El secreto de los pueblos centenarios

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Durante mucho tiempo se ha aceptado que las personas de determinados pueblos especialmente longevos deben su larga vida a una alimentación básicamente vegetariana pero estudios recientes matizan esa información y añaden además otros aspectos que parecen ser igual de relevantes y constituyen toda una lección vital. Y es que lo que de verdad caracteriza a todos ellos es el seguimiento de una dieta sana basada en alimentos no desnaturalizados -no necesariamente vegetariana- en los que asimismo se disfruta de unas relaciones familiares armónicas, donde sus miembros están realmente integrados en la comunidad, se vive en conexión vital con el entorno y la naturaleza, prima el sentido profundo de la vida y no se ha perdido el sentido de lo sagrado y la espiritualidad.

Dicen que en una roca de la isla de Okinawa hay una inscripción que reza: “A los setenta eres aun un niño, a los ochenta un adolescente y a los noventa, si los ancestros te invitan a ir al cielo, pídeles que esperen hasta los cien; puede que te lo concedan”. Pues bien, no se trata de una petición ocurrente ni de la expresión de un deseo inalcanzable: es una realidad constatada ya que en esa isla sus habitantes llegan habitualmente a los 90 años en buen estado de salud siendo muchas las personas centenarias. Excepcional circunstancia que no es por cierto exclusiva de esa isla japonesa ya que existen una serie de lugares en todo el mundo en los que sus habitantes disfrutan de uno de los más ansiados deseos de la humanidad: vivir hasta edad muy avanzada en excelente estado de salud. ¿Y a qué se debe? ¿Cuentan los habitantes de esos pueblos o regiones con algún secreto inmemorial, con algún elixir de la eterna juventud que les mantiene vigorosos y lúcidos hasta más allá del centenar de años? Pues quizás le sorprenda pero todo indica que esos pueblos no son felices por tener una larga vida… sino que tienen una larga vida porque son felices.

Uno de los primeros libros dedicado a los pueblos longevos es The Wheel of Health (La rueda de la salud), lo escribió el Dr. Guy T. Wrench, se publicó originalmente en 1938, ha sido reeditado varias veces y en él se describe a los hunza, pueblo considerado uno de los más felices y sanos de la tierra cuyos miembros –al menos en la época en que se escribió esa obra- no padecía ni diabetes, ni patologías cardiovasculares, ni cáncer, ni envejecimiento prematuro; de hecho ni siquiera tenían farmacias y hospitales. Claro que tampoco tenían policía y cárceles… porque nadie cometía actos criminales.

Ocho años después -en octubre de 1946- la revista Archieves of Pathology publicaba en su nº 42 un artículo titulado Necropsies on Okinawans. Anatomic and pathologic observations (Necropsias de habitantes de Okinawa. Observaciones anatómicas y patológicas) escrito por P. E. Steiner en el que se recogían las observaciones de médicos militares que durante la II Guerra Mundial realizaron autopsias a nativos de Okinawa caídos en combate constatando con asombro que ninguno -incluidos los de edad más avanzada- mostraba signos de tumores, arteriosclerosis, artritis o cualquier otra enfermedad degenerativa.

En diciembre de 1964 sería la revista American Heart Journal la que en su número 68 publicaría un artículo de los cardiólogos E. G. Toomey y P. D. White –este último famoso por haber tratado al presidente Eisenhower de un infarto- en el que éstos relataban su viaje al valle de los hunza y cómo una vez allí examinaron a 25 ancianos de entre 90 y 110 años comprobando que, en efecto, ninguno sufría hipertensión ni patología cardiovascular alguna.

Aquello era tan poco habitual que intentando explicarlo médicos y antropólogos occidentales estudiarían su tipo de vida llegando todos a la conclusión de que la causa principal tenía que estar en la alimentación -bien porque les pareció lo más llamativo, bien porque no supieron tener en cuenta otros factores-  coligiendo que tan buena salud y longevidad se debía al hecho de que seguían  una dieta basada en frutas -frescas y desecadas-, verduras, hortalizas, cereales y frutos secos. Siendo tal conclusión la que haría que durante mucho tiempo se asumiera que la característica principal que permite disfrutar de una larga vida sin problemas de salud es una alimentación básicamente vegetariana. Posteriores investigaciones vendrían sin embargo a matizar tal afirmación. Y es que los hunza siguen una dieta vegetariana… pero solo en verano; el resto del año ingieren también alimentos de origen animal: leche, mantequilla y queso de cabra, oveja y yak. Además hay otros pueblos igual de longevos que tampoco padecen prácticamente enfermedades y tampoco siguen dietas vegetarianas estrictas.

