Creciente rechazo de los transgénicos

El rechazo a los organismos genéticamente modificados crece día a día, incluso en España donde organizaciones campesinas y agricultores se oponen abiertamente a su cultivo. Es más, mientras algunos gobiernos prohíben ya experimentar con ellos y cultivarlos en sus territorios organizaciones ecologistas denuncian los abusos de las empresas que los comercializan y científicos independientes alertan de sus peligros a un público cada vez más concienciado que rechaza ya mayoritariamente su consumo. De hecho numerosas naciones les han cerrado ya sus fronteras, incluyendo a los alimentos meramente sospechosos de estar contaminados. Lo singular es que ahora empieza además a saberse que ¡su rendimiento es menor!

“La Biotecnología constituye hoy una promesa para los consumidores que buscan calidad, seguridad y sabor en sus alimentos preferidos, para los agricultores que buscan nuevos métodos de incrementar la productividad y rentabilidad de sus explotaciones y para quienes desde el Gobierno e instituciones privadas tratan de terminar con el hambre en el mundo, asegurar la calidad del medio ambiente, preservar la biodiversidad y promover la sanidad y la seguridad de los alimentos”.

(Cita de Monsanto en su web)

Parece cada vez más evidente que quienes pretendían imponernos los transgénicos están fracasando en su propósito. Y es que pese a la censura y a las maniobras para desprestigiar a los científicos independientes y honestos el número de investigaciones que demuestran los graves daños producidos por los alimentos procedentes de la manipulación genética crece y ello está impulsando a productores y consumidores de todo el mundo a rechazarlos y a numerosos gobiernos –nacionales y regionales- a tomar medidas para prohibirlos en sus territorios. Y encima se está constatando que la grandilocuente afirmación de que los alimentos genéticamente modificados podrían solucionar el problema del hambre en el mundo es falsa pues ya hay estudios que constatan que su rendimiento es ¡menor que el de los cultivos convencionales!
El panorama empieza pues a ser desolador para los gigantes transgénicos -con Monsanto a la cabeza- que sin embargo, en lugar de recular, han optado por endurecer sus tácticas y contraatacar utilizando su enorme influencia. De hecho han pasado directamente de las falsas promesas iniciales a la manipulación, el engaño, la corrupción y la compra de voluntades -usando a sus poderosos lobbys- y a llevar a indefensos agricultores a los tribunales a fin de amedrentarles. Incluso han llegado recientemente al espionaje y boicot de grupos de activistas y científicos independientes. Todo ello facilitado por un proceso de concentración del mercado que está poniendo cada vez más poder en manos de unas pocas empresas.

