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| LAS
MULTINACIONALES FARMACÉUTICAS Y LA PERSECUCIÓN DE LOS DISIDENTES |
Por
una vez -y esperemos que sirva de precedente-
la Justicia ha protegido a David frente a
Goliat, el derecho a la opinión independiente
de Joan Ramon Laporte -director del Instituto
Catalán de Farmacología y miembro destacado
del Comité de Medicamentos de la OMS- frente
a los intentos de acallar sus críticas conclusiones
de la multinacional farmacéutica Merck
Sharp & Dohme (MSD). Laporte se atrevió
a calificar de "fraude científico"
los ensayos para la aprobación del Rofecoxib,
el antiinflamatorio estrella de la compañía.
La demanda interpuesta por la multinacional
ha sido desestimada por el Juzgado nº 37 de
Primera Instancia de Madrid imponiéndose el
pago de las costas judiciales a la multinacional.
Es
sin lugar a dudas una victoria importante.
No son muchas las voces capaces de ejercer
la crítica frente a las investigaciones que
llevan al mercado nuevos medicamentos. No
son muchos los investigadores que en un mundo
especialmente sensible y en el que una opinión
crítica puede traducirse en la pérdida de
cientos de millones de euros tienen el valor
de poner en tela de juicio los ensayos, el
producto y el sistema sanitario al completo
por permitir que ciertos medicamentos lleguen
al mercado. Joan Ramón Laporte es,
por fortuna para todos nosotros, uno de ellos.
Su nombre probablemente no habría saltado
a los diarios de información general si no
hubiera sido porque -en una acción sin precedentes-
la multinacional farmacéutica Merck Sharp
& Dohme (MSD) decidió demandarle al considerar
que, como recoge la sentencia, en el volumen
15 número cuatro de la publicación Butlletí
Groc -difundido tanto en ejemplares físicos
como a través de Internet- aparecía un artículo
en el que bajo el titular "Las supuestas
ventajas de Celecoxib y Rofecoxib: un fraude
científico" se vertían una serie de afirmaciones
que la multinacional consideró "falsedades,
acusaciones infundadas e interpretaciones
sesgadas". La multinacional pretendía
imponer con su demanda un escrito de rectificación
sin comentarios ni apostillas, lo que le ha
sido rechazado por la titular del Juzgado
de Instrucción nº 37 de Madrid , doña María
Victoria Salcedo Ruix, que reconoce en
la sentencia que dado que son válidas las
bases argumentales del investigador para realizar
sus críticas no ha lugar a ningún derecho
a la rectificación de los hechos notificados
como, por supuesto, tampoco lo hay de las
opiniones del investigador.
La resolución garantiza y protege el derecho
a la crítica de Joan Ramon Laporte y de la
Fundació Institut Catalá de Farmacología.
Evidentemente, la estrategia de la multinacional
no ha podido ser peor porque con su intento
de silenciar las críticas a su producto Rofecoxib
lo único que ha conseguido ha sido que,
por una vez, ciertos comportamientos de la
industria que normalmente se llevan de manera
discreta acaben quedando bajo los focos de
la actualidad suponiendo así la sentencia
un respaldo a las denuncias realizadas por
Joan Ramon Laporte sobre "cómo los intereses
comerciales que conducen a manipular los resultados
científicos y desatender la salud de los pacientes
minan la confianza de los pacientes...". Pero
además la sentencia contribuye a que nos fijemos
sobre ciertos aspectos oscuros que pueden
llegar a rodear la salida al mercado de algunos
medicamentos nuevos, tal y como recoge el
comunicado de la mencionada fundación posterior
a la sentencia: "Consideramos -se dice
en ella- que el diseño, ejecución y análisis
de la investigación realizada por las compañías
farmacéuticas no son suficientemente supervisados
por organismos independientes de ellas. La
falta de transparencia en estas cuestiones
introduce dudas sobre su credibilidad".
Añadiendo luego que "la sentencia refleja
el debate sobre la ética de las publicaciones
que describen la investigación médica".
