Los oncólogos norteamericanos han ganado mucho dinero
durante años por tratar a sus pacientes con Quimioterapia y, de hecho, todo indica
que ésa es la causa de la absurda y creciente prescripción de tan caros e ineficaces
productos en todo el mundo. En esta revista lo hemos denunciado muchas veces pero
ahora quien lo sugiere es nada menos que el diario The New York Times.
Los oncólogos se defienden afirmando que los beneficios que obtenían al poder
vender ellos directamente los medicamentos a sus pacientes no influía en sus decisiones...
y hay hasta quien se lo ha creído. Muchos otros médicos sostienen en cambio que
semejantes relaciones quizás sean legales pero no son éticas.
Que
el cáncer es un negocio que mueve anualmente miles de millones de euros en todo
el mundo y del que vive mucha más gente de la que muere es una verdad tan incómoda
como irrefutable. Desde la investigación a la práctica clínica, desde los modernos
laboratorios biotecnológicos a los ultrasofisticados aparatos de radioterapia
son miles de millones de euros los que se invierten cada año en cáncer para después
-¡faltaría más!- recuperarlos con creces. A pesar de lo cual los enfermos prefieren
creer que la decisión que los médicos toman sobre sus tratamientos es fruto del
mejor saber clínico posible y no de los intereses económicos de quienes les atienden.
Y por desgracia no es siempre así. En la revista hemos denunciado en reiteradas
ocasiones cómo las grandes multinacionales farmacéuticas deciden hoy desde la
enseñanza que se imparte en las facultades de Medicina a las normas que regulan
los incentivos o regalos de la industria que luego condicionan las
decisiones de los médicos.
Ha sido en Estados Unidos donde el problema de
la relación económica oncólogos-laboratorios se ha convertido en tema de debate
público entre quienes afirman que el peculiar sistema norteamericano propicia
un excesivo "apego" a la quimioterapia por parte de los oncólogos debido a la
gran cantidad de dinero que obtienen con ella y quienes insisten en mantener el
sistema como vía de supervivencia de las clínicas privadas dedicadas al tratamiento
de los enfermos de cáncer.
Vaya por delante que el sistema sanitario español
no funciona como el norteamericano -afortunadamente- y que aquí nuestros oncólogos
no venden directamente los productos a los enfermos. Sin embargo, si tenemos en
cuenta el peso de las grandes asociaciones norteamericanas de oncólogos en el
desarrollo de las guías de práctica clínica a nivel mundial y el hecho de que
las mismas están compuestas por los mismos que durante décadas han obtenido enormes
sumas de dinero de los laboratorios por "recomendar" sus fármacos es evidente
que tiene gran interés saber lo que sucede al otro lado del océano.
Para entendernos:
¿compraría usted con tranquilidad un coche de segunda mano a un mecánico si sabe
que el dueño le va a dar una comisión del 20% por la venta? ¿No dudaría de la
objetividad de ese consejo? Bueno, pues con la Oncología pasa lo mismo. Así que,
¿se dejaría tratar con un producto quimioterápico sabiendo que el oncólogo que
se lo recomienda obtiene beneficios con él? Esa es la cuestión a debate.
UN
SISTEMA PECULIAR
"Medicare -lo más parecido en Estados Unidos
a nuestra Seguridad Social- decidió hace dos años acabar con los beneficios
extras que los médicos conseguían con los medicamentos que administraban a los
pacientes en sus consultas al constatar que cada uno de ellos obtenía miles de
dólares de beneficio al año. La medida, que afectó principalmente a los medicamentos
para tratar el cáncer y los efectos secundarios que éstos provocan, tuvo un efecto
inmediato: los oncólogos pasaron de facturar cerca de 5.600 millones de dólares
en quimioterápicos y fármacos contra la anemia en el 2004 a 4.400 millones en
el 2005 de los que Medicare cubría el 80%. La diferencia representa sobre todo
el beneficio que los oncólogos conseguían de esos medicamentos". Así comenzaba
el artículo que Alex Berenson publicó el pasado 12 de Junio en The New
York Times con el título Incentives Limit Any Savings in Treating Cancer
(Los incentivos limitan cualquier posibilidad de ahorro en el tratamiento del
cáncer). Hablamos, pues, de cerca de mil doscientos millones de dólares
anuales de diferencia que eran los que se repartían básicamente los oncólogos.
