El Bioelectromagnetismo, por increíble que
parezca, ni siquiera es un área de conocimiento propio integrado
en el sistema académico español. No hay cátedras, no hay dinero
para investigación y, por no haber, ni siquiera está claro dónde
deben presentar los investigadores las tesinas que tienen que
ver con los efectos de los campos electromagnéticos. A pesar de
que éstos preocupan cada día más a científicos y ciudadanos. Y
con motivos. Porque con la nueva generación de móviles
UMTS
y la próxima instalación de miles de antenas la contaminación
electromagnética va a multiplicarse geométricamente. De hecho,
científicos de todo el mundo se cruzan estudios sobre los posibles
daños en el organismo -especialmente a nivel cerebral- algo que
los medios de comunicación ocultan porque no quieren arriesgarse
a quedar al margen del gigantesco pastel publicitario que representa
el sector.
Es más, pocas personas se atreven a hablar públicamente del asunto.
Afortunadamente no es el caso del profesor
José Luis Bardasano,
miembro del Consejo Asesor de
Discovery DSALUD, médico,
doctor en Ciencias Biológicas, especialista en Bioelectromagnetismo,
profesor de
Histología y Anatomía Patológica, ex Director
del Departamento de Especialidades Médicas de la Facultad de Medicina
de la Universidad de Alcalá de Henares y actual Presidente de
la
Fundación Europea de Bioelectromagnetismo y Ciencias de
la Salud así como
del Instituto de Bioelectromagnetismo
Alonso Santa Cruz y vicepresidente de la
Sociedad de Investigación
y Terapéutica por Electromagnetismo. Miembro además del
Comité
Asesor Internacional para el Estudio de los Efectos Biológicos
de los Campos Electromagnéticos y coautor del libro
Bioelectromagnetismo:
ciencia y salud (Editorial
Mc Graw Hill), el profesor
Bardasano acaba de concluir una investigación efectuada junto
a su quipo de trabajo -integrado por Ignacio
Gutiérrez, Juan
Álvarez-Ude y Ramón Goya- que puede contribuir a cambiar el
futuro de la telefonía móvil. Y es que han demostrado de forma
incontestable que
las radiaciones de los teléfonos móviles
alteran notablemente los ritmos cerebrales. Paso previo y
necesario para constatar que existe al menos un nuevo dispositivo
capaz de proteger al cerebro de esa radiación. Y de forma sencilla
porque basta colocar una pequeña placa de 80 x 55 x 10 mm y 50
gramos de peso en la parte de atrás del teléfono móvil, tan cerca
de la antena como sea posible, para protegerse. Se trata del denominado
Dispositivo Protector Neutralizador (NPD) Gamma-7-RT -protegido
bajo la patente europea
EP-0 838 208 A1-, su inventor es
el ruso
Stanislav Denisov y su origen está relacionado
con los proyectos para usar los campos electromagnéticos en el
ámbito de la defensa por parte de la antigua Unión Soviética.
Pues bien, a fin de constatar científicamente sus propiedades
el equipo del profesor Bardasano acaba de someter a control a
16 voluntarios registrando sus ondas cerebrales a través de electroencefalogramas,
tanto antes de utilizar el teléfono móvil como durante su uso,
primero sin protección, después con el
Gamma-7-RT. A continuación
utilizaron los más sofisticados métodos de análisis matemático-estadístico
para analizar los resultados y éstos han sido tan concluyentes
que el trabajo ha sido seleccionado internacionalmente por el
Comité Internacional para el Estudio de los Bioefectos.
"Los cambios -nos confirma Bardasano-
son estadísticamente
significativos y claramente favorables hacia la protección de
las frecuencias cerebrales. Las frecuencias del cerebro reducen
su velocidad en términos generales eliminando los posibles efectos
indeseables. Las mayores diferencias se encuentran en las bandas
delta y theta en el área frontal".
Para la investigación se utilizó un móvil de 880 MHz-960 MHz con
una
Specific Absorption Rate (SAR) de 0,955 W/Kg.
"Actúa
a la inversa de una antena -nos explicaría Ignacio Gutiérrez,
miembro del equipo de investigación--
Al igual que las antenas
tienen una configuración especial que les permite concentrar la
señal y focalizarla para que puedas ver u oír a través de un receptor
este dispositivo hace lo contrario: cuando recibe la onda la desestructura
consiguiendo que llegue debilitada y dispersa al receptor. La
filtra".
En pocas palabras, el estudio realizado en la Universidad de Alcalá
de Henares demuestra la capacidad del Gamma-7-RT para proteger
el cerebro durante el uso de teléfonos móviles de tecnología GSM.
Se trata, en suma, de un paso sustancial en la vía de la protección
que ya se había iniciado con el desarrollo de dispositivos que
protegen del
aumento de temperatura cerebral que también
provocan las radiaciones de los móviles. Hace ya algún tiempo
el
Departamento de Física Aplicada E.T.S.A.B de la Universidad
Politécnica de Cataluña realizó tanto un estudio por termografía
de infrarrojos de los efectos del teléfono móvil como del efecto
compensador de otro dispositivo: el
Hilefarma. En las conclusiones
de aquel estudio -realizado y firmado por el profesor
Fidel
Franco González- puede leerse:
"Los teléfonos móviles en
funcionamiento inducen cambios en la temperatura de la personas
expuestas a dicha radiación. Sin embargo, la presencia de una
pieza de metal activado (Hilefarma) tiende a compensar el efecto
térmico anómalo creado por el teléfono".
