¿Es la mala salud intestinal la causa del autismo y otras patologías neurológicas?

La Medicina hizo suyo hace ya siglos el aforismo del poeta romano Décimo Junio Juvenal quien en el siglo I, convencido de que la mayoría de las patologías están relacionadas con la alimentación, escribió aquello de mens sana in corpore sano vinculándolo incluso al estado de nuestro comportamiento emocional y psicológico. Pues bien, hoy hay razones sólidas para mantener que efectivamente muchas de las patologías neurológicas se deben a un sistema digestivo en malas condiciones. Siendo vital la flora bacteriana y su frágil equilibrio dadas las agresiones dietéticas y los compuestos químicos tóxicos que constantemente ingerimos, especialmente antibióticos. Es entre otros el caso del autismo donde la relación con lo que comemos parece evidente pero también pasa en la esquizofrenia, la depresión, la hiperactividad, el trastorno bipolar, la epilepsia, la dislexia…Lo explicamos.

“Todas las enfermedades se generan en el intestino”
Hipócrates (460-370 AC)

Entre las especialidades médicas hay algunas que podrían considerarse “súper-especialidades” que hasta cierto punto se podrían entender como disciplinas independientes de la Medicina; hoy, por ejemplo, la Odontología es una carrera que se estudia de forma independiente a la de Medicina y a nadie se le ocurriría ir al dentista si lo que siente es un fuerte y punzante dolor en la región del apéndice. Pues bien, la Psiquiatría, aunque es una especialidad médica que se estudia en los años finales de la carrera de Medicina requiere que los futuros profesionales vayan focalizando su estudio en el sistema nervioso y el cerebro lo que la distancia del resto de la fisiología al punto de que más tarde, durante el transcurso de la práctica profesional, sus conocimientos sobre el resto del organismo van diluyéndose con los años.

Por eso cuando un psiquiatra examina a un niño autista se centra en los aspectos genéticos, en los antecedentes familiares y en los rasgos conductuales; es decir, básicamente en su sistema nervioso y en su mente. Y ni se le ocurre preguntar a los padres sobre la función intestinal de sus hijos probablemente porque en sus años de formación ningún profesor le explicó que puede haber relación entre el autismo y las vísceras.

Sin embargo hay miles de artículos en la literatura científica médica que relacionan problemas conductuales y anomalías psíquicas con patologías digestivas. Tanto C. Pfeiffer como A. Hoffer, considerados los “padres” de la Medicina Ortomolecular, han efectuado de hecho decenas de estudios que demuestran la relación existente entre la salud intestinal y las enfermedades mentales. Y eso que la mayoría de los psiquiatras prescriben millones de antidepresivos, pastillas para dormir y otras drogas que llevan sus principios activos hasta el cerebro a través del sistema digestivo. En todo caso en este artículo hablaremos más de lo que debe enmendarse que de lo que debe administrarse.

LA PANDEMIA DEL AUTISMO

Para empezar debemos decir que el autismo o, más bien, las denominadas Enfermedades del Espectro Autista constituyen en estos momentos una auténtica ceremonia de la confusión. Según la “biblia” psiquiátrica -elDMS-IV– hay que diferenciar tres tipos: los Autistas (stricto sensu), los que tienen Síndrome de Asperger y los que sufren de unTrastorno generalizado del desarrollo. Y hasta mediados del siglo XX fue una dolencia rara y escasa como demuestra el hecho de que el término autista no se acuñó hasta 1919 no siendo establecida su sintomatología característica hasta la descripción de los once casos que publicó en 1943 el Dr. L. Kanner.

Por otra parte, al igual que la definición de autismo, las estadísticas epidemiológicas son enormemente confusas. Algunos países carecen de datos en tanto que en otros son tan recientes que no permiten hacer comparaciones. También hay países que dan datos fragmentados; por ejemplo, separando a partir de un determinado año a los autistas menores de 5 años o a los mayores de 3 años del resto. Otros cambian a partir de una fecha el criterio de clasificación y lo que antes eran autistas ahora se dividen en casos de niños con Espectro Autista de aquellos que manifiestan Síndrome de Asperger.

En cualquier caso lo que está claro es que lo que era un trastorno poco frecuente comenzó a aumentar aceleradamente a partir de 1960 y, sospechosamente, coincide con la época en que los antibióticos empezaron a utilizarse de forma universal y abusiva (como todos sabemos los médicos recetaron antibióticos durante décadas hasta para tratar gripes cuando éstas las provocan virus y no bacterias). Y es éste probablemente el factor más importante en el actual crecimiento exponencial del autismo pues hasta aquel año en los países industrializados el autismo apenas afectaba a 1 de cada 10.000 niños y a partir de entonces la cifra aumentaría espectacularmente. En Estados Unidos –donde las cifras estadísticas suelen ser fiables- se pasó por ejemplo de un caso de autismo por cada 1.000 niños en 1990 a cinco por cada 1.000 en el 2007. Lo que significa que en ese país nace hoy un niño autista ¡por cada 200 nacimientos! Y cifras similares –en realidad aún más graves- se registran en el Reino Unido donde hoy nace un niño autista de cada 150 nacimientos y en Suecia donde la tasa es de uno por cada 141.

