¿Fueron los fármacos la causa de la tragedia del vuelo de Germanwings?

ntermedia_182_03

Ciento cuarenta y nueve personas inocentes murieron el pasado 24 de marzo porque un joven llamado Andreas Lubitz decidió estrellar el avión que pilotaba contra una montaña en un claro caso de asesinato suicida que se supone perpetró porque estaba mentalmente enfermo, tenía ideas suicidas y por eso se trataba con psicofármacos; solo que éstos no se usan para evitar ideas suicidas: LAS PROVOCAN. Se sabe y está ampliamente documentado. Y se trata de un grave problema que debe afrontarse cuanto antes porque lo acaecido puede volver a darse en muchos otros casos ya que hay decenas de miles personas tomándolos mientras manejan aviones, trenes, buques, barcos, autobuses, camiones, taxis y otros medios públicos de transporte.

El 24 de marzo de 2015 un joven de 27 años llamado Andreas Lubitz al que recientemente había abandonado la novia con la que pensaba casarse, podía perder el trabajo por problemas en la vista, se sentía muy triste -deprimido dirían los psiquiatras- y había sido reiteradamente drogado -con fármacos- decidió quitarse la vida ¡y la de las 149 personas que iban con él en el avión que pilotaba! Estaba pues dispuesto a suicidarse pero no de manera anónima ni en solitario sino vengativa y haciendo saber que si al mundo no le importaba lo que le pasaba… a él no le importaba el mundo. Y es que tal es el perfil psicológico de quienes actúan de esa manera siendo muchísimos los casos que así lo corroboran. Es en cualquier caso absurdo buscar explicaciones racionales a comportamientos irracionales. Tal tipo de gente se caracteriza básicamente por una sola cosa: su cerebro no rige bien. Y en general se convierten en -o son ya- ególatras, egocéntricos y egoístas que fantasean planeando venganzas por problemas propios cuyas culpas echan siempre a los demás… solo que normalmente su conciencia les impide pasar de la fantasía a la realidad salvo si la misma se halla disminuida porque el nivel de consciencia está igualmente disminuido. Y eso es algo que se sabe provocan las drogas; desde el alcohol a la cocaína pasando por el polvo de ángel, el krokodil, el shabú, la ketamina, el klhat, el estramonio, la escopolamina, el popper y muchas otras, incluidas las presentes en algunos de los fármacos que los médicos recetan a quienes tienen algunas de las numerosas “enfermedades mentales” que hay hoy catalogadas. Fármacos que no se dan a quienes tienen ideas suicidas como la mayoría de los medios de comunicación ha propalado falsamente porque así se les ha hecho creer sino que son ¡los que provocan tales ideas suicidas!

En suma, el vuelo 4U9525 de la compañía alemana Germanwings -filial de Lufthansa– terminó en un asesinato suicida -siempre que lo acaecido sea como se nos ha contado- porque su copiloto pudo subirse a manejarlo a pesar de que su médico le había dado de baja. Lo que demuestra que el nivel de control de los pilotos -al menos en Alemania- es no solo ineficaz sino absolutamente disparatado ya que al que se incapacita ¡le basta con no comunicárselo a su compañía para seguir volando! Una situación aberrante e injustificable. Y es que en el momento de redactar estas líneas -9 de abril- se aseveraba que a Andreas Lubitz se le había diagnosticado trastorno maníaco depresivo -además de padecer “problemas de retina”- y estaba tomando fármacos. Es más, se sabría que ya cuando realizaba sus primeros estudios como piloto hubo de suspenderlos transitoriamente porque sufrió una “depresión grave acompañada de tendencias suicidas” según él mismo manifestó a la compañía en 2009 antes de reanudar sus clases para obtener la licencia de piloto. E incluso que posteriormente superó las pruebas médicas oficiales que le permitieron volar a pesar de que estaba ingiriendo fármacos que habitualmente se recetan para la depresión, la ansiedad y los ataques de pánico. Al menos así lo ha publicado la prensa alemana que asegura que en su casa se encontró un gran número de medicamentos; lamentablemente en el momento de escribir este texto se había desvelado el nombre de un solo principio activo: la olanzapina. Se trata de un antipsicótico atípico aprobado para el tratamiento de la esquizofrenia, los episodios depresivos asociados con el trastorno bipolar y los episodios agudos de manía que se comercializa hoy como genérico -solo o en combinación con otros principios activos- con muchos nombres: Zyprexa Zydis, Zalasta, Zolafren, Midax, Olzapin, Rexapin, Symbyax… De hecho suele recetarse en combinación con fluoxetina, un antidepresivo inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina (ISRS).

