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    Reportajes.

  CÁNCER: ¿QUÉ ES Y QUÉ LO CAUSA? (XI) ¿SIRVE PARA ALGO LA RADIOTERAPIA?

La inmensa mayoría de los enfermos de cáncer a los que se irradia con los sofisticadísimos aparatos de la "moderna" medicina nuclear no dudan de que algo tan complejo y carísimo tiene que ser eficaz. En muchos casos incluso se sienten seres privilegiados por poder acceder a ellos. Sin embargo, la verdad es diferente: su eficacia curativa es más que discutible. De hecho, someterse a Radioterapia es peligroso porque incluso puede generar cáncer, acelerar el desarrollo del que se padece o provocar metástasis.

Tener cáncer es vivir colgado del miedo, asomado a un oscuro vacío donde la razón ha huido ante la falta de respuestas. Tener cáncer es estar dispuesto a aferrarse a cualquier cosa para salvar la vida y, en primer lugar, a las verdades oficiales que día tras día nos asaltan con sus presuntos avances científicos intentando hacernos creer que sólo en sus manos está la palabra "cura" y, por tanto, nuestra salvación. Cuanto más miedo tenemos, más queremos creer que la cirugía, la radioterapia y la quimioterapia son parte de la solución del problema. Pero no suele ser así.
Escribir de salud no es fácil. Y mucho menos hacerlo de cáncer, sobre todo a contracorriente. Aunque se haga desde el rigor intelectual con el que se aborda el tema desde esta revista. Pero aún es más difícil escribir de los tratamientos utilizados a los que miles de personas se aferran por voluntad propia o presión familiar. Así pues, si usted padece cáncer y ha puesto toda su fe en la radioterapia quizás sea mejor que prosiga con la lectura de la revista y se salte este reportaje. Si no lo padece o en medio de la angustia por su enfermedad quiere conocer el aspecto más desconocido, algunos datos y testimonios que no le han contado nunca, siga leyendo.
Para entender el papel de la radioterapia como parte de los tratamientos utilizados en la lucha contra el cáncer será bueno que juntemos cinco realidades aparentemente dispersas pero que nos ayudarán a tener una mejor perspectiva del problema.
La primera es que resulta paradójico que en un país donde suele haber posturas encontradas en cualquier ámbito -los toros, el fútbol, la política o hasta la guerra de Irak-, algo que se acepta como normal, la Medicina se caracterice por el pensamiento prácticamente único. La ortodoxia médica -léase Medicina convencional o alopática- ha impuesto su criterio de tal forma que quienes ponen en entredicho sus afirmaciones -los heterodoxos- difícilmente consiguen hacerse oír. Y eso, en el ámbito del cáncer, es más patente que en ninguna otra enfermedad. A pesar de que la experiencia indica que todo problema tiene diversas maneras de afrontarse. ¿Por qué no va a poder ser así con el cáncer? ¿Acaso los resultados de las terapias actuales son tan buenos como para convertir el dogma imperante sobre su etiología y tratamiento en algo indiscutible? En absoluto.
De hecho, la segunda realidad es que a pesar de los "grandes avances" en el tratamiento del cáncer con que cada cierto tiempo nos "animan" desde los medios de comunicación, la inmensa mayoría de quienes sufren esa enfermedad se mueren siguiendo los tratamientos convencionales. Ahí están las frías estadísticas. Es más, se espera que los casos de cáncer aumenten un 50% y pasen de los 10 millones de casos registrados en todo el mundo en el 2000 a 15 millones en el 2020 según el reciente Informe Mundial del Cáncer realizado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Y eso que durante los últimos 20 años se ha gastado en investigación del cáncer cerca de 15.000 millones de euros (¡dos billones y medio de las antiguas pesetas!) ¿No va siendo hora de que los oncólogos empiecen a replantearse si lo que creen saber del cáncer tiene fundamento, si no se habrán equivocado?
