Cloruro de magnesio: casi una panacea

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Las propiedades del cloruro de magnesio son tantas que casi puede considerarse una panacea. Solo mencionarlas requiere un texto bastante extenso. Y están bien avaladas ya que son numerosos los trabajos que sobre sus propiedades pueden encontrarse en la literatura científica además de libros publicados hace décadas. Basta entrar en Internet para comprobarlo. Eso sí, a la dosis adecuada. Lo que no es sin embargo tan sabido es que además es útil en numerosas patologías de origen infeccioso, especialmente en sus etapas iniciales; incluidas enfermedades de difícil tratamiento como la poliomielitis, la difteria, la bronconeumonía, el asma, la forunculosis, la fiebre puerperal, el panadizo, la neurotoxicosis, la erisipela, la osteomielitis, la escarlatina, la gripe, el sarampión, las paperas y otras muchas

Si el lector acude a cualquier herbolario o a Internet para adquirir cloruro de magnesio comprobará que son numerosas las indicaciones para las que es útil según quienes lo comercializan; tantas que parecen exageradas. Pues bien, se quedan cortos; son aun más importantes de lo que se dice, algo poco habitual en el ámbito de la salud. Sin duda por eso el espacio que se dedica a él en Wikipedia y otras webs de referencia es prácticamente nulo. Y es que desde hace casi un siglo se ocultan sus propiedades. Hasta se han manipulado trabajos efectuados sobre él y se ningunea a quienes dieron a conocer sus virtudes. De ahí que la mayoría de los médicos desconozca sus posibilidades terapéuticas. Pues bien, aunque en la revista tenemos como norma citar de manera profusa los trabajos y estudios publicados en las revistas científicas a fin de apoyar las aseveraciones que se hacen sobre un producto y puedan así corroborarse en este caso vamos a obviarlo porque haría excesivamente farragoso el texto.

¿Y qué es el cloruro de magnesio (MgCl2)? Pues un compuesto mineral iónico integrado por cloro cargado negativamente y magnesio cargado positivamente que suele extraerse del agua de mar o de salmueras y puede presentarse en forma anhidra, bihidratada o hexahidratada. Y posee pues las propiedades del cloro -mineral ácido- y del magnesio -mineral alcalino- así como las propias que obedecen a su unión. De las primeras hemos hablado ya en la revista, están recogidas en multitud de estudios y libros y hay cientos de trabajos publicados sobre sus propiedades por lo que vamos a limitarnos en esta introducción a recordarlas.

El CLORO…

Presente principalmente en el agua de mar y las minas de sal debemos decir que en la naturaleza no se encuentra en estado puro ya que reacciona rápidamente con muchos elementos y suele estar en forma de cloruros, cloritos y cloratos. Principalmente como sal iónica, compuesto químico formado por cationes (iones con carga positiva) enlazados a aniones (iones con carga negativa) mediante un enlace iónico. Son pues producto de la reacción entre una base y un ácido. Pero también se une a metales. En realidad combina bien con la mayoría de los elementos excepto con los de su propio grupo y los gases nobles. Por eso se ha usado para sintetizar compuestos como los fluorocloruros o los cloruros de xenón. Agregaremos que es un mineral esencial para el organismo íntimamente relacionado con el sodio -tanto en los alimentos como en los fluidos corporales- siendo su cantidad en el cuerpo normalmente constante al poder ser excretado por la orina y el sudor así como por su uso a nivel intestinal (forma parte del ácido clorhídrico).

En cuanto a sus principales funciones debemos destacar que además de su conocida capacidad antimicrobiana regula junto al sodio y el potasio el balance electrolítico, ayuda a mantener la presión que permite a los fluidos entrar y salir a través de las membranas celulares, es vital en el equilibrio ácido/base de los líquidos del cuerpo, forma parte del ácido clorhídrico necesario para la digestión, colabora en el buen estado las articulaciones y tendones y ayuda al hígado en la limpieza de residuos orgánicos. Siendo en el fluido cerebro-espinal donde se encuentra en mayor concentración.