Lo absurdo es que los médicos no admiten este brutal e inexplicable aumento. Prefieren alegar que es que ahora se diagnostican casos que antes no se detectaban. ¡Como si los padres de los niños autistas de hace 30 o 40 años no se dieran cuenta de las conductas anómalas de sus hijos!

De ahí que para algunos expertos la actual confusión epidemiológica, estadística y de nomenclatura tenga una clara justificación: el interés de los laboratorios farmacéuticos que quieren evitar toda sospecha de relación entre el reciente incremento del autismo y las campañas universales de vacunación infantil; algo sobre lo que incidiremos más adelante.

EL AUTISMO Y LOS PROBLEMAS DIGESTIVOS

En su libro El Síndrome Intestinal y la Psicología (Gut and Psychology Syndrome) la Dra. N. Campbell-McBride hace un compendio de las más recientes investigaciones sobre la relación entre las disfunciones intestinales y las alteraciones mentales en general pues si bien la mayoría de los estudios se centraron en el autismo también se han hecho numerosas indagaciones y trabajos experimentales sobre muy distintos problemas neurológicos: esquizofrenia, depresión, TDAH, trastorno bipolar, epilepsia, dislexia y otros. Pues bien, esta doctora dedicó varios años de su vida profesional a tratar niños autistas y nunca encontró un solo caso –y atendió a centenares de autistas- que no tuviera problemas digestivos. Algo que muchos otros médicos e investigadores comprobarían después: siempre hay anomalías intestinales cuando se sufre autismo.

Asimismo se ha constatado que los niños autistas manifiestan casi siempre otras dolencias paralelamente a su problema neurológico: alergias, asma, eczemas… Anomalías que también hoy se relacionan ya con problemas en el aparato digestivo. De hecho los autistas suelen sufrir cólicos, diarreas, gases, estreñimiento, alternancia de diarreas y estreñimiento -acompañadas de heces con alimentos sin digerir-, anorexia, etc. Algo que muchos padres y médicos ignoran porque el autista tiene dificultad para comunicar sus molestias y a veces su forma de expresión se traduce en negarse a comer, posturas extrañas, pánico nocturno, auto-mutilación y reacciones similares.

El pasado verano esta revista publicaba en el nº 140 una noticia dando cuenta de que un equipo de investigación dirigido por Stephen Collinsprofesor de la Michael G. DeGroote School of Medicine en la Universidad McMaster de Canadá- afirmaba haber constatado mediante un trabajo realizado en el Farncombe Family Digestive Health Research Institute que acababa de publicarse en Gastroenterology que las bacterias intestinales influyen en la química del cerebro y, por tanto, en nuestro comportamiento. Al menos así había ocurrido con ratones al desequilibrarles su flora intestinal sugiriendo ello que un contenido bacteriano anómalo en el intestino puede ser causa de algunos trastornos del comportamiento resaltando la importancia que puede tener tratarlos reequilibrando la flora intestinal; por ejemplo, con prebióticos y probióticos. Claro que otros trabajos ya habían asociado antes la ansiedad y la depresión con las gastritis, las úlceras, la pesadez de estómago tras comer, la hinchazón, el dolor en la boca del estómago, el reflujo gastroesofágico y el síndrome de intestino irritable. Bueno, pues según los mencionados investigadores todo indica que el problema es mayor cuando ese desequilibrio lo causa la ingesta de antibióticos porque para desestabilizar la flora intestinal a los ratones se les dio oralmente durante siete días una combinación de tres microbicidas: neomicina, bacitracina y pimaricina. ¿El resultado? Entre otros problemas se constató un incremento del Factor neurotrópico derivado del cerebro (BDNF), proteína presente en el hipocampo, la corteza cerebral y el cerebelo cuyo exceso afecta negativamente a la memoria y la motivación además de provocar ansiedad y depresión. Además en cuanto dejó de darse antibióticos a los ratones y su flora intestinal se recompuso el comportamiento volvió a ser normal. Algo muy significativo.

EL INTESTINO ES BACTERIANO Y LOS ANTIBIÓTICOS AGREDEN ESE HÁBITAT

Y es que aunque poca gente lo entiende en nuestro cuerpo hay ¡diez veces más bacterias que células! Proporción que en el intestino es ¡100 veces superior! Así que “nuestro intestino” es más bien “el intestino de las bacterias”. De ahí que lo más correcto sea hablar de un “ecosistema bacteriano” que vive en simbiosis con nosotros. En suma, nuestro tejido intestinal aporta a las bacterias el sustrato celular que les permite desarrollarse y a cambio ellas contribuyen a extraer nutrientes vitales -desde vitaminas hasta aminoácidos- para nuestra supervivencia. Algo que no es casual sino el resultado de millones de años de evolución. Y tampoco excepcional ya que la flora bacteriana cumple las mismas funciones vitales en todos los mamíferos, especialmente en todos los animales superiores. Se trata pues de un mundo muy bien organizado y de capital importancia para la salud.

