El tratamiento natural de las hepatitis

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En cuanto el ministro español de Sanidad, Alfonso Alonso, anunció que el Gobierno ha decidido gastarse 727 millones de euros para tratar a 51.964 españoles con los nuevos antivirales para la hepatitis C la presión de los medios de comunicación cedió de inmediato. Y eso que los fármacos –Olysio y Sovaldi– no han demostrado la eficacia que se les supone; de hecho el ministerio y sus adláteres ya han comunicado curándose en salud que el objetivo principal de los mismos es “disminuir la morbimortalidad” que causa el virus así como mejorar la prevención, el diagnóstico, el tratamiento y el seguimiento de los pacientes”. Y para tan exiguo propósito va a gastarse una cantidad de millones de euros absolutamente injustificada cuando hay fármacos, terapias y estrategias tan eficaces o más que las postuladas y a un precio infinitamente menor. Lo explicamos.

Las estadísticas de mortandad en Europa revelan que las enfermedades hepáticas constituyen ya la quinta causa de muerte destacando entre ellas la hepatitis. Calculándose que hay en el mundo unos 170 millones de personas afectadas cuyos hígados se fibrosarán antes o después y que en casos graves darán lugar a hepatocarcinomas; normalmente en un proceso lento pero en algunos casos de una forma rápida que desemboca en la muerte.

Lo singular es que desde un punto de vista fisiológico el hígado es uno de los órganos más “jóvenes” del organismo pues se renueva por completo cada 5 meses; es pues de los que tiene mayor capacidad de regeneración. De hecho se ha comprobado que basta injertar una cuarta parte a alguien al que ha sido necesario extirpárselo quirúrgicamente para que vuelva a reproducirse en su totalidad; luego resulta muy extraño que un órgano con tanta capacidad de regeneración sea tan frágil ante un simple virus.

Hablamos de un órgano formado por hepatocitos, células ultraespecializadas que entre otras muchas funciones se ocupan de metabolizar proteínas, carbohidratos y grasas, de desintoxicar el organismo, del reciclado parcial de la sangre, de la estabilización y almacenamiento de la glucosa, del control y regeneración de las grasas y de la producción de sales biliares. El hígado es de hecho el principal órgano de detoxificación del organismo pero precisamente por eso es también muy sensible a las sustancias químicas tóxicas, incluidos los fármacos y el alcohol.

Pues bien, cuando el hígado se intoxica e inflama durante mucho tiempo parte del mismo se fibrosa. Y es que el sistema inmune envía a la zona citoquinas proinflamatorias -como los TNF y las interleuquinas IL-6 e IL-12- que provocan en los hepatocitos -que conforman el 80% de la masa hepática- un estrés oxidativo que les lleva a la muerte siendo entonces reemplazados por los miofibroblastos que conforman el tejido fibrogénico. En pocas palabras, es la inflamación crónica lo que transforma lentamente un hígado sano en un hígado fibroso o cirrótico siendo este segundo caso el que da lugar al 90% de los cánceres hepáticos. Así lo avaló en 2007 un equipo coordinado por la Dra. Cristina Bosetti -del Mario Negri Isitituto di Recerche Farmacologiche de Milán (Italia)- y lo confirmaron en 2008 los doctores O. A. Gressner y A. M. Gressner del RWTH-University Hospital de Aquisgrán (Alemania).

Lo singular es que la clave de la salud hepática está en la alimentación -como ya predijo Hipócrates hace 25 siglos- porque hoy se sabe que la ingesta de los alimentos adecuados no solo permite evitar la fibrogénesis y la cirrosis sino incluso revertir el proceso patológico y llevar a una rápida regeneración del tejido hepático. Y es que para que un hígado se regenere basta desintoxicar el organismo -y por ende el propio hígado- y hacer que desaparezca la inflamación que es la que termina dando lugar a las fibrosis y cirrosis. Evidentemente el primer paso es pues dejar de ingerir tóxicos -especialmente alcohol y medicamentos de síntesis-, desintoxicarse y encontrar la homeostasis hepática porque en un terreno sano los virus no pueden desarrollarse. Así de simple. Luego en realidad no se necesitan antivíricos… aunque si así fuera los hay naturales, eficaces e infinitamente más baratos.