Su déficit puede alterar el necesario equilibrio entre el sodio y el potasio y además causar aclorhidria gástrica, mala digestión, problemas articulares y musculares, caries y pérdida de cabello y piezas dentales pero no suele ser habitual y de hecho no hay por ello dosis establecida ortomolecularmente. Lo que sí se sabe es que ingerir más de un gramo diario puede provocar efectos secundarios negativos; básicamente diarrea, vómitos y destrucción de la flora intestinal. De hecho quienes en las ciudades ingieren a diario agua clorada pueden tener problemas digestivos por eso.

Cabe agregar que el cloro está presente en muchos alimentos; especialmente en la sal de mesa (que no es sino cloruro  sódico) -y por ende en todo alimento salado-, las algas, los mariscos, la carne, los huevos, el pan integral, las aceitunas, las alcachofas, las almendras, las avellanas, los champiñones, la col fermentada, los dátiles, la levadura de cerveza, la melaza, las nueces, la pimienta negra, la remolacha y la zanahoria.

EL MAGNESIO

Por lo que se refiere al magnesio diremos que es un mineral vital para el ser humano ya que participa como cofactor en ¡más de 300 reacciones enzimáticas! -especialmente en las dedicadas a la producción de energía- hallándose un 65% en el esqueleto -en combinación con fosfato y bicarbonato-, un 25% en los músculos -unido a proteínas- y el resto en los tejidos blandos -principalmente, corazón, cerebro, hígado y riñones- y líquidos orgánicos. Teniendo nuestro organismo en situación normal de 21 a 28 gramos y siendo su nivel en plasma de 1.4 a 2.4 mg/100 ml.

Hablamos de un mineral imprescindible para un correcto funcionamiento del cuerpo, especialmente para el aparato musculoesquelético y los sistemas endocrino, nervioso, arterial, cardiovascular y digestivo. De hecho interviene en el metabolismo celular y en todas las reacciones que se producen para la formación de la principal molécula de energía del cuerpo -la adenosín-trifosfato o ATP-, modula los potenciales eléctricos de las membranas celulares permitiendo que los nutrientes las atraviesen, ayuda a mantener el necesario equilibrio ácido-base, fortalece el sistema inmune, purifica la sangre ayudando a limpiar las arterias y equilibrar el pH, ayuda a eliminar el ácido que se acumula en los riñones, previene la formación de cálculos renales, estimula las funciones cerebrales y la transmisión de impulsos nerviosos, participa en la duplicación del ADN y en la transmisión de los impulsos nerviosos, juega un importante papel en la síntesis de proteínas, lípidos, carbohidratos y otros nutrientes, participa en la reparación y mantenimiento de células y tejidos, favorece la absorción y metabolismo del calcio, el fósforo, el sodio y el potasio, previene trastornos digestivos e infecciones, aumenta la secreción de bilis favoreciendo la digestión de las grasas, ayuda a la eliminación de residuos tóxicos, interviene en la correcta regeneración de tejidos, ayuda a regular tanto los niveles de colesterol como de azúcar, previene los problemas de próstata, ayuda a prevenir y combatir tumores, colabora en el control de la temperatura corporal, interviene en la relajación y contracción de los músculos previniendo calambres, contracturas, vértigos, mareos y fatiga, favorece la absorción y metabolismo de otros minerales, contribuye  a mantener sanos huesos, articulaciones, cartílagos y dientes, ayuda en la retención de líquidos en las extremidades, las molestias mamarias y la hinchazón abdominal, ayuda a fijar el calcio y el fósforo en huesos y dientes, previene la formación de cálculos renales y la entrada y depósito de calcio en músculos, arterias y células cardiacas, activa las vitaminas del complejo B, interviene en el equilibrio hormonal disminuyendo la intensidad de los dolores premenstruales, ayuda a disminuir la presión arterial y las convulsiones uterinas de las embarazadas con preeclampsia, favorece el sueño y la relajación y actúa como laxante suave. De hecho es útil para prevenir las patologías cardiovasculares como a continuación explicaremos -entre otras cosas disminuye el riesgo de arterioesclerosis, palpitaciones, arritmias, angina de pecho e infartos así como los síntomas del prolapso de válvula mitral- y es eficaz en casos de hipertensión y diabetes tipo II… entre otras cosas.

