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CÁNCER: ¿QUÉ ES Y QUÉ LO CAUSA? (XX) AFRONTANDO EL CÁNCER CON
UREA |
El
Dr. Joaquín Amat espera en la cárcel a que
el Tribunal Constitucional revise su apelación.
El Tribunal Supremo ratificó hace unos meses
la sentencia de la Audiencia de Castellón
que le condenaba por estafa y delito contra
la salud pública. La realidad, sin embargo,
es que durante años desarrolló una teoría
bioquímica sobre el origen del cáncer y creó
un sencillo producto que ha contribuido a
mejorar -cuando no a curar- a muchos enfermos.
Nuestro más alto tribunal revisará su caso
pero, sea cual sea su decisión, ello no impide
que su propuesta esté científicamente fundamentada
-aunque el Supremo lo dude- y que muchos pacientes
afirmen que deben su mejoría a él después
de que la oncología oficial les desahuciara.
Sólo que nadie ha querido escuchar.
No
es una cuestión de ideologías. Es una cuestión
de poder que sobrepasa a los partidos políticos
y a los gobiernos. En el nuestro y en otros
muchos países. Lo que hay realmente detrás
son billones de euros en juego.
2003. La Administración del Partido Popular
pone en marcha una campaña de persecución
contra el Bio-Bac, contra los médicos
que lo recomiendan -a los que se amenaza con
la cárcel- y contra los mismos pacientes que,
en una acción sin precedentes, se han personado
como parte afectada en el proceso judicial.
Pero afectados... no por los médicos sino
por la Administración que les está impidiendo
el acceso a un producto -reconocidamente inocuo-
que reclaman como opción personal para tratar
distintos tipos de cáncer. Claro que esta
maniobra no es nueva...
1984. La Administración del Partido Socialista,
después de invitar al médico español Joaquín
Amat a iniciar los ensayos preceptivos
para obtener el reconocimiento de un producto
de su creación para tratar el cáncer -el Amatrisán-
aduce luego deficiencias administrativas e
invalida cualquier posibilidad de seguir adelante
en su desarrollo. Comienza entonces un calvario
personal y profesional para el doctor Amat
que, a pesar de todo, convencido de las posibilidades
terapéuticas del mismo en el tratamiento de
diversos tipos de cáncer, decide aplicarlo
a pacientes generalmente desahuciados por
los oncólogos. Hasta que acaba siendo llevado
ante la Audiencia Provincial de Castellón
acusado de estafa, intrusismo y delito contra
la salud pública y es condenado por los tres
delitos. Recurrida ante el Tribunal Supremo
la sentencia sería rectificada en lo que se
refiere al delito de intrusismo -el auto deja
claro que todo médico puede legalmente tratar
a cualquier enfermo sin necesidad de poseer
especialidad médica alguna- pero ratifica
los otros dos delitos. Y antes de conocer
siquiera oficialmente la resolución Amat es
inmediatamente detenido y conducido a prisión.
La sentencia -emitida en abril del 2003- le
condena a ¡once años de cárcel! y al pago
de decenas de millones de pesetas de indemnización
a quienes se presentaron ante los tribunales
asegurando haber sido engañados por el doctor.
Y, sin embargo, ni siquiera en este caso las
cosas son lo que parecen a primera vista...
Con el máximo respeto para quienes desde la
frustración por el fracaso terapéutico en
el caso de seres queridos solicitaron indemnización
o por la sensación de engaño que por ello
pudieron sentir debemos decir que resulta
especialmente significativo que muchos otros
pacientes renunciaran explícitamente en el
juicio a recibir cualquier tipo de indemnización,
convencidos de la utilidad del tratamiento.
Es más, aun hoy se siguen preguntando por
qué las sentencias no recogieron sus testimonios
validando el tratamiento y el comportamiento
de Amat a quien, en cambio, la sentencia retrata
como un estafador sin escrúpulos. Ambas sentencias
-tanto la de la Audiencia de Castellón como
la del Tribunal Supremo-, repletas de argumentos
jurídicos pero, sobre todo, de juicios de
valor sobre el presunto comportamiento del
doctor Amat, no dedican en cambio ni una
sola línea a quienes afirman haberse curado
de procesos cancerígenos con el tratamiento
de Amat, a quienes la mayoría llegó tras haber
sido desahuciados por la Oncología
oficial a pesar de haberse sometido, sin ningún
resultado, a los tratamientos convencionales:
cirugía, quimioterapia y radioterapia. Tratamientos
que tienen, según reconoce la propia sentencia
del Supremo resumiendo el sentir de los enfermos,
"efectos espantosos".
En suma, ¿estafó el doctor Amat a unos y curó
a otros? ¿Cómo es eso posible? ¿Fue Amat un
estafador, un loco... o simplemente alguien
acosado por ir contra la corriente oficial
del pensamiento oncológico?
DOS
DELITOS Y UNA SOLA RAZÓN
Más allá de toda la argumentación jurídica
parece razonable pensar que no hubiera existido
ni "estafa" ni "delito contra la salud pública"
si al producto se le hubiera reconocido su
base científica y sus posibles beneficios.
