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Sin que la inmensa
mayoría de los ciudadanos lo sepa
EL 60% DE LOS ALIMENTOS ELABORADOS QUE CONSUMIMOS
EN ESPAÑA
¡CONTIENEN TRANSGÉNICOS! |
En España se consumen desde hace años
organismos genéticamente modificados -coloquialmente conocidos
como alimentos transgénicos- a pesar de que numerosos colectivos
vienen alertando de los riesgos que pueden suponer tanto para
el medio ambiente y la agricultura como para nuestra salud.
Por ejemplo, provocando alergias de tratamiento y repercusiones
desconocidas. También pueden hacer que algunas bacterias patógenas
para el hombre se vuelvan resistentes a los antibióticos con
las graves consecuencias que ello acarrearía. Es urgente pues
que las autoridades apliquen el Principio de Precaución y se
exija a los productores de alimentos transgénicos que antes
de comercializarlos demuestren que son seguros. Lo que a día
de hoy no han hecho. Especialmente porque según denuncia Greenpeace
¡el 60% de los alimentos elaborados que consumimos en España
contienen transgénicos!
El 70% de los españoles afirma no estar dispuesto a comer alimentos
que contengan organismos modificados genéticamente -según una
encuesta realizada por la Organización de Consumidores y Usuarios
(OCU)- seguramente sin saber que hoy ¡el 60% de los alimentos
elaborados que consumimos en España contienen transgénicos!
Y esa actitud es la misma en países como Alemania, Austria, Francia,
Italia, Dinamarca, Suecia, Grecia, Japón, Australia, India y los
nuevos miembros de la Unión Europea, entre muchos otros. En Gran
Bretaña la oposición es incluso más acusada y a los transgénicos
se les denomina despectivamente frankenfoods, algo así
como "comida Frankestein". ¿Y por qué ese feroz recelo?
Pues porque el consumidor está cada vez mejor informado y tras
las mentiras sobre el tabaco, el síndrome tóxico, el cáncer, la
utilidad y fiabilidad de los medicamentos, el "mal de las vacas
locas" o la gripe aviaria -entre otras muchas- no se fía ya de
que los transgénicos sean tan inofensivos y seguros como afirman
quienes los cultivan y comercializan. Y más cuando la propia Academia
Nacional de las Ciencias de Estados Unidos -principal productor
de transgénicos del mundo- alienta esa desconfianza al sugerir
al Gobierno norteamericano que "redoble la vigilancia para
evitar los riesgos potenciales para la salud asociados a los alimentos
genéticamente modificados".
Bueno, pues pese a ese rechazo generalizado -que en nuestro país
personifican organizaciones como la Coordinadora de Organizaciones
de Agricultores y Ganaderos (COAG), Greenpeace, Amigos
de la Tierra, Ecologistas en Acción, la Sociedad Española
de Agricultura Ecológica e INTERECO (asociación que aglutina
a algunos organismos de certificación de agricultura ecológica)
además de sindicatos y distintas asociaciones de ciudadanos y
consumidores- lo cierto es que desde la aparición del primer transgénico
-una planta de tabaco resistente a ciertos virus que se empezó
a cultivar en China en 1992- hasta hoy no ha hecho más que aumentar
el número de hectáreas que en todo el mundo se dedican a cultivar
transgénicos. Por ponerle cifras: en 1996 los transgénicos se
cultivaban en 2 millones de hectáreas pero en el 2004 se hacía
ya en 44,5 millones. Es decir, ocupando el doble de la extensión
del Reino Unido. Y también ha aumentado el número de autorizaciones
para experimentar sobre organismos modificados genéticamente que
conceden organismos como nuestra Comisión Nacional de Bioseguridad,
órgano consultivo de la Administración para los transgénicos adscrito
al Ministerio de Medio Ambiente que en los últimos 10 años ha
dado luz verde a la realización de más de 200 experimentos con
estos organismos.
Conviene pues saber qué son los transgénicos y cuáles pueden ser
sus efectos sobre nuestra salud una vez que se incorporan a la
cadena alimentaria. Después podrá decidir si los lleva a su mesa
o no. Siempre que informen de ello quienes los comercializan,
claro.
¿QUÉ ES UN ORGANISMO MODIFICADO GENÉTICAMENTE
(OMG)?
