápida metástasis?
Los radiólogos parecen olvidarse de la compleja
vida celular, del desconocimiento que existe
aún sobre el lenguaje bioquímico e integral
del organismo y del ámbito bioenergético.
Algunos piensan aún que sólo es cuestión ajustar
la "dosis", de la cantidad de radiación recibida,
pero la verdad es que irradiar un órgano implica
siempre comprometer la totalidad del organismo
en el que está integrado.
¿UNA
ENFERMEDAD "LOCALIZADA"?
Para los médicos alópatas
el cáncer es una "enfermedad localizada" que
debe ser tratada, pues, de manera también
localizada. Por ejemplo, extirpando el tumor,
irradiándolo, intentando acabar con él mediante
drogas tóxicas (en eso se basa la quimioterapia)
o inhibiendo su crecimiento mediante sustancias
químicas. En suma, el médico ortodoxo intenta
destruir el tumor en el convencimiento de
que así curará al paciente. Sin embargo, la
mayoría de las veces el tumor no sólo no desaparece
sino que se desarrolla y se extiende por otras
partes del cuerpo (a eso se llama metástasis).
O sí desaparece o disminuye el tumor pero
aparecen otros al poco tiempo en otras partes
del cuerpo porque las células malignas, libres
de la envoltura natural que las rodea, migran
y se instalan en otros órganos.
Y es que los métodos convencionales -de los
que forma parte la radioterapia- se basan
en una filosofía médica primitiva: atacar
a la enfermedad agresivamente. Con lo que
a menudo el organismo del paciente resulta
devastado durante ese proceso aunque puedan
producirse períodos de cierta aparente recuperación.
Y decimos aparente porque el cáncer y sus
causas subyacentes permanecen. Es más, en
muchos casos las terapias convencionales lo
que hacen es acortar el tiempo de vida, no
alargarlo. La literatura médica está llena
de ejemplos. El mes pasado ya comentamos que
hay varios estudios que demuestran una mayor
supervivencia en el grupo de control -que
no recibió tratamiento radiológico o quimioterápico
alguno contra el cáncer- que entre quienes
sí fueron radiados o recibieron quimioterapia.
Y partimos de la base de que es difícil hacer
comparaciones, especialmente en el caso del
cáncer, porque cada paciente es un mundo y
no hay dos casos iguales.
En suma, ¿tiene sentido seguir tratando el
cáncer como una enfermedad localizada? Todo
apunta que no. Más lógico parece buscar tratamientos
que refuercen la salud global del paciente
y no la de un órgano específico.
QUÉ
ES LA RADIOTERAPIA
La terapia con radiación
-o radioterapia- consiste en aplicar rayos
X de alta intensidad para debilitar la capacidad
reproductiva de las células del cáncer. También
se utiliza radioactividad emanada de implantes
artificiales, como las "semillas" de cobalto-60
o radio, que se insertan directamente en el
tumor.
El problema es que -como en el caso de la
quimioterapia- esa radiación daña las células
sanas al tiempo que destruye las cancerígenas.
Y además deprime severamente el sistema inmune
y puede causar daños graves en los cromosomas.
Eso puede ocurrir hasta cuando nos hacemos
una simple radiografía así que imagine el
lector el posible efecto a "dosis terapéuticas".
Especialmente ahora que está constatado que
no existe un "umbral" para los efectos genéticos
de la radiación. Es decir, que cualquier dosis
de radiación provoca mutaciones y que la cantidad
de las mismas suele ser proporcional a la
dosis. Dicho de otra forma: no hay ninguna
"dosis segura" de radiación. La radioterapia
es pues, ante todo, un demostrado método cancerígeno.
Por eso los últimos "avances" radioterápicos
consisten en minimizar el área que se irradia
y el tiempo de aplicación. Una vez aplicada
la radiación, los efectos aparecen tras un
"tiempo de incubación". Se dice que son agudos
cuando se manifiestan en cuestión de minutos,
días o semanas. Pero pueden aparecer también
después de muchos años.
