¡El fraude científico es cada vez mayor!

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Las llamadas “revistas científicas” han tenido que retractarse -hasta mayo de 2012- de lo dicho en ¡2.047 artículos! En el 67% de los casos porque se detectó “mala conducta”, en el 21% porque se detectaron “errores” y en un 10% porque se trataba de simples plagios. Uno de los autores del trabajo que lo ha constatado es el Dr. Arturo Casadevall -inmunólogo de la Universidad Yeshiva (EEUU)- quien asegura que la cantidad de retractaciones se ha multiplicado por diez desde 1975. Asimismo se han detectado otros trabajos que no fueron retirados a pesar de detectarse errores o engaños con lo que otros investigadores los siguen dando por buenos y los valoran -o citan- para sus investigaciones. Lamentable y significativo.

Los guardianes de la ortodoxia médica dedican últimamente enormes esfuerzos a poner en duda la eficacia de las llamadas medicinas alternativas o complementarias -que se caracterizan por ser naturales e inocuas en lugar de sintéticas y peligrosas- argumentando que no están científicamente comprobadas. Solo que mienten: hay ya miles de estudios que las avalan. Lo que pasa es que no los leen. Por otra parte, haciendo gala de una soberbia impropia de cualquier científico auténtico olvidan que la Medicina alopática convencional, ortodoxa o farmacológica que algunos califican gratuita y falsamente como la “única” avalada científicamente -y que además es básicamente paliativa y sintomática en lugar de preventiva y curativa- se sustenta en la actualidad sobre un entramado de intereses económicos levantado en torno a las “publicaciones científicas”. Entramado del que participan multinacionales farmacéuticas, universidades, académicos, médicos e investigadores muchos de los cuales han demostrado carecer de la más mínima dignidad y ética porque se han habituado a anteponer los beneficios económicos a la verdad. Claro que para los investigadores no hay dinero ni reconocimiento posible si no publican trabajos en ellas. Y para las multinacionales no hay ventas ni beneficios si no existen resultados publicados previamente. Como tampoco habrá subvenciones públicas ni financiación privada para las universidades, instituciones y asociaciones -incluidas las de pacientes, la mayoría de las cuales han sido creadas o están controladas en realidad por la industria farmacéutica- si no se avienen a las condiciones e imposiciones de los laboratorios farmacéuticos. Y claro, en ese ambiente de ¡todo y todos por la pasta! es natural que haya quien piense que el camino más corto para triunfar, obtener prestigio y ganar dinero es el fraude. Es verdad que por desgracia en cualquier actividad humana en la que hay dinero y fama de por medio no faltan comportamientos deshonestos –personales y empresariales- que esconden tras de sí la voluntad explícita de engañar pero mucha gente piensa aún que al menos en el mundo de la Ciencia -y sobre todo en el de la Sanidad- eso no pasa o se trata de un fenómeno controlado y poco significativo.

Pues bien, no es así. Ya en 2005 John Ioannidis –investigador especializado en metaanálisis (análisis de las revisiones de los estudios publicados) considerado uno de los expertos más destacados del mundo en el ámbito de la credibilidad de la investigación médica -ha publicado artículos junto a 1.328 autores diferentes de 538 instituciones en 43 países- publicó en PloS Medicine un artículo titulado Why Most Published Research Findings Are False (¿Por qué la mayoría de los resultados publicados sobre investigación son falsos?) explicando que gran parte de las conclusiones a las que llegan los investigadores biomédicos son erróneas cuando no exageradas o engañosas. Y las alertas desde entonces han seguido produciéndose. En 2010 se publicó en The Journal of Medical Ethics un estudio titulado Retractions in the scientific literature: is the incidence of research fraud increasing? (Las retractaciones en la literatura científica: ¿se está incrementando la incidencia del fraude en la investigación?) en el que se alertaba claramente de que estaban aumentando los casos de mala conducta aunque sin concluir si los datos reflejaban un aumento real de la incidencia de fraude o un mayor esfuerzo por parte de las revistas para vigilar los originales entregados. Un año después -en octubre de 2011- Nature reconocía que las retractaciones -las que implican la retirada del artículo- se habían multiplicado ¡por diez! en la última década. Solo faltaba saber cuáles eran las principales causas de tanta retractación y ya tenemos respuesta.

Porque según un reciente estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences y titulado Misconduct accounts for the majority of retracted scientific publications (La mala conducta, causa de la mayoría de las retractaciones de las publicaciones científicas)– ¡el 67,4%! de las retractaciones son atribuibles a una conducta deshonesta del investigador. Y según los autores del estudio lo descubierto podría ser sólo la punta del iceberg.