Porque la tercera realidad es que desde hace más de 50 años la "batalla mundial contra el cáncer" se ha centrado en una "guerra contra los tumores". Y se ha perdido. Puede afirmarse sin paliativos. La revista New England Journal of Medicine publicó un estudio especial sobre "los logros y fracasos de la Medicina en la lucha contra un enemigo de más de 100 rostros" (uno por cada tipo de cáncer) y las conclusiones -fruto del análisis de la mortalidad en la población estadounidense entre 1970 y 1994- no hablan precisamente del éxito de los tratamientos convencionales: "Los efectos de los nuevos tratamientos a la hora de reducir el número total de víctimas es un tema muy polémico. La mayor promesa para controlar el cáncer sigue siendo la prevención", concluyen los autores del trabajo, John C. Bailar y Heather L. Gornik, del departamento de Estudios de la Salud de la Universidad de Chicago. ¡La prevención! No la radioterapia, ni la quimioterapia. Es decir, lo más eficaz es el cambio de hábitos, una adecuada legislación para prohibir las sustancias potencialmente cancerígenas -todas las que contaminan el organismo- y un diagnóstico precoz.
De la cuarta realidad ya hemos hablado en anteriores números. Como son incapaces de curar el cáncer, los oncólogos han tenido que inventarse el concepto de "curación clínica" para intentar convencer a la gente de que lo que hacen sirve para algo. Es decir, como admiten que no saben curar el cáncer consideran un éxito que el enfermo sobreviva cinco años al diagnóstico. Y así, si sobrevive esos cinco años lo clasifican entre los enfermos "clínicamente curados". Aunque esa persona se muera un año después o al día siguiente. Y todo esto sin olvidar un aspecto del que no se habla: los tremendos efectos secundarios de los tratamientos. Porque buena parte de los pacientes que sobreviven esos cinco años lo hacen además en condiciones lastimosas. Claro que eso no importa. ¡Lo que importan son las estadísticas porque son las que permiten mantener el actual sistema! Y por eso es tan importante el diagnóstico precoz: cuanto antes se detecte el cáncer más posibilidades hay de que el paciente sobreviva cinco años y engorde las estadísticas.
Dicho todo lo cual, la quinta realidad es que el apoyo a los tratamientos convencionales no es ya total entre los médicos ortodoxos. Cada vez se levantan más voces autorizadas para discrepar de la línea de tratamientos seguidos en la actualidad. Es el caso de Linus Pauling, médico y ganador en dos ocasiones del Premio Nobel, quien llegó a afirmar: "Todo el mundo debería saber que la mayoría de las investigaciones sobre el cáncer son en gran parte un fraude y que la mayoría de las organizaciones que investigan la enfermedad están en manos de las mismas personas que las apoyan". John Bailer, vinculado durante 20 años al Instituto Estadounidense Nacional del Cáncer, asevera por su parte: "Mi evaluación final es que el Programa Nacional de Cáncer debe juzgarse como un error". Otro ganador del premio Nobel, el doctor James Watson -codescubridor de la doble hélice del ADN y que perteneció durante dos años al Comité Asesor Nacional sobre Cáncer- fue aún más rotundo. Cuando en 1975 se le consultó cuál era su opinión sobre el Programa Nacional contra el Cáncer, contestó rápidamente: "Es una mierda". (Peter Barry Chowka, The National Cancer Institute and the Fifty Year Cover Up,. East West Journal, January 1978)

NO HAY DOSIS BUENA
Con la perspectiva que nos ofrece la unión de estas cinco realidades acerquémonos ahora a la radioterapia como tratamiento. Sólo que para entender su alcance hay que conocer dos verdades que, a la luz de los actuales conocimientos, son irrefutables:
1) El cáncer sigue siendo un enigma biológico. No existe acuerdo unánime sobre qué hace que las células crezcan anormalmente, que se multipliquen de manera ininterrumpida. Como tampoco hay explicación sobre el proceso que conocemos como metástasis.