Ahora bien, la flora bacteriana albergada por los seres humanos es fruto de un millón de años de evolución de los homínidos y deriva de una dieta alimenticia muy distinta de la actual. El primer cambio tuvo lugar hace 10.000 años cuando en la dieta empezaron a predominar los cereales y los alimentos cocidos o alterados por el fuego. Cambio sustancial en los nutrientes que llegaban desde nuestra boca hasta el ecosistema bacteriano digestivo que forzó a éste a cambiar a su vez favoreciendo el desarrollo de determinadas colonias bacterianas que antes estaban en minoría y perjudicando a otras que antes eran las más acomodadas a la dieta paleolítica.

Empero, el cambio más brutal y radical en la dieta es el que estamos viviendo desde hace apenas unas décadas. En el transcurso de dos o tres generaciones hemos pasado de un régimen en el que predominaban los alimentos frescos a una alimentación moderna plagada de azúcar (el azúcar se inventó en el siglo XIII pero no fue accesible para la mayoría de los humanos hasta principios del siglo XX), grasas hidrogenadas o desnaturalizadas (obtenidas por destilación a altas temperaturas), harinas refinadas y toda una suerte de alimentos que han sido desvitalizados al ser procesados industrialmente. Para colmo durante ese mismo período se ha universalizado el uso de los antibióticos, los grandes exterminadores de bacterias; y no solo los de uso médico individualizado sino los que emplea la industria alimentaria.

Obviamente las consecuencias del impacto sobre una flora intestinal– ya tocada por los últimos 10.000 años- de tanto alimento cocido y desnaturalizado han sido enormes. Los doctoresS. Falkow y M. J. Blaser -especialistas en el estudio del Microbioma humano- señalan que ese cambio tan dramático permite de hecho explicar la aparición de numerosas de las patologías que con carácter epidémico han aparecido en los últimos 50 años.

Para hacernos una idea de lo delicado que es el equilibrio de la flora bacteriana debemos recordar que ésta es tan característica de una persona como su huella digital. En un estudio dirigido por el equipo de la doctora E. K. Costello -que se hizo hace dos años sobre un grupo de 124 personas- se observó que a pesar de que todas ellas tenían 57 especies de bacterias comunes la proporción de las mismas en cada persona era distinta; con diferencias de hasta el 100%.

Es más, los doctores P. Eckburg y D. Relman -de la Escuela Universitaria de Medicina de Stanford en California (EEUU)-sacaron muestras de la mucosa en distintos puntos del tracto intestinal de tres personas sanas y después de analizar unas 13.000 secuencias de ADN ribosómico correspondientes a la flora bacteriana de las tres se encontraron con la sorpresa de que además de las 151 especies microbianas que suelen encontrarse en el intestino había ¡244 especies desconocidas hasta entonces! Las variaciones poblacionales son pues tan enormes que ambos opinan que la flora bacteriana no solo es característica de cada individuo sino que además puede reflejar sus pautas alimenticias de los últimos años indicando hasta por dónde ha viajado y qué antibióticos ha ingerido. No cabe duda pues de que desde el punto de la medicina legal y forense las bacterias intestinales se pueden transformar en celosas “colaboradoras” en las investigaciones policiales de sospechosos…

UN SISTEMA INTESTINAL SANO

Cabe añadir que aunque se habla mucho de la importancia de los probióticos y prebióticos nuestra flora bacteriana no se conoce aún bien pues recién ahora se está empezando a descubrir la relación que hay entre la presencia de colonias de bacterias benéficas y las que son claramente patógenas y causantes de disfunciones intestinales. En todo caso se dice que se sufre de disbiosis cuando las bacterias patógenas dominan pudiendo ese desequilibrio ser causa de muchas patologías, desde las clásicas inflamaciones intestinales hasta enfermedades autoinmunes. Y, por supuesto, trastornos nerviosos y psíquicos.

Todo indica en cualquier caso que en nuestro intestino habitan unas 1.000 especies de bacterias distintas, parte de las cuales integran una flora benéfica -bifidobacterias, lactobacterias, propionobacterias y algunas cepas de E. coli, etc.,- porque nos proporcionan nutrientes y aportan energía y equilibrio al epitelio intestinal además de producir sustancias que ayudan al sistema inmune a actuar contra los patógenos (desde volátiles antifúngicos hasta compuestos antivirales) y a neutralizar muy diversas toxinas como los nitritos, índoles, etc., procedentes de los alimentos o del metabolismo digestivo de los mismos y otra que se considera flora patógena y está formada principalmente por bacterioides, estafilococos, estreptococos, el grupo de los clostridium, el grupo de los proteus, hongos o mohos y otros microorganismos potencialmente dañinos.

Y obviamente la salud se logra cuando hay equilibrio entre ambas floras. Porque cuando la flora benéfica predomina y controla a la flora patógena el intestino –y, por ende, nuestro cuerpo- estará sano pero si son los patógenos los que dominan el ecosistema intestinal entraremos en esa condición que hoy conocemos como disbiosis que favorece el desarrollo de todo tipo de patologías. No se trata pues de eliminar la considerada flora patógena porque ésta cumple también una función saludable cuando se encuentra controlada por la benéfica ya que algunos de sus productos metabólicos son útiles para las células (siempre que no se produzcan en exceso).