En cuanto a los síntomas que puede provocar su déficit son muy variados: alteraciones gastrointestinales, dificultad de coordinación muscular, calambres, espasmos, tirones, esquizofrenia, temblores, epilepsia, hormigueo, fatiga, hipertensión, somnolencia, convulsiones, tics nerviosos, irritabilidad, depresión, astenia, pérdida de apetito, náuseas, deterioro de la capacidad intelectual (confusión, desorientación, alteraciones de la conducta, etc.), estreñimiento, mayor probabilidad de formar perniciosos depósitos de calcio en riñones, vasos sanguíneos y corazón, espasmos en vísceras huecas como la laringe o los bronquios, trastornos menstruales, mayor riesgo de accidentes cardiovasculares…

¿Y qué provoca su déficit? Pues aparte de no ingerir alimentos que contengan magnesio el abuso de alimentos refinados, procesados y azucarados -especialmente carbohidratos-, café, lácteos y alcohol así como una escasa ingesta de frutas, vegetales, legumbres, semillas y frutos secos crudos. Carencia que suele aparecer sobre todo en casos de déficit de vitamina E, exceso de vitamina C y calcio -aumentar la ingesta de calcio sin aumentar de forma paralela y equilibrada la de magnesio puede dar lugar a problemas cardiacos-, deterioro de la flora intestinal -con mala absorción, enteritis, colitis ulcerosa, vómitos, diarreas, enfermedad de Crohn, diverticulitis, isquemia intestinal, reflujo gastroesofágico o úlcera péptica-, pérdida excesiva de fluidos corporales -bien debidas a patologías, bien inducidas por agentes externos-, patologías renales, síndrome nefrótico, cirrosis hepática, pancreatitis, celiaquía, tratamientos con insulina y consumo prolongado tanto de diuréticos como de anticonceptivos orales y laxantes.

Termino indicando que son numerosos los estudios según los cuales una adecuada ingesta de magnesio ayuda en muy distintas disfunciones. Éstas son algunas de ellas puestas simplemente en orden alfabético: ansiedad, artrosis y artritis (el magnesio interviene en la formación de colágeno y previene el prematuro envejecimiento de huesos y articulaciones), asma (reduce la constricción bronquial al relajar los músculos), calambres, cálculos renales (aumenta la solubilidad del calcio en la orina), cirrosis, contracturas musculares, convulsiones, diabetes (es necesario para la segregación de insulina), dolores premenstruales, epilepsia, estreñimiento, fibromialgia, fracturas, glaucoma, hepatitis, hipercolesterolemia, hipoglucemia. Insomnio, migraña, náuseas, obstrucción de las vías respiratorias, osteoporosis, problemas cardiovasculares en general, sordera (previene la pérdida de audición inducida por el ruido), síndrome de piernas inquietas, temblores musculares, tics nerviosos y vómitos.

Por lo que se refiere a las fuentes naturales ricas en este mineral son el cacao, los cereales integrales (en el grano entero, no en el molido o refinado), las semillas integrales, las hortalizas y verduras crudas de hoja verde, las legumbres (soja, guisantes, habas, alubias, garbanzos, lentejas, etc.), los frutos secos (nueces, cacahuetes, pistachos, avellanas y almendras), el germen de trigo y la levadura de cerveza. Otros alimentos que también lo contienen aunque en menor medida son las carnes, los pescados, la leche y frutas como los plátanos, los aguacates, los limones, los pomelos, las manzanas, los higos y las ciruelas. El agua es otro alimento que puede contener hasta 120 miligramos por litro de magnesio.

En cuanto al aporte diario en caso de déficit que aconseje seguir un tratamiento ortomolecular las dosis varían en función de las etapas de la vida: en los menores de 1 año 60 mg, de 1 a 10 años 250 mg y en los adultos 350 mg los hombres y 330 mg las mujeres (en periodos de gestación y lactancia 450 mg).  Eso sí, debe ingerirse al menos 30 minutos antes de las comidas y en ayunas; preferiblemente acompañado de un complejo de vitaminas B6,  C, D, calcio y fósforo.

Puede parecer mucho pero la Dra. Carolyn Dean -autora de la obra El milagro del magnesio– sostiene en cambio que esa cantidad debería ser casi del doble pero ingerida conjuntamente con calcio en una proporción de 2 a 1. De 7 a 10 mg de magnesio por kilo de peso -entre 500 y 1.000 mg pues en el caso de un adulto- y la mitad de esa cantidad de calcio.

