Se sabe que la contaminación del aire influye
negativamente en nuestra salud pero lo que muchos médicos y responsables
sanitarios parecen ignorar -quizás por falta de diálogo con profesionales
de la meteorología y el medio ambiente- es que también la "carga
iónica" del aire influye en ella de forma determinante. Y es que
los iones -pequeñas partículas cargadas eléctricamente ligadas
a los átomos- están presentes en el aire y, por tanto, en todos
los ambientes en los que transcurre nuestra vida. Y cuando el
equilibrio entre protones y electrones se rompe y el aire se carga
excesivamente de iones positivos -algo que ocurre, por ejemplo,
cuando se avecina una tormenta- adquiere efectos perturbadores
para la salud y el estado anímico de las personas. De hecho, un
exceso de iones positivos en el aire que respiramos puede producir
diversos trastornos: dolor de cabeza, depresión, irritabilidad,
dificultad de concentración, asma, alergias, malestar general,
crisis de pánico o ¡somnolencia! además de favorecer la existencia
de microorganismos patógenos en el aire. Por el contrario, la
presencia en el aire de una mayor carga de iones negativos -lo
que sucede cuando ha pasado una tormenta- favorece el bienestar
y el funcionamiento de todos los sistemas biológicos y, por tanto,
de la salud. Y es que los iones negativos limpian el ambiente
impidiendo la proliferación de las bacterias y virus que hay en
las micropartículas en suspensión del aire precipitándolas al
suelo junto a éste. Pues bien, debe saberse que el entorno eléctrico
en el que vivimos actualmente -en casa, en las oficinas, en los
bares, cafeterías, restaurantes, centros comerciales, lugares
de ocio y hospitales- ioniza el aire aumentando el nivel de iones
con carga positiva (lo que es negativo). Por lo que en todos esos
lugares aumenta la posibilidad de contagios infecciosos.
Obviamente la influencia de la ionización -positiva o negativa-
no es nada nuevo. Hay referencias a ello ¡desde 1778! y la documentación
científica actual es muy abundante y procedente de instituciones
como la
NASA, la
U. S. A ir Force, el
Atomic
Energie Commande o la
United States Public Health Service,
entre otras. Es más, en muchos países -entre ellos Alemania,
Italia, Rusia, Bélgica, Polonia, Rumania, Dinamarca, Israel, etc.-
se han creado ya institutos especializados. Y es que parece claro
que la Bioclimatología puede mejorar nuestra calidad de vida por
lo que no se entiende que sus conocimientos no sean tenidos en
cuenta por los médicos.
Pues bien, contribuir en la medida de sus fuerzas a que la Medicina
acepte la importancia de la Bioclimatología e intentar influir
en la Administración para que adopte las medidas oportunas en
este ámbito es la batalla personal que ha iniciado una enfermera,
Mª Antonia González Maraña. Un día se dio cuenta de que
los problemas de sueño que sufría al volante se debían a la ionización
positiva del aire del interior del vehículo causada por el aparato
de aire acondicionado y calefacción. Los iones positivos, en esas
circunstancias, pueden llegar a provocar en el conductor una pérdida
de consciencia momentánea que le lleven a perder el control del
vehículo y, por tanto, a sufrir un accidente inesperado y -hasta
ahora- inexplicable. El fruto de su experiencia personal sería
un pequeño libro -recién publicado- con el título
Por qué
me 'dormía' en el coche. Lo que no se cuenta del sueño de los
conductores en el que lo explica. Contenido que, convencida
de su importancia, haría llegar a todas las instancias imaginables
solicitando estudios del problema de la ionización positiva en
los habitáculos de los coches como causa puntual de desconcentración
y sueño. ¿La respuesta? El silencio.
No le fue mejor después de darse cuenta de que los pacientes que
estaban a su cargo en el hospital mejoraban a veces de forma llamativa...
cuando el aparato de aire acondicionado dejaba de funcionar. Por
lo que puso esa conclusión en conocimiento de los gestores del
hospital a fin de que se estudiase a fondo esa posibilidad y se
actuara en consecuencia. De nuevo silencio. Y, sin embargo, como
sostiene María Antonia González Maraña, tanto un "coche enfermo"
como un "edificio enfermo" pueden llevar a una muerte inesperada.
