El
24 de noviembre del 2006 el mundo supo que un ex agente del KGB, Alexander
Litvinenko, había sido envenenado mientras estaba en Londres con una sustancia
radiactiva que había ingerido con la comida o la bebida: Polonio 210. Durante
varios días la opinión pública internacional siguió perpleja tan curiosa "historia
de espías". La investigación policial del rastro radiactivo llevaría hasta unos
aviones de la Britsh Airways así como a distintos lugares de Londres y
luego de Alemania... hasta llegar a Moscú. La historia parecía demostrar que los
mejores guiones se encuentran a menudo en la vida real. En el momento de escribir
estas líneas los culpables, cómo no, seguían libres.
Cientos de millones de
personas de todo el mundo contemplaron pues en televisión la dramática imagen
de Litvinenko -sin pelo, abatido y postrado en la cama del hospital- hasta que
finalmente murió. Informaciones que muchos siguieron mientras fumaban tranquilamente
ante la pantalla un cigarrillo, comentando con sus allegados lo peligroso que
es el Polonio-210 mientras, tras dar una calada al cigarrillo, exhalaban con tranquilidad
el humo ignorando que en ese mismo momento la peligrosa sustancia de la que se
hablaba en la tele ¡estaba impregnando sus pulmones y los de quienes les acompañaban!
Y es que ¡desde la década de los años 60 del pasado siglo XX ¡se sabe
que hay Polonio 210 en los cigarrillos! Una información que se
ha tratado de ocultar a toda costa. Y, sin embargo, entre los millones de documentos
que la Philips Morris se vio obligada a desclasificar con motivo de las
demandas presentadas contra la compañía en Estados Unidos al menos cerca de un
centenar hablaban de la radiactividad alfa producida durante la combustión de
los cigarrillos.
La mayor parte del Polonio 210 deriva de los fertilizantes
fosfatados que se utilizan en las plantaciones de tabaco. La planta absorbe con
sus raíces el Polonio 210 del suelo y lo almacena en sus hojas donde este
isótopo radiactivo permanece a través de todo el proceso de secado e industrialización.
Debido a la temperatura de combustión del cigarrillo (600 - 800º C) el Polonio
210 se volatiliza y se inhala en parte en forma de humo y en parte en forma
de partículas que se depositan rápidamente en los tejidos del aparato respiratorio,
sobre todo a nivel de las bifurcaciones bronquiales. Los filtros del cigarrillo
capaces de retener algo de alquitrán y otros agentes carcinogénicos químicos son
completamente ineficaces contra los vapores radiactivos por lo que el Polonio
210 se deposita en los pulmones del fumador. Y otra parte queda, claro está,
a disposición de todo aquel que aspira el humo ambiental.
Un investigador
italiano, Vincenzo Zagá, publicó ya en 1996 Humo de tabaco y radioactividad
alfa (Polonio 210) y desde entonces no ha dejado de señalar en todos los foros
internacionales el peligro de las radiaciones alfa procedentes del Polonio
210. Tras investigar la presencia de radioactividad alfa en cinco marcas de
tabaco concluyó: "El Polonio 210 presenta un riesgo pulmonar muy alto como
iniciador de tumores broncopulmonares por radioactividad alfa (4 casos sobre 10.000
fumadores/año) sin tener en cuenta su papel como 'promotor' (co-carcinógeno)
de tumores broncopulmonares debido a su acción sinérgica con otras sustancias
oncogénicas". De hecho, C. Everett Koop, quien fuera Cirujano General
en Estados Unidos, declaró que la radiactividad, más que ningún otro producto,
es la razón de ser de al menos el 90% de todos los cánceres de pulmón.
El
Polonio 210 se encuentra además entre los once compuestos presentes en
el humo del tabaco que han sido claramente clasificados por la Agencia Internacional
para la Investigación del Cáncer como claramente carcinogénicos junto a la
naftilamina-2, el aminobifenilo-4, el benceno, el cloruro
de vinilo, el óxido del etileno, el arsénico, el berilio
y los compuestos de níquel, cromo y cadmio.
El historiador
de la Universidad de Stanford (EEUU) Robert Proctor, perito en algunos
pleitos contra las tabaqueras, publicó recientemente en The New York Times
que quienes fuman un paquete y medio de cigarrillos reciben una dosis de radiactividad
al año similar a la que hubieran recibido de haberse hecho aproximadamente 300
radiografías de tórax; casi una diaria.
