¿Existe la Medicina “Científica”?

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Desde hace algún tiempo los prebostes de la Medicina convencional alopática –más bien habría que llamarla farmacológica- pretenden hacer creer a la sociedad que ellos, en tanto representantes de la “Medicina Científica”, son los únicos en los que se puede tener confianza porque se basan en el racionalismo y en el llamado “método científico”. Pues bien, no es verdad: ni lo que afirman está muchas veces demostrado ni la Medicina convencional u ortodoxa obtiene mejores resultados que los que se logran con terapias alternativas.

Los que nos dedicamos a la práctica de las terapias naturales y holísticas no agresivas hemos tenido que oír muchas veces que lo que nosotros hacemos no es “científico”. Paralelamente, la medicina convencional o alopática está siendo cada vez más cuestionada por su escasez de resultados en las llamadas afecciones crónicas. A pesar de lo cual, sus defensores la proclaman como la medicina científica dando así a entender que es más valiosa que el resto de las terapias. Pues bien, no hay que caer en la trampa de defender a capa y espada que nuestro proceder también es científico -que lo es- sino tener una idea más clara de qué es científico, qué es la ciencia y qué es medicina científica.

Se tiene la creencia de que la ciencia, tal como se estudia en las universidades, representa la Verdad. Y eso no es cierto. La ciencia desarrolla modelos de interpretación de la realidad, o sea, modelos que puedan predecir o explicar un hecho experimental. Y a lo largo de la historia esos modelos han ido cambiando. Por ejemplo, en un principio se tenía la idea de que la materia estaba constituida por bolas sólidas unidas por ganchos. Eso permitía explicar algunas cosas pero como era insuficiente para dar explicación a todo se desarrollaron otros modelos. Así, con el tiempo surgió el modelo de órbitas según el cual los electrones describen órbitas elípticas alrededor del núcleo; y eso permitió explicar más cosas pero no todo. Después se consideró el concepto de orbital como zona de probabilidad de encontrar un electrón. Etcétera…

El caso es que a lo largo de la Historia se ha confundido a menudo el modelo de interpretación de los hechos con la verdad. Por eso todos los genios que han hecho avanzar a la ciencia fueron despreciados en su tiempo: iban en contra de la verdad establecida. Y eso continúa pasando hoy día mucho más de lo que nos imaginamos.

De tal modo que como los modelos no pueden predecir el 100% de los hechos experimentales se hizo necesario establecer un cálculo matemático de errores. Se decía así que tal u otro modelo se cumplía en un porcentaje determinado de casos. Y dando esos resultados como ciertos se continuaba con el estudio. Es decir, que la ciencia está basada en la aceptación del error; o, lo que es lo mismo, está basada en un error.

Por otro lado, las condiciones de laboratorio no pueden reproducir nunca la globalidad de la realidad que se intenta analizar ya que es absurdo fragmentarla para estudiar cómo funciona. Para entendernos: no se puede sacar un pez fuera del agua para estudiar cómo nada.

El modelo científico, en suma, no es la verdad (aunque sea una herramienta útil). El mapa no es el territorio. Si vamos caminando por el campo y llegamos a un pueblo que no aparece en nuestro mapa no podemos decir que ese pueblo no es real; deberemos decir que nuestro mapa no está bastante desarrollado; o sea, el mapa es un pequeño trozo de papel que, aunque sea muy útil, tiene poco que ver con la inmensidad del territorio. Además, en el mapa no aparecen las flores del camino, ni el trinar de los pájaros, ni la brisa… y ese conjunto de detalles condiciona en gran medida nuestra travesía por el campo. Detalles que además son cambiantes y, a veces, imprevisibles.

Por desgracia, siempre ha habido cientófilos y cientólatras. El cientófilo es aquel que rechaza todo lo que no tiene la etiqueta de científico y no sabe que infinidad de estudios “científicos” tienen poco de científicos y sí mucho de intereses económicos. En un estudio de laboratorio “científico” se puede “demostrar” cualquier cosa que a uno se le ocurra. Por ejemplo, se puede demostrar que la vitamina C es cancerígena como hizo el Informe Podmore. Lo que sea. Luego se le pone la etiqueta de científico y por el simple hecho de haberse realizado en un laboratorio todos lo aceptan de manera dogmática aunque el estudio carezca de todo rigor. Por otro lado, el cientólatra es aquel que siempre defiende sus ideas argumentando que “la ciencia dice tal cosa” cuando si realmente tuviera valor lo diría él sin más y no necesitaría escudarse en la ciencia para defender lo que dice.