En el caso de la estafa la acusación no se
mantendría ni un solo minuto porque si el
producto es útil los honorarios del médico
o los costes del tratamiento no pueden ni
deben cuestionarse. Sin ir más lejos, hay
clínicas privadas en nuestro país que por
un tratamiento oncológico similar al que el
mismo paciente puede recibir en la Sanidad
pública -si bien mucho más "personalizado"-
se le llegan a cobrar en algunos casos más
de 180.000 euros (30 millones de pesetas).
A pesar de lo cual los pacientes suelen también
terminar muriendo. Y, sin embargo, nadie habla
de estafa en tales casos ni se persigue
a esos médicos. Claro que son tratamientos
"oficialmente" aceptados...
Llegados a este punto sorprende profundamente
que el Tribunal Supremo, para justificar la
estafa, afirme en la propia sentencia que
"él mismo (Amat) era plenamente consciente
de la ineficacia del tratamiento". Una
mentira evidente porque Amat jamás ha admitido
tal cosa. Es más, la sentencia ignora deliberadamente
los amplios y extensos trabajos científicos
que sobre su producto y tratamiento realizó,
publicó y envió a los principales centros
de investigación, hospitales, clínicas y asociaciones
profesionales médicas de medio mundo para
darlos a conocer. ¿Es ese el comportamiento
de un "estafador"? De hecho, el mismo psiquiatra
que examinó a Amat para evaluar su estado
mental -¿se le pretendía hacer pasar por loco?-
escribió que el acusado estaba "autoconvencido"
de los beneficios de su producto.
En cuanto al "delito contra la salud pública"
es obvio que tampoco se hubiera planteado
si se hubiera comprobado o admitido su eficacia.
Ni siquiera se hubiera ido a juicio si el
producto hubiera sido admitido como útil.
Pero es que ese delito no se argumentó ante
la posible toxicidad del producto porque la
misma es nula sino "por el hecho
de su absoluta inoperancia y porque, como
reconoce el acusado, su administración sustituía
al tratamiento médico convencional con lo
cual en una enfermedad de tan acusada gravedad
como el cáncer la confianza de los pacientes
en esa sustancia inocua (no tóxica) impedía
que acudiesen o conservasen otros tratamientos
más efectivos poniendo con ello en grave peligro
su salud y su vida".¿Tratamientos efectivos?
¿Dónde? ¿Cuáles? Sin ir más lejos, en el diario
"El País" del pasado 5 de febrero podía leerse:
"Pese a los esfuerzos científicos por mejorar
los tratamientos el cáncer continúa siendo
una de las enfermedades mortíferas más graves,
tanto en España como en el resto del mundo.
Sólo en nuestro país cada año se detectan
135.000 nuevos casos y 92.000 personas pierden
la vida (...) A nivel mundial, según datos
de la OMS, hay anualmente seis millones de
fallecimientos. Y si ahora se diagnostican
10 millones de casos en el 2020 serán 15 millones
dado que la incidencia no deja de aumentar".
En definitiva, los tratamientos denominados
"eficaces" por el Tribunal Supremo y los oncólogos
no resultan ni eficaces para evitar que sigan
aumentando los casos de cáncer, ni eficaces
para evitar las muertes. Por no hablar del
lamentable estado físico en el que malviven
la mayoría de quienes ven su vida "alargada"
más allá de cinco años con los tratamientos
oficiales. ¿Será esto lo que la Sala y sus
peritos entienden por efectividad? Quizás
se refirieran a algo menos teórico y más práctico:
Miguel Martín, jefe de la Unidad de
Cáncer de Mama en el Hospital Universitario
San Carlos de Madrid y director del Grupo
español de investigaciones del cáncer de mama,
afirmaba recientemente al diario "El Mundo":
"Los tumores mamarios han aumentado aunque
no sabemos a qué es debido (...) El 70% de
los tumores son pequeños y deben manejarse
de otra manera. Sin embargo, entre un 60 y
un 70% de los casos los cirujanos extirpan
la mama completa porque comparten la vieja
creencia de que a mayor cirugía más curación.
En los últimos 10 años una decena de estudios
ha demostrado que la cirugía conservadora
de la mama, junto con la radioterapia, obtiene
la misma supervivencia a largo plazo".
Y en el mismo reportaje Ricardo Cubedo,
médico adjunto del Servicio de Oncología del
Hospital Universitario Puerta de Hierro, apostilla
sobre las amputaciones radicales de mama:
"Creo que ciertas organizaciones deberían
tomarse el asunto muy en serio y presionar
fuertemente para que esta tendencia se invierta".
¿Será esta la eficacia a la que se referían
los peritos que declararon contra Amat y cuyos
argumentos fundamentaron en gran parte la
sentencia contra él? ¿A quién reclaman ahora
las mujeres que han sufrido una amputación
radical innecesaria porque su cirujano se
dejó llevar por "viejas creencias" cuando
su cáncer "debía de manejarse de otra manera".
Y puesto que lo afirman reconocidos investigadores,
¿no están resultando estafadas un 60 o 70
% de las mujeres con cáncer de mama?