Asimismo se sabe que justo el día antes de estrellar el avión usó una tableta -se encontró en su apartamento- para entrar en varias webs en las que buscó información sobre problemas psiquiátricos, sobre maneras de suicidarse y sobre el bloqueo de la cabina de pilotaje de los aviones comerciales. Lo asevera el diario alemán Bild que asegura que las búsquedas las hizo usando como nombre de usuario Sky Devils (Diablos del cielo). En suma, todo indica que se trababa de una persona mentalmente desequilibrada que jamás hubiera debido estar en la cabina de un avión.

Ahora bien, siendo trágico lo sucedido lo es mucho más pensar que la historia puede repetirse en cualquier momento porque casi nadie se ha hecho eco de algo indiscutible: muchos de los fármacos que se recetan para tratar patologías mentales SON LOS QUE INCITAN AL SUICIDIO. Está científicamente constatado que los antidepresivos, los antipsicóticos y otros medicamentos psiquiátricos alteran la bioquímica cerebral pudiendo provocar un progresivo deterioro del cerebro y de la capacidad mental. Y así se reconoce en muchos casos EN LOS PROPIOS PROSPECTOS. ¿Por qué los grandes medios de comunicación lo ocultan?

FÁRMACOS Y VIOLENCIA

Es más, pueden dar lugar a muy diversos tipos de conductas violentas; incluidas matanzas sin sentido. Lo explicamos pormenorizadamente en los artículos ¿Son los antidepresivos causa de muchos actos de violencia? y ¿Son los antidepresivos la causa de las matanzas en las escuelas estadounidenses? que aparecieron en los números 82 y 159 respectivamente y pueden leerse en nuestra web: www.dsalud.com. Y no desvelamos ningún secreto: tales medicamentos están obligados desde agosto de 2004 a advertir de que pueden causar ansiedad, agitación, ataques de pánico, insomnio, irritabilidad, hostilidad, agresividad, impulsividad, acatisia (inquietud psicomotora), hipomanía y conductas maníacas. Y añadiremos que existen 22 advertencias internacionales similares que componen un cuadro de terror para quien está sometido a un tratamiento prolongado con los mismos. Todo ello sin entrar en su efectividad real, muy cuestionable -especialmente en los casos de depresión leve y moderada- como también explicamos en los artículos Antidepresivos: además de peligrosos, inútiles y ¡Funciona mejor y sin sus peligros un placebo que un antidepresivo! que se publicaron en los números 104 y 127 respectivamente.

El conocido psiquiatra neoyorquino Peter R. Breggin ha denunciado de hecho reiteradamente la relación entre ellos y las conductas violentas ¡en más de 20 libros! Como Toxic Psychiatry (Psiquiatría Tóxica), Talking Back to Prozac and Talking Back to Ritalin (Volvamos a hablar del Prozac y volvamos a hablar del Ritalin), Brain-Disabling Treatments in Psychiatry (Tratamientos de desactivación cerebral en Psiquiatría) y Psychiatric Drug Withdrawal: A Guide for Prescribers, Therapists, Patients and Their Families (Retirada de drogas psiquiátricas: guía para prescriptores, terapeutas, pacientes y familiares). Y hablamos de alguien que ha sido perito en casi un centenar de juicios en los que se relacionaron violencia y antidepresivos, que en 2010 compareció ante una comisión del Congreso de Estados Unidos que investigaba suicidios de veteranos de guerra que tomaban este tipo de fármacos y que ha expresado claramente lo que piensa de los psicofármacos en muchos artículos. Entre ellos en el titulado Suicidio, violencia y manía provocados por los inhibidores selectivos de recaptación de la serotonina. Revisión y análisis en el que asevera lo siguiente: “Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) suelen causar o exacerbar una amplia gama de problemas mentales y comportamientos anormales. Reacciones adversas que incluyen los siguientes fenómenos superpuestos: desde agitación ligera a psicosis maníaca, depresión agitada, preocupaciones obsesivas que son ajenas o no características de la persona y acatisia. Cada una de estas reacciones puede empeorar la condición mental del individuo y acabar en suicidio, violencia y otras formas de comportamiento anormal extremo. La evidencia de tales reacciones aparece en informes de casos, ensayos clínicos controlados y estudios epidemiológicos en niños y adultos. Reconocer pues tales reacciones adversas retirando esos dañinos fármacos y no hacer diagnósticos erróneos impediría que empeoren por daños iatrogénicos. La clara relación entre los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS) y tales reacciones adversas constatables a nivel forense permite hablar de negligencia criminal, malas prácticas y responsabilidad penal(la negrita y el subrayado son nuestros).

