En
ocasiones no ser el primero tiene sus ventajas. Eso sí, cuando uno quiere aprovecharlas.
España está aún muy lejos de incorporarse al mundo Wi-Fi pero en lugar
de ser una desventaja ello debería servirnos para ponernos al día del debate que
en otras partes del mundo se está ya produciendo sobre la implantación de esta
nueva tecnología.
La tecnología inalámbrica Wi-Fi permite a cualquiera
conectarse a Internet o interactuar con otros dispositivos electrónicos desde
cualquier punto de una ciudad, un campus universitario, una escuela, un restaurante,
un aeropuerto, una cafetería o unos grandes almacenes sin cables ni enchufes.
Cualquier usuario puede conectarse con Internet vía ordenador personal cuando
está en el radio de acción de un Punto de Acceso (AP). Una región cubierta
por uno o más APs se llama hotspot. Los hotspots pueden abarcar
desde una sola habitación a muchos metros cuadrados de hotspots solapados.
El secreto está -como en el caso de la telefonía móvil- en las ondas electromagnéticas
que, rebotando por el área escogida, acaban conformando una red en la que todos
-nunca mejor dicho- quedamos atrapados.
Se nos vende que podremos pararnos
en cualquier lugar cubierto por la red Wi-Fi, sacar nuestro ordenador,
colocarlo sobre una mesa o nuestras propias rodillas y conectarnos con el mundo.
¡Qué maravilla! ¡Un futuro irrenunciable! ¡Paleto el último en subirse a este
tren! Ya han conseguido hacer inseparable el binomio niño-móvil. El siguiente
paso, cerrar la red Wi-Fi.
No se nos dice, en cambio, que a diferencia
de un bar donde uno, a la vista del humo flotando en el local, puede elegir estar
o no estar, en el entorno Wi-Fi que preparan para nosotros la contaminación
electromagnética es constante e invisible. Y hombre, un ratito de Wi-Fi
podría soportarse pero permanecer horas y horas en el puesto de trabajo en un
área Wi-Fi o todo el día en un colegio o universidad wifeados (permítasenos
el neologismo) y salir a la calle y seguir dentro de un área Wi-Fi porque
nuestro alcalde ha decidido ser moderno para entrar después en un gran
almacén también wifeado, o en una cafetería o restaurante que comparten
el gusto por la tecnología más avanzada no parece muy saludable. Y sin soltar
el móvil, acabar llegando a nuestra casa, cercana a una antena de telefonía o
quién sabe si de un transformador para, antes de irnos a dormir, calentarnos la
cena en el horno microondas. Como las ranas que, sumergidas en agua a temperatura
normal olvidan su instinto de supervivencia y permanecen dentro a pesar de que
el agua que las rodea vaya calentándose hasta matarlas, todos nosotros podemos
acabar sumergidos en un mar de ondas electromagnéticas de consecuencias nefastas
para nuestra salud. Eso sí mientras nos cocemos seguiremos pensando en lo modernos
que somos.
Como llegados a este punto de la controversia sobre los campos
electromagnéticos y sus efectos siempre nos cuentan lo mismo comencemos por resumir
la opinión dominante: "No hay suficientes evidencias científicas para asegurar
que son dañinos", "Cualquiera puede especular sobre cualquier cosa que desee pero
no hay un cuerpo de evidencias científicas que apoye los daños a la salud", "Podemos
decir que, basándonos en lo que sabemos, no hay razón para la alarma", "Wi-Fi
es una técnica que usa ondas de radio de intensidad muy reducida. Mientras que
es similar en longitud de onda a la radiación doméstica del microondas la intensidad
de la radiación Wi-Fi es 100.000 veces menor que la de un horno de microondas
doméstico", "Algunos sospechan una interacción no-termal pero no hay evidencia
que sugiera que exista", "Los rangos de contaminación electromagnética son inferiores
a los recogidos por la legislación". Dicho queda. Es la opinión alentada por
la mayoría de los medios de comunicación encantados de presentar cualquier innovación
tecnológica como inocua.
Y, sin embargo, no es cierto. Además lo mismo oímos
durante décadas del tabaco, primera causa de cáncer a nivel mundial. Todavía recordamos
cuando lo moderno era fumar como Bogart en Casablanca. De hecho,
nuestros hijos siguen pensando que es el camino más recto a la edad adulta. Y
lo mismo podríamos decir del amianto -que provoca una muerte horrible años después
de estar expuestos a él-, de algunos pesticidas -como el DDT, presente
en nuestra sangre aún hoy a pesar de su prohibición-, de numerosos medicamentos
-como el Vioox, retirado del mercado por producir cientos de miles de muertes
tras asegurarnos sus bondades a bombo y platillo-… Los argumentos en defensa de
los campos electromagnéticos (CEMs) no son pues nuevos y casi siempre esconden
la defensa de un negocio capaz de ocultar un riesgo innecesario tras el marketing
de la modernidad con la única intención de aumentar los beneficios.