Un
organismo modificado genéticamente -es decir, un transgénico-
es un organismo vivo creado mediante la manipulación artificial
de sus genes. Es decir, es un ser que no existiría en la naturaleza
sin la intervención del hombre. Y lo que hace el humano es utilizar
las técnicas de ingeniería genética para aislar segmentos del
material genético de un ser vivo -sea un virus, una bacteria,
un vegetal, un animal o incluso un ser humano- para introducirlos
en el material hereditario de otro ser vivo y modificar así su
estructura con un fin preciso. En el caso de la agricultura esta
manipulación busca varios objetivos: que los alimentos tengan
una vida comercial más larga, que sean más nutritivos y sabrosos,
que resistan condiciones ambientales adversas como heladas, sequías,
salinidad del suelo, etc., que soporten plagas de insectos o que
sobrevivan a los herbicidas. Así, por ejemplo, el maíz transgénico
que se cultiva en España desde 1998 lleva incorporados genes de
bacterias que le permiten producir una sustancia insecticida con
la que la propia planta transgénica combate posibles plagas de
taladros (unos insectos que horadan el tallo del maíz hasta destruirlo),
mariposas y polillas. Pues bien, a este maíz capaz de autoprotegerse
y a la soja resistente a herbicidas -los dos únicos transgénicos
que de momento se pueden comercializar oficialmente en España-
se pueden sumar hasta 70 productos modificados genéticamente que
pronto podrían llegar a nuestros mercados si la Unión Europea
cede a las presiones de la industria para que se concedan más
autorizaciones. Entre ellos los más llamativos son patatas más
dulces o con genes que impiden que absorban la mayor parte del
aceite en que se fríen o que inmunizan a quienes las consumen
contra el cólera o las diarreas bacterianas; tomates que tardan
más en estropearse después de maduros (se les han añadido genes
que evitan la síntesis de la poligalacturonasa que produce el
reblandecimiento de la hortaliza); café que resiste mejor a los
insectos y tiene mayor aroma y menor contenido de cafeína; trigo
sin gluten; uvas sin pepitas; plátanos capaces de albergar sustancias
que actúan como vacunas; arroz enriquecido con un precursor de
la vitamina A; carpas y salmones que ganan tamaño mucho más rápido
porque se les ha añadido copias del gen de la hormona del crecimiento;
leches enriquecidas con diversos fármacos extraídas de las glándulas
mamarias de diferentes mamíferos; quesos que acortan sus tiempos
de maduración por llevar bacterias lácticas modificadas con genes
exógenos; vinos con aromas más afrutados, etc.
Ahora bien, aunque los dos únicos transgénicos que de momento
están autorizados en la Unión Europea para consumo humano -y animal-
son el maíz y la soja... sus derivados se encuentran ¡en
más del 65% de los alimentos elaborados que se consumen en España!
según denuncia Greenpeace Los contienen desde las bolsas
de patatas fritas y los platos preparados hasta la margarina,
el chocolate, los aceites y la cerveza pasando por numerosos alimentos
dietéticos e infantiles. En el caso de la soja en forma de harinas,
proteínas, aceites y grasas (a menudo se "esconden" detrás de
la denominación aceites-grasas vegetales), emulgentes (lecitina
E 322), mono y diglicéridos de ácidos grasos (E471) y ácidos grasos.
Y en el caso del maíz como harina, almidón (no es el caso del
llamado "almidón modificado" cuya transformación no es transgénica),
aceite, sémola, glucosa, jarabe de glucosa, dextrosa, maltodextrina,
isomaltosa, sorbitol (E240), caramelo (E150) o grits.
Actualmente la Unión Europea importa cada año más de 9 millones
de toneladas de soja procedentes de Estados Unidos -a los que
adquirimos el 40% de su producción de este transgénico- de las
que más de tonelada y media llega a España, hecho que nos convierte
en ¡el cuarto importador del mundo! detrás de Japón, Taiwán y
Holanda. En cuanto al maíz nuestro país importa cada año 6 toneladas
y casi el 70% es ¡transgénico! A lo que hay que sumar que en España
se cultivan cerca de 60.000 hectáreas de este producto por lo
que no cabe duda de que somos ¡uno de los principales consumidores
del mundo de maíz transgénico!
