¿De verdad se podrá curar alguien con Ingeniería Genética?

¿Es posible realmente manipular de forma controlada el genoma de los seres vivos? ¿Se pueden predecir enfermedades y curarlas, crear órganos y modificar alimentos mediante la ingeniería genética? ¿Es nuestro Genoma “una guía para conocer y dominar la vida humana”? A las importantes razones éticas formuladas por numerosos colectivos y estudiosos, la Biología de la Evolución añade razones científicas: los organismos vivos son esencialmente dinámicos e imprevisibles.

El 17 de enero de 1999, el diario El Mundo titulaba así un reportaje en sus páginas de salud: “Un estudio defiende el valor profiláctico de la extirpación de ambos pechos”. La idea no era nueva. Hace ya cinco años que apareció en ABC esta noticia: “Suecia: mujeres sanas se extirpan los pechos para prevenir el cáncer de mama. Los expertos aseguran que se reduce el riesgo en un 50%”.

A esto se unen promesas de curación casi milagrosa, sofisticados tratamientos, cría de órganos para trasplantes, nuevos métodos de diagnóstico e, incluso, seres humanos “a la carta”. Es más, la presentación pública del llamado “mapa genético humano” desató declaraciones tan inmoderadas como la de Ángel Martín, presidente de la Academia de Ciencias Exactas: “La historia de la civilización se dividirá en un antes y un después del Genoma”; la de César Nombela, presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas: “El Genoma abre el camino a la medicina del siglo XXI”; o la de Ana Birulés, ministra de Ciencia y Tecnología: “El Genoma es el catálogo básico a partir del cual se podrá avanzar y dar coherencia a distintas investigaciones”.

Ahora bien, ¿es posible controlar hoy día hasta ese punto los entresijos del funcionamiento de la vida? ¿Cómo se explica que algunos médicos afirmen con tanta seguridad que determinadas mujeres evitarán el cáncer de mama extirpándole los dos pechos?

Pues desde los medios de comunicación, una nueva generación de científicos prometéicos aseguran que sí. De hecho, ya se han comercializado los primeros “tests genéticos” para detectar los presuntos “genes del cáncer de mama” que han conducido a decenas de mujeres a aceptar tan drástica decisión.
El presidente del Comité Científico de la Sociedad Internacional de Bioética, Marcelo Palacios, advertía ya a finales de junio pasado que “la Biotecnología puede ser un poder mal utilizado y es preciso adelantar sus posibles peligros y riesgos”mencionando, entre ellos, “la falta de control sobre los microorganismos manipulados genéticamente”.

Claro que el debate en torno a la ingeniería genética se está centrando casi exclusivamente en los alimentos manipulados y en los problemas éticos derivados de la clonación. Pocas voces parecen dispuestas a abordar un análisis serio de las promesas relacionadas con las aplicaciones médicas y ninguna a plantear públicamente la cuestión decisiva: si es posible realmente manipular hoy de forma controlada el genoma de los seres vivos.

Veamoslo que puede inferirse de las investigaciones realizadas en los últimos 20 años en el campo de la Biología porque nos permitirá valorar razonablemente las noticias que cada vez con mayor frecuencia aparecen sobre este polémico asunto.

Hace muy poco, el catedrático de Ingeniería Javier Aracil nos recordaba desde las páginas del Diario de Cádiz que “la Ingeniería es un modo de actividad profesional que consiste en concebir, construir y explotar un mundo artificial”. Sólo que eso es así porque un mundo artificial es previsible, tiene una estructura fija conocida y es, por ello, controlable. Sin embargo, los organismos vivos son, en esencia, dinámicos e imprevisibles. Piénsese que en cada una de los cien billones de células de nuestro organismo se producen cada instante unas diez mil reacciones bioquímicas diferentes. Y que, consecuentemente, ni con los ordenadores más potentes se puede predecir -y mucho menos controlar- tales procesos.

UN MODELO BIOLÓGICO SUPERADO 

El problema clave de la llamada “ingeniería genética” es que se está construyendo sobre una base biológica errónea y obsoleta, los modelos deterministas de Darwin y Mendel que dieron lugar a una concepción simplista de la genética que puede resumirse así: la información genética se encuentra en una larguísima cadena de bloques –el ADN- contenida en el núcleo de cada célula. Cuatro elementos componen esa cadena agrupados de tres en tres. Cada grupo de tres forma una “palabra” del mensaje genético y sirve para producir un aminoácido; a su vez, un conjunto de aminoácidos forma una proteína y las proteínas constituyen los “ladrillos” con los que se construye el ser vivo.

