El sinsentido de los diagnósticos psiquiátricos: el Experimento Rosenhan

Que muchas de las patologías psiquiátricas son tan inexistentes como ineficaces los tratamientos que se dan a los desdichados a quienes se etiqueta con ellas se ha denunciado ampliamente en esta revista; de hecho lo saben tanto los psiquiatras como las autoridades sanitarias que aun así mantienen la farsa. Al menos desde que hace 23 años un profesor de Psicología de la estadounidense Universidad de Stanford llamado David Rosenhan decidió demostrarlo acudiendo él mismo y otros siete colegas sanos a varias instituciones mentales diciendo que sufrían lo que los psiquiatras llaman “alucinaciones acústicas”. Pues bien, se les creyó -a siete se les diagnosticó esquizofrenia y a uno psicosis maniaco-depresiva-, cuando confesaron la verdad nadie les hizo caso, se les retuvo una media de 19 días -a Rosenhan 52- y solo les dejaron salir tras admitir que entraron enfermos y la medicación -que no tomaron- les había mejorado. El caso se publicaría nada menos que en Science. Realmente grotesco.

El sinsentido de los diagnósticos psiquiátricos: el Experimento Rosenhan

En Discovery DSALUD llevamos años denunciando el sobrediagnóstico de las denominadas “enfermedades mentales” y su consiguiente hipermedicación destacando ante todo el gigantesco impacto negativo que ello está teniendo en cientos de miles de niños y adolescentes de todo el mundo a los que se está drogando injustificadamente con psicofármacos tan inútiles como iatrogénicos. Basta para comprobarlo leer en nuestra web –www.dsalud.com– los artículos que con los títulos El metilfenidato, fármaco con el que se trata la Hiperactividad, es una droga adictiva e inútil que además incita al suicidio, El Metilfenidato (Rubifen) recetado a niños con hiperactividad es potencialmente peligroso, Juan Pundik: “No podemos consentir que se medicalice a los niños”, Postulan dar fármacos a los niños y adolescentes no sumisos: la enfermedad de la rebeldía, ¿Es la Psiquiatría una disciplina científica o una estafa?, Aumenta el número de niños tratados de una enfermedad inexistente: el Déficit de Atención e Hiperactividad, Profesionales sanitarios se plantan ante “la Biblia de los trastornos mentales”, ¿Es la mala salud intestinal la causa del autismo y otras patologías neurológicas?, El Trastorno Límite de la Personalidad, otra enfermedad inexistente y Psiquiatras: policías del pensamiento aparecieron en los números 80, 84, 104, 118, 128, 138, 140, 145, 146 y 152 respectivamente.

Denuncias que corroborarían posteriormente dos prestigiosos psiquiatras a los que tuvimos oportunidad de entrevistar. Uno de ellos nada menos que el psiquiatra norteamericano Allen Frances -presidente del grupo de trabajo del DSM-IV (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), la “biblia” de los diagnósticos y tratamientos psiquiátricos- tras publicar su libro ¿Somos todos enfermos mentales? Manifiesto contra los abusos de la Psiquiatría en el que se desvela claramente la gran mentira creada por las multinacionales farmacéuticas en torno a las enfermedades mentales, su impacto real en la salud de la población y la medicalización abusiva y sin sentido a la que se está sometiendo a millones de personas. No hay pruebas biológicas -nos contó- que determinen la presencia o ausencia de trastornos psiquiátricos y no hay una línea brillante que separe a los que están enfermos de los que no lo están. Por eso han logrado hacer creer que situaciones normales como la tristeza o las preocupaciones, inherentes a la condición humana, pueden ser ‘trastornos mentales’. O que a un niño muy activo se le diagnostique como hiperactivo. O que se considere la timidez una enfermedad. Y una disminución de la libido, del interés por el sexo, una disfunción patológica. Situaciones humanas normales quieren que se traten con fármacos. ¡Fármacos para todo!”. Allen Frances añadiría: “En el ámbito de la Psiquiatría todo diagnóstico es subjetivo y, a menudo, falible. Téngase en cuenta que un diagnóstico correcto puede ser el punto de inflexión para una vida mucho mejor pero también para llevar a alguien sano, si es inexacto, a recibir un tratamiento innecesario -a veces durante toda su vida- e, incluso, a estigmatizarle socialmente”. La entrevista apareció en el nº 177 con el título Allen Frances: “Las multinacionales farmacéuticas se han vuelto más peligrosas que los cárteles de las drogas y puede leerse en nuestra web: www.dsalud.com.