Está
toda la mentira hilvanada con un hilo tan fino que cuando hace unos meses William
Stewart -presidente de la Agencia de Protección Sanitaria del Reino
Unido y ex consejero de varios gobiernos británicos en temas de salud- apareció
en el programa Panorama de la BBC y en el diario The Independent
invitando simplemente a una revisión de los posibles efectos de la tecnología
Wi-Fi antes de seguir implantándola de manera masiva la costura saltó y
su mensaje resonó en todo el mundo. Stewart, que encabezó un estudio en el 2002
en el que ya llamaba a la prudencia en el uso de los móviles -sobre todo en el
caso de los niños- estaba poniendo rostro y voz a una numerosa corriente de científicos
que se niegan a ser silenciados. Y no son los únicos.
PADRES
EN PIE DE GUERRA
Las palabras de Sir William Stewart no han hecho sino
reflejar una preocupación creciente en los últimos meses en Gran Bretaña sobre
la implantación de áreas Wi-Fi. Allí casi un 50% de las escuelas primarias
y un 70% de las secundarias tienen ya instalada esa tecnología. Así que el programa
Panorama no hizo sino poner el dedo en la llaga.
Panorama habló con
el profesor Olle Johansson -del Instituto Karolinska de Estocolmo
(Suecia)- quien afirmó que ya hay contrastados numerosos efectos registrados a
niveles bajos de radiación electromagnética. Otro de los invitados al programa,
el profesor Henry Lai -de la Universidad de Washington (EEUU)- afirmó
también que ya han sido hallados efectos sobre la salud provocados por niveles
de radiación similares a los de la tecnología Wi-Fi. "Debe haber al
menos -dijo- unos tres mil estudios llevados a cabo durante los pasados
20 años sobre estos efectos. Y, hasta ahora, el 50% de ellos encontró algún efecto
perjudicial y el 50% no encontró ninguno". Pero cuando se le preguntó si permitiría
que sus hijos se sentaran ante un ordenador inalámbrico durante toda su vida escolar
fue claro: "No lo creo. Limitaría su exposición a ese tipo de radiación porque
más vale ser precavidos". ¡El sí que sabe!
De hecho, la Asociación
Profesional de Profesores -que cuenta con 35.000 miembros- ha escrito al Secretario
de Educación solicitando una amplia investigación científica sobre los riesgos
potenciales en la salud de las redes Wi-Fi recomendando que las escuelas
dejen de instalarlas hasta que la investigación las declare seguras. Philip
Parkin, miembro de esa asociación, declaró a The Guardian que en Gran
Bretaña las redes están siendo instaladas de forma desenfrenada.
De momento
son los padres y los profesores los que están consiguiendo que las escuelas desmonten
las redes Wi-Fi y las sustituyan por otro tipo de conexiones. Así se demostró
en un reportaje del The Times de Londres que apareció el pasado mes de
noviembre.
Tim Cannell, Jefe de Estudios en la Escuela de Prebendal,
declaró al diario británico: "Escuchamos las opiniones de los padres. Estaban
obviamente muy preocupados. También realizamos nuestras propias indagaciones.
Las autoridades dicen que es seguro pero no ha habido estudios a largo plazo que
lo prueben. Así que como desconfiamos del sistema decidimos cambiarlo por uno
de cable convencional". "Las autoridades locales y el Gobierno -señaló
uno de los responsables que decidieron el cambio en otra escuela- nos dijeron
que las redes inalámbricas son completamente seguras pero dada la desconfianza
al respecto decidimos que las preocupaciones de los padres eran de mayor importancia
que nuestra necesidad de tener una red inalámbrica".
Según el informe
del The Times, Stowe School -una escuela pública de Buckinghamshire- retiró
su red inalámbrica después de que Michael Bevington, un profesor con 28
años de experiencia, enfermara. "Sentía un amplio conjunto de síntomas desagradables
-declaró- siempre que estaba en el aula. Primero fue un fuerte dolor de cabeza,
después dolor en el cuerpo, sofocos repentinos, presión detrás de los ojos, quemazón
en la piel y sensaciones ardientes además de náuseas. Durante el fin de semana,
lejos del aula, me sentía totalmente normal". El consenso entre padres y profesores
parece estar siendo la norma y las administraciones están dejando por ello la
decisión en manos de las autoridades de los centros.
