Un
equipo de investigadores españoles en colaboración
con el Dr. Salvador Harguindey, especialista
en Oncología Médica, ha elaborado un modelo
diferente para entender el cáncer que abre
paso a tratamientos terapéuticos menos tóxicos
y más selectivos. La investigación, basada
en los procesos bioquímicos y moleculares
específicos que tienen lugar en las células
cancerosas, integra factores hasta ahora ignorados
y sirve para relacionar entre sí diferentes
campos de investigación como el origen de
las enfermedades cancerosas y su diseminación,
la muerte de las células malignas (apóptosis
selectiva), la resistencia múltiple a los
fármacos o la actividad de ciertos oncogenes,
entre otros. La clave de la enfermedad estaría
en el pH celular.
Como
ha quedado fehacientemente constatado en los
últimos años -aunque desde instancias oficiales
se pretenda hacer creer lo contrario- son
numerosos los profesionales de la salud y
del mundo científico que no comparten ni el
actual modelo sobre el origen y naturaleza
íntima del cáncer ni cómo se está afrontando
la lucha contra la enfermedad. Así ocurre
tanto en Estados Unidos -diversos centros
de investigación oncológica como el South
Carolina Cancer Center o el 21th Century Oncology
de Fort Myers (Florida)- como en el resto
de Europa -la Universidad de Bari (talia)
o el Laxdale Institute de Stirling
(Escocia), por ejemplo-, incluida España.
De hecho, a los muchos médicos convencionales
y profesionales de las medicinas alternativas
que rechazan hoy abiertamente los cerrados
planteamientos de la "plana mayor" oncológica
se unen cada vez más investigadores integrados
en el propio sistema que exigen un replanteamiento
urgente de las premisas convencionalmente
aceptadas dada la actual falta global de resultados
en el tratamiento de un considerable porcentaje
de tumores malignos a pesar de la ingente
cantidad de sufrimiento, tiempo y dinero invertidos
en las últimas décadas.
Pues bien, el doctor Salvador Harguindey,
en asociación con otros científicos de la
Universidad del País Vasco, han dado ya a
conocer a través de distintas publicaciones
de prestigio internacional un nuevo modelo
para tratar de entender la enfermedad que
permite superar lo que consideran una visión
agotada del cáncer: "Los hallazgos más
sobresalientes prueban que la visión reduccionista
actual de las enfermedades neoplásicas -afirma
sin rodeos Salvador Harguindey- es un error
básico y conceptual, para empezar. De esa
limitación de enfoque y paradigma deriva gran
parte de los fracasos terapéuticos".
Conscientes de ello, el equipo del Dr. Harguindey
decidió hace algún tiempo buscar nuevas respuestas
hasta encontrar un punto común en los diversos
enfoques de la enfermedad realizados hasta
el momento. Porque, a juicio de estos investigadores
españoles, el problema de las tendencias actuales
de la investigación científica es que se dirigen
principalmente a recopilar más y más datos
analíticos y tecnológicos y ello conduce inevitablemente
a "un excesivo grado de reduccionismo y
a una creciente fragmentación del conocimiento".
Es decir, entienden que la continua acumulación
de cifras (análisis), lejos de servir para
mejorar los resultados en el control y tratamiento
de la enfermedad podría estar actuando como
elemento de distracción y confusión. "Llegó
un momento -nos explicaría- en el que
entendimos que había que superar esa espada
de doble filo y abrir nuestra mente a perspectivas
científicas más integrales buscando una gran
teoría de cohesión integrada (síntesis) en
medio de tanta confusión fragmentadora y reduccionista".
Fruto de esas reflexiones y apoyándose en
más de 140 publicaciones teóricas y experimentales
dadas a conocer en los últimos 25 años, este
grupo de investigación español, junto al norteamericano
Stephan Reshkin, ha llegado a la conclusión
básica que hoy sustenta su modelo para entender
y tratar esta enfermedad. Y esa conclusión
es que el desarrollo del cáncer se debe
básicamente a la pérdida del equilibrio natural
ácido-base de la célula. Aunque ello no
excluya otros factores determinantes que además
de éste puedan jugar un rol importante en
el proceso de malignización. Una tesis que
implica todo un nuevo modelo de tratamiento
de la enfermedad. Es más, en ciertas ocasiones
estos esfuerzos, principalmente dirigidos
a prevenir y controlar el proceso de metástasis
y a su vez superar la resistencia a fármacos
antineoplásicos, ha permitido detener el crecimiento
de tumores cancerosos y, al parecer, también
su diseminación tanto en animales como, ocasionalmente,
en seres humanos... con medios menos agresivos
y tóxicos que los actualmente utilizados en
Oncología. "Los resultados obtenidos en
prevenir la aparición de metástasis en algunos
tumores y en ciertas situaciones -afirma
el doctor Harguindey- son verdaderamente
esperanzadores".