2) La radiación produce siempre -¡siempre!- efectos negativos secundarios indeseables. Porque además de destruir las células y tejidos cancerosos puede cancerizar las células y tejidos sanos adyacentes. Con su aplicación no se obtienen además efectos curativos evidentes. Lo que se logra a veces es destruir el tumor, pero, ¿a costa de qué? ¿De provocar su expansión por el cuerpo generando una rápida metástasis?
Los radiólogos parecen olvidarse de la compleja vida celular, del desconocimiento que existe aún sobre el lenguaje bioquímico e integral del organismo y del ámbito bioenergético. Algunos piensan aún que sólo es cuestión ajustar la "dosis", de la cantidad de radiación recibida, pero la verdad es que irradiar un órgano implica siempre comprometer la totalidad del organismo en el que está integrado.

¿UNA ENFERMEDAD "LOCALIZADA"?
Para los médicos alópatas el cáncer es una "enfermedad localizada" que debe ser tratada, pues, de manera también localizada. Por ejemplo, extirpando el tumor, irradiándolo, intentando acabar con él mediante drogas tóxicas (en eso se basa la quimioterapia) o inhibiendo su crecimiento mediante sustancias químicas. En suma, el médico ortodoxo intenta destruir el tumor en el convencimiento de que así curará al paciente. Sin embargo, la mayoría de las veces el tumor no sólo no desaparece sino que se desarrolla y se extiende por otras partes del cuerpo (a eso se llama metástasis). O sí desaparece o disminuye el tumor pero aparecen otros al poco tiempo en otras partes del cuerpo porque las células malignas, libres de la envoltura natural que las rodea, migran y se instalan en otros órganos.
Y es que los métodos convencionales -de los que forma parte la radioterapia- se basan en una filosofía médica primitiva: atacar a la enfermedad agresivamente. Con lo que a menudo el organismo del paciente resulta devastado durante ese proceso aunque puedan producirse períodos de cierta aparente recuperación. Y decimos aparente porque el cáncer y sus causas subyacentes permanecen. Es más, en muchos casos las terapias convencionales lo que hacen es acortar el tiempo de vida, no alargarlo. La literatura médica está llena de ejemplos. El mes pasado ya comentamos que hay varios estudios que demuestran una mayor supervivencia en el grupo de control -que no recibió tratamiento radiológico o quimioterápico alguno contra el cáncer- que entre quienes sí fueron radiados o recibieron quimioterapia. Y partimos de la base de que es difícil hacer comparaciones, especialmente en el caso del cáncer, porque cada paciente es un mundo y no hay dos casos iguales.
En suma, ¿tiene sentido seguir tratando el cáncer como una enfermedad localizada? Todo apunta que no. Más lógico parece buscar tratamientos que refuercen la salud global del paciente y no la de un órgano específico.

QUÉ ES LA RADIOTERAPIA
La terapia con radiación -o radioterapia- consiste en aplicar rayos X de alta intensidad para debilitar la capacidad reproductiva de las células del cáncer. También se utiliza radioactividad emanada de implantes artificiales, como las "semillas" de cobalto-60 o radio, que se insertan directamente en el tumor.
El problema es que -como en el caso de la quimioterapia- esa radiación daña las células sanas al tiempo que destruye las cancerígenas. Y además deprime severamente el sistema inmune y puede causar daños graves en los cromosomas. Eso puede ocurrir hasta cuando nos hacemos una simple radiografía así que imagine el lector el posible efecto a "dosis terapéuticas". Especialmente ahora que está constatado que no existe un "umbral" para los efectos genéticos de la radiación. Es decir, que cualquier dosis de radiación provoca mutaciones y que la cantidad de las mismas suele ser proporcional a la dosis. Dicho de otra forma: no hay ninguna "dosis segura" de radiación. La radioterapia es pues, ante todo, un demostrado método cancerígeno. Por eso los últimos "avances" radioterápicos consisten en minimizar el área que se irradia y el tiempo de aplicación. Una vez aplicada la radiación, los efectos aparecen tras un "tiempo de incubación". Se dice que son agudos cuando se manifiestan en cuestión de minutos, días o semanas. Pero pueden aparecer también después de muchos años.