El trabajo ha sido realizado por el investigador español Arturo Casadevall -Editor Jefe del diario online MBio y miembro del Departamento de Microbiología e Immunología del Medicine Albert Einstein College de Nueva York (EEUU), su colega Ferric Fang -Editor Jefe de Infection and Inmunity así como miembro del Departamento de Microbiología de la Washington School of Medicine de Seattle (Washington, EEUU)- y R. Grant Steen -microbiólogo en la misma universidad-. De hecho tanto Casadevall como Fang llevan advirtiendo desde hace tiempo de lo que ahora todos vemos reflejado en datos pues ambos dieron a conocer sus inquietudes el pasado mes de marzo de 2012 en una reunión de las Academias Nacionales de Ciencias así como a los miembros de la Comisión sobre Ciencia, Tecnología y Ley que estuvieron de acuerdo con su evaluación: la Ciencia se encuentra ante un grave problema. Porque ya no se trata de simples opiniones más o menos compartidas, se trata de evidencias basada en datos y hechos. Según el estudio que publicaron en Proceedings of the National Academy of Sciences el número de artículos científicos de los que ha habido que retractarse se ha multiplicado por 10 -aproximadamente- desde 1975. De hecho hasta el 3 de mayo de 2012 ha habido que retractarse de 2.047 artículos de investigación biomédica incluidos en PubMed, base de datos de la literatura científica de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos. Concluyéndose que ¡sólo el 21,3%! de los casos se podía atribuir a “errores”. Y el 67,4% a “mala conducta”: el 43,4% por fraude o sospecha de fraude, el 14,2% por duplicación de otra publicación y el 9,8% por plagio. Y si hasta ahora se pensaba que la situación no era tan grave se ha debido -siempre según los autores del estudio- a que los comunicados sobre las retractaciones eran incompletos o engañosos a fin de intentar salvaguardar el “prestigio” del investigador, de los revisores, del financiador y de la publicación que lo admitió en sus páginas por lo que el alto nivel de fraude se ha estado subestimando de forma constante. “Algunos investigadores –declararía Fang- no dan información y otros la dan aparentando que hubo un error pero cuando uno se fija detalladamente en lo sucedido tiene claro que se trata de un fraude”.

Aunque quizás lo más llamativo del estudio sea que es en las publicaciones más prestigiosas y de mayor impacto en las que se han detectado más casos de fraude. Algo que, sin embargo, no parece haber sorprendido en la comunidad científica. Para muestra un par de testimonios extraídos del diario británico The Guardian. James Parry, director de la Oficina de Integridad de Investigación del Reino Unido, reconocería en él sin tapujos que principios básicos para una buena práctica científica como ser honesto y objetivo no siempre están presentes en la investigación. “Estudios como éste demuestran –afirmaría- que las buenas prácticas en la investigación deberían ser evidentes por sí mismas pero a menudo no lo son”.

Chris Chambers, psicólogo en la galesa Universidad de Cardiff, encontró en cambio preocupantes los resultados… pero no sorprendentes. “Confirman –aseguraría- que la mala conducta es cada vez mayor y la razón más común para la retirada; sobre todo en las revistas de alto impacto. Y demuestra ante todo cómo la práctica de incentivos ha roto la Ciencia.”

En suma, los autores del estudio consideran que el problema es mucho más amplio e importante de lo que se pensaba. “La tendencia al alza en el número de publicaciones retiradas –afirman- puede valorarse como un indicador de la tasa de fracaso del proceso científico. Las publicaciones retiradas suponen recursos desperdiciados y pueden erosionar la confianza pública en la ciencia, lo que puede llevar al cinismo y a la reducción de las ayudas. Existe consenso general respecto a que las publicaciones retiradas son sólo la ‘punta del iceberg’ y eso significa que probablemente hay una cantidad mucho más grande de trabajos científicos de mala calidad que también se publicaron. Y siendo así entonces un porcentaje significativo de la literatura científica es incorrecta”.