Hay que agregar que no todas las células y
tejidos son igualmente sensibles o vulnerables
a las radiaciones. Además, en términos generales,
cuanto mayor es la dosis más rápida es la
aparición de efectos indeseables; por eso
en la práctica -exceptuando los accidentes
o actos negligentes de importancia- se aplican
hoy dosis muy pequeñas a fin de que el "tiempo
de latencia o incubación" sea largo (hasta
de más de 25 años). Pero lo cierto es que
ni siquiera esa prudencia impide que aparezcan
muchas veces metástasis, se reproduzca el
cáncer o se generen nuevas enfermedades como
consecuencia del daño general causado al organismo.
Los defensores del tratamiento con radiación
intentan minimizar los efectos secundarios
potenciando los "beneficios" que a corto plazo
se obtienen. Por ejemplo, la remisión durante
5 años (es decir, no hablan de que el paciente
se cure sino de que sobrevive cinco años al
tratamiento) en el 80% de los casos con enfermedad
de Hodgkin... siempre que se detecte precozmente
(ya hemos comentado este punto). Y aseguran
que resulta asimismo "efectivo" en el tratamiento
de los linfosarcomas, en el cáncer de próstata
localizado no operable y en los tumores localizados
de cabeza, cuello y cérvix. También aseguran
que es preferible la radioterapia a la cirugía
en cánceres como el de laringe o próstata.
En el caso del tratamiento de cáncer de mama
dicen que la lumpectomía combinada con radioterapia
parece disminuir las posibilidades de recidiva
(reaparición del tumor) en la mama afectada
aunque eso -incluso entre quienes apuestan
por esta fórmula de tratamiento- está en discusión
porque pueden aparecer cánceres posteriores
diez años después de la exposición.
Eso sí, en ningún momento aseguran los oncólogos
la curación.... por lo que a nadie engañan
ni mienten. Su única meta es lograr que los
pacientes irradiados sobrevivan cinco años
para poder engordar las estadísticas de "curaciones
clínicas" (sobrevivencia de 5 años). Sin tener
además en cuenta si con el tratamiento han
provocado otras enfermedades ya que, en el
marco organicista de la medicina alopática,
esas no cuentan como parte del cáncer tratado.
GOFMAN
PONE NERVIOSOS A LOS RADIÓLOGOS
Debo decir que quienes
cuestionan la aplicación de la radiación lo
hacen incluso utilizando como base los "aparentemente"
inocuos rayos X. Hablemos por ejemplo de John
Gofman, médico, profesor emérito de Biología
Celular y Molecular en la Universidad de Berkeley
y miembro de la Medical School de San
Francisco, experto en enfermedades del corazón
y en los efectos que las radiaciones de baja
intensidad tienen en la salud, y que fue seleccionado
en 1974 por el American College of Cardiology
como uno de los 25 principales investigadores
del último cuarto de siglo pasado. Pues bien,
este ilustre hombre de ciencia presentó en
su último libro -publicado en 1999- serias
evidencias de que las radiaciones médicas
(rayos X, incluyendo fluoroscopia y escáneres)
son "una de las principales causas de cáncer
y arterioesclerosis". Y ello por una simple
razón: la radiación causa mutaciones genéticas.
Gofman concluye su libro asegurando que los
rayos X son responsables de un gran porcentaje
de todos los cánceres producidos en Estados
Unidos (y, por ende, en el mundo, cabría añadir).
No afirma que sean la única causa pues piensa
que un cáncer se produce por un conjunto de
factores que se manifiestan simultáneamente
en un momento determinado pero sí que la mayoría
de los cánceres no se producirían si no hubiera
habido previamente alguna exposición a los
rayos X. Según él, si de cuatro elementos
combinables, por ejemplo radiación, dieta
pobre, tabaco y factores genéticos, falta
uno... el cáncer no aparece. Y que nadie se
alarme. Gofman no es contrario a los rayos
X como método de diagnóstico, sólo se opone
al uso innecesario de los mismos. Seguramente
porque ha demostrado que el uso de los rayos
X pueden reducirse en al menos un 50 %.
Ahora bien, ¿de cuántos cánceres innecesarios
habla Gofman? Pues según sus cálculos, sólo
en 1993 el 50% de los cánceres femeninos y
el 74 % de los masculinos son atribuibles
a los rayos X. En otras palabras, el 60% de
todos los cánceres de Estados Unidos. Aproximadamente
se produjeron 150.000 muertes que se podrían
haber evitado.