Algo posible sólo por el peculiar sistema de tratamiento de los pacientes de cáncer
en Estados Unidos.
El sistema por el cual los enfermos de cáncer podían recibir
quimioterapia en las consultas de sus oncólogos o en clínicas privadas se estableció
a comienzos de los años 90 cuando los nuevos "avances" permitieron que los pacientes
recibieran la quimio fuera de los hospitales alegándose que así se evitaban parte
de los altos costes de los tratamientos hospitalarios. Empero, lo que de verdad
convertiría el sistema en algo realmente singular es lo que se conocería como
la "chemotherapy concession" en virtud de la cual los oncólogos podían
adquirir directamente los medicamentos a los laboratorios y después cobrárselos
a sus pacientes, al Medicare o a las aseguradoras privadas. Sistema que
pronto se convirtió en un dilema ético para los oncólogos -y económico para los
laboratorios y el Estado- al iniciarse de inmediato una guerra comercial entre
las multinacionales que para asegurarse clientes empezaron a ofrecer a los médicos
sustanciosos descuentos si compraban sus productos y no los de la competencia.
Descuentos que luego éstos se quedaban.
En pocas palabras, el nuevo método
aumentó notablemente la posibilidad de que los enfermos recibieran un fármaco
u otro de quimioterapia no en razón de su eficacia y especificidad sino de la
mayor o menor cantidad de dinero que cada oncólogo recibía del laboratorio.
¿Y ante esa posibilidad hizo algo la Administración norteamericana? ¿Se ocupó
de saber si los médicos actuaban o no con ética al recetar sus productos? No.
Es más, al parecer ni siquiera se enteró de que estaba perdiendo millones de dólares
con tan peculiar sistema. De hecho, durante años -hasta la reforma legislativa
del 2003- pagó los medicamentos en función de un denominado "precio medio al por
mayor" (Average Wholesale Price o AWP) puesto en cuestión ahora por los
tribunales federales y que fue elaborado a partir de los datos facilitados por
los laboratorios. Es decir, todos ellos proporcionaron al Gobierno los precios
de sus productos para que éste hiciera un promedio de los mismos siendo éste el
que, al final, reembolsaba tanto Medicare como las aseguradoras particulares.
Solo que resultó que los precios que las empresas facilitaron para que el Gobierno
hiciera el promedio estaban inflados -eran más altos de los reales- y los oncólogos
silenciaron además los descuentos que éstas les hacían.
Y claro, al final
la situación se volvió insostenible. Apenas un año después de la suspensión del
sistema se supo el volumen de lo "estafado". "La cantidad facturada por los
médicos a Medicare por medicamentos inyectables -denuncia Berenson- pasó
de 2.900 millones de dólares en 1997 a 10.900 millones en el 2004. En esa cifra,
además de los fármacos para el cáncer se incluye el gasto de los medicamentos
inyectables para la artritis y otras enfermedades pero los tratamientos de quimioterapia
y contra la anemia constituían las partidas más importantes. El aumento del gasto
y la preocupación por los perversos incentivos creados por el sistema hizo que
el Congreso cambiara el sistema de reembolso para ajustar los pagos de Medicare
a lo que los médicos pagaban realmente por los medicamentos".
Luego explicaremos,
por cierto, lo que se esconde tras los "medicamentos contra la anemia" utilizados
como complemento de la quimioterapia así como en casos de fallo renal pero veamos
antes lo acaecido en la Corte Federal de Massachussets (EEUU) para entender
mejor las prácticas irregulares de los laboratorios con el famoso precio medio
o AWP.