En el juicio contra Joaquín Amat todo giró,
en definitiva, sobre las "bases científicas"
del Amatrisán ya que ni siquiera
las curaciones que los propios pacientes le
atribuyeron al producto fueron tenidas en
cuenta. El razonamiento que subyace en
el proceso podría formularse de la siguiente
manera: si el producto no tiene base científica
reconocida no puede curar y los que dicen
que están curados no saben lo que dicen. Se
explica así que se lleguen a considerar las
mejorías como producto únicamente de elementos
accesorios, tal y como la sentencia asevera
gratuitamente: "La mejoría experimentada
en principio por los pacientes derivaba de
la masiva administración de corticoides y
anabolizantes siendo igualmente de constatar
el denominado 'efecto placebo' indudablemente
promovido por factores psicológicos como frecuentar
el centro médico, a modo de clínica residencial,
la misma ubicación de dicho centro en el entorno
de un paraje tranquilo, limpio, junto al mar..."
La sentencia sigue luego relatando cómo
era el decorado de las consultas, la ascendencia
psicológica del médico y el subjetivismo del
paciente. En suma, según los jueces la muerte
de algunos de los pacientes del doctor Amat
demuestra la ineficacia de su producto -que
la inmensa mayoría le llegaran en fase terminal
y desahuciados no les importa- y, por extensión,
la estafa. Y los que a pesar de estar desahuciados
habían salido adelante era gracias al precioso
paisaje marino de la clínica de Amat, del
apoyo psicológico, del efecto placebo o de
cualquier cosa... menos del Amatrisán.
Si eso bastara para curar de cáncer a personas
desahuciadas por los oncólogos no se entiende
por qué se permiten los inútiles tratamientos
actuales de "efectos espantosos" y no se recomienda
a los enfermos que se vayan simplemente a
hoteles de cinco estrellas para curarse...
BASES
CIENTÍFICAS
¿Un estafador sin escrúpulos? Para aclarar
las dudas científicas sobre el producto y
la teoría que sustentaría la doble acusación
el Tribunal utilizó la opinión de la ciencia
oficial y de la Oncología convencional, esa
que desde la década de los 80 llevaba reclamando
el asilamiento de Amat. Ya el viernes 13 de
abril de 1984, cuando el Amatrisán
luchaba por conseguir los preceptivos permisos
oficiales, el diario "Pueblo" informaba:
"El Ministro de Sanidad Ernest Lluch
se reunió ayer con representantes de los Colegios
Oficiales de Médicos y Farmacéuticos de Alicante
y Valencia para recabar toda la información
existente en torno al Amatrisán, el fármaco
que según el doctor Joaquín Amat es capaz
de curar el cáncer; previamente el Ministerio
de Sanidad recabó también la opinión de un
grupo destacado de oncólogos y el miércoles
un representante de dicho Ministerio mantuvo
una prolongada reunión con el doctor Amat".
El domingo 15 el "Castellón Diario"
desvelaba: "El Ministerio de Sanidad y
Consumo ha desautorizado el medicamento tras
los informes recabados de varios estamentos
profesionales relacionados con el mundo sanitario
español". Los mismos informes que se repitieron
posteriormente ante el Tribunal.
La sentencia, apoyándose en las opiniones
de sus "peritos" -figuras del máximo "respeto
humano y científico"- niega las dos cosas
que sustentan la teoría de Amat: que la urea
pueda servir en el tratamiento del cáncer
y que un desequilibrio en el pH pueda tener
algo que ver con la aparición del cáncer.
De la urea dijeron los peritos que "carece
de indicación aprobada como antitumoral y
no forma parte de ningún protocolo activo
en ese sentido ya que no se le ha encontrado
actividad neoplásica alguna" por lo que "el
tratamiento del doctor Amat a base de urea
carece de toda base científica. Sería, en
definitiva, como un cubo de agua arrojado
al mar".
No mucha mejor opinión mereció la teoría bioquímica
de Amat: "Es una mezcla de datos bioquímicos
extraídos probablemente en gran parte de libros
de texto sobre la materia, efectuando digresiones
muchas veces innecesarias, seguidas de especulaciones
desafortunadas y obteniendo conclusiones a
menudo erróneas". Y en cuanto a la hipótesis
de Amat sobre la alteración del pH como inicio
de la actividad tumoral dijeron: "Es falso
que la alteración del pH del organismo sea
la enfermedad cancerosa y que esa alteración
-variando el equilibrio orgánico ideal entre
acidosis y alcalosis- proceda de dicha variación
o pérdida de equilibrio, y que si se controla
el pH se regulan y neutralizan los valores
ideales y se detenga el avance de la enfermedad".
En resumen, dice la sentencia: "Todos
los peritos han manifestado no estar de acuerdo
con la exposición de la teoría del acusado".
Todos -añadiremos nosotros- los que declararon.
Porque los tres peritos propuestos por la
defensa no fueron escuchados: dos procedentes
de Panamá que no se presentaron en el juicio
porque desde España no se cumplimentaron determinados
requisitos formales, algo que el actual equipo
defensor de Amat considera en su recurso ante
el Constitucional como "una clara vulneración
de las garantías del proceso" y un tercero,
el bioquímico español Antonio Paneque,
propuesto y admitido previamente por la Sala,
al que estando presente en la sala se le
negó la posibilidad de declarar sin que
ello tuviera consecuencias posteriores en
el proceso. Con tales mimbres confeccionó
la Sala el cesto definitivo. Según los jueces,
si lo de la urea y lo del pH era mentira...
la teoría y el producto también; y, por tanto,
hubo estafa y delito contra la salud pública.
