El negocio de la enfermedad

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Si alguien cree que los furibundos ataques que cada cierto tiempo reciben investigadores independientes de todo el mundo a los que se acusa poco menos que de charlatanes o estafadores con el apoyo de los ministerios de Sanidad, medios de comunicación, colegios profesionales de médicos y farmacéuticos, asociaciones de enfermos y diversas fundaciones de salud se deben a que éstos velan por nuestra salud pública es un auténtico ingenuo. La razón es que la salud es hoy un negocio controlado por una gigantesca mafia que compra voluntades.

La tormenta estalló en un vaso de agua. En 24 horas se montó una caza mediática. De poco sirvió que los afectados -pacientes, familiares o médicos- llamaran a los programas de televisión y radio para contar -para sorpresa de los tertulianos- los beneficios que habían experimentado tomando el Bio-Bac. Éstos –expertos en todo-, sorprendidos por semejantes defensas cuando lo que esperaban eran gritos de indignación, no supieron reaccionar. Así que, a falta de argumentos, acabaron hablando de los “milagros” en medicina, del “efecto placebo”, de los beneficios cuando ya no se esperan de los tratamientos convencionales… en suma, de cualquier cosa que defendiera la “infalibilidad” del sistema. Todo antes que asumir que el producto funciona. Evidentemente, “morirse dentro del sistema“ tiene la ventaja –sobre todo para el propio sistema- de que casi nadie se plantea su funcionamiento. Y no nos referirnos ya a los errores de diagnóstico -difíciles cuando no imposibles de demostrar-, a las posibles negligencias médicas -casi inútiles de plantear- o a los efectos secundarios de ciertos medicamentos -que a veces son peores que la propia enfermedad en tratamiento- sino al hecho de que es perdonable porque es “gratuito” (como si no lo pagáramos con nuestros impuestos). Y es que mucha gente acepta hasta morirse si el tratamiento no le cuesta dinero.

A fin de cuentas, en realidad es el “sistema” el que hoy está cuestionado. De hecho, así queda de manifiesto tras analizar algunos documentos extraídos, por otra parte, de fuentes poco sospechosas de comulgar con otra Medicina que la oficial.

LOS INVESTIGADORES

Empecemos por la raíz, es decir, por la credibilidad de los científicos e investigadores. Basta para ello recordar la noticia aparecida a primeros de año en The Guardian: “Científicos cobran de las farmacéuticas por firmar artículos que no han escrito. Textos redactados por ‘negros’ se publican en prestigiosas revistas británicas y estadounidenses”.

Según la denuncia, un número por determinar pero abundante de científicos aceptan de las empresas farmacéuticas grandes sumas de dinero a cambio de poner sus nombres en artículos que no han escrito y en los que se recomiendan nuevos medicamentos. Los autores reales son “negros” pagados por las empresas farmacéuticas interesadas en la distribución de un determinado producto. Y esos artículos se pueden encontrar en las publicaciones científicas más “importantes”. En algunos casos –siempre según el informe- los científicos ni siquiera han visto los datos sobre los que supuestamente escriben. Es más, incluso llegan a dar conferencias basadas en esos estudios ante colegas suyos y en encuentros patrocinados por la empresa farmacéutica recibiendo a cambio sustanciosas cantidades: en algunos casos entre 2.500 y 3.000 euros por conferencia, además de los desplazamientos y los hoteles.

Fuller Torry, director ejecutivo de la Fundación Stanley para Programas de Investigación con sede en Bethesda, Maryland (EE.UU.), declaraba en The Guardian: “Muchos creemos que el actual sistema se aproxima a algo que podríamos denominar prostitución profesional de alto nivel”.

Robin Murray, director de la división de Medicina Psicológica del Instituto de Psiquiatría de Londres, manifestaba por su parte: “Me acuerdo de un psiquiatra británico muy conocido al que le pregunté cómo estaba. Y me contestó: ‘¿A cuánto estamos? Estoy tratando de averiguar qué fármacos tengo que recomendar hoy’”.

