Acusan a la administración de “crimen de estado” por la muerte de un niño

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Los ministerios de Industria, Justicia y Sanidad y Consumo tendrán que responder ante la Justicia de la acusación de “desprotección omisiva de la vida”. Jairo, con sólo cinco años, murió hace apenas unos meses víctima de un tumor cerebral que se manifestó ocho meses después de que se instalase en los bajos del edificio donde vivía un transformador eléctrico que produce campos electromagnéticos día y noche. José Luis Mazón, el abogado que ha asumido el caso, no ha dudado en calificarlo de “crimen de estado” argumentando que la Administración, en lo que se refiere a las radiaciones electromagnéticas, está incumpliendo su deber de “promover la investigación” de los efectos de las radiaciones electromagnéticas, aplicar el Principio de Precaución y atender los numerosos estudios que advierten de sus potenciales efectos dañinos.

Que vivimos en una sociedad dura –casi despiadada- y regida por intereses económicos es algo que pocos ponen hoy en duda. Pero sólo en contadas ocasiones, cuando el rostro de la muerte nos asalta desde los medios de comunicación, se remueve de verdad algo en nosotros que termina provocando cambios en el modelo social. Para bien…o para mal. Pasó con Rock Hudson cuya imagen se convirtió de manera claramente interesada en la cara del Sida, con el rostro de Ana Orantes quemada viva por su marido días después de salir en un programa de televisión y que sirvió para recordar por enésima vez la barbarie del machismo irracional o con el joven Carlos Palomino cuya reciente muerte nos hizo visualizar los peligros de las bandas ultras. Numerosos personajes famosos vieron igualmente convertida su tragedia en símbolo de lucha o resistencia. Son los casos de Luther King -hoy referente mundial de la defensa de los derechos humanos- o de Ghandi -adalid de la lucha no violenta-. Asimismo, personas anónimas se convirtieron de la noche a la mañana –a veces muy a su pesar- en referentes sociales. Como Irene Villa -que hoy personifica en España la lucha contra el terrorismo- o Pilar Manjón -quien da voz al sufrimiento de muchos de los familiares de las víctimas del 11-M-. Y es que parece que nuestra sociedad aún necesita de rostros en los que personificar la tragedia cuando las palabras y los argumentos no bastan y el olvido amenaza con cubrir la verdad.

Pues bien, todo esto viene a cuento porque llevamos años denunciando los dramáticos efectos de las radiaciones electromagnéticas sobre la salud y citando numerosos estudios científicos que hablan de sus daños sobre el organismo y todo ello exige ya, atendiendo al más elemental Principio de Precaución, una legislación mucho más restrictiva. Es más, cada pocos meses aparece un nuevo estudio alertando del peligro pero nadie se hace eco en los grandes medios de comunicación y, encima, tenemos que seguir oyendo decir en ellos que no hay evidencias científicas de que las radiaciones electromagnéticas sean peligrosas. Se engaña vilmente a la sociedad como en su día hicieron las tabaqueras sin que los sinvergüenzas que orquestaron sus mentiras o las permitieron se hayan sentado ante la Justicia. Y mientras, hoy como ayer, muchas personas -con caras, nombres y apellidos- siguen enfermando y muriendo a nuestro alrededor convencidas de que hacerlo entre cables de alta tensión o cerca de transformadores eléctricos y antenas de telefonía no es peligroso. Porque no hay manera de que se apruebe y financie un solo estudio epidemiológico serio no controlado por la industria o sus testaferros. Y, por supuesto, nuestros representantes políticos sin mover ni un dedo.

Bien, pues quizás a esta lucha le faltara un rostro. Una cara que reflejara la destrucción física que en pocos meses -en el caso de niños- o de años –en el de los adultos- puede llegar a causar la exposición continuada a las radiaciones electromagnéticas. Sí, quizás faltaba una imagen que por su dureza impactara, conmoviera y diera vida por sí misma a los argumentos científicos. Y ese rostro puede ser el de Jairo Montilla, un niño español que con tan sólo 6 años murió asfixiado por un tumor cerebral cuyos síntomas aparecieron apenas ocho meses después de que fuera instalado bajo su vivienda un transformador eléctrico (vea cómo quedó en las fotos que acompañan este texto).

Jairo nació el 6 de septiembre del 2000 y el 9 de octubre del 2006 nos dejaba. Y desde entonces, su madre,Nicereta HerreroNice para los amigos-, no ha parado un sólo minuto. Quiere que se sepa la verdad. Quiere que todas las madres del mundo sepan que pueden perder a sus hijos si no escuchan a quienes vienen denunciando la peligrosidad de las radiaciones electromagnéticas porque los representantes de las empresas eléctricas y de telefonía siguen empeñadas en negar y ocultar las evidencias… con la complicidad de algunas autoridades y jueces.