Y es que a diferencia de la medicina alopática que busca solo la destrucción de virus al postular que son los causantes del problema hepático -cuando éstos puedan agravarlo pero no causarlo- la medicina natural actúa a varios niveles simultáneamente: reforzando el sistema inmune, potenciando la reparación del tejido dañado y proporcionando sustancias que inhiban la patogenia vírica. Porque existen tanto sustancias antifibrinogénicas -recuperadoras del tejido hepático funcional- como otras que potencian la capacidad antioxidante de los hepatocitos a fin de que puedan hacer frente mejor a las toxinas e, incluso, sustancias inmunomoduladoras que ayudan a equilibrar un sistema inmune exacerbado. La mayor parte de las cuales están a nuestra disposición ¡en los supermercados!; y el resto en herbolarios. Sin los efectos secundarios de los fármacos sintéticos. Veamos cuáles son.

ALIMENTOS HEPATOPROTECTORES

La alcachofa. Es la planta hepática por excelencia. En realidad se trata de una variedad comestible del cardo o Cynara cardunculus que crece salvaje en los campos mediterráneos: la Cynara cardunculus ssp. Cardunculus; concretamente de una subespecie: la Cynara cardunculus ssp. scolymus. Tal es el nombre científico de la alcachofa que si bien era muy apreciada por griegos y romanos no hay pruebas escritas de que la utilizaran terapéuticamente. La primera referencia en ese sentido es del siglo XVI y la hizo Hieronymus Bock quien por primera vez habla de su utilidad en los cólicos biliares y la ictericia (causada por el exceso de bilis en sangre); propiedad esta última que confirmaría hacia 1730 el farmacéutico alemán J. Wilhel Weinmann. Y si bien no se conocen nuevas referencias hasta bien entrado el siglo XX durante ese tiempo se la cita en los sucesivos tratados de medicina natural y Fitoterapia como planta útil para los problemas de hígado y vesícula biliar. Hoy sabemos que un equipo de la Universidad Aristóteles de Tesalónica (Grecia) coordinado por el Dr. E. Christaki publicó en 2012 en International Journal of Applied Sceince and Technology un estudio según el cual las hojas de alcachofa son antioxidantes, antibióticas, antivirales y hepatoprotectoras. Siendo los principales principios activos que lo logran la cinarina (ácido dicafeoilquínico), el ácido cafeico, la cinaropicrina y fenoles como la cianidina, la apigenina y la luteolina -entre otros- además de un importante prebiótico: la inulina.

Avalaba así otros trabajos anteriores. Como el de un equipo de la Universidad de Pedralbes de Barcelona (España) coordinado por el Dr. T. Adzet que en 1987 publicó en Journal of Natural Products un trabajo sobre la acción protectora de la cinarina y el ácido cafeico en hepatocitos murinos intoxicados con tetracloruro de carbono. Y como el efectuado por otro equipo del Regina Elena Cancer Institute de Roma (Italia) dirigido por la Dra. Stephania Miccadei que se publicó en 2008 en Nutrition and Cancer según el cual los polifenoles de la alcachofa no solo protegen in vitro los hepatocitos murinos del estrés oxidativo en caso de hepatoma (HepG2) sino que provocan la apoptosis de las células hepáticas cancerosas.

Y en 2009 un equipo del University Hospital Freiburg de Alemania dirigido por Dr. R. Huber realizó un estudio con 17 personas con hepatitis C crónica y elevados niveles de transaminasas a los que tras suministrar durante doce semanas 3,2 gramos diarios de extracto de alcachofa no se consiguió normalizar sus valores séricos ni la carga viral pero todos aseguraron sentirse notablemente menos fatigados y sufrir menos dolores abdominales y articulares. El trabajo se publicó en Phytomedicine concluyendo que como las mejoras no se reflejaban en las analíticas ¡no podía decirse que su ingesta ayude en tales casos! En suma, la opinión de los enfermos no se tuvo en cuenta.

El diente de león (Taraxacum officinale). En 2010 la revista Acta Biologica Hungarica publicó un trabajo de un equipo de la Karnatak University (India) coordinado por el Dr. R. Jeyachandran con ratones cuyos hígados fueron dañados con tetracloruro de carbono a los que se dieron extractos alcohólicos de raíces de diente de león enriquecidos con lactonas y no solo mejoraron sus niveles de transaminasas sino que se constató una disminución de las lesiones hepáticas.