El asunto está lejos de ser anecdótico. Sobre todo si relacionamos esa información con esta otra publicada hace poco en el diario “El Mundo”: “Medicamentos ‘asesinos’ en los tribunales de los Estados Unidos”. La noticia decía lo siguiente: “(…) La responsabilidad de los científicos sobre el contenido de sus estudios adquiere significado entre los casos que están siendo juzgados por tribunales de Estados Unidos donde parientes de personas que se suicidaron o mataron a alguien mientras seguían un tratamiento de SSRI (inhibidores selectivos de la serotonina) -el tipo de droga al que pertenece el Prozac- dicen que fueron esos fármacos los responsables de sus muertes. Según David Healey, un psicofarmacólogo de Gales que ha facilitado las pruebas de ello a las familias afectadas, las compañías se basaban en artículos cuya autoría, aparentemente, era de unos científicos que, de hecho, ni siquiera habían visto los datos originales en los que se fundamentaban los estudios.  El doctor Healy, que accedió a los datos que las compañías guardaban en sus archivos, afirmó: ‘Muy bien podría ser que un 50% de los artículos sobre medicamentos que han aparecido en las principales publicaciones no hayan sido escritos de la forma debida que la gente normal de la calle espera de sus autores’. Pudiera ser que muchos de los investigadores que soportan el peso de la experimentación no puedan mantenerse ajenos al éxito y el dinero.”

NUEVO FRAUDE

En septiembre de este año un informe interno de los Laboratorios Bell en Estados Unidos concluía que Jan Hendrik Schön, alemán de 32 años y estrella ascendente de la Física, se inventó los datos de al menos 17 experimentos para convertirlos en éxitos que atrajeran la atención mundial. El informe de investigadores externos al laboratorio concluyó que no existe prueba alguna de que el científico obtuviera los resultados comunicados en 17 de los artículos publicados entre 1998 y 2002 en las más prestigiosas revistas científicas. Schön, además de ganar varios premios, fue propuesto como director del Instituto Max Planck de Sttutgart (Alemania) y en opinión de algunos colegas hubiera podido ser candidato al Nobel de Física.

El diario “El País” publicó sobre ello un interesante artículo de Emilio Méndez -catedrático de la Universidad del Estado de Nueva York- titulado “Las sombras de un escándalo científico” en el que se habla de la “importancia” de escribir en las revistas científicas. Allí podía leerse lo siguiente: “Tampoco salen bien paradas en este suceso revistas científicas del renombre de ‘Science’ y ‘Nature’ donde han aparecido los supuestos descubrimientos, ni los prestigiosos comités que han premiado a Schön y sus colegas por ellos (…) Si alguna vez lo hubo, hace mucho que pasó el tiempo en que ciencia y sociedad iban por caminos separados, sin influirse la una a la otra. El científico no es hoy el individuo aislado del mundo que persigue sus descubrimientos guiado sólo por el afán de conocimiento y la búsqueda de la verdad, sin interesarse por la sociedad en que vive y sin ser afectado por los ritmos de una época en que reinan la velocidad, el éxito y la fama. Consciente del valor de la ciencia, la sociedad le concede un puesto central y, a cambio, espera de ella algo irrealizable: soluciones definitivas e inmediatas.”

No es de extrañar que, ante tales expectativas, los científicos a menudo vayamos con la prisa del hombre de negocios o que hablemos con la superficialidad del político. El éxito profesional se mide hoy por el número de publicaciones, no por su calidad; y lo que no debiera ser más que un medio se convierte en el fin mismo de nuestro trabajo. Por eso publicamos más que un Lope de Vega y nuestra agenda se asemeja ya a la de un viajante. En cambio, leemos y pensamos poco, y no dedicamos a nuestros estudiantes el tiempo y la dirección que merecen.”

“Jaleados por los medios de comunicación y presionados por los administradores del dinero prometemos más de lo que podemos ofrecer, ya sea sobre electrónica molecular, el ordenador cuántico, el origen del universo, la fusión nuclear o la cura del cáncer…”

LOS LABORATORIOS

Grandes multinacionales han asumido el negocio de la salud, de su salud. Su primera regla de oro debiera ser pues la salud pero su naturaleza privada, su condición de corporaciones industriales, les impide olvidar lo sustancial de su naturaleza: el beneficio económico. El diario “El País” publicaba en enero del 2000 esta noticia: “La psicosis de gripe permite a dos laboratorios recuperar su inversión”.