De ahí precisamente que el abogado contratado por la familia, José Luis Mazón, haya presentado recientemente una reclamación contra los Ministerios de Sanidad y Consumo, Justicia e Industria –además de contra la empresa propietaria del transformador instalado en el bajo de la casa de Jairo- por “crimen de Estado por omisión del deber de socorro”. “Jairo –nos diría Mazón- ha sido utilizado como auténtico cobaya humano. Y ha sido víctima de la desidia institucional en relación a los peligros de los campos electromagnéticos”.

En suma, Jairo puede convertirse también en el rostro que a partir de ahora nos recuerde el ignominioso comportamiento en este ámbito de partidos políticos, medios de comunicación, investigadores agradecidos y empresas energéticas y de telecomunicaciones. Eso sí, seguro que sus responsables –salvo que en lugar de corruptos sean simplemente ignorantes- se cuidan muy mucho de no vivir al lado de un emisor de radiaciones electromagnéticas. Ya nos lo dijo en su día el Fiscal de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid, Emilio Valerio, tras manifestar que a su juicio habría que retirar de inmediato todos los transformadores que aun hay pegados a las viviendas: “Estoy seguro de que ninguna de esas personas viviría debajo de una línea de alta tensión o encima de un transformador”. Jairo sí lo hizo. Y murió.

UNA HISTORIA COMÚN…

La de Jairo es también una historia que permitirá a muchos encontrar explicación a hechos trágicos de su pasado a los que no sabían o podían poner nombre. También es una historia común porque refleja el drama de una familia que, como tantas otras, jamás llegó a plantearse que antenas o transformadores –autorizados y/o consentidos por las autoridades encargadas de velar por su salud– pudieran causarles daño.

Jairo Montilla Herrero creció feliz en su casa de Gandía (Alicante, España) hasta que en octubre del 2005 le fue diagnosticado un glioma de tronco, un tumor cerebral. “El deterioro de Jairo –nos explicaría Nice, su madre- comenzó cuando se detectó el tumor. El niño, hasta ese momento, estaba perfectamente. Días antes estaba en la plaza de toros de Yecla, en Murcia, saliendo con su caballo. Con cuatro años era un excelente jinete, un número uno, un niño muy especial. Todo ocurrió pues de la noche a la mañana. Un día comenzó a torcer la boca, el ojo un poco, no mantenía bien el equilibrio… Estuvo en revisión cuatro días. Le hicieron una resonancia y le detectaron el tumor cerebral. Apenas dos meses después, en diciembre, con el cerebro encharcado, padecía ya un 82% de minusvalía. Y, sin embargo, antes de que el tumor se manifestara estaba perfectamente. Era un niño sano e inquieto al que le encantaban los animales y al que gustaba ir al colegio. Hasta que un día, de golpe y porrazo, como una seta, el tumor se manifestó”.

“¿Por qué a él?”, se preguntó sin duda Nice. La misma pregunta que se haría cualquier padre ante un diagnóstico tan devastador. Es más, seguro que Nice se la hizo muchas veces en casa mientras atendía al niño en la cama y el campo electromagnético generado por el transformador instalado debajo de su casa seguía invadiendo el hogar de manera silenciosa e imperceptible.

DESCONOCIMIENTO Y CONFIANZA VANA EN LAS AUTORIDADES

En febrero del 2005, cuando Jairo tenía sólo cuatro años –ocho meses antes de que se le diagnosticara el tumor-, una filial de El Corte Inglés -Tiendas de Conveniencia S.A.- que sirve a su tienda Opencor de Gandía había instalado un transformador en los bajos de su casa.

“Entonces no lo sabíamos –nos explicaría Nice-pero a nosotros el transformador nos perjudicaba por su campo electromagnético, sí, pero lo agravaba el hecho de que el cableado atraviesa toda mi casa ya que está en el techo del local inferior, pegado pues a mi suelo. Si hago un agujero en mi piso saco con la mano los cables. De hecho, con un aparato hoy soy capaz de decirle por dónde van. Mire, a mi casa han venido periodistas que se quedaron alucinados porque si acercaban el micrófono al suelo ya no conseguían grabar nada debido a las interferencias”.

