Si
usted se ha visto obligado a consumir el medicamento
Zyprexa o lo utiliza
como parte del arsenal farmacológico con el que se trata a alguno de sus familiares
sepa que forma parte de los 20 millones de personas que se calcula han tomado
ese medicamento desde su salida al mercado en 1996. Pero, ¿sabía usted de la predisposición
del
Zyprexa a provocar diabetes? ¿Le contaron que podría aumentar de peso
considerablemente y desarrollar otro tipo de patologías? ¿Sabe que sólo está indicado
para esquizofrenia y trastornos bipolares? Pues si comenzó a tomarlo a finales
de los 90 tiene mucho en común con cualquiera de los miles de demandantes que
han puesto en Estados Unidos entre la espada y la pared a su fabricante
Lilly
por ocultar información sobre los efectos adversos.
Con el
Zyprexa
se escribe el penúltimo capítulo de los escándalos que en los últimos años han
rodeado al sistema de fármacos superventas con el que convivimos y del que nos
han convertido en farmacodependientes. Una vez más los datos que se han ido conociendo
desde que el pasado mes de diciembre el
New York Times hiciera públicos
documentos internos de la compañía nos sumergen en un mundo de oscuros intereses
donde lo único que cuenta es el máximo beneficio.
Pero el caso
Zyprexa
nos sirve además para apreciar las enormes diferencias de trato que como consumidores
sufrimos los españoles respecto a los norteamericanos. Basta contemplar el calvario
que están atravesando las demandantes españolas del caso
Agreal (vea en
nuestra web los reportajes publicados en los números
82
y
91). Somos consumidores
de segunda y nuestros derechos son de segunda. Para nosotros, reclamar como han
hecho miles de consumidores en Estados Unidos y poder llegar a acuerdos extrajudiciales
es simplemente una ilusión.
Román Oria, abogado del madrileño bufete
Peña, Oria y Asociados, con amplia experiencia en los temas de reclamaciones
civiles en casos de daños a la salud a ambos lados del océano, sintetiza la frustración
del afectado español en pocas palabras:
"Pedir en España responsabilidades
a la Administración o a las grandes corporaciones -nos diría-
es un duro
camino de espinas: por la legislación, por cómo funcionan los tribunales, por
el tiempo que se tarda, por la mentalidad de gran parte de la judicatura y por
la cuantía de las indemnizaciones; por todo ello es un duro camino, en muchos
casos imposible de recorrer". ZYPREXA. UN
MISTERIO POR CAPÍTULOS.
PARTE PRIMERA: LOS EFECTOS SECUNDARIOS
Zyprexa -cuyo principio activo es la
olanzapina- es un antipsicótico
aprobado en 1996 por la
Agencia Federal de los Estados Unidos para el control
de los Medicamentos y la Alimentación (FDA) sólo para tratar a personas adultas
que padecieran esquizofrenia y episodios maniáticos producto de un desorden bipolar.
Sin embargo, los documentos que se han ido conociendo en los últimos años y, sobre
todo, los publicados por el
New York Times en diciembre pasado parecen
indicar que los laboratorios
Lilly -fabricante de
Zyprexa- no sólo
ocultaron los graves efectos adversos que su consumo producía sino que a pesar
de conocerlos se lanzaron a una gran campaña de marketing destinada a conseguir
que los médicos prescribieran el medicamento para otras patologías, incluidos
el Alzheimer y otras formas de demencia, para las que nunca fue aprobado. Estas
prácticas irregulares le han costado hasta el momento cerca de mil doscientos
millones de euros en acuerdos fuera de los tribunales pero podrían costarle muchos
miles de millones más ya que no sólo tendrá que hacer frente en los próximos años
a las demandas de miles de particulares sino también a las de aquellos estados
que le reclaman cientos de millones de dólares en concepto de daños a los sistemas
públicos de salud en sus respectivos territorios.
Las primeras demandas presentadas
a nivel nacional bajo la modalidad anglosajona de la
class action se presentaron
el 16 de abril de 2004 ante la
U.S District Court of Eastern District de
Nueva York en nombre de todos los americanos que han tomado
Zyprexa. En
ellas los demandantes alegaron ante los tribunales que distribuyó de forma negligente
un medicamento cuyos efectos secundarios pusieron las vidas de miles de personas
en serio riesgo.
Desde el año 2000 distintos investigadores a nivel mundial
ya señalaban que centenares de pacientes estaban desarrollando diabetes y obesidad
como resultado del uso de
Zyprexa. En el 2002 un estudio de la
Duke
University reveló 300 casos de diabetes emergente en consumidores de
Zyprexa.