Hay que agregar que no todas las células y tejidos son igualmente sensibles o vulnerables a las radiaciones. Además, en términos generales, cuanto mayor es la dosis más rápida es la aparición de efectos indeseables; por eso en la práctica -exceptuando los accidentes o actos negligentes de importancia- se aplican hoy dosis muy pequeñas a fin de que el "tiempo de latencia o incubación" sea largo (hasta de más de 25 años). Pero lo cierto es que ni siquiera esa prudencia impide que aparezcan muchas veces metástasis, se reproduzca el cáncer o se generen nuevas enfermedades como consecuencia del daño general causado al organismo.
Los defensores del tratamiento con radiación intentan minimizar los efectos secundarios potenciando los "beneficios" que a corto plazo se obtienen. Por ejemplo, la remisión durante 5 años (es decir, no hablan de que el paciente se cure sino de que sobrevive cinco años al tratamiento) en el 80% de los casos con enfermedad de Hodgkin... siempre que se detecte precozmente (ya hemos comentado este punto). Y aseguran que resulta asimismo "efectivo" en el tratamiento de los linfosarcomas, en el cáncer de próstata localizado no operable y en los tumores localizados de cabeza, cuello y cérvix. También aseguran que es preferible la radioterapia a la cirugía en cánceres como el de laringe o próstata. En el caso del tratamiento de cáncer de mama dicen que la lumpectomía combinada con radioterapia parece disminuir las posibilidades de recidiva (reaparición del tumor) en la mama afectada aunque eso -incluso entre quienes apuestan por esta fórmula de tratamiento- está en discusión porque pueden aparecer cánceres posteriores diez años después de la exposición.
Eso sí, en ningún momento aseguran los oncólogos la curación.... por lo que a nadie engañan ni mienten. Su única meta es lograr que los pacientes irradiados sobrevivan cinco años para poder engordar las estadísticas de "curaciones clínicas" (sobrevivencia de 5 años). Sin tener además en cuenta si con el tratamiento han provocado otras enfermedades ya que, en el marco organicista de la medicina alopática, esas no cuentan como parte del cáncer tratado.

GOFMAN PONE NERVIOSOS A LOS RADIÓLOGOS
Debo decir que quienes cuestionan la aplicación de la radiación lo hacen incluso utilizando como base los "aparentemente" inocuos rayos X. Hablemos por ejemplo de John Gofman, médico, profesor emérito de Biología Celular y Molecular en la Universidad de Berkeley y miembro de la Medical School de San Francisco, experto en enfermedades del corazón y en los efectos que las radiaciones de baja intensidad tienen en la salud, y que fue seleccionado en 1974 por el American College of Cardiology como uno de los 25 principales investigadores del último cuarto de siglo pasado. Pues bien, este ilustre hombre de ciencia presentó en su último libro -publicado en 1999- serias evidencias de que las radiaciones médicas (rayos X, incluyendo fluoroscopia y escáneres) son "una de las principales causas de cáncer y arterioesclerosis". Y ello por una simple razón: la radiación causa mutaciones genéticas. Gofman concluye su libro asegurando que los rayos X son responsables de un gran porcentaje de todos los cánceres producidos en Estados Unidos (y, por ende, en el mundo, cabría añadir). No afirma que sean la única causa pues piensa que un cáncer se produce por un conjunto de factores que se manifiestan simultáneamente en un momento determinado pero sí que la mayoría de los cánceres no se producirían si no hubiera habido previamente alguna exposición a los rayos X. Según él, si de cuatro elementos combinables, por ejemplo radiación, dieta pobre, tabaco y factores genéticos, falta uno... el cáncer no aparece. Y que nadie se alarme. Gofman no es contrario a los rayos X como método de diagnóstico, sólo se opone al uso innecesario de los mismos. Seguramente porque ha demostrado que el uso de los rayos X pueden reducirse en al menos un 50 %.