Los campos electromagnéticos generados por el transformador y el cableado –nos diría José Luis Mazón y así lo explica en la reclamación- se introducían en la vivienda afectando día y noche a todos sus habitantes pero especialmente al niño porque éste jugaba a menudo en el suelo. Y le afectaban además más que a los adultos porque los cráneos de los niños son más finos y su sistema nervioso aún se está desarrollando lo que los hace mucho más vulnerables a las radiaciones”.

Lo más singular de esta historia, en cualquier caso, es que cuando al niño se le descubrió el tumor su madre no pensó en ningún momento que el transformador tuviera algo que ver. Por eso siguieron viviendo allí. Como millones de españoles, centrada en sus quehaceres cotidianos, nunca se había preocupado de lo que se decía sobre el potencial peligro de las radiaciones electromagnéticas. Para ella –como para la mayoría de los vecinos- el transformador no era sino una molestia más que en el peor de los casos podía derivar en peligro ¡para los coches! ya que se encontraba encima del garaje y pensaban que con su peso el suelo podía llegar a ceder. “Nosotros vimos cómo comenzaba a instalarse el transformador –recuerda Nice– y la comunidad de vecinos en pleno se negó; tengo los papeles que lo demuestran. Fuimos al Ayuntamiento y mandamos cartas a Opencorque es el dueño del transformador pero no conseguimos nada. Todo quedó archivado. Y mire, yo soy una simple pescadera pero para abrir mi negocio tuve que pedir permisos a mis vecinos colindantes porque resulta que mi actividad se considera una ‘actividad molesta’. Y ya ve, un transformador, en cambio, a lo que parece no es lesivo ni molesto… así que aunque te niegues te lo ponen”.

Desgraciadamente cuando Nice empezó a asociar el tumor cerebral de su hijo con los campos electromagnéticos del transformador era ya tarde. Nunca nadie le avisó de los posibles peligros. Nada sabía de las muertes acaecidas en localidades como Majadahonda donde la presión vecinal, la cercanía de las elecciones, la intervención del Fiscal de Medio Ambiente de Madrid, esta revista y 45 muertos por cáncer y problemas cardiovasculares terminaron por “convencer” al Ayuntamiento y a Iberdrola de que había que trasladar el transformador instalado en los bajos de la calle San Joaquín nº 13… aunque siguen manteniendo varios más pegados a otras viviendas en una actitud indigna y miserable. Es más, tampoco sabía que justo encima de ese transformador dos personas habían muerto a causa de tumores cerebrales y una joven de 19 años de cáncer de huesos. A ella nadie le avisó. “Nunca nos hablaron de las posibles consecuencias –nos diría-. Yo me enteré de casualidad, y ya era muy tarde, del peligro que suponen. Resulta que cuando mi hijo se quedó con un 82% de minusvalía tuve que pedir la colaboración de mis vecinos para poner un elevador porque ya no andaba, pesaba cuarenta kilos y a ellos había que añadir los del carro especial en el que le transportaba. Lo aprobaron enseguida y el elevador se puso. Fue entonces cuando un vecino me recordó que yo no había acudido a las reuniones convocadas para que la comunidad discutiera la instalación del transformador. Le contesté que era verdad pero que siempre había estado de acuerdo con todo lo que se aprobaba por mayoría y añadí: “Además, eso no hace ruido ni molesta”. Fue cuando me soltó: ‘Eres una ignorante. Eso no hace ruido, eso produce cáncer’. Mire, en ese momento me quedé sin aire. Como si me hubieran clavado un puñal. Y fue cuando empecé a investigar, a buscar por Internet, a preguntar por todas partes a gente que sabía. Solo que para mi hijo ya era tarde. Yo lo único que sabía hasta ese momento de los campos electromagnéticos era lo que aprendí al dejar la escuela: que los polos iguales se repelen y los opuestos se atraen”.

En suma, nadie le había explicado que los campos electromagnéticos provocan mucho más que ruido y calor.

FINAL TRÁGICO

El escrito del abogado José Luis Mazón lleva adjunto un informe del doctor Claudio Gómez Perreta, uno de los mayores expertos internacionales sobre los efectos de los campos electromagnéticos. Y en el apartado Factores de riesgos éste afirma: “Tras el análisis de los posibles riesgos de origen ambiental que el paciente pudo sufrir a lo largo de su biografía llama la atención la existencia de fuertes campos electromagnéticos externos de origen industrial, de una frecuencia de 50 herzios, que trascendían a todo el domicilio en superficie. Dichos campos electromagnéticos provienen de un Centro de Transformación situado en el Paseo de Germanías número 78 de Gandía que genera en la vivienda del paciente Campos Magnéticos (CM) que oscilan desde 0,176 microteslas (μT) hasta 0,495 μT para consumos bajos y desde 0,193 μT a 0,528 μT para consumos altos.Debemos resaltar que éste es el único que puede apreciarse en cualquier punto de la vivienda y que se mantiene permanentemente en el tiempo ya que los de origen doméstico desaparecen a pocos centímetros de éstos con excepción de la máquina de afeitar, el secador de pelo o la manta eléctrica, entre otros de uso reducido a cortos espacios de tiempo”.