LA
IMPORTANCIA DEL PH CELULAR
Para tratar de entender mínimamente el nuevo
modelo propuesto el lector va a tener que
familiarizarse con dos conceptos: el pH
celular y los antiportadores, ambos relacionados
con el funcionamiento -normal o anormal- de
toda la célula. Evidentemente es imposible
tratar de explicar en unas pocas líneas los
procesos bioquímicos, moleculares y biofísicos
relacionados con el funcionamiento celular
o los intercambios dinámicos de iones de hidrógeno
que se producen en su interior... así que
conformémonos con entender lo básico.
Todos sabemos que en un mecanismo tan perfecto
como el de la célula -o el mismo organismo
humano como un todo- cualquier pequeña alteración
inicial puede provocar una serie creciente
de disfunciones que se manifiestan en lo que
llamamos enfermedades. Pues bien, uno
de los métodos que nos permiten detectar si
hay algún tipo de desequilibrio en el balance
de la fisiología celular es el grado de acidez
o alcalinidad, lo que resume todo el equilibrio
homeostático de la célula que se ve afectada
tanto por el líquido interior como por el
exterior en el que ésta "flota" (medio interno).
Es decir, la medición del grado de acidez
es lo que da el pH celular. Por ejemplo,
el pH normal de la sangre de una persona sana
oscila normalmente entre 7,35 y 7,45. Cuanto
más se supere pues la cifra de 7,4 más alcalino
es el pH. Por el contrario, cuando más baja
sea la cifra, cuanto más baje de 7,4 más ácido
es el pH.
¿Y de qué depende que una célula tenga un
pH más o menos alcalino o ácido? Pues básicamente,
según explica Harguindey, del intercambio
de iones de hidrógeno entre el exterior y
el interior (citoplasma) de la célula a través
de la membrana que recubre a ésta.
Ahora bien, esa "circulación" no es libre.
Porque si bien la membrana que rodea a la
célula es permeable también es selectiva;
es decir, permite el paso de unas sustancias
pero no de otras. Moléculas como los ácidos
orgánicos, los aminoácidos y las sales inorgánicas
no pueden atravesar por sí solas la membrana.
Para lograrlo deben ser transportadas a
su interior o expulsadas al exterior. Es más,
ni siquiera un elemento tan pequeño como un
ión de hidrógeno puede atravesarla libremente;
también necesita un transporte activo. Y para
cumplir ese papel existen determinados mecanismos
específicos, generalmente en forma de proteínas
localizadas en la membrana celular: los llamados
unitransportadores,
cotransportadores y -principalmente-
el antitransportador o intercambiador
de Na+ (sodio) por H+ (hidrogeniones). Cuando
estos factores transportan simultáneamente
una de las sustancias hacia el interior y
otra hacia el exterior se denominan antiportadores.
Pues bien, llegados a este punto hay que decir
que es el antiportador del sodio
y el hidrógeno el que cumple el papel más
relevante en este esquema así como en la causa
y tratamiento de muchos cánceres. Y es que
según el modelo elaborado por diversos investigadores
interesados en estas líneas de trabajo en
todo el mundo cuanto menos iones de hidrógeno
hay en el interior de la célula debido a un
funcionamiento excesivo de estas proteínas
antiportadoras más alto es
el pH de esa célula -más alcalino- y más posibilidades
existen de que se convierta una célula normal
en cancerosa (transformación maligna).
Ese desequilibrio puede, asimismo, ser
producto de circunstancias medioambientales
que afecten al organismo a nivel celular (factores
de crecimiento celular) o inducido genéticamente.
Es decir, a lo largo de una multiplicidad
de investigaciones se ha podido confirmar
que las células cancerosas de diferentes orígenes
-desde leucemias a tumores sólidos, sean animales
o humanas- presentan sistemática y continuamente
un pH intracelular anormalmente elevado o,
cuando menos, "casi" imposible de ser disminuido
como ocurre en las células normales. Se ha
constatado también que las células leucémicas
de los tipos más variados -de forma similar
a las de los tumores malignos- viven en un
estado de alcalinización intracelular permanente.