Es por ejemplo el caso de la isla italiana de Cerdeña donde la longevidad es similar como explican Gianni Pes y Michel Pulain en el estudio demográfico que con el título Identification of a Geographic Area Characterized by Extreme Longevity in the Sardinia Island: the AKEA study (Identificación de un área geográfica caracterizada por su extrema longevidad en la isla de Cerdeña: el estudio AKEA) publicaron en 2004 en el nº 39 de Experimental Gerontology. Un texto a partir del cual empezaron a conocerse los lugares en los que habitan los pueblos longevos como "zonas azules" simplemente porque esos autores marcaron en sus mapas con círculos de ese color las zonas de Cerdeña en las que detectaron las mayores concentraciones de longevidad y personas centenarias.

Cabe añadir que en esa misma época un estadounidense que ha recorrido gran parte del mundo en bicicleta, Dan Buettner, se dio cuenta de que en algunos sitios había una cantidad anormalmente alta de personas centenarias y decidió averiguar qué podía haber tras el fenómeno en una investigación que le llevaría a analizar cinco lugares que a su juicio destacaban por ello: las islas de Cerdeña (Italia), Okinawa (Japón) e Ikaría (Grecia), Loma Linda en California (EEUU) -donde la esperanza de vida está 11 años por encima de la media estadounidense- y la península de Nicoya situada en la provincia de Guanacaste (Costa Rica). Lo cuenta en una obra editada por National Geographic que vio la luz en 2010 titulada The Blue Zones: Lessons for Living Longer From the People Who’ve Lived the Longest (Las zonas azules: lecciones para vivir más de la gente que más tiempo ha vivido).

Lista a la que luego se han incorporado otras “zonas azules” en las que la longevidad es proverbial: Campodimele (Italia), la isla griega de Symi, el valle del Vilcabamba en Ecuador y dos pueblos: los abjasios –nacionales de Abjasia, país que se independizó de Georgia en 1992- y los guaraníes –pueblo indígena desperdigado hoy por varios países sudamericanos.

 

¿ES LA ALIMENTACIÓN LA CLAVE?

 

En fin, hablamos de personas centenarias -en especial las que viven en las islas- en cuya dieta habitual se incluye pescado e incluso -en menor medida- carne; es decir, que no siguen una estricta dieta vegetariana. ¿Cuál es entonces el secreto de sus largas y sanas vidas? Pues todo indica que una serie de factores que sí son comunes a todos. Para empezar, todos se alimentan con productos frescos naturales y comen animales que viven en estado salvaje o semisalvaje y no encerrados y hacinados en granjas o establos a los que se alimenta con hierbas o granos llenos de pesticidas o piensos industriales. Los hunza por ejemplo consumen carne animal rica en grasas saturadas que cocinan con un aceite de semilla de albaricoque que fabrican ellos mismos. En Okinawa consumen arroz integral y patatas dulces ricas en antioxidantes pero también carne de animales salvajes además de productos derivados de la soja que, a buen seguro, no son transgénicas. Los abjasios ingieren a diario por su parte uno o dos vasos de una leche agria parecida al kéfir que denominan matzoni consumiendo en lugar de pan una pasta hecha con maíz cocido y machacado a la que no se añade sal llamada avista además de grandes cantidades de ajo y mucha fruta y verdura fresca o cocinada muy lentamente; bebiendo solo agua de manantial -ni café ni té- y un vino tinto seco de baja graduación alcohólica fabricado por ellos mismos. Los habitantes de Symi preparan su propio aceite de oliva virgen, hacen el pan con harina de grano entero y su carne procede de conejos salvajes. En suma, los pueblos longevos no se caracterizan por ser vegetarianos; sus habitantes toman leche, queso, yogur, pescado, carne animal y grasas saturadas además de carbohidratos, legumbres, cereales, frutas y vegetales. La diferencia es que sus animales están sanos, viven en libertad, se alimentan con vegetales libres de pesticidas y no han recibido para que engorden más rápidamente antibióticos u hormonas; y además cocinan la carne solo a fuego muy lento. Y, por supuesto, no ingieren carbohidratos y cereales refinados, bebidas alcohólicas industriales, azúcar blanco o alimentos envasados, enlatados procesados o precocinados llenos de azúcares y aditivos y conservantes tóxicos.