En todo caso una de las funciones primordiales de la flora benéfica es el mantenimiento del epitelio intestinal pues son ya numerosas las investigaciones que demuestran que la salud de los enterocitos -células de la pared intestinal- está íntimamente relacionada con esas bacterias.

LA FLORA PATÓGENA Y EL INTESTINO PERMEABLE

Las consecuencias del desarrollo exagerado de flora patógena frente a una escasa flora benéfica para nuestra salud son tremendas. Por una parte porque las vellosidades y enterocitos de las paredes intestinales no se renuevan de forma constante como ocurre en un intestino sano y ello provoca un déficit de las enzimas necesarias para completar el proceso digestivo. Y, por otra, porque esa debilidad sumada a la acción de la flora patógena abre poros en la pared intestinal permitiendo que tanto las bacterias patógenas como diversas toxinas y péptidos no digeridos a causa de una digestión incompleta puedan llegar al flujo sanguíneo extraintestinal lo que puede tener dos consecuencias especialmente negativas:

a) las sustancias tóxicas indeseables que llegan a la sangre pueden llegar hasta el cerebro.

b) los péptidos no digeridos pueden desencadenar una reacción indeseable del sistema inmunitario que puede tomarlos por antígenos y atacar incluso a los propios tejidos del organismo dando lugar a lo que conocemos como patología autoinmune.

LOS ANTIBIÓTICOS SON LOS PRIMEROS CULPABLES…

El caso es que el empleo de antibióticos se universalizó de tal modo que su producción mundial pasó de unas cien toneladas en 1950 a casi medio millón en la actualidad. Y tal producción equivale a una dosis diaria para 700 millones de personas. Una verdadera salvajada.

Bueno, pues es hora de denunciar que la extensión progresiva del uso de antibióticos coincide con el ascenso de casos de autismo (aunque también con el uso de las vacunas). Antibióticos que tienen un efecto doblemente nefasto: además de destruir bacterias de la flora benéfica permiten el desarrollo de bacterias y mohos de la flora patógena -entre ellos las cándidas- ya que en su gran mayoría son resistentes a los mismos.

Y es que la mayoría de la sociedad ignora que las penicilinas (Amoxicilina, Ampicilina, Azlocilina, Carbenicilina, Cloxacilina, Dicloxacilina, Flucloxacilina, Mezlocilina, Meticilina, Nafcilina, Oxacilina, Penicilina, Piperacilina y Ticarcilina) destruyen la mayor parte de la flora benéfica -especialmente las colonias de bifidobacterias y lactobacilos- y favorecen la migración de patógenos –como los estreptococos, estafilococos y proteus- desde el colon hacia el intestino delgado, que lastetraciclinas (Demeclociclina, Doxiciclina, Minociclina, Oxitetraciclina y Tetraciclina) estimulan a los estafilococos y a los clostridia favoreciendo el desarrollo de las cándidas y alterando las proteínas de la mucosa y que losaminoglicosidos (Amikacina, Gentamicina, Kanamicina, Neomicina, Netilmicina, Estreptomicina, Tobramicina y Paromomicina) hacen disminuir las cepas de E. coli beneficiosas favoreciendo a las cepas patógenas. Sin olvidar que otras muchas clases de antibióticos –Ansamicinas, Carbacefem, Carbapenem, Cefalosporinas, Glicopéptidos, Glicopéptidos, Monobactámicos, Polipéptidos, Quinolonas, Sulfonamidas, etc.- atacan igualmente la flora benéfica potenciando la flora patógena.

Y otro tanto cabe decir de los antifúngicos y de los esteroides. Luego dado el uso y abuso actual de antibióticos, antifúngicos y esteroides, ¿cómo no van a estar detrás de muchas de las patologías que hoy sufrimos los humanos?

…PERO NO SON LOS ÚNICOS

A lo dicho hay que añadir que la alimentación moderna rica en azúcares, harinas refinadas, grasas “trans”, grasas animales, grasas vegetales obtenidas por procesos de destilación a altas temperaturas o por medio de disolventes tóxicos, productos industriales desvitalizados, proteínas desnaturalizadas por las altas temperaturas, la ingesta de leche animal y otros alimentos líquidos pasteurizados, el alcohol y los modernos aditivos alimentarios -conservantes, colorantes, aromatizantes, espesantes, acidulantes, edulcorantes, potenciadores del sabor y otras sustancias- son desfavorables para la nutrición y desarrollo de la flora benéfica favoreciendo la expansión de las colonias de flora patógena, especialmente de los estreptococos, los estafilococos, el grupo de los Clostridia, las cándidas y varios parásitos peligrosos.

Viéndose afectadas sobre todo a consecuencia del predominio de la flora patógena las mucosas, vellosidades y epitelios intestinales así como las funciones digestiva e inmunitaria lo que favorece la inflamación, la formación de abscesos y las ulceraciones lo que muchas veces agrava  la recomendación de seguir una dieta rica en fibras insolubles que irritan todavía más el intestino.