De todo ello hemos dialogado con el profesor
Joan Ramon Laporte.
-¿En algún momento esperó que Merck
Sharp & Dohme tratara de rebatir sus críticas
llevándole ante los tribunales para conseguir
una rectificación de las mismas?
-Sinceramente, no. En la Fundació Institut
Catalá de Farmacología desarrollamos actividades
de docencia y de investigación además de las
de información sobre medicamentos y terapéutica.
Los casi 20 años de experiencia con el Butlletí
Groc me han enseñado que, además de una
"fuerza de ventas" descomunal, la industria
farmacéutica dispone de medios muy diversos
para presionar, convencer, modificar o matizar
opiniones y actitudes; o, simplemente silenciarlas.
Esos medios pueden consistir en no establecer
contratos de investigación ni otorgar alguna
de las muchísimas formas de "ayuda" de las
que disponen. Las personas y los grupos que
piensan por su cuenta no son gratos a la industria
farmacéutica, ni para opinar ni para investigar.
Cuando se publicó el artículo en el número
de julio-septiembre de Butlletí Groc, Merck
Sharp & Dohme nos envió un requerimiento
notarial para rectificar al cabo de unos días.
Luego, representantes de la empresa se entrevistaron
conmigo y con un compañero de la fundación
en nuestra propia sede. Unos días más tarde
estuve reunido un día entero con un representante
suyo en Madrid. Y al final de ambas reuniones
se nos aseguró que la demanda no sería presentada.
Pero no sólo se presentó sino que cuando el
juzgado rechazó la demanda recurrieron al
Tribunal Superior de la Comunidad de Madrid
para que fuera aceptada (y lo fue, como pudo
verse). Todo eso lo he sabido después porque
conocí que la demanda de rectificación había
sido efectivamente presentada cuando recibí
la citación para acudir a juicio.
Mi conclusión es que los representantes de
Merck Sharp & Dohme mienten cuando
dicen que han intentado negociar conmigo durante
un año. Es cierto que una vez yo había recibido
ya la citación para el juicio intentaron pactar
algo conmigo convocándome con urgencia en
pocas horas a una reunión, precisamente el
día antes de que yo interviniera en el congreso
de la Sociedad Española de Medicina Familiar
y Comunitaria que se celebraba en Barcelona
en diciembre. Me dijeron que "me traían"
-desde Madrid- "tres documentos muy simples"
para firmar. Me negué incluso a verlos y les
reiteré que no estaba dispuesto a hablar de
nada bajo amenaza o intimidación. Ellos se
presentan ahora como los dialogantes pero
no sólo no lo han sido sino que además han
usado el peor estilo posible: la mentira y
la deformación, unidas a las amenazas e intimidaciones.
Incluso tuvieron la vergüenza de hacerme llegar
el mensaje, a través de otras personas relevantes
de Farmaindustria, de que si yo colaboraba
con ellos me darían contratos de investigación.
Algunos periódicos han hablado de David contra
Goliat. Disiento porque creo que fue más bien
Goliat contra David.
-Recuerdo que en el Butlletí Groc ustedes
decían: "El ejemplo de Celecoxib y Rofecoxib
pone de manifiesto la situación de dominio
absoluto de las compañías farmacéuticas en
la evaluación de los medicamentos y destaca
la desproporción entre sus medios y los de
las fuentes independientes para difundir sus
mensajes." ¿Considera que la sorprendente
actitud de Merck Sharp & Dohme fue
un intento de amordazar a las fuentes independientes,
un indicio de soberbia de quien cree que todo
lo puede controlar o una manifestación de
nervios ante las posibles consecuencias económicas
que se pueden derivar de análisis independientes?