El otro fue el Dr. Javier Álvarez, Jefe del Servicio de Psiquiatría del Complejo Asistencial Universitario de León, quien cuenta con 39 años de práctica profesional, miles de pacientes tratados e incontables horas dedicadas al estudio de la mente y su relación con el cerebro para quien se están diagnosticando como trastornos mentales simples casos de “automatismos mentales hipersincrónicos”, algo que define como Hiperia y no justifica medicación. Lo contó en el artículo que con el título Dr. Javier Álvarez: “Se están diagnosticando como trastornos mentales procesos que en realidad no son patológicos” publicamos en el nº 183 e invitamos de nuevo a leer en nuestra web. Texto en el que, entre otras muchas cosas, dijo: “Como el modelo médico actual impone que hay que categorizar las manifestaciones consideradas ‘anómalas’ basta con que aparezcan, sea cual sea la intensidad con la que se manifiesten, para que se las etiquete con el nombre de enfermedad. Y como esas manifestaciones pueden ser diferentes en cada momento ocurre que una misma persona a lo largo de su peregrinar por los consultorios psiquiátricos se encuentra con diagnósticos distintos según el momento en que sea evaluado. De hecho a un gran número de enfermos a los que primero se les dice que son bipolares luego se les diagnostica como esquizofrénicos y finalmente como esquizoafectivos, es decir, que padecen esquizofrenia y trastorno bipolar. Esa comorbilidad de tantas enfermedades en una misma persona es lo que afortunadamente está acabando con el actual modelo de la Psiquiatría. Porque lo que está pasando empieza a parecer un cachondeo; hay gente que acude al psiquiatra alegando estar deprimido y al cabo de unos años termina teniendo 10 diagnósticos con 10 tratamientos diferentes. ¡Y le aseguro que los pacientes saben bien de lo que estoy hablando!”

La realidad es que en las últimas décadas los psiquiatras, asumiendo lo que dictan los laboratorios farmacéuticos, se han dedicado a aumentar el número de “enfermedades mentales” y a asegurar que la solución está en tratarlas con fármacos químicos cuando ¡ni uno sólo ha demostrado su eficacia! Un negocio que mueve miles de millones de euros anuales en todo el mundo. Y a pesar de todo, ¿han descendido las enfermedades mentales? No. Según la psiquiatría han aumentado. ¿Ha descendido el número de ingresos hospitalarios? No. ¿Han descendido como consecuencia de tanto fracaso los fondos públicos dedicados a las llamadas “enfermedades mentales”? Tampoco. ¿Cómo se consiente pues semejante manipulación?

ESTAR SANO EN LUGARES INSANOS

Lo singular es que lo que estos dos psiquiatras plantean hoy públicamente -y muchos compañeros comparten en silencio- no es nuevo; han sido -y son- muchos los médicos que se han preguntado si realmente puede diferenciarse bien a una persona cuerda de una mentalmente enferma, casos extremos y evidentes aparte. En 1963 se estrenó en Estados Unidos una película titulada Corredor sin retorno en la que un ambicioso periodista, Johnny Barrett, obsesionado por ganar el Premio Pulitzer, decide ingresar en un psiquiátrico haciéndose pasar por loco e investigar así un asesinato cometido en el centro solo que una vez en su interior va poco a poco perdiendo el sentido de la realidad. Pues bien, influyera o no en él la película un profesor de Psicología de la Universidad de Stanford llamado David L. Rosenhan –fallecido en 2012 a los 82 años- decidió en 1969 probar que los diagnósticos psiquiátricos no tienen base, que la diferencia entre gente normal y gente mentalmente enferma no es tan evidente como quieren hacernos creer los psiquiatras.

Y para demostrarlo él mismo y siete colaboradores -dos psicólogos, un psiquiatra, un pediatra, un pintor, una ama de casa y un estudiante de Psicología de 20 años- acudieron a distintos psiquiátricos de Estados Unidos con nombres falsos –en el caso del propio Rosenhan solo el director del centro donde ingresó conocía su identidad- alegando simplemente que escuchaban voces extrañas en sus cabezas; es decir, que tenían “alucinaciones auditivas”. Pues bien, todos ellos fueron considerados personas mentalmente enfermas e internados.