Teniendo en cuenta que los ataques cardíacos
son otra de las principales causas de mortalidad,
la otra vertiente de sus estudios resulta
aún más sorprendente. Gofman calcula que la
proporción de enfermedades coronarias atribuibles
a los rayos x es ligeramente más alta que
en el caso del cáncer. En 1993, el 63% de
esas muertes son -según él- atribuibles a
los rayos X entre los hombres y el 78 % entre
las mujeres. Otras 161.000 muertes que hubieran
sido evitables con un mayor control.
Hay que añadir que ya con anterioridad -en
1971- un equipo de investigación de la Universidad
de Búfalo, bajo la dirección del doctor Robert
W. Gibson, informaba de que una docena
de dosis rutinarias de rayos X en la misma
parte del cuerpo contribuía a aumentar el
riesgo de leucemia en los varones en, al menos,
un 60%. No es extraño pues que algunos científicos
traten de parar la locura del uso indiscriminado
de los rayos X, incluso llamando a terminar
con las unidades móviles de radiografía de
mama para el descubrimiento de tumores. Aunque
lo realmente dramático e importante de todo
esto es que esos rayos X de las radiografías
son casi inofensivos comparados con las intensas
radiaciones emitidas por los actuales aparatos
de radioterapia.
EL
LADO OSCURO DE LA RADIACIÓN
En suma, el tratamiento
del cáncer con radioterapia no sólo tiene
un valor limitado y discutible sino que con
frecuencia resulta mucho más nocivo que beneficioso.
Como ya adelanté, los efectos colaterales
conocidos de la terapia con radiación incluyen
la inmunodeficiencia severa y prolongada además
de daños cromosómicos que podrían producir
cáncer más tarde. "Incluso la aplicación
de dosis muy moderadas de radiación en los
testículos y ovarios pueden causar la esterilización
o inducir a mutaciones genéticas", reconoce
el oncólogo Lucien Israel -consultor
del Instituto Nacional contra el Cáncer- en
su libro Conquering Cancer. La radioterapia
puede también impedir de manera permanente
el crecimiento de los niños.
Pero hay muchos más "efectos colaterales".
La radioterapia puede provocar náuseas, vómitos,
pérdida de pelo -temporal o permanente-, ronchas
y quemaduras de la piel y las membranas mucosas,
debilidad y fatiga, lesiones o úlceras en
boca, garganta, intestinos, áreas genitales
y otras partes del cuerpo, necrosis de los
huesos, dilatación permanente de pequeños
capilares y arterias debajo de la piel, amenorrea,
úlceras en el recto, fístulas, ampollas ulceradas,
diarrea, colitis, hinchazón... Como puede
verse, un cuadro alentador en una terapia
que se supone curativa. Y los mencionados
son sólo los efectos a corto plazo. A largo
plazo, la radioterapia causa daños y trastornos
en los órganos y tejidos del cuerpo. Todo
ello sin que el oncólogo se comprometa absolutamente
a nada.
"La mayoría de los cánceres -escribía
John Cairns, profesor en la Facultad
de Salud Pública de la Universidad de Harvard,
en el número de noviembre de 1985 de Scientific
America- no se puede curar mediante
la radiación porque la dosis de rayos X necesaria
para matar a todas las células cancerígenas
podría también matar al paciente".
Hay estudios que demuestran que las personas
que se han sometido a radioterapia son más
propensas a desarrollar metástasis en otros
lugares del cuerpo. Así lo asevera el ya mencionado
doctor Lucien Israel, para quien "la radioactividad
usada para matar las células del cáncer también
puede activar el proceso de mutación que crea
nuevas células de cáncer de otros tipos".
Pero hay más. El National Surgical Adjuvant
Breast Project, a la hora de analizar
los efectos de la radioterapia en el cáncer
de mama, concluye: "De los datos disponibles
parece deducirse que el uso de irradiación
en el post-operatorio no ha proporcionado
ventajas discernibles a los pacientes tratados
en términos de aumento de la proporción de
quienes quedaron libres de la enfermedad durante
cinco años". De hecho, según varios ensayos
clínicos y un estudio publicado en 1974 por
Jan Stjernsward -Decreased Survival
Related to Irradiation Postoperatively in
Early Operable Breast Cancer en "The Lancet"-
en algunos casos concretos la radioterapia
aplicada después de una operación de cáncer
de mama incrementa incluso el índice de mortandad.