UN HUECO BAJO EL SOL DEL ÉXITO

Todo esto empezó cuando el ya citado doctor Fang -uno de los autores del estudio que comentamos- hizo en otoño de 2010 -en tanto Editor Jefe de Infection and Inmunity- un descubrimiento inquietante: uno de sus autores había adulterado varios documentos. En 40 años sólo había tenido que retractarse de nueve artículos pero en ese momento se veía obligado a retirar de golpe seis de Naoki Mori, investigador de la japonesa Universidad de Ryukyu. Y aquello le afectó tanto que quiso saber hasta qué punto se había extendido la podredumbre. Por eso para averiguarlo se asoció con Arturo Casadevall y Grant Steen, éste además de médico asesor de comunicación que ya había publicado un estudio sobre las retractaciones. Así que reunieron todas las noticias sobre retractaciones publicadas hasta mayo de 2012 en PubMed llegando en poco tiempo a una conclusión: las retractaciones aumentaban año tras año a un ritmo alarmante y constituían pues la manifestación de un problema realmente grave. De hecho decidieron por eso -sólo unas semanas antes de la publicación del trabajo- alertar de la gravedad de la situación en dos editoriales que aparecieron bajo el título Reforming Science: Methodological and Cultural Reforms (Reformando la ciencia: reformas culturales y metodológicas) en Infection and Inmunity. “Nuestra premisa –escribieron- es que el estado de la ciencia no es tan saludable como debe y tiene que ser para hacer frente con eficacia a los desafíos que enfrenta la humanidad en el siglo XXI. El entorno hipercompetitivo actual ha creado un entorno de trabajo inseguro para los científicos fomentando las malas prácticas -incluida la mala conducta- y creando desilusión generalizada en la comunidad científica, desde los alumnos a los investigadores de alto nivel”. Describen luego la realidad de un investigador y su lucha constante para buscarse un “hueco bajo el sol del éxito” en medio de todo tipo de dificultades.Para tener éxito hoy –denuncian- los científicos deben a menudo auto-promocionarse. Su trabajo no está regido ya sólo por la curiosidad sino por la ambición personal, las preocupaciones políticas y los problemas de financiación. Los científicos deben competir intensamente con otros colegas por los recursos dependiendo el salario de muchos de ellos –total o parcialmente- de que se les concedan a ellos los fondos. Y aunque los científicos prefieren dirigir sus investigaciones allá donde los datos obtenidos les conduzcan la financiación de la investigación se limita a menudo a temas específicos que se cree representan las prioridades sociales más urgentes. Los científicos deben demostrar además una productividad constante -en términos de manuscritos- porque su financiación, promoción y permanencia dependen de ello”.

En suma, los tres investigadores mencionados identificaron los 2.047 artículos que figuran en Pubmed como retractados -el primero de ellos en 1977- y a continuación los agruparon por categorías según las razones: fraude o sospecha de fraude (incluida la falsificación y fabricación de datos), plagio, duplicación y otras. Y luego, para conocer las causas reales, utilizaron varias fuentes tras percatarse de que a veces la explicación de los autores sobre la retractación se remitía a errores involuntarios cuando los informes oficiales describían en realidad mala conducta. ¿El resultado? Que si bien estudios similares previos sugerían que la mayoría de las retractaciones se debían a “errores” en la metodología o en la interpretación la causa real más importante era la mala conducta. Lo que hace imprescindible replantearse el problema. “La reducción de las retracciones deshonestas –señalan Casadavell y Fang- debería lograrse aumentando las penas y reduciendo los incentivos ante las malas conductas pero ya se aplican hoy severas sanciones -que van desde la pérdida de la reputación a cargos penales por fraude- y eso hace dudar de que imponer nuevas sanciones sea eficaz. En cambio adoptar normas uniformes para informar de las retractaciones y crear una base de datos institucional centralizada que documente la mala conducta científica permitiría saber quiénes han sido culpables de ello a fin de que les conozca”.

LA REVISIÓN POR PARES

El investigador griego John Ioannidis –al que antes mencionamos- fue el primero en denunciar de forma rotunda y clara todo esto en su artículo Una epidemia de falsas afirmaciones que publicó en Scientific American. “Los falsos positivos y los resultados exagerados de estudios científicos publicados en revistas –afirmaría en 2005- han alcanzado proporciones epidémicas en los últimos años. El problema está muy extendido en la economía, las ciencias sociales e, incluso, las ciencias naturales pero es especialmente grave en biomedicina. Muchos estudios afirman que una droga o un tratamiento son beneficiosos cuando no es cierto (…) Y mucha investigación se lleva a cabo por razones distintas a la búsqueda de la verdad; los conflictos de intereses abundan e influyen en los resultados. En el cuidado de la salud la investigación se realiza a menudo a instancias de empresas que tienen un gran interés financiero en los resultados. Incluso para los académicos el éxito suele depender de la publicación de resultados positivos. El oligopolio de las revistas de alto impacto también tiene un efecto distorsionador sobre la financiación, la carrera académica y las cuotas de mercado”.