La conclusión de Gómez Perreta tras revisar para el tribunal la documentación científica que avala la necesidad de aplicar el Principio de Precaución en el caso de los campos electromagnéticos parece clara. “Así, debemos de concluir de forma honesta -señala Perreta- que los valores de campos electromagnéticos medidos en la vivienda de Jairo, sobre todo en aquellas estancias de amplio uso y permanencia, están dentro del rango referido por la literatura como niveles que entrañan riesgo para la salud por la asociación mostrada con la incidencia de tumores del sistema nervioso central en niños”.

Los médicos nada pudieron hacer por Jairo. Sometido a quimioterapia y radioterapia al mismo tiempo su deterioro fue cada vez mayor. Los padres, incluso, le incluyeron en un programa de experimentación en un intento no tanto de evitar su muerte –completamente inevitable, les dijeron- como de tratar de hacer de ella un acto de generosidad que sirviera para avanzar en el tratamiento de estos tumores. El 9 de octubre del 2006 Jairo falleció asfixiado por el tumor cerebral siendo enterrado al día siguiente. Los médicos, sin embargo, se negaron a reconocer por escrito que el transformador podía haber sido -o contribuido a ello- la causa de su muerte.

Los médicos que atendieron a Jairo se quejaría su madre-no se atrevieron a reconocer que el tumor cerebral podía ser consecuencia del transformador. Bueno, hubo uno, oncólogo, cuyo nombre no voy a dar porque no quiero perjudicarle, que sí sugirió que el tumor lo podía haber causado el transformador. Hoy sé que tuvo problemas por decirme eso y le dijeron que se limitara a diagnosticar y curar sin meterse en otras cuestiones. Pero es que no se trata sólo ya de mi hijo o de mi familia. Afortunadamente cada vez más gente afectada por las antenas y centros de alto voltaje se muestra dispuesta a que todo esto salga a la luz. Incluso médicos e investigadores que, por denunciarlo, están siendo objeto de una auténtica caza de brujas. Yo he recibido ya el apoyo de mucha gente que está pasando por situaciones similares y ha decidido luchar. Todo lo que está pasando se está intentando tapar pero antes o después va a estallar. No sé cuándo pero les va a estallar en la cara porque es inadmisible utilizar a las personas y, sobre todo, a los niños como cobayas humanas”.

TRES ENTRE CIEN MIL… Y LOS ENCONTRAMOS JUNTOS

Debemos decir que los tumores cerebrales son la primera causa de muerte por cáncer entre la población infantil. La incidencia anual en nuestro país -según el estudio Clínica de presentación de los tumores del sistema nervioso central en función de la edad realizado por médicos del servicio de Oncología Infantil del Hospital Universitario Virgen del Rocío de Sevilla- es de 2,8 casos por cada 100.000 niños. Sin embargo, y al margen de las cifras oficiales, la sensación entre pediatras y oncólogos es que se trata de una patología que va en aumento en todo el mundo.

La senadora australiana Lyn Allison dedicó un año de su vida a escuchar a los científicos y a investigar sobre los riesgos de los campos electromagnéticos y concluyó que existe un peligro evidente, sobre todo para los niños. Allison afirma -basándose en estudios europeos y australianos- que el tumor cerebral se ha convertido en una de las principales amenazas para sus vidas: “Los estudios muestran –denuncia– que en los últimos 20 años ha habido un 40% de aumento, con carácter general, en el número de tumores cerebrales. Coincidiendo esos 20 años con el uso del teléfono móvil y de otras muchas radiofrecuencias”.

¿Y por qué son más vulnerables los niños? Una de las principales razones es el espesor de su cráneo. “Los científicos afirman –señala Allison– que es el espesor del cráneo de los niños lo que marca la diferencia pues es muy delgado en comparación con el de los adultos. Además hay más líquido en sus cerebros y ello significa que las frecuencias de radio viajan a través del cerebro más fácilmente”.