Más de veinte personas desarrollaron pancreatitis. Veintitrés personas en el estudio
murieron como resultado de los efectos secundarios del medicamento. Según otros
estudios
Zyprexa aumenta además el riesgo de ictus y muerte en aquellos
pacientes de Alzheimer y demencia que lo consumen. Y su uso también ha sido asociado
con el empeoramiento de síntomas de Alzheimer, cetoacidosis, hiperglicemia, ganancia
de peso, coma diabético, pancreatitis, síndrome maligno neuroléptico, disquinesia
tardía y otros factores de riesgo.
Como ejemplo de lo que está ocurriendo
diremos que la demanda presentada por el Fiscal General del Estado de Mississippi
señala que
Lilly sabía que
Zyprexa aumentaba el riesgo de los pacientes
de desarrollar diabetes a pesar de lo cual continuó comercializando y vendiendo
el medicamento sin reflejar el peligro potencial en la información ofrecida a
los médicos y consumidores.
En abril del 2002 la compañía cambió el etiquetado
de
Zyprexa en el Reino Unido y en Japón e incluyó el aumento del riesgo
de padecer lesiones relacionadas con la diabetes pero no fue hasta año y medio
después que
Lilly modificó la información del medicamento en Estados Unidos
advirtiendo de esos graves riesgos.
PACTAR O ACUDIR
A LOS TRIBUNALESA pesar de que rechazan todas las acusaciones la avalancha
de demandas presentadas ha llevado a los laboratorios, de momento, a pactar.
"Aunque
estamos seguros -ha afirmado
Sidney Taurel, jefe ejecutivo de
Lilly-
de que estas demandas no se justifican... hemos querido reducir las incertidumbres
involucradas en los litigios de casos tan complejos". Claro que allí los demandantes
pueden ampararse en la
class action, una figura jurídica ausente de nuestro
ordenamiento -tal y como allí se recoge- que permite una mejor defensa de los
derechos de los consumidores.
"La class action -nos aclara Román Oria-
es una institución jurisprudencial creada por los propios tribunales. Se trata
de una reclamación que hace ante los tribunales un grupo de ciudadanos -o, incluso,
uno solo- cuya sentencia puede ser aplicada a todos los que se encuentren en una
situación similar como perjudicados. Y eso no ocurre en nuestro sistema. Los tribunales
anglosajones, en cambio, reconocen la validez de ese fallo para situaciones similares
presentadas con posterioridad al juicio". En el caso español del
Agreal
-fármaco fabricado por
Sanofi Aventis- el acuerdo fue imposible a pesar
de que lo que estaba en juego era muy similar: la falta de información adecuada
a médicos y consumidores sobre los efectos adversos secundarios.
"En Estados
Unidos -nos continuaría explicando Román Oria-
se llega a acuerdos más
fácilmente porque todo es más rápido, porque el laboratorio que ha dañado con
un producto a una persona o más sabe que se enfrenta no solamente con la acción
de ese ciudadano sino que, en virtud de la class action, se puede enfrentar a
ése... y a todos los que se apunten posteriormente porque las indemnizaciones
fijadas en sentencia pueden beneficiarles igualmente. Y sobre todo porque, en
definitiva, las indemnizaciones que los laboratorios van a tener que pagar en
caso de ser condenados serán acordes con los daños reales causados. Por eso les
interesan los acuerdos. En España pasa lo contrario: el juez tiene una concepción
irreal de las reparaciones de los desafueros que se causan y por eso las indemnizaciones
son irrisorias. Si aquí el demandado sabe que al final del pleito -que nadie sabe
además cuándo tendrá lugar- la vida de una persona le va a costar sólo noventa
mil euros -como ocurría hasta hace bien poco- le da igual llegar o no a un acuerdo".
En el 2005
Lilly llegó a un primer acuerdo de 700 millones de dólares para
atender las reclamaciones de 8.000 pacientes además de hacer frente a 2.500 pagos
individuales cuyo valor total no se ha descubierto. Pero tan sólo fue el primer
acuerdo extrajudicial. En los primeros días del pasado mes de enero
Lilly
firmó otro acuerdo por el que se comprometió a pagar en esa ocasión 550 millones
de dólares a otros 18.000 demandantes que afirmaban haber desarrollado diabetes
u otras enfermedades. La diferencia radica en que en este caso se trataría de
cubrir demandas referidas a períodos posteriores al momento en que se había modificado
la información sobre los riesgos.