Y según otro estudio realizado por epidemiólogos
del Centro Médico Presbiteriano de Columbia
publicado en 1998, el tratamiento con radiación
del cáncer de mama aumenta ligeramente el
riesgo a largo plazo en la mujer de padecer
cáncer de esófago. El estudio se dirigió a
examinar los archivos de más de 220.000 pacientes
de cáncer de mama diagnosticadas entre 1973
y 1993. El grupo incluyó a pacientes que recibieron
radioterapia y a aquellos que no. Diez o más
años después del diagnóstico, los pacientes
irradiados presentaban aproximadamente cuatro
o cinco veces más probabilidades de desarrollar
cáncer de esófago que los pacientes no irradiados
o que las mujeres de la población general
según Ahsan y Alfred Neugut,
autores de la investigación. Este fue el primer
estudio que relacionó el uso de la radioterapia
en el cáncer de mama con un aumentó del riesgo
de sufrir cáncer de esófago.
"Muchas de las complicaciones ocasionadas
por la radiación no se hacen evidentes hasta
varios años después del tratamiento dando
al terapeuta y al paciente un falso sentido
de seguridad durante uno o dos años (...)
La médula ósea, donde se generan las células
de la sangre, resulta considerablemente obliterada
en el campo de irradiación (...) Y se trata
de un efecto irreversible", afirmaba por
su parte ya en 1980 en el Seattle Times
el doctor Robert F. Jones
Algunos otros efectos están más enmascarados.
En un estudio realizado en 1995 en Oxford
por Ridgely Ochs sobre el cáncer de
mama -y que parece confirmar las tesis de
Gofman citadas anteriormente- se encontró
que muchas mujeres que fueron irradiadas murieron
de ataques cardíacos porque sus corazones
se habían debilitado por el tratamiento.
La radiación también debilita el sistema inmune,
lo que puede llevar a la muerte por causas
secundarias como neumonía u otras infecciones
interiores. Muchos pacientes cuya muerte realmente
se certifica por deficiencia cardiaca, pulmonía
o fracaso respiratorio mueren de cáncer o,
para ser más exactos, a consecuencia de su
tratamiento para el cáncer. Que es, por cierto,
otra de las razones por las que las estadísticas
del cáncer -basada en los datos de las "causas
de muerte" recogidas en los certificados oficiales-
no reflejan la verdad de los auténticos resultados
de las terapias ortodoxas.
Hay tres radiólogos bien conocidos, William
Powers -director de la División de Radioterapia
en la Escuela de Medicina de la Universidad
de Washington-, Phillip Rubin -jefe
de la División de Radioterapia de la Escuela
de Medicina de la Universidad de Rochester-
y Vera Peters médico del Princesa
Margaret Hospital en Toronto (Canadá)-
que no mostraron reparos a la hora de criticar
las bondades de la Radioterapia. "Aunque
la radioterapia preoperatoria y postoperatoria
ha sido utilizada extensamente y durante décadas
no es todavía posible demostrar el beneficio
clínico inequívoco de este tratamiento combinado
(...) Aun cuando la proporción de cura mejora
con una combinación de radiación y terapia
es necesario establecer el costo en incremento
de mortalidad que puede tener lugar en los
pacientes sin respuesta favorable a la terapia
adicional", afirman en la ponencia titulada
Preoperative and Postoperative Radiation
Therapy for Cancer que presentaron en
la Sexta Conferencia Nacional contra el Cáncer
de Estados Unidos.
LA
DESINFORMACIÒN DE MUCHOS MÉDICOS
Bueno, pues a pesar de
todo lo dicho -y es una ínfima muestra de
lo que podríamos reseñar- muchos médicos creen
que la radioterapia es relativamente inofensiva.
Eso explica que el 60 % de los tumores reciba
radioterapia en algún momento de su evolución.
En la mayoría de los casos se emplea en las
primeras fases del proceso mientras que en
un 10% se utiliza cuando el paciente sufre
alguna recaída. Se sigue pues recomendando
a los enfermos como un tratamiento "paliativo"
escudándose en la "mejora tecnológica" de
los aparatos porque con ellos se supone que
son más "seguras" las dosis de radiación recibidas.