LOS AGENTES QUE CAUSAN EL AUTISMO AL ACTUAR SOBRE UNA FLORA INTESTINAL ENFERMA

Ahora bien, ¿qué sustancias son las que se han relacionado concretamente con las llamadas enfermedades del espectro autista? Pues son éstas:

1. Las proteínas de la leche y del trigo.

Las proteínas que ingerimos empiezan a transformarse en péptidos en el estómago convirtiéndose luego en aminoácidos por acción de las enzimas peptidasas que liberan los enterocitos intestinales, algo que en un intestino en el que predomina la flora patógena no se logra por completo. Pues bien, cuando eso sucede esos péptidos no suficientemente metabolizados -es decir, sin digerir por completo- puede pasar a la sangre al ser más permeables las paredes intestinales y provocar distintas reacciones negativas en el organismo. Siendo éstas especialmente virulentas en el caso de los péptidos de la leche y el trigo que son de tipo opiáceo. Conociéndose a esos péptidos opiáceos como casiomorfinas en el caso de la leche y como gluteomorfinas en el del trigo.

Pues bien, el Dr. P. Shattock constató que al unirse las gluteomorfinas del trigo a los receptores neuronales de opiáceos del sistema nervioso se producen alteraciones en el estado de ánimo y en la conducta; entre otras razones porque inhiben la secreción de la hormona oxitocina. Observándose posteriormente en ensayos realizados con niños autistas que al menos la mitad tenía efectivamente bajos niveles de oxitocina en sangre y muchos mejoraban si la inhalaban.

El Dr. A. Friedmann observaría por su parte que en la orina de los niños autistas hay un marcado déficit de una enzima, la dipeptidil peptidasa iv (DPPIV), que es precisamente la que metaboliza los péptidos opiáceos (situación que es por cierto característica igualmente entre las personas con déficit de flora benéfica y abundante flora patógena).

Cabe agregar que en la mayoría de los análisis de orina de niños autistas se han detectado asimismo cantidades anómalas de ambas morfinas lo que explica el éxito parcial de las dietas denominadas “no gluten-no caseína” y “no leche–no cereales” dado que al eliminarse la ingesta de gluten y caseína no pueden formarse esos péptidos opiáceos derivados.

Ahora bien, una vez manifestado el problema la eliminación del trigo, la leche y sus derivados no suele ser suficiente ya que puede haber también otras sustancias neurotóxicas en el cerebro. De hecho el mismo Dr. Friedmann encontró también en el suero y en la orina de muchos niños autistasdermorfina, un neurotóxico 50 veces más potente que la morfina característico de las “ranas de dardo dorado” y considerado el veneno más activo entre los animales terrestres que afecta a la musculatura del aparato digestivo provocando espasmos y dolores gastrointestinales -síntomas que son igualmente típicos de los autistas- e inhibe la secreción de los ácidos gástricos -lo que explica la presencia de alimentos sin digerir y las largas cadenas de péptidos que pasan al intestino entre los autistas-. Y es lo que explica en algunos casos el éxito parcial de las terapias -no reconocidas oficialmente- con secretina, hormona que estimula la secreción de jugos gástricos.

Agregaremos finalmente que por eso es a veces igualmente útil la administración a los autistas de naloxona ya que se trata de un antagonista de los opiáceos que inhibe la acción de éstos sobre los receptores de las neuronas cerebrales.

2. La histamina y las otras aminas.

Cuando el aparato digestivo metaboliza los aminoácidos las bacterias patógenas pueden producir gran cantidad de aminas; siendo una de ellas, la histamina, importante neurotransmisor que el cuerpo produce naturalmente ya que cumple funciones vitales. Sin embargo cuando la cantidad es excesiva puede aparecer una intolerancia e incluso una alergia alimentaria así como esquizofrenia o depresión. Especialmente cuando la histamina pasa a la sangre, condición que se denomina histadelia y es precisamente característica de muchos pacientes con autismo. Por eso algunos psiquiatras tratan con antihistamínicos a los autistas a fin de paliar sus síntomas.

Ahora bien, hay otras aminas -como la tiramina y la dimetilamina– que también son producidas en el intestino por la flora patógena y pueden causar anomalías cognitivas si llegan al cerebro por vía sanguínea. Luego deben tenerse en cuenta todas ellas.

3. El alcohol y el acetaldehído. ¿Autistas o ebrios?

Las personas sanas digieren los glúcidos transformándolos en glucosa que pasa a la sangre para alimentar a las células pero los que tienen una flora intestinal con predominio de patógenos y alterada con abundante cándidas y otros fermentos lo que hacen en buena medida es captar la glucosa y transformarla en alcohol y acetaldehído. Por eso muchas personas se sienten “embriagadas” después de comer: se debe al alcohol generado por las cándidas.  Es más, hay personas que hasta desarrollan síntomas de alcoholismo sin haber bebido nada de alcohol. Y hoy se sabe que el alcohol disminuye la secreción gástrica y ello afecta a la secretina -hormona que activa al páncreas para que segregue las enzimas digestivas- y al hígado -disminuyendo su capacidad de eliminación de los neurotransmisores ya obsoletos-. En cuanto a los efectos sobre el cerebro son ampliamente conocidos: pérdida de autocontrol, falta de coordinación y concentración, irritabilidad, dificultades en el habla… ¡Todos ellos síntomas que caracterizan la conducta autista!