Destacando en todos los casos otro factor importante: la calidad del agua que beben. Sea ésta del rio Hunza que baja desde los picos nevados del Himalaya o la de las aguas termales de los manantiales del valle de Vilcabamba. De hecho su importancia se está actualmente estudiando si bien centrándose solo en la presencia en ella de minerales como el calcio y el magnesio. No hace mucho podía leerse por ejemplo en la revista trimestral Tecnología en marcha un trabajo coordinado por Darner A. Mora-Alvarado titulado Diferencias de la dureza del agua y las tasas de longevidad en la península de Nicoya y los otros distritos de Guanacaste –conocidas zonas de Costa Rica- según el cual puede colegirse que parece existir relación entre la longevidad y la presencia natural en esa agua de calcio y magnesio. Un trabajo que concluye aseverando que “el análisis obtenido en el estudio de tendencias y la comparación entre los datos de dureza del agua y las tasas promedio de longevidad sugieren que el agua clasificada como ‘moderadamente dura’ y ’dura’ es la recomendable para el consumo de los minerales de calcio, magnesio y otros para optar por una larga y buena vida en los seres humanos residentes en las zonas respectivas”. Añadiendo: “Se recomienda verificar si el consumo de agua moderadamente dura y dura son un factor protector común en la calidad y longevidad de los habitantes de las otras zonas azules del mundo: Cerdeña (Italia), Okinawa (Japón), Loma Linda (California, EEUU) e Icaria (Grecia)”.

 

ENTORNO Y RITMO DE VIDA SALUDABLES

 

En suma, todo indica que la alimentación y la calidad del agua son vitales para la buena salud y la longevidad… pero hay además otros factores a tener en cuenta. Destacando varios:

1) Las personas longevas suelen vivir en lugares no contaminados por lo que respiran un aire limpio y rico en oxígeno bebiendo agua pura de manantial rica en minerales.

2) Se alimentan básicamente de frutas -frescas y desecadas-, verduras, hortalizas, cereales y frutos secos sin tostar pero no descartan el consumo moderado de pescado y carne procedente de animales sanos. Eso sí, no consumen carbohidratos y cereales refinados, bebidas alcohólicas industriales, azúcar blanco o alimentos envasados, enlatados procesados o precocinados llenos de azúcares y aditivos y conservantes tóxicos.

3) Se trata de personas muy activas que hacen mucho ejercicio físico; de hecho suelen desplazarse casi siempre caminando. Y trabajan muchas horas al día al aire libre ya que la mayoría son agricultores o pescadores. En la isla griega de Symi sus habitantes renunciaron por ejemplo a las barcas a motor y se desplazan solo remando.

4) Respetan los ciclos circadianos, los ritmos de la naturaleza. De ahí que se levanten al amanecer y se acuesten cuando el sol se pone.

5) Son sexualmente activos hasta edades muy avanzadas. Algunos hunza aseguran que incluso cumplidos los 100 años. Y carecen de tabúes sexuales, algo que según el antropólogo Bronislaw Malinowsky hace tener menos comportamientos violentos, perversiones y patologías psíquicas. Algunos son incluso promiscuos.

6)  No padecen estrés ya que sus vidas son apacibles, tranquilas y armoniosas. De hecho muchos no llevan reloj y los comunitarios –pocos- a menudo no están en hora o no funcionan. Y.

7) Viven con ilusión, tienen objetivos vitales. Un concepto que en Okinawa se conoce como ikigai, palabra que podría traducirse como “la razón por la que te despiertas cada mañana”. Algo no posible si uno se levanta cada mañana sabiendo que va a vivir inevitablemente una jornada alienante haciendo un trabajo que no le aporta satisfacciones solo porque debe sobrevivir. La falta de ilusión enferma, deprime y a la larga lleva a una muerte prematura.

En suma, el componente físico no parece ser el más decisivo. La clave está en la actitud y la manera de vivir. Por eso quienes visitan estas privilegiadas comunidades destacan el carácter abierto y positivo de sus gentes, su expresividad y buen humor, la importancia que tienen las familias, los amigos y las comunidades sociales y la especial consideración que confieren a los ancianos. De hecho un antiguo proverbio abjasio reza: “Además de a Dios necesitamos a los ancianos del pueblo”.