El doctor David Healy, psiquiatra británico autor de dos conocidas obras que analizan la influencia de la industria farmacéutica en los médicos a la hora de recetar antidepresivos –Démosles a comer Prozac: la insana relación entre la industria farmacéutica y la depresión (2006) y Pharmageddon (2012)- declararía por su parte a la web WND America’s Independent News: “(…) Las drogas psicotrópicas -de cualquier grupo- pueden desencadenar violencia -incluyendo el homicidio- a pesar de lo cual los defensores del tratamiento alegan que es la enfermedad y no los medicamentos la causa de la misma agregando que hay un gran número de personas sin tratar. Pero si así fuera ¡no se habría constatado que más del 90% de los tiroteos en las escuelas están vinculados con la ingesta de medicamentos! Y es que según cifras de la Comisión de Ciudadanos por los Derechos Humanos (CCHR) -organización apolítica internacional sin ánimo de lucro creada para estudiar los abusos que se cometen con el pretexto de proteger y mejorar la salud mental- al menos 31 tiroteos en centros escolares –que dejaron 72 muertos y 162 heridos- y otros 12 actos de violencia –con 46 muertos y 23 heridos- fueron cometidos por personas -generalmente adolescentes- que estaban bajo tratamiento psiquiátrico consumiendo medicamentos o empezaban a abandonarlos. La diferencia es que Lubitz decidió usar un avión en lugar de armas automáticas pero el resultado final fue el mismo: una matanza indiscriminada provocada por un suicidio previamente asumido.

Agregaremos que hay numerosos trabajos según los cuales los psicofármacos pueden ser responsables no solo de las grandes matanzas sino estar detrás de muchos de los comportamientos violentos en hogares, escuelas y otros establecimientos públicos aunque como las circunstancias de quienes los protagonizan no suelen conocerse no se achaca a los mismos. Tal es la acusación de muchos investigadores para los que es urgente tomar medidas. Es el caso del neuropsiquiatra español Javier Aizpiri quien lo argumenta así: “Muchas personas conducen coches, autobuses o camiones de 7 ejes tomando alcohol, antidepresivos, benzodiazepinas, hipnóticos y hasta cocaína. Los controles de alcoholemia y drogas han permitido constatarlo y, afortunadamente, controlar en parte la situación al dejar sin carné a muchos psicópatas pero siguen sin valorarse y afrontarse adecuadamente los efectos secundarios de los psicofármacos. Nadie debería conducir un coche, un metro, un tren o un avión estando en tratamiento farmacológico”.

En suma, ¿cuántos episodios de violencia doméstica no tienen tras de sí un historial de consumo de alcohol… o de psicofármacos? Y lo que es más inquietante: ¿cuántos presuntos “accidentes” se debieron en realidad a que los conductores tomaban medicamentos psiquiátricos?

VOLAR ANTES QUE PARAR

La sociedad ignora la gravedad de este hecho… pero no será por falta de expertos que lo denuncien. El ya citado Dr. Healy publicaba recientemente en su blog –http://davidhealy.org/winging-it-antidepressants-and-plane-crashes/- un texto titulado Improvisando: los antidepresivos y los accidentes de aviación en el que decía: “Es evidente que si un medicamento mejora una condición subyacente su uso debería hacer más seguro al piloto o al conductor de un autobús de más de 50 pasajeros pero en realidad pocos tratamientos en medicina tienen tal eficacia. Aún cuando sean eficaces en la mejoría de los síntomas pueden provocar efectos secundarios más negativos que los de la propia enfermedad. La doxiciclina por ejemplo, antibiótico ampliamente utilizado para el acné y la profilaxis de la malaria, puede ser muy eficaz para ello pero también provocar depresión e ideas suicidas u homicidas. Cuando es obvio que el acné no provoca tales estados. Y otros antibióticos, como Levaquin y Cipro, causar toda una serie de problemas graves y perdurables, entre ellas psicosis. Sin embargo se recetan habitualmente por problemas menores que no ponen en peligro la capacidad de un piloto para volar y mantener a sus pasajeros a salvo” (de nuevo la negrilla y el subrayado son nuestros).