PROS
Y CONTRAS DE LA MANIPULACIÓN GENÉTICA
Huelga decir que la intervención del hombre
sobre la naturaleza genera siempre consecuencias y en el caso
de las técnicas de manipulación genética resultan más que evidentes
porque el resultado son organismos completamente nuevos de los
que a veces no se conoce más que su origen y no los efectos -positivos
o negativos- que puedan acarrear. De ahí que estas técnicas tengan
fieros detractores pero también feroces defensores de su utilidad.
Por ejemplo, estos últimos afirman que la manipulación hace a
las plantas más resistentes a las plagas, algo que se debe a que
se introduce en ellas una versión sintetizada de un gen de la
bacteria bacillus thuringiensis (Bt), modificación merced
a la cual la planta produce una proteína insecticida que la protege
frente a ciertos insectos. Hoy este gen -el Bt- está pues introducido
en el maíz pero también en el algodón, la patata y el tomate.
Sin embargo sus detractores aseguran que estas plantas producen
la toxina a lo largo de todo su ciclo vital por lo que los insectos
que serían vulnerables al Bt acaban haciéndose resistentes a él.
De hecho ya en octubre del 2001 la Agencia de Protección Ambiental
de Estados Unidos -la Environment Protection Agency- retiró
del mercado la variedad de maíz transgénico Bt176 porque "no
ofrecía una protección completa frente a la segunda generación
del taladro del maíz con el consiguiente riesgo de aparición de
resistencia en los insectos". Además, como denuncian desde
distintas organizaciones ecologistas y agrarias, esa toxina insecticida
Bt se puede acumular en el suelo contaminándolo y llegando incluso
a afectar a los acuíferos próximos. Por eso cada vez más científicos
argumentan que modificar genéticamente las plantas para que sean
resistentes a determinadas enfermedades introducirá en el medio
ambiente nuevos patógenos más agresivos.
Los defensores de los transgénicos también sostienen que algunas
modificaciones hacen que las plantas -como se ha comprobado con
la soja, el algodón o el trigo- resistan mejor a algunos herbicidas
por lo que a medio plazo se utilizarían menos productos tóxicos
para combatir la aparición de malas hierbas en los campos de cultivo.
A ese respecto, sin embargo, Greenpeace denuncia que estas
plantas -que suponen el 73% de todos los transgénicos cultivados-
resisten al glifosato, el principio activo de los herbicidas que
"casualmente" sólo comercializan las mismas multinacionales que
venden las semillas transgénicas con lo que el negocio es redondo.
"Esta característica -dice Greenpeace- hace posible
verter una gran cantidad de estos productos para acabar con las
malas hierbas sin que mueran los cultivos transgénicos. El resultado
final es una mayor contaminación progresiva porque tanto el suelo
como las cosechas están sometidos a mayor cantidad de productos
químicos y más potentes con los que el agricultor intenta combatir
una maleza que cada vez se hace más resistente a los agroquímicos
porque los transgénicos pueden transferirle esa resistencia al
herbicida".
Y esto es, precisamente, lo que más preocupa a ecologistas y agricultores:
que las modificaciones introducidas en una planta transgénica
puedan transmitirse a otras provocando una situación de contaminación
genética que al afectar a seres vivos capaces de reproducirse
se convierta en imparable, irreversible e imposible de "limpiar"
del ecosistema. Podría ocurrir incluso que las plantas contaminadas
-convertidas en "superplantas" resistentes a herbicidas, plagas
de todo tipo, condiciones ambientales adversas, etc.- invadieran
hábitats que no les son propios y desplazaran o hicieran desaparecer
a las especies originales.
Sobre la posibilidad de esa contaminación genética los partidarios
de la manipulación afirman que las probabilidades de que esto
ocurra son muy pequeñas ya que el flujo de genes debe darse entre
especies relacionadas que se encuentren en floración al mismo
tiempo y que, además, compartan los mismos polinizadores. Pero
esas posibilidades no deben ser tan pequeñas cuando según la Coordinadora
de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) en los
8 años que lleva cultivándose maíz transgénico en España ya se
han constatado varios casos de este tipo de contaminación. En
dos de ellos las explotaciones contaminadas perdieron por ese
motivo su calificación de ecológicas. Incluso, según denuncia
la coordinadora, se han detectado restos de soja transgénica en
piensos ecológicos que ni siquiera la contenían.