-Creo que hubo esos tres ingredientes. El
intento de amordazar es evidente. La soberbia
y la prepotencia ("Métele una demanda y
verás cómo rectifica" o "A ese tío
lo voy a poner yo en su sitio" son frases
que se dijeron entre ellos) explica que la
demanda fuera técnicamente deleznable. No
creían que llegarían a juicio. Pensaban que
yo cedería antes. Los nervios también pueden
haberles jugado una mala pasada. Merck
Sharp & Dohme va mal, sus acciones han
caído en el 2003 y las perspectivas de lanzar
nuevos productos en el periodo 2005-2006 son
magras. Todo ello debe poner muy nerviosas
a personas que gozan de unos ingresos muy
superiores a los de otras con cualificaciones
profesionales similares o mejores y que ven
cómo su compañía podría ser absorbida o fusionada
con la consiguiente pérdida del puesto de
trabajo. Ese nerviosismo ha conducido a la
situación actual en la que es probable que
la carrera profesional de los responsables
directos e indirectos de la demanda sea "reorientada".
-Más allá de las críticas sobre los métodos
utilizados para la puesta en el mercado del
Rofecoxib usted realizó en la publicación
una serie de denuncias sobre los comportamientos
en general de la industria farmacéutica y
la respuesta ante los mismos del sistema sanitario.
En el comunicado que han emitido ustedes después
de la sentencia afirman: "Consideramos
que el diseño, ejecución y análisis de la
investigación realizada por las compañías
farmacéuticas no son suficientemente supervisados
por organismos independientes de ellas. La
falta de transparencia en estas cuestiones
introduce dudas sobre su credibilidad."
¿Podría ampliarnos esta reflexión?
-Hay muchos aspectos que comentar sobre esta
cuestión. Quizás el más evidente es el sesgo
de publicación. En el Butlletí Groc
de julio-septiembre de 2003 lo hemos comentado.
Según datos del Hospital Clínic y del
Hospital Vall d'Hebron de Barcelona
-publicados en The Lancet- sólo una
proporción muy limitada de los ensayos clínicos
autorizados e iniciados en esos centros es
finalmente publicada. Y la no publicación
de los resultados de una investigación clínica
constituye a mi entender una grave falta ética.
A menudo los resultados de los ensayos clínicos
no son publicados porque no le convienen al
patrocinador con lo que la investigación finalmente
publicada refleja una visión sobre los medicamentos
mucho más optimista que la que refleja la
totalidad de toda la investigación realizada.
Hasta ahora, la evaluación ética y metodológica
de los ensayos clínicos que se realiza en
los Comités Éticos de Investigación Clínica
(CEIC) se ha centrado, en el mejor de los
casos, en aspectos estrictamente individuales
e inmediatos (¿Es lícito que el paciente corra
tal o cual riesgo?, ¿someterlo a tal o cual
molestia?, etc.). La legislación no prevé
que esos comités supervisen el análisis de
los resultados del ensayo, ni tampoco la garantía
de publicación de sus resultados. Actualmente,
con los ensayos clínicos, ni los comités éticos
ni la Agencia del Medicamento pueden hacer
nada por evitar el sesgo de publicación ni
por evitar análisis de resultados sesgados
-sea de manera deliberada o no- o no previstos
en el protocolo. No existe control sobre esos
procesos. Una investigación comienza con la
concepción de la idea, sigue con la formulación
de la hipótesis y el diseño del estudio, su
aprobación y realización, y, finalmente su
análisis, interpretación y publicación. Actualmente
la función de los comités éticos sólo cubre
parte de ese proceso.
Cuando se solicita el consentimiento a una
persona para participar en un ensayo clínico
se hace en el supuesto -explícito o implícito-
de que se trata de contribuir al avance del
conocimiento científico. Pues bien, lo que
no se publica no se convierte en conocimiento
científico. La industria cree que es propietaria
de los ensayos clínicos y de sus resultados
porque "el medicamento es suyo", porque
"financia el ensayo" o por otras razones
carentes de simetría en las relaciones sociales.