Es interesante señalar que incluso comparten conceptos sobre la salud y la enfermedad que poco tienen que ver con la visión de la llamada “medicina moderna” basada en pruebas analíticas centradas en lo material que se limita a ofrecer meros tratamientos farmacológicos. Para estos pueblos no existen realmente las enfermedades sino personas enfermas que pueden haber sufrido alguna alteración orgánica por causa de un trauma físico, malos hábitos o envenenamiento accidental, una alteración psicoemocional debido a una mala relación con alguien o a la violación de las normas sociales de conducta o una alteración de naturaleza espiritual.

En suma, las personas de esos pueblos son longevas porque son felices y viven en armonía con los demás y con la Naturaleza, no porque posean una genética distinta o haya en sus comunidades una fuente de la juventud o un elixir que les mantenga sanos y eternamente jóvenes. Su secreto es fluir con la vida y estar imbricados espiritualmente con lo trascendente, con lo sagrado; aunque sea a través de prácticas religiosas tradicionales de mero carácter simbólico.

 

Jesús García Blanca
 



Pueblos y poblaciones más longevas

Aunque las razones de la longevidad de los pueblos y poblaciones que vamos aquí a mencionar ya se apuntan en el texto central del reportaje damos a conocer algunas de las características propias de los mismos según los trabajos publicados a los que hemos tenido acceso. Son éstas:

Okinawa. Probablemente el más estudiado de los pueblos longevos sea el que vive en la prefectura japonesa de Okinawa, lugar de origen del kárate. Se trata de un archipiélago compuesta por 160 pequeñas islas de las que sólo la cuarta parte están habitadas. Está considerado uno de los lugares del mundo con menor índice de enfermedades crónicas y mayor longevidad; de hecho la cantidad de centenarios es cinco veces mayor que la media mundial -el 90% mujeres- y en su dialecto no existe la palabra jubilación. Se trata de un caso que lleva estudiándose a fondo desde 1975, año en el que los doctores Makoto Suzuki, Bradley Wilcox y Craig Wilcox coordinaron un equipo internacional que constató que el sistema inmune de los ancianos estaba en perfecto estado, todos  eran delgados y poseían elevados niveles de hormonas sexuales así como una magnífica salud mental. Curiosamente, la población utiliza la expresión Ishoku-dogen, que significa "el alimento y la medicina provienen de la misma fuente” y recuerda la máxima hipocrática “Que tu alimento sea tu medicina”.

Cabe añadir que en Okinawa se cultivan casi quinientas especies de hierbas que se utilizan como alimentos y como remedios medicinales predominando los productos de soja -como el tofu-, las algas kombu -ricas en yodo- los vegetales de hoja verde, las patatas dulces -muy ricas en antioxidantes-, los granos enteros, el arroz integral, el pescado fresco, el cerdo salvaje, un vegetal de consumo habitual llamado goya que es una especie de pepino amargo muy utilizado por la Medicina China por reducir la cantidad de glucosa en sangre y la batata morada, muy rica en flavonoides, carotenoides, licopeno y vitamina E. En cambio no consumen ni azúcares, ni harinas refinadas, ni carnes rojas. Queda decir que su suelo es particularmente rico en minerales -debido a las aguas marinas que circundan el archipiélago- y que sus bebidas preferidas son el té verde con jazmín, un agua rica en calcio y una bebida hecha con arroz fermentado llamada awamori.

El pueblo guaraní. Los guaraníes vivían en una amplia zona situada entre las Antillas y el Paraná -desde los Andes hasta el Océano Atlántico- estando hoy desperdigados por Argentina, Paraguay, Brasil y Bolivia viviendo hoy muchos de sus miembros hasta los 100 e, incluso, 120 años. Es más, hay naturalistas y exploradores que aseguran haber conocido a personas con más de 160 años. Es un pueblo que cuida mucho la higiene, ayuna de forma frecuente y sigue una alimentación muy sobria. De hecho tratan a los enfermos haciéndoles simplemente ayunar y descansar, si es necesario durante períodos prolongados. En cuanto a su alimentación es básicamente vegetariana destacando el consumo de mandioca, batata dulce, bananas y piña. Además consumen mate y té con fines medicinales. Sus antepasados nunca cazaron animales viviendo solo de vegetales.