Siendo el más tóxico de los subproductos que aparecen tras la metabolización de alcohol el acetaldehído que tiene la propiedad de alterar la estructura de las proteínas -en especial de las enzimas-, hormonas y neurotransmisores alterando todo el organismo. Y es obvio que esto puede también relacionarse con los síntomas autistas. Además se piensa que las proteínas alteradas por el acetaldehído provocan la reacción del sistema inmunitario que las identifica como antígenos y luego confunde esas proteínas alteradas con nuestras propias proteínas atacándolas en los tejidos y generando las llamadas “enfermedades autoinmunes”. Por otra parte el acetaldehído impide la activación de varias vitaminas, en especial la B1 y la B6, fundamentales para la síntesis de neurotransmisores.

4. La colonización por cándidas.

En suma, la colonización excesiva del intestino por cándidas es la principal causa del exceso de alcohol y acetaldehído pero es que además se trata de un moho que tiene más implicaciones con el autismo. Una de las fundamentales que es capaz de extender sus hifas atravesando la barrera intestinal y así facilitar el paso de las toxinas y péptidos no metabolizados al torrente sanguíneo. Por eso la Cándida Albicans ha merecido ya centenares de artículos científicos. Y sin embargo no es un hongo preocupante cuando se mantiene la flora intestinal sana pues las bacterias beneficiosas se encargan de evitar su proliferación.

5. El problema de los Clostridia.

Las bacterias Clostridia -y sus productos metabólicos- son difíciles de estudiar debido a que por su carácter anaeróbico solo es posible cultivarlas en ambientes sin oxígeno; y actualmente se conocen unas 100 especies. Pues bien, diversos estudios han confirmado su presencia en las heces de autistas, esquizofrénicos y personas con diversas neuralgias, desde depresión hasta parálisis muscular. El profesor G. Gibson -de la Universidad de Reading (Reino Unido)- encontró por ejemplo altas poblaciones en las heces de 150 niños autistas; y en otra investigación comparó las heces de 60 niños autistas con las de sus hermanos no autistas encontrando que sólo había Clostridia entre los primeros. Siendo éste un problema porque al ser los Clostridia resistentes a los antibióticos su población aumenta cada vez que se toman antibióticos al morir muchas bacterias benéficas.

Y de su potencial peligrosidad da cuenta el hecho de que uno de ellos, el Clostridium tetani, produce una neurotoxina que si llega a la sangre a través de una herida puede llevar directamente a la muerte. Pues bien, el Clostridium tetani -al igual que las cándidas- puede vivir sin problemas en nuestro intestino siempre que su número este controlado por la flora benéfica. Si en cambio predomina la flora patógena y se desarrolla un intestino permeable la neurotoxina puede llegar a la sangre y desde ella a cualquier lugar del organismo.

Hay en cualquier caso más asociaciones. Porque los niños autistas tienen numerosos síntomas musculares parecidos a los que padecen los infectados por tétanos. Y de hecho el Dr.W. Shaw -de los Laboratorios Great Plains– asegura que los fármacos que combaten los Clostridia –como el metronidazol (Rhodogil) o la vancomicina-, tomados conjuntamente, reducen los síntomas autistas. Eso sí, si se interrumpe la medicación los síntomas vuelven a manifestarse. En todo caso dado que ambas drogas son tóxicas no es posible administrarlas hasta la desaparición total de los Clostridia.

Debe apuntarse que además hay muchos otros Clostridia como el C. perfringes, el C. novyi y el C. septicum, todas ellas bacterias productoras de neurotoxinas similares a la tetánica.

Otro de los efectos de los Clostridia es que su actividad disminuye la secreción de ácidos gástricos.Ahora bien, en las personas sanas la transformación de las proteínas y péptidos en aminoácidos libres -para que no se formen péptidos opiáceos- depende de la segregación de enzimas por el páncreas lo que está controlado por la hormona secretina (junto con la secreción coetánea de la hormona colecistoquinina que actúa para liberar sales biliares desde la vesícula). Pero para que estas hormonas se liberen es necesario que el bolo alimenticio venga cargado de ácido al entrar en el duodeno cosa que no ocurre cuando los Clostridia han bloqueado la secreción de ácidos gástricos. Eso explica el relativo éxito de la terapia con secretina.

6. Los problemas derivados de otros microorganismos.

La flora intestinal patógena no se limita en cualquier caso a los Clostridia y a las cándidas. Hay otros agentes poco estudiados que pueden causar también cambios extraordinarios en el ecosistema intestinal y provocar diversos síntomas neurológicos o una conducta autista. Entre ellos 22 especies de bacteroides -en especial los Bacteroides fragilis y Bacteroides melaninogenicus- y las bacterias reductoras de sulfato (éstas últimas metabolizan los sulfatos de las comidas y los transforman en sulfitos tóxicos que no solo generan neurotoxinas sino que además provocan una carencia de azufre disponible para un metabolismo normal).