Y con tal argumento condenaron a once años
de cárcel a Amat.
Si en el caso de la ley se dice que su ignorancia
no exime de su cumplimiento, en este caso
podría decirse que la ignorancia de los jueces
y sus expertos peritos no puede ocultar la
realidad ya que las evidencias están ahí.
LA
ALCALOSIS Y EL CÁNCER
Y es que puede compartirse o no la teoría
de la relación del pH, de la alcalosis orgánica,
con el cáncer; pero está ahí. Y es una línea
de investigación tan válida al menos como
muchas otras que están siendo desarrolladas
actualmente sobre el origen del cáncer, como
refleja entre otros el artículo del British
Journal of Cancer de septiembre del 2003
titulado La dinámica del ión de hidrógeno
y el intercambio sodio-hidrogeniones en la
angiogénesis y antiangiogénesis del cáncer".
Un artículo que comienza diciendo: "En
los últimos años se viene prestando una creciente
atención a la dinámica del ion de hidrógeno
en diferentes áreas del cáncer, tanto a nivel
de la investigación básica como clínica. Estos
esfuerzos están principalmente basados en
el crucial papel que tanto el transporte iónico
a través de la membrana celular y/o el pH
intracelular juegan en una multiplicidad de
aspectos de la biología de las células tumorales
de diversos orígenes. Es ampliamente reconocido
que una elevación del pH intracelular está
directamente relacionada tanto con la actividad
de una gran variedad de factores de crecimiento
como con la función de algunos de los oncogenes
más generalizados, con la síntesis de DNA,
la transformación y proliferación celular,
el proceso metastático y la resistencia múltiple
a fármacos antineoplásicos".
En suma, dicho artículo recoge los trabajos
de un grupo de investigadores de diversos
países -entre ellos de España- de los que
nos hacíamos eco hace unos meses en Discovery
DSALUD que ponen en relación directa el
cáncer y el aumento del pH intracelular. Un
desequilibrio que puede ser causado por circunstancias
medioambientales que afecten al organismo
a nivel celular (factores de crecimiento celular)
o inducido genéticamente.
Es decir, a lo largo de múltiples trabajos
efectuados durante los últimos años se ha
podido confirmar que las células cancerosas
de diferentes orígenes -desde leucemias a
tumores sólidos, animales y humanos por igual-
presentan sistemática y continuamente un pH
intracelular anormalmente elevado (alcalino).
Y que todas las personas con cáncer sufren
-siempre según indican esos estudios- una
"alcalosis celular maligna" en las células
tumorales, específicamente causada por una
continua e incontrolada extracción de iones
de hidrógeno del interior de la célula. Por
tanto, y de acuerdo con estos estudios, el
desequilibrio ácido-base podría ser la causa
inicial, específica y probablemente única
de la transformación de una célula sana en
una célula cancerosa. Además se ha constatado
que, una vez puesto en marcha el proceso canceroso,
para que se produzca la replicación celular
debe mantenerse un cierto pH intracelular
elevado que inhiba todo intento de inducir
la apóptosis selectiva -muerte- de las células
malignas.
Sirvan como referencia adicional algunos párrafos
extraídos de diversos artículos científicos
que profundizan en la misma línea:
-"Este conjunto de observaciones y evidencias
sugieren que la anomalía homeostática representada
por un elevado pH celular (alcalosis) es la
principal razón por la cual muchos genes -tanto
oncogenes como genes supresores anormales-
desempeñan funciones patológicas tanto en
el origen como en el crecimiento y la progresión
tumoral incontrolada".
-"Es altamente significativo que la misma
anormalidad homeostática que juega un papel
en la transformación y desarrollo tumoral
a nivel celular sea la misma que sistemáticamente
precede e incide en la carcinogénesis de las
diversas mucosas y áreas del organismo; es
decir, un pH epitelial (las células epiteliales
ayudan a proteger o circundar los órganos)
localmente elevado en los lugares de posterior
aparición de diversos procesos neoplásicos
y tumores malignos."
En suma, se puede estar científicamente de
acuerdo o no con lo anteriormente expuesto
pero desde luego no puede negarse su evidencia
por el tribunal. Hay abundante información
científica al alcance de quien quiera buscarla
que relaciona el pH y el cáncer, la alcalosis
y los tumores. Aunque los "peritos" que declararon
ante el Supremo lo ignoren o lo oculten.
LA
UREA
Cabe añadir también que la urea -por mucho
que algunos oncólogos españoles quieran ignorarlo-
ha sido utilizada en el tratamiento del cáncer.
Ya en 1954 el médico griego Evangelos Danopoulos
informó de que la orina tenía propiedades
anticancerígenas. Y años después identificó
la urea -producto final del metabolismo de
la proteína y sustancia principal excretada
en la orina- como agente anticancerígeno activo,
un producto muy barato que puede comprarse
al peso. En 1977, por su parte, investigadores
del Centro Médico de la Universidad de Illinois
(EEUU), tras investigar sobre la actividad
de la urea, indicaron que cuando se administra
en las condiciones adecuadas y en concentraciones
apropiadas trastoca la barrera celular e interfiere
con los procesos necesarios para el crecimiento
descontrolado de las células tumorales: "Nuestros
resultados -publicaron- son consecuentes
con las publicaciones de Danopoulos (1974)
considerando muy efectivos los efectos de
la urea en el tratamiento de cáncer de hígado
y piel".