Pero es preciso recordar que el otorgamiento
del consentimiento informado implica un compromiso
de publicar, que los pacientes no son propiedad
de la industria (ni "comprándolos"), que el
ensayo se realiza gracias a una institución
asistencial en la que los pacientes son visitados,
que esta institución forma parte del sistema
de salud que luego pagará los medicamentos
y que éstos, más que un objeto más de consumo,
constituyen un derecho humano pues forman
parte del derecho a la atención sanitaria
y son, por tanto, patrimonio de la humanidad.
La situación actual de la investigación clínica
refleja el enorme poder que las compañías
farmacéuticas tienen en España y en el mundo,
tremendamente exagerado desde los años noventa.
Es muy triste que el poder de unos pocos se
consiga a base de mercantilizar un derecho
humano básico como la atención a la salud.
-¿La falta de transparencia es el efecto
de una estrategia planificada o el resultado
de un exceso de confianza de los organismos
reguladores que no han sabido prever la guerra
por las patentes que puede acabar conduciendo
al todo vale?
-Me cuesta creer en un "exceso de confianza".
Más bien diría que se trata de una complicidad
bastante explícita. La industria farmacéutica
global ha logrado, a través de la Conferencia
Internacional de Armonización (International
Conference on Harmonization, ICH), sentar
los criterios para el desarrollo y la evaluación
reguladora de los medicamentos. La ICH determina
los criterios de los estudios básicos, toxicológicos
animales y clínicos para el desarrollo de
nuevos fármacos. Fue fundada por la Federación
Internacional de Asociaciones de Fabricantes
de Medicamentos (IFPMA), es decir, la
industria farmacéutica global, quien ostenta
su secretariado. Forman parte de ella, además
de la IFPMA, los reguladores de los grandes
mercados mundiales: Estados Unidos, la Unión
Europea y Japón. A la Organización Mundial
de la Salud (OMS) sólo se la "permite" asistir
como observadora. Los demás países y las compañías
farmacéuticas medianas y pequeñas no tienen
más remedio que plegarse a esos criterios
y aplicarlos.
La cuestión de las patentes es diferente pero
complementaria. Desde la creación de la Organización
Mundial del Comercio en los años noventa las
patentes han jugado un importante papel en
limitar el acceso a los medicamentos esenciales
en los países pobres y, al mismo tiempo, un
crecimiento imparable del gasto farmacéutico
en los países ricos. Ambos escenarios son
insostenibles en muchos sentidos y son consecuencia
de lo mismo: de que se ha dado al medicamento
rango de mercancía desvinculada de cualquier
derecho humano. Esta situación es inhumana
y contribuye a ahondar las diferencias entre
ricos y pobres.
La OMS debería dejar bien claro que el acceso
a los medicamentos esenciales es un derecho
humano básico.
-¿En qué medida esa situación es un delito
contra la humanidad dada la situación sanitaria
en los países más pobres?
-No me extraña que el Vaticano haya hablado
de genocidio. Es más: ya era hora (aparte
del hecho de que el Vaticano quizás no sea
el más indicado para hablar de genocidio dada
su posición sobre la promoción del uso del
condón para prevenir el sida). Hace unos años
incluí una tabla titulada "Liberalismo
y genocidio: la industria farmacéutica en
el mundo" en un libro que escribí con
mi colega, la Dra. Dolors Capellà:
sólo un 1% de los medicamentos de reciente
comercialización sirven para enfermedades
tropicales. Y fueron desarrollados para tratar
a soldados y colonos de países colonizadores:
antipalúdicos en la Segunda Guerra Mundial
y en la Guerra de Vietnam. Ya lo dijo el director
de una conocida compañía: "Una compañía
con accionistas no puede organizar un laboratorio
sobre enfermedades del Tercer Mundo porque
quebraría". No obstante, la industria
farmacéutica, que dice necesitar el dinero
que obtiene de los altísimos precios de sus
medicamentos para invertir en investigación,
viene a gastar el doble en promoción comercial
que en investigación.