Algo que ella, miembro de
Stop Accidentes, no está dispuesta
a consentir sin hacer nada.
COCHES "ENFERMOS"
Nadie duda de que los accidentes de tráfico constituyen hoy día
uno de los principales problemas en todo el mundo. Cada año se
cobran la vida de un millón doscientas mil personas además de
dejar a muchas más discapacitadas afectando con ello a millones
de familias y comunidades. Sin olvidar su coste económico. Sólo
en la Unión Europea la siniestralidad cuesta 160.000 millones
de euros, es decir, el 2% del producto interior bruto de la Unión
Europea. En España la Dirección General de Tráfico contabilizó
durante el 2003 un total de 3.446 accidentes mortales en carretera
en los que fallecieron 4.032 personas.
Hace sólo unos meses la Universidad de Cantabria acogió -por octavo
verano consecutivo- el curso
Medicina de Tráfico. Pues
bien,
Juan Carlos González-Luque -asesor médico de la Dirección
General de Tráfico- afirmó en él que los accidentes relacionados
con la somnolencia suponen en realidad el 42% de los siniestros
-el 36% de los mortales- a pesar de que sólo se les atribuye directamente
un 2,5%.
Una afirmación que corroboraría en el mismo curso
Inés Picornell,
especialista en trastornos del sueño del Hospital General de Móstoles,
asegurando:
"Mucha gente tiene accidentes porque se duerme.
La verdad es que es un problema de salud pública y hay que concienciarse
de él".
En distintos foros como ese Mª Antonia ha explicado una y otra
vez a los asistentes, sin que nadie le haya rebatido, la importancia
del ambiente interior del coche en el estado del conductor.
"Hace
unos años me compré un modesto coche nuevo -así empieza Mª
Antonia su libro
- y al poco tiempo comencé a sentir varias
molestias que en un principio consistían en cierta obnubilación,
dificultad de concentración, somnolencia y un tremendo cansancio.
Esas molestias fueron aumentando progresivamente hasta llegar
a sentir insensibilidad en las falanges distales de manos y pies,
molestias oculares, dificultad para el descanso nocturno, dolor
generalizado e, incluso, apnea durante la conducción". Comenzaba
con ello para Mª Antonia una doble búsqueda: en el taller para
ver si era cosa del coche y en su hospital -donde podía realizarse
fácilmente todo tipo de analíticas- para comprobar si se trataba
de su estado de salud. Finalmente se descartaron ambas posibilidades:
ni el coche, ni ella.
Sería entonces cuando comenzó a interesarse a fondo por el problema
de la ionización positiva. Y un día de invierno encontró la confirmación
de su importancia
. "Al encender en una no muy pequeña estancia
-contaría-
un calefactor de aire observé que me sucedía
lo mismo que con el aire acondicionado y con el coche. Fue entonces
cuando me di cuenta de que como allí no existía ninguna instalación
que pudiera estar contaminada -como en el caso del coche o
del hospital-
ya que el aparato se reducía a un motor y un
ventilador el problema tenía que ser de carácter eléctrico".
Hoy sabemos que los habitáculos de los automóviles son uno de
los espacios cerrados donde menos cantidad de iones negativos
-es decir, sanos- se acumulan. Y que esa situación es altamente
preocupante queda de manifiesto en la clasificación del científico
francés
R. Tocquet sobre el contenido de iones negativos
por centímetro cúbico de aire en distintos ambientes. Valgan éstos
como ejemplo:

Después de una tormenta: alrededor de 2.000.
En la montaña: alrededor de 1.500.
En el campo: alrededor de 750.
En una ciudad pequeña: alrededor de 250.
En una ciudad contaminada: alrededor de 50.
En un automóvil: alrededor de 10.
¿No le sorprende al lector el bajo nivel de iones negativos del
interior de un automóvil? Pues ello se debe a varias causas entre
las que destacan dos: el aire acondicionado de los vehículos -tanto
el frío como el caliente- y el revestimiento plástico del interior
del automóvil -en especial el de los asientos contra los cuales
frotamos de forma permanente nuestro cuerpo durante la marcha
del vehículo-. Otro factor son las pequeñas fugas de gases que
le dan al vehículo un olor característico -y que también son destructoras
de los iones negativos- y, por supuesto, la polución del humo
de los cigarrillos.