Con el paso de los años Danopoulos demostró
la eficacia del tratamiento con urea en centenares
de casos de cáncer de piel, párpado, labios
y ojos inyectando una solución de urea alrededor
de los tumores y aplicando polvo de urea en
los tumores superficiales ulcerados. Sus
resultados llegaron a acreditar un 99% de
éxito. Oralmente la urea también ayuda
en el cáncer de hígado siempre y cuando éste
ocupe menos de un tercio del tamaño del hígado.
Y ayuda en los tumores pulmonares pequeños
así como tras la cirugía en casos de cáncer
de intestino (sólo en un 25% se desarrollaron
metástasis en los dos años siguientes a la
intervención). Es más, existen investigaciones
que demuestran que una solución de urea inyectada
en las muestras de los tumores provoca una
reducción inmediata de tamaño del tumor.
Debemos agregar que existen muchas más referencias
científicas que recogen las implicaciones
de la urea en distintos procesos bioquímicos
relacionados con el cáncer que también fueron
ignoradas durante el juicio a Amat. Estudios
del Departamento de Bioquímica de la Universidad
de Durhan (Carolina del Norte, EEUU) publicados
ya en 1961 ponían de manifiesto la capacidad
de la urea para inhibir la actividad enzimática:
"El análisis de inhibición de urea en una
serie de diversas enzimas indica que la urea
es, en general, un competitivo inhibidor de
enzimas, las cuáles actúan sobre los sustratos
orgánicos (...) Se han estudiado en este trabajo
21 enzimas diferentes entre las cuales se
encuentra la láctico-deshidrogenasa, enzima
fundamental de la glicosis anaerobia en los
tumores".
También el Departamento de Fisiología Celular
del Instituto Anticáncer Helénico de Atenas
publicó en 1983 una investigación sobre los
efectos citoquinéticos y citotóxicos de la
urea en cultivos de células Hela en suspensión:
"Los cultivos constantemente expuestos
a urea muestran un descenso del índice mitótico
indicando que la entrada de estas células
en mitosis es más baja".
Y el Servicio de Nefrología y laboratorio
de investigación clínica del Hospital Universitario
Hadassah de Jeusalén tiene publicado un estudio
con ratones en los que "se sugiere que
la urea puede ser un factor responsable de
la inhibición del crecimiento tumoral".
Mayor discrepancia existe en cambio sobre
la forma de aplicación de la urea en el tratamiento
de los distintos cánceres habiéndose realizado
con tratamientos tópicos, de carácter oral
y a través de inyecciones locales sobre el
tumor o zonas adyacentes. Amat, en su teoría,
va un paso más lejos sosteniendo que pueden
producirse efectos beneficiosos y multiorgánicos
a través de inyecciones en el deltoides o
glúteos. Pero controversias aparte -que son
lógicas en el mundo de la ciencia y la investigación-
lo que indudablemente demuestran todos los
estudios citados y muchos otros que no lo
han sido por falta de espacio es que sí ha
existido y existe una línea de trabajo de
investigación clínica con enfermos y básica
en laboratorios que relacionan directa o indirectamente
la urea, los procesos bioquímicos y las masas
tumorales.
TEORÍA...
Amat,
pues, no mentía ni fabulaba cuando vinculaba
su teoría a la urea y a la evolución del pH.
Y aunque es difícil resumir en pocas líneas
un pensamiento que ocupa un tratado de más
1.200 páginas y años de investigación trataré
de explicar brevemente lo que entiende Amat
que ocurre en nuestro organismo con la alcalosis,
la urea y los tumores.
En un planteamiento que le acerca mucho a
la Medicina Tradicional China o Medicina Energética
en cuanto que ésta contempla un desarrollo
orgánico dinámico en continua compensación
entre el yin (alcalino) y el yan (ácido) para
conseguir un equilibrio que es igual a salud
Amat entiende que a lo largo de las 24 horas
del día el pH del organismo pasa de una situación
de alcalosis a una de acidosis poniéndose
en marcha a cada momentos respuestas bioquímicas
que van provocando la inversión del proceso.
Para Amat el auténtico mecanismo regulador
de todo el proceso es el mecanismo renal de
la glutamina (aminoácido). Cuando en el ciclo
continuo el organismo llega a un estado de
acidosis, la glutamina en el riñón -por acción
de la enzima glutaminasa- se escinde en glutamato
y amoníaco (eliminado por la orina) iniciando
un proceso en el que tras capturar hidrogeniones
(iones de hidrógeno) y regenerar el ion bicarbonato
desciende la acidosis y se conduce todo el
medio progresivamente a la alcalosis aumentando
la producción de urea en uno de los muchos
procesos bioquímicos implicados.