DEL ECO-SABOTAJE A LA GUERRA GLOBAL

La lucha activa contra Monsanto comenzó en Europa a finales de los noventa del pasado siglo XX cuando Greenpeace y otros grupos -como Researchers in the night y The Gaelic Earth Liberation Front en el Reino Unido y la Confederation Paysanne en Francia- fueron más allá de las pancartas y los panfletos y pusieron en marcha acciones más “contundentes”; como soltar animales en restaurantes, lanzar semillas o frutas en las plazas o destruir sin más hectáreas de cosechas transgénicas. Acciones llamativas que hicieron que las filiales europeas de McDonald’s, Burger King y Kentucky Fried Chicken se comprometieran pronto a dejar de utilizar alimentos genéticamente modificados y grandes abastecedores de comestibles como Tesco, Safeway, Sainsbury´s, Asda & Sonefield, Iceland o Mark & Spencer prohibieran los transgénicos en sus tiendas lo que a su vez llevaría a otras grandes marcas que apoyaban los organismos genéticamente modificados -como Unilever, Nestlé y Cadbury-Schweppes– a dejar de hacerlo.
En Estados Unidos este tipo de acciones directas comenzaron en verano de 1999 en centros de investigación universitarios y granjas privadas de Wisconsin, Minnesotta, Maine, Vermont y California de la mano de grupos como Reclaim the Seeds, Seeds of Resistance o Cropatistas que llegaron a cortar con machetes campos enteros de maíz. Hasta que la American Corn Growers Association recomendó en el 2000 a sus miembros que no utilizaran más semillas transgénicas y fabricantes estadounidenses como Gerber o Heintz anunciaron que no permitirían soja o maíz transgénicos en sus productos. Acciones expeditivas que igualmente se pondrían en marcha en países tan dispares como Canadá, Corea y Nueva Zelanda.
La situación a comienzos de este siglo arrojaba pues un balance negativo para la ingeniería transgénica: Monsanto había invertido miles de millones de dólares con el objetivo de controlar “una nueva forma de producción de alimentos” y sus enormes expectativas empezaban a esfumarse. Así que optó por recrudecer la guerra pues lo que está en juego es mucho más que un mero beneficio económico ya que al igual que el petróleo y el gas los transgénicos forman parte en realidad de una guerra global en la que unas minorías privilegiadas utilizan toda clase de armas y estrategias para lograr sus fines de control. De hecho en estos momentos el mapa de los cultivos transgénicos y de sus importadores tiene su epicentro en Estados Unidos pero se extiende hoy -siguiendo las zonas de influencia estadounidense- por América Latina mediante el proyecto Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y el Tratado de Libre Comercio (CAFTA) firmado por Estados Unidos y los países centroamericanos que está permitiendo cambiar las legislaciones nacionales sobre las semillas abriendo las puertas a sus productos. Por su parte, los gobiernos que se oponen a los transgénicos -cuyos principales motivos no son desde luego la salud o el medio ambiente- son enemigos estratégicos del gobierno estadounidense. Siendo Europa un caso especial en el que la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria está claramente en manos de lobbys biotecnológicos pero donde la mayoría de los estados ha comenzado a prohibir los transgénicos (España es pues el último reducto que le queda a esa industria en la Unión Europea).
Clave importante de la contraofensiva de Monsanto sería su infiltración en las agencias gubernamentales estadounidenses ya que ello le permitió consolidar su presencia y presionar luego -utilizando descaradamente al personal diplomático de las mismas como demostrarían datos hechos públicos por Wikileaks– para introducirse en otros países, modificar legislaciones, conseguir aprobaciones y permisos y, en definitiva, multiplicar sus exportaciones y beneficios.
Solo que paralelamente se produjo un avance sin precedentes en la conciencia ciudadana que dio lugar a numerosas y potentes iniciativas internacionales. En un artículo anterior ya bosquejamos una panorámica de este enfrentamiento contra las principales multinacionales biotecnológicas pero añadiremos ahora que en los últimos meses Monsanto ha sido el objetivo de dos iniciativas multitudinarias coordinadas a nivel internacional: el Día Mundial de Acción contra Monsanto -celebrado el pasado 25 de mayo con la participación de dos millones de personas de 436 ciudades en 52 países- y la Marcha Contra Monsanto -celebrada el pasado 12 de octubre y en la que participaron tres millones y medio de personas de más de 600 ciudades-. Entre tanto las acciones de eco-sabotaje iniciadas hace quince años no han cesado. En una recopilación publicada por Marcel Kuntz se da cuenta por ejemplo de setenta de ellas entre 1999 y 2010 en Reino Unido, Suiza, Francia y Alemania. Gordon Rausser documentaría por su parte miles de acciones de destrucción de cultivos -sólo en Estados Unidos- en 1999. Y Andrew Hund hizo otra recopilación en 1999 de sabotajes de cosechas transgénicas en todo el mundo.
Las nuevas tecnologías facilitan además ahora la participación ciudadana masiva en las acciones de boicot. Es el caso de la aplicación llamada precisamente Buycott –acrónimo de las palabras inglesas buy (comprar) y boicott (boicot)- que permite a los usuarios -por ahora de iTunes pero se está desarrollando para Android– rastrear grupos que trabajan en estas iniciativas para apoyar o boicotear los productos transgénicos y unirse a ellos. Es más, la aplicación permite escanear y analizar el código de barras de los productos para identificar su marca y la empresa productora a fin de comprobar si pertenece a las que el usuario quiere boicotear. Bueno, pues cientos de miles de usuarios la están utilizando ya para detectar los productos de Monsanto.

LOS TRANSGÉNICOS NO SON NI SEGUROS…

Estas acciones se apoyan en gran parte en dos grupos de evidencias contra los transgénicos: por un lado, la evidencia científica de sus terribles consecuencias para la salud y el medio ambiente que demuestra que no son seguros como pretendían hacernos creer sus fabricantes; y, por otro, la evidencia económica que desbarata el otro gran argumento de Monsanto y demuestra que los productos transgénicos no son más rentables que los convencionales.
Ya en 2009 la American Academy of Environmental Medicine (Academia Americana de Medicina Ambiental) hizo pública una durísima declaración contra las empresas de biotecnología en la que abordaba estos dos argumentos y pedía una moratoria basándose en el Principio de Precaución. En palabras de su presidenta, la Dra. Amy Dean, “múltiples estudios en animales han probado que los alimentos genéticamente modificados provocan daños en diversos órganos y sistemas. Y con tal acumulación de pruebas es fundamental implantar una moratoria para este tipo de alimentos a fin de salvaguardar a nuestros pacientes y la salud pública”. Bueno, pues en los cuatro años transcurridos desde entonces tales estudios no han hecho sino aumentar lo que refuerza aún más las recomendaciones de esa academia de exigir una moratoria internacional.
De hecho muy recientemente -el 1 de octubre de 2013- un grupo de 93 científicos, médicos, académicos y expertos en disciplinas relacionadas con los organismos genéticamente modificados y la seguridad alimentaria desde el punto de vista legal, social y científico firmaron la declaración No existe consenso sobre la seguridad de los organismos genéticamente modificados. El texto, que puede consultarse íntegramente en la web del Institute of Science in Society (www.i-sis.org.uk/Scientists_Declare_No_Consensus_on_GMO_Safety.php), pone de manifiesto que no es verdad que haya consenso internacional entre los científicos sobre la seguridad de los alimentos genéticamente modificados, que no existen estudios epidemiológicos sobre sus efectos reales y que las afirmaciones de algunos científicos y gobiernos sobre su seguridad son sencillamente exageradas o falsas. Asimismo se señala que el proyecto de investigación europeo que se cita frecuentemente no aporta en realidad evidencia alguna de su seguridad, que la lista con cientos de estudios que supuestamente lo demuestran es engañosa y que tampoco es cierto que haya consenso en lo que se refiere a la falta de riesgos medioambientales de las cosechas de transgénicos; por el contrario, todo indica que los riesgos medioambientales son claros y evidentes. La declaración concluye aseverando que la investigación científica sobre la seguridad de los organismos genéticamente modificados es “limitada, compleja, frecuentemente contradictoria o no concluyente, se confunde con asunciones y elecciones de los investigadores y de las fuentes de financiación y, en general, plantea más preguntas que respuestas”.