Es decir, según este modelo, cada “palabra” o grupo de tres elementos va a producir siempre exactamente los mismos resultados. Además, el dogma central de esta concepción biológica afirma que la información “viaja” siempre en una única dirección: del ADN (mensaje) al ARN (una especie de mensajero que transporta la información) y de ahí a la producción de las proteínas.

Sin embargo, hace mucho tiempo que este modelo simplista está totalmente superado. Para empezar, sabemos por los cuadernos de trabajo de Mendel que el 95% de las observaciones que llevó a cabo no encajaban en su modelo estático, algo que no le detuvo… Barbara McClintock, Premio Nobel en 1980, estudió por su parte ya en los años 50 la estructura móvil del genoma, los llamados transposones y retrotransposones (trozos de información que cambian de lugar dentro del ADN). Y Seymour Benzer mostró en 1962 que el gen no es una unidad indivisible. Desde entonces, algunos hallazgos de la Biología Molecular han fulminado la concepción mecanicista de la Biología y de la Genética dejando sin base la llamada Ingeniería Genética.
Veamos los más importantes:

El lenguaje genético no es universal: la misma información puede ser leída de diferente forma por otro ser vivo o, incluso, por el mismo ser en otro lugar o situación. Por tanto, no es posible transferir información controlada de un organismo a otro. La célula es un organismo complejísimo que vive en el océano interior de nuestro cuerpo y que reproduce literalmente el océano terrestre de hace millones de años en el que vivían las primeras bacterias.

La información genética no está en el núcleo de la célula sino repartida por toda la célula. En especial existe información decisiva en las mitocondrias –los centros de energía vital de nuestras células-. Además, el flujo de información puede ir en cualquier dirección y no sólo del ADN a la proteína. De hecho, se ha comprobado que la célula puede producir proteínas para las que no existe información en sus cromosomas.

Hay un intercambio constante de información entre los dos filamentos de cada cromosoma o entre diferentes cromosomas. Además, el núcleo celular tiene tendencia a asimilar a su interior e, incluso, incorporar a sus cromosomas el material genético del exterior, incluido el contenido de lo que comemos.

Es imposible controlar el lugar de integración de un trozo de información manipulado. Aunque existen mecanismos de protección y corrección, este material -que produce cambios y destrozos en los cromosomas- se introduce mediante interruptores o vectores provenientes de virus a los que se añade una “cola para impedir que sea eliminado; esto convierte el material en una auténtica bomba de relojería genética con consecuencias imprevisibles ya que puede dar instrucciones no programadas. Además, no es posible controlar que los vectores se introduzcan únicamente en los tejidos que necesitan la terapia génica. La mayoría de los pacientes tratados hasta ahora han acabado enfermos y no se les aconseja tener hijos pues se prevé que los vectores penetren en óvulos y esperma.

Las hormonas y enzimas obtenidas mediante un complejo proceso con bacterias manipuladas genéticamente poseen mutaciones que provocan graves efectos secundarios. Esto es debido a diferencias estructurales entre las proteínas humanas -que son mucho más complejas- y las fabricadas por bacterias, que son más simples. Un ejemplo especialmente alarmante es el de la insulina: actualmente la única disponible en España es la procedente de manipulación genética y su obtención plantea graves problemas, el más grave de ellos las mutaciones, que provocan a su vez efectos secundarios como alergias, cánceres y enfermedades autoinmunes. Además, el nivel de azúcar baja tan repentinamente que provoca desmayos súbitos.

La técnica utilizada para detectar material genético –llamada hibridación– tiene importantes e inevitables limitaciones, lo que convierte en un engaño los “tests genéticos” que detectan mutaciones en supuestos genes a los que se considera responsables de enfermedades. Además, lo determinante a la hora de producir daños en las células –y, por tanto, enfermedades- no es la genética sino las condiciones en las que vive la célula y cómo se enfrenta a esas condiciones.

Lo que han presentado los “descifradores del Genoma Humano” como “borrador del mapa genético” no es más que una serie de pequeños trozos de información clonados y pegados uno tras otro. Descifrar trozos grandes sería absolutamente inviable puesto que la información cambia constantemente: la labor sería equivalente a la lectura de un párrafo en el que constantemente estuviésemos cambiando palabras.