Y en ella se decía:“La epidemia de gripe que aparentemente asola el globo no es tan extensa ni seria como parece pero está haciendo las delicias de Roche y Glaxo Wellcome, los dos laboratorios que han lanzado al mercado las medicinas que resuelven el problema. Ambas compañías están inmersas en una intensa campaña de marketing que les ha costado miles de millones de dólares en todo el mundo y han conseguido que la gente se precipite a las farmacias a por sus fármacos a pesar de que la incidencia de la gripe no es mayor que en años precedentes.”

“(…) Es difícil de probar. En los Centros para la Prevención y Control de la Enfermedad de Estados Unidos no quieren hablar sobre ello pero lo que hay en marcha es una intensa campaña de bombardeo de la opinión pública para dar a conocer la existencia de los nuevos fármacos y ese es el momento en que, como todos los años, ataca la gripe”.

Una fuente de una compañía de relaciones públicas que trabajó en el lanzamiento de otros productos farmacéuticos afirmaba al diario: “Como no se puede hacer publicidad de este fármaco porque se vende con receta lo que se hace es crear un clima de opinión, ruido, informaciones en la prensa”.

Pues bien, a pesar de todas esas sospechas y según confirmaba el diario “…el martes pasado el Ministerio de Sanidad dio luz verde al medicamento por lo que este se venderá desde el lunes próximo sin financiación pública a 3.895 pesetas el envase para tratar la gripe durante cinco días. Rafael Matesanz, director de Acción Primaria y Especializada del Insalud, insistió en la baja utilidad terapéutica de este inhalador que ha sido criticado por las autoridades médicas de todo el mundo, incluida la FDA estadounidense”.

No es de extrañar que ante semejante comportamiento de las autoridades sanitarias tengamos que leer titulares como el siguiente en el diario La Razón: “Los fármacos contra el catarro crean dependencia”.

“Según los especialistas –decía la noticia-el uso de descongestivos nasales es poco recomendable. Su empleo provoca mayor mucosidad en los siguientes días y una futura dependencia del fármaco que llega hasta la adicción. Debido en gran parte al gran volumen de publicidad de los medicamentos para los síntomas de resfriado ‘ha habido un gran abuso de este tipo de productos; no son recomendables y en formatos de spray nasal mucho menos´’, afirma Karlos Naberan, coordinador del grupo Respiratorio de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria”.

Más adelante, en el mismo artículo, puede leerse: “Hace poco más de dos años, un estudio de la Universidad de Yale vinculaba una sustancia denominada fenilpropanolamina, presente en muchos de los medicamentos en los últimos 50 años, con un mayor riesgo de hemorragia cerebral en las mujeres”.

COMPARACIONES ODIOSAS

En suma, puede que haya medicamentos que curen pero algunos de los autorizados también pueden matar. Curiosamente, el Bio-Bac no pero algunos de los medicamentos que han superado todos los controles sí. El mismo día que surgió el escándalo del Bio-Bac -pero en letra mucho más pequeña- se podía leer en el diario “El País” lo siguiente:“Un fármaco anticoagulante provoca cinco muertos en el Reino Unido”.

Según la noticia, la Agencia Europea de Evaluación de Medicamentos informaba de que cinco pacientes habían muerto a causa de reacciones alérgicas graves tras tomar Refludan. El producto había sido autorizado por la Unión Europea en 1997 y se calcula que 35.000 pacientes han sido o están siendo tratados con él. El comunicado oficial indicaba que las reacciones alérgicas mortales se produjeron después de que los pacientes recibieran repetidas veces el medicamento.

Tampoco quedan demasiado lejos en el tiempo las muertes atribuidas a un medicamento de la firma Bayer comercializado como Baycol o Lipobay. La multinacional alemana se vio obligado a retirarlo del mercado después de que se le atribuyeran 52 muertes. Las pérdidas económicas fueron cuantiosas ya que con él la multinacional ganaba más dinero que con la famosa aspirina. El año anterior a su retirada del mercado Bayer facturó por este medicamento 900 millones de euros.

De hecho, hace sólo unos días la Audiencia Provincial de Madrid admitió a trámite las denuncias sobre el Lipobay de la Asociación el Defensor del Paciente contra Bayer y la Agencia del Medicamento del Ministerio de Sanidad. En su auto, la Audiencia -que revoca resoluciones anteriores- señala que aunque no exista responsabilidad penal por homicidio o lesiones contra alguno de los pacientes que tomaron el medicamento es posible que se de “una imprudencia respecto al acaecimiento de las lesiones y las muertes”. La demanda interpuesta en su momento tiene que ver con informaciones aparecidas en las que se señalaba que Sanidad ya estaba advertida de los riesgos de Lipobay antes de retirarlo del mercado.