… NI RENTABLES

Aunque lo más inconcebible es que si considerásemos el asunto de los transgénicos desde una perspectiva exclusivamente económica resulta que ahora sabemos que el principal argumento de sus defensores, la aseveración de que la biotecnología permitirá acabar con el hambre en todo el mundo porque los cultivos con semillas modificadas son mucho más rentables, ¡también es falso! Hasta requiere un mayor uso de plaguicidas. Está constatado que en los lugares con más cultivos transgénicos -en Estados Unidos- ha aumentado la cantidad de plaguicidas mientras en Europa -donde a excepción de España están limitados o prohibidos- su cantidad ha disminuido. En Estados Unidos por ejemplo su uso creció un 108% entre 1995 y 2007 cuando en Francia -en ese mismo período- se redujo un 94%; bajando en 2009 hasta el 82%. Y las cifras son similares en Suiza y Alemania. En mayo de este año Mark Bittman, columnista especializado en Alimentación del New York Times, lo expresaba así: “El resultado es la mayor crisis en la agricultura del monocultivo que representa el 90% de la soja y el 70% del maíz que se cultiva con semillas Roundup Ready y radica en la incapacidad del glifosato para controlar las malas hierbas; de hecho una docena de ellas ha desarrollado ya resistencia”.
El ingeniero agrónomo brasileño Leonardo Melgarejo declararía por su parte al Instituto Humanitas Unisinos en una entrevista realizada en junio de este año lo siguiente: “Esta tecnología promete grandes resultados: productos mejores y más saludables, menor impacto medioambiental y mayor productividad y rentabilidad con menos riesgo para el consumidor… pero eso solo es cierto a corto plazo. A medio plazo se ha observado lo contrario: es necesario utilizar productos agroquímicos más tóxicos y fuertes con mayor frecuencia e intensidad aumentando así los costes y reduciendo la rentabilidad de los cultivos”. Y pone el siguiente ejemplo: “El coste de la producción de soja en Bahía (Brasil) pasó de 100 a 200 dólares por hectárea y el algodón de 400 a 800 dólares por hectárea. Hasta 2012 los agricultores solo necesitaron utilizar 70 mililitros por hectárea de insecticida para acabar con el 90% de la población de orugas de Helicoverpa pero en la cosecha de 2013 se han necesitado 150 ml y aún así con un éxito de apenas el 70%. Se calcula que las pérdidas en Bahía ascienden a 2.000 millones de dólares”.
Añadiremos que un estudio dirigido por Jack Heinemann en la Universidad de Canterbury de Nueva Zelanda publicado en julio de 2013 en el International Journal of Agricultural Sustainability, pone de manifiesto que el sistema de cultivo del Medio Oeste de Estados Unidos -donde predominan los cultivos transgénicos- se está quedando atrás respecto a otras regiones de desarrollo económico y tecnológico similares como Europa Occidental. El estudio comparó el período 1961-1985 -en el que no se habían utilizado aún semillas transgénicas de maíz y colza- con el período 1986-2011 -en el que sí se hizo- y los resultados son muy significativos: mientras en el primer período el rendimiento medio -medido en hectogramos por hectárea- fue de 54.379 en Estados Unidos y de 48.681 en Europa Occidental en el segundo período las cifras fueron respectivamente de 82.841 y 82.899.
Y no se trata de estudios aislados. Antes bien, las evidencias se acumulan: a mediados de mayo de 2013 el estudio más grande jamás realizado -la Evaluación Internacional de Ciencias Agrícolas y Tecnología para el Desarrollo– concluía que los organismos genéticamente modificados no son la respuesta al problema de los recursos alimentarios del planeta. El profesor Bob Watson, director del estudio y Director Científico del Departamento de Medio Ambiente, Alimentación y Recursos Rurales, fue conciso y contundente cuando le preguntaron si los transgénicos son la solución para el hambre: “La respuesta, simplemente, es no“.
Otro estudio de la Universidad de Kansas (EEUU) demostró que la soja modificada produce un 10% menos de alimento que su equivalente tradicional y confirma otras investigaciones anteriores de la Universidad de Nebraska. Investigadores de la Universidad de Wisconsin, en un estudio financiado por el propio Departamento de Agricultura, compararon por su parte cosechas de maíz genéticamente modificado con otros convencionales concluyendo que los primeros no producían más alimentos.
Y existen estudios más antiguos: la revista Scientific American ya advirtió por ejemplo en 2009 que los cultivos transgénicos no iban a poder alimentar al mundo ni satisfacer las demandas de biocombustibles: “Por desgracia parece que el maíz genéticamente modificado y la soja no ayudarán”. Y el mismo año un informe de la Union ot Concerned Scientist (Unión de científicos comprometidos) -fundada en 1969 y con sede en Cambridge (Massachusetts, EEUU)- revisó dos decenas de estudios académicos sobre el maíz y la soja transgénicos para concluir que con ellos no aumenta el rendimiento.
En suma, lo único que sin duda aumenta con los cultivos transgénicos es el uso de pesticidas y herbicidas además de los problemas de salud y medioambientales.