Unos años más tarde un equipo de la Universidad Federal de Santa Maria de Rio Grande do Sul (Brasil) encabezado por la Dra. Dilreise Colle investigó en ratones la capacidad protectora frente al paracetamol de un extracto de hojas de diente de león comprobando que los niveles de transaminasas y el daño en el hígado de los así tratados eran notablemente inferiores a los del grupo de control. El trabajo se publicó en 2012 en Journal of Medicinal Food.

Cabe agregar que un grupo de investigadores de la King Abdulaziz University de Arabia Saudita encabezado por el Dr. A. L. Al-Malki probó en roedores si un extracto de flores de diente de león tenía el mismo efecto hepatoprotector que las hojas y resultó que sí. El estudio se publicó en 2013 en Journal of Medicinal Plants.

Los arándanos. La primera persona en dar a conocer por escrito las propiedades terapéuticas de los arándanos fue la abadesa alemana Hildegarda von Bingen quien en el siglo XII los aconsejaba para las dolencias gastrointestinales basándose en su uso popular para las diarreas e infecciones intestinales. Hablamos de unos frutos muy ricos en antocianinas, flavonoides de carga positiva -malvidinas, delfinidinas, cianidinas, peonidinas, etc.- que capturan numerosos radicales libres -es decir, con alta capacidad antioxidante- así como otras sustancias de propiedades antiinflamatorias, antivirales, anticancerígenas y antioxidantes .(como el pteroestilbeno, “pariente” del resveratrol).

Pues bien, en 2008 un equipo de la Universidad de Georgia (EEUU) dirigido por el Dr. R. V. Dulebohn publicó en Journal of Agricultural and Food Chemistry un trabajo con ratones a los que se dio un extracto con apenas un 1% de esos flavonoides demostrando que reducía el daño oxidativo en el ADN de las células hepáticas. Un posterior estudio murino hecho por un equipo de la Minami Nippon Dairy Co-op de Japón coordinado por el Dr. M. Takeshita demostró -esta vez con hojas de arándano- que además de proteger los hepatocitos las proantocianidinas actúan a nivel genómico impidiendo la replicación del virus de la hepatitis C. El trabajo se publicó en 2009 en Journal of Biological Chemistry.

Y ese mismo año un equipo de la National Kaohsiung Marine University de Taiwan dirigido por el Dr. M. H. Pan publicó en Carcinogenesis un trabajo según el cual un extracto rico en pteroestilbeno no solo inhibe el desarrollo de las células HepG2 del hepatoma humano sino la metástasis. Y hacemos un inciso para agregar que investigaciones posteriores constataron que el pteroestilbeno presente en los arándanos y otras bayas lleva asimismo a la apoptosis de otras células cancerosas, no solo las hepáticas.

Ya en 2010 un equipo del Guiyang Medical College de China encabezado por el Dr. Yu Ping Wang publicó en Hepatobiliary & Pancreatic Diseases International un trabajo con roedores sobre los efectos de los arándanos en las patologías hepáticas en general constatando que incrementan la expresión de factores antioxidantes como Nrf2, SOD y otros por lo que realmente protegen a los hepatocitos. Un ensayo similar realizado por el mismo equipo observaría posteriormente que los arándanos bloquean el desarrollo de la fibrosis hepática logrando reducir el área afectada. Este segundo trabajo se publicó en 2010 en World Journal of Gastroenterology.

El café. Un consumo moderado de café reduce el riesgo de contraer cáncer. Al menos tal es la conclusión de un equipo del Nestlé Research Center de Lausanne (Suiza) coordinado por Dr. C. Cavin tras un trabajo epidemiológico publicado en 2002 en Food and Chemical Toxicology en el que según explican se debe a los diterpenos cafestol y kahweol; inhibiendo especialmente la carcinogénesis hepática.

Cinco años después -en 2007- los doctores I. S. Cadden, N. Partovi y E. M. Yoshida -de la Universidad de British Columbia de Canadá- publicaron en Alimentary Pharmacology & Terapeutics un trabajo en el que resumirían las investigaciones publicadas hasta entonces en revistas científicas que avalan los efectos terapéuticos del café frente a la hepatitis, la cirrosis y el hepatocarcinoma. Aunque más específico resulta el trabajo publicado en Medical Hypotheses un año después por un equipo del Fourth Military Medical University de Xi’an (China) coordinado por el Dr. K.S. Tao según el cual son los diterpenos del café -el cafestol y el kahweol- junto con la cafeína y el ácido clorogénico los agentes terapéuticos que inhiben las enzimas activadoras de la carcinogénesis.