En cuanto a por qué María Antonia se dio cuenta de algo que a
otros nos ha pasado desapercibido la razón es que probablemente
se trata de una persona
electrosensible y de ahí que en
su caso la reacción sea mayor de lo habitual. Claro que hoy más
del 25% de la población es ya sensible a los campos eléctricos.
De hecho, el Gobierno sueco ya ha reconocido como factor de riesgo
laboral la electrosensibilidad. Calificando a las personas electrosensibles
como aquellas que sufren reacciones fisiológicas cuando se encuentran
sometidas a campos electromagnéticos lo que ocurre, por ejemplo,
al trabajar de forma habitual con equipos eléctricos o electrónicos
como teléfonos móviles, ordenadores o diferentes herramientas.
En suma, la electrosensibilidad -o alergia al electromagnetismo-
constituye en Suecia una nueva "enfermedad profesional" reconocida
oficialmente. Lo malo es que cada vez son más las personas que
la padecen y su número seguirá aumentando habida cuenta del entorno
eléctrico en el que desarrollamos nuestras vidas.
Podría decirse, en suma, que en el habitáculo del vehículo puede
llegar a reproducirse el conocido
Síndrome del edificio enfermo,
nombre con el que se conoce al ambiente alterado que genera la
utilización de aparatos eléctricos, moquetas de fibras artificiales,
muebles de materiales sintéticos y aire acondicionado.
"Los 'edificios enfermos' diseñados y construidos según el
modelo 'todo eléctrico' -escribe
Carlos Requejo en
su obra
"Estrés de alta tensión y la casa enferma"- están saturados
de equipos e instalaciones productoras de campos electromagnéticos
supuestamente destinados a hacer la vida más confortable. Son
edificios y locales llenos, además, de metales y materiales sintéticos,
siempre muy electrostáticos, que producen un ambiente electropositivo,
cargado e insano, en contraste con la sensación de frescor del
exterior donde abundan los iones negativos". Quizás haya llegado
pues el momento de empezar a utilizar la expresión
"Síndrome
del coche enfermo".
Marian Diamond, profesora de Neuroanatomía en la Universidad
de Berkeley (California), ya demostró que los niveles de iones
negativos están inversamente relacionados con los niveles de serotonina,
la hormona del estrés que da origen a una hiperactividad que desemboca
en agotamiento, ansiedad y depresión. Diamond estableció que los
iones negativos suprimen la descarga de serotonina y que si se
vacía el aire de un espacio cerrado de iones negativos se acaba
experimentando sensación de adormecimiento y disminución en la
concentración y la agilidad mental.
Sueño, falta de atención, distracción... Recordemos que entre
el 42 y el 45% de los accidentes de tráfico estarían incluidos
en este grupo. Ello sin contar con que la apnea -una de las patologías
del sueño más importantes- también puede tener una de sus causas
en la desestabilización eléctrica producida por los iones positivos
que puede causar un mal funcionamiento del centro respiratorio
formado por las neuronas inspiratorias y expiratorias.
Los indicios están ahí y son muy claros. Y la solución no puede
ser más fácil. Bastaría instar a los fabricantes de coches a instalar
ionizadores en los vehículos que regulen el nivel de iones negativos
-activándose o desactivándose automáticamente- hasta crear un
estado iónico saludable para la conducción. Algo que mientras
llega Mª Antonia ha solucionado prescindiendo tanto de la calefacción
como del aire acondicionado del coche así como de las alfombrillas
de goma y cerrando las rejillas de aire más próximas a su asiento.
Y en su casa disminuyendo al máximo las radiaciones eléctricas
y practicando una alimentación más sana. Sólo que su problema
no desapareció porque persiste... en el hospital.
¿PUEDEN ENFERMAR LOS HOSPITALES?
"Hoy no tengo ya duda alguna -nos diría- de la relación causa-efecto
entre los motores, el aire acondicionado y lo que me pasaba pues
no sólo lo he comprobado a nivel personal sino en decenas de pacientes
del hospital en el que trabajo. He comprobado que hay personas
que experimentan complicaciones cardiorrespiratorias cuando son
ingresadas o que éstas se agudizan si ya venían con ellas. Y añadiré
algo sorprendente: tras cerrar de forma hermética las rejillas
de ventilación de sus habitaciones hay pacientes, incluso algunos
que estaban desahuciados, que han llegado a recuperarse iniciándose
la mejoría de forma espectacular... ¡en menos de una hora!". Y
no dice más porque quiere ser prudente. Y es que a pesar de haber
explicado este hecho a sus superiores ningún responsable del hospital
en el que trabaja ha querido profundizar en su particular pero
significativa casuística.