LOS LABORATORIOS CULPABLES
El pasado
21 de junio de 2007 la jueza Patti Saris -de la Corte Federal de
Massachusetts (EEUU)- concluyó, en un fallo sin precedentes, que tres grandes
laboratorios -AstraZeneca, Warrick (firma subsidiaria de Schering-Plough)
y Bristol-Myers Squibb- habían violado la Ley de Protección al Consumidor
de Massachusetts, capítulo 93A, divulgando "precios medios al por mayor falsos"
en el caso de un gran número de medicamentos de prescripción, incluyendo los fármacos
para el cáncer administrados por los oncólogos. Como ya hemos explicado, esa cifra
-conocida como AWP- es la que determina cuánto deben pagar a médicos y
farmacias Medicare y las aseguradoras privadas por los medicamentos que
se recetan.
Aunque la importancia del caso es que se trata sólo del primer
fallo de un asunto mucho más amplio, la Pharmaceutical Industry Average Wholesale
Price Litigation, proceso en el que hay decenas de empresas -incluidas las
principales multinacionales farmacéuticas estadounidenses- acusadas de haber divulgado
AWPs inflados e inexactos. Y en el que podrían salir a la luz también,
aunque no es el motivo de la causa, lo ganado por los médicos que no sólo no pagaban
a los laboratorios los medicamentos a los precios AWP inflados sino que lo hacían
a mucho menos dinero aún al de los precios reales ya que las empresas les hacían
grandes descuentos al comprar al por mayor.
Bien, pues en el mencionado pleito
de Boston los tres laboratorios demandados han sido ya encontrados culpables de
inflar artificialmente el AWP. "Esta decisión -declararía Alex Sugerman-Brozan,
director de Prescription Access Litigation, el grupo demandante- corrige
el gran mal cometido por esas tres compañías contra algunos de los pacientes más
enfermos y vulnerables de nuestra sociedad (…) ¿Hay algo más indigno que aprovecharse
de los enfermos de cáncer para obtener el máximo beneficio posible?".
La
Corte decretó que los tres laboratorios demandados publicaron AWPs falsos
e inflados en el caso de al menos siete medicamentos. La multinacional Astra
Zeneca en el caso del Zoladex; Bristol Myers Squibb en los casos de
Taxol, Vepesid, Cytoxan, Blenoxane y Urbes y en Warrick en
el de Sulfato de Albuterol.
"Ha llegado el día -añadiría Sugerman-Brozan-
de que nuestro sistema de salud pague los medicamentos basándose en datos verdaderos
y exactos, y no en cifras ficticias elaboradas por las compañías farmacéuticas
pensando más en los beneficios que en los pacientes".
Añadiremos, por
nuestra parte, que aunque esto ha servido para conocer las corruptas prácticas
de los grandes laboratorios farmacéuticos -una vez más- la jueza Saris no ha entrado
-tampoco se esperaba que lo hiciera- en el trasfondo del comportamiento ético
de los oncólogos.
¿QUÉ PRIMA? ¿LA ÉTICA O LOS BENEFICIOS?
Los oncólogos se defienden afirmando que los beneficios obtenidos son necesarios
para mantener en funcionamiento los centros privados que permiten "descargar"
de trabajo el sistema hospitalario pero lo cierto es que la situación ha llegado
a tal punto que exige replantearse de una vez su ética porque cada vez más datos
ponen en entredicho su honestidad.
La primera alarma importante de lo que
el conflicto de intereses suponía para oncólogos y pacientes saltó un "lejano"
12 de mayo del 2001 con la presentación durante una reunión de la Sociedad
Americana de Oncología Clínica celebrada en San Francisco de un trabajo del
doctor Ezekiel J. Emanuel, bioético y oncólogo especializado en cáncer
de mama vinculado a los Institutos Nacionales de la Salud según el cual
"un tercio de los pacientes de cáncer reciben quimioterapia al final de su
vida aún cuando el tratamiento no esté respondiendo".