En suma, la pedagogía médica y social sobre los graves efectos secundarios de los psicofármacos es escasa por no decir nula; incluso para los propios pacientes, las familias y sus allegados. De ahí que uno de los datos más sorprendentes que se han podido conocer a raíz de esta tragedia aérea sea que MUCHOS PILOTOS VUELAN A PESAR DE ESTAR MEDICÁNDOSE CON ESTE TIPO DE FÁRMACOS. Y lo hacen sin informar a su compañía para no poner en peligro su licencia de vuelo. Quizás porque ignoran que ponen en peligro su vida y la de los pasajeros. Tan alarmante dato lo dio a conocer el pasado 5 de abril el diario alemán Bild; según asevera así lo ha hecho ¡el 60% de los pilotos a los que se diagnosticó algún tipo de depresión! Decidieron seguir volando sin comunicárselo a las autoridades oficiales. El dato procede según el diario de un análisis realizado por el departamento de Medicina de la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) fechado en 2013 tras analizarse 1.200 casos de profesionales del sector. El estudio, resultado de una investigación llevada a cabo entre 1997 y 2001, reconoce que el 15% de los pilotos decide tratarse en secreto con medicamentos que consiguen de sus propios médicos y apenas un 25% se lo confiesa a la compañía para la que trabaja.

Y tales datos concuerdan con el informe realizado por el Civil Aerospace Medical Institute de la Administración Federal de la Aviación norteamericana publicado en febrero de 2014 con el título Aircraft-Assisted Pilot Suicides in the United States, 2003-2012 (Suicidios de pilotos a bordo de aviones en Estados Unidos 2003-2012). Se trata de un trabajo según el cual los suicidios de los pilotos mientras vuelan son un fenómeno muy poco común… pero que sin duda existe. De hecho entre 2003 y 2012 hubo 2.758 accidentes de aviación mortales y sólo en 8 la autoridad competente apuntó como probable causa el suicidio aunque el informe reconoce que algunos casos señalados como “no concluyentes” podrían esconder también la intención suicida del piloto. Eso sí, afortunadamente ninguno de los casos recogidos en el informe fue protagonizado por pilotos comerciales que pilotaran aviones de pasajeros.

La mayoría de los pilotos suicidas –señala el trabajo- estaban experimentando significativos factores de estrés en su vida en el momento de la muerte. Los datos toxicológicos indican que el 50% (cuatro de ocho) de los pilotos que se suicidaron con sus aviones presentaban al menos una sustancia -si no más- que les descalificaba para volar y el 38% (tres de ocho) tenía altos niveles de varias sustancias en su sistema. No se detectaron ideas suicidas o evidencias de depresión durante el proceso de certificación médica. Los suicidios probablemente los provocaron hechos acaecidos después de que se hubieran efectuado, revisados y completados”. El informe también resalta que ninguno de esos pilotos informó a las autoridades de que sufriesen trastorno mental, depresión, ansiedad u otra patología mental ni de que hubiesen tenido ideas suicidas. Ni informaron del uso de antidepresivos a pesar de que las pruebas de toxicología demostraron que dos habían ingerido inhibidores de la recaptación de serotonina (ISRS) -ambos Citalopram- y un tercero además fluoxetina. Es más, se constató que cuatro habían tomado alcohol (se les detectó etanol), uno benzodiacepinas y dos más antidepresivos.

El informe revela asimismo que ninguno de los dos pilotos que tomaban antidepresivos informó al médico encargado de certificar su capacidad para volar. De ahí que en el informe se diga: “Cuando un piloto quiere ser dado oficialmente como apto por un médico lo normal es que se presente ante él como una persona sana; especialmente si cree que el trabajo de éste consiste en restringirle su capacidad para volar. Así que no es probable que un piloto de información negativa sobre su comportamiento si ello pone en riesgo su licencia de vuelo. Algo que en la relación médico-paciente de la práctica clínica habitual no se da al no percibirse amenaza”.