Debemos agregar que la relación entre exposición a campos electromagnéticos por motivos de trabajo y la incidencia de cáncer cerebral en adultos está demostrada. Hay numerosos estudios que lo corroboran. Es el caso de Cáncer cerebral y exposición ocupacional a campos magnéticos entre hombres: resultados de un estudio de control de casos basado en población canadiense publicado en el International Journal of Epidemiology. Un trabajo en el que se concluye lo siguiente: “Se encontró una relación positiva y estadísticamente significativa entre los niveles de exposición a campos magnéticos ocupacionales y la incidencia de glioblastoma multiforme, uno de los subtipos más agresivos de cáncer cerebral. Los resultados avalan la hipótesis de que los campos magnéticos juegan un papel en el desarrollo de los tumores cerebrales y que quizás influyan en su aparición”. Luego si ello es así en adultos que pasan buena parte de su jornada sometidos a tales campos, ¿qué no habrá sido en el caso de Jairo, un niño sometido todo el día a un potente campo electromagnético?

Nadie podrá decir además que la relación entre los campos electromagnéticos y el cáncer infantil sea algo nuevo. En un artículo publicado en el 2004 en Revista Española de Pediatría un grupo de médicos del Hospital La Fe de Valencia -entre los que se encontraba Josep Ferrís, especialista en Oncología y coordinador de la Unidad de Salud Medioambiental Pediátrica de Valencia- ya se señalaba que “las radiaciones electromagnéticas de baja frecuencia deben ser consideradas como agentes potencialmente carcinógenos para los humanos y, sin alarmismos, se deben evitar las exposiciones innecesarias guardando las distancias prudentes”. Ferrís trató por aquel entonces a varios niños con cáncer del Colegio Penyagolosa de Burriana a los que se creía afectados por la presencia de un transformador y una antena situados junto al colegio. La presión vecinal propició que finalmente ambos fueran trasladados lejos del colegio.

En los niños con una constitución vulnerable -señaló ya entonces Ferrís- la exposición a flujos electromagnéticos superiores a 0,2 microteslas supone un mayor riesgo de desarrollar cáncer y aumenta cuando se superan los 0,4 microteslas”. Bueno, pues según las mediciones que Iberdrola remitió entonces al Ayuntamiento de Burriana la emisión del transformador contiguo al centro escolar era de 0,46 microteslas, lo mismo -y a veces más- que en muchos momentos del día y de la noche –y no sólo en horario escolar– tuvo que soportar Jairo en su casa. El transformador de Burriana, con buen criterio, fue retirado. El de Jairo sigue allí, bajo su vivienda. Su muerte nada ha cambiado. Y es que hay empresas en España con mucho poder…

Y cada día surgen casos nuevos. A principios de octubre pasado, por ejemplo, se supo que los vecinos del conjunto residencial Autosol de Vélez Málaga habían conseguido frenar la instalación de una segunda antena de telefonía en su entorno porque relacionan la antena ya instalada con la detección de varios casos de cáncer, entre ellos un tumor cerebral en la pareja del presidente de la comunidad. Y a principios de noviembre podía leerse en el Diari de Tarragona que una familia residente en un inmueble de la calle Muralla de la Font Nova de Riudoms relacionaba la aparición reciente de un tumor cerebral en su hijo de seis años con la presencia de otra antena encima de su vivienda. Aunque si algún otro caso resulta escandaloso a día de hoy por la inacción de las administraciones públicas es el de la calle Alicun en el distrito de Hortaleza de Madrid donde hay instalado un transformador de alta tensión de Unión Fenosa.

Allí, en el nº 10 (seis pisos y cuatro viviendas por piso además de tres bajos) tres niños de 2, 9 y 11 años padecen distintos tipos de tumor cerebral. Todos en el mismo bloque. Y además dos tumores de mama, un mieloma y un cáncer de huesos. ¿Algún epidemiólogo podría explicar tanta casualidad? Es más, en los últimos años -según denuncia presentada en marzo del 2006 ante la Fiscalía de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid- en el nº 10 (donde está el transformador) ha habido 19 afectados por graves patologías de los que 6 ya han muerto y 13 se encuentran enfermos. Y en el cercano nº 8 hay 5 afectados: 2 muertos y 3 enfermos. En el nº 12, por último, los afectados son 6 habiendo fallecido ya 5 y estando uno enfermo. Cabe añadir que de los trece fallecidos en los últimos años cinco murieron a consecuencia del cáncer.