Sin embargo, no hay niveles "seguros" de radiación.
Y esto no es algo sobre lo que se pueda alegar
ignorancia porque se lleva proclamando desde
la década de los cincuenta. Los primeros estudios
realizados en el Memorial Sloan-Kettering
Cancer Center de Nueva York ya demostraron
que la radioterapia podía llegar a ser mortal
y que los pacientes que no recibieron radiación
vivieron mucho más tiempo que aquellos que
fueron irradiados. Este y otros hallazgos
similares fueron ya denunciados por Ben
Fitzgerald en un congreso en 1953. En
aquella comunicación -el desde entonces famoso
Informe Fitzgerald- acusaba al establishment
médico de conspirar activamente para eliminar
terapias alternativas prometedoras contra
el cáncer. Sin embargo, sus estudios fueron
ignorados y la industria de la radioterapia
siguió su camino.
También el doctor Irwin Bross -ex director
de Bioestadística del Roswell Park Memorial
Institute- denunciaría en 1979 que
"durante 30 años los radiólogos han estado
involucrados en una mala praxis masiva".
Sin embargo, su intento de conseguir fondos
para investigar el encubrimiento de lo que
denominaría "cáncer médico provocado por
la radioterapia" no fructificó. Y es que
con la nueva Iglesia de nuestro tiempo -la
sacrosanta Industria Farmacéutica- había topado.
Demasiados intereses en juego, como comentamos
en otro artículo en esta misma revista.
LAS
COSAS CAMBIARÁN INEVITABLEMENTE
Debo finalizar diciendo
que, sin embargo, está aumentando de forma
lenta, paulatina y en silencio el número de
"desertores" del bando oficial del cáncer.
Quizás acaben pensando como Ernst Krokowsky,
radiólogo de renombre internacional por sus
investigaciones en el ámbito de la formación
de metástasis: "Es muy probable que a la
medicina de Facultad le haya llegado la hora
de darse cuenta de que con su enfoque local
y su correspondiente afán por eliminar tumores
pasó de largo ante la verdadera realidad pues
el cáncer es un enfermedad de todo el organismo".
Y añade: "¿Es que no se atreve nadie a decir
que con nuestros actuales concepciones, teorías
y métodos de tratamiento hemos llegado a un
límite que, por pura decencia, nos obliga
a examinar otras ideas, pensamientos y resultados
en vez de condenarlos a vivir siempre fuera
de la cátedra".
Algo similar piensa en España el doctor Fernando
Castelló de Mora, quien tras dedicarse
durante muchos años a la práctica de la radioterapia
decidió dejarla en 1985 "en búsqueda de
tratamientos más eficaces y menos dañinos".
Y los encontró, como suele ocurrirles a aquellas
mentes inquietas que no se conforman con lo
"evidente". En la actualidad trata el cáncer
con la hipertermia producida por los aparatos
de Indiba lo que le permite obtener
-asegura- mejores resultados en el tratamiento
de sus pacientes. Combinando el tratamiento
con una buena alimentación y, en ocasiones,
con homeopatía. "La radioterapia es un
tratamiento a superar", nos reconocería.
Muchos otros oncólogos piensan lo mismo. Nos
consta. Pero no se atreven a manifestarlo
públicamente.
"Fui una vez -dijo en una ocasión
Mahatma Gandhi- gran amante de la profesión
médica. Ya no sostengo esa opinión. Los médicos
nos han desquiciado. Considero el actual sistema
como magia negra- Los hombres cuidan menos
sus cuerpos y ha aumentado la inmoralidad,
ignorando el alma. La profesión médica pone
a los hombres a su merced y contribuye a disminuir
la dignidad humana y el control de sí mismos.
Yo me he esforzado por demostrar que no hay
en la Medicina servicio real alguno para la
humanidad y que es una injuria para la misma.
Y creo que una multiplicidad de hospitales
no es prueba de civilización sino más bien
un síntoma de decadencia".
Antonio
Muro
Para
más información:
Dr. Fernando Castelló de Mora
Tlf.:
95 443 47 17