En 2009 un numeroso grupo de investigadores del National Institutes of Health de Estados Unidos encabezado por el Dr. N. D. Freedman publicó en Hepatology un análisis clínico con 766 enfermos de hepatitis C que no lograban recuperarse con interferón y el antivírico ribavirin constatando tras seguirles durante 46 meses que los que bebían más café mostraban en las biopsias de hígado menor esteatosis (acumulación de grasas) y niveles más bajos de transaminasas y otros indicadores de la salud hepática. Concluyendo que ingerir 3 o más tazas de café al día retrasa el progreso de la enfermedad hepática. Obviamente se refieren al café natural, no al torrefacto tan popular en España que se hace tostando los granos con azúcar.

Y en 2010 apareció en Fitoterapia un trabajo del Departamento de Farmacología Cinvestay-IPN de México coordinado por los doctores P. Muriel y J. Arauz según el cual el café reduce el nivel de transaminasas y los casos de cirrosis. Añadiendo que hay ensayos in vitro y con animales según los cuales los diterpenos del café inhiben varias enzimas carcinogénicas.

ESPECIAS HEPATOPROTECTORAS

El regaliz. El ácido glicirricinico o glicirricina presente en el regaliz es eficaz no solo frente a los virus de las hepatitis A, B y C sino también frente al herpes simple. Lo constató un equipo de la Universidad de Cagliari de Cerdeña (Italia) dirigido por el Dr. R. Pompei con un trabajo que se publicó en 1979 en Nature y en 1980 en Experientia.

Veinte años después un equipo del Erasmus University Hospital de Rotterdam (Países Bajos) dirigido por el Dr. Van Rossum constató trabajando con 57 pacientes con hepatitis C crónica -estudio con placebo y doble control- que la glicirricina logra lo que no consigue el interferón; al menos mediante inyecciones intravenosas de 240 mg 3 veces a la semana durante un mes. Sus trabajos se publicaron en 1998 en Alimentary Pharmacology and Therapeutics y en 1999 en Journal of Gastroenterology and Hepatology.

El Dr. S. Shibata -de la compañía Minophagen Pharmaceutical de Tokio (Japón)- expuso por su parte en un extenso artículo sobre la farmacognosia del regaliz que publicó en 2000 en Yakagaku Zasshi -órgano de la Pharmaceutical Society of Japan- que en Japón se elabora desde hace seis décadas un fármaco hecho con extracto de glicirricina para tratar las enfermedades alérgicas y hepáticas porque tanto la glicirricina como el ácido glicirrético inhiben la acción de los genes que codifican las citoquinas inflamatorias de los hepatocitos. Induciendo además otras sustancias del regaliz la secreción de interferón gama. Siendo tales las razones de que el regaliz sea antiinflamatorio, proteja al hígado, evite el desarrollo de fibrogénesis y combata eficazmente los virus.

El Dr. H. Kumada -del Toranomon Hospital de Tokio (Japón)- publicó en 2002 en Oncology un trabajo recordando que ya en 1977 se efectuó un ensayo con un gran número de pacientes de hepatitis crónica o cirrosis de origen viral a los que se trató intravenosamente con extracto de glicirricina -40 mililitros/día durante 4 semanas- observándose en ellos una notable disminución de las transaminasas. Mejorando además el tejido hepático en el grupo al que se suministró 100 ml/día durante 8 semanas.

Añadiremos que en octubre de 2008 se publicó en Journal of Hepatology un trabajo firmado por 14 médicos del Erasmus University Hospital sobre una prueba aleatorizada en fase II con 121 pacientes crónicos de hepatitis C a los que se proporcionó glicirricina de forma intravenosa -en dosis y períodos variables- constatándose que a pesar de que los pacientes aseguraban tener mejor calidad de vida y en la mayoría los niveles de transaminasas bajaron ello no se reflejaba a nivel histológico.

Ese mismo año -2008- aparecería en Phytotherapy Research un interesante artículo de síntesis publicado por un equipo de la Universidad de Padua (Italia) encabezado por el Dr. C. Fiore en el que tras destacarse que la raíz de regaliz se usa para la hepatitis y las infecciones virales de las vías respiratorias desde hace milenios en China e India han constatado que la glicirricina inhibe la fusión de los virus con la membrana celular al tiempo que activa la secreción de interferón gama por los linfocitos T. Añadiendo que otras sustancias del regaliz reducen el daño hepático provocado por los virus de la hepatitis B y C disminuyendo el riesgo de desarrollar un hepatocarcinoma al bloquear la fibrinogénesis.