Cabe añadir que en la propia introducción del trabajo se confirman
también los efectos negativos de las radiaciones de la telefonía
móvil.
"Los tejidos cerebrales, como polímeros biológicos que
son, tienen frecuencias propias de absorción que se encuentran
en el rango de frecuencias de las microondas. De manera que ante
la emisión del teléfono no sólo se produce un fenómeno de resonancia
con el agua presente en los tejidos sino que también aparecen
resonancias con las frecuencias propias de dichos tejidos. Puesto
que nos encontramos con un fenómeno de resonancia basta con energías
muy débiles para que el tejido se vea sensiblemente afectado por
dicha señal exterior".
¿POR QUÉ NO ACTÚA LA INDUSTRIA?
En suma, existen al menos dos dispositivos que disminuyen los
efectos negativos que producen los teléfonos móviles: el
Hilefarma
-que evita en buena medida el calentamiento cerebral- y el Gamma-7-RT
-que evita en buena medida su interferencia con las ondas cerebrales.
¿Por qué entonces la industria no incorpora de serie tales mecanismos
en sus móviles? A fin de cuentas cuánto más tarde en asumir los
efectos biológicos inducidos por la radiación de los móviles y
las bases de difusión de las señales más probabilidades acumula
en su contra para cuando en el futuro lleguen las demandas -¡que
llegarán!- al igual que le ocurrió a la industria tabaquera.
"La industria -nos diría el profesor Bardasano-
se ha
limitado a hacer unas pruebas mínimas sobre el efecto térmico
para constatar que las microondas no te funden las neuronas. Pero
son dos los efectos importantes que producen los móviles: los
térmicos -producidos por las microondas- y los atérmicos - producidos
todos por inducción electromagnética-. Esto se sabe desde Faraday.
Es evidente que los campos electromagnéticos externos y nuestros
campos electromagnéticos internos influyen unos en otros. Por
tanto, es imprescindible investigar hasta qué punto pueden ser
nocivos".
Lo malo es que si la situación actual es ya grave se va a complicar
aún más con la puesta en marcha de la nueva tecnología UMTS. Ante
ella, los investigadores independientes no sólo se muestran muy
cautos sino que avisan de que probablemente haya que desarrollar
nuevos dispositivos protectores ante puesto que la señal es mucho
más potente.
"Nosotros hemos probado el Gamma-7-RT con los nuevos móviles
UMTS -nos confesaría Ignacio Gutiérrez, uno de los miembros
del equipo de Bardasano-
y al hacer el electroencefalograma
ni siquiera pudimos leer la gráfica. La contaminación que producen
es tan grande que casi no ves ni las ondas cerebrales. Todo lo
que aparece es el campo del propio móvil. Es como si anulara la
señal cerebral y lo único que captaran los electrodos de registro
fuera la señal del móvil. Con los de tecnología GSM al menos puedes
ver la señal de tu propio cerebro pero con los de tecnología UMTS
¡desaparecen! Es increíble, sólo aparece una señal borrosa. La
contaminación es tan masiva y potente que se superpone y vence
a la propia señal cerebral".
¿HASTA CUÁNDO LAS MENTIRAS?
Que las radiaciones electromagnéticas de los teléfonos móviles
al igual que las de las estaciones base necesarias para su funcionamiento
-es decir, las antenas repetidoras- pueden perjudicar gravemente
la salud lo hemos denunciado varias veces anteriormente
(lea
en nuestra web los artículos publicados al respecto en los números
36,
38
y 63).
La industria se defiende alegando que cumple los criterios
del ICNIRP
(International Comission on Non-Ionizing Radiation
Protection) -organismo dependiente de la Organización Mundial
de la Salud- pero lo que nadie responde es que ese organismo ha
sido acusado por numerosos investigadores independientes -cuyo
número es cada vez mayor- de no ser objetivo y estar al servicio
de los intereses de la industria. Especialmente porque sólo tienen
en cuenta los efectos térmicos -aumento de temperatura en el cerebro-
y no los efectos biológicos inducidos por los campos electromagnéticos.
Mientras los estudios independientes sobre posibles daños cerebrales
-cada vez más numerosos, especialmente entre poblaciones de riesgo
como niños, mujeres embarazadas y personas enfermas con distintas
patologías- siguen acumulándose. A pesar de lo cual la desproporción
es obvia: ante los recursos billonarios que sostienen el negocio
se opone la precariedad económica de la investigación independiente.
¿Y los consumidores? Es simple: guiados por la atracción de lo
nuevo prefieren ignorar los riesgos y han convertido la telefonía
móvil en ¡objeto de primera necesidad! Y las asociaciones de consumidores
centran sus esfuerzos en explicarle a sus asociados cuáles son
más económicos en lugar de averiguar si son peligrosos. Los gobiernos,
por su parte, justifican su inacción alegando que se cumple la
normativa internacional... aunque esté claro que tal normativa
no sólo es claramente incompleta sino que se ha elaborado para
beneficiar a la industria y protegerla aunque sea a costa de nuestra
salud.
