El poder de la palabra

 La Ciencia, que en su versión más pura es un interrogante ante la perplejidad, se está cuestionando una vez más el terrible poder de la palabra. Pero la Ciencia, ese interrogante hecho de palabras, por palabras suele entender tan sólo la comunicación verbal, la que se establece mediante un diálogo de fonemas convincentemente argumentado. De manera que la Ciencia suele entender que la palabra sustenta su poder en su capacidad reflexiva, en su capacidad para articular verdades basadas en convincentes deducciones.

 Y sí, la comunicación oral reflexiva basada en sólidos, por convincentes, argumentos deductivos posee indudable poder de persuasión en quien escucha pero, ¿se basa fundamentalmente en una adecuada argumentación oral el valor de la palabra?

 Ocurrió hace ya casi tres décadas. Estaba yo en Puerto Príncipe, Haití, investigando los sedimentos mágicos del rito vudú cuando habiendo establecido ya amistad con el hungan (jefe espiritual de una cofradía), Michel St. Louis, fui invitado por Odette -una hunsí (médium iniciada, esposada con un loa)- a una ceremonia nocturna secreta a celebrar en plena jungla.

 He publicado ya en la revista esa ceremonia en todos sus detalles por lo que aquí tan sólo reseñaré que Odette, mestiza pálida con sangre española, de piernas ágiles y acogedoras caderas me llevó por entre la jungla hasta una cascada en la que, junto con otras médiums, se desnudó y purificó. Su piel brillaba reflejando la luz plateada de la luna. Y bailaron, serpentearon insinuantes ofreciendo sus cuerpos jóvenes y ágiles a las entidades que pronto se iban a evocar.

 El lugar, junto a la cascada, era un calvero formado por un cruce de caminos. Y en el lugar un hoyo que iba a ser fosa, velas en torno al hoyo y los huntó (tañedores de tambores) bebiendo ya sus primeros tragos de ron.

 Con el fin de abreviar dejo a un lado los muchos símbolos y creencias mágicas que acumuló la preparación de la ceremonia porque ésta se inició realmente cuando, en andas de sus porteadores, llegó una mujer anciana –Celline de nombre- en estado agónico. Y la mujer, auténticamente próxima a la muerte, incapaz ya de ponerse en pie, fue depositada en la fosa, momento en el que, tras un silencio expectante, el hungan agitó su sonajero mágico, momento en el que los tambores iniciaron un golpeteo lento, lúgubre. Y, por lo que sabía de la ceremonia por Odette, que ahora danzaba suavemente en torno a la fosa, comprendí que con ese sonido los tambores buscaban ponerse en fase con el ritmo del corazón de la anciana. El hungan dirigía el ritmo de los tambores con sus movimientos de brazos y sonido del sonajero. Y los tambores seguían buscando, para engarfiarlo, el ritmo del corazón de la agonizante, lo encontraron y subieron el ritmo, aceleraron sus percusiones.

La ceremonia se alargó, la luna se estaba ya alejando y con sus últimos fulgores, con fragor ya de tambores, la anciana salió de la fosa, se agitó, se unió a las médiums y también su pelvis golpeó furiosa el aire. Los tambores habían logrado realizar su transfusión de sonido, habían elevado el ritmo del corazón de la agonizante hasta levantarla de la fosa. La ceremonia había terminado. Sé que no fue una simulación pero lo que no sé, y honestamente he de reseñar, es si la anciana volvió a caer en su agonía al dejar yo el lugar en que el sonido había sido transferido de unos tambores a un corazón próximo a extinguirse.

 Si he evocado esa ceremonia llamada mágica es porque en ella se dan los auténticos elementos básicos en que se asienta el poder de la palabra: el ritmo con su cadencia musical, la vibración con su carga emocional y su capacidad de empatía, el principio de autoridad, la gestualidad, la belleza de la puesta en escena, el alto simbolismo del lugar y del rito, los silencios repletos de palabras no articuladas pero sí intuidas y la capacidad táctil del sonido armónico.