Y, sin embargo, harían bien escuchándola. Aunque sólo fuera porque
los expertos coinciden en que hoy la mayoría de los hospitales
-a falta de estudios específicos- podrían llegar a ser "edificios
enfermos".
"La calidad microambiental en quirófano, neonatos
o UCI puede llegar a ser crítica -escribe Carlos Requejo,
arquitecto interiorista y especialista en Geobiología y Calidad
del Hábitat-.
Las muertes causadas por infecciones adquiridas
en el hospital han sido destacadas por toda la prensa. En primera
página aparecen protagonistas de nombre grecolatino como aspergillus,
scedosporium, staphilococus, streptococus o legionella
que
provocan la alarma social. Esta alarma se debe a una magnificación
del Síndrome del Edificio Enfermo en un entorno de alto riesgo
como es el hospital. Y, sin embargo, el control de las variables
electromagnéticas en el entorno clínico podría coadyuvar a una
significativa reducción de las patologías nosocomiales. Los criterios
de medicina preventiva nos indican que factores ambientales como
humedad y temperatura favorecen el crecimiento de los microorganismos,
ácaros, hongos y bacterias, habituales en el ámbito clínico, un
típico edificio enfermo".
Como muchos lectores recordarán, el pasado mes de octubre la Consejería
de Sanidad de la Comunidad de Valencia confirmó el fallecimiento
de tres enfermos con un sistema inmunitario muy deprimido por
patologías de base que resultaron infectados en el hospital comarcal
Virgen de los Lirios de Alcoy por la bacteria
acinetobacter,
una de las más dañinas y responsable de multitud de infecciones,
sobre todo en las áreas de cuidados intensivos. Pues bien, esas
y otras muchas muertes quizás se hubieran evitado si los responsables
de los hospitales hubieran aprendido de los estudios hechos por
Albert Krueger en 1956 que ya entonces -¡hace 40 años!-
demostraban que los iones positivos en el aire favorecen el crecimiento
microbiológico mientras que, por el contrario, un pequeño predominio
de los iones negativos tiene efectos bacteriostáticos y en altas
dosis pueden incluso prevenir contagios infecciosos ya que hacen
caer al suelo la mayoría de las partículas en suspensión -biológicas
o minerales- al ser aglomeradas electrostáticamente debido a su
mayor densidad.
Y si Krueger les resulta lejano deberían al menos haber estado
más al tanto de las novedades en este campo porque precisamente
un grupo de investigadores de la
Universidad de Leeds presentó
hace menos de un año un informe al
National Health Sistem
del Reino Unido en el que se proponía la implantación de ionizadores
en todos los centros de salud de la red pública. El equipo, dirigido
por
Clive Beggs, estudió precisamente el efecto del aire
ionizado en las infecciones causadas por la
acinetobacter y
sus resultados confirmaron los de Krueger. Durante los primeros
seis meses de la investigación el grupo de Aerobiología de la
universidad monitorizó la unidad de cuidados intensivos del Hospital
Saint James -en Leeds- donde se desarrolló la investigación, recopiló
todo tipo de datos sobre las áreas, las principales bacterias,
el nivel de infección del aire y el número de pacientes que se
infectaban por esta causa. Luego se instalaron ionizadores de
aire, se volvió a evaluar todo y los resultados fueron espectaculares:
las infecciones provocadas por
acinetobacter se redujeron
en más de un 60%.
"Se trata del primer estudio epidemiológico de este tipo
-declaró Beggs-.
Hasta el momento nadie le había dado al aire
ionizado estas aplicaciones y los buenos resultados obtenidos
invitan a seguir en esa línea de trabajo- Los tests se han centrado
en el acenetobacter pero existe la posibilidad de que la técnica
sea extensible a otras bacterias que se desarrollan en este tipo
de ambientes. A la investigación sólo le falta un último paso:
determinar cómo actúa el aire ionizado y poder extender sus efectos".