LAS
MENTIRAS DE LAS MULTINACIONALES DE LOS TRANSGÉNICOS
Hoy día cinco compañías multinacionales -las
mayores agroquímicas del mundo- monopolizan el mercado mundial
de semillas transgénicas. Son Syngenta, Bayer CropScience,
Dupont, Dow Agrosciences y Monsanto. Esta última controla
la mayor parte del mercado -en concreto el 90% de las semillas
transgénicas sembradas en todo el mundo- y anualmente ingresa
unos 1.900 millones de dólares por las semillas y unos 1.800 por
la venta del herbicida Roundup. Un negocio multimillonario
que alimentan presionando a los gobiernos de distintos países
-especialmente a los más empobrecidos- para que les concedan nuevas
autorizaciones para cultivar y/o comercializar sus productos transgénicos.
Presión a la que parece que también sucumbió la Comisión Europea
-no sabemos a cambio de qué- cuando en mayo del 2004 decidió levantar
la moratoria que pesaba sobre aprobaciones de nuevos organismos
modificados genéticamente tras 5 años de paralización a pesar
de que la resistencia a los transgénicos ya autorizados ha ido
creciendo con numerosos municipios y regiones de toda la Unión
Europea declarándose "zona libre de transgénicos" (vea
el recuadro adjunto). Pues bien, desoyendo la opinión abrumadora
de la mayoría ciudadana -que los rechaza- y a pesar de no contar
con el apoyo de los estados miembros la Comisión aprobó para alimentación
humana el maíz Bt11 comercializado por la multinacional
suiza Syngenta y dos meses después hizo lo mismo -en este
caso para uso animal- con el maíz transgénico NK603 producido
por la norteamericana Monsanto.
Claro que también se financia a estas grandes empresas de otros
modos éticamente discutibles. Según Ecologistas en Acción
sólo en el último año Estados Unidos -principal país productor
de transgénicos en el mundo- "donó" 50.000 toneladas de maíz y
productos derivados por un "valor" de más de cien millones de
dólares a programas de "ayuda humanitaria". Calculándose que el
30% era maíz transgénico. Y aquí viene la vileza de esas lucrativas
"donaciones": las principales beneficiarias fueron las grandes
multinacionales del transgénico -especialmente Monsanto-
porque esas exportaciones en forma de ayuda son pagadas
por el Gobierno estadounidense en forma de subvenciones multimillonarias
a los productores que no encuentran un mercado donde colocar
sus productos. Y no hay que ser muy inteligente para, como bien
mantiene Ecologistas en Acción, darse cuenta de que ese
"regalo envenenado" a los países subdesarrollados es la
forma en que la Administración norteamericana subvenciona en realidad
la "maltrecha" industria transgénica rechazada por la inmensa
mayoría de los consumidores de los países desarrollados.
Por otro lado, la presión de las multinacionales también llega
al agricultor que es quien finalmente decide cultivar o no este
tipo de productos. Según Greenpeace, Ecologistas en Acción,
Amigos de la Tierra e incluso la COAG lo que hacen
en realidad estas compañías es engañar al pequeño productor. ¿Por
qué? Porque le convencen con argumentos que acaban resultando
falsos. Por ejemplo:
Las
multinacionales afirman que los cultivos transgénicos son más
productivos. En realidad esto no sólo no se ha comprobado sino
que se tienen datos de que ocurre justamente lo contrario. En
nuestro país numerosos estudios demuestran que los rendimientos
del maíz transgénico son casi un 10% menores que los de las variedades
no transgénicas. Por lo que respecta a la soja las pérdidas de
rendimiento son de hasta un 7% según datos recogidos en Estados
Unidos.
Las
multinacionales promocionan estos cultivos como un ahorro para
los agricultores pues las propias plantas eliminan sus plagas
y toleran los herbicidas. La realidad es que cuando a la larga
los insectos y las malezas se hacen resistentes el agricultor
tiene que invertir mayores cantidades de dinero en agroquímicos
que le ayuden a combatirlos. Por tanto, el único negocio rentable
es el que hacen estas compañías que venden las semillas genéticamente
adaptadas a los herbicidas que ellas mismas comercializan.