Una vez dentro y tras un breve período de nerviosismo y ansiedad -comprensible dado el entorno aunque desapareció rápidamente- los falsos enfermos se comportaron ya con absoluta normalidad -sin volver a decir que oían voces- hablando e interaccionando con el personal sanitario y los demás pacientes y cumpliendo todas las instrucciones… salvo la de tomarse los fármacos que arrojaron al retrete. Hasta se permitieron tomar notas escritas a diario sobre sus experiencias. Pues bien, al cabo de un tiempo todos comunicaron a los responsables de sus establecimientos que se encontraban bien, no habían sufrido más alucinaciones y querían el alta pero no fueron creídos y tuvieron que permanecer recluidos una media de 19 días (Rosenhan 52). Y eso que Rosenhan les dejó claro que deberían salir del centro en el que se internaran convenciendo a sus médicos -y demás personal- de que estaban cuerdos. ¿Y qué pasó? Rosenhan lo cuenta así en el artículo On being sane in insane places (Estar sano en lugares insanos) que publicó en 1973 en Science sobre ello: “A pesar de nuestra pública muestra de cordura los falsos enfermos no fuimos detectados. Se nos admitió con diagnóstico de esquizofrenia -salvo a uno al que se diagnosticó psicosis maniaco-depresiva- y se nos dio el alta como pacientes de ‘esquizofrenia en remisión’. Y la etiqueta ‘en remisión’ no debe considerarse una mera formalidad porque en ningún momento de la hospitalización se planteó una posible simulación. Tampoco hay indicación alguna en los registros de los hospitales de que se sospechara de falsos enfermos. Antes bien, hay claras evidencias de que una vez considerados esquizofrénicos todos los falsos enfermos quedamos con esa etiqueta. De ahí que a todos se nos diera de alta como esquizofrénicos ‘en remisión’; a juicio de esas instituciones habíamos estado pues realmente enfermos”.

Lo llamativo, según Rosenhan, es que mientras ningún miembro del personal se dio cuenta de la farsa hubo pacientes que sí se percataron preguntándoles si eran periodistas, profesores o investigadores. Algo que atribuye al hecho de que los médicos asumen mejor diagnosticar erróneamente como enfermo a alguien sano que diagnosticar como sano a alguien enfermo. Actitud que a su juicio no es aplicable al caso de los psiquiatras porque –explica- “las enfermedades médicas, aunque desafortunadas, no son normalmente peyorativas; en cambio los diagnósticos psiquiátricos conllevan estigmas personales, legales y sociales”.

Como era de esperar la publicación del trabajo suscitó una airada reacción de rechazo -incluso por colegas de Rosenhan- alegándose que el experimento adolecía de errores. Actitud defensiva ante la que éste respondió anunciando que en los siguientes tres meses iba a efectuar un segundo experimento “colando” uno o más falsos enfermos ” en un hospital de investigación y enseñanza cuyo personal había puesto públicamente en duda que ellos hubieran cometido tal error si se les hubiera elegido. Advertencia ante la que el hospital se puso en guardia pidiendo a su personal que valorara en admisiones a cada enfermo de 1 a 10 dando su parecer sobre si se trataba o no de un caso real. Transcurridos los tres meses se constató que de los 193 enfermos admitidos 41 fueron calificados de posibles falsos casos por al menos un miembro del personal, a 23 los consideró sospechosos al menos un psiquiatra y a 19 les parecieron sospechosos a un psiquiatra y a otro miembro del personal. ¿La verdad? Rosenhan no intentó colar a nadie como había dicho… y demostró que la fiabilidad de los diagnósticos es más que discutible. “Basándonos parcialmente no sólo en consideraciones teóricas y antropológicas sino también filosóficas, legales y terapéuticas -diría en uno de sus artículos- toma fuerza la postura de que la categorización psicológica de la enfermedad mental es en el mejor de los casos inútil y claramente perjudicial, engañosa y peyorativa en el peor. Los diagnósticos psiquiátricos están en la mente de los observadores; no son resúmenes válidos de las características que muestra el observado”.

Terminamos indicando que Rosenhan fue pionero en la aplicación de métodos psicológicos en los procesos judiciales siendo hoy sus trabajos fundamentales en los modernos procesos de selección de los jurados populares.