Los autores del
estudio repasaron los expedientes de casi 8.000 pacientes concluyendo que muchos
casos de cáncer que no habían respondido al tratamiento se siguieron tratando
a pesar de todo con quimioterapia; incluso cuando se sabía que los enfermos estaban
al final de sus vidas y no había nada que hacer.
"El uso de la quimioterapia
en cánceres respondedores puede comprenderse si logra reducir el tumor y ofrecer
mejoría -declaró entonces Emmanuel- pero es difícil justificarla en los
pacientes con cánceres no respondedores (…) Dar la misma quimioterapia tanto en
los casos de tumores que responden como en el de los que no lo hacen al final
de la vida de un paciente es un claro abuso".
La conclusión es contundente.
Cuatro meses después -el 21 de septiembre de 2001- la General Accounting
Office (GAO) u Oficina General de Contabilidad publicó un estudio en
Medicare titulado Payments en el que señalaba que "los médicos
pueden obtener los medicamentos cubiertos por el Seguro de enfermedad a precios
perceptiblemente por debajo de los pagos actuales del Seguro". Sin embargo,
fuera por el carácter técnico del informe o porque alguien se movió adecuadamente
en los pasillos del Congreso la denuncia no tuvo apenas repercusión. Así que el
monto de las facturas continuó aumentando.
Poco más tarde, el 26 de enero
de 2003, una nueva pieza se añadiría al rompecabezas. Ese día The New York
Times publicó un artículo titulado Drug Sales Bring Huge Profits, and Scrutiny,
to Cancer Doctors sobre los beneficios obtenidos por los oncólogos con las
ventas de medicamentos en el que se profundizaba en la cuestión. Según el diario
neoyorquino "en un momento en que el gasto total en medicamentos de prescripción
es altísimo los especialistas en cáncer se están embolsando centenares de millones
de dólares cada año vendiendo los fármacos a sus pacientes, una práctica que casi
ningún otro médico realiza. Los oncólogos pueden conseguir sumas enormes -a menudo,
la mayoría de sus ingresos- de la diferencia entre lo que pagan por los medicamentos
y lo que pagan las aseguradoras y los programas del Gobierno".
La nueva
denuncia sí tuvo esa vez repercusión. Y se aprobó una nueva ley de pagos para
acabar con los abusos. Sin embargo, tampoco las nuevas normas lograrían acabar
con la corrupción. El doctor Neil Love realizó en el 2005 un estudio comparativo
sobre los tratamientos quimioterápicos de primera línea utilizados en cáncer de
pecho metastásico y demostró que una vez se ha tomado la decisión de aplicar quimioterapia,
los médicos privados, a fin de recibir mayores reembolsos, prescriben sencillamente
los tratamientos más costosos.
Sus datos demostraron que los oncólogos de
hospitales vinculados a centros académicos prescribieron medicación oral (capecitabine)
en un 87-88% de los casos y fármacos inyectables (paclitaxel, vinorelbine,
carboplatin+taxanel, y otros) en el 12-13%; no recomendando en ningún caso
Docetaxel, fármaco inyectable muy caro. En cambio, entre los oncólogos
que aplican la quimio en sus consultas en el 18% de los casos se prescribió medicación
oral (capecitabine), en el 75% fármacos inyectables -de los que ¡un 29%
correspondía al Docetaxel! y un 7% a otros. Sin comentarios.
Y así
estaban las cosas cuando en el número de marzo/abril del 2006 apareció en Health
Affaire un artículo de seis investigadores encabezados por Joseph P. Newhouse
cuyo título ponía directamente el dedo en la llaga: ¿Influye el reembolso en
el tratamiento de los pacientes de cáncer? Y en él se decía: "Hemos examinado
el efecto del reembolso sobre el comportamiento del médico y el tratamiento con
quimioterapia de los beneficiarios del Seguro de enfermedad, mayores de 75 años
con metástasis pulmonar, cáncer de pecho, colorrectal y otros cánceres gastrointestinales
entre 1995 y 1998 (9.357 pacientes), y la decisión de los médicos de administrar
quimioterapia a los pacientes con metástasis no estaba afectada de forma mensurable
por un determinado reembolso; sin embargo, los oncólogos que fueron reembolsados
con más dinero prescribieron los tratamientos más costosos de quimioterapia"
(la negrita es nuestra).