Las
multinacionales aseguran que los productos transgénicos son más
competitivos en el mercado pero eso no es verdad por el simple
hecho de que los consumidores los rechazan. Ni les resultan más
atractivos, ni más sabrosos, ni más nutritivos, ni más saludables.
Las
multinacionales afirman que no hay razones para preocuparse por
el impacto medioambiental de los cultivos transgénicos pero ya
hemos visto que las hay porque pueden suponer un daño imprevisible
sobre los ecosistemas y los seres vivos, incluidos los humanos.
Pueden afectar a la cadena trófica y a la biodiversidad. En resumen,
los organismos modificados genéticamente son una de las mayores
amenazas para el medio ambiente porque a lo dicho hay que añadir
que sus daños no pueden ser controlados ni revertidos.
Las
multinacionales aducen que cultivar transgénicos puede ser una
solución para el hambre. Un argumento que Greenpeace tacha
de zafio y falso porque según el Programa de Alimentos de la
Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la
Agricultura (FAO) hoy se produce un 50% más de los alimentos
necesarios para alimentar a toda la humanidad y, sin embargo,
casi mil millones de seres humanos -la cuarta parte de ellos niños-
se encuentran en distintos estados de desnutrición. Por tanto
no haría falta recurrir a la manipulación genética para intentar
resolver un problema que es meramente político.
Bueno, pues a pesar de los datos de la FAO las compañías insisten
en la "utilidad humanitaria" de los transgénicos y en este punto
citan el ejemplo del llamado "arroz dorado", un arroz genéticamente
modificado al que se ha enriquecido con un precursor de la vitamina
A y que, según ellas, podría ayudar a los millones de personas
en todo el mundo que tienen carencia de esta vitamina. Y una vez
más los datos de la FAO dejan en evidencia a las multinacionales
pues según ese organismo internacional la ingesta recomendada
de vitamina A es de entre 500 y 850 microgramos al día y para
obtener al menos 500 sería necesario comer cada día ¡3,75 kilos
de ese arroz! Algo poco aconsejable cuando además a esa cantidad
recomendada de vitamina se puede llegar tomando una dieta más
variada compuesta por 200 gramos de arroz natural, 100 gramos
de zanahoria y 100 de mango.
TRANSGÉNICOS
Y SALUD
A lo dicho hay que sumar la preocupación
de numerosos científicos en cuanto a todas las repercusiones que
el consumo de organismos modificados genéticamente pueda tener
sobre la salud humana pues lo cierto es que aún no se conoce con
detalle cómo interactúan los genes trasplantados con el resto
del genoma original de la planta y si el resultado podría ser
un alimento tóxico o alergénico para el hombre. De hecho entrañan
riesgos de una magnitud que no tiene precedentes ya que al ser
seres vivos pueden reproducirse y evolucionar, quizá incontroladamente.
Por ello reclaman que se realicen estudios exhaustivos y que hasta
que no se tengan resultados concluyentes se aplique el llamado
Principio de Precaución. Y lo dicen porque lo que a día
de hoy ya se sabe es que entre los efectos negativos para la salud
de los transgénicos puede contarse la aparición de nuevas alergias.
A este respecto Greenpeace aporta datos sobre casos de
reacciones alérgicas graves en Estados Unidos por consumo de un
maíz genéticamente modificado y advierte de que los casos de nuevas
alergias -más o menos graves- se multiplicarían exponencialmente
si se introdujeran en el mercado otros transgénicos. "Las consecuencias
-afirma la organización- podrían ser tan incontrolables
e irreversibles como las que se producirían en el medio ambiente".
Sin embargo, otros expertos señalan que la manipulación genética
de los alimentos precisamente contribuye a eliminar numerosas
alergias e intolerancias alimentarias porque, por ejemplo, podría
cultivarse trigo sin gluten o producirse leche sin lactosa con
sólo suprimir los genes que codifican esos alérgenos. Pretenden,
en suma, que los organismos modificados genéticamente podrían
en realidad considerarse alimentos con propiedades terapéuticas
a los que, incluso, sería posible incorporarles vacunas. Lo que
no dicen tales expertos es que la reacción alérgica la podría
desencadenar el propio transgénico por la mayor cantidad de agrotóxicos
que contiene o las proteínas "extrañas" que se utilizan para crearlos.