Según Ioannidis muchos investigadores no tienen de hecho el más mínimo reparo en manipular las conclusiones de sus trabajos si eso les permite ascender en su carrera. Asimismo considera parte del problema el proceso de evaluación por pares –método por el cual las revistas científicas piden a investigadores supuestamente independientes que valoren la validez de los estudios que les llegan antes de publicarlos– al considerar que puede favorecer el fraude dejar en manos interesadas la publicación o no de determinados trabajos. La propia revista Nature –una de las más reconocidas en el ámbito científico- afirmó ya en un editorial de 2006 que “los científicos entienden que por sí misma la evaluación por pares proporciona una garantía mínima de calidad y por tanto se tiende a considerarla una especie de sello de autentificación pero esa creencia está muy lejos de la verdad”.

Y en esa misma línea se manifestó hace apenas unas semanas Richard Smith, exdirector del British Medical Journal durante 25 años además de director y responsable ejecutivo del BMJ Publishing Group durante 13 y, por tanto, alguien de cuyos conocimientos sobre el asunto se puede dudar poco. Fue contundente en su blog al referirse a un estudio publicado en PloS One en mayo de 2011 sin apenas cambios respecto a la primera versión presentada dos años antes a BMJ y haber sido rechazado 7 veces tras revisarlo 24 evaluadores. “No está claro –escribió- si las revistas rechazaron el artículo porque era demasiado sorprendente o demasiado radical en su amenaza a los intereses establecidos o, paradójicamente, a causa de las dos razones. Lo que está claro es que no se habría perdido nada y sí ganado mucho si ese documento se hubiera publicado de inmediato y el debate sobre su valor se hubiera llevado a cabo en público y no a puerta cerrada durante más de dos años a un costo considerable. Es evidente que la eficacia de la revisión por pares previa a una publicación, contra la opinión general, no ha sido demostrada, es lenta, costosa y en gran medida una lotería; pobre en encontrar errores, sesgada, antiinnovadora (como tal vez en este caso), propensa al abuso e incapaz de detectar el fraude. El coste global de la revisión por pares es de 1.900 millones cuando es un proceso más basado en la fe que en la evidencia lo que es realmente irónico porque está en el corazón de la ciencia”.

Una opinión que comparten Casadevall y Fang. “La conocida mentalidad ‘publicar o perecer’ –afirman– puede conducir a algunos científicos a escribir artículos, tengan o no algo nuevo e importante que decir. Y el resultado es una literatura científica poco manejable en la que los artículos más citados se concentran en un número reducido de revistas mientras un gran porcentaje de los documentos son citados con poca o ninguna frecuencia. Gran parte de la literatura científica reciente es repetitiva y sin importancia, mal concebida o ejecutada y -quizás merecidamente- en gran parte ignorada. Sin embargo tan gran número de trabajos genera una enorme carga para el sistema de revisión por pares. Y en la medida en que el grupo de revisores cualificados es insuficiente para satisfacer la demanda el papel fundamental de la revisión por pares en la detección y corrección de manuscritos antes de su publicación no puede funcionar correctamente. Estos factores, así como la dificultad para la publicación de resultados negativos (sesgo de publicación), sirven para socavar la fiabilidad de la literatura científica”. Ambos autores hacen hincapié además en un argumento apuntado también por Smith: que los hallazgos más novedosos y revolucionarios pueden ser descartados precisamente por la incapacidad de los revisores para predecir su auténtico alcance. “Los paneles de revisores –aseveran- son capaces de identificar con precisión la mala ciencia pero tienen un pobre historial para distinguir el trabajo realmente innovador que desafía el dogma existente”.

En uno de los muchos artículos referidos a este tema titulado Fraud proves that science journals can be fooled (El fraude, prueba de que las publicaciones científicas pueden ser engañadas) es posible leer lo siguiente: “Larry Dean Martin, profesor de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Kansas, sonríe cuando se le pregunta sobre la profundidad, consistencia y objetividad de la revisión de pares: ‘A veces depende mucho de los intereses de la persona que revisa su trabajo –dice- pues usted puede haber hecho una investigación honrada y maravillosa… y aún así ser rechazada. En cambio si usted lleva su estudio a una publicación más cercana, a su propia ‘pandilla de científicos’, conseguirá una revisión más suave que le permita publicar’’’.

Más adelante, en el mismo artículo, se relata otro caso que invita a la reflexión. El de Ossama Tawfik, patólogo del Centro Médico de la Universidad de Kansas (EEUU) que tras 12 años trabajando en un nuevo sistema informático que permitía un mejor diagnóstico sobre la naturaleza de los tumores y haberlo probado con más de 600 casos demostrando su efectividad no había conseguido que se publicara su trabajo a pesar de contar con el aval de su centro hospitalario. “¿Por qué? No tengo ni idea –afirma Tawfik en el artículo-. Según algunos de los comentarios que los revisores me hacen llegar parece que se lo toman como algo personal”.