ETIQUETAS IMBORRABLES

Rosenhan, al analizar luego lo acaecido, destacaría la fuerza que tiene el “etiquetado” de una evaluación psiquiátrica, hasta qué punto influye el hecho de que a alguien se le asigne una determinada “enfermedad” mental: “Una vez se considera ‘anormal’ a una persona todos sus comportamientos y características quedan teñidos por esa etiqueta. Es tan poderosa que muchos de los comportamientos normales de los falsos enfermos fueron profundamente malinterpretados (…) Por lo que he podido determinar los diagnósticos no los modelaron las circunstancias vitales de los falsos enfermos; fue más bien a la inversa: sus circunstancias se valoraron en función del diagnóstico”. Rosenhan aporta varios ejemplos de cómo hasta el historial de los pacientes anterior a su ingreso se contempló y redactó luego desde la perspectiva del nuevo diagnóstico considerando circunstancias normales y habituales de la vida -como discusiones o malas relaciones familiares- señales inequívocas del trastorno mental diagnosticado. Aunque éste fuera inexistente.

Una etiqueta psiquiátrica -explica Rosenhan- tiene vida e influencia propias. Una vez se tiene la impresión de que un paciente es esquizofrénico la expectativa es que seguirá siendo esquizofrénico. Considerándose si éste no hace nada extraño durante suficiente tiempo que está en remisión y puede dársele el alta. Pero la etiqueta perdura más allá del alta y quedará siempre la expectativa no confirmada de que antes o después se comportará nuevamente como esquizofrénico. Y esas etiquetas puestas por los profesionales de la salud mental influyen tanto en el paciente como en sus parientes y amigos por lo que a nadie debería sorprender que el diagnóstico actúe sobre todos ellos como una profecía autocumplida. Hasta que finalmente el propio paciente acepta el diagnóstico, con todos sus significados y expectativas sobreañadidas, y se comporta en consecuencia”.

En pocas palabras, comportamientos habituales de los seres humanos pasan a considerarse patológicos si quien los tiene es alguien a quien un psiquiatra ha etiquetado -aunque su diagnóstico sea erróneo o falso- como afecto de una enfermedad mental psiquiátrica. Rosenhan lo explica: “Los cuerdos no estamos siempre ‘sanos’. Todos perdemos los estribos sin buenas razones. Todos sufrimos en ocasiones depresión o ansiedad sin causas justificadas. Y todos podemos tener dificultades para llevarnos bien con unas u otras personas sin razones concretas. Y tampoco los locos están siempre ‘locos’. Y del mismo modo que carece de sentido etiquetarnos de deprimidos porque lo estamos de vez en cuando se precisan más y mejores evidencias para etiquetar de esquizofrénico o loco a alguien solo porque sus comportamientos y pensamientos son extraños”. Especialmente si se les valora estando en un centro psiquiátrico ya que en ellos se despersonaliza a los ingresados, se les hace sentirse invisibles y hasta indignos de consideración dado el trato que a veces reciben.

Lo increíble es que 45 años después de las lúcidas denuncias de Rosenhan la Psiquiatría sigue sin hacer autocrítica; y eso que sus advertencias estaban bien fundamentadas: “Las necesidades para el diagnóstico y corrección de los problemas conductuales y emocionales son enormes pero en lugar de reconocer que estamos aún intentando comprenderlo seguimos etiquetando a personas como ‘esquizofrénicas’, ‘maníaco-depresivas’ o ‘locas’ como si con esas palabras capturáramos su esencia. Sabemos desde hace mucho que los diagnósticos no son útiles ni fiables pero continuamos usándolos. Hoy sabemos que no podemos distinguir la cordura de la locura. Y es deprimente tener en cuenta cómo se utilizará además esa información. No, no es solo deprimente: es aterrador. Me pregunto cuántas personas sanas habrá internadas en nuestras instituciones psiquiátricas y a cuántas se les habrá despojado injusta e innecesariamente de sus privilegios ciudadanos, desde el derecho al voto hasta el de manejar sus propias cuentas (…) Un error en el diagnóstico psiquiátrico no tiene las mismas consecuencias de un error de diagnóstico médico. Un diagnóstico equivocado de cáncer es motivo de celebración pero es muy raro que se acepten diagnósticos psiquiátricos equivocados. La etiqueta psiquiátrica de anormalidad es para siempre”.