Según nos comentaría Ismael Sanz -uno de los vecinos afectados- en marzo pasado, tras reunirse el Ayuntamiento con la compañía, el consistorio les comunicó que habían ofrecido a Unión Fenosa un terreno donde reinstalar el transformador y que representantes de la compañía se pondrían en contacto con ellos. Hasta hoy. Ni se ha desinstalado el trasformador ni ha habido reunión. Es más, en mayo de este año la Dirección General de Industria de la Comunidad de Madrid envió un escrito a los vecinos indicándoles lo de siempre: que todo era legal. Todo lo contrario: en septiembre de este año -y sin previo aviso a los vecinos- la compañía procedió a cablearlo de nuevo limitándose a instalar en las paredes y techo unas planchas metálicas. Así lo afirma Sanz, uno de los vecinos firmantes de la denuncia.

Mención aparte merece la lamentable actitud del Defensor del Pueblo, presuntamente encargado de proteger a los ciudadanos frente a los comportamientos negligentes de la Administración. Porque ante las quejas de los vecinos y teniendo los datos de los niños y adultos afectados que aquí hemos relatado se limitó a invitarles a que instaran al Ministerio de Sanidad y Consumo a que hiciera un estudio sobre el impacto de los campos electromagnéticos. Y se quedaron tan frescos.

Mientras, otros tres niños -como Jairo- padecen hoy tumores cerebrales viviendo en las cercanías de un transformador. ¿Casualidad? Imposible. Si según los datos estadísticos en España se dan 2’8 casos por cada cien mil habitantes, ¿cómo es posible que haya en un mismo edificio tres casos y nadie haga nada? ¿Hasta cuándo van a seguir nuestros representantes políticos y los jueces dando la espalda a lo que está sucediendo?

BATALLA LEGAL

No es necesario citar de nuevo todos los estudios que hablan de la peligrosidad de los transformadores, cables de alta tensión, antenas y teléfonos móviles, especialmente en el caso de los niños. Hemos hablado de ello ampliamente en números anteriores y el lector puede leerlo en nuestra web: www.dsalud.com. Pero es que cada mes aparecen datos nuevos. En la sección de Noticias de este mismo número damos a conocer dos nuevas informaciones al respecto. En la primera se explica que los niños no deben utilizar teléfonos móviles porque sus cráneos son más finos y su sistema nervioso aún se está desarrollando según Kjell Mild, catedrático de la Universidad de Orbero (Suecia) y asesor del Gobierno de su país en este ámbito. Recordando que el hecho de que las radiaciones electromagnéticas pueden provocar cáncer -especialmente leucemia en niños- se afirma en un informe realizado por The BioInitiative Working Group-grupo de trabajo internacional que reúne a conocidos científicos, investigadores y profesionales de programas de salud públicade todo el mundo-dirigido por el Dr. David O. Carpenter, director del Instituto de Salud y Medioambiente de la Universidad de Albany de Nueva York.

Y en la segunda noticia damos a conocer un estudio según el cuallos teléfonos que utilizan la tecnología UMTS son aún más peligrosos para la salud que los “antiguos” GSM ya que pueden romper las cadenas de ADN y provocar cáncer incluso con radiaciones electromagnéticas ¡40 veces menores que las legalmente autorizadas! Así lo afirma el catedrático y médico alemán Franz Adlkofer, coordinador del proyecto europeo Reflex.

Y no son más que breves ejemplos. Las siguientes batallas pues -antes de llegar a tomar la calle si es preciso- se darán ya en los tribunales. Porque todo indica que con un buen puñado de sentencias y la presión vecinal podrá torcerse el brazo de los políticos y obligarles a poner en marcha de inmediato una legislación mucho más restrictiva que ayude a evitar en el futuro casos como los mencionados.

En ese próximo envite José Luis Mazón, abogado de la familia de Jairo, solicita por eso a los jueces que se reconozca que ha existido por parte de las autoridades desprotección de los derechos fundamentales a la vida e integridad física de Jairo y que se ha infringido claramente el derecho a la inviolabilidad del domicilio y a la intimidad de la vida familiar por intrusión de los campos electromagnéticos en el domicilio. Una reclamación que está dispuesto a llevar hasta el Tribunal de Estrasburgo si no es atendida en España.

Mazón ha formulado una reclamación mixta de responsabilidad patrimonial que imputa conjuntamente a a los ministerios de Sanidad y Consumo, Industria y Justicia -y que se ampliará en la vía contencioso administrativa a la empresa propietaria del transformador- por no cumplir sus obligaciones. Concretamente, acusa al Estado de:

-Desprotección omisiva de la vida e integridad física de Jairo al permitir la instalación de un transformador y su generador en los bajos de un edificio de viviendas inundando con ello de campos electromagnéticos la casa que ocupaba.