LOS GOBIERNOS CIERRAN EL PASO A LOS TRANSGÉNICOS

En 2009 Alemania, Francia, Austria, Hungría y Grecia comenzaron a prohibir los cultivos transgénicos en sus territorios. Y a ellos se sumarían pronto Italia, Polonia, Bulgaria, Luxemburgo, Japón y Rusia. Este último país anunciaría además en septiembre de 2012 a través de Rospotrebnadzor -su Agencia de Protección al Consumidor– que suspendía la importación del maíz transgénico de Monsanto.
Y aún así hay cosas realmente grotescas. He aquí un ejemplo: en los restaurantes del Parlamento británico los alimentos transgénicos están prohibidos ¡desde 1998! a pesar de que algunos de quienes allí comen habitualmente aparecen luego pidiendo públicamente a sus ciudadanos que no recelen de ellos. Claro que quizás sepan que la propia Monsanto -así lo aseguraba en junio de 2013 el diario The Independent– ¡tiene prohibidos los transgénicos en sus propios comedores corporativos!
Y China tampoco va a ponérselo fácil a Monsanto. Peng Yufa, miembro del Comité de seguridad biotecnológica de los alimentos transgénicos, declaró recientemente que “el tema aún está en debate” añadiendo: “No hemos dado suficiente información al público sobre los cultivos transgénicos. Y tales cultivos tienen primero que ser aceptados por los consumidores para que estén dispuestos a comprarlos y los agricultores a cultivarlos”. Algo difícil porque los consumidores chinos –quizás debido al arraigo de su cocina tradicional- recibieron los alimentos transgénicos desde el principio con desconfianza; muy especialmente desde que en 2010 supieron que multitud de cerdos alimentados con maíz transgénico ¡habían muerto!
En 2012 tres funcionarios de la provincia de Hunan que en 2009 habían aprobado ensayos de un cultivo transgénico -el llamado “Arroz Dorado”- con niños en edad escolar fueron fulminantemente despedidos. Y en mayo de 2013 el Ministerio de Agricultura chino ordenó en tres ocasiones la destrucción de las partidas de maíz transgénico que habían llegado al país procedente de Estados Unidos.
España, sin embargo, continúa siendo un lugar privilegiado para probar organismos genéticamente modificados ya que es ¡el único lugar de Europa con cultivos experimentales! Sin que nuestros representantes políticos se justifiquen siquiera ante la ciudadanía por ello.
Lo que no obsta para que cada vez haya más iniciativas para detener tal sinsentido. Es el caso de la comunidad autónoma de Andalucía en cuyo parlamento el grupo de IULV-CA presentó sobre el tema el pasado 3 de julio una proposición no de ley elaborada por iniciativa de la Plataforma Andalucía Libre de Transgénicos (PALT) que finalmente fue rechazada (vea en el recuadro adjunto la propuesta).