Y la sensibilización
sobre el problema parece aumentar día a día. El doctor Mae-Wan Ho -biofísico,
profesor de Biología y director del Institute of Science in Society con
sede en Londres- terminaba un artículo titulado Ahogados en un mar de microondas:
la revolución Wi-Fi de forma concluyente. "Están apareciendo evidencias
de que los peligros para la salud asociados a las microondas inalámbricas son
al menos comparables, si no peor, que los asociados al tabaquismo. Pero, a diferencia
del tabaquismo, la exposición pasiva a las microondas será difícil de evitar si
el Wi-Fi llega a estar en todas partes. Ahora que las prohibiciones de
fumar están generalizadas por todo el mundo no hay razón para no hacer igual con
el Wi-Fi. Todas las redes Wi-Fi en lugares públicos deben desmontarse,
especialmente en escuelas y universidades, deben prohibirse. Por las mismas razones,
las redes para cubrir la ciudad no deben ser instaladas. Los salones, las barras
de café, los restaurantes y los hoteles con redes Wi-Fi deben llevar señales
de alarma. El uso de los teléfonos móviles se debe reducir a un mínimo, especialmente
para las poblaciones en riesgo; por ejemplo, los niños. Debe haber una adopción
obligatoria de teléfonos móviles con niveles de radiación tan bajos como sean
razonablemente realizables junto con tecnologías sin manos, ni auriculares".
Uno más a la lista de gente absurda que rechaza los beneficios de la modernidad.
Pero cada vez son más y más preparados.
UNIVERSIDAD
DE LAKEHEAD, ONTARIO, CANADÁ
Fred Gilbert, Rector de la Universidad
de Lakehead, es una excepción a la regla general y por eso un ejemplo a seguir.
Ha decidido convertir su campus en una zona libre de contaminación inalámbrica
y no instalar la tecnología Wi-Fi en su universidad. Y Gilbert no es un
snob sino un científico de cierto renombre. Está considerado un administrador
innovador y un apasionado defensor de incorporar los más modernos avances tecnológicos
a su universidad para hacerla lo más competitiva posible. ¿Y no parece una contradicción
entonces su decisión de prescindir de la tecnología Wi-Fi? Pues no. Porque
lleva investigando los efectos de los campos electromagnéticos desde los años
70. No lleva móvil, prefiere vivir donde no haya líneas o cables de alta tensión
y, si puede, evita colocar su cabeza durante la noche cerca de los enchufes. Simplemente
no cree que exista evidencia científica suficiente para descartar los impactos
de los campos electromagnéticos sobre la salud y, en función del más elemental
principio de precaución hacia sus alumnos, prefiere esperar resultados más concluyentes
antes de abrazar algunas tecnologías que, por otra parte, no considera imprescindibles.
Así que en la web de la Universidad de Lakehead puede leerse:
"Declaración
general: la Universidad de Lakehead está conectada totalmente con el
World Wide Web. La conexión se realiza por una red de fibra óptica en el
campus de aproximadamente 8.000 posiciones así como en los cibercafés y los laboratorios
de ordenadores. Sólo las áreas no servidas por la red de fibra óptica tiene una
opción inalámbrica.
Propósito: el propósito de esta política es limitar
la conexión inalámbrica basada en el 'Principio de Precaución' pues hay numerosos
estudios científicos que sugieren que existen razones para la preocupación sobre
la posibilidad de que la exposición a largo plazo continua o frecuente a los campos
electromagnéticos de Wi-Fi (CEMs) pudiera causar efectos adversos sobre
la de salud (véase las resoluciones de Benevento y de Catania).
Fondo:
la radiación de microondas en la gama de la frecuencia de Wi-Fi ha demostrado
que incrementa la permeabilidad hematoencefálica, causa cambios en el comportamiento,
altera funciones cognoscitivas, activa respuestas de estrés, interfiere con las
ondas cerebrales, el crecimiento celular, la comunicación celular, el balance
del ión del calcio, etc., y causa roturas simples y dobles de las hebras del ADN
a niveles de CEM de hasta sólo 0.005 w/kg.
Política: no se utilizará
la red Wi-Fi en las áreas de la universidad servidas por la red de fibra
óptica hasta que los efectos potenciales sobre la salud hayan sido refutados científicamente
o se hayan articulado medidas protectoras adecuadas que puedan ser tomadas".
Todo
un manual de instrucciones que ojalá siguieran muchos más responsables educativos.