Ahora bien, ¿de cuántos cánceres innecesarios habla Gofman? Pues según sus cálculos, sólo en 1993 el 50% de los cánceres femeninos y el 74 % de los masculinos son atribuibles a los rayos X. En otras palabras, el 60% de todos los cánceres de Estados Unidos. Aproximadamente se produjeron 150.000 muertes que se podrían haber evitado.
Teniendo en cuenta que los ataques cardíacos son otra de las principales causas de mortalidad, la otra vertiente de sus estudios resulta aún más sorprendente. Gofman calcula que la proporción de enfermedades coronarias atribuibles a los rayos x es ligeramente más alta que en el caso del cáncer. En 1993, el 63% de esas muertes son -según él- atribuibles a los rayos X entre los hombres y el 78 % entre las mujeres. Otras 161.000 muertes que hubieran sido evitables con un mayor control.
Hay que añadir que ya con anterioridad -en 1971- un equipo de investigación de la Universidad de Búfalo, bajo la dirección del doctor Robert W. Gibson, informaba de que una docena de dosis rutinarias de rayos X en la misma parte del cuerpo contribuía a aumentar el riesgo de leucemia en los varones en, al menos, un 60%. No es extraño pues que algunos científicos traten de parar la locura del uso indiscriminado de los rayos X, incluso llamando a terminar con las unidades móviles de radiografía de mama para el descubrimiento de tumores. Aunque lo realmente dramático e importante de todo esto es que esos rayos X de las radiografías son casi inofensivos comparados con las intensas radiaciones emitidas por los actuales aparatos de radioterapia.

EL LADO OSCURO DE LA RADIACIÓN
En suma, el tratamiento del cáncer con radioterapia no sólo tiene un valor limitado y discutible sino que con frecuencia resulta mucho más nocivo que beneficioso. Como ya adelanté, los efectos colaterales conocidos de la terapia con radiación incluyen la inmunodeficiencia severa y prolongada además de daños cromosómicos que podrían producir cáncer más tarde. "Incluso la aplicación de dosis muy moderadas de radiación en los testículos y ovarios pueden causar la esterilización o inducir a mutaciones genéticas", reconoce el oncólogo Lucien Israel -consultor del Instituto Nacional contra el Cáncer- en su libro Conquering Cancer. La radioterapia puede también impedir de manera permanente el crecimiento de los niños.
Pero hay muchos más "efectos colaterales". La radioterapia puede provocar náuseas, vómitos, pérdida de pelo -temporal o permanente-, ronchas y quemaduras de la piel y las membranas mucosas, debilidad y fatiga, lesiones o úlceras en boca, garganta, intestinos, áreas genitales y otras partes del cuerpo, necrosis de los huesos, dilatación permanente de pequeños capilares y arterias debajo de la piel, amenorrea, úlceras en el recto, fístulas, ampollas ulceradas, diarrea, colitis, hinchazón... Como puede verse, un cuadro alentador en una terapia que se supone curativa. Y los mencionados son sólo los efectos a corto plazo. A largo plazo, la radioterapia causa daños y trastornos en los órganos y tejidos del cuerpo. Todo ello sin que el oncólogo se comprometa absolutamente a nada.
"La mayoría de los cánceres -escribía John Cairns, profesor en la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Harvard, en el número de noviembre de 1985 de Scientific America- no se puede curar mediante la radiación porque la dosis de rayos X necesaria para matar a todas las células cancerígenas podría también matar al paciente".
Hay estudios que demuestran que las personas que se han sometido a radioterapia son más propensas a desarrollar metástasis en otros lugares del cuerpo. Así lo asevera el ya mencionado doctor Lucien Israel, para quien "la radioactividad usada para matar las células del cáncer también puede activar el proceso de mutación que crea nuevas células de cáncer de otros tipos".