-Volvamos a los ensayos como base de la
aprobación de los nuevos medicamentos ¿En
qué medida han dejado de ser fiables los ensayos
farmacológicos como consecuencia de la contaminación
económica derivada de la falta de patentes
nuevas y de la necesidad de seguir obteniendo
macro-beneficios?
-Como se ha dicho en numerosas publicaciones
médicas y nosotros reprodujimos en el Butlletí
Groc, cuando los intereses en juego son
de tal magnitud -económica fundamentalmente-
las tentaciones están servidas. Las listas
de consumo de medicamentos en España en el
2003 indican que de los 10 fármacos en los
que el sistema sanitario español ha gastado
más dinero... 7 son nuevas moléculas protegidas
por patente. Sólo que esos "nuevos" fármacos
son, ante todo, innovaciones comerciales y
no pueden ser calificados casi en ningún caso
de avance terapéutico. Por ejemplo, en España
hay dos antipsicóticos entre esos siete fármacos.
Y si se examinan las cifras de consumo de
antipsicóticos parecería como que el número
de esquizofrénicos en España se ha multiplicado
por 20 o 30 en los últimos cuatro años. Naturalmente
eso no es así. Lo que ha ocurrido es que se
ha promovido fuertemente el uso de esos fármacos
para indicaciones no autorizadas sobre todo
en personas de edad avanzada con algún cuadro
que pudiera sugerir algo relacionado con la
demencia.
Es decir, a pesar de que la relación beneficio/riesgo
no es necesariamente más favorable que la
de otros fármacos mejor conocidos y con mayor
experiencia clínica... su precio es mucho
más elevado. Porque los precios se fijan en
función de la innovación comercial, no de
la innovación terapéutica. Y el precio es
el determinante más importante del éxito comercial
de un medicamento: al revés de lo que ocurre
en el "mercado perfecto" de Adam Smith,
cuanto más alto es el precio de un medicamento
mejor se vende.
Antes le hablaba de las razones éticas para
promover un mayor control de la investigación
que lleva a cabo la industria. Ahora le doy
razones comerciales: si el Sistema Nacional
de Salud va a pagar por los nuevos medicamentos
al menos debería poder participar en su evaluación.
La concepción de las agencias de control de
medicamento como organismos desvinculados
del conjunto del sistema nacional de salud,
como meros reguladores del mercado -y no del
uso de los medicamentos para la salud-, no
ayuda en nada. Para mí, el "nuevo" modelo
de agencias reguladoras de los años noventa
forma parte de la estrategia de control global
de la industria farmacéutica. A ésta le conviene
más la regulación del mercado que la búsqueda
de una utilización óptima de los medicamentos.
-Está diciéndome, implícitamente, que la
factura sanitaria española está inflada con
medicamentos de los que el sistema podría
prescindir y dedicar más recursos a otras
partidas.
-Sin duda.
-John Abraham, del Centro para la Investigación
en Salud y Medicina de la Universidad de Sussex
(Reino Unido), afirmó en The Lancet
que las agencias del medicamento ceden con
demasiada frecuencia a los intereses del sector
relajando sus exigencias sobre la seguridad
y eficacia de los fármacos y, en definitiva,
poniendo en peligro los intereses de los consumidores
a los que se supone defienden. Abraham denuncia
que "la industria farmacéutica no sólo
ha conseguido ganarse posiciones clave de
influencia sobre la legislación de medicamentos
sino que además ha convencido a los gobiernos,
a través de sus agencias reguladoras,de que
las organizaciones de consumidores, las asociaciones
de pacientes o la propia comunidad médica
y científica deberían tener pocos o ningún
derecho de acceso al proceso regulador". Las
Agencias del Medicamento son así señaladas
como responsables de la puesta en el mercado
de una gran cantidad de productos que poco
nuevo vienen a aportar a otros ya existentes
pero cuyas nuevas presentaciones quedan bajo
patente y son mucho más caras. ¿Hasta dónde
llega la responsabilidad de estos organismos
nacionales y supranacionales en la pérdida
de credibilidad de estudios e investigaciones?