Así, existen y se multiplican a unos niveles
de pH intracelular que está en el límite de
la compatibilidad con la vida celular y, por
extensión, con la vida humana en general (llegan
a tener hasta un pH de 7,6 e, incluso, superior).
En suma, todas las personas con cáncer
sufren una "alcalosis celular maligna" en
las células tumorales específicamente
causada por una continua e incontrolada extracción
de iones de hidrógeno del interior de la célula.
Además esta anormalidad celular, que se podría
interpretar como muy general o inespecífica,
es totalmente específica para las enfermedades
cancerosas ya que no se ha descrito en ningún
otro proceso o enfermedad. Y aún hay más:
tanto estos investigadores españoles como
otros han constatado que existe una relación
directa entre un progresivo aumento del pH
intracelular tumoral y el grado de resistencia
a algunos de los actuales medicamentos antitumorales
más utilizados.
Por otra parte, es conocido que los tumores
sólidos crecen y metastatizan mediante la
formación de nuevos vasos sanguíneos (angiogénesis
tumoral) y se ha podido comprobar cómo un
considerable número de moléculas estimuladoras
de los mismos llevan el equilibrio ácido-base
en dirección alcalinizante. Estos resultados
han sido recientemente publicados por el Dr.
Gorka Orive y el profesor José Luis
Pedraz -del Departamento de Farmacia y
Tecnología Farmacéutica de la Universidad
del País Vasco- en asociación con el Dr. Harguindey
además del investigador norteamericano ya
mencionado Stephan Reshkin desde la Universidad
de Bari (Italia).
También en la activación de algunos de los
oncogenes más frecuentemente responsables
del desarrollo cancerígeno se percibe para
su activación una "necesaria" elevación del
pH intracelular causada por una hiperactividad
del antiportador N+/H+ estimulándose la entrada
de sodio a la célula y la extrusión de H+
(hidrogeniones), alcalinizándose así la célula;
siendo este un paso previo y necesario para
su malignización y posterior crecimiento incontrolado.
"Este conjunto de observaciones y evidencias
-nos diría- sugieren que esta anomalía crucial
y clave (un elevado pH celular) en la homeostasis
celular (conjunto de mecanismos por los
que los seres vivos tienden a mantener constantes
las propiedades de su medio interno) es
la principal razón por la cual muchos genes
-tanto oncogenes como genes supresores desestabilizados,
como el gen 53, desempeñan funciones patológicas
tanto en el origen como en el crecimiento
y la progresión tumoral incontrolada".
En suma, estos y otros estudios indican que
el desequilibrio ácido-base es la causa
inicial, específica y probablemente única
de la transformación de una célula sana en
una célula cancerosa y además constatan
que, una vez puesto en marcha el proceso canceroso,
para que se produzca la replicación celular
debe mantenerse un cierto pH intracelular
elevado inhibiéndose así todo intento de inducir
la apóptosis selectiva ("suicidio" de las
células malignas). Para lo cual las células
malignas ponen en marcha toda una serie de
mecanismos antiacidificantes destinados a
mantener el pH lo más alcalino posible. Toda
una estrategia de las células cancerosas cuyo
objetivo es aislarse biológicamente del resto
del organismo mediante un complejo sistema
de autoprotección -incluidos los ataques quimioterapéuticos
externos- basado en la manipulación del intercambio
de los iones de hidrógeno: "El propósito
de las células cancerosas -nos dice Salvador
Harguindey- es tener los diferentes mecanismos
de la membrana trabajando para mantener
un permanente desequilibrio homeostático ácido-base,
consolidando un elevado pH intracelular para
protegerse así de un medio interno tumoral
extracelular, intersticial y microambiental
mucho más ácido y potencialmente tóxico".
La respuesta a esta "malévola pero muy
inteligente" estrategia de las células cancerosas
de acuerdo con el nuevo modelo pasa por provocar
la acidificación intracelular selectiva de
las células enfermas. Sólo la de estas. De
poco o nada serviría elevar la acidificación
general de todo nuestro organismo ya que nuestro
cuerpo sólo es capaz de soportarla durante
unas pocas horas y sólo se da en determinadas
enfermedades (cetoacidosis diabética, fallos
renales, intoxicaciones por cloruro amónico…).