Con lo que sin necesidad siquiera de llegar
a juicio en el 2005
Lilly pagó aproximadamente 90.000 dólares por demandante
y este año en torno a los 27.000 por cada una de las demandas. ¡Qué diferente
es el valor de nuestra vida -y el de los daños que se nos causan- y la de un norteamericano!
La mayor indemnización caso porque conseguida en el caso
Agreal fue de
7.531,90 euros. Y hubo que demostrar la causalidad caso porque, entre otras cosas,
no se tuvo en cuenta la presunción como prueba plena, algo más normal en las
class
actions de Estados Unidos.
"El sistema de presunciones -afirma Oria-
es perfectamente válido como medio probatorio. Es posible que no se pueda probar
la causalidad directa pero el juez considera toda la serie de elementos existentes
para poder llegar -si se dan en número suficiente- a la convicción de que efectivamente
es otro supuesto similar (otro afectado) y, por tanto, merecedor de igual fallo.
Es la presunción. Y no recuerdo haber visto en nuestro país, en cuestiones de
responsabilidad civil, sentencias condenatorias basadas en la presunción. Si las
hay deben de ser muy escasas". Aquí el pez grande se come al chico.
Los
abogados de
Lilly y los de los demandantes se han mostrado satisfechos
de los acuerdos.
Richard Meadow, uno de los principales abogados de los
demandantes, afirmó que el trato era
"justo" para ambas partes.
"'Prolongar
este litigio más allá -dijo-
no le interesa a nadie". De momento los
acuerdos parecen ser una buena opción para
Lilly sobre todo teniendo en
cuenta que con unas ventas globales de aproximadamente
cuatro mil doscientos
millones de dólares en el último año
Zyprexa es el medicamento más
vendido y el que más contribuye a las ganancias de la compañía.
Sin embargo
los problemas para el laboratorio no han hecho más que empezar. Según la propia
Lilly ya hay pendientes otras 1.200 demandas. Y lo que es más grave para
la compañía: la aparición de documentos internos que revelan que el laboratorio
promovió entre los médicos su uso para otras patologías diferentes de las aprobadas
por la FDA ha provocado que distintos estados presenten demandas contra el laboratorio.
Lilly tendrá al menos que afrontar los pleitos de los estados de Alaska,
Mississippi, Louisiana, Virginia Oriental, Illinois y Vermont -por el momento-
que pretenden resarcirse del dinero pagado por los sistemas públicos de salud.
Así, por ejemplo, en la demanda presentada por
Medicaid en
Virginia
por fraude se afirma que
Lilly promovió la venta de
Zyprexa ilegalmente
en ese estado a pacientes de todas las edades para el tratamiento de demencia,
ansiedad, disrupción del sueño, cambios de humor, déficit de atención e hiperactividad,
patologías todas ellas no aprobadas por la FDA. Y el 24 de julio de 2006 el estado
de Mississippi alegó en su demanda que
Lilly se comprometió en un plan
de marketing para defraudar al programa de Medicaid estatal millones de dólares
por usos no aprobados de
Zyprexa.
"Mississippi -se lee en la demanda-
está gastando millones de dólares en Zyprexa
para pacientes para los
que no está indicado el medicamento; y aún más, que están siendo dañados por él".
Además está en marcha un pleito de
class action para cubrir la supervisión
médica de todos los pacientes que tomaron
Zyprexa pero todavía no han sido
diagnosticados de diabetes o pancreatitis.
Es preciso señalar que en Estados
Unidos los médicos pueden prescribir libremente cualquier medicamento que crean
conveniente para un paciente pero los laboratorios tienen terminantemente prohibido
fomentar la prescripción entre los médicos para patologías no aprobadas por el
organismo regulador algo de lo que se responsabiliza a
Lilly.
H.
Blair Hahn, uno de los abogados involucrados en los casos de
Zyprexa,
declararía al diario
Indy Star: "Las indemnizaciones derivadas de este litigio
pueden ser muy superiores a lo que Lilly ha repartido hasta la fecha. Sus obligaciones
podrían alcanzar muchos miles de millones".ZYPREXA.
UN MISTERIO POR CAPÍTULOS.