¿Y qué dicen los oncólogos norteamericanos de
todo esto? Pues, simplemente, tildan los estudios de "defectuosos" o "malintencionados".
"Muchos médicos dicen -explica Berenson en el The New York Times- que
esos beneficios no afectan a sus prescripciones... pero los fabricantes de medicamentos
creían evidentemente que lo hacían. Documentos de la industria que han emergido
en un pleito civil federal en Boston -el ya citado de la jueza Saris- muestran
que las grandes compañías farmacéuticas calculaban a veces al penique los beneficios
que los médicos podían obtener con sus medicamentos. Y los agentes de ventas compartían
esas estimaciones con los médicos y su personal, como demuestran los documentos.
En una presentación con PowerPoint del año 2000 un ejecutivo de Bristol-Myers
Squibb dijo a los empleados que la gran preocupación de los oncólogos era
'¡Reembolso hoy, reembolso mañana. ¡Reembolso!' El doctor Roberto Geller,
oncólogo que ejerció de forma privada entre 1996 y 2005 antes de pasarse a una
compañía de Biotecnología, admitió que los oncólogos conocían los beneficios que
podían conseguir y en algunos casos cambiaban por eso los tratamientos y/o ofrecían
tratamientos innecesarios a fin de obtener mayores beneficios. 'Está claro
que los médicos pasaron de tomar decisiones basadas en lo que tenía sentido científico
o clínico para tomarlas en función de lo que tenía más sentido como negocio',
afirmaría Geller".
Cabe agregar que en el mismo artículo se aporta otro
ejemplo: en 1998 la dirección de Schering-Plough comentó a sus representantes
que el Intron-A -fármaco para el cáncer de vejiga- podría llegar a producir
un beneficio por paciente de "2.373,84 dólares para nuestros médicos sólo en
este medicamento".
LA EPO, PORTADORA DE OXÍGENO
Y DE DINERO
No son los únicos datos concretos que Berenson ha aportado
en los últimos meses. Ya en mayo pasado publicó junto a Andrew Pollack
-también en The New York Times- un artículo titulado Los médicos cosechan
miles de millones de los medicamentos contra la anemia en el que informaban
de las últimas decisiones de la FDA recomendando prudencia en el uso de los medicamentos
contra la anemia -especialmente cuando son utilizados como complemento de la quimioterapia
y en los casos de fallo renal- al haber relacionado el creciente aumento de su
consumo con la aparición de graves efectos secundarios. Añadiendo el informe de
la FDA que no existen evidencias de que ese tipo de medicamentos -Aranesp
y Epogen de la empresa Amgen y Procrit de la multinacional
Johnson & Johnson- mejoren la calidad de vida de los pacientes o amplíen
su supervivencia -reclamos ampliamente utilizados en las campañas comerciales
de ambos laboratorios- mientras sí existen, en cambio, estudios que indican que
pueden acortar las vidas de los enfermos cuando se utilizan a altas dosis.
Hablamos
de medicamentos que son versiones biotecnológicas de una proteína humana, la Eritropoietina
o EPO, que estimula la médula para producir glóbulos rojos y aumentar
así la capacidad del organismo para transportar oxígeno. De hecho, Aranesp,
Epogen y Procrit se encuentran entre los fármacos más vendidos del
mundo con ventas combinadas de 10.000 millones de dólares el pasado año. En Estados
Unidos representan el gasto más alto para el Seguro de enfermedad y los consumen
alrededor de un millón de pacientes al año, tanto en los casos de anemia causada
por enfermedades del riñón como debido a la aplicación de quimioterapia en enfermos
de cáncer.
¿Y se justifica de algún modo su uso? Baste este dato: el porcentaje
de americanos que recibe hoy diálisis anualmente es el mismo que hace décadas.