-Incumplimiento del Principio de Precaución en la actividad normativa y legislativa por no elaborar normas protectoras de la salud ya que quienes deben hacerlo entienden que ”es más importante -señala textualmente en su escrito- llevarse bien con el lobbyde las eléctricas”.

-Incumplimiento del deber de informar a la población de los riesgos que generan los campos electromagnéticos.

-Incumplimiento del deber de promover la investigación de los efectos biológicos de los campos electromagnéticos “mirando para otro lado en beneficio del principio de recaudación y detrimento del Principio de Precaución”.

-Incumplimiento del deber de proteger la privacidad de la vida familiar y del domicilio al no establecer normas que impidan que los campos electromagnéticos de un transformador se introduzcan en una vivienda. “Al contrario, el Estado –afirma en su escrito Mazón- ha aprobado normas de intromisión de campos electromagnéticos en viviendas, sin rango legal suficiente (que requieren ley orgánica por afectar a la inviolabilidad del domicilio) que le señalan a él como directo responsable del atropello”.

-Incumplimiento del deber de proteger los derechos de propiedad y los bienes “al posibilitar la desidia normativa y legislativa del Estado la ruina económica del valor en venta de la vivienda de los reclamantes, depreciada por los campos electromagnéticos en un 70% del valor de mercado”. Argumentando para ello que después de lo ocurrido la familia de Jairo tuvo que abandonar una vivienda de 140 metros cuadrados en el centro de Gandia para irse a un apartamento de 50 metros en la playa en el que viven en la actualidad cinco personas.

Cabe recordar que José Luis Mazón consiguió en el 2001 un éxito sin precedentes al validar en lo sustancial el Tribunal Supremo una sentencia de la Audiencia Provincial de Murcia que obligaba a la retirada de un transformador de una vivienda. Sentencia que abre un camino de esperanza en este caso ya que la argumentación recogida en la sentencia es muy clara en lo que se refiere a los transformadores aunque ayuntamientos, comunidades y Gobierno central sigan mirando hacia otro lado. Y si no, lean atentamente. “A esos efectos –señala el Tribunal Supremo– se acordará que la cesación de la intromisión sea total, esto es, que de la propiedad de la demandada y hacia el domicilio del demandante no se produzca ninguna intromisión de campo electromagnético alterno alguno y ello por dos motivos: el primero, porque como se ha derivado de la prueba pericial incluso por debajo de 1 microtesla no queda acreditada la inocuidad, siendo tal que en un ambiente domiciliario normal, poniéndose como ejemplo el del propio perito judicial, las mediciones fueron de entre 0,02 y 0,04 microteslas, lo que son valores muy bajos y producidos por la actividad de los propios aparatos electrodomésticos. El segundo, porque los campos electromagnéticos alternos se reducen hasta diluirse y desaparecer con la distancia. En ese sentido, no acreditada su inocuidad pero sí su desaparición con la distancia, el demandante no tendría porqué soportar campos electromagnéticos generados por actividades en dominios ajenos que no puedan acreditarse como inocuos y, por tanto, la cesación de la intromisión ha de ser absoluta”.

En suma, ¡ningún ciudadano tiene por qué soportar radiaciones electromagnéticas en sus hogares! Lo ha dictado nuestro Tribunal Supremo. Por tanto, sólo con este párrafo en la mano los vecinos deberían instar en los juzgados la desaparición de todos los transformadores y antenas situados en sus viviendas.

Si nuestros responsables políticos hubieran llevado hasta sus últimas consecuencias esta sentencia del Supremo, ¿habría muerto Jairo? Probablemente  no. Así que, ¿cuántos niños más tienen que morir para que se conciencien y actúen? Son dos preguntas que a diario se hace Nice, la madre de Jairo, y que  hoy aún no tienen respuesta.