EL IMPERIO CONTRAATACA

Obviamente la industria de los transgénicos no ha permanecido inactiva ante esta avalancha de críticas y hace unos años iniciaron un proceso de concentración. Según la Coordinadora contra los peligros de Bayer -a cuyo portavoz, Philipp Mimken, entrevistamos el mes pasado- las diez mayores empresas de biotecnología controlan en estos momentos ¡el 70% del mercado de semillas y pesticidas! Con lo que de continuar este proceso muy pronto se hallarán en condiciones de fijar los precios y condiciones del sector agrícola y controlar los fundamentos básicos de la alimentación humana. Ya en 2008 el Informe Mundial sobre Agricultura de la ONU advirtió del peligro que representaba el creciente número de patentes concedidas a estas empresas a la cabeza de las cuales está Bayer con 206 seguida de DuPont-Pioneer con 179, BASF con 144, Syngenta con 135 y Monsanto con 119.
Es más, la enorme capacidad de maniobra que permite esta concentración de poder ha servido para que estas pocas compañías relancen la guerra sucia contra sus opositores: condicionamiento de revistas científicas, campañas de presión y manipulación con premios internacionales incluidos, colocación de sus empleados, ex empleados y lobistas en puestos de máxima responsabilidad de las más importantes agencias gubernamentales y contratación de mercenarios para el espionaje y control de opositores.
La injerencia -más o menos descarada- de estas multinacionales en las revistas científicas especializadas en su sector de producción es un tema conocido que resta credibilidad a esas publicaciones y cuestiona de modo contundente todo el entramado de la ciencia moderna pretendidamente objetiva e infalible. Y Monsanto no es precisamente una excepción en esta clase de corruptelas, juego sucio e intentos de censura y ocultamiento de evidencias en su contra. Recordemos lo que sucedió por ejemplo a raíz de la publicación de los trabajos del profesor Gilles-Eric Seralini y que explicamos en un artículo anterior de nuestra revista (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título Adulteración y contaminación intencionada de alimentos y agua publicamos en el nº 160). Tras los fracasados intentos de desacreditar a su autor el propio Consejo de Redacción de la revista Food and Chemical Toxicology -que había publicado el estudio de Seralini- contrató a un nuevo editor asociado a la industria de la biotecnología: Richard E. Goodman. Profesor de la Universidad de Nebraska el nuevo editor trabajó para Monsanto entre 1997 y 2004 y participa activamente en el Instituto Internacional de Ciencias de la Vida (ILSI por sus siglas en inglés) que financian las grandes empresas de biotecnología. En suma, como la revista molestaba se hicieron con su control.
Y he aquí otro ejemplo: uno de los ataques más duros contra Seralini lo realizó Paul Christou, Redactor Jefe de Transgenic Research; solo que Christou trabajaba como inventor en Agracetus, empresa de semillas transgénicas que fue comprada por Monsanto y es ahora la dueña de las patentes de Christou. Sin comentarios.
Otro caso especialmente vergonzoso es el de la investigadora rusa Irina Ermakova quien había publicado los resultados de un estudio que demostraba que las ratas alimentadas con soja transgénica crecen menos y su mortalidad es mayor. Andrew Marshall, editor de Nature Biotechnology, se puso en contacto con ella para que respondiera a unas cuantas preguntas para la revista y, en un alarde de cinismo y falta de profesionalidad, publicó sus respuestas sin referencias y seguidas de un largo comentario crítico realizado por cuatro autores cuyo contenido no se le permitió ni conocer ni replicar. ¿Y quiénes eran esos “expertos” que intentaron descalificar su trabajo? Pues Vivian Moses -presidenta de un lobby pro-transgénicos patrocinado por Monsanto-, Bruce Chassy -vinculado con el ya citado Instituto Internacional de Ciencias de la Vida y la industria-, L. Val Giddings –alto cargo de Organización de la Industria de la Biotecnología (BIO por sus siglas en inglés), entidad financiada por Monsanto, Dow y DuPont– y Alan McHughen –quien desarrolló para Monsanto un lino transgénico llamado Triffid al que se responsabiliza de contaminar los suministros de lino exportados por Canadá a Europa.
Otro método demostradamente efectivo de manipulación de la opinión pública -y de muchos profesionales- es el de los “premios” al que también se ha apuntado la industria de la biotecnología; así que Robert Fraley -vicepresidente ejecutivo y director de tecnología de Monsanto-, Mary-Dell Chilton -fundadora de Syngenta- y Marc Van Montagu -biólogo y presidente de la Federación Europea de Biotecnología, un conocido lobby transgénico- acaban de recibir el pomposo y rimbombante Premio Mundial de la Alimentación. Una decisión que inmediatamente denunciarían 81 personalidades que en su día recibieron el Right Livelihood Award -popularmente conocido como “el Nobel alternativo”– por considerarlo inadmisible. Claro que la fundación que concede ese premio fue creada por Norman Bourlag -el padre de la infausta Revolución Verde– cuyos patrocinadores son Nestlé, Cargill, Archer Daniels Midland, Bayer, DuPont y, por supuesto, Syngenta, Monsanto y las Fundaciones Rockefeller y Bill Gates. En suma, un premio “autoconcedido”.