Es cierto que incluso ha podido comprobarse
cómo se han dado ocasionalmente regresiones
espontáneas de cáncer diseminado en el caso
de intoxicaciones generales por acetoaldehido
pero es raro que el organismo sobreviva a
dichas acidificaciones de todo el sistema
orgánico. Si, como decimos, el pH normal de
la sangre está entre 7,35 y 7,45, un aumento
de la acidificación que a nivel global lo
situara en 7,1 no sería soportado por nuestro
organismo más allá de 48 horas. La lucha se
establece, por tanto, a nivel celular:
"A nivel de las células enfermas, teóricamente
al menos, se puede inducir un pH por debajo
de 6,8 e, incluso, hasta de 5 sin afectar
al resto del sistema orgánico. Lo podemos
conseguir con medicamentos que acidifiquen
la célula pero no el organismo"
VIEJOS
MEDICAMENTOS CON NUEVOS USOS
Es evidente que el modelo propuesto por Salvador
Harguindey y sus colaboradores cuestiona seriamente
los tratamientos actuales al considerar que
en su aplicación no se está teniendo en cuenta
la necesidad previa de aumentar el grado de
acidificación de las células cancerosas, lo
que está obligando -entre otras cosas- a la
aplicación de los quimioterápicos en dosis
muy superiores a lo que sería necesario si
se comenzará por tratar de disminuir el pH
celular por todos los medios posibles: "La
cantidad de adriamicina (fármaco quimioterápico)
que hay que administrar para devolver las
células cancerosas a su pH habitual alcalino
es casi 2.000 veces superior a la que sería
necesaria en pH ácidos. Mientras mantengamos
esta actitud de ignorancia autoimpuesta es
evidente que la quimioterapia no funcionará
en los tumores quimioresistentes. Persistir
en el actual camino trillado es, sencillamente,
inútil".
¿Y puede hacerse? ¿Puede rebajarse el pH celular?
Sí, es posible -aunque aún difícil- lograr
una acidificación "intracelular" específica
de las células cancerosas. Hay medicamentos
que lo consiguen aunque actualmente se estén
usando más en otro tipo de patologías que
en el tratamiento del cáncer. Con la ventaja
de que -al menos en estudios básicos- algunos
de esos fármacos pueden provocar hiperacidificación
sólo en las células cancerosas y no en el
resto. Algo que los convierte en instrumentos
de primer orden en la lucha contra el cáncer.
Así opinan también conocidos investigadores
en este área como el oncólogo Ian Tannock
o el director de investigación celular
francés Jacques Pouysségur.
"La evidencia básica, preclínica y clínica
existente hoy -agrega en este sentido
Salvador Harguindey- es más que suficiente
para aconsejar la programación de estudios
clínicos prospectivos en el tratamiento adyuvante
y neoadyudante de diversos tumores en seres
humanos con la idea de prevenir el proceso
metastático utilizando fármacos -solos o en
combinación- como, por ejemplo, amiloride
(fármaco bloqueador de la permeabilidad
del sodio y acidificante celular, aparte de
inhibidor específico del proceso metastático)
y sus derivados, así como la edelfosina
(molécula que induce muerte selectiva de células
cancerosas), el captopril (medicamento
habitualmente usado en hipertensión arterial
con el que se han obtenido remisiones completas
en sarcoma de Kaposi en seres humanos),
la squalamina (copia sintética de una
sustancia encontrada en el hígado del tiburón
que inhibe la bomba de intercambio sodio-hidrógeno),
etc. Su uso cubriría un amplio abanico
de objetivos ya que pueden ser potencialmente
utilizados como antimetastáticos, como citotóxicos,
en la apóptosis tumoral selectiva, como reguladores
negativos de la expresión de ciertos oncogenes,
inhibiendo la neovascularización neoplásica,
en la resistencia múltiple a drogas, como
adyuvantes en otras formas de quimioterapia
e, incluso, como medida preventiva. También
contribuye a la acidificación celular la quercitina,
un producto natural (flavonoide) que además
presenta acción antioxidante y eliminadora
de radicales libres".
Existe ya, de hecho, un caso clínico registrado
-y publicado- que muestra un descenso drástico
de los marcadores tumorales y curación aparente
de un cáncer con metástasis que no puede ser
asociado a ninguna medicación que no sea el
amiloride. Además, el cariporide -un medicamento
similar al amiloride- se utiliza para evitar
ciertas complicaciones del infarto de miocardio
al funcionar como estabilizador eléctrico
de la membrana celular despolarizada en las
células cancerosas. Y medicamentos de la misma
familia se utilizan ya en la retinopatía diabética
o para reducir el edema cerebral, etc. Otros
fármacos, como la suramina y la squalamina,
ya tienen demostrada su actividad antitumoral
en pacientes con sarcoma de Kaposi, linfoma
no-Hogdkin, carcinoma renal, carcinoma suprarrenal
y carcinoma de próstata refractario a la hormonoterapia.