Cuando el ciclo se invierte cesa la hidrólisis
(ruptura de enlaces químicos) de la glutamina
ya que la alcalosis es un inhibidor de la
acción de la enzima glutaminasa y, en consecuencia,
cesa el aporte de otra sustancia: el alfacetoglutarato
del ciclo de Krebs (mecanismo que en el interior
de la célula transforma los alimentos en energía
utilizable). Cuando desciende el nivel de
funcionamiento de este ciclo de Krebs uno
de los resultados es que comienza a producirse
ácido que ayuda a corregir la situación de
alcalosis para que ésta no alcance niveles
peligrosos para la supervivencia orgánica,
sobre todo para la célula mas sensible a la
misma que es, según Amat, la neurona cerebral.
Como la neurona, por naturaleza, no está capacitada
para producir ácido láctico capaz de neutralizar
el alcalí, las células llamadas facultativas
-sobre todo las musculares estriadas- que
pueden hacer el ciclo de Krebs y la glicolisis
(primera etapa del metabolismo de la glucosa)
son las encargadas de regular la situación
adversa y sacar del apuro metabólico a las
neuronas. Ahora bien, este ciclo natural puede
verse alterado por razones genéticas o medioambientales
que causan alteraciones en los mecanismos
celulares encargados de regular la alcalosis
y conducirla hacia la acidosis. El organismo,
ante esta alcalosis no crónica pero sí persistente,
no fallece, se adapta. Y precisamente en ese
intento de adaptarse provoca lo que conocemos
como cáncer. Amat considera que primero son
las células musculares estriadas las que intentan
controlar la situación pero cuando su capacidad
de neutralizar el álcali produciendo ácido
láctico queda sobrepasada nuevas células facultativas
comienzan a trabajar a nivel genético con
el fin de crear más células y más ácido con
lo que se inicia la formación de un tumor
maligno. El tumor no sería, en tal caso, más
que una reacción de defensa ante una situación
de emergencia que podría conducir a la muerte.
El tumor, a través de la producción de ácido
láctico de las nuevas células, trata de conducir
de nuevo el medio interno a la acidosis. En
ese proceso se pone en marcha de nuevo la
hidrólisis de la glutamina y comienza la formación
de glucosa almacenándose en forma de glucógeno.
Pero como las necesidades de glucosa del tumor
son enormes comienza a devorar el glucógeno
para lo cual estimula su escisión produciendo
ácido láctico que termina transformándose
en lactato sódico y regenerando el bicarbonato
reiniciándose así el camino a la formación
de alcalosis y contribuyendo también a la
formación de glucosa. Ahora bien, como las
células encargadas de invertir el proceso
de alcalosis tienen un funcionamiento metabólico
erróneo, un circuito infernal comienza a funcionar:
más tumor produciendo cada vez mayor acidosis,
la cual conducirá a una mayor alcalosis y
a mayor formación de glucosa para alimento
del tumor que crecerá indefinidamente. Si
el problema que produce la desestabilización
metabólica continúa, tal como normalmente
ocurre, el tumor se verá obligado a crecer,
se hará más grande, ocupará más espacio y
entrará en metástasis continuando su proceso
hasta que el sujeto fallece.
El excesivo gasto de la glutamina hace que
la misma descienda y, al gastarse en exceso,
se forme mucho glutamato el cual se escinde
en alfacetoglutarato y amoniaco, yendo éste
último al ciclo de la urea, aumentando su
producción y, por tanto, la cantidad de la
misma en sangre. Existen diversos estudios
metabólicos que, de forma paralela a los realizados
por Amat, han asociado la combinación de niveles
anormalmente bajos de glutamina y de cisteina
en el plasma, una baja actividad de la célula
asesina natural (nk), la consumición del músculo
esquelético o fatiga muscular y los altos
niveles de producción de urea.
Pues bien, la conclusión de Amat es que se
puede interrumpir ese círculo vicioso que
conduce inexorablemente al crecimiento tumoral
aportando urea concentrada ya que el organismo
iniciaría un mecanismo de respuesta inversa.
Se frenaría así la formación de urea en el
hígado a partir del amoníaco por lo que no
sería necesario que el glutamato se hidrolizase
para formar amoníaco, ni que se hidrolizase
la glutamina para formar glutamato. De esta
manera, según el doctor Amat, en un sistema
en el que todo influye en todo ciertas rutas
bioquímicas se verían afectadas hasta conseguir
que no se formasen excesivas cantidades de
glucosa y que no se hidrolizase glutamina
en el riñón, con lo que se regularía la alcalosis
subclínica que estimula el crecimiento tumoral.
Se recuperaría así el nivel de glutamina en
sangre descendiendo el nivel de urea en la
misma y el nivel de glutamato con lo que la
inmunidad comenzaría a funcionar de manera
normal. Al regularse el metabolismo ascendiendo
los depósitos de glutamina, descendiendo la
urea y el glutamato, el tumor ya no cumple
ninguna función y es eliminado tras ser reconocido
por el sistema inmune que lo destruye fagocitándolo.