A cualquiera de estos factores puede atribuirse la causa de que
en ratones de laboratorio el maíz Mon863 de Monsanto
provoque daños en los órganos y cambios en la composición sanguínea.
Afortunadamente el informe secreto de la multinacional sobre el
que iba a ser su nuevo producto saltó a la prensa justo antes
de que la Comisión Europea diera su autorización -como tenía decidido-
para ser comercializado para uso humano.
Cabe agregar que a pesar de la gravedad de lo ya expuesto lo que
más preocupa en cualquier caso a un número creciente de científicos
es que se pueda generar resistencia a los antibióticos por parte
de determinadas bacterias nocivas para el hombre. El riesgo lo
supone el hecho de que en los organismos modificados genéticamente
se utilizan genes antibióticos para que la planta resista a plagas
por bacterias y podría ocurrir que los transgénicos transfirieran
a las bacterias humanas la capacidad de resistir a los antibióticos
betalactámicos que son precisamente los más utilizados en la práctica
clínica con el consiguiente peligro sanitario de consecuencias
imprevisibles. A este respecto la Organización Mundial de la
Salud (OMS) -apenas dominada por las grandes multinacionales,
como todo el mundo sabe- afirma que "la presencia de genes
de resistencia a antibióticos per se en un alimento transgénico
no debería constituir un riesgo para la salud". A pesar de
lo cual, autocontradiciéndose -algo ya habitual-, ha prohibido
la utilización de marcadores antibióticos en los organismos transgénicos.
Por lo que pudiera ocurrir. Pero, ¿y los que ya se habían utilizado?
Con el tiempo conoceremos las consecuencias.
LAGUNAS
LEGALES
Ya hemos comentado que España es uno de los
mercados más activos e interesantes para los productores de transgénicos.
Pero, ¿cuántos españoles saben que -de manera directa o indirecta-
están ingiriendo alimentos modificados genéticamente? Pues hay
que decir que hasta abril del 2004 era ciertamente difícil que
algún consumidor supiera que estaba consumiéndolos porque hasta
entonces no era obligatorio para el productor etiquetar sus productos
y, claro está, no lo hacía dada la mala imagen que tienen.
A partir de abril del 2004, sin embargo, la nueva ley europea
sobre el etiquetado de alimentos manipulados genéticamente ha
venido a poner algo de sentido común en esta situación y a favorecer
el derecho a elegir de un consumidor informado. Así, esta normativa
obliga a etiquetar los alimentos que contengan más de un 0,9%
de organismos modificados genéticamente (OMG) o derivados de éstos
-en cualquiera de sus formas- para que puedan ser comercializados
en la Unión Europea. En la etiqueta se debe hacer constar la mención
"modificado genéticamente" o "producido a partir -nombre
del ingrediente- modificado genéticamente". Estas advertencias
deberían pues aparecer ya ¡en las dos terceras partes de los productos
de alimentación elaborados que ingerimos! ya que tal es la cantidad
de alimentos que actualmente contienen derivados de soja o maíz
transgénicos. La Unión Europea da una cifra escandalosa: cada
año 20 millones de toneladas de organismos modificados genéticamente
entran en la cadena alimentaria de los ciudadanos europeos. Y
se podría añadir: "Sin que la mayoría de ellos lo sepa y, por
tanto, pueda decidir si adquiere el producto o no".
Es un primer paso aunque lo cierto es que se produce la paradoja
de que la propia ley crea un vacío legal pues no obliga a etiquetar...
los productos derivados de animales alimentados con transgénicos.
Es decir, que podemos estar consumiendo carne, huevos o leche
procedentes de animales alimentados con organismos modificados
genéticamente sin que se nos informe de ello. "Teniendo en
cuenta -dice Greenpeace- que la mayor parte de los cultivos
transgénicos actuales van destinados a piensos compuestos ello
quiere decir que los transgénicos siguen entrando en la cadena
alimentaria sin que el consumidor pueda percibirlo y decidir por
tanto si quiere consumir este tipo de productos o no". Tampoco
requieren etiquetado los productos elaborados con enzimas, fermentos
u otras sustancias modificadas genéticamente empleadas en el proceso
de fabricación de los alimentos. Pero lo que resulta ya demencial
es que esta nueva normativa no enmiende las carencias de las anteriores.