MANIPULANDO EL FUTURO 

En resumen, según los pocos científicos independientes que se atreven a hablar claro estamos ante un peligro mucho más grave para la humanidad que el representado por la energía atómica. Tengamos en cuenta que la contaminación genética es muy difícil -si no imposible- de detectar.
Un documento filtrado a Greenpeace demuestra que algunas grandes multinacionales que mueven cientos de miles de millones con este “negocio” han contratado a agresivos especialistas en “gestión de crisis” -nada menos que a Burson Marsteller- para diseñar una campaña estratégica de clara manipulación de la opinión pública. Todo apunta a que la misma se ha puesto ya en marcha.

En la ingeniería genética se están repitiendo los errores cometidos con la energía nuclear que, por cierto, también se presentó como algo inofensivo que vendría a resolver los problemas de la humanidad. Pero lo cierto es que la mayor parte de la investigación aplicada la financia la industria –que paga mejor que las instituciones públicas- controlando así a los científicos. Por ejemplo, las dos compañías que trabajan en el Proyecto Genoma –Celera yGenelogic- tienen ya acuerdos para explotar conjuntamente los hallazgos con varios grandes laboratorios.

Lo que hace el lobby de la industria biotecnológica es enfatizar los beneficios y ocultar la información comprometida acusando a los que se oponen de “obstaculizar el progreso”. Y aparte del ataque frontal a los derechos elementales que significa la ocultación de datos a los ciudadanos, cualquiera que reflexione mínimamente se dará cuenta de que el progreso sólo puede basarse en una aplicación responsable de la ciencia y de las nuevas tecnologías, lo cual supone investigar e informar de los riesgos.

Las mujeres empujadas a tomar dramáticas decisiones sobre la base de engañosos tests genéticos no son más que las primeras víctimas de una catástrofe sin precedentes: en Estados Unidos algunas compañías de seguros empiezan a exigir el test genético negativo o la extirpación de los pechos… Y hay que tener en cuenta que ya hay decenas de enfermedades a las que se les ha encontrado el “gen culpable”.

Pero sólo cuando se sabe que hay más de 1.200 variaciones del supuesto gen BRCA1 registradas y que estas mutaciones aparecen en los mismos porcentajes en mujeres sanas –e, incluso, en hombres- comienza a vislumbrarse el alcance de esta tragedia…

¿QUÉ PODEMOS HACER PARA PROTEGERNOS? 

Cada ser vivo es, a su vez, un ecosistema para otros seres. El propio ser humano está habitado por innumerables colonias de seres microscópicos que hace miles de años fueron responsables de la evolución hacia los organismos complejos. Una parte de estos seres viven en equilibrio simbiótico dentro de nuestras células: son las mitocondrias, actualmente generadoras de energía vital y portadoras de una parte esencial de nuestro genoma.

Pues bien, desde el final de la Segunda Guerra Mundial la reconversión de las industrias químicas ha tenido desastrosas consecuencias sobre la sanidad y la alimentación: la desnaturalización casi completa de los alimentos y el desarrollo y la utilización masiva de antibióticos creados para luchar contra las bacterias han ido dañando igualmente las antiguas bacterias integradas en nuestras células; y puesto que las mitocondrias poseen un genoma propio los daños se han ido trasmitiendo de generación en generación contribuyendo en gran medida a la situación actual de degeneración biológica de la que el aspecto más visible es la aparición de nuevas enfermedades.

La otra consecuencia trascendente ha sido que el callejón sin salida al que han llegado las nuevas generaciones de antibióticos ha obligado a buscar nuevos “tratamientos” que suponen en la práctica nuevos métodos agresivos de intervención en procesos vitales complejos. De ahí la huida hacia delante representada por la llamada “terapia génica”.

Por ello, el paso más importante para protegerse contra los peligros que estamos enunciando aquí es un replanteamiento profundo y global de nuestro concepto de salud y de nuestros sistemas sanitarios. Un organismo sano y una correcta digestión pueden afrontar con éxito posibles contaminaciones debido a la poca cantidad de elementos transgénicos contenida en cada alimento.