En 2011 un equipo de la Chiba University de Japón coordinado por el Dr. S. Yasui publicó en Digestive Diseases and Sciences un ensayo explicando que pudieron tratar eficazmente con glicirricina de forma intravenosa -100 mililitros/día- a 17 pacientes que sufrían un ataque agudo de hepatitis autoinmune.

Y en 2013 un equipo de la Sun-Yat-sen University de Guangzhou (China) dirigido por el Dr. J. Y. Pu publicó en Bing Du Xue Bao (Revista China de Virología) un artículo aseverando que varios triterpenoides del regaliz -especialmente la glicirricina y el ácido glicirrético- poseen un amplio espectro antivírico; siendo eficaz no solo frente a los virus a los que se achacan las hepatitis sino frente al herpes, el virus del papiloma humano, los coronavirus y varias cepas del virus de la gripe.

Terminamos este apartado indicando que en 2014 se publicó en Oncology el trabajo de un equipo del Toranomon Hospital de Tokio (Japón) dirigido por el Dr. K. Ikeda en el que se da cuenta de un ensayo clínico con 1.280 pacientes en distintos grados de afectación hepática -desde cirrosis hasta cáncer- de los que 303 pacientes fueron tratados con interferón mientras el resto recibió inyecciones de glicirricina al ser intolerantes o resistentes al interferón constatando que la glicirricina es un 20% más eficaz.

La cúrcuma. Un grupo de investigadores de la Pusan National University de Corea dirigido por el Dr. JaeHun Cheong publicó en 2010 en FEBS Letters -órgano de la Federation of European Biochemical Societies- un artículo según el cual la cúrcuma bloquea la replicación del virus de la hepatitis C al inhibir la expresión de su gen Akt-SREBP-1.

En 2012 un equipo de investigadores del Chia-Yi Christian Hospital de Taiwan encabezado por el Dr. M. H. Chen informaría en el International Journal of Molecular Medicine de una serie de ensayos in vitro realizados con células hepáticas infectadas del virus de la hepatitis C comprobando que -de forma dosis dependiente- el extracto de cúrcuma inhibe la replicación del virus por varias vías enzimáticas.

Y en 2014 un grupo de 15 investigadores del Twincore Institute for Experimental Virology de Hannover (Alemania) dirigido por el Dr. Anggakusuma publicó en Gut un interesante experimento con hepatocitos humanos que constató in vitro cómo la cúrcuma inhibe la entrada del virus de la hepatitis C independientemente del tipo genómico (hay 6 genotipos distintos de virus de la hepatitis C) al afectar a la fluidez de la membrana vírica.

Es más, el poder antivírico de la cúrcuma en la hepatitis C lo ha confirmado este mismo año -2015- un equipo del Anderson Cancer Center de la Universidad de Texas (Houston, EEUU) coordinado por el Dr. B. B. Aggarwal en un trabajo publicado en Molecules.

El comino negro (Nigella sativa). Los doctores M. L. Salem y M. S. Hossain -de la Kyushu University de Japón- demostrarían con ratones -el trabajo se publicó en 2000 en International Journal of Immunopharmacology– que el comino negro es útil en las infecciones por citomegalovirus. Efecto antivírico que según aseveran se logra porque estimula el sistema inmune incrementando el número de linfocitos CD4 y la producción de interferón IFN-gamma; es decir, promoviendo el interferón interno en lugar de usar interferón inyectado, causa de numerosos efectos secundarios indeseados.

Y hay otros dos trabajos que demuestran la eficacia del comino negro para combatir el virus de la hepatitis C, ambos publicados en 2013. Uno publicado en World Journal of Gastroenterology que expone un ensayo clínico realizado por un equipo de la Ain Shams University de El Cairo (Egipto) dirigido por el Dr. E. M. Barakat en el que participaron 30 personas infectadas a las que se administró 450 miligramos de extracto de comino negro tres veces al día durante tres meses observándose al final del tratamiento una clara mejoría de todos los parámetros -especialmente de la carga viral- y otro con roedores efectuado en la Universidad de Madrás (India) por un equipo dirigido por el Dr. S. Raghunandhakumar que se publicó en Toxicology Letters y comprobó la eficacia de la timoquinona contenida en el comino negro para inhibir la proliferación de las células cancerosas hepáticas.