Así, por ejemplo, sigue habiendo una "laguna" -obviamente se ha
hecho a propósito- sobre la responsabilidad por daños a la salud
y al medio ambiente. No deja de ser muy significativo que las
grandes compañías que afirman la inocuidad de los transgénicos
se resistan a que se regule la responsabilidad por los posibles
daños asociados a sus productos. En otras palabras, casi han conseguido
la impunidad.
En resumen, como bien denuncian las organizaciones de consumidores,
las leyes comunitarias -y, por tanto, las nacionales- sobre transgénicos
son más que insuficientes. Y Greenpeace añade: "Las
autoridades parecen preocuparse más de atraer las inversiones
de las grandes transnacionales de la biotecnología y de no soliviantar
al poderoso departamento de Comercio de los Estados Unidos que
de proteger la salud ciudadana, el medio ambiente y la agricultura
europeas". De ahí que para compensar el vacío informativo
que estas normativas producen la organización ecologista decidiera
publicar en marzo del 2005 la tercera edición de su Guía roja
y verde de alimentos transgénicos que se actualizó en septiembre
de ese mismo año, que sigue vigente -tal como han comentado a
esta revista- y que en su lista roja incluye "aquellos productos
comercializados en España cuyos fabricantes no han garantizado
a los expertos de Greenpeace que los ingredientes o aditivos de
sus productos están libres de transgénicos o sus derivados".
Bueno, pues en esa lista roja -que se puede consultar junto con
el resto de la guía en la web de Greenpeace (www.greenpeace.org)
se encuentran:
Las
marcas propias de UNIDE.
Los
aceites y margarinas de la empresa MIGASA.
Los
productos de alimentación infantil de ALTER FARMACIA (Nutribén,
Diet Alter,...).
Los
alimentos preparados y conservas de LA COCINERA.
Las
bebidas de las empresas LA ZARAGOZANA y DAMM.
Los
congelados de FRIPOZO y LA COCINERA.
Los
chocolates y golosinas de JOYCO (Trex, Solano, Chimox, etc.).
Las
galletas de INDUSTRIAS RODRÍGUEZ (Virginias, etc.).
Los
helados de ROYNE y KALISE MENORQUINA.
Las
patatas fritas y snacks de CRECS y FACUNDO.
Los
postres, mermeladas y cremas de LACREM (Farggi).
Las
salsas de CHOVI.
El objetivo de esta Guía, según Greenpeace, es facilitar
que el consumidor esté informado para que pueda elegir libremente,
algo que ni las propias normativas europeas le permiten por atender
a otros intereses. Por nuestra parte, no vamos a ingerir uno sólo
de esos productos.
ALGUNAS
EMPRESAS RESPONDEN A GREENPEACE
Días antes de la publicación del presente
reportaje el director de Discovery DSALUD, José Antonio
Campoy, envió un fax a todas las empresas incluidas en la
"lista roja" de la Guía roja y verde de alimentos transgénicos
de Greenpeace para comunicarles que íbamos a publicar esa
relación ofreciéndoles la oportunidad de expresar su parecer.
Pues bien, varias nos respondieron de inmediato negando rotundamente
que usen transgénicos en sus productos. Así lo hizo el Grupo
Kalise Menorquina por mediación de Patricio Garrido,
Director de Calidad del grupo, quien nos aseguró que sus productos
cumplen con la legislación en materia de organismos genéticamente
modificados (reglamentos CE 1829/2003 y 1830/2003) y de etiquetaje,
presentación y publicidad de alimentos (RD 1334/1999 y sus posteriores
correcciones). María Carmen Briceño, Directora del Laboratorio
de Calidad e I+D de Lacrem, S.A. (Farggi) afirmaría que
ellos sólo usan ingredientes no transgénicos. "Hace años que
sustituimos los ingredientes transgénicos o susceptibles de serlo
por otros que no lo eran aunque ello incrementara el coste del
producto", nos aseguró. Por su parte, Federico Segarra
Gurría, Jefe de Comunicación y Relaciones Externas del Grupo
Damm, nos remitiría a la propia página web de la entidad donde
se puede leer que "Damm cumple escrupulosamente toda la reglamentación
legal requerida y, por tanto, la no inclusión en el etiquetado
indicando el empleo de ingredientes procedentes de cultivos transgénicos
es garantía para sus consumidores de que no incorporan ni maíz
ni cualquier otro ingrediente derivado de este tipo de cultivo
en ninguna etapa del proceso de elaboración". Otro tanto nos
manifestó Neus Martínez Roldán, responsable de Comunicación
de Nestlé sobre los productos La Cocinera que pertenecen
al grupo. "Ninguno de nuestros productos en España contiene
transgénicos. Puedo asegurárselo", nos dijo telefónicamente.