Pero hay más. El National Surgical Adjuvant Breast Project, a la hora de analizar los efectos de la radioterapia en el cáncer de mama, concluye: "De los datos disponibles parece deducirse que el uso de irradiación en el post-operatorio no ha proporcionado ventajas discernibles a los pacientes tratados en términos de aumento de la proporción de quienes quedaron libres de la enfermedad durante cinco años". De hecho, según varios ensayos clínicos y un estudio publicado en 1974 por Jan Stjernsward -Decreased Survival Related to Irradiation Postoperatively in Early Operable Breast Cancer en "The Lancet"- en algunos casos concretos la radioterapia aplicada después de una operación de cáncer de mama incrementa incluso el índice de mortandad. Y según otro estudio realizado por epidemiólogos del Centro Médico Presbiteriano de Columbia publicado en 1998, el tratamiento con radiación del cáncer de mama aumenta ligeramente el riesgo a largo plazo en la mujer de padecer cáncer de esófago. El estudio se dirigió a examinar los archivos de más de 220.000 pacientes de cáncer de mama diagnosticadas entre 1973 y 1993. El grupo incluyó a pacientes que recibieron radioterapia y a aquellos que no. Diez o más años después del diagnóstico, los pacientes irradiados presentaban aproximadamente cuatro o cinco veces más probabilidades de desarrollar cáncer de esófago que los pacientes no irradiados o que las mujeres de la población general según Ahsan y Alfred Neugut, autores de la investigación. Este fue el primer estudio que relacionó el uso de la radioterapia en el cáncer de mama con un aumentó del riesgo de sufrir cáncer de esófago.
"Muchas de las complicaciones ocasionadas por la radiación no se hacen evidentes hasta varios años después del tratamiento dando al terapeuta y al paciente un falso sentido de seguridad durante uno o dos años (...) La médula ósea, donde se generan las células de la sangre, resulta considerablemente obliterada en el campo de irradiación (...) Y se trata de un efecto irreversible", afirmaba por su parte ya en 1980 en el Seattle Times el doctor Robert F. Jones
Algunos otros efectos están más enmascarados. En un estudio realizado en 1995 en Oxford por Ridgely Ochs sobre el cáncer de mama -y que parece confirmar las tesis de Gofman citadas anteriormente- se encontró que muchas mujeres que fueron irradiadas murieron de ataques cardíacos porque sus corazones se habían debilitado por el tratamiento.
La radiación también debilita el sistema inmune, lo que puede llevar a la muerte por causas secundarias como neumonía u otras infecciones interiores. Muchos pacientes cuya muerte realmente se certifica por deficiencia cardiaca, pulmonía o fracaso respiratorio mueren de cáncer o, para ser más exactos, a consecuencia de su tratamiento para el cáncer. Que es, por cierto, otra de las razones por las que las estadísticas del cáncer -basada en los datos de las "causas de muerte" recogidas en los certificados oficiales- no reflejan la verdad de los auténticos resultados de las terapias ortodoxas.
Hay tres radiólogos bien conocidos, William Powers -director de la División de Radioterapia en la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington-, Phillip Rubin -jefe de la División de Radioterapia de la Escuela de Medicina de la Universidad de Rochester- y Vera Peters médico del Princesa Margaret Hospital en Toronto (Canadá)- que no mostraron reparos a la hora de criticar las bondades de la Radioterapia. "Aunque la radioterapia preoperatoria y postoperatoria ha sido utilizada extensamente y durante décadas no es todavía posible demostrar el beneficio clínico inequívoco de este tratamiento combinado (...) Aun cuando la proporción de cura mejora con una combinación de radiación y terapia es necesario establecer el costo en incremento de mortalidad que puede tener lugar en los pacientes sin respuesta favorable a la terapia adicional", afirman en la ponencia titulada Preoperative and Postoperative Radiation Therapy for Cancer que presentaron en la Sexta Conferencia Nacional contra el Cáncer de Estados Unidos.