Rector, científico y activista. No es por tanto un cualquiera. Sus esfuerzos por
colocar su universidad a la vanguardia de la tecnología le han supuesto numerosos
reconocimientos -tanto en el interior como en el exterior de la universidad- lo
que hace su resistencia mucho más significativa al optar por la precaución en
vez de por el espejismo tecnológico sin por ello dejar de garantizar el acceso
a la Red a todos sus alumnos mediante la fibra óptica.
Lakehead es
un centro de estudios donde las aulas tienen integrado Internet, disponen de escáneres,
proyectores, altavoces y micrófonos, cuenta con un laboratorio de realidad virtual
que permite a los estudiantes de Medicina hacer disecciones tridimensionales de
órganos on-line, hay más de 7.000 conexiones a Internet dispersas a través del
campus, en lugares de trabajo, cibercafés, en posiciones colocadas en mesas por
todas partes y al lado de cómodas sillas en los salones del vestíbulo. Tal es
el retrato de la universidad que presentaba The Nacional Post en la primera
entrevista realizada a Gilbert, desde que su decisión trascendiera a nivel internacional.
"No somos luddites (miembros de grupos de trabajadores de Inglaterra en
el siglo XIX que se opusieron a la revolución industrial destruyendo maquinarias
porque en su opinión les privaban del sustento) -afirma Gilbert en la entrevista-
(…) Se trata de una tecnología que está arrasando sin ningún test previo. Es
una tecnología marcada por la conveniencia. Y afirmo, como biólogo, que hay problemas
potenciales asociados a esta tecnología en particular. ¿Por qué debemos, por conveniencia,
instalar en la universidad algo que supone un riesgo potencial?"
Con su
postura Gilbert se puede convertir -como Stewart- en referente mundial de coherencia
frente a la ola arrolladora de tecnologías basadas en campos electromagnéticos.
No cabe más que recordar el punto 5 de la Declaración de Benevento firmada
hace un año por científicos de todo el mundo y citada por Gilbert en su argumentario:
"Basados en nuestra revisión de la ciencia los efectos biológicos pueden tener
lugar debido tanto a la exposición a campos de frecuencias extremadamente bajos
(ELF-CEM) como a los campos de radiofrecuencia (RF-CEM). Evidencias epidemiológicas
y experimentales in vivo así como in vitro demuestran que la exposición a algunas
ELF-CEM puede incrementar el riesgo de cáncer en niños e inducir otros problemas
de salud tanto en ellos como en adultos. Además hay evidencias epidemiológicas
acumuladas que señalan un incremento del riesgo de tumor cerebral por un uso prolongado
de los teléfonos móviles, la primera RF-CEM que ha comenzado a ser estudiada en
detalle. Los estudios epidemiológicos y de laboratorio que muestran un incremento
de riesgo de cáncer y otras enfermedades no pueden ser ignorados. Los estudios
de laboratorio sobre cánceres y otras enfermedades han informado que la hipersensibilidad
a los campos electromagnéticos (CEM) pueden ser debidos en parte a predisposición
genética".
"Si estoy haciendo lo correcto o no -declaraba Gilbert
al The National Post- sólo el tiempo lo dirá. No sé si estoy haciendo lo correcto.
Estoy actuando desde el instinto y mi preparación como científico; y desde el
análisis de la información que está disponible". Y ante las críticas que su
postura ha levantado Gilbert se limita a reafirmar su condición de científico.
"Ser condenado por eso es algo sorprendente -afirma-. Esto es lo que
se supone que un científico debe de hacer. Esto es lo que deben hacer las universidades:
plantear problemas, fomentar la discusión, ayudar a la gente a escoger las mejores
opciones". De momento, la vecina Universidad de Ontario ha seguido
sus pasos. Aunque reconoce el aspecto práctico innegable de la tecnología Wi-Fi
la universidad ha manifestado que no cambiará su decisión hasta que el riesgo
cero esté garantizado.
FRANCIA: TECNOLOGÍAS ASOCIADAS
También en Francia algunos grupos y asociaciones han expresado su preocupación
en torno a la tecnología Wi-Fi. En este caso, sobre todo, respecto a los
nuevos teléfonos híbridos que asocian la tecnología GSM y la tecnología
Wi-Fi permitiendo utilizar una u otra según el lugar donde uno se encuentre.