VIGENCIA ACTUAL

Suponemos que el lector no habitual de nuestra revista se estará preguntando si lo que denunció Rosenhan hace varias décadas se ha resuelto o la situación sigue prácticamente igual… porque el habitual conoce bien la respuesta; basta leer los artículos citados al principio de este texto. No quisimos sin embargo dejar pasar la oportunidad de preguntar su opinión al doctor Javier Álvarez, Jefe del Servicio de Psiquiatría del Complejo Asistencial Universitario de León.

-¿Qué vigencia sigue teniendo a su juicio el estudio de Rosenhan, doctor?

-Sigue estando vigente en la medida en que muchos enfermos psiquiátricos continúan recibiendo de sus cuidadores el mismo trato inhumano que describió Rosenhan pese a que el hospital psiquiátrico al que él culpaba en gran medida de tales situaciones degradantes ha desparecido, al menos en los países más desarrollados. De hecho la principal debilidad de su estudio fue atribuir ese tipo de relación a la estructura del hospital psiquiátrico porque ésta ha desaparecido y el trato despersonalizad persiste.

-¿Cómo es hoy el modelo de atención psiquiátrica en los centros especializados españoles?

-El antiguo hospital psiquiátrico ha sido sustituido por diversos dispositivos asistenciales. En primer lugar están los Centros de Salud Mental que se ocupan de los tratamientos ambulatorios. Y para los pacientes que necesitan ser hospitalizados contamos con unidades de Corta Estancia, Media Estancia y Larga Estancia. De hecho este cambio se debe en gran medida a trabajos como el de Rosenhan y otros similares. A fin de cuentas surgen con el objetivo principal de mantener a los pacientes lo más integrados que sea posible en su comunidad, en su entorno natural. La antigua psiquiatría manicomial ha sido en suma sustituida por lo que ahora se llama Psiquiatría Comunitaria.

-¿Y la situación de los enfermos en tales dispositivos asistenciales es realmente diferente o persisten la deshumanización y despersonalización?

-La verdad es que en ese aspecto continúa siendo parecida; los esquizofrénicos, por ejemplo, siguen siendo tratados con una desconfianza global que lleva a su anulación como personas. El término esquizofrenia sigue siendo sinónimo de enfermedad grave y deteriorante y cuanto más argumenta alguien que no está enfermo ¡menos credibilidad ofrece a sus cuidadores! Lo sabe bien cualquiera que haya estado ingresado por esquizofrenia. La única forma de que el personal tratante escuche y atienda a quien tal cosa afirma pasa porque éste admita antes que padece la enfermedad que se le ha diagnosticado, acepte tomar la medicación y reconozca incluso que ésta le va haciendo poco a poco efecto beneficioso. Negar la enfermedad sólo sirve para prolongar el ingreso. Hoy como ayer. Lamentable y vergonzoso pero cierto. Especialmente porque la esquizofrenia es una presunta enfermedad postulada por Bleuler hace algo más de un siglo y a pesar del tiempo transcurrido no se ha encontrado prueba o marcador biológico alguno de su existencia. Bueno, pues aún así a las personas a las que se diagnostica esquizofrenia se las medica de por vida al considerarse una enfermedad incurable que en cualquier momento puede rebrotar si se deja la medicación. Y otro tanto cabe decir del trastorno bipolar. La verdad sin embargo es que las llamadas “recaídas” se producen igualmente con o sin tratamiento farmacológico.

Hasta aquí las breves declaraciones del Dr. Álvarez quien expuso ampliamente su parecer sobre los problemas mentales en la entrevista que le hicimos y apareció publicada en el nº 183. Nosotros terminamos recordando nuevamente que el expresidente del grupo de trabajo del DSM-IV (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), Allen Frances, nos dijo textualmente que “los medicamentos psiquiátricos están siendo salvajemente sobreutilizados en personas que no lo necesitan” añadiendo sin tapujos que “las multinacionales farmacéuticas se han vuelto más peligrosas que los cárteles de las drogas”; y si eso lo afirma un conocido psiquiatra de tan alto conocimiento y cargos de responsabilidad internacional, ¿cómo se explica que las autoridades sanitarias y políticas no reaccionen?

Francisco Sanmartín

Este reportaje aparece en
193
Mayo 2016
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