MONSANTO EN LA CASA BLANCA

Y por si algún lector duda aún del poder de estas multinacionales vamos a contar algo más; en 2007 Barak Obama anunciaba en sus campañas: “Si soy elegido obligaré de inmediato a etiquetar todos los alimentos transgénicos”. Por supuesto no solo incumplió su palabra sino que en 2013 acaba de decir: “Monsanto se puede autorregular”. Y para que pueda hacerlo a sus anchas Obama ha incluido en una reciente ley aprobada en marzo pasado -la HR 933- disposiciones que dejan las manos libres a la industria de la biotecnología al anular la potestad del Departamento de Agricultura para aprobar o denegar la siembra y venta de semillas transgénicas a las que ya no se obliga a ser etiquetadas como tales y, como remate, impide que los tribunales puedan intervenir aunque se demuestre que los productos transgénicos afectan a la salud. Pura democracia.
¿Se trata de un error político? ¿De un cambio de opinión? ¿De un replanteamiento estratégico? Para el periodista de investigación Jon Rappoport -nominado para el Pulitzer- ni ha habido cambio alguno ni se trata de un “error honesto”. Porque según él Obama es, sencillamente, “el mayor lobista de Monsanto”. Y lo argumenta. ¿Cómo? Pues detallando en su columna de Infowars.com del pasado 19 de abril los nombramientos de Obama tras su victoria de 2008. Y ponga atención el lector porque no tienen desperdicio:
-como Director del Instituto Nacional de Alimentación y Agricultura designó a Roger Beachy, antiguo director del Monsanto Danforth Center.
-como Comisionado Adjunto de la Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA por sus siglas en inglés) nombró a Michael Taylor, antiguo vicepresidente de política pública de Monsanto y pieza clave en la aprobación de la Hormona de Crecimiento Bovino.
-como comisionado del Departamento de Agricultura designó a Tom Vilsack quien había sido nombrado Gobernador del Año por la Organización de la Industria de la Biotecnología (BIO por sus siglas en inglés), entidad financiada por Monsanto, Dow y DuPont.
-como nuevo Representante de Agricultura y Comercio nombró a Islam Siddiqui, antiguo lobista de Monsanto.
-como consejera del Departamento de Agricultura designó a Ramona Romero, antigua consejera de DuPont.
-como nuevo Director de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID por sus siglas en inglés) nombró a Rajiv Shah, alto cargo de la Fundación Bill y Melinda Gates.
-como Secretaria de Estado nombró a Hillary Clinton que en su día trabajó para una firma consejera de Monsanto
-y para rematar en 2010 colocó en el Tribunal Supremo a Elena Kagan quien como Procuradora General había defendido un año antes a Monsanto en ese mismo tribunal contra una empresa de semillas.
Es evidente que los frutos de tal operación son hoy patentes porque gracias a ella varias semillas han visto cómo se les franquea el paso: son los casos de la alfalfa, la soja y la remolacha transgénicas de Monsanto, del maíz modificado para etanol de Syngenta, de la soja modificada de Pioneer, del algodón modificado de Syngenta, del algodón modificado de Bayer, de ATryn -un agente coagulante de leche de cabras transgénicas-, de una cepa de papaya modificada… Y ya se anuncian manzanas y hasta salmones transgénicos.
Además la presencia de Monsanto en esos lugares claves ha puesto en sus manos subvenciones públicas millonarias: de los 260.000 millones de dólares que los contribuyentes estadounidenses invirtieron entre 1995 y 2010 en subsidios agrarios ¡más de 77.000 millones fueron a subsidiar el maíz transgénico y más de 24.000 millones a la soja transgénica! mientras los cultivos convencionales de vegetales o frutas recibían cantidades ridículas.

ESPIONAJE Y “OTRAS ACCIONES”