¿QUÉ PASA CON LAS RETRACTACIONES?

El problema de las retractaciones o de las publicaciones fraudulentas se agrava aún más si tenemos en cuenta que la tecnología moderna hace posible que la desinformación sea difundida tan eficazmente como la información válida por lo que artículos retirados siguen siendo citados y utilizados como evidencia para respaldar afirmaciones falsas. En teoría la retractación de un documento equivale a retirarlo de la literatura científica para que nunca pueda llevar a engaño a nadie pero cuando John Budd analizó en la Facultad de Educación de la Universidad de Missouri en Columbia (EEUU) 235 artículos retractados durante el período 1966-1996 encontró que después de haber sido retirados siguieron siendo sido citados como fuente ¡más de 2.000 veces! habiendo menos de un 8% de citas reconociendo la retractación. Y el porcentaje no ha mejorado mucho con la publicación electrónica: en un análisis preliminar de 1.112 documentos retractados durante el período 1997-2009 Budd encontró que los artículos seguían siendo citados y sólo se aclaraba la retractación en el 4% de las citas.

Para ver la importancia práctica de lo que señalamos cabe agregar finalmente que en Contradicted and Initially Stronger Effects in Highly Cited Clinical Research -publicado en Journal of the American Medical Association (JAMA)- Ioannidis analizó 49 de los hallazgos más destacados en el ámbito de la Medicina de los últimos 13 años, artículos que habían aparecido en las revistas más renombradas y que eran los más citados en ellas. Bueno, pues de esos 49 artículos en 45 -que tuvieron gran repercusión- se afirmaba haber desvelado efectos eficaces en los productos estudiados. Así que Ioannidis decidió analizar 34 de esas afirmaciones encontrándose con que 14 -es decir, el 41%- eran ¡exageradas o, simplemente, erróneas!

Dadas las decenas de miles de trabajos presentados y publicados es cierto que se convierte en una tarea realmente complicada para las publicaciones tratar de evitar el fraude científico pero tampoco ellas son ajenas a los problemas del sistema. El ya citado Richard Smith ha alertado en reiteradas ocasiones sobre las peligrosas relaciones que cada vez más atan a las publicaciones con la industria. “Los directores de las publicaciones -ha escrito- se están dando cada vez más cuenta de cómo están siendo manipulados y luchan contra ello pero debo confesar que a mí me tomó casi un cuarto de siglo como director en el British Medical Journal darme cuenta de lo que estaba pasando. Los directores trabajan considerando los estudios que se les envían y piden a los autores que les hagan llegar cualquier otro estudio relacionado pero luego no tienen mecanismo alguno para saber qué otros estudios inéditos existen. Incluso es difícil saber de estudios relacionados ya publicados; además puede ser imposible saber si dos estudios se han hecho con los mismos pacientes. Los editores pueden estar pues revisando algo que forme parte de un gigantesco plan de marketing de la industria de alta calidad técnica y que probablemente pase la revisión del par, un proceso que la investigación ha demostrado ser una lotería ineficaz proclive al prejuicio y al abuso”.

En suma, ha llegado el momento de replantearse la situación por completo. Y no de manera ligera o puntual. Se necesita una verdadera reforma, algo que en opinión de Cadadevall y Fang requiere abordar los principales aspectos estructurales de la investigación científica, reducir la presión sobre los científicos, contar con mayor apoyo institucional, poner énfasis en la calidad y no en la cantidad de publicaciones, fomentar una cultura de cooperación y colaboración, lograr que la dependencia de las revistas con respecto a la industria sea la menor posible, encontrar fuentes más estables y sostenibles de financiación, aumentar la cooperación, permitir la asunción de riesgos y ofrecer vías para no desaprovechar el potencial de muchos científicos que se están quedando fuera del sistema.

“Una sociedad que quiera abordar en serio los retos reales del futuro –explican Cadadevall y Fang- no puede permitirse el lujo de dejar a tantos buenos científicos en la cuneta. La actual recesión económica mundial exige pues una inversión intensa para renovar la infraestructura científica; lo que incluye no sólo los ladrillos, el mortero o los equipos sino los recursos humanos. Las naciones que reconozcan esta oportunidad serán las que rijan el futuro”.

Antonio Muro

 

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Diciembre 2012
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