-La responsabilidad de las agencias reguladoras
debería ser la defensa de la salud de los
consumidores. La historia de la farmacología
y la terapéutica modernas está llena de ejemplos
de daño a la salud producido por los medicamentos.
Hace dos años se publicó en JAMA un artículo
en el que se examinaban las retiradas de medicamentos
a causa de efectos adversos en Estados Unidos
en el período 1975-2000. Este artículo demostraba
muy claramente que ninguno de los medicamentos
retirados a causa de problemas "de seguridad"
(nótese la perversión del lenguaje: se ha
logrado hacer pasar como normal la palabra
"seguridad" cuando en realidad se habla de
su contrario "toxicidad") era una innovación
o avance terapéutico. Estos medicamentos habían
sido tomados por más de 20 millones de personas
y, como mínimo, se habían notificado 1.000
casos de muerte de origen yatrogénico.
-¿Se propician actitudes negligentes con
el trasvase de personal entre las administraciones
sanitarias y las grandes compañías?
-Sin duda se propician.
-Permítame que le lea esta frase, extraída
de un comunicado de la Federación de Asociaciones
de Defensa de la Sanidad Pública: "La prescripción
fundamentada en la ciencia no es la más predominante
en nuestro entorno y en muchas ocasiones la
prescripción sesgada e inducida se excusa
aduciendo la, para algunos, sacrosanta libertad
de prescripción que, en la práctica, no es
mas que un eufemismo y un juego de influencias
que dejan en la mayoría de los casos muy poco
margen de maniobra a la verdadera libertad
terapéutica y que con demasiada frecuencia
ampara corruptelas y prácticas deshonestas
y complicidades con la industria del medicamento
y las multinacionales farmacéuticas". ¿No
es una forma encubierta de acabar con la libertad
de prescripción?
-Cuando el Butlletí Groc todavía no
era oficialmente Butlletí Groc pero
ya era una publicación trimestral ligada al
sistema de farmacovigilancia publicamos un
artículo sobre el fin de la libertad clínica
que fue reproducido en The British Medical
Journal. En él se contaba que la libertad
clínica, de la que la libertad de prescripción
formaría parte, es un concepto básicamente
decimonónico, de una época en la que las posibilidades
técnicas del médico para diagnosticar o tratar
eran tan limitadas que cabía suponer un grado
mínimo de familiaridad con ellas. Pero a partir
del segundo tercio del siglo XX, cuando se
dispone de miles de medicamentos y otros agentes
con un enorme potencial para modificar funciones
fisiológicas, para producir efectos indeseados
potencialmente graves -entre ellos el colapso
económico del sistema de salud-, cuando se
ha archidemostrado que es imposible pretender
que el médico tenga los conocimientos suficientes
para usar adecuadamente tan elevado número
de productos no se puede pretender que el
médico sea ni tan solo "libre" para elegir
porque la libertad de elegir depende del conocimiento.
La información son datos organizados
pero el conocimiento es mucho más.
El conocimiento es la capacidad de usar adecuadamente
la información para los fines propuestos.
Crear conocimiento es fundamental. Estamos
en un mercado global en el que, de manera
creciente, las posiciones de dominio no dependen
tanto de disponer de materias primas como,
sobre todo, de conocimiento. Conocimiento
que da lugar a patentes. Como en cualquier
mercado, en este mercado global del conocimiento
y de la tecnología hay vendedores y compradores.