Por lo que se refiere a la toxicidad por exceso es muy rara ya que se excreta con facilidad salvo si el consumo de calcio es muy bajo y el de fósforo alto ya que entonces sí puede aparecer hipertensión arterial, problemas cardíacos e, incluso, un coma.

EN CUANTO A LOS PROBLEMAS CARDIOVASCULARES, LA OBESIDAD Y LA DIABETES

Como antes adelantamos la carencia de magnesio puede afectar negativamente a la bomba sodio-potasio y provocar concentraciones indeseadas de sodio en el interior de la célula, facilitar que en las arterias se depositen más fácilmente elementos vasoconstrictores, dificultar las respuestas a los vasodilatadores y promover el cierre de los vasos dando lugar a una mayor presión arterial. Incluso se ha relacionado su carencia con la aterosclerosis, el infarto de miocardio, la hipertensión y la insuficiencia cardíaca. Es decir, con todo tipo de problemas cardiovasculares. Lo dimos a conocer de forma amplia y documentada en el reportaje que con el título ¿Es el déficit de magnesio causa de patologías cardiovasculares? apareció en el nº 160 y puede leerse en nuestra web –www.dsalud.com- donde se explicó que los principales factores de riesgo cardiovascular conocidos -el exceso de colesterol y triglicéridos, la acumulación de placas en las arterias y su endurecimiento por calcificación de los tejidos blandos así como la presión arterial alta- pueden deberse en realidad a un déficit de magnesio.

Tal es al menos la tesis que defiende Andrea Rosanoff, doctora en Ciencias de la Nutrición de la Universidad de Berkeley (California) quien en 2013 publicó un trabajo titulado La deficiencia de magnesio ligada a la enfermedad cardíaca. Se trata de una revisión de los trabajos sobre el magnesio y la enfermedad cardiovascular publicados y revisados por pares desde 1937 y en él se afirma: “Antes de 1957 se había demostrado ya de manera concluyente y convincente que un déficit de magnesio es causa de aterogénesis y calcificación de los tejidos blandos. Sin embargo toda esa investigación se ignoró en cuanto el colesterol alto y la grasa saturada de la dieta se convirtieron en los enemigos a batir”.

Otra interesante aportación del trabajo citado es la importancia del adecuado equilibrio entre el calcio y el magnesio, roto hoy por unos hábitos dietéticos inclinados al consumo excesivo de calcio por presión de la industria láctea. “En Medicina se ha vuelto común recomendar suplementos de calcio sin valorar su necesario equilibrio con el magnesio explica Andrea Rosanoff- cuando estudios recientes muestran -y la hipótesis de la importancia del magnesio en las enfermedades cardiovasculares lo alertó hace mucho tiempo- que aumentar la ingesta de calcio -bien con los alimentos, bien con suplementos- sin aumentar de forma paralela y equilibrada la de magnesio puede dar lugar a problemas cardiacos.

Y es que ambos minerales se necesitan mutuamente para su absorción y utilización por lo que deben ser provistos por la dieta en la proporción y cantidades adecuadas. Además, dependiendo del entorno fisiológico, hay casos en los que las funciones de estos dos minerales pueden ser antagonistas. A fin de cuentas el magnesio se encuentra normalmente en el interior de la célula –a nivel intracelular- mientras el calcio se localiza predominantemente fuera –a nivel extracelular- y por consiguiente el papel del magnesio en las funciones metabólicas intracelulares -como la producción de energía, la respiración y la contracción y relajación muscular- es antagonista a la del calcio. Son ya de hecho varias las investigaciones que han demostrado que una insuficiencia cardiaca implica cambios drásticos en la concentración de los electrolitos cardíacos y que durante el estrés cardiaco el magnesio abandona el interior de la célula mientras el calcio entra. Pudiendo el músculo cardíaco en esos momentos llegar a experimentar una disminución del 20% del magnesio intracelular y un aumento de calcio de hasta 4 veces y media alterando seriamente el potencial de energía del músculo afectado; situación que podría evitarse con un adecuado nivel de magnesio. De hecho en la práctica clínica la administración intravenosa o intramuscular de sales de magnesio ha demostrado ser útil durante una parada cardiaca y son ya muchos los médicos que piensan que es la terapia más eficaz para proteger la integridad del miocardio.