LAS SETAS MEDICINALES HEPATOPROTECTORAS

La Cordyceps sinensis. Los doctores Y. K. Liu y W. Shen -de la Chongqing University of Medical Sciences de China- realizaron varios ensayos en ratones con hepatitis fibrosa a los que suministraron esta seta como complemento alimentario constatando que su ingesta retrasa el desarrollo de la fibrogénesis a la vez que mejora el nivel de las transaminasas. Así lo dieron a conocer en un artículo publicado en 2003 en World Journal of Gastroenterology explicando que la Cordyceps sinensis disminuye la expresión del gen que codifica la proteína PDGF causante del desarrollo de la fibrogénesis.

En 2012 los doctores X. B. Wang, Y. Y. Jiang y C. Y. Zhao publicaron en Zhongguo ZhongXi Jie He Za Zhi un trabajo en el que explican que trataron a 30 pacientes con hepatitis B con 8 cápsulas de Cordyceps sinensis tres veces al día durante seis meses observando que disminuía el nivel de transaminasas. Practicadas luego biopsias se comprobó que había disminuido la inflamación en el 81% de los tratados y el grado de fibrosis en el 52%. Concluyendo los autores que la Cordyceps sinsesis mejora la función hepática, reduce la inflamación e inhibe la fibrogénesis.

Y ya en 2014 un equipo de la China Medical University encabezado por el Dr. Y. J. Cheng publicó en American Journal of Chinese Medicine una serie de ensayos con ratones a los que se provocó hepatitis comprobándose que esta singular seta protege el hígado al inhibir la producción de citoquinas pro-inflamatorias.

Las setas shiitake y maitake. Un equipo de la Universidad Estatal de Maringá ( Brasil) dirigido por la Dra. Andreia A. Soares probó la capacidad hepatoprotectora de los extractos acuosos de varias setas medicinales en ratones dañados por altas dosis de paracetamol viendo que tanto la shiitake (Lentinus edodes) como la maitake (Grifola frondosa) protegen el hígado, algo que no ocurre con muchas otras setas medicinales. Efecto que los autores achacaron a la potente actividad antioxidante de ambas El trabajo se publicó en 2013 en Molecules.

El champiñón del sol (Agaricus subrufescens). En 2002 los doctores H. Inuzuka y T. Yoshida publicaron en Japanese Pharmacology and Terapeutics un trabajo sobre 20 pacientes de ambos sexos afectados de hepatitis C crónica y altos niveles de transaminasas a los que se dio un extracto de champiñón del sol dos veces al día durante 8 semanas observando que en el 80% de los casos los niveles bajaban sin que se observaran efectos secundarios negativos.

Unos años después -en 2008- aparecería en Bioscience, Biotechnology and Biochemistry un trabajo de un grupo de investigadores de la Dokkyo Medical University de Mibu (Japón) encabezado por el Dr. K. Sorimachi en el que se aseveraba que extractos hidroalcoholicos de champiñón del sol inhiben in vitro el desarrollo anormal de las fibras de colágeno en las células cancerosas hepáticas.

Y en 2011 apareció en In Vivo el trabajo de un equipo de investigadores de la National Taiwan Unversity de Taipei (Taiwan) dirigido por el Dr. M. F. Wu según el cual tras administrar durante 8 semanas un extracto de champiñón del sol a ratones con el hígado intoxicado observaron cómo bajaban en ellos los niveles de transaminasas y había menor necrosis de hepatocitos y menor formación de fibrosis que entre los animales de control.

COMPLEMENTOS ALIMENTICIOS HEPATOPROTECTORES  

El cardo mariano. Los doctores S. C. Pradhan y C. Girish -del Jawaharlal Institute de Pondicherry (India)- publicaron en 2006 en Indian Journal of Medical Research un trabajo según el cual el cardo mariano es claramente hepatoprotector. Y no solo por la silimarina sino también por otros de sus principios activos como la silibina, la isosilibina, la silidianina y la silicristina. Moléculas todas ellas antiinflamatorias, antioxidantes y antifibróticas que potencian la regeneración del hígado además de modular el sistema inmune exacerbado.