El pasado 27 de junio el Centro Independiente de Investigación e Información
sobre las Radiaciones Electromagnéticas (Criirem) -una asociación de científicos
e investigadores- señaló que este tipo de tecnología representaría un peligro
para la salud pública. En un comunicado titulado Exactamente la misma frecuencia
utilizada por un horno de microondas el Criirem denuncia una "aceleración
de la contaminación electromagnética" con la telefonía Wi-Fi con ondas
pulsadas a 2.450 MHz. O, según el Criirem, "la frecuencia óptima para agitar
las moléculas de agua, es decir, exactamente la utilizada por un horno de microondas".
"Se está elevando -explica Catherine Gouhier, directora técnica
del Criirem- el límite máximo de exposición de las poblaciones pero no hay
suficientes precauciones tomadas".
El Consejo Científico del Criirem
recuerda en su comunicado que no hay límite máximo para el desencadenamiento de
reacciones del tipo "síndrome de las microondas". Según la sensibilidad
individual pueden bastar valores muy escasos para causar sensaciones de calor
o pulsaciones craneales, cansancio, jaquecas, insomnio…
"En el uso de un
teléfono Wi-Fi -señala Michèle Rivasi, presidenta de Criirem-
o la proximidad diaria a un punto de acceso las exposiciones a Wi-Fi se
suman y pueden causar, según la duración, esas reacciones biológicas. Recibimos
regularmente testimonios en este sentido. De ahí nuestras interrogantes sobre
el impacto de un teléfono Wi-Fi en el agua presente en la piel o en el líquido
cefalorraquídeo que baña el cerebro".
El comunicado, tras constatar que
la aparición constante de nuevas evidencias es siempre contestada con la llamada
a estudios más extensos, termina invitando a la reflexión: "Se recomiendan
estudios amplios a largo plazo (...) ¿Pero no somos nosotros ya cobayas de un
extenso estudio, en marcha desde hace más de 10 años, realizado por las operadoras
y fabricantes de materiales inalámbricos? ¿Un estudio pagado por nosotros mismos,
en primer lugar en especie contante y sonante, y quizás a más largo plazo con
nuestra propia salud? ¿O con la de nuestros niños? Metodológicamente, este dictamen
prudente, demasiado prudente, plantea pues una cuestión: ¿la llamada a nuevos
estudios, adicionales, mientras la exposición se amplía es una manera de jugar
contra el reloj? ¿Se trata con este dictamen de prevenir el riesgo sanitario o
de posibles futuras diligencias penales?"
PELIGROS
PARA LA SALUD DE LAS MICROONDAS
Parece claro que pretender apreciar
daños de forma inmediata es tan vano como ilógico. No se trata de un veneno o
de un incendio. Como en el caso del amianto o del tabaco, las consecuencias del
uso masivo de dispositivos basados en campos electromagnéticos comenzarán a constatarse
en unos años porque se trata de daños a largo plazo.
Son numerosas las evidencias
que apuntan ya a los factores tiempo e intensidad en el uso de estos dispositivos
como determinantes en la aparición de graves patologías, a veces difíciles de
evitar. A finales de enero de este año Interphone -un equipo internacional
de investigadores con participación de varios países, entre ellos Finlandia, Dinamarca,
Noruega, Suecia y Reino Unido- encontró nuevas evidencias de que el uso a largo
plazo de los teléfonos móviles puede conducir al desarrollo de tumores cerebrales
en el lado de la cabeza que se utiliza el teléfono. Los epidemiólogos de cinco
países europeos informaron de un aumento del 40% de gliomas entre los que habían
utilizado teléfono móvil durante diez años o más. El aumento es estadísticamente
significativo. Además demostraron la tendencia a que el riesgo a padecer un tumor
aumente con los años de uso. Ya en el 2004 otro grupo de investigación dirigido
por Lennart Hardell -de la Universidad Orebro (Suecia)- y Kjell
Hansson Mild -del Instituto Nacional para la Vida Laboral de Suecia-
también encontró un riesgo creciente de aparición de tumores cerebrales y de neuromas
acústicos después de diez años de uso del teléfono móvil.
Cifras que se unen
a estudios anteriores. Ya en junio de 1993 una antena transmisora de GSM
fue instalada en Naila, un ciudad meridional de Alemania, por lo que varios médicos
que vivían en ella decidieron efectuar un estudio para examinar si en la gente
que vivía cerca de las antenas transmisoras habían aumentado los casos de cáncer
tras la puesta en marcha de la antena. Y al terminar encontraron que la proporción
de nuevos casos de cáncer desarrollados era perceptiblemente más alta entre los
que habían vivido durante los últimos diez años a una distancia de hasta 400 m
del transmisor comparada con los que vivían más lejos. En los años 1999-2004,
tan sólo cinco años después de que el transmisor hubiera sido instalado y de su
funcionamiento, el riesgo relativo de padecer cáncer se había triplicado ya para
los residentes a 400 m de la instalación comparado con el riesgo de los habitantes
de fuera del área.