Es más, la propia naturaleza de este proceso
hace que la urea sea válida -en opinión de
Amat- para el tratamiento de otras enfermedades
ya que muchas participan de la excesiva producción
de ácido láctico: las cancerosas, las inflamatorias,
las infecciosas e, incluso, el excesivo trabajo
del atleta porque todas conducen a una caída
más o menos grande de la capacidad del sistema
inmunológico. Es decir, parte de la base de
que cualquiera que sea el origen de la enfermedad
el organismo necesita grandes cantidades de
glucosa para realizar su trabajo, paradójicamente
defensivo. Y normalmente esos mecanismos producen
un exceso de ácido láctico, el cual fuerza
la ruta bioquímica necesaria para producir
glucosa lo que hace descender las reservas
de glutamina y aumentar el glutamato y la
urea en sangre. Por eso, según Amat, múltiples
enfermedades son aliviadas o curadas con solo
regular la producción de urea ya que ello
provoca la regulación de todo el cuadro metabólico
además de conseguir normalizar el funcionamiento
del sistema inmunitario.
Esta es, trabajosamente resumida, la teoría
de Amat que algunos bioquímicos tachan de
absurda y producto de "elucubraciones sin
sentido". Y lo más grave de todo esto es que
Amat no puede tratar de defender sus ideas...
porque lo han metido en la cárcel.
...Y PRÁCTICA
Nosotros entendemos en la revista que, más
allá de la exactitud de la teoría y puesto
que existen argumentos científicos -como hemos
visto- que relacionan el pH y la urea, parece
lógico pensar que el Tribunal Supremo hubiera
debido examinar el desarrollo clínico de los
casos presentados como curaciones por Amat.
Porque hubiera podido ocurrir -no sería la
primera vez en la historia de la Ciencia-
que incluso no siendo exacta la formulación
teórica sobre cómo la urea cambia lo que cambia
en cada uno de los muchos eslabones bioquímicos
de una larga cadena de ciclos interactivos
el resultado final fuese que realmente funcionase
-aunque fuera por otras vías- y detuviera
el crecimiento tumoral. De hecho, los casos
están ahí y los testimonios de sus protagonistas
también. Muchas personas que fueron desahuciadas
por los oncólogos son "la prueba viva" -como
afirman ellos mismos- de la validez del Amatrisán.
Fue, por ejemplo, el caso de Celsa Vázquez.
El 15 de mayo de 1985 esta mujer fue intervenida
quirúrgicamente extirpándosele un bulto de
su pecho y los ganglios de la axila afectados.
La anatomía patológica reveló que se trataba
de un carcinoma ductal infiltrante.
Como tratamiento complementario se la sometió
a seis ciclos de quimioterapia y, seguidamente,
a veintisiete sesiones de radioterapia, una
experiencia que Celsa recordaba para Discovery
DSALUD: "Pasé todo un año de durísimo
sufrimiento, por la agresividad de los tratamientos,
con la esperanza de que todo quedara ahí pues
mis médicos me dijeron que todo iba bien.
Además creía en Dios y en la Medicina. Hacia
finales de octubre de 1986, en un control
radiográfico y analítico, me detectaron recidiva
de la enfermedad y fui sometida en noviembre
a una mastectomía radical de la mama derecha
cuya biopsia reveló la falta de eficacia del
tratamiento a que había sido sometida ya que
nuevas tumoraciones invasivas estaban en marcha.
Mi moral y la confianza en la medicina se
caería por los suelos. A mi esposo, en privado,
los médicos le informaron de que la situación
se había agravado debido al grado de malignidad
de la enfermedad y la falta de respuesta al
tratamiento. Recuperada de mi postoperatorio
y mediante cita previa volví a consulta médica.
Mis médicos volvieron a proponerme repetir
el tratamiento de quimio y radioterapia. Asustada
y sin moral para continuar me negué a someterme
a dicho tratamiento. Y le pregunté a una de
mis doctoras para qué iba a servirme la quimioterapia
si antes no me había servido. Su contestación
me abrió los ojos en cuanto a las sombras,
dudas y verdades que se dicen sobre la quimioterapia
y el cáncer. Me dijo: 'Mire, es como matar
pulgas a cañonazos pero es lo único que tenemos'".
Pues bien, como en tantos otros casos, con
la esperanza tocando fondo y la cuenta atrás
en marcha al marido de Celsa le hablaron de
Joaquín Amat y de un tratamiento de su creación
contra el cáncer. El relato de Celsa en este
punto se llena de agradecimiento: "Mi esposo
y yo no dudamos en acudir a su consulta. lo
que hicimos el 18 de marzo de 1987. Mi primera
consulta clínica con él recuerdo que fue en
Benicarló. Su enfoque me inspiró confianza
y serenidad. Acepté y mes a mes fui mejorando
con su tratamiento a base de urea conocido
por Amatrisán. Para mi felicidad y la de mi
familia volvió de nuevo a encenderse la luz
de la esperanza. Hoy, casi 17 años después
de mi primera consulta con el Dr. Amat, disfruto
cuando menos de buena calidad de vida. Mis
análisis clínicos y de más pruebas radiológicas
realizados en centros médicos dependientes
del Sergas en Galicia dan resultados negativos,
lo cual me confirma con certeza que el Dr.
Amat ha sabido ayudarme en el plano integral
de mi enfermedad. Doy gracias a Dios por haberle
conocido y confiar en él".