En suma, el potencial conjunto de estos productos
y su mejor tolerancia hace que Harguindey
y sus colaboradores propongan su estudio clínico
inmediato y exhaustivo en la prevención de
las metástasis ya que "aparte de que la
acidificación selectiva mate a las células
cancerosas específicamente, retrasa el crecimiento
y la replicación tumorales y puede contribuir
a prevenir el proceso metastático". Además
su uso combinado permitiría interferir en
otros procesos como la angiogénesis tumoral
(creación de nuevos vasos sanguíneos) y otros
mecanismos de progresión tumoral pero, sobre
todo, serviría casi con toda seguridad para
reducir notablemente las dosis de quimioterápicos
que hoy se aplican con lo que su toxicidad,
sus efectos indeseables, serán mucho menores.
Todo ello sin necesidad de esperar largos
períodos de experimentación porque ya han
sido superados.
Estos investigadores recuerdan además que
ya a lo largo del pasado siglo XX se constató
en un gran número de casos la relación entre
una sostenida acidificación microambiental
y el fenómeno de la regresión espontánea de
diferentes tipos de cáncer, tanto en animales
como en seres humanos, existiendo innumerables
publicaciones científicas sobre este tema.
"HAGAMOS
UN GRAN ESTUDIO"
La vía, en suma, esta abierta. El modelo,
propuesto. De hecho, parte del mismo ha sido
recientemente publicado en conocidas revistas
como Critical Reviews in Oncogenesis, The
FASEB Journal, Medical Hypotheses, Oncología
y el British Journal of Cancer. Y Harguindey
tiene claro cuál debería ser el próximo paso:
"Hacer un estudio con un gran número de
pacientes para acabar de demostrar que con
esta estrategia se puede inhibir el proceso
metastático, al menos en cierto número de
casos, tanto en melanomas como en otros tumores
tales como cáncer de mama, colon, etc. Al
fin y al cabo es el proceso metastático el
que mata, no el tumor primario. Por eso los
enfermos deben ser tratados inmediatamente
después del tratamiento quirúrgico y no en
estadios avanzados".
Salvador Harguindey y sus colaboradores, en
suma, han elaborado a lo largo de las dos
últimas décadas, primero como médico oncólogo
e investigador durante diez años en Estados
Unidos y posteriormente en nuestro país, un
modelo que se abre a un nuevo paradigma de
interpretación de raíz (etiológico o radical)
al integrar diferentes subespecialidades y
niveles -desde la clínica al metabolismo intermediario
a la bioquímica y a la biología molecular
del cáncer. A esta perspectiva, que trata
de ser asimismo holística y unitaria, se ha
llegado tras integrar los conocimientos de
vanguardia de otras especialidades. Algo que
empieza a ser común. Este año, por ejemplo,
el premio Nobel de Química ha sido otorgado
a dos médicos mientras el de Medicina ha recaído
en un químico y un físico. A ese respecto,
Javier de Mendoza -catedrático de Química
Orgánica de la Universidad Autónoma de Madrid-
escribía hace poco: "Este cruce profesional
por el que deberían congratularse tanto médicos
como químicos o físicos ilustra el carácter
interdisciplinario de la ciencia moderna.
Las barreras entre campos científicos, en
un mundo cada vez más técnico y especializado
son a menudo, como las de las membranas, difíciles
de cruzar pero todos los grandes descubrimientos
recientes se han basado en selectivos canales
de ideas que han traspasado las barreras del
corporativismo, el aislamiento y la comunicación
entre disciplinas dispares. Los académicos
suecos, tal vez de forma inconsciente, así
lo han reconocido con los premios Nobel del
2003". Ya lo dijeron el descubridor de
la vitamina C y premio Nobel Albert Szent-Györgyi
así como el físico relativista Werner Heisenberg:
"Investigar es ver lo que todo el mundo ha
visto y pensar lo que nadie más ha pensado".