De forma similar se comprobó que en la ciudad israelí de
Netanya el riesgo de cáncer se cuadruplicó en el área expuesta a las microondas.
Los cánceres femeninos se doblaron comparados con los de la población israelí
en general.
Y no olvidemos -aunque no tenga aval "científico" porque nadie
ha movido un dedo para investigarlo- el caso de las decenas de muertes
habidas -la inmensa mayoría por cáncer y problemas cardiovasculares- en tan sólo
cinco bloques pequeños de viviendas de apenas cuatro pisos de altura en torno
a un trasformador y una antena de telefonía en la madrileña población de Majadahonda,
caso denunciado reiteradamente por esta revista.
Un mundo mejor para nosotros
o nuestros hijos no pasa desde luego por la incorporación ciega y constante de
nuevas tecnologías sino por la adopción de medidas como la de Gilbert en Lakehead
-que sin renunciar a nada protege a sus alumnos- o la del Parlamento belga al
tener conocimiento de la denominada Declaración de Bruselas -firmada por
un grupo de científicos denunciando el peligro de las radiaciones- decidiendo
reducir el límite de irradiación máxima para las antenas de las estaciones base
de telefonía móvil a 3 V/m (algo más de 2 microvatios por centímetro cuadrado).
Mientras, la legislación española mantiene unos límites de 41 V/m y 58 V/m para
potencias de 900 y 1.800 Mghz respectivamente. Y es que no parece que nuestros
políticos estén interesados en hacer nada.¿Tan distintos somos de los belgas?
Agregaremos para quienes se refugian en argumentos del estilo de que hay que esperar
nuevos estudios internacionales o nuevas instrucciones de la OMS para cambiar
las normas o que citan a la OMS como única referencia válida que en la Declaración
de Bruselas se dice lo siguiente: "En principio nada indica que podamos
contar con la OMS en un futuro próximo. La carta abierta enviada en noviembre
de 2006 a la responsable del Proyecto Campos Electromagnéticos (CMS), Dra.
Emilie van Deventer, acusándola de citar sólo los estudios epidemiológicos
que apuntan a la ausencia de riesgos sanitarios ha obtenido un elocuente silencio.
Además numerosos científicos han criticado duramente los métodos del antiguo responsable,
M. Repacholi -hoy reconvertido en asesor de la industria-, que dirigió los
últimos diez años el departamento y el proyecto CMS en la OMS, tanto en el plano
deontológico como científico. El artículo publicado en noviembre de 2006 por Repacholi
y van Deventer en la revista Environmental Health Perspective -disponible
en Internet- da una visión sesgada del conocimiento científico y minimiza completamente
los riesgos de exposición a las estaciones base. Por último, el argumento utilizado
en la memoria 304 de la OMS, según el cual la población estaría más irradiada
por las frecuencias FM que por las de la telefonía móvil y las redes inalámbricas
ha sido contundentemente contestado por numerosos científicos. En este estado
de cosas, la OMS definió siempre sus normas sobre la base de un compromiso político
entre los países y no como una síntesis rigurosa o prudente de una revisión científica
profunda".
Claro que todos sabemos quiénes manejan la OMS.
Antonio F. Muro
La
Declaración de Benevento
La Declaración de Benevento El 16 de
septiembre del 2006 vio la luz el último gran manifiesto conjunto firmado por
un amplio grupo de científicos alertando del peligro de los campos electromagnéticos.
Se conoce como Declaración de Benevento y sugiero al lector que lea primero
quiénes la firman y a quién o quiénes representan para valorar de forma adecuada
lo que dicen. Luego, una vez leído, hagan una copia, guárdenla y si alguien vuelve
a decirles que los efectos negativos sobre la salud de las radiaciones no están
demostrados muéstrensela sin más. La resolución dice:
"La Comisión Internacional
para la Seguridad Electromagnética (ICEMS) celebró en Benevento (Italia), durante
los días 22, 23 y 24 febrero de 2006, una conferencia internacional titulada El
Principio de Precaución en materia de campos electromagnéticos, legislación y
puesta en práctica. Los científicos de la conferencia refrendaron y ampliaron
la resolución de Catania del 2002 y resolvieron que:
1. Siguen acumulándose
evidencias que sugieren que existen efectos adversos para la salud en las exposiciones
profesionales y públicas a los campos eléctricos, magnéticos y electromagnéticos
o CEM (campos electromagnéticos) en los actuales niveles de exposición. Es necesario,
pero todavía no se ha realizado, un examen transparente e independiente de las
evidencias que apuntan a este emergente riesgo para la salud pública.