Añadiremos que el magnesio es también vital en caso de resistencia a la insulina y en la diabetes porque para que la glucosa entre en las células es verdad que se necesita insulina -hormona secretada por el páncreas- ¡pero también magnesio!

Es más, el déficit de magnesio puede provocar ¡superproducción de colesterol! La propia Andrea Rosanoff lo explica: “La enzima que regula la tasa de limitación de velocidad tiene dos fases: una fase activa y una inactiva. Y la fase inactiva tiene que tener magnesio ligado a ella. Si no tiene suficiente magnesio en la célula la enzima no se puede desactivar y como resultado dicho punto de control se debilita o está ausente, el colesterol se sigue fabricando y la célula no puede disminuir o detener su producción lo que puede resultar en una acumulación de colesterol”. Resumiendo: un nivel adecuado de magnesio ayuda a evitar los problemas cardiovasculares, la obesidad y la diabetes. Téngase en cuenta.

 En suma, tales son las propiedades constatadas del cloro y del magnesio separadamente que pueden ser extrapoladas a las del cloruro de magnesio sobre cuya ingesta es necesario sin embargo hacer una serie de advertencias: La primera y más importante es que debería ingerirse en la dosis adecuada ya que su exceso puede alterar la flora intestinal y es laxante; no debe pues ingerirse si se sufre colitis ulcerosa o diarrea. Ni si se padece insuficiencia renal o alguna patología en los riñones. En cuanto a su ingesta puede encontrarlo en tabletas y ya preparado en forma líquida pero igualmente se vende cloruro de magnesio cristalizado a granel, normalmente en botes de cuarto o medio kilo que basta diluir en agua mineral.

EL CLORURO DE MAGNESIO ANTE LAS INFECCIONES

Lo hasta ahora dicho es sabido y puede pues el lector encontrar información de ello en numerosas revistas científicas y webs de Internet pero lo que mucha gente ignora es su gran potencial antimicrobiano y su utilidad en numerosas patologías infecciosas; entre ellas la difteria, la poliomielitis, la bronconeumonía, el asma, la forunculosis, la fiebre puerperal, el panadizo, la neurotoxicosis, la erisipela, la osteomielitis, la escarlatina, la gripe, el sarampión, las paperas, la fiebre aftosa… Al menos así lo aseguraron hace ya mucho tiempo dos médicos cuyos trabajos han sido lamentablemente olvidados cuando no silenciados. Nos referimos a los doctores franceses Pierre-Louis-Ernest Delbet (1861-1957) y Auguste Neveu (1885-1960). Hablemos pues de ellos.

Pierre-Louis-Ernest Delbet -hijo del médico y político francés Ernest Delbet- debió haber pasado a la historia por dos poderosas razones: la primera por darse cuenta de que la aplicación de antisépticos para limpiar de suciedad las heridas abiertas dificulta su reparación por el organismo y la segunda por constatar que el cloruro de magnesio es mucho más eficaz para ello siendo además útil en el tratamiento de numerosas patologías infecciosas. Y si no ha sido así es porque sus descubrimientos se han ocultado. Y eso que hablamos de un cirujano que ocuparía pronto cátedra en el conocido Hospital Necker de Paris, sería nombrado miembro de la Academia de Medicina de Francia y se asoció  en 1906 con el Dr. Charles Bouchard y el Dr. Henri de Rothschild para crear la Asociación Francesa para el Estudio del Cáncer (AFEC) que décadas después se convertiría en la Sociedad del Cáncer Francés (SFC) al especializarse en la prevención del cáncer.