En pocas palabras: los pilotos -y sin duda muchos otros profesionales- ocultan a sus empresas si están a tratamiento con fármacos porque saben que les puede costar la licencia, el trabajo e, incluso, la profesión. Lo que quizás muchos no sepan es que con ello están poniendo en muy serio peligro sus vidas y la de los pasajeros que trasportan.

Lo singular es que la preocupación por el silencio de los pilotos no es nueva. Ya un trabajo de la Asociación Médica Aeroespacial norteamericana elaborado por D. R. Jones y R. R. Ireland que se publicó en 2004 en AviationSpace and Environmental Medicine con el título Aeromedical regulation of aviators using selective serotonin reuptake inhibitors for depressive disorders (Regulación aeromédica de los pilotos que utilizan inhibidores de la recaptación de serotonina para desórdenes depresivos) señalaba que según la base de datos de las consultas telefónicas hechas por los pilotos al servicio de asesoramiento médico el 15% de aquellos a los que se sugirió tomar antidepresivos manifestó que estaban dispuestos a ello ¡pero siguiendo volando y sin informar a la Administración Federal de Aviación! De hecho los investigadores se consideraron incapaces de cuantificar cuántos aviadores en activo los toman actualmente sin autorización. ¡Como si no se pudiera tomarles muestras de sangre y orina de forma sorpresiva al igual que se hace con los deportistas de élite! Bastaría regularlo legalmente a nivel internacional.

El informe asevera luego que hay igualmente problemas con la fiabilidad de los médicos que se encargan de certificar las aptitudes de vuelo de los pilotos; de hecho el Cirujano Federal del Aire de Estados Unidos -máxima autoridad médica en la materia- ya declaró en su momento lo siguiente: “Hemos sabido hace poco que desafortunadamente se concedieron certificados de vuelo a más de 100 pilotos que estaban aún tomando inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina o ISRS”. Impactante declaración que hace recordar otra reciente denuncia del diario Bild: la compañía Lufthansa solo dispone de 11 examinadores médicos –y algunos no a tiempo completo- para examinar a varios miles de pilotos! Y si esto es extrapolable a otras compañías -y así parece que es- resulta imposible saber hoy cuántos pilotos en activo consumen psicofármacos. Dramático.

El único grupo de pilotos en el que está documentado el uso de estos fármacos es el de los fallecidos en accidentes de aviación de Estados Unidos entre 1990 y 2001; los resultados se recogen en dos trabajos realizados por el Civil Aerospace Medical Institute de la Administración Federal de la Aviación norteamericana. Fueron elaborados por Dennis V. Canfield y Arvind K. Chaturvedi y el segundo se publicó en julio de 2007 con el título Selective Serotonin Reuptake Inhibitors: History of Fatally Injured Aviation Accident Pilots (Inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina: historia médica de pilotos fatalmente fallecidos en accidentes de aviación) constituyendo la segunda parte del publicado antes -en 2003- con el título Selective serotonin reuptake inhibitors in pilot fatalities of civil aviation accidents, 1990–2001 (Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina en el fallecimiento de pilotos en accidentes de aviación civil). Pues bien, tales trabajos concluyen que se encontraron cuatro de esos fármacos -citalopram, fluoxetina, paroxetina y sertralina– en las muestras de los 61 pilotos fallecidos en accidentes de aviación civil acaecidos entre 1990 y 2001. El informe asevera que al menos 9 de ellos no hubieran debido volar en el momento del accidente, que 52 de 59 no habían informado de su estado psiquiátrico y que 56 de 59 nunca contaron que consumían antidepresivos. “Completados los 61 informes –se dice en el segundo trabajo– podemos afirmar que la condición psicológica del piloto y /o el uso de inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (SRS) pueden ser considerados la más probable causa o al menos un factor que contribuyó en el 31% (19/61) de los accidentes. Los resultados del presente estudio confirman nuevamente que los ISRS fueron utilizados por los pilotos y que éstos no informaron de su consumo en sus últimos exámenes aeromédicos. Además la mayoría de los pilotos no informó de su condición psicológica ni de que estaban siguiendo un tratamiento regular con ISRS”.