2.
Los medios necesarios para dicha evaluación son totalmente inadecuados a pesar
del crecimiento explosivo de las tecnologías para la comunicación inalámbrica
así como la enorme inversión en curso en la transmisión de energía.
3.
Hay evidencia de que las fuentes actuales de financiación sesgan el análisis
y la interpretación de las conclusiones de la investigación para rechazar la evidencia
del posible riesgo para la salud pública.
4. Argumentar que la débil
(baja intensidad) radiación de los CEM no afecta a los sistemas biológicos no
representa el espectro actual de la opinión científica.
5. Basados
en nuestra revisión de la ciencia, los efectos biológicos pueden tener lugar debido
a la exposición a campos de frecuencias extremadamente bajas (ELF-CEM) y a campos
de radiofrecuencia (RF-CEM). Evidencias epidemiológicas y experimentales in vivo
así como in vitro demuestran que la exposición a algunos a ELF-CEM puede incrementar
el riesgo de cáncer en niños e inducir otros problemas de salud tanto en niños
como en adultos. Además hay evidencias epidemiológicas acumuladas que señalan
un incremento del riesgo de tumor cerebral por un uso prolongado de teléfonos
móviles, la primera RF-CEM que ha comenzado a ser estudiada en detalle. Los estudios
epidemiológicos y de laboratorio que muestran un incremento de riesgo de cáncer
y otras enfermedades no pueden ser ignorados. Los estudios de laboratorio sobre
cánceres y otras enfermedades han informado que la hipersensibilidad a los campos
electromagnéticos (CEM) pueden ser debidos en parte a predisposición genética.
6. Alentamos a los gobiernos a adoptar un cuadro de recomendaciones
basadas en el Principio de Precaución como ya han hecho algunas naciones para
los trabajadores y las personas expuestas a los CEM (campos electromagnéticos).
Las estrategias de precaución deben estar basadas en normas de interpretación
y no deben establecer necesariamente cifras que podrían ser interpretadas de manera
errónea como niveles bajo los cuales no existe ningún efecto nefasto. Esas estrategias
deben incluir:
6. 1. Promover alternativas a los sistemas de comunicación
inalámbricos como la utilización de la fibra óptica y los cables coaxiales; diseñar
teléfonos móviles que recojan especificaciones técnicas más seguras incluyendo
la irradiación lejos de la cabeza; preservar las líneas de telefonía fija existentes;
colocar las líneas eléctricas soterradas en la vecindad de las áreas densamente
pobladas y en áreas residenciales como último recurso.
6. 2. Informar
a la población de los riesgos potenciales del uso del teléfono móvil e inalámbrico.
Recomendar a los consumidores un uso limitado de las llamadas con móviles y usar
los fijos para las conversaciones largas.
6.3. Limitar el uso de móviles
y teléfonos inalámbricos a niños y adolescentes al nivel más bajo posible y prohibir
urgentemente a las compañías operadoras de telefonía móvil la publicidad dirigida
a ellos.
6. 4. Exigir a los fabricantes el suministro de equipos de
manos libres (por medio de altavoces o auriculares) con cada teléfono móvil o
inalámbrico.
6. 5. Proteger a los trabajadores de las radiaciones electromagnéticas
(CEM) generadas por los equipos mediante restricciones de acceso y protección
anti-CEM tanto de los individuos como de los edificios.
6. 6. Planificar
la localización de antenas y torres para minimizar la exposición de los humanos.
Registrar las estaciones base de telefonía móvil con agencias de planificación
local y utilizar la tecnología de cartografía por ordenador para informar al público
de potenciales exposiciones. Las propuestas de sistemas de ciudad digital (como
Wi-Fi, WIMAX, transmisión de banda ancha por cable o línea eléctrica y tecnologías
equivalentes) deben ser sometidas a un examen público de las potenciales exposiciones
a radiaciones electromagnéticas y, en caso de las instalaciones preexistentes,
las autoridades municipales deberán asegurar una información disponible a todos
y regularmente actualizada.
6.7. Designar zonas libres de radiación
en las ciudades en edificios públicos (escuelas, hospitales, áreas residenciales)
y en los transportes públicos para permitir el acceso a personas con hipersensibilidad
a los campos electromagnéticos.