Las autoridades de salud nos dicen ahora que
debemos producir patentes para no quedarnos
atrás. Cierto. Pero también deberíamos ser
mejores compradores de tecnología. España
es el país de la Unión Europea con la más
rápida penetración en el mercado farmacéutico
de los nuevos medicamentos protegidos por
patente. En otras palabras, es el país en
el que el porcentaje de medicamentos comercializados
en los últimos tres años es mayor. Como he
dicho anteriormente, estos nuevos medicamentos
no son casi nunca mejores que los anteriores
de referencia y con mayor experiencia. En
definitiva, España es mal comprador de tecnología
farmacéutica en el mercado global. Nos engañan
con pedacitos de cristal de colores. Nos venden
humo a precio de oro. Y mientras todo eso
ocurre las organizaciones prestadoras de servicios
(Insalud, ICS, etc.) dejan totalmente la formación
continuada de sus profesionales en manos de
la industria de la tecnología. El sistema
de salud es una empresa de conocimientos y,
por tanto, en ella la formación continuada
debería ser una prioridad. Prioridad no asumida
históricamente en España y poco asumida en
Europa. La industria farmacéutica se ha dado
cuenta de ello hace mucho tiempo y no encuentra
ninguna oposición para rellenar el vacío que
de manera tan irresponsable deja el conjunto
del Sistema Nacional de Salud.
-Comparte usted entonces la opinión de
quienes, como David F. Horrobin, investigador,
fundador de dos compañías de biotecnología
y portavoz de una corriente crítica con los
ensayos médicos que murió de cáncer en abril
del 2003, denuncian la existencia de posibles
productos más económicos y menos tóxicos que
se quedan en la cuneta por su falta de interés
comercial en la investigación de productos
para el cáncer.
-Sí. Una vez que en materia de medicamentos
se pone el interés comercial por delante del
interés de la salud ello tiene consecuencias
no sólo sobre los patrones de consumo sino
también sobre la investigación. Un artículo
de Garattini y Bertele en el
The British Medical Journal en el 2002
señalaba que los nuevos quimioterápicos antineoplásicos
aprobados por la Agencia Europea para la Evaluación
de los Medicamento son sólo, en el mejor de
los casos, marginalmente mejores que los anteriormente
disponibles (de referencia)... pero cuestan
mucho más. A veces entre 300 y 400 veces más.
Además, la supuesta "eficacia" de esos fármacos
se basaba en variables "blandas", como tiempo
libre de enfermedad, variables biológicas,
etc., y nunca o casi nunca en mejorías significativas
(en mortalidad, supervivencia o en la tasa
de complicaciones o ingresos hospitalarios).
Cuando el mercado está por encima de los derechos
humanos se investiga sobre lo que puede producir
beneficios económicos, en detrimento de investigar
sobre lo que puede producir beneficios de
salud. Y las consecuencias pueden ser dobles:
que se investigue sobre medicamentos subóptimos
o incluso inferiores y sobre enfermedades
más o menos inventadas de los que pueden pagar,
y que no se investigue sobre lo que no es
susceptible de dar beneficios comerciales:
productos no patentables, medicamentos para
enfermedades de los pobres, etc. Quien no
puede pagar no constituye un mercado, cuando
no hay mercado no hay inversión y si no hay
inversión no hay generación de conocimiento.
El sistema falla estrepitosamente.
-Y usted, que conoce tan bien la materia,
¿cree que realmente resulta la investigación
tan cara como para justificar el precio de
los medicamentos?
-La investigación clínica no tiene que ser
necesariamente tan cara. La investigación
clínica para el desarrollo de nuevos fármacos
se ha convertido en un negocio del que no
sólo viven las compañías farmacéuticas sino
también mucha otra gente. Existen experiencias
de investigación independiente de alto nivel,
con costes por paciente de un orden 20-40
veces menos que en los ensayos promovidos
por la gran industria. El hecho de que las
compañías farmacéuticas paguen cifras astronómicas
por cada paciente incluido en un ensayo clínico
no se debe a la complejidad de la investigación
sino, sobre todo, a la competencia por los
pacientes. La situación actual ha conducido
a que en investigación clínica el paciente
seas la principal mercancía. Creo que es necesaria
la colaboración entre la industria, los gobiernos
y los sistemas de salud para desarrollar una
investigación que interese a los pacientes
y a los profesionales de salud que los atienden.
Al fin y al cabo, la industria actúa como
actúa porque hay un sistema que se lo permite
y, en algunos aspectos, la obliga a comportarse
así. Los gobiernos, los organismos públicos
tienen una grave responsabilidad sobre estas
cuestiones.