El informe desvela también un hecho especialmente significativo: la falta de concienciación del peligro de estos medicamentos en personas que se supone preparadas: “Ni siquiera los pilotos con educación superior y conocimientos médicos -se explica en el informe- informaron de sus problemas ni de los medicamentos que consumían. Y como quiera que el problema de no denunciar el uso ISRS y que se tiene un diagnóstico psiquiátrico continúa debe tenerse precaución a la hora de certificar a los pilotos con signos psicológicos vagos; especialmente ahora que el consumo social de antidepresivos de este grupo está aumentando de forma drástica.”

ANTIDEPRESIVOS Y OLANZAPINA ¿UN CÓCTEL MORTAL?

En suma, son muchas las investigaciones que confirman -desde la década de los noventa del pasado siglo XX- que los antidepresivos aumentan el riesgo de suicidio en adultos. Aunque como bien matiza el Dr. Javier Aizpiri, para que un suicida se convierta en asesino múltiple tiene que haber un deterioro previo de la personalidad. Citemos algunos ejemplos.

-En 1994 un equipo de la Johns Hopkins University dirigido por D. L. Frankenfield publicó en Forensic Science International un trabajo titulado Fluoxetine and violent death in Maryland (Fluoxetina y muertes violentas en Maryland) en el que se llevó a cabo una revisión retrospectiva de todas las muertes acaecidas en Maryland (EEUU) entre enero de 1987 y julio de 1991 concluyéndose que “el suicidio fue la manera de muerte más frecuente asociada con los antidepresivos tricíclicos y la fluoxetina”.

-En 2006 un equipo del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Cincinnati (EEUU) dirigido por S. L. McElroy publicó en Bipolar Disorders un trabajo titulado Antidepressants and suicidal behavior in bipolar disorders (Antidepresivos y comportamientos suicidas en los desórdenes bipolares) en el que se afirma: “Hemos llegado a la conclusión de que los antidepresivos pueden inducir el suicidio en un subconjunto de personas con depresión (y probablemente ansiedad) y que esa inducción puede representar una forma de conversión maníaca, y, por tanto, un fenotipo bipolar”.

En 2006 la multinacional farmacéutica GlaxoSmithKline efectuó un estudio para analizar la posible relación de la paroxetina con comportamientos e ideas suicidas en pacientes adultos con trastornos psiquiátricos y -muy a su pesar- encontró un aumento estadísticamente significativo entre los adultos de todas las edades tratados para el trastorno depresivo mayor con Paxil.

-En 2009 un equipo dirigido R. Ljung publicó en Pschychiatric Services el trabajo titulado Ethnic differences in antidepressant treatment preceding suicide in Sweden (Diferencias étnicas en los tratamientos con antidepresivos previos al suicidio en Suecia) y, entre otras conclusiones, confirmaron que de los 1.255 suicidios acaecidos en 2006 en Suecia al 32% de los varones y al 52% de las mujeres se les había prescrito algún antidepresivo en los 180 días anteriores.

-Ese mismo año -2009- un equipo del Servicio Psiquiátrico del Hospital del Santo Espíritu de Roma (Italia) dirigido por M. Raja publicó en Journal of affective disorders el trabajo Psychopharmacological treatment before suicide attempt among patients admitted to a psychiatric intensive care unit (Tratamiento psicofarmacológico antes de intentos de suicidio entre pacientes admitidos en la unidad psiquiátrica de cuidados intensivos) y los autores constataron que los pacientes ingresados en esa unidad habían recibido más antidepresivos y benzodiazepinas que los ingresados por otras razones. De lo que colegirían que “no es posible excluir que el uso de antidepresivos o benzodiacepinas pueda inducir, empeorar o provocar comportamientos suicidas en algunos pacientes; especialmente en los afectados por trastornos del estado de ánimo con características depresivas o mixtas”.

Y son sólo unos pocos ejemplos de los muchos que pueden encontrarse en la literatura científica y asocian los antidepresivos -especialmente de los llamados inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS)- con conductas suicidas. Algo que, por otra parte, se recoge en los propios prospectos de los fármacos… que nadie -enfermos, médicos y periodistas incluidos- parece leer.