7. El ICEMS está dispuesto a asistir
a las autoridades en el desarrollo de un programa de investigación en campos electromagnéticos
(CEM). El ICEMS fomenta el desarrollo de protocolos clínicos y epidemiológicos
para investigaciones de cúmulos geográficos de personas con reacciones alérgicas
y otras enfermedades o sensibilidades a los campos electromagnéticos y documenta
sobre la efectividad de intervenciones preventivas. El ICEMS anima a la colaboración
científica y al examen de los resultados de las investigaciones.
Nosotros,
los científicos abajo firmantes, estamos de acuerdo en asistir a la promoción
de las investigaciones en los campos electromagnéticos (CEM) y al desarrollo de
estrategias para proteger a la salud pública a través de la sensata aplicación
del Principio de Precaución".
El manifiesto lo firman el 19 de Septiembre
de 2006:
Morando Soffritti. Director científico de la
Fundación Europea de Oncología y Ciencias Medioambientales B. Ramazzini. Bolonia
(Italia).
Carl F. Blackman. Presidente de la Sociedad de Bioelectromagnetismo
(1990-91). Raleigh, NC (EEUU).
Martin Blank. Departamento de Fisiología
de la Universidad de Columbia. Nueva York (EEUU).
Natalia Bobkova.
Instituto de Biofísica Celular. Pushchino, Moscú (Rusia).
Francesco
Boella. Instituto Nacional de Prevención y Seguridad en el Trabajo.
Venecia (Italia).
Zhaojin Cao. Instituto Nacional de Salud Medioambiental.
Centro Chino para el Control de Enfermedades. (China).
Sandro D.Allessandro.
Físico. Alcalde de Benevento. Italia (2001-2006).
Enrico D.Emilia.
Instituto Nacional para la Prevención y Seguridad en el Trabajo. Monteporzio
(Italia).
Emilio Del Giuduice. Instituto Nacional de Física Nuclear.
Milán (Italia).
Antonella De Ninno. Agencia Nacional para la Energía,
Medio Ambiente y Tecnología. Frascati (Italia).
Alvaro A. De Salles.
Universidad Federal de Rio Grande del Sur. Porto Alegre (Brasil).
Livio
Giuliani. Veneto del Este y Sur del Tirol. Instituto Nacional para la Prevención
y la Seguridad en el Trabajo. Universidad de Camerino (Italia).
Yury
Grigoryev. Instituto de Biofísica. Presidente del Comité Nacional
Ruso del NIERP. Settimo Grimaldi. Instituto de Neurobiología y Medicina
Molecular. Roma (Italia).
Lennart Hardell. Departamento de Oncología.
Hospital Universitario de Orebro (Suecia).
Magda Havas. Estudios
sobre Recursos y Medio Ambiente. Universidad de Trent de Ontario (Canadá).
Gerard Hyland. Universidad de Warwick (Reino Unido) e Instituto
Internacional de Biofísica (Alemania).
Olle Johansson. Unidad de
Dermatología Experimental, Departamento de Neurociencias. Instituto Karolinska
(Suecia).
Michael Kundi. Jefe del Instituto de Salud Ambiental.
Universidad Médica de Viena (Austria).
Henry C. Lai. Departamento
de Bioingeniería. Universidad de Washington Seattle (EEUU).
Mario
Ledda. Instituto de Neurobiología y Medicina Molecular. Consejo Nacional
para la Investigación. Roma (Italia).
Yi-Ping Lin. Centro de
Políticas y Análisis de los Riesgos para la Salud. Universidad Nacional de Taiwan
(Taiwán).
Antonella Lisi. Instituto de Neurobiología y Medicina
Molecular. Consejo Nacional para la Investigación, Roma (Italia).
Fiorenzo
Marinelli. Instituto de Inmunocitología, Consejo Nacional para la Investigación.
Bolonia (Italia).
Elihu Richter. Jefe de Medicina Laboral y Medioambiental.
Universidad Hebrea-Hadassah. Jerusalén (Israel).
Emanuela Rosola.
Instituto de Neurobiología y Medicina Molecular. Consejo Nacional para la Investigación.
Roma (Italia).
Fiorella Belpoggi. Fundación Europea de Oncología
y Ciencias Medioambientales B. Ramazzini. Bolonia (Italia).
Leif Salford.
Jefe del Departamento de Neurocirugía. Universidad de Lund (Suecia).
Nesrin Seyhan. Jefe del Departamento de Biofísica. Director del Gazi
NIRP Center de Ankara (Turquía).
Stanislaw Szmigielski. Instituto
Militar de Epidemiología e Higiene. Varsovia (Polonia).
Mikhail Zhadin.
Instituto de Biofísica Celular de Pushchino, Moscú (Rusia).