Además, el Tribunal Supremo, ante la dificultad de demostrar los daños a la salud en cada caso, abre al resto de tribunales la vía para abordar el problema de la retirada de antenas y transformadores: la violación del domicilio. “Allí donde quede acreditada la existencia de injerencia en una propiedad ajena, máxime si constituye domicilio y se desarrollan ámbitos de intimidad personal y/o familiar, como derecho constitucional reconocido en el art. 18 CE, es dable que al autor de la injerencia se derive la carga probatoria sobre la inocuidad de dicha injerencia, en tanto que es a este injerente a quien corresponde afirmar la legitimidad de su intromisión. Atendiendo a todo lo anterior, en el presente caso la prueba pericial practicada ha determinado dos hechos: en primer lugar, la existencia continuada de una corona electromagnética en el domicilio de los demandantes proveniente de la actividad del trasformador de Iberdrola; y, en segundo lugar, que dicho campo electromagnético es muy superior al que se ven expuestos en cualquier otro domicilio con el uso cotidiano de los aparatos electrodomésticos. Con ello queda acreditado por parte de los demandantes la injerencia o intromisión en su domicilio, intromisión que, además, no resulta irrelevante o neutral, al menos desde la perspectiva de la común intensidad a la que se ve expuesta la ciudadanía normal. Con estos presupuestos fácticos lo que restaría es la discusión sobre la legitimidad de dicha injerencia. Al haber sido puesta en duda por los demandantes con la interposición de la demanda será a la empresa demandada a la que corresponda probar que la situación a la que somete el domicilio de los demandantes es de total y absoluta inocuidad, y que puede continuar con ella”.

Y también se define el Tribunal Supremo respecto a la tan manoseada legalidad de las emisiones, argumento siempre utilizado por las compañías para justificarse ante posibles demandas. “El Corte Inglés –recordaba con amargura la madre de Jairo-,después de poner las denuncias, al cabo de año y pico, me mandó un burofax dándome el pésame, reiterándome que todos sus aparatos estaban homologados y sus emisiones dentro de la legalidad. Yo me dirigí a ellos en mayo –mi hijo murió en octubre– para pedirles que, por favor, al menos quitaran los cables del techo y los enterraran. Y me contestaron que sí, que íbamos a reunirnos como buenos vecinos, que iban a pasarse a tomar un café conmigo… pero ha pasado año y medio y todavía no han venido a tomarse el café. Está ya un poco frío”.

Y, sin embargo, la presunta legalidad con la que según la filial de El Corte Inglés actúa su transformador no la aceptó el Tribunal Supremo en el caso de Murcia:  “Tampoco ha quedado acreditada la inocuidad -dictamina el Supremo sobre el trasformador-tal como pretende el apelante -la compañía eléctrica-de los campos electromagnéticos en la intensidad y con la permanente presencia que se produce en el domicilio de los demandantes ya que el hecho de que en diferentes informes aparezca que los niveles de riesgo están en 100 microteslas e, incluso, que dicho límite pueda ser el recogido en la Recomendación 1999/519 del Consejo de 12 de julio (DOCE L199,de 30 de julio de 1999) no prejuzga las razonables dudas científicas sobre posibles efectos biológicos, incluso nocivos. La posible falta de acreditación de los mecanismos causales entre cierta intensidad y prolongada exposición a un campo electromagnético y una determinada patología no puede llevar a afirmar categóricamente ni la inocuidad, ni la nocividad sino simplemente dudas basadas en estadísticas y probabilidades”.

El resultado final fue en aquel caso la retirada del transformador. Así que, ¿por qué iba a ser diferente en el resto de los casos? Y, por cierto, quienes estén interesados en referencias y citas legales harían bien en repasar la sentencia de la Audiencia Provincial de Murcia hecha suya por el Tribunal Supremo. Porque entre ambas puede recogerse un cuerpo legal que ningún tribunal puede ignorar. ”El primer derecho que tiene el consumidor o usuario –señaló en su sentencia la Audiencia– es el de que se adopten medidas puramente preventivas que es lo que, con carácter principal, se pide en esta demanda y que no es otra cosa que la casa esté libre de campos electromagnéticos que pudieran ser perjudiciales para la salud”.

¿Y por qué entonces los gobiernos central y autonómicos, las autoridades administrativas y las compañías eléctricas y de telefonía hacen lo que les da la gana ignorando la jurisprudencia? En opinión de José Luis Mazón “porque el Estado se ha convertido en un nido de aves rapaces, de ególatras autistas de sus propios intereses capaces de mirar hacia otro lado cuando poderosos intereses económicos como los de las industrias eléctricas cometen este tipo de siniestros”. Agregando: “Lo de Jairo puede considerarse pues un crimen de estado”.

Terminamos. Jairo se ha ido. Pero su rostro sonriente y deformado será a partir de ahora la imagen gráfica de los devastadores efectos de las radiaciones electromagnéticas. Y ojalá se imprima a fuego en la conciencia de quienes son responsables de su muerte… y de la de otros muchos millones de personas cada año. Entre ellos, cada vez más niños.

Antonio F. Muro

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Enero 2008
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