-Termino con otra cita de su boletín: "Los
intereses comerciales obvios que conducen
a manipular los resultados científicos y desatender
la salud de los pacientes mina la confianza
en el rigor y la calidad científica de los
datos publicados. Las graves transgresiones
éticas en el diseño, el análisis y la publicación
de estos resultados obligan a replantear las
medidas de vigilancia en el seguimiento y
la difusión de los resultados de la investigación
clínica"
¿Cuáles deberían ser a su juicio esas medidas?
-Las he citado en respuestas anteriores: no
se puede limitar el control de la investigación
clínica al examen del protocolo de ensayos
clínicos como actualmente sucede con los comités
éticos de investigación clínica. Hay que extender
la supervisión a la totalidad del proceso
de desarrollo del nuevo fármaco. Por otra
parte, hay que desincentivar la investigación
y desarrollo de fármacos e incentivar la innovación
terapéutica.
Más claro no se puede ser. En pocas ocasiones
un investigador es capaz de realizar un dibujo
tan revelador del mundo de intereses comerciales
que rodea la aprobación de nuevos medicamentos.
Por fortuna, en esta ocasión la Justicia decidió
proteger el derecho de los ciudadanos a conocer
la otra parte de la verdad, la que normalmente
queda oculta tras cientos de millones de euros
en campañas de marketing perfectamente dirigidas.
Antonio
F. Muro
El Rofecoxib
Antonio
F. Muro Recuadro 1 El Rofecoxib El Butlletí
Groc -boletín oficial de la Fundació
Institut Catalá de Farmacología -centro
de la Universidad Autónoma de Barcelona-
publicó en septiembre del 2002 un artículo titulado
"Las supuestas ventajas del Celecoxib y Rofecoxib:
fraude científico" del que, por su importancia,
transcribimos algunos de los párrafos que dieron
lugar posteriormente a la demanda desestimada
por la Justicia contra Joan Ramon Laporte
y la Fundació Institut Catalá de Farmacología:
Intereses
comerciales a expensas de los pacientes:
"El ejemplo de Celecoxib y Rofecoxib pone
de manifiesto la situación de dominio absoluto
de las compañías farmacéuticas en la evaluación
de los medicamentos y destaca la desproporción
entre sus medios y los de las fuentes independientes
para difundir sus mensajes. Por un lado, la
versión deliberadamente manipulada de los resultados
del CLASS fue publicada en una de las grandes
revistas médicas y tuvo amplia difusión (con
récord de distribución de separatas y del número
de citas). Por otro lado, la evaluación y la
financiación de estos fármacos se basaron en
la información falseada presentada en la Agencia
Europea del Medicamento (EMEA), contrariamente
a la disponible en la FDA, con un coste subsiguiente
de millones de euros. Esta maniobra, desde nuestro
punto de vista, responde a intereses comerciales
de los laboratorios para ganar tiempo y conseguir
una cuota de mercado. La publicación de los
resultados negativos para un fármaco que se
presenta como innovador no habría permitido
las ganancias económicas sustanciosas que se
han hecho con estos medicamentos. La manipulación
de los resultados científicos en detrimento
de desatender la salud de los pacientes mina
la confianza en el rigor y la calidad científica
de los estudios publicados".....
Conclusión
"La publicación de los nuevos datos de los
estudios de toxicidad de Celecoxib y Rofecoxib
(...) sugiere la necesidad de hacer estudios
independientes y bien diseñados a largo plazo
que evalúen la efectividad de estos fármacos.
Por un lado, los intereses comerciales obvios
que conducen a manipular los resultados científicos
y desatender la salud de los pacientes minan
la confianza en el rigor y la calidad de los
datos publicados. Las graves transgresiones
éticas en el diseño, el análisis y la publicación
de estos resultados obligan a replantear las
medidas de vigilancia en el seguimiento y la
difusión de los resultados de la investigación
clínica".
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