La Unión Europea está preparando una nueva legislación merced
a la cual va a exigirse a la industria química que antes de la
puesta en el mercado de nuevas sustancias presente exhaustivos
informes para conocer previamente los riesgos potenciales (lo
que hasta ahora no se ha hecho y ha llevado a nuestra sociedad
a un grado de contaminación absolutamente intolerable). Es decir,
va a dejar en manos de la propia industria la responsabilidad
de realizarlos porque a los estados les resulta inviable económicamente
hacerlo. Lo que nos parecería correcto... si luego existiera algún
centro internacional de referencia con capacidad para poder cotejar
los datos resultantes y si la responsabilidad por falsearlos fuera
tan gravosa que pudiera llevar a la empresa que así lo hiciera
a la quiebra (lo que aseguraría que haría esos estudios con honestidad).
Pues bien, otro tanto habría que exigir a las empresas de telefonía
móvil. La iniciativa de los tres grandes grupos de nuestro país
-
Telefónica Móviles, Vodafone y Amena- con el apoyo de
la patronal de electrónica
AEPIC de que se cree una
Agencia
Española de Seguridad Radioeléctrica (AESI), centro público
de carácter científico que haga las funciones de "organismo de
referencia" en el campo de la exposición a las frecuencias radioeléctricas,
nos parece bien... ¡si el coste lo sufragan ellas! Porque, ¿quién
se beneficia de este negocio? Pues que quienes se benefician asuman
los costes de demostrar que sus productos son seguros y no representan
un peligro para la salud. En suma, esa agencia debería financiarla
la industria... pero sin tener control alguno sobre su gestión.
"Hay que hacer aún muchos estudios -nos diría José Luis
Bardasano-.
Porque en el ámbito de la salud ambiental debería
primar también una máxima: 'In dubio, contra reo' (en caso de
duda, a favor del reo). Siendo el reo en este caso lo que inventa
el hombre. Para prevenir la salud y la seguridad e higiene en
el trabajo en todos aquellos sitios donde vaya a haber contaminación
electromagnética lo primero es que plantear que el que inventa,
el que pone en marcha nuevas tecnologías, sea considerado a priori
presunto ´culpable` y, por tanto, el encargado de demostrar que
con su actividad no va a causar ningún tipo de daño a la salud.
Es muy difícil aportar pruebas en uno u otro sentido y por eso,
en caso de duda, deben ser ellos los que demuestren que no hace
daño".
MÁS QUE "INDICIOS"
Cualquier investigador tardaría hoy meses en examinar los estudios
ya existentes -en una u otra dirección- sobre los efectos de la
telefonía móvil. Sin embargo, el problema real -como quedó demostrado
en la
Internacional Conference Mobile Comunnication and Health:
medical, biological and social problems celebrada en Moscú
en Septiembre del año pasado- es que existe un auténtico divorcio
a la hora de analizar la realidad. La
Organización Mundial
de la Salud (OMS), su agencia la ICNIRP (International Comission
on Non-Ionizing Radiation Protection) y los gobiernos occidentales
no admiten que puedan existir más problemas que los térmicos.
Por el contrario, otros países -especialmente Rusia- y numerosos
investigadores independientes exigen estándares mucho más restrictivos
por considerar evidentes los daños biológicos.
"Los efectos
térmicos para establecer criterios o estándares no son un acercamiento
conveniente", reconoció el doctor
Yuri Grigoriev,
Vicepresidente
de la Academia de Ciencias Rusa. "Por primera vez en la historia
de los seres humanos -añadio Grigoriev-
tenemos campos
electromagnéticos actuando sobre el cerebro humano desde los teléfonos
móviles que no puede compararse a otras fuentes (...) Y existen
serias discrepancias con la OMS y el ICNIRP respecto a si, a largo
plazo, la exposición a los campos electromagnéticos de los móviles
pueden provocar o no cambios orgánicos".
Para los rusos y los chinos no hay duda. Cerca de una docena de
estudios realizados entre 1975 y 1986 constataron un significativo
deterioro del sistema inmune y de los tejidos del cerebro así
como daños en los fetos de ratas tras exponerlas a ondas microondas
a niveles de 50 a 500 µW/cm2, (microvatios). Hay que decir que
la ICNIRP recomienda como límites de densidad de flujo de potencia
450 µW/cm2 para radiaciones continuadas de 900 MHz y 900 µW/cm2
para la de 1.800 MHz. Pues bien, los niveles recomendados en la
sentencia más favorable a las tesis de los "rebeldes" es la de
Frankfurt
con 0,001 µW/cm2.
Un estudio francés dirigido por el investigador
Bernard Veyret
va a tratar ahora de confirmar o desmentir los resultados de los
rusos. Y es que Veyret considera que los métodos rusos han sido
superados por la tecnología occidental así como sus resultados.
Para muchos científicos, sin embargo, su condición de miembro
del ICNIRP y el hecho de que antes de empezar ya haya menospreciado
los estudios rusos convierten su intervención en poco fiable.
En todo caso, mientras la comunidad científica espera para saber
si se realiza o no el estudio no dejan de surgir preocupantes
y vergonzosas noticias. Es el caso de la decisión de no continuar
con el proyecto europeo
Reflex -desarrollado por 12 equipos
de investigadores de 7 países europeos, entre ellos España- cuyo
fin era analizar los efectos de los campos electromagnéticos.