LA DESINFORMACIÒN DE MUCHOS MÉDICOS
Bueno, pues a pesar de todo lo dicho -y es una ínfima muestra de lo que podríamos reseñar- muchos médicos creen que la radioterapia es relativamente inofensiva. Eso explica que el 60 % de los tumores reciba radioterapia en algún momento de su evolución. En la mayoría de los casos se emplea en las primeras fases del proceso mientras que en un 10% se utiliza cuando el paciente sufre alguna recaída. Se sigue pues recomendando a los enfermos como un tratamiento "paliativo" escudándose en la "mejora tecnológica" de los aparatos porque con ellos se supone que son más "seguras" las dosis de radiación recibidas. Sin embargo, no hay niveles "seguros" de radiación. Y esto no es algo sobre lo que se pueda alegar ignorancia porque se lleva proclamando desde la década de los cincuenta. Los primeros estudios realizados en el Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York ya demostraron que la radioterapia podía llegar a ser mortal y que los pacientes que no recibieron radiación vivieron mucho más tiempo que aquellos que fueron irradiados. Este y otros hallazgos similares fueron ya denunciados por Ben Fitzgerald en un congreso en 1953. En aquella comunicación -el desde entonces famoso Informe Fitzgerald- acusaba al establishment médico de conspirar activamente para eliminar terapias alternativas prometedoras contra el cáncer. Sin embargo, sus estudios fueron ignorados y la industria de la radioterapia siguió su camino.
También el doctor Irwin Bross -ex director de Bioestadística del Roswell Park Memorial Institute- denunciaría en 1979 que "durante 30 años los radiólogos han estado involucrados en una mala praxis masiva". Sin embargo, su intento de conseguir fondos para investigar el encubrimiento de lo que denominaría "cáncer médico provocado por la radioterapia" no fructificó. Y es que con la nueva Iglesia de nuestro tiempo -la sacrosanta Industria Farmacéutica- había topado. Demasiados intereses en juego, como comentamos en otro artículo en esta misma revista.

LAS COSAS CAMBIARÁN INEVITABLEMENTE
Debo finalizar diciendo que, sin embargo, está aumentando de forma lenta, paulatina y en silencio el número de "desertores" del bando oficial del cáncer. Quizás acaben pensando como Ernst Krokowsky, radiólogo de renombre internacional por sus investigaciones en el ámbito de la formación de metástasis: "Es muy probable que a la medicina de Facultad le haya llegado la hora de darse cuenta de que con su enfoque local y su correspondiente afán por eliminar tumores pasó de largo ante la verdadera realidad pues el cáncer es un enfermedad de todo el organismo". Y añade: "¿Es que no se atreve nadie a decir que con nuestros actuales concepciones, teorías y métodos de tratamiento hemos llegado a un límite que, por pura decencia, nos obliga a examinar otras ideas, pensamientos y resultados en vez de condenarlos a vivir siempre fuera de la cátedra".
Algo similar piensa en España el doctor Fernando Castelló de Mora, quien tras dedicarse durante muchos años a la práctica de la radioterapia decidió dejarla en 1985 "en búsqueda de tratamientos más eficaces y menos dañinos". Y los encontró, como suele ocurrirles a aquellas mentes inquietas que no se conforman con lo "evidente". En la actualidad trata el cáncer con la hipertermia producida por los aparatos de Indiba lo que le permite obtener -asegura- mejores resultados en el tratamiento de sus pacientes. Combinando el tratamiento con una buena alimentación y, en ocasiones, con homeopatía. "La radioterapia es un tratamiento a superar", nos reconocería. Muchos otros oncólogos piensan lo mismo. Nos consta. Pero no se atreven a manifestarlo públicamente.
"Fui una vez -dijo en una ocasión Mahatma Gandhi- gran amante de la profesión médica. Ya no sostengo esa opinión. Los médicos nos han desquiciado. Considero el actual sistema como magia negra- Los hombres cuidan menos sus cuerpos y ha aumentado la inmoralidad, ignorando el alma. La profesión médica pone a los hombres a su merced y contribuye a disminuir la dignidad humana y el control de sí mismos. Yo me he esforzado por demostrar que no hay en la Medicina servicio real alguno para la humanidad y que es una injuria para la misma. Y creo que una multiplicidad de hospitales no es prueba de civilización sino más bien un síntoma de decadencia"
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Antonio Muro


Para más información:
Dr. Fernando Castelló de Mora
Tlf.: 95 443 47 17




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