Es más, hoy se sabe que la mayoría de los autistas tienen problemas para eliminar los fenoles, compuestos presentes en muchos alimentos. En las personas sanas el mecanismo de eliminación de los fenoles -y del salicilato- se consigue mediante la acción de los sulfatos activados por la enzima fenol-sufuro-transferasa pero debido al déficit de éstos que provoca la acción de los bacteroides los fenoles no se metabolizan produciéndose diversos efectos sobre el sistema nervioso que son característicos del espectro autista. Lo que de nuevo explica los éxitos parciales que se logran con algunos autistas al darse baños con Sales de Epson (sulfato de magnesio) o con algunos suplementos azufrados como el MSM (Metil-Sulfonil-Metano).

7. La disminución de la respuesta inmune y el ataque autoinmune.

Debe saberse que las membranas de las bifidobacterias -que son mayoritarias en la flora benéfica– albergan un proteoglicano llamado muramil dipeptido (MDP) que es fundamental para activar la formación de linfocitos intestinales, productores de las inmunoglobulinas Ig -sobre todo IgA- que inactivan bacterias, virus, hongos y parásitos patógenos. De ahí que si faltan esos linfocitos, como ocurre cuando en un intestino predomina la flora patógena, el sistema inmunitario intestinal sea deficiente y se favorezca el incremento de las colonias de patógenos creando un círculo vicioso de graves consecuencias para la salud.  Y ello explica que los niños autistas sean proclives a las enfermedades infecciosas; y, sobre todo,  que su deprimido sistema inmunitario los haga tan sensibles al efecto de los virus atenuados de las vacunas. Y, cómo no, de los metales pesados que hay en ellas.

Otra característica de la disbiosis intestinal -déficit de flora benéfica– es el desequilibrio entre los linfocitos Th1/Th2 ya que ello provoca la hiperactividad de Th2 con la consecuencia de un sistema inmunitario que tiende a los ataques autoinmunes. ¡Lo que también caracteriza a los niños autistas!

¿QUÉ HACER ENTONCES ANTE EL AUTISMO?

Suponemos que ante todo lo dicho habrá quedado meridianamente clara la relación entre salud intestinal y autismo. El Dr. J. Nicholson, investigador del Departamento de Medicina Biomolecular del Imperial College (Londres), no alberga al menos ninguna duda al respecto. Hablamos de un científico que lleva décadas estudiando los metabolitos (compuestos químicos) producidos por las bacterias intestinales ya que piensa que en ellos puede estar de hecho la clave de la salud tras observar que mientras la genética humana limita la producción de metabolitos a un máximo de 800 compuestos químicos distintos las más de 1.000 especies distintas de bacterias que habitan en nuestro intestino pueden llegar a producir hasta un millón de moléculas diferentes. Según este investigador las bacterias benéficas nos ayudan a absorber nutrientes y a luchar contra las bacterias y virus patógenos y cree que siempre será posible vincular cualquier enfermedad con la actividad de alguna bacteria intestinal. A fin de cuentas no se sabe apenas nada del millón de moléculas químicas producidas por las bacterias intestinales y muchas de ellas pueden tener efectos sobre el sistema nervioso como es el caso del autismo.

Lo que en todo caso parece claro es que en el caso de un niño autista se debe actuar como mínimo en dos frentes: por un lado someterlo a una dieta que excluya  todos los cereales y productos lácteos para evitar la formación de caseomorfinas y gluteomorfinas; y por otro administrar grandes dosis de probióticos ricos en bacterias beneficiosas para regularizar la flora intestinal y que sea ésta la que se encargue de eliminar la flora patógena. Siendo aconsejable como fundamentales medida de apoyo eliminar de la dieta el azúcar, los hidratos de carbono de alto índice glucémico –especialmente los refinados- para evitar las cándidas, las grasas “trans”, los aditivos alimentarios –no se debería ingerir ninguna comida preparada ni en conserva-,  los alimentos fritos y cocinados a altas temperaturas –incluyendo los microondas que deben ser desechados- y los fármacos –especialmente los antibióticos y las vacunas-. Siendo en cambio aconsejable ingerir a diario enzimas proteolíticas y complementar la dieta con un complejo multivitamínico y mineral, vitamina C –y no sólo por sus efecto antihistamínico aunque también- y un complejo extra de vitaminas del grupo B, fundamentales para la síntesis de neurotransmisores.

Es imprescindible recuperar una flora intestinal benéfica.

No debemos olvidar que ya en el 2006 se publicó en New Scientist un estudio realizado por el ya citado profesor G. Gibson que resultó ser tan exitoso que ¡se decidió darlo por terminado antes de completarse! En él se dividió a 40 niños autistas de entre 4 y 8 años en dos grupos dándose a uno de ellos un probiotico –Lactobacilus plantanum- y al otro un placebo. Luego se pidió a los padres que apuntasen diariamente los cambios de conducta de sus hijos y al poco tiempo los padres de los que estaban tomando el Lactobacilus plantanum notaron mejoras tan evidentes en las conductas de sus hijos que cuando les tocó cambiar pasando los que tomaban el probiótico a tomar placebo y viceversa éstos se negaron en redondo. No hubo por ello más remedio que suspender el estudio. Y en el colmo de la estupidez los puristas decidieron considerarlo por eso “no válido”.