Una decisión que se produce precisamente tras llegar a la conclusión
de que las radiaciones de los teléfonos móviles por debajo de
los límites que se consideran inocuos ¡provocan modificaciones
celulares y en el ADN! aunque en esta fase del estudio no hayan
podido concluir que sean nocivas.
"Los resultados -dice
el estudio-
indican que los campos electromagnéticos pueden
activar varios grupos de genes que juegan un papel en la división
celular, proliferación celular y diferenciación de las células.
En la actualidad la relevancia biológica de estos resultados no
puede evaluarse". La directora del equipo español,
Ángeles
Trillo, explicó que un estudio de la trascendencia de éste
que, a pesar de los resultados, "está en pañales" no tendrá continuación
porque su financiador -la Comisión Europea- así lo ha decidido
.
"No está claro -subrayó-
el por qué. La Unión Europea establece
sus prioridades pero hay muchos factores implicados y cómo no
se va a pensar que hay presiones para que estos estudios no sigan
porque podrían crear una alarma social muy grande...".
Otro investigador español del proyecto,
Alejandro Úbeda,
explicaría que el estudio determina efectivamente que existen
cambios en las células pero que desconocen cuál es el mecanismo
que pone en marcha el proceso lo que de momento ya no van a poder
averiguar
. "Lo que me parece raro -resaltó al respecto-
es que después de encontrar esos resultados, que aunque no
son de nocividad demuestran que hay un efecto por debajo de los
límites que se consideran tolerables, no se profundice en ellos,
se cierre la carpeta y no se financie su continuación".
Ante la falta de explicaciones convincentes sobre esta decisión
es inevitable asociar el Proyecto
Reflex con el realizado
en el 2003 por
L. G. Salford y otros titulado
Nerve
cell damage in mammalian brain after exposure to microwaves from
GSM mobile phones cuyas conclusiones no pueden ser más claras:
"Tras exponer a tres grupos de ratas durante 2 horas a un teléfono
móvil GSM con campos electromagnéticos de fuerzas diferentes -se
afirma en el trabajo-
encontramos -y lo presentamos aquí por
primera vez- evidencia muy significativa de daño neuronal en la
corteza, el hipocampo y los ganglios de los cerebros".
Ahora el estudio realizado por el equipo de Bardasano en la Universidad
de Alcalá de Henares -con independencia de que su objetivo inicial
fuera evaluar las posibilidades de un dispositivo neutralizador
de radiaciones- corrobora en seres humanos que los ritmos cerebrales
se alteran tras ser expuestos a las radiaciones de los teléfonos
móviles .
"Se aprecia claramente -nos diría Ignacio Gutiérrez
-
cómo los ritmos se desestructuran y cambian. Luego realizas la
misma medición con el móvil y el dispositivo adherido, y puede
apreciarse que los ritmos son iguales que cuando se realizó el
primer electro en estado normal y sin móvil. Sin embargo, al colocar
el dispositivo no se desestructuran ya los ritmos cerebrales.
Para nosotros es obvio que esa desestructuración puede tener a
largo plazo efectos patológicos, sobre todo en los niños. Como
en ellos el cerebro está madurando, provocar unos ritmos que no
son los suyos naturales no puede ser bueno a la larga. Por eso
en Inglaterra se han prohibido ya los móviles a los menores de
8 años. Algo que deberíamos tener en cuenta ahora que con las
comuniones los teléfonos se convertirán en el regalo estrella".
SUMA Y SIGUE
Efectivamente, el
Grupo Nacional de Protección Radiológica
del Reino Unido (NRPB) -un grupo de expertos nombrados por
el Ministerio de Sanidad británico- presentó a primeros de año
un informe en el que se recomienda minimizar el uso del teléfono
móvil por los niños, en especial los menores de ocho años. Posteriormente
el Ministerio de Educación británico también ha prohibido el uso
de los teléfonos móviles pero a los menores de 16 años pues muchos
alumnos muestran incremento de estrés, insomnio, ansiedad e hiperactividad
por el abuso del móvil. Y temen además que la radiación electromagnética
sobre el cerebro pueda afectar a los resultados académicos ya
que altera la memoria, la atención y la capacidad de concentración.
"La principal conclusión -destaca ese estudio-
es que
en el momento actual no hay evidencias sólidas de que la salud
del público en general esté viéndose afectada por el uso de la
tecnología de los teléfonos móviles pero persisten dudas y se
recomienda un enfoque preventivo continuado mientras la situación
se aclara". También recomienda
"que se preste una especial
atención a la mejor forma de minimizar la exposición (al móvil)
de los subgrupos potencialmente vulnerables -como los niños- y
que se considere la posibilidad de que pueda haber otros subgrupos
especialmente sensibles a las ondas de radio". El presidente
del
Grupo Nacional de Protección Radiológica del Reino Unido,
William Steward, confesaría sin más en Londres:
"No
creo que podamos decir, con la mano en el corazón, que los teléfonos
móviles son totalmente seguros".
En suma, han pasado cuatro años y se repiten las mismas conclusiones
que aparecían ya en el informe de marzo de 2001 realizado por
encargo del Parlamento Europeo y titulado
"Los efectos fisiológicos
y medioambientales de la radiación electromagnética no ionizante".