En cuanto a la medicina oficial, ésta se ha desarrollado básicamente por el método empírico. O sea, a través de la experiencia documentada. El método empírico también es científico y aún es el método que prevalece. Los fármacos de la industria se desarrollan mediante química combinatoria. Se van haciendo combinaciones más o menos al azar de ciertos grupos funcionales sobre centros moleculares para estudiar sus efectos en cultivos celulares o en animales. Y así, haciendo infinidad de combinaciones moleculares, encuentran un día una sustancia que puede ser activa para cierta enfermedad. A partir de lo cual se hacen más estudios experimentales sobre animales, después en personas y se observa si los efectos tóxicos secundarios permiten la comercialización del producto. Por último, tratan de dar una explicación racional de por qué el fármaco funciona y muchas veces, si leemos los prospectos de muchos medicamentos, vemos que esa explicación no se tiene o, simplemente, se presupone. Por otro lado, gran parte de los datos de estos estudios es información reservada de la industria. Por tanto, el médico que receta el fármaco ha de tener fe en lo que la industria dice o en lo que los científicos más influyentes proponen, a veces casi de forma dogmática y casi siempre apoyados por determinados intereses económicos. Y eso es lo que los cientófilos llaman “Medicina Científica”. Obviamente, con esto no queremos decir que no sea útil sino que cada cosa es lo que es.

Por otro lado, la “Medicina Científica” tomó la decisión filosófica a principios del siglo XX de que sólo es “científico” aquello que puede demostrar la eficacia de un remedio de forma lineal y cartesiana. Y rechaza cualquier otro método que no sea ése. Por ejemplo, es obvio que si se elige a un grupo de pacientes diagnosticados de una determinada enfermedad y se les trata mediante terapias holísticas para ver los resultados -si se curan o no- es posible constatar su validez. Pues bien, la “Medicina Científica“ rechaza eso. Sus prebostes sólo aceptan que algo cura si funciona haciendo un estudio lineal, es decir, viendo cómo responden los pacientes por separado a cada elemento de la terapia. Algo absurdo porque en una terapia holística o integral lo que cura no es una acción puntual sino un conjunto de acciones que no se pueden separar. No se puede ver si el asma se cura sólo con ácidos grasos esenciales, o sólo con el aporte de probióticos… Hay que comprobar si el enfermo se cura con el conjunto de medidas que propone el terapeuta. Medidas que, además, pueden ser diferentes en cada paciente.

Así pues, lo que algunos llaman medicinas no científicas son tan científicas como las otras. Cuando el doctor Edward Bach, por ejemplo, investigó los efectos de la esencia floral de Gorse en la desesperanza, demostró su eficacia con la experiencia documentada. Posteriormente, miles de terapeutas alrededor del mundo lo confirmaron empíricamente y, por tanto, científicamente. Aun cuando la explicación del mecanismo de acción no esté clara, al igual que sucede con muchos fármacos actuales.

Y es que todavía hay gente que confunde racionalismo con ciencia. Sin embargo, el racionalismo no es sino una corriente filosófica iniciada por Descartes en función de la cual el racionalista “elige” afrontar la realidad a partir del análisis, de la fragmentación, prestando más atención al detalle que al conjunto y mantiene una lógica lineal de ideas encadenadas. Es decir, no integra el conocimiento en una unidad de sentido completo ni contempla la globalidad como un todo coherente. Rechaza su capacidad de síntesis. Ser racionalista es, pues, una opción personal que nadie nos puede obligar a seguir en nombre de nada.

En consecuencia, no nos dejemos engañar por los cientófilos que dicen que las terapias naturales no son científicas, ni por los cientólatras que intentan despreciar todo lo que no se ajusta a su mundo racionalista y al “método científico”. En algunos países tienen esto un poco más claro y por eso las terapias holísticas se estudian ya en las universidades.

Ponciano Ramírez Muñoz.
 

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Febrero 2003
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