No cambió cuando el Epogen fue introducido. Lo que sí ha cambiado es la
dosis media de éste desde 1991: se ha triplicado. Podría argumentarse que son
medicamentos necesarios para evitar contagios en casos de transfusiones sanguíneas
-algo que debido al miedo de contagio del VIH ha sido objetivo prioritario durante
años- pero, ¿cómo se justifica que los pacientes norteamericanos de diálisis reciban
el doble de dosis que los enfermos europeos? ¿O que las dosis de quimioterapia
en casos de cáncer sean también mayores en Estados Unidos que en Europa según
constató la investigación de los periodistas del New York Times?
"Los
descuentos -escriben Berenson y Pollack- animan inevitablemente al uso
de los medicamentos según nos reconoció Michael Sullivan, durante nueve
años representante de un grupo de seis oncólogos en la Zona del Pacífico Noroeste
antes de perder su trabajo el año pasado. Y nos facilitó la documentación que
demuestra el tamaño de esos descuentos con la condición de que su grupo no fuera
identificado (…) Sullivan nos explicó que como resultado de los descuentos de
Amgen los seis médicos de su grupo consiguieron cerca de 1,8 millones de dólares
de beneficio neto por los medicamentos que prescribieron. Además, al contrario
que la mayoría de los medicamentos, los fármacos contra la anemia no tienen dosis
fijas y, por tanto, los médicos tienen gran flexibilidad para aumentar la dosificación...
y los beneficios". Un millón ochocientos mil dólares. Es decir, 300.000 dólares
para cada oncólogo al año! ¡Y sólo con las prescripciones de dos medicamentos:
Aranesp y Epogen!
Hoy la FDA recomienda ya contención en las
dosis y Medicare vigila que los descuentos no sean el impulsor del continuo
crecimiento de estos medicamentos a pesar de que las primeras evidencias que señalan
que pueden ser peligrosos datan de hace más de una década.
Un ensayo patrocinado
por Amgen, por ejemplo, se fijó como objetivo demostrar los beneficios
de los pacientes de diálisis subiendo su hemoglobina a 14, el presunto nivel de
una persona sana. El ensayo, sin embargo, tuvo que ser detenido al verificarse
que entre los pacientes de ese grupo había más muertes y ataques al corazón que
en el grupo tratado con un objetivo de hemoglobina de 10. Bueno, pues a pesar
de ello el consumo de medicamentos EPO siguió subiendo.
En el caso
de los pacientes de cáncer las preocupaciones comenzaron en el 2003 tras realizarse
ensayos clínicos que trataban de demostrar que elevando la hemoglobina a niveles
altos la Quimioterapia y la Radioterapia eran más eficaces. Lo que los estudios
demostraron, por el contrario, es que esos fármacos parecían empeorar al enfermo
de cáncer e, incluso, acelerar su muerte. "El Dr. Peter Eisenberg, oncólogo
en el condado de Marin (California), afirmó -añaden los periodistas- que
se había inducido a muchos médicos a que utilizaran más epoetin (EPO) mediante
incentivos financieros y haciéndoles creer que el medicamento era provechoso".
Lo cierto, sin embargo, es que durante la XII Conferencia Anual de la National
Comprehensive Cancer Network -celebrada el año pasado- Lee Newcomer
-ejecutivo de United Health Group en Minneápolis, una de las aseguradoras
médicas más importantes de Estados Unidos- afirmó que repasando los historiales
de pacientes a los que les fue prescrita Eritropoietina el 44% tenía marcadores
sanguíneos que indicaban que no eran anémicos. Newcomer también se refirió al
uso del Tratuzumab en el tratamiento del cáncer de pecho -comercializado
como Herceptin-, recomendado en el caso de mujeres con cáncer de pecho
con sobreexpresión del gen conocido como HER2. Bueno, pues a pesar de que
se sabe que el medicamento es ineficaz en mujeres con niveles normales de HER2
Newcomer constató que casi el 12% de las prescripciones se realizaron para mujeres
con niveles normales. ¿Será esa la razón por la que Herceptin 440 mg -dosis
recomendada: 4 mg por kilo- tiene un precio al por menor de 2.900 dólares en Estados
Unidos y 2.150 euros por esos lares? Tras los últimos datos aportados por The
New YorkTimes Brian R. Klepper, fundador y presidente del Center
for Practical Health Reform, en un artículo titulado ¿Son los descuentos
buenos para la Oncología? resumía así lo que está ocurriendo. "El artículo
era anecdótico pero no hay razón para dudar de que refleja una práctica extendida.