Milirrems -medida de las radiaciones
de los rayos X- arriba o abajo, picocurios -medida de la absorción del Polonio
210- arriba o abajo, lo cierto es que nadie discute la naturaleza venenosa
del Polonio 210 que no sólo puede acabar provocando cáncer de pulmón sino
contribuir a la aparición de daños genéticos, cáncer de hígado y de vejiga, úlcera
de estómago, leucemia, cirrosis hepática y diversas enfermedades cardiovasculares.
En suma, ¿sabía usted que el Polonio 210 utilizado como arma mortal en
el caso Litvinenko forma parte inherente del tabaco? Suponemos que no. Seguro
que ni siquiera sabe que en el humo de los cigarrillos se encuentran presentes
tras el proceso de combustión ¡más de 3.000 productos! de los que al menos
60 que han podido ser estudiados son claramente cancerígenos. Aunque lo
realmente grave no es que usted no lo sepa sino que la Administración tampoco
lo sabe. O eso dice. Y en lugar de obligar a la industria a dar a conocer todas
las sustancias químicas que utiliza y los efectos que provocan en la salud ha
preferido apelar -una vez más- a la responsabilidad individual de los fumadores
-nada informados como consumidores- con una ley antitabaco que además nació cobarde
en su planteamiento inicial al no hacerla extensiva a todos los lugares públicos,
al contrario que en Irlanda donde su ley ha sido todo un éxito. Así que la Ministra
de Sanidad y Consumo Elena Salgado ni lo sabe, ni parece tener interés
en averiguarlo, ni hace nada para remediar la falta de información haciendo así
una clara dejación de su obligación de defender nuestros derechos como consumidores
(activos o pasivos).
UNA INICIATIVA DE SENTIDO COMÚN
En España hace ya año y medio que en el Parlamento el grupo de Los Verdes
-socio por cierto del PSOE en esta legislatura- decidió que sería bueno saber
qué sustancias fumamos y si las mismas alteran nuestra voluntad sin nuestro conocimiento,
ni consentimiento, convirtiendo así en inútil la información que sobre el peligro
del tabaco incluyen las cajetillas. Así que decidió presentar una Proposición
No de Ley con cuatro puntos cargados de sentido común "El Congreso de los Diputados
-decía el texto de la proposición- insta al Gobierno a aprobar y desarrollar,
en el plazo de un año, una norma que regule:
1. La obligatoriedad de
las compañías tabaqueras de informar sobre la composición completa y exacta de
las sustancias químicas que contienen los productos de tabaco que hay a la venta
en el mercado español.
2. Un sistema de evaluación exhaustivo, por
parte de la Administración Pública Sanitaria, sobre los riesgos y daños sobre
la salud de estas sustancias, compuestos y productos de tabaco.
3.
El establecimiento de una base de datos, sobre estas sustancias, compuestos y
productos de tabaco, pública y accesible a los ciudadanos.
4. La obligatoriedad
de las compañías tabaqueras de informar en cada cajetilla de tabaco de la composición
exacta y completa de las sustancias y compuestos químicos que contienen los cigarrillos,
cigarros u otro producto de consumo de tabaco así como los riesgos y daños asociados".
Puro sentido común. ¿La respuesta de sus socios parlamentarios?: el silencio.
"Con la ocultación de estos datos -señala la motivación del texto-
se está sometiendo al consumidor de tabaco a una doble distorsión de su voluntad:
por un lado, se le engaña con respecto a las sustancias que contiene el cigarrillo,
y, por otro, al reforzar las sustancias adictivas se viola su voluntad para convertirlo
en un sujeto cada día más dependiente del tabaco. De esta manera, la industria
tabaquera se muestra como una industria extremadamente dañina para la salud pero
también como un serio peligro para las libertades individuales y los derechos
de los consumidores".
Año y medio después Francisco Garrido, diputado
de Los Verdes por Sevilla, sigue esperando que alguien le conteste y rompa
lo que para él es "un silencio culpable".