LA POLÍTICA SANITARIA

Nadie puede poner en duda el poder de los laboratorios farmacéuticos. Sólo cabe preguntarse hasta dónde son capaces de llegar con tal de rentabilizar una investigación o por evitar las pérdidas que supone la retirada de un medicamento. Y ese poder –que puede ser directo o indirecto- hoy es casi siempre de carácter económico. Por tanto, cabe preguntarse también si la clase política es independiente frente a los intereses de las grandes compañías. Seguro que los mencionados dirán que sí pero, para muestra, un botón. Esta es la noticia aparecida en el diario “El País” en abril del 2000: “Sanidad ha creado ya cinco fundaciones de investigación financiadas con dinero privado. Los laboratorios farmacéuticos, principales socios de los nuevos proyectos farmacéuticos.”

Y recojamos, como ejemplo, lo que se dice sobre una de las fundaciones, la Fundación para la Investigación y la Prevención del SIDA en España (FIPSE): “El patronato de esta entidad privada fundada para financiar investigaciones sobre el SIDA está formado a partes iguales por representantes del Ministerio de Sanidad y seis laboratorios farmacéuticos (Abbott, Boehringer, Bristol-Myers, Glaxo Wellcome y Roche). Las seis tienen fármacos contra el sida y aportan 500 millones de pesetas anuales conjuntamente a la fundación que, según advierte, nunca financiará investigaciones sobre medicamentos, algo que cada compañía debe de hacer por su cuenta…” ¿A alguien le puede caber duda de que las investigaciones y los medicamentos aprobados nunca serán contrarios a los intereses de tan generosos socios?

Terminemos este recorrido por la periferia del sistema recogiendo la opinión de Miguel Vicente, profesor de investigación del CNB en “El País”. Su artículo se titulaba “Póngame cuarto y mitad de medicinas”y en él podía leerse lo siguiente: “¿Corren riesgo de desaparecer las medicinas que curan? La respuesta afirmativa es excesiva pero la industria farmacéutica parece hoy día concentrar sus esfuerzos en el desarrollo preferente de medicamentos que no curan la enfermedad sino que neutralizan los síntomas clínicos y, en el mejor de los casos, contrarrestan pero no corrigen alguna de sus causas (…) A largo plazo pudiera ocurrir que nos encontremos sin medicinas para curar enfermedades como las infecciones, que ya nos parecen algo del pasado.

(…) La lógica dicta que las empresas no sólo necesiten generar beneficios sino que además deban asegurarse de que los van a obtener de manera continua. Cada tipo de empresa lo logra de una u otra forma, ya sea extendiendo el préstamo hipotecario para la compra de otros bienes, ofreciendo recomprar el coche que se paga a plazos sustituyéndolo por uno nuevo y más plazos, o, en el caso de las farmacéuticas, vendiendo medicamentos que han de consumirse a diario y de por vida.

En este esquema de medicina de consumo los antibióticos son medicinas muy malas: tienen la indeseada propiedad de curar por lo que un paciente a quien se le prescriben deja de comprarlos al cabo de poco tiempo; generalmente, porque se cura o porque, desgraciadamente, fallece. No es así el caso de, entre otros, los antihipertensivos, antiasmáticos, anticancerosos y muchos antivirales (…) Los medicamentos se convierten de esa forma en artículos de consumo pues el paciente ha de adquirirlos casi como quien compra el pan convirtiéndose en una fuente de ingresos continua para el fabricante y manteniendo ocupados de forma permanente a los profesionales del sistema sanitario y sus asociados.”

Tal es el panorama, contemplado de una manera global y con datos procedentes de fuentes poco sospechosas de querer dinamitar el sistema de salud. Así que en este marco que hemos dibujado, ¿qué pasaría con alguien que pretendiera permanecer al margen de los intereses de los grandes laboratorios? Pues probablemente lo mismo que pasaría con quien quisiera comercializar un producto sustitutivo de la gasolina al margen de las grandes corporaciones. Ustedes me entienden.

Antonio Muro
 

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Enero 2003
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