Es suma, si a Lubitz se le diagnosticó -como la investigación hasta ahora efectuada indica- ansiedad, depresión e incluso ataques de pánico es muy probable que siguiera durante tiempo un tratamiento con inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) en combinación con olanzapina. Es decir, el principio activo con el que son comercializados diversos fármacos, el más conocido Zyprexa.

Lo vergonzoso es que la relación entre el Zyprexa y el suicidio se conoce incluso ¡desde antes de su comercialización! En cinco ensayos clínicos previos a su puesta en el mercado -que implicó a 2.500 personas- se suicidaron 12 pacientes. Según el ya citado Dr. Healy se trata del medicamento con la tasa de suicidios más alta entre todos los antipsicóticos -puede leerlo en http://davidhealy.org/benefit-risk-madness-antipsychotics-and-suicide/- aseverando que en aquellos ensayos hubo probablemente más suicidios que no se incluyeron porque no se tuvieron en cuenta los acaecidos tras el abandono del tratamiento. De hecho estos datos están siendo hoy utilizados por distintos bufetes de abogados estadounidenses que ya han llevado al laboratorio fabricante ante los tribunales.

Recordemos que sobre este asunto ya publicamos un extenso reportaje en el nº 92 titulado Multinacionales farmacéuticas: comprando el silencio cuyo antetítulo era bien expresivo: Lilly decide pagar 420 millones de euros por los graves efectos secundarios de Zyprexa (puede leerlo en nuestra web: www.dsalud.com). Un texto cuya entradilla decía: “Mejor pagar que afrontar pleitos. Es lo que ha debido pensar Lilly ante la perspectiva de tener que lidiar con miles de demandas tras denunciar el New York Times que la multinacional farmacéutica ocultó en su momento datos sobre los graves efectos secundarios de su fármaco Zyprexa. De hecho ha decidido firmar un acuerdo económico con las 14 firmas de abogados que llevan 18.000 reclamaciones por ello. El coste del acuerdo será de cerca de 550 millones de dólares (casi 420 millones de euros). Ya en el 2005 Lilly firmó un acuerdo similar con 8.000 demandantes a los que pagó 800 millones de dólares (más de 600 millones de euros), cerca de 75.000 por persona. La diferencia de trato con los consumidores españoles resulta desde luego llamativa”.

Y es que el consumo de Zyprexa se asocia desde hace muchos años con numerosas muertes pero además con el desarrollo de pancreatitis, aumento del riesgo de ictus, empeoramiento del alzheimer, cetoacidosis, hiperglicemia, ganancia de peso, coma diabético, síndrome maligno neuroléptico y disquinesia tardía.

Terminamos este apartado indicando que en www.ehealthme.com/ds/zyprexa/suicide+attempt, web dedicada a recoger información sobre los efectos adversos de los medicamentos, se asegura que desde 1997 ha habido 42.791 personas que reportaron efectos secundarios tras tomar Zyprexa habiendo intentado suicidarse tras su ingesta 1.049 personas.

ACCIONES URGENTES

En suma, parece claro que deberían tomarse como mínimo con carácter de urgencia tres medidas:

1) Concienciar a la sociedad de los peligros de los psicofármacos, muy especialmente ahora que su prescripción no deja de crecer (en España su consumo se ha triplicado en diez años).

2) Establecer de inmediato controles aleatorios y sin previo aviso para todo personal que tenga a su cargo el trasporte o la seguridad de colectivos -similares a los controles de alcoholemia y antidopaje- a fin de detectar si consumen medicamentos que puedan afectar sus condiciones físicas y mentales. Y,

3) Crear un organismo -a cuya base de datos puedan tener solo acceso las personas y entidades legalmente autorizadas a fin de salvaguardar los datos y la intimidad de las personas que en ella figuren- en la que se incluya automáticamente y de forma inmediata a toda persona que esté consumiendo psicofármacos que puedan afectar a su estado físico y mental. Debiendo por ley estar en ella no solo toda persona que tenga a su cargo colectivos humanos sino todo ciudadano que conduzca un medio de transporte -incluido un coche particular- y pueda poner en peligro la vida de terceros. Obligando a los prescriptores de estos fármacos a comunicar al organismo regulador a quién se le han recetado, durante cuánto tiempo y cuál es el diagnóstico que lo justifica. Es hora de actuar.

Antonio F. Muro

Este reportaje aparece en
182
182
Mayo 2015
Ver número