SILENCIOS
VERGONZOSOS Y SOSPECHOSOS
Francisco Garrido nos recibiría en su despacho
del Congreso de los Diputados. Y allí nos explicaría que su escrito a la Presidencia
de las Cortes solicitando que no se fumara en ningún lugar del edificio tuvo mucho
que ver con el proceso que provocó la Ley Antitabaco. Ahora, ante el silencio
del partido del gobierno sobre su Proposición No de Ley, su objetivo es más modesto:
conseguir que no se fume en el comedor del Congreso de los Diputados donde, a
pesar de la prohibición, los no fumadores siguen teniendo que aguantar los humos
de los fumadores.
-Díganos, ¿por qué cree que no se quiere regular algo
tan sensato como la obligatoriedad de informar sobre la composición completa y
exacta de las sustancias químicas que contiene el tabaco que se vende en España?
-Probablemente porque no se quiere correr el riesgo de abrir un frente que llevaría
al Gobierno a enfrentarse no sólo con la industria tabaquera sino también con
otras como la farmacéutica, la del automóvil o la química. El consumidor tiene
el derecho a tener toda la información necesaria para saber qué es lo que está
tomando y cómo le afecta para poder asumir sus propios riesgos. Si se obligara
a las compañías tabaqueras a dar una información completa y exacta de las sustancias
químicas que contiene el tabaco estoy convencido de que se produciría un efecto
de alarma incluso entre los consumidores que todavía permanecen adictos al tabaco
lo que indudablemente supondría unos daños económicos muy importantes para las
tabaqueras. Pero creo que el efecto contagio de querer saber sobre la naturaleza
de las sustancias que consumimos podría tener consecuencias mucho peores en otros
frentes por lo que no se quiere abrir la guerra que supondría obligar a las industrias
a dar al consumidor, en todos los casos, la información necesaria para que sepa
lo que toma.
-Y ni contestaron a su proposición...
-No. Recibí
el silencio por respuesta. Bajo cuerda, off the record, el argumento era
que aquello podía ser muy largo, que dónde se iban a poner todas aquellas sustancias
y sus efectos. ¡Como si aquello fuera un problema físico, del papel a utilizar!
Pues que se meta un prospecto dentro o que se habilite un banco de datos público
en Internet que permita a cada consumidor comprobar las sustancias de cada marca
y cada tipo de cigarrillos. Y después, lo obvio: que no hay de momento condiciones
técnicas para poder conocer la composición exacta. Nosotros respondimos que se
pidiera entonces a las empresas que, bajo su responsabilidad, emitieran un informe
explicando en cada caso cuáles eran sus componentes. Pero las empresas alegan
problemas de secreto industrial para no hacerlo, lo que es ridículo. No hay nada
en la legislación, ni en Europa ni en España, que ampare esa postura porque entonces
todo el mundo podría acogerse a ese argumento para vender productos con todo tipo
de composiciones desconocidas. De momento lo que sabemos es que nuestros gobernantes
no lo saben. Es decir, hoy la Administración Pública no controla del tabaco más
allá de seis o siete sustancias.
-Tres, según tengo entendido.
-El
laboratorio oficial, su maquinita en cuestión, tres; y así quedó demostrado después
de que la Junta de Andalucía presentara una demanda contra las tabaqueras. Fue
cuando nos enteramos de que con los instrumentos que existen hoy día en el laboratorio
"de referencia" en España es imposible establecer todas las sustancias que hay
en el humo del tabaco. Así que tuvimos que recurrir a laboratorios extranjeros
para saber qué sustancias contenía y demostrar que algunas de ellas crean adicción
deliberadamente y, por supuesto, cáncer. Porque en el caso de la adicción se produce
además una distorsión de la voluntad que pone de manifiesto claramente la responsabilidad
de la empresa.
El argumento de las tabaqueras viene siendo que el consumidor
asume libremente un riesgo, del que es consciente por el aviso de la cajetilla
que dice que "el tabaco mata". Pero lo cierto es que si se demuestra que
la empresa induce a través de determinadas sustancias la alteración de la voluntad
del consumidor por la vía del fomento de la adicción quedaría claro que se está
provocando un consumo no voluntario, incluso coaccionado, con lo que la responsabilidad
de la industria legalmente aumentaría. El hecho de que no sea conocida la composición
del tabaco elimina cualquier sombra de voluntariedad porque el consumidor no tiene
los elementos mínimos para valorar el riesgo. Además creo que se le podrían pedir
responsabilidades a la Administración porque es la responsable en última instancia
de que no exista esa información pública. Es la Administración la que tendría
que exigir el conocimiento completo para poder evaluar los efectos sobre la salud
porque es imposible evaluarlos más allá de las asociaciones estadísticas. Un análisis
funcional, que es el verdadero análisis científico que establece la relación causal
entre el comportamiento de determinadas sustancias dentro del organismo y la generación
de cáncer, no lo podemos tener porque no tenemos el conocimiento exacto de las
sustancias que el tabaco contiene.