PARTE SEGUNDA: OSCUROS SECRETOS La prescripción
del
Zyprexa para patologías no aprobadas va camino de convertirse pues
en una seria crisis de salud pública que está viéndose amplificada por la batalla
legal que los laboratorios mantienen en los tribunales contra todo aquel que trate
de desvelar los documentos internos de la compañía. Según el
New York Times
-que publicó varios artículos durante el pasado mes de diciembre- los documentos
confidenciales muestran un modelo de actividades ilegales que pueden haber llevado
a 20 millones de personas -entre ellas muchos españoles- a tomar
Zyprexa
sin conocer toda la información disponible que había sobre sus efectos adversos
y que además se prescribía para patologías para las que no está indicado.
El intento desesperado de que los documentos internos no sean conocidos puede
ser otra de las razones por las que la compañía ha tratado de solucionarlo todo
fuera de las salas de Justicia. Y hasta el momento le está saliendo bien porque
los tribunales han dictado ya resoluciones prohibiendo su divulgación.
La
batalla legal sobre los mismos empezó en diciembre del 2006 cuando el doctor
David Egilman pasó los documentos que había conocido tiempo atrás como testigo
especialista en un pleito contra
Zyprexa al abogado
Jim Gottstein
y éste, a su vez, se los hizo llegar a
Alex Berenson, reportero del
New
York Times.
Sin embargo, desde el mismo momento en que
Lilly comenzó
a alcanzar sus acuerdos extrajudiciales la Corte impuso silencio al doctor Egilman
y permitió a
Lilly continuar manteniendo en secreto los documentos -se
calcula que más de once millones- otorgándole al propio laboratorio, en una decisión
muy cuestionada, la potestad de señalar como "secretos" los documentos que considerara
oportunos. En cuanto los artículos empezaron a aparecer en el
New York Times
describiendo una campaña de marketing denominada
Viva Zyprexa destinada
a conseguir que los médicos prescribieran el medicamento para patologías no aprobadas
-algo que
Lilly niega oficialmente que haya ocurrido nunca- el laboratorio
consiguió que un juez emitiera una orden temporal obligatoria el 18 de diciembre
de 2006 ordenando a Gottstein que devolviera los documentos y diera una lista
con los nombres de todos aquellos con quienes los había compartido. Una vez éste
proporcionó esa lista
Lilly consiguió que la Corte emitiera una segunda
orden temporal el 29 de diciembre de 2006 para prohibirles a todos ellos la difusión
de los documentos aunque, curiosamente, en la lista no estaba el periodista del
New York Times. El 3 de enero de 2007 se realizó una nueva vista, a requerimiento
de
Lilly, para extender la orden temporal y obligar a Gottstein a comparecer
para acusarlo de desprecio civil y criminal a la Corte por publicar los documentos.
Varias páginas web y nuevos nombres fueron añadidos a la lista del silencio en
esa vista.
Según relata
Evelyn Pringle -periodista especializado en
la investigación de problemas de corrupción en la Administración y las corporaciones
norteamericanas- en su artículo
Zyprexa: Injury Clock Keeps Ticking Away
en una de las audiencias realizadas el 17 de enero de 2007 se le preguntó a Gottstein:
"¿En el momento en que usted recibió los documentos del doctor Egilman, tuvo
la impresión de que Lilly
había escondido deliberadamente al público y
a los médicos los efectos secundarios de Zyprexa
? Él contestó: 'Completamente'.
Gottstein fue preguntado después si tenía la impresión de que miles de personas
podrían estar experimentando daños por el consumo de Zyprexa
mientras Lilly
seguía estableciendo acuerdos fuera de los tribunales y él respondió 'Sí'
y que ésa era la razón por la que quiso que los documentos fueran conocidos:
'Para proteger a las personas de este medicamento'".
Pringle recoge también
en su artículo el testimonio de una abogada especializada en temas de salud.
"Miss
Sharav testificó el 17 de enero de 2007 y cuando un abogado de Lilly
le
preguntó por qué estaba interesada en los documentos contestó que documentaban
el hecho de que Lilly
sabía ya en el 2000 que Zyprexa
causaba diabetes.
'Y en lugar de advertir a los doctores que lo estaban prescribiendo ampliamente
-testificó- Lilly puso en marcha una campaña de marketing agresiva
destinada a los médicos de Atención Primaria'".
Bueno, pues a pesar de la
gravedad del contenido de los documentos nuevas disposiciones legales han sido
tomadas ya para proteger la opacidad de
Lilly. El periodista del
New
York Times ha sido citado lo que permite suponer que también se intentará
amordazar al prestigioso diario norteamericano. De esa manera, mientras la batalla
legal continúa, médicos de todo el mundo podrán seguir recetando
Zyprexa.