Abjasios. En el idioma de Abjasia -país que se independizó de Georgia en 1992 no existe la palabra viejo sino una que significa “gente de larga vida”. Y que no es una expresión hueca lo ilustra una significativa anécdota relatada por la antropóloga Sula Benet: “No hace mucho en la aldea de Tanush, en Abjasia, república de la antigua Unión Soviética, levanté mi copa de vino para brindar con un hombre que no parecía mayor de 70 años. ¡Ojalá vivas más que Moisés! (120 años) -le dije-. Pero no le agradó mi comentario: ¡tenía 119 años!” Hoy sabemos que muchos investigadores -especialmente soviéticos- han constatado que los abjasios -incluidos sus numerosos ancianos centenarios- no sufren ni arteriosclerosis, ni cáncer, ni enfermedades mentales. Uno de ellos, el gerontólogo Gregori Stichinava, estudió a los dogazhitili – cuyo nombre significa “los hombres que viven mucho”-, pueblo abjasio del sur del Cáucaso y encontró a 190 personas con más de 100 años y a unas 1.500 con más de 90. Algo que según infirió se debe a una filosofía que se resume en esta frase: “No hacer demasiado, tanto para lo más como para lo menos”. Eso así, hablamos de un pueblo que vive en un lugar con aire limpio, bebe agua de manantial y sigue una alimentación a base de manzanas, mandarinas, pimientos rojos picantes secos, arroz y harina de maíz, nueces, coles, raíces, legumbres secas y leche agria. Sin azúcares, carbohidratos refinados y alcohol industrial; solo ingieren un vino artesano que beben con mucha moderación. Dieta que complementan con muchas especias antioxidantes, antiinflamatorias y potenciadoras del sistema inmunitario como la canela, el laurel, el cilantro, el eneldo, el tamarindo, el clavo, el chile y el orégano.

El pueblo de Campodimele. El nombre significa “campo de miel” y en Europa es conocido como “el pueblo de la eterna juventud”. Se trata de una pequeña aldea situada en una colina ubicada entre Roma y Nápoles en cuyo corazón se conserva una antigua villa medieval amurallada del siglo XI. La esperanza de vida de sus habitantes es de 95 años pero es fácil encontrar vecinos que superan los 100. Sus habitantes siguen una dieta rica en fruta fresca y vegetales cultivados en suelos muy fértiles e intensamente mineralizados, hacen ejercicio de forma cotidiana, respetan los ritmos de la naturaleza acostándose temprano y levantándose al amanecer, consumen muy poca carne y solo proveniente de sus propios animales y mantienen una actitud vital positiva por lo que apenas padecen estrés. Y como viven cerca del mar predomina en su dieta el pescado fresco.

Los habitantes de Symi. Se trata de una isla griega situada muy cerca de la costa oeste de Turquía -junto a la gran isla de Rodas- de apenas tres mil habitantes que, sin embargo, disfrutan de vidas muy largas y poseen hasta edades muy avanzadas una apariencia atlética y vigorosa. Ingieren básicamente vegetales -consumiendo mucho ajo y salsa de tomate-, pan integral casero, queso feta, sésamo, sardinas (ricas en omega-3) y mucho aceite de oliva primera presión en frío. Y al igual que otros pueblos longevos respetan los ciclos de la naturaleza y hacen mucho ejercicio físico.   

Vilcabamba. Conocido como "el valle de la longevidad" e incluso como “el país de los viejos más viejos del mundo” se ubica 50 kilómetros al sur de Loja, la ciudad más austral de Ecuador, siendo sus habitantes de origen inca. En él viven hoy unas 3.800 personas, muchas de ellas centenarias que se caracterizan por una sorprendente flexibilidad y fortaleza muscular no diferenciándose su columna vertebral, huesos, corazón, arterias y retinas de las de alguien de 45 años. De estilo de vida similar al de los pueblos antes citados se trata de un lugar de clima benigno y apacible atmósfera regado por el agua pura de los ríos Chamba y Uchima, muy rica en magnesio y otros minerales que además está en contacto con las raíces de un árbol de conocidas propiedades medicinales -el huilco- que es de hecho el que dio nombre al pueblo -Vilcabamba deriva de Huilca Pamba o valle del árbol sagrado– y al que algunos expertos, por reducción, achacan la longevidad de sus habitantes. 
 

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Febrero 2016
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