Lástima que siempre haya que empezar de cero y hayan pasado casi
50 años desde que la función bactericida de los iones negativos
fuera formulada sin que ninguna autoridad médica haya tenido -ni
allí, ni por supuesto aquí- la inquietud de instalar -por precaución
al menos- ionizadores en las unidades de cuidados intensivos.
Como no podía ser de otra manera, los responsables de las unidades
de cuidados intensivos del centro británico han mostrado una gran
satisfacción por los resultados obtenidos.
"Se trata de una
aplicación bastante sencilla -ha afirmado
Stephen Dean,
coordinador de la unidad-
ya que es muy parecida a un aparato
de aire acondicionado y, por tanto, su instalación no ofrece complicación
alguna. Los resultados fueron de hecho tan satisfactorios que
cuando finalizaron los tests el centro pidió a la universidad
que dejasen los ionizadores". Una última opinión -que sorprende
por la ignorancia que trasluce sobre investigaciones anteriores-
es la de
Kevin Kerr, experto en Microbiología del mismo
centro:
"Los ionizadores, por todo lo demostrado, se pueden
convertir pronto en herramientas insustituibles en los centros
médicos".
Tarde... pero parece que las cosas van cambiando. Aunque en el
camino quizás se hayan quedado muchos enfermos, víctimas en el
hospital de una infección inesperada, de una complicación cardiorrespiratoria
o de un problema vascular. Y no será porque no ha habido investigaciones
que inviten a tener en cuenta el efecto de los iones negativos
en la vida hospitalaria. Una de las más significativas fue
Prevención
de los tromboembolismos posoperatorios a través de la Aeroionización
Negativa en un estudio a doble ciego de los doctores
E.
Merimsky -del Departamento de Urología del
Hospital Universitario
Ichilov de Tel Aviv-,
Y. I. Litmanovitch -especialista
vascular en el
Centro Médico Hadassah de Tel Aviv y uno
de los mayores especialistas en Bioclimatología- y
F. G. Sulman
-jefe de Farmacología Aplicada en la Universidad de Jerusalén
y miembro de la Unidad de Bioclimatología del
Centro Médico
Rothschild-Hadassah-. El estudio demostró que la ionización
negativa disminuye los episodios de tromboembolismo postoperatorios
en la unidad de cuidados intensivos tras cirugía urológica mayor
pudiendo reemplazar el uso de anticoagulantes después de las operaciones.
Para permitir una valoración clara del efecto antitrombólico se
decidió que ninguno de los pacientes recibiera tratamiento con
medicamentos anticoagulantes salvo si se iniciaba un proceso de
embolia. Pues, de los 228 pacientes que pasaron su período postoperatorio
expuestos a ionización aérea negativa sólo tuvo lugar un caso
de tromboembolismo durante un periodo de observación de 28 meses
(0.04%) y una trombosis venosa profunda en una mujer de 67 años
que había sufrido operaciones múltiples en su riñón derecho y
había estado hospitalizada durante 67 días. Su trombosis fue ligera
y duró sólo unos días. En el grupo de 1.232 pacientes del resto
de la unidad de cuidados intensivos que pasaron por habitaciones
no ionizadas hubo 12 casos (1%) de tromboembolismo a los que se
les aplicó un tratamiento normal, entonces sí, con anticoagulantes.
Tres de ellos murieron. El porcentaje de tromboembolismo postoperatorio
(1%) era equivalente a la media en otros hospitales del país que
tampoco usaban ionización aérea. Hay que decir que para garantizar
los resultados los pacientes, enfermeras y ayudantes de la unidad
de cuidados intensivos no fueron informados del ensayo y creían
que los nuevos aparatos instalados eran simples unidades de climatización.
El propio estudio recogía algunos casos excepcionales que fortalecían
la necesidad de los "cuartos ionizados". Uno de ellos es el de
una mujer de 50 años que fue llevada a un cuarto no ionizado después
de una operación ginecológica y desarrolló una trombosis venosa
profunda. Pues bien, tras ser trasladada a un "cuarto ionizado"
la trombosis disminuyó y a pesar de que fue sometida a otras operaciones
no volvió a producirse ningún otro episodio similar. Otro hombre
de 68 años con una historia de embolia pulmonar recurrente en
el pasado fue colocado en un "cuarto ionizado" y operado de próstata.