Claro que para la industria este nuevo modelo
presenta un inconveniente: si los fármacos
que pueden ser eficaces ya están en el mercado
sus ganancias en nuevas patentes y nuevos
medicamentos serán prácticamente nulas. Pero
esa es ya una vieja historia. A ella se refirió
precisamente el mundialmente conocido profesor
David Horrobin -creador de la revista
Medical Hypotheses y fundador de dos
compañías farmacéuticas- en un brillante y
esclarecedor artículo publicado de manera
póstuma en la prestigiosa revista The Lancet
tras su reciente fallecimiento por cáncer
linfático: "Una de las cosas más sorprendentes
que he aprendido es que para la mayoría de
los cánceres hay muchos tratamientos potenciales,
muchos de los cuales no son tóxicos. Y contrariamente
a la opinión médica ortodoxa, la mayoría de
esos tratamientos no son marginales ni irracionales.
Están basados en sólidos trabajos bioquímicos
'in vitro', en experiencia fiable en animales
y, en ocasiones, en unas pocas historias clínicas
bien documentadas. Eso sí, no han sido adecuadamente
probados en ensayos bien planificados y la
mayoría nunca lo serán. Sólo que la causa
no tiene nada que ver con su racionalidad
científica o la fuerza de la evidencia: los
ensayos no se harán, sencillamente, porque
no son patentables... o son difíciles de patentar.
Y sin la protección de una patente, en el
clima actual, esos remedios potencialmente
efectivos nunca serán probados ni utilizados."
Tal es el lamentable y éticamente malignizado
lex artis de la investigación oncológica
occidental actual; lo que también podríamos
llamar el "american way of death".
Antonio
Muro
Nota: las personas interesadas en
contactar con Salvador Harguindey pueden dirigirse
a sharguindey@jet.es
Quién
es el Dr. Salvador Harguindey
Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad
de Navarra y Doctor en Medicina por la Universidad
del País Vasco, Salvador Harguindey
es especialista en Oncología Médica por el
Instituto Roswell Park de Búfalo (Nueva
York) habiendo hecho también la especialidad
de Endocrinología en Edinburgo (Escocia) y
posteriormente en el Medical College de Georgia
EEUU). Autor de más de 140 publicaciones científicas
en las que ha desarrollado progresivamente
una línea propia de investigación sobre el
cáncer es miembro de la Sociedad Europea
de Oncología Médica y ex miembro de la
American Society of Clinical Oncology y
de la New York Academy of Sciences. Pertenece
también tanto a la Asociación Americana
de Psicología Transpersonal (ATP) como
a las dos entidades españolas que agrupan
a los especialistas de esta disciplina: SEPT
y ATRE.
Intelectual polifacético, ha publicado un
ensayo sobre política integral y transpersonal
-"Una nueva visión de la vida y de la política:
caminado hacia Edén"- además de varias
novelas: "Un niño sin recomendaciones o
la cuna de Don Quijote", "Las vidas de Daniel
y George" y "El día en que Dios fue al cine"
aparte de numerosos artículos en periódicos,
historias cortas y colaboraciones en diversos
libros, tanto de temática científica como
literaria.
Entre sus principales intereses se incluyen
el estudio de la conformación de los aspectos
intuitivos y numinosos de la creatividad científica,
la investigación de las vías finales comunes
en el desarrollo y tratamiento de las enfermedades
malignas y el papel de los saltos evolutivos
de conciencia en la resolución de conflictos
interétnicos y otros métodos de intercomunicación
no-violenta.
"Lo que necesitamos todos -afirma Sánchez
Harguindey- no es un arreglo con más y más
parches de la sociedad sino algo más radical:
la materialización de una nueva civilización,
una cultura desmonetizada, no a modo de sueño
utópico sino como un colocar la mayor parte
de los valores humanos fuera del alcance directo
del poder del dinero (...). La verdadera alternativa
consiste también en reconocer al otro el derecho
a existir, ese otro que el sistema tiende
a ignorar. Necesitamos de una gran interfecundacíón
cultural, aprender a escuchar empáticamente
a las demás culturas no dominantes invitándolas
a que se expresen estimulando el nacimiento
de un nuevo Ser que haya superado el orgullo,
el miedo, el desconocimiento mutuo, los privilegios
y los desprecios. Desde esta reciprocidad
se ha de desenmascarar sin miedo el neototalitarismo
latente en el sistema político actual de las
todas sociedades democráticas occidentales.
Necesitamos, unos y otros, un 'proceso de
emancipación espiritual del sistema'. Pero
hemos de aceptar que 'sin una nueva toma de
conciencia no se produce ningún cambio' ya
que 'el cambio de las estructuras es superficial
y no alcanza al corazón del problema'".
Para
más información:
Dr. Salvador Harguindey
E-mail: sharguindey@jet.es
t
Tel:
94
523 20 14