Porque en él se desaconsejaba "enérgicamente que los niños (sobre
todo los adolescentes) utilicen de forma prolongada y sin necesidad
teléfonos móviles por su creciente vulnerabilidad a efectos perjudiciales
para la salud". El informe agregaba que
"la industria de
la telefonía móvil debería evitar fomentar el uso prolongado de
teléfonos móviles por parte de los niños utilizando tácticas publicitarias
que explotan la presión de los compañeros y otras estrategias
a las que los jóvenes son susceptibles".
LLUEVE
SOBRE MOJADO
El investigador neozelandés Neil Cherry ya había manifestado
de forma tajante en su informe "La radiación electromagnética
de bajo nivel" (como la de los móviles) -estudio efectuado
también a petición del Parlamento Europeo (junio de 2000)- que
"el móvil es perjudicial para el cerebro, corazón, feto, hormonas
y células (...) A través de resonancias con los cuerpos y las
células, la radiación interfiere en la comunicación intercelular,
su crecimiento y regulación, y está dañando la base genética de
la vida".
Sus investigaciones encontraron efectos biológicos, con alteración
del electroencefalograma, a partir de sólo 0,01µW/cm2. "La
conclusión de mi investigación -afirmaría Cherry- es que
la radiación electromagnética es perjudicial para el cerebro,
el corazón, las hormonas, las células y los fetos. Por tanto,
supone una amenaza para la vida inteligente". Datos que, por
otra parte, coinciden con las investigaciones del doctor alemán
Lebrecht Von Klitzing quien, como especialista en Física
Médica, situó ya en 1998 los umbrales de prevención entre 1 y
10 nanoWatios/cm2 (0,001-0,01µW/cm2).
De la misma opinión es el biofísico Gerard J. Hyland quien
en 1999 emitió un "Memorando sobre teléfonos móviles y salud"
en el que advertía que las normas establecidas no consideran
todos los posibles efectos nocivos para la salud al no tener en
cuenta el hecho de que los organismos vivos pueden responder a
intensidades muy por debajo de los límites marcados por las mismas.
"Es totalmente irrazonable -escribía Hyland- suponer
que nuestro cerebro es inmune a esta agresión electromagnética
cuando, por otro lado, se recalca repetidamente la prohibición
de usar teléfonos móviles en los aviones bajo el argumento de
que sus señales pueden interferir su sistema de control". Y agregaba:
"Las normas de seguridad existentes no protegen ni pueden proteger
contra cualesquiera efectos nocivos para la salud que puedan estar
ligados específicamente con la naturaleza ondulatoria de la radiación.
Las habituales normas de seguridad no toman en consideración el
estado viviente del organismo irradiado. Por consiguiente, la
filosofía dominante debe ser considerada como fundamentalmente
errónea".
La aportación española a la controversia ha sido amplia (ver
Discovery nº 63),
con trabajos tan importantes como los del doctor Bardasano sobre
la influencia negativa de los efectos de los campos electromagnéticos
sobre la glándula pineal. O los del doctor Claudio Gómez Perreta
-jefe de sección en el Hospital Universitario La Fe de Valencia
y miembro del Consejo Asesor de Discovery DSALUD- quien
ha escrito: "De acuerdo con la literatura científica actual
es difícil establecer un nivel de inocuidad y, por tanto, las
recomendaciones de la mayoría de los gobiernos de la Unión Europea
deben de ser reconsideradas a la vista de las decenas de trabajos
que describen daño celular asociado a los efectos no térmicos
implícitos en la exposición a estas radiofrecuencias". También
podemos destacar los estudios conjuntos de Perreta con Manuel
Portolés, Enrique Navarro y Joaquín Navasquillo:
"Los resultados (de los efectos de los campos electromagnéticos
vinculados a la telefonía móvil) -afirman- incluyen desde roturas
en el ADN y presencia de aberraciones cromosómicas a incrementos
en la actividad oncogénica, reducción de la secreción de la melatonina,
alteración de la actividad cerebral y presión sanguínea e incremento
del cáncer de cerebro".
Y no olvidemos la conocida "Declaración de Alcalá" del
año 2001 firmada por varios investigadores españoles entre los
que se encontraba María Jesús Aranza, catedrática de Magnetobiología
en Zaragoza, que decía refiriéndose a los límites admitidos:
"si los estudios científicos y normativas de otros países,
aplicando el principio de cautela, establecen niveles de protección
0'1 µW/cm2 o incluso inferiores es una grave negligencia que nuestra
población esté expuesta a niveles que pueden llegar hasta 450
ó 900 µW/cm2 esperando a que la evidencia establezca plenamente
los efectos nocivos de los campos electromagnéticos débiles en
exposiciones a largo plazo".
Y es que, ¿cuántos trabajos constituyen "evidencia"? ¿Y qué instituciones
son las llamadas a pontificar sobre lo "evidente"? Lo que sí es
cada vez más evidente es que empezamos a vivir una situación similar
a la creada por el consumo del tabaco y su relación con el cáncer.
Ayer enaltecido, publicitado, promovido socialmente, fuente de
fortunas millonarias y de ingresos para el estado; hoy contra
las cuerdas a la vista de sus destructivos efectos ya por nadie
discutidos. Si la historia es cíclica, una vez más vuelve a enfrentar
al ser humano con sus ambiciones, limitaciones y egoísmos para
saber si también esta vez se antepondrán los intereses económicos
de unos pocos a la salud de la mayoría. Quizás por eso recordar
lo ocurrido con el tabaco nos permita vislumbrar qué intentan
hacer algunos o por dónde puede caminar el futuro.