VENENOS SIN CONTRASTAR
-Pues la lista de productos que según ustedes contiene el tabaco pone los pelos
de punta: monóxido de carbono, nicotina, nitrosaminas, nitrosonornicotina, polonio
210, plomo, terpenoides, toluenos, zincacetona, ácido butílico, ácido carbónico,
ácido fénico, ácidos carboxílicos, acroleína, alcaloides, aldehídos volátiles,
alquilfenoles, alquitranes, aminas, amoníaco, aromatizantes, arsénico, bases volátiles,
benceno, benzofluorantano, benzopireno, -B naftilaminas, butano, isótopos radiactivos,
metales pesados, metilcolantreno, metilcriseno, radón, saborizantes, sustancias
nitrogenoides terpenoides, toluenos, zinc... entre otras muchas sustancias. Supongo
que la mención de todos estos productos en la motivación de la Proposición No
de Ley está contrastada internacionalmente...
-Sí, sí. Las mismas empresas
han reconocido que esas sustancias forman parte de sus productos. Pero le puedo
decir que la lista es mucho mayor. Se habla de ¡hasta cuatro mil sustancias!
-En
tal caso, ¿no le parece que nuestra ley antitabaco, tal como está concebida y
con los agujeros que deja, no es sino una salva de distracción que aleja la atención
de la auténtica responsable, es decir, la industria? Pareciera que la ley lo que
en realidad quiere es proteger a las tabaqueras...
-Lo de las grandes
corporaciones me recuerda la frase de un senador que decía: "Todos tenemos
complejo de perseguidos pero lo malo no es eso sino que al final te persiguen".
Y es cierto. Hay cierta tendencia a ceder ante el enorme poder e influencia de
las corporaciones. Pienso, sinceramente, que en este caso más que un problema
de desviar la atención lo que hay es, digamos, una ley interruptus; es
decir, una ley que pretendía ir más allá pero que ante las presiones empieza a
ceder hasta dejar huecos abiertos. Empieza a tener flancos no cubiertos y por
ahí en medio se cuela todo el problema de la hostelería, se cuelan las ambigüedades
que permiten a las comunidades autónomas un desarrollo que es contrario al espíritu
de la ley... En ese sentido creo que ha sido una oportunidad perdida porque creo
que una vez que se inició la batalla, con el fuerte apoyo de la opinión pública,
se podría haber ido mucho más allá. Y lo mismo que se ha terminado aceptando que
en los sitios públicos no se puede fumar se habría acabado admitiendo que en los
bares tampoco se debe fumar. Lo mismo que en otros muchos lugares de ocio tampoco
se fuma. Se ha perdido esa oportunidad y ahora va a ser más complicado porque
ahora ampliar la ley no es tan fácil. Y lo que es más importante: el consumidor
sigue sin saber lo que consume y sigue sin poder evaluar realmente cuáles son
los efectos ya que es imposible evaluar, desde el punto de vista del consumo,
una sustancia que no se sabe cuál es.
-Admitamos entonces que es una ignorancia
dolosa de la Administración y que en estos momentos cualquier ciudadano está en
su derecho de acusar al Ministerio de delito contra el consumo por permitir la
comercialización de productos de los que no quiere averiguar su composición pero
de los que, en cambio, recibe mucho dinero en impuestos. Lo que ya de por sí es
sospechoso.
-No cabe duda de que desde un punto de vista legal -no digamos
ya desde el punto de vista político- el Estado es corresponsable porque podría
tener el laboratorio adecuado para hacer los análisis pertinentes ya que tiene
medios de sobra. Y para obligar a las compañías tabaqueras a establecer con exactitud
lo que cada cigarrillo contiene y provoca con su humo. Se podría así establecer
una legislación que restringiera determinados productos. Es más, no habría que
prohibir el consumo de tabaco sino prohibir que en ellos haya determinadas sustancias.