Pierre Delbet se preguntaría si realmente tiene sentido aplicar antisépticos en casos de heridas teniendo en cuenta que nuestro organismo cuenta con sus propias defensas y éstas son más sensibles a ellos que a los propios microbios. ¿No será en realidad perjudicial?, se preguntó. Así que decidió comprobarlo experimentalmente y demostró que “el lavado del peritoneo con antisépticos favorece la infección”. En 1891 escribiría un texto dando a conocer lo descubierto pero, como cabía esperar, su conclusión provocó polémica de inmediato. No sería pues hasta que fue movilizado como cirujano de ambulancia durante la I Guerra Mundial cuando tratando soldados heridos constataría en multitud de casos que los antisépticos dañan aún más los tejidos. Decidiría entonces que quizás la solución no estuviera en encontrar nuevos antisépticos que destruyan los microbios patógenos sino en potenciar las defensas naturales para que éstas de ocupen de los microbios de una manera tan eficaz como inocua. Centrando su atención en la principal línea de defensa humana, los glóbulos blancos, estudiando in vitro  la incidencia en ellos de numerosas sustancias naturales para ver cómo inciden en su poder fagocitario. Sería así como descubriría que el cloruro de magnesio al 12,1% da “resultados extraordinarios” pues a esa dosis “aumenta la fagocitosis de los leucocitos un 75%”. Obviamente quedaba por averiguar si el resultado obtenido en tubos de ensayo lograba el mismo efecto en el organismo -en especial en la sangre circulante- y efectuó para ello complejas pruebas viendo que el resultado es aun mejor: aumenta la fagocitosis hasta un 129%. Así que en septiembre de 1915 envía sendas comunicaciones explicándolo a la Academia de Ciencias y a la Academia de Medicina prosiguiendo a continuación con unas investigaciones realizadas en colaboración con Noël Fiessinger  que publicaría en abril de 1918 con el título de Biologie de la plaie de guerre. Un trabajo que daría lugar al desarrollo del método terapéutico de lucha contra la infección de las heridas que bautizaría como Citofilaxia e incluía la aplicación de cloruro de magnesio diluido mediante inyecciones intravenosas cuando la infección es grave proponiendo posteriormente su consumo oral al enterarse de que sus enfermeras lo habían estado tomando en secreto con éxito y comprobar que ingerido era igualmente eficaz e inocuo. Todo ello lo cuenta en el libro que tiempo después publicaría con el título Politique préventive du cáncer (Política preventiva del cáncer) donde explica que  todos quienes lo ingirieron -enfermeras, vigilantes y los propios médicos- experimentaron una clara subida de energía y resistencia a la fatiga que a veces llegaba a la euforia.

Cabe añadir que en esa misma obra Delbet hablaría de una vacuna mixta para tratar la fiebre compuesta por estafilococos, estreptococos y bacillus pyocyaneus que terminaría comercializándose en Europa y Brasil con el nombre de Propidon y se utilizó hasta mediados de los años treinta.

LAS APORTACIONES DE AUGUSTE PIERRE NEVEU

En suma, Delbet descubrió las propiedades antiinfecciosas del cloruro de magnesio y cómo al incidir en numerosos procesos metabólicos proporcionaba más energía y una mejor salud pero no fue más allá. Quien daría el paso decisivo sería Auguste Neveu, médico francés contemporáneo suyo que trabajaba en la pequeña localidad de Charente-Maritime y al constatar la eficacia del cloruro de magnesio decidió profundizar en sus posibilidades publicando lo descubierto tras años de práctica clínica en una obra titulada Tratamiento citofiláctico de las enfermedades infecciosas con cloruro de magnesio: la poliomielitis en cuyo prólogo rinde homenaje a Delbet al explicar que la base de su trabajo fue la Citofalixia, terapia que en poco tiempo se había convertido -según reconoce textualmente su libro- en “un método general que aumenta la resistencia del organismo no solo en casos de infección de heridas sino de avitaminosis, anafilaxis, debilidad senil y cancerización”. Esclarecedora obra a la que años después seguirían otras; entre ellas El cloruro de magnesio en el ganado, Cómo prevenir y curar la polio y Propiedades farmacodinámicas y terapéuticas del magnesio.

Él mismo cuenta que todo empezó cuando en 1932 decidió dar cloruro de magnesio a una pequeña con anginas llamada Ghoslaine a fin de atenuar los trastornos anafilácticos del suero que pensaba inyectarle mientras esperaba los análisis y extirparle las amígdalas y ver atónito a la mañana siguiente que la niña estaba totalmente curada. Aunque lo más sorprendente fue saber luego que lo que realmente tenía era ¡difteria! pues había dado positivo para el bacilo de Klebs-Löffler. Años después Neveu daría a conocer que había tratado de difteria a 61 personas y ¡todos se curaron! Aunque en un rasgo de honestidad matizaría que como tres fueron además tratadas con suero su éxito lo reducía voluntariamente  a 58. Pues bien, cuando su trabajo se publicó los “duendes de la imprenta” hicieron que en lugar de “¡58 de 61!” se publicara “8 de 61” -desapareció el 5- y donde se hablada de “curaciones” alguien pusiera “mejorías” tergiversando por completo la importancia del trabajo.