Oncólogos con los que he estado en contacto desde que el artículo fue publicado
se muestran fuertemente divididos a favor y en contra de los descuentos. Ninguno
de ellos sugiere que sea un caso aislado. Indudablemente muchos médicos son sinceros
cuando afirman que su juicio clínico no está en venta pero en cualquier otro campo
tales descuentos serían entendidos como contragolpes específicamente dirigidos
a condicionar la toma de decisiones. Hay una apariencia de impropiedad".
El problema con este sistema es, según sus críticos, que está sirviendo para perpetuar
el uso de la quimioterapia. No sólo se trata de un dinero fácil de ganar sino
que dado el incentivo que supone prescribir quimioterapia se ha vuelto bastante
improbable que los oncólogos deriven a los pacientes a otros posibles tratamientos
de cáncer, a terapias menos agresivas e, incluso, a programas federales con tratamientos
clínicos diferentes como los nutricionales.
En suma, ¿cómo no va dudar hoy
cualquier enfermo de cáncer de la idoneidad del tratamiento que le recomienda
su oncólogo? ¿Cómo puede estar seguro de que no le sugiere ese tratamiento y no
otro por meros intereses económicos? ¿Y cómo puede estar seguro de que su tratamiento
no va a alargarse innecesariamente por la misma razón?
"Los médicos
-señala Klepper- deberían ser remunerados con incentivos relacionados con el
volumen de pacientes y los resultados. No deberían beneficiarse por mover más
cantidad de producto o por realizar más procedimientos que son independientes
de la calidad o la seguridad. El asunto de fondo es que el mercantilismo médico
favorece qué es lo mejor para el doctor antes que para el paciente. Este arreglo
compromete la calidad, aumenta el coste y erosiona la relación del paciente con
el médico".
El debate está abierto en la Oncología estadounidense. Es
obvio que los cambios en el sistema de pagos no han conseguido reducir el gasto
federal en el tratamiento del cáncer y la resistencia de los oncólogos a renunciar
a tan suculenta fuente de ingresos es evidente. "Algunos médicos -señala
Berenson en su artículo del New York Times- afirman que los oncólogos
respondieron al cambio del seguro de enfermedad efectuando tratamientos adicionales
con los que conseguían mejores reembolsos, supusieran o no un beneficio mayor
para los pacientes (…) El doctor Richard Deyo, profesor de Medicina en
la Universidad de Washington y experto en gasto médico, señaló: 'Hay
evidencia suficiente que demuestra que muchos pacientes para quienes hay poca
esperanza de vida, enfermos terminales a quienes la Quimioterapia no va a ayudar,
siguen recibiéndola".
En definitiva, ¿alguien duda de que mientras no se rompa
la actual relación económica entre las multinacionales y los oncólogos norteamericanos
las dudas sobre porqué aplican unos tratamientos y no otros serán legítimas? Allí
como aquí. ¿O alguien se atreve negar que lo que hacen los oncólogos norteamericanos
influye decisivamente en todos los demás, incluidos los españoles?
Todo esto,
claro, en el remoto supuesto de que la Quimioterapia se justificase porque como
en esta revista hemos repetido hasta la saciedad no hay un solo ensayo clínico
en humanos con un producto quimioterápico -o combinación de productos- que haya
logrado la curación de un solo caso de cáncer en el mundo.
Antonio
F. Muro