Pero hay otras importantes medidas a tomar o en las que podemos colaborar apoyando a los colectivos que han tomado ya la iniciativa:

-Exigir un debate científico público lo más amplio posible.
-Conseguir que la información llegue a la gente en un lenguaje entendible ya que hasta ahora las advertencias de los peligros se vienen publicando en revistas especializadas y en una auténtica jerga científico-técnica que hace imposible para el gran público entender lo que se dice.
-Exigir el etiquetado de los alimentos que contengan componentes transgénicos.
-Procurar consumir productos biológicos lo más naturales posible y de producción local (que son más fácilmente controlables).

A veces es necesario mostrar en toda su crudeza la desoladora situación en que nos encontramos para mover a muchos a actuar, para vencer la indolencia, la dejación, la inercia. En uno de sus últimos trabajos, Leonard Cohen cantaba con desgarradora esperanza: “Hay una grieta en cada cosa: así es como entra la luz”. Un himno de redención para el futuro. Agrandemos pues las grietas.

Jesús García Blanca
Vocal dePlural-21

Recuadro:


¿GENES CULPABLES?

Más de 300 organizaciones -principalmente japonesas y norteamericanas- han adquirido las patentes de unos 2.000 fragmentos de ADN en los últimos 18 años. Se pretende disponer de un banco de “genes culpables” que sirvan de base a tests genéticos y terapia génica.

La “culpabilidad” de estos genes se ha establecido estadísticamente en estudios de muy dudosa fiabilidad. Basta que una serie de personas que padecen una determinada enfermedad presenten una cierta mutación en sus genes para presuponer que esa mutación es la causa de la enfermedad, con lo cual al detectar el gen se deduce que se va a padecer esa enfermedad antes o después; y corrigiendo el error se pretende evitar la enfermedad.

La lucha por las patentes de estos genes mutados hace que se trabaje sin tiempo y, por tanto, descuidadamente. Hay negociaciones en marcha para garantizar que no existirán barreras para la explotación del Sur por el Norte y proteger estas patentes de la vida a través de acuerdos sobre derechos de propiedad intelectual relacionados con el comercio.

Las primeras enfermedades en las que se pretende experimentar la terapia génica son la Inmunodeficiencia Combinada Severa (los “niños burbuja”), las hemoglobinopatías, las hemofilia A y ÇB, la hipercolesterolemia, el enfisema, la fibrosis quística y la distrofia muscular de Duchenne.


ALIMENTOS MANIPULADOS 

En el laboratorio creado por el Centro de Investigación y Desarrollo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en Barcelona se están realizando análisis solicitados por multitud de agricultores y empresas para comprobar si sus productos contienen componentes transgénicos por miedo al incumplimiento de la Ley del Etiquetado.

En un año, este centro ha realizado más de cuatrocientos análisis de los que –según informaba ABC- el 15% dio resultados positivos. Esto pone de manifiesto la falta de control sobre productos como harinas, maíz, semillas, almidones, carne picada, soja, licores y hasta papillas para niños.
Un detalle a destacar: en algunos países es legal que se comercialicen productos con hasta un 1% de material genético porque consideran ya la contaminación algo inevitable.


APLICACIÓN RESPONSABLE DE LA CIENCIA 

En noviembre de 1998 nació la organización internacional con el nonbre de Médicos y Científicos por una Aplicación Responsable de la Ciencia y la Tecnología (PSRAST) al entender que hoy día existen condiciones que obstaculizan la evaluación imparcial de las nuevas tecnologías debido a tres motivos:

  1. La creciente dependencia de la ciencia aplicada respecto de la financiación industrial.
  2. El alto grado de especialización entre científicos junto a un bajo grado de intercambio de información interdisciplinar.
  3. La fuerte preferencia por una metodología reduccionista que incapacita a los científicos para percibir aspectos sistémicos/holísticos complejos.

Según PSRAST, es necesario urgentemente un cuerpo interdisciplinario internacional que analice las aplicaciones de la ciencia desde una perspectiva amplia, global y a largo plazo, y que trabaje con independencia de intereses políticos o comerciales.
Los criterios para una aplicación responsable de la ciencia serían:

  • Que no conduzca a un trastorno de la ya problemática situación ecológica global.
  • Que no conduzca a un trastorno de la situación global de la salud pública.
  • Que no conduzca a un trastorno de la problemática situación socio-económica en el Sur.
  • Que contribuya significativamente a las necesidades de la humanidad.

PSRAST considera que en el caso de la tecnología génica no se cumplen ninguno de esos criterios y que, por tanto, es necesaria una moratoria global.

Este reportaje aparece en
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Noviembre 2000
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