El Dr. Neveu se plantearía entonces si el cloruro de magnesio no sería igualmente útil en otras patologías infecciosas y decidió comprobarlo. ¿El resultado? Con el tiempo averiguaría que además de en la difteria es eficaz en casos de resfriado común, ronquera, faringitis, amigdalitis, paperas, parotiditis, bronquitis, neumonías, bronconeumonías, tuberculosis, asma, enfisema pulmonar, gastroenteritis, enteritis, abscesos, forunculosis, eczema, gripe, sarampión, rubeola, escarlatina, tosferina, fiebre del heno, coriza espasmódica, fiebre puerperal, meningitis, tétanos, toxicosis, neurotoxicosis, erisipela, panadizo, diarrea verde epidémica del lactante, osteomielitis y, sobre todo, ¡poliomielitis! De hecho los éxitos que obtuvo en esta patología infecciosa fueron tan notables que le dedicó un libro. Eso sí, aclarando que para que tenga éxito el tratamiento debe iniciarse en cuanto aparecen los primeros síntomas.

Por lo que se refiere a la posología Neveu propuso ingerir en los casos de infecciones graves -como la poliomielitis- 125 mg de cloruro de magnesio (adultos y niños de más de 5 años) cada 6 horas durante dos días para pasar el tercero a ingerir la misma cantidad pero cada 12 horas y dejar de tomarlo al desaparecer la patología. Pudiendo en casos muy graves tomarse cada 2 o 3 horas los dos primeros días.  En el caso de niños la dosis debe ser sin embargo de 100 mg entre los 3 y 5 años, de 80 a los 3 y de 60 a los 2. En cuanto a los lactantes Neveu propuso darles de 1 a 4 cucharaditas de cloruro de magnesio líquido con cuentagotas cada 3 horas los dos primeros días, luego cada 6 y finalmente cada 12.

En suma, hablamos de una auténtica panacea siempre que el tratamiento de todas esas patologías se inicie de forma temprana y a las dosis adecuadas que deben ajustarse a la tolerancia intestinal de cada persona (disminuyéndola en caso de  aparecer diarrea o dolores). Es más, debería tomar cloruro de magnesio como preventivo todo aquel que esté en contacto con un enfermo contagioso (es eficaz incluso en animales); de hecho en caso de intoxicación alimentaria suele bastar una sola dosis de 125 ml para poner fin a los síntomas.

Ahora bien, para obtener 350 mg de magnesio se necesitan ingerir 2,8 gramos de cloruro de magnesio hexahidratado cristalizado que es el que principalmente se comercializa. Y como debería hacerse en dos tomas lo más sencillo es tomar 1,4 gramos con agua; en dos tomas: media hora antes de desayunar y media hora después de la cena. U optar por echar 40 gramos en un litro de agua mineral, removerlo, guardarlo y tomar un par de cucharadas soperas en cada ocasión. La otra opción es adquirir el cloruro de magnesio hexahidratado cristalizado ya diluido -también se vende así- y seguir las instrucciones del bote. Y puede tomarse solo pero no sabe precisamente bien así que no es mala idea tomarlo con un poco de zumo de fruta (preferiblemente de limón). En todo caso lo idóneo es ingerir conjuntamente el cloruro de magnesio (1,4 gramos por toma) con 700 mg de calcio natural –salvo que sea usted de los que toma lácteos habitualmente- y otros 700 mg de vitamina C (en el caso de los menores de 10 años estas cantidades deben reducirse a la mitad).

Terminamos indicando que lo sugerido tiene carácter general ya que cada persona tiene una tolerancia distinta y lo suyo es ajustar las cantidades a la respuesta del propio organismo. Siendo la dosis idónea aquella en la que la ingesta no produce malestar, dolor o diarrea.

Jose Antonio Campoy

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Octubre 2015
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