Y es que Monsanto tiene cosas más importantes en las que invertir su dinero: según OpenSecrets.org en lo que va de 2013 ha gastado cinco millones y medio de dólares para sufragar la actividad de sus lobistas en el Gobierno Federal estadounidense y en 2012 se gastó en “contribuciones” a candidatos de ambos partidos -incluyendo gobernadores, fiscales y presidentes- casi 6 millones de dólares, cantidad similar a la de 2011 (pueden consultarse los detalles con nombres y apellidos en la web de Open Secrets).
Es más, según esta misma organización, Monsanto entregó 20.000 dólares a Frank D. Lucas, representante en el parlamento por Oklahoma y director del Comité de Agricultura por cuyas manos deben pasar todas las leyes que se presenten relacionadas con este tema y otros 77.500 dólares a 17 miembros de ese comité.
En octubre pasado compró por 930 millones de dólares Climate Corporation, empresa fundada en 2006 por un equipo de ingenieros de Google -su sede central está en San Francisco- que se dedica a definir riesgos ambientales y evaluar condiciones climáticas a partir de la información que recoge de dos millones y medio de lugares, una corporación única en el mercado que ahora está pues en manos de Monsanto.
Por otra parte, Monsanto se ha gastado millones de dólares en evitar el etiquetado de sus productos ante lo que uno no puede evitar preguntarse: si una empresa ofrece en exclusiva un producto que según ella se caracteriza por su “calidad, seguridad y sabor” y representa “el camino hacia un futuro más sostenible” ¿por qué gastarse tanto en impedir que se pueda identificar? La respuesta de Monsanto –la da en la instructiva sección de su web titulada Hablemos claro– es que “requerir el etiquetado para ingredientes que no representan un peligro de salud debilitaría tanto nuestras leyes de etiquetado como la confianza de los consumidores”. Y claro, los transgénicos no representan “ningún peligro” porque así lo refrenda la FDA que no considera que un vegetal modificado genéticamente sea diferente del natural y por tanto que sea preciso hacer estudio alguno para comprobar sus posibles efectos. En otras palabras, si una patata es buena una patata transgénica es igualmente buena puesto que es “sustancialmente equivalente” a la primera. Y punto. Claro que como acabamos de explicar el nuevo Comisionado Adjunto de la FDA nombrado por Obama era un empleado de Monsanto que, dicho sea de paso, fue el autor de la guía sobre la Hormona del Crecimiento Bovino que establece que la hormona natural y la transgénica son idénticas allanando así el camino para su aprobación.
Y no se trata de un caso aislado. Margaret Miller, Directora Adjunta de la Oficina de evaluación de nuevos medicamentos para animales de la FDA, trabajó por ejemplo en los estudios sobre seguridad de la Hormona del Crecimiento Bovino transgénica. Y hay otros muchos casos de extrabajadores de Monsanto que hoy están la FDA: Linda J. Fisher, David W. Beier, Michael A. Friedman, Suzanne Sechen
Así que Monsanto [¿va?] cada vez más lejos. El periódico alemán de mayor tirada -el Süddeutsche Zeitung– publicaba el pasado 13 de julio que Monsanto junto al propio Ejército de Estados Unidos y su Gobierno están haciendo un seguimiento de todo activista o científico independiente que denuncie los peligros de los transgénicos. Un ejemplo: la doctora australiana Judy Carman publicó en varias web los resultados de sus trabajos con organismos modificados y todos ellos fueron atacados en varias ocasiones. Pues bien, al analizarse los protocolos IP se pudo establecer que tanto Monsanto como diversas instituciones del Gobierno estadounidense entraban habitualmente en esas páginas, incluyendo varios organismos militares: Navy Network Information Center, Federal Aviation Administration y United States Army Intelligence Center. La doctora Carman, tras recordar que “el analista Edward Snowden ya ha denunciado la relación entre los servicios de inteligencia y las actividades económicas”, se pregunta pues por qué la está controlando a ella ¡el Gobierno y el Ejército estadounidense!
Lo inaudito es que las operaciones de vigilancia de Monsanto podrían ir en breve aún más lejos si se confirma que ha comprado la empresa de entrenamiento y protección Academi, la antigua Blackwater tristemente famosa por los crímenes cometidos en Afganistán, Pakistán e Irak y que realizó trabajos para grandes compañías como Chevron, Disney, Royal Caribbean Cruise Lines, Deutches Bank o Barclays. A fin de cuentas según la periodista Rady Ananda Monsanto ya contrató en 2008 y 2009 los servicios de Total Intelligence -una de las filiales de Blackwater– para espiar activistas y ejecutar “otras acciones” que costaron a Monsanto 172.000 dólares el primer año y 105.000 el segundo.
¿Deja o no todo esto anonadado a cualquiera? Bueno, pues aún así la razón más importante para oponerse a los transgénicos sigue siendo desconocida para el gran público, para los propios agricultores, para los activistas e, incluso, para muchos de los científicos críticos. Y explica el fracaso de la equívocamente denominada Ingeniería Genética así como los efectos tóxicos, deformaciones, cánceres y demás problemas de salud que provoca. ¿Y cuál es? Pues que ¡la base biológica en la que se fundamenta es errónea! Lo explicaremos en un próximo reportaje.

Jesús García Blanca
Recuadro:


La propuesta de prohibir los transgénicos en Andalucía fue rechazada por el parlamento

Izquierda Unida Los Verdes-Convocatoria por Andalucía (IULV-CA) presentó el pasado 3 de julio en el Parlamento de Andalucía una Proposición No de Ley cuyo objetivo es prohibir el cultivo de organismos genéticamente modificados en su territorio asumiendo una iniciativa de la Plataforma Andalucía Libre de Transgénicos (PALT), entidad que nacería tras la III Conferencia Internacional de Coexistencia de Organismos Genéticamente Modificados que organizada por la Comisión Europea se celebró en Sevilla en noviembre de 2007 y dio lugar a una “contra-conferencia” que bajo el lema Contaminación genética: la imposible coexistencia organizaron diversos colectivos andaluces que luego integrarían esa organización. En la actualidad la PALT está integrada por la Red Andaluza de Semillas “Cultivando Biodiversidad” (RAS), FACUA Andalucía, UCA-UCE Andalucía, Ecologistas en Acción Andalucía, VSF Justicia Alimentaria Global, Federación Andaluza de Consumidores y Productores Ecológicos (FACPE), Asociación Ecovalia, A-liadas por la Soberanía Alimentaria, CERAI, Ingeniería sin Fronteras Andalucía, Plataforma de Huertos Urbanos de Sevilla y Asociación La Talega, cuenta con el apoyo de Amigos de la Tierra, Entrepueblos, COAG Andalucía, SOC/SAT, ASACO y Greenpeace, y su objetivo es lograr una agricultura, ganadería, transformación, distribución y consumo libres de transgénicos en Andalucía con “tolerancia cero” para la contaminación genética en todas las actividades y productos agroalimentarios.
En cuanto a la propuesta se consiguió aprobar la mitad de su contenido con los votos a favor de Izquierda Unida (IU) y del Partido Socialista Obrero Español (PSOE); concretamente la prohibición de cultivos transgénicos en Espacios Naturales Protegidos y en toda zona donde la producción ecológica tenga una presencia importante y de interés social y económico así como la inclusión del debate de los transgénicos en la interlocución agraria entre la Junta de Andalucía y las organizaciones agrarias favoreciendo la participación de los consumidores. No fue posible sin embargo debido a la oposición del Partido Popular (PP) y del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) aprobar otras dos medidas importantes referidas a la prohibición inmediata del cultivo de maíz MON810 y de la patata AMFLORA así como la prohibición a corto-medio plazo de las importaciones de materias primas y alimentos transgénicos, principalmente soja y maíz para alimentación animal. Y es que la industria de los transgénicos tiene mucha fuerza en España.