No se produjo ninguna trombosis ni señal de embolia pulmonar.
"Nuestra investigación ha mostrado -señalaban los autores
del estudio-
que la ionización aérea positiva provoca cambios
neurohormonales, sobre todo descarga de serotonina que puede precipitar
el tromboembolismo. Hemos extendido estos estudios al campo atmosférico,
a las ondas electro-magnéticas, mostrando que éstas afectan a
la descarga de serotonina al igual que la ionización aérea. Así
aparece que la 'ocurrencia epidémica' de tromboembolismos en días
de carga aérea eléctrica positiva tiene que ver con el tiempo
atmosférico entrante. Es un fenómeno que puede evitarse por la
colaboración entre cirujanos y meteorólogos. En el sur de Alemania
las operaciones no se llevan a cabo en días del viento Foehn debido
al riesgo de tromboembolismo causado por las ionizaciones del
mismo".
LA IONIZACIÓN PREVIENE LA GRIPE Y LOS RESFRIADOS
Cabría agregar, por cierto, que uno de los primeros y más importantes
descubrimientos del ya mencionado Albert Krueger fue que una cantidad
sorprendentemente pequeña de iones negativos puede eliminar del
aire las bacterias y virus que causan los resfriados, la gripe
y la mayoría de las infecciones respiratorias. Algo que comprobó
manteniendo numerosos grupos de ratones bajo distintas concentraciones
de iones -positivos, negativos y en equilibrio-. Las conclusiones
-publicadas en 1960- mostraban que un exceso de iones positivos
lleva a una superproducción de serotonina que inicialmente crea
hiperactividad y lleva al agotamiento, la ansiedad y la depresión.
Por el contrario, una alta concentración de iones negativos tiene
efecto tranquilizante y reduce los niveles de serotonina.
La serie de experimentos se extendió a ratas de laboratorio, cobayas
y conejos así como a insectos y plantas. Los resultados apoyaron
los resultados originales de forma consistente. En una ocasión
se guardaron los ratones en un recipiente sellado hasta que el
oxígeno casi se les agotó y cuando estaban al borde de la muerte
el aire restante fue ionizado negativamente y los ratones se reavivaron.
APLICACIONES LOCALES DE LA IONIZACIÓN
Hay que añadir que además de mejorar el ambiente global la ionización
negativa tiene también aplicaciones locales. En el
University
of Pennsylvania's Graduate Hospital y en el
Northeastern
Hospital de Filadelfia el doctor
Kornblueh y sus colaboradores
administraron localmente tratamientos de iones negativos a centenares
de pacientes que padecían fiebre de heno o asma bronquial. Y del
total, un 63% experimentó alivio parcial.
Por supuesto, no fue la única aplicación de ionización negativa
efectuada por el Dr. Kornblueh. También estudió modelos de ondas
cerebrales y encontró que los iones negativos calmaban el dolor
severo. En una ocasión sostuvo un ionizador en la nariz y boca
de un obrero que había ingresado en el hospital con quemaduras
de segundo grado causadas por vapor en su espalda y piernas aplicándole
iones negativos y en sólo unos minutos el dolor se había ido.
La morfina habitualmente administrada en casos similares no fue
necesaria. A partir de ese momento -mediados del siglo pasado-
los quemados son colocados en una habitación sin ventanas y cargada
de iones negativos. Y normalmente el dolor cesa a los 10 minutos.
"Los efectos desecadores se manifestaron rápidamente -recuerda
Kornblueh-
y se obtuvo una disminución de la exudación. Este
resultado contribuye de manera apreciable a disminuir la cantidad
de infecciones y la formación precoz de escaras. El olor pútrido
extremadamente molesto en las grandes quemaduras es completamente
neutralizado. La disminución de la cantidad de infecciones y un
aumento rápido de la epitelización contribuyeron a disminuir la
duración de la hospitalización así como los trasplantes cutáneos.
El tratamiento por aeroionización debe ser efectuado lo antes
posible".
Animados por el éxito de Kornblueh en el tratamiento de quemaduras
dos discípulos suyos -
Minehart y
David- probaron
la aeroionización en el alivio de dolor profundo postoperatorio.