Añadiremos que Celsa quiso aprovechar la ocasión
de nuestra comunicación para tratar de hacer
llegar un mensaje "a quien corresponda": "Soy
consciente de que el Dr. Amat no está en posesión
de la verdad absoluta. Pero tampoco existe
la verdad absoluta respecto a los tratamientos
convencionales para el cáncer. Prueba de ello
es la elevada tasa de mortalidad. Y no hablemos
ya de los efectos secundarios".
También María Aranzazu Uriarte quiso
mostrar a través de estas páginas "su adhesión,
agradecimiento y reconocimiento profesional
al Dr. Joaquín Amat por su lucha para combatir
el cáncer y su dedicación plena a los enfermos.
Me planteó claramente la gravedad de mi enfermedad
y siempre ha supuesto para mí, como paciente,
ese pilar donde apoyarme para superar mi enfermedad".
En 1984, con 30 años de edad, a María le fue
diagnosticado un "adenocarcinoma de estómago
en estadio C de Duke y adenocarcinoma metastásico
de ganglios linfáticos". El 8 de mayo
de ese mismo año fue intervenida quirúrgicamente
para su extracción con resultado de una gastroctomía
total. En el mismo hospital se le recomendó
tratamiento oncológico con quimioterapia.
"Tras informarme de los resultados, como ninguno
me daba garantías de curación la prioridad
para la elección era 'mi calidad de vida'
así que decidí comenzar el tratamiento con
el medicamento del doctor Amat el día 18 de
junio. A partir de ese momento fui mejorando
paulatinamente consiguiendo unos resultados
tan positivos que me dieron el alta en octubre
del mismo año, fecha en la que reanudé mi
actividad laboral. En la actualidad mi vida
y mis funciones fisiológicas son normales,
con los cuidados expresos de haber sufrido
una gastroctomía total. Y los controles rutinarios
de cada año, hechos por el cirujano que realizó
la intervención quirúrgica, están dentro de
la normalidad.". María Aranzazu tiene
muy claro quién la curó y la dura experiencia
por la que atravesó le ha servido a para llegar
a sus propias conclusiones: "Dado que la
posición oficial es contraria a este tratamiento
-nos diría- quiero también que se conozca
la opinión de los que llevamos viviendo unos
cuantos años de regalo gracias a su medicamento.
Cuando una persona se encuentra frente a la
muerte y sin remedio aparente tiene el derecho
de buscar una solución. Y muchos tuvimos la
suerte de encontrarla. Las personas que no
creen en el tratamiento del doctor D. Joaquín
Amat son libres para no recibirlo pero quienes
crean que pueden tener la más mínima posibilidad
de vencer a la enfermedad, y más cuando la
medicina convencional no da ninguna seguridad
de curación, deben ser libres también para
recibir el tratamiento que deseen".
Una reclamación tan sencilla.... como imposible
actualmente. Porque hoy no se respeta el derecho
que cualquier enfermo tiene a ser tratado
como un adulto responsable capaz de elegir
el tratamiento que desee. En el caso que nos
ocupa, por ejemplo, podríamos llenar varias
revistas sólo con los testimonios de quienes
no se sintieron estafados y sí aliviados o
curados por Amat. Pero no haríamos sino reiterar
con distintos nombres y padecimientos historias
similares a las de Celsa y María. De hecho,
si tales testimonios se hubieran tenido en
cuenta por los jueces que han dictaminado
sobre este caso y además hubieran tenido conocimiento
de las argumentaciones científicas aquí expuestas
el veredicto final habría sido otro y probablemente
Amat no estaría en la cárcel porque sólo habría
cometido, en el peor de los casos, un simple
delito administrativo al no tener registrado
el producto (y encima no por falta de voluntad
suya) .
Los jueces han perdido la oportunidad de aprovechar
el caso de Amat para abrir un debate científico
sobre el Amatrisán... y sobre los tratamientos
oncológicos oficiales. Porque la experiencia
demuestra que todo descubrimiento novedoso
que rompe los esquemas establecidos provoca
siempre una reacción virulenta en contra.
Le ha ocurrido a Amat. Y a Fernando Chacón
con el Bio-Bac. Y al doctor Ryke
Geerd Hamer. Ya muchos otros. Le ocurrió
incluso a Alexander Fleming cuando
en febrero de 1929 comunicó por primera vez
sus resultados sobre los efectos y posibilidades
de la penicilina en el Medical Research Club
de Londres ante un nutrido auditorio de colegas
que acogieron su descubrimiento con absoluta
frialdad e indiferencia. En 1945 -dieciséis
años más tarde y después de millones de muertos
que pudieron haber salvado sus vidas si se
le hubiese escuchado- Fleming sería recompensado
con el Premio Nobel.
El doctor Joaquín Amat espera ahora en la
cárcel a que decida sobre su caso el Tribunal
Constitucional. Pero nosotros tenemos claro
que, independientemente de si su teoría sobre
el origen del cáncer se revela en el futuro
más o menos exacta y su tratamiento con urea
demuestra una mayor o menor eficacia, mientras
haya enfermos que se declaren curados por
él, intentar hacerle pasar por un charlatán
y estafador en lugar de un investigador, científico
y médico preocupado por hallar una solución
a la enfermedad del cáncer sí que es una auténtica
estafa a la sociedad y un delito contra la
salud pública de todos los enfermos de cáncer
actuales y futuros.
Antonio
F. Muro
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