Productos tóxicos y mortales de Monsanto

Los productos transgénicos no son más que la última “aportación” de Monsanto en una larga lista de venenos lanzados al medio ambiente o introducidos en los organismos de millones de seres humanos sin que a sus responsables les haya pasado nunca nada. Estos son algunos de ellos:
-Bifenilos Policlorados (PCBs). Monsanto comenzó a utilizarlos en los años veinte del pasado siglo XX para producir fluidos refrigerantes. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente los considera hoy uno de los doce contaminantes más nocivos jamás fabricados. Estados Unidos los prohibió en 1977 y Alemania seis años después; actualmente están prohibidos en todo el mundo. Paralizan las funciones hepáticas, son esterilizantes, cancerígenos y afectan al sistema nervioso del feto (en Estados Unidos y Canadá se estima que entre un 5 y un 7% de la población ha podido nacer con disminución intelectual por su culpa).
-Poliestireno. Desarrollado por Monsanto a principios de los años cuarenta fue clasificado por la Agencia de Protección Medioambiental como generador de residuos peligrosos que afectan también a la comida que se envasa en ellos. Son tan difíciles de reciclar que pueden permanecer en el mar durante cientos de años afectando gravemente la vida marina; las tortugas, por ejemplo, pierden su capacidad para sumergirse y mueren de hambre.
-DDT. Comenzado a fabricar en 1944 por Monsanto para combatir los mosquitos que trasmitían la malaria se prohibió en 1972 en Estados Unidos aunque mucho antes fue acusado de provocar la epidemia de polio que asoló esa nación y de la que se culpó a un virus (lea el lector en nuestra web http://www.dsalud.com/index.php?pagina=articulo&c=1511 el artículo que con el título ¿Se justifica la teoría microbiana de la enfermedad? publicamos en el nº 129). El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) lo incluyó en mayo de 2005 entre los doce plaguicidas y productos químicos industriales más peligrosos asegurando que produce daños en el sistema nervioso e inmunitario, desórdenes reproductivos y cáncer pudiendo llevar a la muerte.
-Dioxinas. Se trata de potentes contaminantes ambientales que se acumulan en la cadena alimentaria afectando gravemente la salud. Aparecieron por primera vez a partir de la fabricación de pesticidas químicos por Monsanto a partir de 1945 y durante décadas contaminaron una enorme cantidad de productos.
-Agente Naranja. Monsanto fue el principal fabricante de este “herbicida defoliante” que suministraría al Ejército estadounidense para utilizarlo como arma química en Vietnam donde se estima que mutiló o provocó la muerte de más de 400.000 personas y que medio millón de niños naciera con defectos de nacimiento. Sin contar los efectos a largo plazo que sufrieron luego tres millones de soldados norteamericanos y que afectó a sus descendientes.
-Abonos a base de petróleo. Fabricados por Monsanto desde 1955 matan numerosos microorganismos beneficiosos alterando el ecosistema del suelo y esterilizándolo.
Roundup. Producido por la división Agricultural Chemicals de Monsanto existen hoy numerosos estudios científicos que lo relacionan con graves problemas de salud en mamíferos y, obviamente, en el ser humano.
-Hormona de Crecimiento Bovino. La versión transgénica de esta hormona consigue que la vaca produzca leche sin estar preñada e incrementa su producción de 45 a 70 litros diarios si bien produciendo severos daños en las ubres que son tratados con antibióticos que pasan a la leche. Cuando las granjas quisieron dejar de utilizarla las vacas comenzaron a enfermar y morir a causa del síndrome de abstinencia viéndose obligados los ganaderos a tener que volver a inyectarlas (hemos tratado este tema en el artículo titulado Adulteración y contaminación del agua y los alimentos que apareció en el nº 160).
-Aspartamo. Lo aprobó la FDA en 1974 a pesar de que en el ensayo clínico llevado a cabo con siete monos para comprobar su seguridad murió un mono-bebé y otros cinco resultaron gravemente dañados. Monsanto adquirió en 1985 la empresa que lo fabricaba y comenzó a comercializarlo con el nombre de Nutra Sweet. En 2005 el Departamento de Salud estadounidense detectaría hasta ¡noventa y cuatro problemas de salud producidos por el aspartamo!

 

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166
Diciembre 2013
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