Y durante un período de prueba de ocho meses expusieron a 138
pacientes a iones negativos los dos primeros días después de la
cirugía. Kornblueh presentaría los resultados en un congreso de
Bioclimatología celebrado en Londres. En 79 casos -el 57%- los
iones negativos eliminaron el dolor drásticamente.
"Al principio
-dijo Minehart-
pensé que era brujería. Ahora estoy convencido
de que es real y revolucionario".
Hoy sabemos que muchas otras patologías experimentan mejoría en
contacto con los iones negativos. Su práctica, pues, ha perdido
su carácter de revolucionario... pero no por ello ha conseguido
ser entendida por los dirigentes de los centros hospitalarios.
No importa: la realidad es tozuda y se acabará imponiendo.
"Hay
suficientes evidencias para proponer el uso generalizado de la
Aeroionoterapia con iones negativos en el entorno clínico -afirma
rotundo Carlos Requejo, Gerente de
JCC Calidad Ambiental-.
La instalación de generadores de iones negativos en quirófanos,
UCI y UVI se traduce en una mejora de la esterilización ambiental;
y a partir de 10.000 iones/cm3 se crea un ambiente general de
relax que favorece la concentración del cirujano. Además, como
se ha mencionado, reduce el uso de tranquilizantes y narcóticos,
favorece la cicatrización, reduce el dolor y disminuye el riesgo
de infecciones y hemorragias postoperatorias. Y lo más importante:
tiene un coste mínimo y ningún efecto negativo secundario".
Tan sencillo que resulta increíble que los equipos de aeroionización
no estén instalados hace mucho tiempo en todos los hospitales
españoles, especialmente en las Unidades de Cuidados Intensivos
y en las salas de quemados. Mientras eso no llega, habrá que proponer
a médicos y enfermeras que imiten la iniciativa de Mª Antonia
González y cierren al menos las rejillas del aire acondicionado.
Al menos, que los enfermos no se conviertan también en víctimas
de la actual desidia sanitaria.
Antonio
F. Muro
Los
iones positivos... irritan y fatigan
Además de las investigaciones mencionadas en el artículo central,
F. G Sulman realizó muchos otros experimentos sobre los
beneficios de la ionización. Así, en uno de ellos experimentó
con dos grupos de hombres y mujeres con edades comprendidas
entre veinte y sesenta y cinco años. Pues bien, tras permanecer
aproximadamente una hora en un cuarto que contenía altas dosis
de iones positivos todos ellos se volvieron irritables y mostraron
síntomas claros de fatiga. Pero esas mismas personas, confinadas
el mismo período de tiempo y en el mismo lugar pero en una atmósfera
con altas dosis de iones negativos, mostraron un modelo de ondas
cerebrales que señalaba un claro aumento de la situación de
alerta y relajación.
Examinada su concentración y capacidad de trabajo -a través
de diversas pruebas- todos obtuvieron además mejores resultados
durante e inmediatamente después de quedar expuestos a un nivel
alto de iones negativos.
Sulman emprendió también un estudio meteorológico con "voluntarios
sensibles" y constató que mientras soplaba el viento Sharav
sus cuerpos producían 10 veces más serotonina -hormona asociada
al estrés- de lo normal. Es decir, se encontró con que se estaban
envenenando con su propia serotonina, causa de migrañas, irritabilidad,
dolores cardiacos, dificultades respiratorias y un empeoramiento
de patologías bronquiales, ansiedad y tensión irracional. También
se observó un retardo en el tiempo de reacción. Se descubrió
asimismo que en muchas personas la contestación inicial del
cuerpo a los iones positivos fue producir adrenalina y nor-adrenalina...
que si bien producen euforia a corto plazo conducen al agotamiento
a medio plazo (la causa por la que los insectos y animales en
general muestran una actividad inquieta antes de una tormenta
podría pues deberse a los iones positivos generados).
La investigación también mostró que la exposición a los iones
positivos puede activar una sobreproducción de histamina directamente
relacionada con el empeoramiento de las alergias. Estadísticamente
se demostró que el 25% de la población realmente se ve afectada
por los niveles de iones en el aire. Del resto, el 50% es afectado
de forma considerable aunque el 25% no se muestre en ningún
caso sensible.