EL
TABACO Y LA TÁCTICA DEL OCULTAMIENTO
Pocos años después de terminada la Segunda Guerra Mundial empezaron
ya a publicarse estudios científicos que encontraban una cierta
relación estadística entre el consumo del tabaco y determinados
tipos de cáncer. Como resultado de ello -entre 1950 y 1965- se
produjo lo que Pablo Salvador y Juan Antonio Ruiz
denominan en el trabajo titulado "El pleito del tabaco en Estados
Unidos y la responsabilidad civil" la primera de las tres
oleadas de demandas contra la industria tabaquera. Se presentaron
casi 150 demandas de particulares pero sólo diez llegaron a juicio
y en todos los casos los jurados dictaron veredictos favorables
a la industria. Los demandantes, perjudicados por el tabaco, basaban
sus reclamaciones en "la negligencia de la industria demandada
en cada caso, en fraude o engaño y en vicios ocultos o teorías
de garantía." Las compañías demandadas, por su parte, se defendieron
alegando la imprevisibilidad de los daños, la falta de evidencias
y la asunción voluntaria del riesgo por parte de los fumadores.
"Rechazaron toda posibilidad de transacción -afirman los
autores del estudio- y adoptaron estrategias procesales muy
sofisticadas y cuyo coste superaba los recursos disponibles para
los demandantes individuales y sus abogados". Los pleitos
fueron ganados una y otra vez por la industria con razonamientos.
"El fabricante debe proteger contra riesgos previsibles pero
no contra los riesgos desconocidos o contra efectos dañinos que
no pueden permitirse el lujo de prever" -se puede leer en
alguna de las sentencias- o "los fumadores que empezaron a
fumar antes del gran debate sobre el cáncer y el tabaco no pueden
confiar en la 'garantía' de las compañías tabaqueras de que sus
cigarros no tenían ningún elemento carcinogénico; el fabricante
no puede asegurar contra lo desconocido".
La segunda etapa se inició a partir de 1983, una vez aparecieron
nuevos estudios que apuntaban al tabaco como causante de numerosos
cánceres. La industria tabaquera mantuvo su táctica de destinar
ingentes recursos humanos y materiales a su defensa.. "La postura
agresiva que hemos tomado con respecto a las demandas y nuevos
descubrimientos -reconocería Michael Jordan, uno de
los abogados de la industria, según se recuerda en el artículo
citado- continúa haciendo estos casos sumamente largos y caros
para los abogados de los demandantes, sobre todo para aquellos
que se presentan individualmente. Parafraseando al general Patton,
la manera en que nosotros ganamos estos casos no fue gastando
todo nuestro dinero sino haciendo a ese otro hijo de perra gastarse
el suyo".
Las tabaqueras comenzaron además a dar un papel cada vez más
importante a sus propias investigaciones, realizadas a través
del Council on Tobacco Research que le permitían de forma
sistemática negar la relación entre tabaco y cáncer. Cuarenta
años después seguían ganando los pleitos.
Sería sólo a partir de 1994 -como explican Salvador y Ruiz en
su estudio- cuando las cosas comenzaron a torcerse para la industria.
La evidencia científica resultó ya imparable y la Administración
pensó que denunciar a las tabaqueras era una buen forma de resarcirse
los gastos sanitarios consecuencia del tratamiento de enfermedades
relacionadas con el consumo del tabaco pero, sobre todo, comenzaron
a aparecer documentos internos de la industria que apuntaban directamente
a su culpabilidad. Los primeros llegaron a manos de los demandantes
el 12 de mayo de 1994. Una caja con 4.000 páginas de documentos
de muy distinta índole le fue enviada de forma anónima al profesor
Stanton Glatz, catedrático de Medicina de la University
of California at San Francisco. Papeles que permitirían fundamentar
reclamaciones por fraude y concierto doloso por parte de la industria
tabaquera con el fin de ocultar información sobre las consecuencias
del consumo de tabaco. Según Glantz, las compañías tabaqueras
conocían los riesgos para la salud derivados del consumo de tabaco
¡desde principios de los años cincuenta!.
Según esos documentos internos la primera manifestación dentro
de la industria tabaquera que sugiere una relación entre el hábito
de fumar y el cáncer la habría realizado el 29 de julio de 1946
Harris B. Parmele, químico de Lorillard, quien envió
una carta al secretario del comité de fabricación de su empresa
en la que afirmaba que científicos y autoridades empezaban a sostener
que el consumo de tabaco contribuía al desarrollo de cáncer en
determinadas personas y que era necesario investigar en esa línea.
El 23 de mayo de 1994, dos semanas después de la divulgación de
los documentos, veintidós fiscales generales de otros tantos estados
entablaron pleitos en los que exigían el reembolso de los gastos
médicos derivados del tratamiento de enfermedades presuntamente
relacionadas con el consumo del tabaco. Tres años después, el
20 de marzo de 1997, una de las compañías de la industria demandada
-Liggett & Myers Corporation (después Liggett & Myers)-
modificó la estrategia tradicional de rechazar acuerdos y acordó
transigir con los estados demandantes. En el acuerdo, a cambio
de una carga financiera comparativamente ligera, Liggett &
Myers reconoció al tabaco como causante de algunos daños y
entregó documentos internos sobre el modo de actuar de la industria.