Y EN ESPAÑA, ¿SE HARÁ ALGO? La verdad es
que resulta incomprensible que haya estados norteamericanos como Mississippi o
Virginia que estén dispuestos a llegar hasta donde sea para defender a sus ciudadanos
por los daños sufridos e incluso para establecer un fondo que permita atender
en los próximos años a aquellos pacientes en los que los efectos aún no han aparecido
y que en España el Ministerio de Sanidad y Consumo siga sin reunirse siquiera
con las pacientes afectadas por el
Agreal cuando además aquí ya hay sentencia
condenatoria. Y que ningún partido político mueva un dedo. ¿Somos de segunda o
no? ¿Quizás si en vísperas electorales las ven en la calle entonces "reflexionen"?
Pero si ése es el comportamiento de la Administración en un caso donde existe
ya sentencia es fácil suponer que el Ministerio de Sanidad y Consumo ni siquiera
se plantee interesarse por las acciones legales emprendidas por los estados norteamericanos.
"Es una dejación si no lo hace -nos señala Román Oria-
porque si el
Estado se ha gastado miles de millones en Sanidad aunque tratando mal, insuficientemente,
o dolosamente una patología determinada, y se demuestra que eso es así y que hay
dolo del agente productor -sea civil o penal- está haciendo dejación si no reclama
responsabilidades por esos dineros públicos; está haciendo dejación de sus derechos;
claro que tal y como funciona nuestra Administración eso son goyerías". Algunos
datos pueden ayudarnos a entender la importancia económica de la
olanzapina
en el sistema sanitario español. En la
Gaceta Sanitaria del 15 marzo 2006
se publicaba el artículo
Luces y sombras de la prestación farmacéutica en España:
a propósito de los antidepresivos y antipsicóticos de
Lourdes Girona-Montañá,
Juan Carlos Juárez-Giménez y María Pilar Lalueza-Brotoc. Y en él se remarcaba
el aumento espectacular de la facturación en antipsicóticos entre 1997 y 2004:
de 61,84 a 317,46 millones de euros. Y se señalaba directamente a la
risperidona
y la
olanzapina como los principales causantes de ese incremento. En el
caso de la
olanzapina se pasó de 19,5 millones a 122,2 millones de euros,
un 52% de aumento cuyo coste ha tenido que ser soportado en buena parte por el
Sistema Público de Salud ya que se trata de un medicamento de prescripción obligatoria.
De hecho,
Zyprexa y
Risperdal son los medicamentos más vendidos
en nuestro país. ¡Dos antipsicóticos! ¿Tan mal estamos?
Claro que si a ello
le unimos que en el 2003 el
Servicio Andaluz de Salud (SAS) ya observó
públicamente que el 40% de las recetas de antipsicóticos de última generación
-denominados atípicos-, entre los que se encuentra la
olanzapina se correspondía
con usos que tampoco en nuestro país figuran entre los aprobados por el Ministerio
de Sanidad es evidente que miles de españoles han podido desarrollar síntomas
prediabéticos, aumento de peso u otros problemas por haber sido tratados con un
antipsicótico cuando no era su caso. Y encima con insuficiente información sobre
sus efectos adversos.
Si algo nos enseña la tan denostada a veces globalización
es que un medicamento es el mismo allí que aquí y que sus efectos adversos son
los mismos allí que aquí... Y, sin embargo, nuestros derechos como consumidores
no son, ni de lejos, los mismos allí que aquí.
"La Ley de Consumidores y Usuarios
-nos resumiría Román Oria-
debe reformarse de manera que cualquier persona
pueda reclamar por daños. No solamente una asociación de consumidores sino todo
aquel que sufre un daño efectivo. Y que los efectos de esa sentencia sean extensibles
a otros ciudadanos en situación semejante. ¿Por qué no se hace ese cambio legislativo?
Habrá que preguntárselo a los políticos e interrogarles sobre los grupos de presión.
La explicación para que el sistema de legitimación esté restringido, para que
no exista un sistema de class action
en España, no hay que buscarla en
términos jurídicos. Hay que buscarla en las presiones de las empresas farmacéuticas
y de las entidades financieras y bancarias, de las aseguradoras y de los diversos
grupos económicos que durante tantísimo tiempo se han aprovechado en nuestro país,
por ejemplo, de unos baremos escandalosos de valoración de la vida humana hasta
que la legislación comunitaria ha obligado a Administración y tribunales a modificarlos".Antonio
F. Muro