INCAPACIDAD
SOSPECHOSA
-¿Y no le parece vergonzosa tanta incapacidad para poner
en marcha la infraestructura necesaria?
-Además de vergonzosa, sospechosa.
Creo que no hay interés alguno en levantar la alfombra porque debajo hay muchos
cadáveres y habría que asumir muchísimas responsabilidades. Además se abriría
una batalla política de regulación con las empresas que mantienen cierto tipo
de colonización de los sistemas públicos. Desgraciadamente lo que nos encontramos
ahora mismo en los ministerios y en las consejerías es una presencia enorme de
los intereses de estas empresas. Normalmente no en los responsables políticos,
que puede que también, sino a través de los cuadros intermedios de la Administración
pública colonizados por las compañías que, a través de sistemas directos o indirectos,
favorecen económicamente a estas personas que incluso, en un momento determinado,
abandonan la Administración y se marchan a trabajar en ellas. Eso hay que regularlo.
Si hubiera coraje político para legislar esa gente no podría actuar. De hecho,
si hoy pueden hacerlo es por la pasividad del poder político. Es decir, que hay
una cierta complicidad entre lo que hacen esos cuadros medios de la Administración
colonizados por los intereses de las compañías privadas con la pasividad sospechosa
del poder político electo.
-El Ministerio de Sanidad y Consumo lleva a
cabo actualmente una política en virtud de la cual la responsabilidad de todos
los problemas los descarga al final en el consumidor. Parece que aquí sólo se
sabe legislar contra el consumidor y no contra la industria. Y eso lo está haciendo
un Gobierno que se supone de izquierdas...
-Se vislumbra una actitud puritana,
una actitud que va dirigida a prohibir los placeres y no a atacar a los grandes
poderes. Es una actitud anglosajona que proviene de una mentalidad puritana liberal
donde se trata de camuflar estructuras injustas, instituciones injustas, en las
conductas individuales. De manera que uno no es pobre porque vive en una sociedad
injusta sino porque es tonto, que uno está gordo porque come demasiadas hamburguesas
o que uno tiene cáncer porque fuma. Pero se trata de que el Estado lleve adelante
una política pública que ayude a la población a tener información suficiente como
para poder interpretar los componentes de cualquier producto que compra y no obligarle
a tener que leerse todos los prospectos de cualquier cosa que adquiera. El resultado
es que se moraliza, que la moralina provoca rechazo social, que se invisibiliza
a los verdaderos responsables y que al final los más pobres, los menos informados,
son los que pagan el pato. Si uno mira la encuesta de salud, por ejemplo, verá
que si hace treinta años entre la clase más pudiente su proteína base era de origen
animal hoy es al contrario: es de origen vegetal. En cambio, en la clase más pobre
las proteínas son de origen animal. Es decir, la información está teniendo un
sesgo muy discriminatorio para los más pobres.
Hasta aquí nuestra visita al
Congreso de los Diputados. Es obvio que los responsables del Ministerio de Sanidad
y Consumo dicen velar por nuestra salud pero para evitar los daños del tabaco
no obligan a la industria a dejar de envenenar a la gente sino que se limita a
restringir el consumo de tabaco en ciertos sitios y a protegerla de posibles demandas
al permitirla alegar en los tribunales que el consumidor ya sabía que "el tabaco
mata" y, por tanto, no tiene derecho a quejarse. Para luchar contra la obesidad
apela a la responsabilidad del consumidor y pide a los fabricantes de pizzas y
hamburguesas que no anuncien productos de "tallas grandes" pero no prohíbe los
productos que contaminan y envenenan nuestros alimentos. Es más, ni siquiera mueve
un dedo para comprobar si las denuncias que tantos científicos llevan haciendo
desde hace años sobre la peligrosidad para la salud de las radiaciones electromagnéticas
(torres de alta tensión, centros de transformación, antenas de telefonía, aparatos
Wi Fi, teléfonos móviles, etc.) son ciertas. ¿Tendrá algo que ver que Elena Salgado
haya sido Consejera Delegada de Vallehermoso Telecom entre el 2002 y el
2003, Presidenta de 11811 Nueva Información Telefónica -filial de Telegate
AG- durante el 2003 y miembro del Consejo de Administración de Abertis
Telecom en el 2004... hasta su incorporación al Gobierno?
Y es que al
final todo se sabe...
Antonio F. Muro