 En cuanto al ritmo, abreviando diré que ya en l665 el científico holandés Christian Huygens colgó, uno junto a otro, dos relojes de péndulo. Y, como esperaba, vio que los péndulos, inicialmente desincronizados, no tardaban en balancearse al mismo ritmo. Y que ese mismo ritmo lo mantenían obcecadamente con una perfección que estaba muy lejos de poder explicar cualquier ley mecánica.
Ahora sabemos ya que esa búsqueda de una mutua sincronización es una ley generalizada que opera a todos los niveles. Así, se ha atestiguado que es una demostración corriente coger dos células del corazón que latan a un ritmo distinto e irlas aproximando. Pronto se percibe que van cambiando de ritmo y, cercana ya una célula a la otra, acaban por unificarlos.

 Flora Davis, conocida investigadora de la comunicación no verbal, ha dado testimonio de que su colega William S. Condon le mostró un vídeo en el que “aparecían dos sujetos -hombre y mujer- conectados a un electroencefalógrafo de tal manera que se podían registrar las ondas de sus ritmos cerebrales mientras hablaban. Una cámara filmaba el encuentro y otra las agujas del electroencefalógrafo. En la pantalla que recogía los trazos del electroencefalógrafo se veían los rasgos alineados de doce indicadores. Los seis de la derecha correspondían al hombre y los seis de la izquierda a la mujer. Y se asemejaban bastante a la estela que dejarían dos patinadores sobre hielo no muy hábiles que esquiasen al compás de una música que no se oye. Todos no se movían a derecha o izquierda en el mismo instante pero en general lo hacían en forma sincronizada. También aumentaban o disminuían la velocidad en forma pareja. Era como si los indicadores hablaran entre sí”. Y algo parecido ocurre con otros ritmos fisiológicos.

 Evidentemente el ritmo y la vibración, con su cadencia y tremor emocional, son el soporte del poder de la palabra. Pero añadamos a esto en una breve exposición -inevitablemente breve en un artículo- los restantes elementos que potencian la capacidad de persuasión de la palabra.

 Imagina, lector, a un médico con prestigio -o sea, con la autoridad de un hungan– que te recibe hablándote con el ritmo y la cadencia de un sonido suave y emotivo, una voz que, como los tambores de Haití, buscan los decaídos latidos de tu corazón. Y añade a esto su amable pero, al tiempo, impositiva gestualidad. Y sigo añadiendo, y lo hago recordándote que si bien la ceremonia en Haití tenía su espacio escénico en un cruce de caminos, símbolo de la cruz, de la no dimensión, del único lugar desde donde se puede acceder a nuevas dimensiones cósmicas, que el médico que estoy describiendo cuenta con los símbolos muy convincentes de su espacio en la profesión: bata blanca -o no importa de qué color-, diplomas colgados en la pared, aparatos que quién sabe lo que pueden decir de nuestra salud, etc. Todo ello algo estremecedor, algo que huele a fosa y que nos lleva a sentirnos tan agonizantes como la pobre Celline.

 Y ahora llega la palabra, palabra que sale tras un silencio cargado de presagios, de una boca con autoridad en un ambiente cargado de símbolos, con voz persuasiva, emotiva y estando nosotros tan temerosamente agónicos como la anciana del vudú. De ahí que esa palabra, que es sólo el ruido de una explosión verbal, tenga la fuerza de un disparo. De manera que si con su voz persuasiva ese médico en el que creemos nos dice que nos quedan tres meses de vida nadie va a impedir ya que a los tres meses -ni un día más, ni un día menos- nos muramos. Pero cierto es también que ese mismo médico, poseedor de los fundamentos en que se asienta el poder de la palabra, puede darnos vida con fonemas que pongan argumento a nuestro deseo de recuperar la salud. Es el poder mágico de nuestros hungan. Lástima que en un establecimiento de la Seguridad Social nuestros hungan sólo tengan tiempo para ejercer de médicos.

Joaquín Grau

Este reportaje aparece en
97
Septiembre 2007
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