Un año después -en 2007- un equipo de investigadores de la Universidad de Washington (EEUU) dirigido por el Dr. S. J. Polyak publicó en Gastroenterology un artículo dando cuenta de varios ensayos in vitro en los que se utilizó un extracto de semillas de cardo mariano sobre células hepáticas cancerosas tipo Huh7 observando que inhibe su replicación (de forma dosis-dependiente). Los autores concluirían que los efectos antiinflamatorios y antivirales de la silimarina la hacen terapéuticamente eficaz en la hepatitis C. Tres años después -en 2010- publicarían en la misma revista otro trabajo que ratificó que la silimarina, además de sus efectos antivirales, inhibe la secreción y proliferación de citoquinas proinflamatorias por los linfocitos T.

Ese mismo año se publicaría en Phytotherapy Research el trabajo de un grupo de la University Magna Graecia de Catanzaro (Italia) dirigido por el Dr. L. Abenavoli sobre las propiedades del extracto de semillas de cardo mariano -que es donde se encuentra la mayor parte de la silimarina farmacológicamente activa- y según el mismo es antioxidante y antifibrótico; actuando mediante el bloqueo de los receptores de membrana de los hepatocitos. Acción hepatoprotectora que abarca desde las hepatitis víricas hasta los efectos destructores de las toxinas y el alcohol.

Finalizamos este apartado indicando que en enero de 2012 se publicó en Current Pharmaceutical Biotechnology un artículo de los doctores J. Féher y G. Lengyel -de la Semmelweis University de Budapest (Hungría)- en el que se hace una revisión de las evidencias clínicas y experimentales que demuestran los efectos hepatoprotectores de la silimarina subrayándose en él que se han encontrado también evidencias de que inhibe el desarrollo de metástasis.

La chlorella y la espirulina. Según los doctores J. Azocar y A. Diaz -del Northgate Medical Center de Springfield (EEUU)- la chlorella es eficaz en caso de hepatitis C. Así lo constataron tras realizar un ensayo clínico con 18 pacientes infectados a los que se dio un suplemento de chlorella una vez al día durante 12 semanas observando cómo disminuían las transaminasas y la carga viral. Además el 77% aseguró que tenía más energía y sensación de bienestar. El trabajo se publicó en 2013 en World Journal of Gastroenterology.

El último trabajo que vamos a mencionar es el publicado en 2012 en BMC Gastroenterology por los doctores M. Yakoot y A. Salem -de la Green Clinic and Research Center de Alejandría (Egipto)-en el que se comparó la eficacia de la silimarina con la de la espirulina en el tratamiento de la hepatitis C. Para ello dividieron en dos grupos a 66 enfermos tratando durante seis meses a uno con Spirulina platensis y al otro con silimarina. Pues bien, en el 21% de los casos bajó el nivel de transaminasas y la carga viral. Resultado que fue similar en ambos grupos.

CONCLUSIONES

Las conclusiones científicas de los trabajos mencionados son claras: hay varias sustancias naturales con propiedades antioxidantes y antiinflamatorias que neutralizan las toxinas, protegen el hígado, inhiben la fibrogénesis y las cirrosis y, además, son antivirales y anticancerígenas. Y no son las únicas; hay muchas más con propiedades similares que no analizamos en este artículo por razones de espacio como la quercitina de las cebollas y alcaparras, la hesperidina y la naringenina de los cítricos, las catequinas y epicatequinas del té verde y otras. Y sin embargo, a pesar de esta amplia panoplia de sustancias que actúan a distintos niveles -desde la potenciación de las defensas antioxidantes del propio hepatocito hasta la acción antiinflamatoria sobre el tejido hepático pasando por la actividad inmunorreguladora, anticirrótica, antiviral y anticancerígena- ¡la única solución ofrecida por las autoridades es una terapia antivírica de discutible eficacia y desconocidos efectos secundarios aunque ya se sabe que como mínimo pueden provocar desde anemia hasta depresión. Es más, cuando se habla de “un 80% de efectividad” no se especifica si es que disminuye el nivel de transaminasas y la carga viral de los pacientes o lleva a su completa recuperación física. Obviándose además que durante el curso de la hepatitis C suelen haber períodos de mejoría momentánea y espontánea. Y lo que es más grave y se oculta: el daño hepático no lo revierten esos fármacos por lo que aunque disminuyese en los enfermos el nivel de transaminasas y la carga viral ¡éstos seguirán viviendo con un hígado dañado!

Paula M. Mirre

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Abril 2015
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