También la responsable del gabinete de comunicación de ElPozo
Alimentación -y, por tanto, de Fripozo-, Ana Marín
Conesa, negó rotundamente que sus productos contengan organismos
genéticamente modificados. "Para comprobarlo basta con leer
el etiquetado", diría con firmeza. En el mismo sentido se
pronunció Marta Riesgo, Directora Técnica de Chovi S.L.,
quien afirmó igualmente: "No usamos materias primas de origen
transgénico". Añadiendo que la exigencia de Greenpeace
para que las empresas demuestren esa afirmación no se justifica
porque "se trata de una organización no gubernamental con intereses
propios" y ellos deben cumplir la legislación, responder ante
las autoridades gubernamentales y dar cuenta a los consumidores.
No aceptando pues que una entidad privada les fiscalice. Una opinión,
debemos añadir, que nos manifestaron prácticamente todos nuestros
interlocutores. En el momento de cerrar este número de la revista
no habíamos recibido más comunicaciones.
LOS
"DICTADORES DE LA ALIMENTACIÓN"
Así llaman los colectivos que hemos mencionado
a lo largo del texto a las empresas multinacionales que promueven
la comercialización de transgénicos. Y lo son si tenemos en cuenta
que, además de todo lo dicho, los organismos modificados genéticamente
(OMG) suponen una importante fuente de poder monopolístico ya
que son patentables y favorecen la concentración del capital en
muy pocas manos. Es tal además la "presión" que ejercen estos
grupos sobre los políticos -¡va siendo hora de que se investigue
de una vez el origen de algunos patrimonios!- que a pesar de que
la inmensa mayoría de los consumidores los rechazan ellos hacen
oídos sordos y se sigue autorizando su experimentación y comercialización.
Una peligrosa "sordera" selectiva de la que muchos probablemente
se arrepentirán algún día.
Laura
Jimeno
¿Sabía
que según Greenpeace...
...a España llegan anualmente 6 millones de
toneladas de soja de las que el 66% es transgénica y millón y
medio de toneladas de maíz de países que cultivan masivamente
organismos modificados genéticamente (OMG)?
...España es el único país de la Unión Europea que cultiva transgénicos
a escala comercial? En el 2004, por ejemplo, se cultivaron casi
60.000 hectáreas de maíz modificado con genes de bacterias.
...dos terceras partes de los alimentos que ingerimos contienen
derivados de soja y de maíz?
...en los cultivos transgénicos se emplean muchos productos tóxicos
-al contrario de lo que dicen las empresas que los promueven-
con el consiguiente daño para el medio ambiente y la salud?
...se está experimentando con genes de vaca en plantas de soja,
con genes de polilla en manzanas e, incluso, con genes de rata
en lechugas?
...desde el 18 de abril del 2004 todos los alimentos modificados
genéticamente -excepto los productos derivados de animales como
la carne, la leche y los huevos- procedentes de cosechas transgénicas
tienen que llevar en la etiqueta la mención "modificado genéticamente"?
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Libres de Transgénicos
En la actualidad 162 regiones o provincias
y más de 4.500 administraciones locales europeas se han declarado
Zona Libre de Transgénicos o han comunicado su intención
de restringir estos cultivos. Entre ellas se cuentan 8 de las
9 provincias de Austria, las 54 prefecturas griegas -con lo que
Grecia se ha convertido en el primer estado miembro de la Unión
Europea declarado totalmente libre de OMG-, casi el 80% del territorio
italiano, más de 1.250 municipios, 15 regiones y 5 departamentos
de Francia y casi la mitad de Polonia. En nuestro país también
el País Vasco y el Principado de Asturias forman parte de la red
habiéndolo solicitado igualmente Canarias y Cataluña (Fuente:
Greenpeace y Amigos de la Tierra).
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