El primer veredicto favorable a un demandante individual -si bien
por un tema de amianto en el filtro de un cigarrillo- fue dictado
en septiembre de 1995 por un jurado de San Francisco en el caso
de Horowitz contra Lorillard Tobacco Co. Desde Horowitz,
varios jurados se han pronunciado a favor de las pretensiones
de los demandantes y han emitido veredictos en los que se condenó
a las compañías tabaqueras a pagar indemnizaciones compensatorias
y punitivas. Llegarían después veredictos condenatorios dictados
por los jurados norteamericanos en los años 2000 y 2001 con indemnizaciones
supermillonarias: 145.000 millones de dólares -Engle contra.
R.J. Reynolds Tobacco Co- y 3.000 millones de dólares -Richard
Boeken contra Philip Morris, Inc.-, recurridos en apelación;
acuerdos con la industria para sufragar gastos sanitarios; cambios
de normativa...; pero, sobre todo, un cambio en la mentalidad
de la sociedad que ha pasado a entender que durante décadas había
sido engañada.
Sin embargo, y a pesar de todo, 54 años después estados como el
nuestro siguen ingresando cientos de millones de euros con el
tabaco y la lista de cánceres consecuencia del hábito de fumar
entre fumadores activos y pasivos sigue aumentando.
LA
HISTORIA SE REPITE. AHORA, CON LOS MÓVILES
Como podemos observar el proceso iniciado con la telefonía móvil
es muy similar. En 1992 se produce la primera denuncia contra
la industria telefónica y no lo hace un ciudadano cualquiera.
Sería un neurocirujano norteamericano, David Reynard, quien
presentó una demanda en un tribunal de Florida sosteniendo que
el uso de un teléfono móvil había sido el responsable del cáncer
que acabó con la vida de su esposa, quien había desarrollado un
tumor detrás de la oreja derecha, donde siempre sostenía el teléfono.
Tres años después la demanda fue desestimada por falta de "pruebas
científicas". Así se empezó también, como acabamos de ver, con
el tabaco.
El rotativo británico The Express se hizo eco en agosto
de 1997 de las denuncias de alrededor de un centenar de ingenieros
de British Telecom (BT) que advertían de que los teléfonos
móviles provocan serios problemas de salud. Dos años después,
Steve Corney, que trabajó durante diez años como ingeniero
de BT, anunció una demanda contra la empresa aludiendo que el
uso prolongado de teléfonos móviles le provocó daños en el cerebro.
Una vez más el denunciante tuvo que abandonar el caso por falta
de "evidencias científicas" que asociasen su enfermedad al uso
de teléfonos móviles.
En agosto de 2000 un neurólogo de Baltimore (Maryland, EEUU),
Christopher Newman, formalizó una demanda contra siete
empresas de la industria de la telefonía móvil, la Asociación
de la Industria de Telecomunicaciones Móviles (CTIA) y la
Asociación de la Industria de Telecomunicaciones. El doctor
Newman reclamaba una indemnización de 800 millones de dólares
(929,64 millones de euros) asegurando que el tumor cerebral detrás
de la oreja derecha que le diagnosticaron en 1998 le fue provocado
por los teléfonos móviles que venía usando de forma frecuente
cada día desde 1992. La abogada de Newman está siendo ayudada
en su demanda por el abogado Peter G. Angelos, quien logró
que el estado de Maryland ganase su litigio contra la industria
tabaquera teniendo que pagar 4.200 millones de dólares (unos 4.881
millones de euros).
A comienzos del 2001 Angelos demandó a veinticinco de las principales
empresas de la industria de la telefonía móvil acusándolas de
poner en el mercado su tecnología a sabiendas de que emite radiaciones
peligrosas para sus usuarios. El abogado alega que existen vínculos
constatados entre el uso de los teléfonos móviles y el aumento
de riesgos para la salud, incluyendo daños en funciones básicas
cerebrales, irregularidades genéticas y un aumento en la vulnerabilidad
a toxinas e infecciones. En unas declaraciones posteriores Gordon
explicaría que los casos anteriores no prosperaron porque "no
estaban lo suficientemente documentados". "Estos litigios
-explicó- son muy costosos, muy largos y las grandes corporaciones
tienen mucho dinero y firmas de abogados de miles de personas.
Se trata, sin duda alguna, de una lucha como la de David contra
Goliat". Aunque lo más intranquilizador de la entrevista fue
leer su convencimiento de que "vamos a tener una epidemia de
casos dentro de unos años".