Juan Carlos Mirre

Recuadro:


En cuanto a las vacunas y el autismo

En la actualidad se administran diversas vacunas a casi toda la población infantil –aunque en España ninguna vacuna es obligatoria a pesar de que algunas autoridades y ciertos médicos se empeñen en decir lo contrario- y son cada vez más las voces que consideran probable que en un importante porcentaje de casos la introducción en el organismo, bien de un virus, de una bacteria –aunque sea atenuada- o de alguna de las sustancias con que se fabrican pueda dar lugar a una desastrosa cascada negativa de eventos, especialmente si el sistema inmune no funciona bien. No debería pues vacunarse tan alegre como inconscientemente a los niños y mucho menos a los que padecen alergias, asma, eczemas o problemas digestivos. Ni a los niños -aunque no presenten síntoma alguno- cuyas madres hayan tenido esos problemas o ingirieran antibióticos durante el embarazo o bien padezcan diabetes, depresión o complicaciones psíquicas.

Son ya de hecho muchos los padres y profesionales de la salud que consideran que el autismo pueden producirlo las vacunas, bien a causa del timerosal, bien por culpa de la Triple Vírica, bien por la vacuna DPT (vacuna trivalente para la difteria, la tosferina y el tétanos). Aunque el hecho de que haya muchos niños autistas que no fueron vacunados plantee la duda de si el problema no está tanto en la vacuna en sí como en a quién se le administra. Un problema que se debe en parte a que los médicos siguen reconociendo que “no hay enfermedades sino enfermos” pero, contradictoriamente, tienen catalogadas miles de “enfermedades” –la mayoría de causa o etiología desconocida- que tratan con fármacos meramente sintomáticos o paliativos de forma uniforme. Y, sin embargo, para poder prevenir una enfermedad o recuperar a cualquier enfermo hay que tener siempre en cuenta el “terreno” de cada persona, su especial fisiología individual, siendo básico a ese respecto el estado de la flora intestinal y el sistema inmune. De hecho hoy se sabe con certeza que, al igual que las improntas digitales, cada uno de los 7.000 millones de habitantes del planeta tiene una flora intestinal única y característica y, consecuentemente, un sistema inmune individualizado que le es propio. De ahí que los efectos de la introducción en el organismo de un virus, una bacteria, una toxina o un principio activo no sea equiparable a toda la población, se trate de un sinsentido generalizar y no deje de ser esa práctica tan arriesgada como poco inteligente.

Ya en la década de los años 90 del pasado siglo XX el Dr. A. Wakefield, gastroenterólogo del Royal Free Hospital de Londres, publicó los resultados de varios estudios que mostraban cierta relación entre la Enfermedad de Crohn y el sarampión. Posteriormente -en 1998- publicaría un nuevo estudio que evidenciaba las relaciones entre la Enfermedad Inflamatoria Intestinal y el autismo. Y luego apuntaría que los virus atenuados de la vacuna conocida como Triple Vírica podrían ser uno de los agentes causantes del autismo.

La simple posibilidad de que tuviese razón llevó a los laboratorios farmacéuticos implicados, al ver amenazados sus intereses, a orquestar una cruzada contra él de tal calibre que pronto se vio forzado a renunciar tanto a su cargo en el Instituto Nacional de la Salud de Reino Unido como a la cátedra del Royal Free Hospital trabajando desde entonces en una organización caritativa estadounidense de Texas (EEUU)dirigiendo el centro Thoughtful House.

Sin embargo en los estudios realizados por el Dr. Wakefield se practicaron endoscopias a cientos de niños para obtener muestras de nódulos linfáticos del intestino (Placas de Peyer) que es donde los linfocitos almacenan los patógenos y células muertas para su eliminación -nódulos del sistema inmune que se inflaman cuando debido a una infección hay sobreproducción de linfocitos para combatirla- y encontró en ellos -para su sorpresa- que el virus del sarampión estaba presente en los niños en los que el autismo se manifestó tras recibir la vacuna Triple Vírica.
Otras anomalías intestinales que acompañan a los nódulos linfáticos inflamados son todo tipo de inflamaciones, abscesos con pus, erosiones de mucosas, ulceraciones, etc. Siendo de destacar que muchas de estas anomalías también se observan en el intestino de personas con la llamada Colitis ulcerosa, Enfermedad Inflamatoria Intestinal o Enfermedad de Cröhn que de las tres maneras es conocida.

El error del Dr. Wakefield pudo haber sido pues otorgar todo el protagonismo al efecto de las vacunas -tanto a los virus atenuados como a sus toxinas o a las sustancias agregadas como el timerosal o las sales de aluminio- cuando es posible que éstas simplemente hayan activado o agravado una situación patológica previa derivada en realidad de la ausencia de una flora intestinal beneficiosa.

Añadiremos para finalizar que el autismo no es la única patología infantil que ha alcanzado hoy proporciones epidémicas y que son cada vez los niños que sufren asma, alergias, eczemas, diabetes o hiperactividad sin que esas patologías afecten a sus hermanos. Patologías todas ellas que tienen un denominador común: un sistema inmunitario alterado.

 

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Enero 2012
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