En Europa, en cambio, han prosperado ya varias demandas contra
empresas de telefonía móvil relacionadas con los posibles daños
de las antenas repetidoras. La resolución más significativa quizás
haya sido la de la Audiencia de Frankfurt (Alemania) en
septiembre del 2000 que dictó una sentencia de carácter preventivo
por la que prohibió "con efectos inmediatos" a la compañía operadora
-De TeMobil Deutsche Telekom MobilNet GmbH- el funcionamiento
de una antena instalada en el campanario de la Comunidad Evangélica
de Oberursel por motivos de salud. La sentencia señala que
los treinta y ocho demandantes demostraron que "la instalación
montada por la demandada (...) emite radiaciones pulsantes de
alta frecuencia que representan un serio peligro para la salud
de los demandantes". Tomando como referencia investigaciones
realizadas por el doctor Lebrecht von Klitzing y las advertencias
del SSK -organismo alemán para la protección contra radiaciones-
la Audiencia consideró poco segura la normativa alemana que regula
las emisiones de estas antenas, basada esencialmente en las recomendaciones
de los organismos internacionales de estandarización del ICNIRP.
Por supuesto, hay más casos en los tribunales pero de momento
no los suficientes para provocar cambios realmente significativos
en las legislaciones. Estamos en las primeras etapas de una larga
lucha.
Poco a poco, año a año, a medida que se vayan conociendo nuevos
trabajos se irá demostrando que los efectos negativos denunciados
durante la última década eran reales y con ello probablemente
se abrirá la caja de Pandora de las demandas. Es muy probable
que, como en su momento hicieron los dirigentes de las industrias
tabaqueras, los actuales responsables de las industrias de telefonía
móvil hayan pensado que lo mejor es dejar pasar el tiempo, dar
largas, recoger beneficios y esperar a que sean los directivos
del futuro los que asuman las posibles indemnizaciones. Eso sí...
mientras puedan seguir escudándose en la ignorancia. Sólo que
deberían tener en cuenta lo que se dice en la "Declaración
de Alcalá" ya citada: "Anular las voces discrepantes no
nos acerca a la verdad, sólo la oculta por un tiempo limitado".
Hasta que la verdad se abra paso, pues, nuestro cerebro seguirá
siendo atacado por las radiaciones de los móviles y el marketing
que los sustenta. La esperanza, por el momento, sigue estando
en la investigación independiente. Y eso al final depende de los
fondos.
"Si la industria de la telefonía móvil apoyara la búsqueda
de métodos para evitar los efectos negativos de la radiaciones
electromagnéticas -nos comentaría José Luis Bardasano -se
podrían conseguir muchas cosas. Y si la Administración cumpliera
con su misión de vigilar buscaría fondos para que se pueda investigar
de forma seria e independiente".
Mientras siga nuestro consejo: use el móvil sólo cuando sea estrictamente
necesario. Y, por supuesto, no lo lleve encima encendido. Se puede
estar jugando la salud y hasta la vida.
Antonio F. Muro
Más
información sobre el Gamma-7-RT en el 626 30 72 59
Los
móviles manos libres no evitan accidentes de tráfico
Los teléfonos móviles "manos libres" no aportan más seguridad
a la conducción. Así lo indican varios estudios que se publican
en el último número de Human Factor: The Journal of the Human
Factors and Ergonomics Society. Trabajos como los de McPhere,
Scialfa, Dennis, Ho y Carid coinciden en que
hablar por un teléfono móvil introduce un grado de distracción
en el conductor que le lleva a cambiar su forma de ver el mundo
provocando que pierda informaciones visuales importantes como
las de los semáforos. Otro estudio, el de Horrey y Wickens,
subraya que es menos peligroso para los conductores leer en una
pantalla que recibir la misma información únicamente por vía auditiva.
Por último, Monk, Boehm-Davis y Trafton recuerdan
que atender una llamada telefónica a través del manos libres cuando
se está realizando simultáneamente una maniobra complicada -como
la incorporación a una autopista- aumenta mucho la situación de
peligro para el conductor.
Otras
soluciones para disminuir el peligro de las radiaciones
Existen otras formas de minimizar los efectos de la radiación
de la telefonía móvil. A las citadas a lo largo del artículo se
une la utilización de pequeños repetidores domésticos de muy baja
potencia y la instalación en el móvil -de forma similar a los
ya citados- de otro tipo de dispositivos antirradiación compuestos
por una malla metálica de oro, níquel, aluminio y cobre.
Para comprender el uso de los repetidores es necesario conocer
antes cómo funcionan las redes de telefonía móvil y tener claro
que es potencialmente más dañina la radiación cercana del terminal
telefónico que la radiación lejana de la antena del operador.
Los teléfonos móviles y las antenas se ajustan de forma variable
a la potencia mínima necesaria de trabajo entre ambas. En situaciones
de buena cobertura la radiación emitida por ambos se minimiza.
En casos de cobertura media o baja ambos elementos operan a la
máxima potencia. En esta situación el teléfono nos irradia con
una potencia de hasta 2 watios. La colocación de un repetidor
doméstico (equipo de 20 miliwatios, es decir 0,02 watios) que
además es válido para varios teléfonos permite obtener una señal
clara pero de tan sólo miliwatios de potencia. La reducción de
la potencia es, por tanto, considerable. Como valor añadido puede
decirse que la duración de las baterías es mayor al necesitar
mucha menos potencia de emisión.
En el caso de la malla textil el dispositivo que se adhiere al
móvil está compuesto por una malla de oro, níquel, aluminio y
cobre en proporciones muy precisas. Basándose en las características
de los metales de absorción o bloqueo de las radiaciones protege
el cerebro del usuario sin perder por ello calidad la audición.
Está diseñado para proteger el oído, la parte más vulnerable a
la penetración de las radiaciones comunicada directamente con
el cerebro.
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