George Carlo, la bestia negra de la industria de la telefonía móvil

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El doctor e investigador George Carlo encabeza probablemente la lista de personajes más odiados por la industria de telefonía móvil. Y es que entre 1993 y 1998 dirigió el programa Wireless Technology Research (WTR) -dotado con 28 millones de dólares aportados por la industria- para conocer la realidad de los efectos de la telefonía sin hilos…. y sus resultados fueron alarmantes pues relacionaban –ya entonces- la radiación de la telefonía móvil con serias enfermedades, cáncer incluido. Cuando presentó los resultados a los ejecutivos de la industria suponiendo que conociéndolos éstos tomarían medidas de algún tipo se encontró con que su respuesta fue intentar ocultarlos a toda costa. Hoy lleva ya varios años denunciando en todo el mundo –hace unos meses lo contó en el propio Parlamento británico- no sólo los potenciales peligros de las radiaciones microondas sino también que nadie parece estar dispuesto a desvelar la vergonzosa manipulación de la industria de telefonía móvil.

Cuanto más se profundiza en la relación existente entre nuestra salud y los campos electromagnéticos procedentes de los teléfonos móviles, las antenas, los transformadores, las torres de alta tensión e incluso la más moderna tecnología Wi-fi más puede apreciarse cómo se repite una vieja historia de la que ya conocemos el final. Ayer fue la industria tabaquera la que trató de ocultar y desbaratar los esfuerzos de quienes trataron de advertir de los graves efectos para la salud de la miríada de sustancias tóxicas presentes en el tabaco. Hoy son las industrias relacionadas con las emisiones electromagnéticas -telefonía móvil y compañías eléctricas principalmente- las que parecen seguir sus pasos.

Y es que cuando se intenta hablar con ellas de salud ambas reaccionan utilizando la misma estrategia que tan buenos resultados dio a los dirigentes del tabaco: ganar dinero hoy aplazando en los tribunales los problemas al máximo posible para que sean los directivos de mañana los que afronten las posibles demandas mientras ellos disfrutan ya de una jubilación de lujo. Y la estrategia es simple: basta negar fundamento científico a todo lo que les deja en evidencia, impulsar sólo investigaciones controladas que les beneficien, utilizar los medios de comunicación como altavoces de las informaciones que les son favorables y asegurar el futuro del negocio centrando sus campañas publicitarias en los más jóvenes –y por ello más vulnerables- mediante abusivas campañas de marketing que acaban convirtiendo su producto en algo “imprescindible” para sus vidas. Sólo hace falta dinero, mucho estómago y escasa ética.

En su día fue posible desmontar las mentiras de la industria del tabaco gracias en buena medida a Jeffrey Wigand, personaje que se convirtió en pieza clave para investigar y enjuiciar a las compañías tabaqueras. Hasta 1993 fue un importante ejecutivo de la empresa Brown and Williamson -llegó a ser vicepresidente de Investigación y Desarrollo- pero un día fue despedido por oponerse a la utilización de sustancias tóxicas y carcinogénicas. Dos años después, en 1995, participaría en un reportaje elaborado para el programa “60 minutos” -uno de los de mayor audiencia en Estados Unidos- y sus declaraciones ante los periodistas y la Justicia fueron vitales en las demandas que varios estados norteamericanos presentaron contra las tabacaleras en la década de los noventa.

Pues bien, si el testimonio de Wigand fue vital en su momento para desvelar las oscuras tramas de la industria del tabaco quizás también lo sea en el futuro el de George Carlo, el científico que fue elegido en 1993 por la propia industria de las telecomunicaciones para dirigir una investigación que aclarara de forma definitiva si la telefonía móvil causa o no daños a la salud. Porque hoy Carlo, desde el Science and Public Policy Institute, se ha convertido en una de las “bestias negras” de la industria. Y es que lo que descubrió no ha gustado nada a sus patrocinadores. Se repite, en suma, lo que sucedió con las tabaqueras.

ERRORES QUE NO PUEDEN REPETIRSE

A quienes sigan creyendo a pies juntillas los argumentos de la industria -“No hay nada concluyente”, “Las radiaciones electromagnéticas nada tienen que ver con el cáncer u otras enfermedades”, “Los estudios científicos no demuestran nada”…- no estará de más recordarles que la jueza Gladys Kessler -en la última de las grandes resoluciones de Estados Unidos contra las compañías tabaqueras (17 de agosto de 2006)- sentenció que durante décadas esa industria tuvo “un comportamiento perverso mintiendo sobre los riesgos para la salud de sus productos”.

Este caso –puede leerse en el escrito de la jueza Kessler- es sobre una industria y, en particular, sobre unos demandados que obtienen sus beneficios y viven de vender un producto muy adictivo causante de enfermedades que provocan un número mareante de muertes por año, una cantidad inconmensurable de sufrimiento humano y una profunda carga para el sistema nacional de salud al que obliga a dedicar enormes sumas de dinero. Y los demandados sabían que era así desde hace 50 años o más. A pesar de lo cual, de forma consistente, repetidamente y con enorme habilidad y sofisticación negaron los hechos al público, al Gobierno y a la comunidad de salud pública (…) Para abreviar, los demandados comercializaron y vendieron sus letales productos con entusiasmo, con engaño, enfocados exclusivamente en el éxito económico y sin tener en consideración la tragedia humana y el coste social que exigió su éxito” (la negrita es nuestra).

Bueno, pues en este momento hay en Estados Unidos siete action-class –demandas masivas- contra las compañías de telefonía denunciando también ocultamiento por parte de la industria. En la página 58 de una de las demandas presentadas en Baltimore -ante la Corte del estado de Maryland- se alega que los abastecedores del servicio de telefonía móvil y los fabricantes de equipos no sólo saben que sus productos generan niveles peligrosos de radiaciones microondas sino que han intentado suprimir la evidencia científica que desvela esos peligros. Peter Angelos, conocido abogado que luchó contra las tabaqueras, presentó en enero pasado una demanda por 800 millones de dólares en nombre de un neurólogo que considera que su tumor cerebral es consecuencia de la negligente práctica de las compañías. En su demanda Angelos afirma que las empresas conocen perfectamente los daños que pueden provocar las emisiones electromagnéticas ¡desde la década de los años 60 del pasado siglo XX! “La industria –sostiene la demanda- ha actuado suprimiendo, desacreditando y/o reduciendo al mínimo lo que la ciencia iba averiguando a fin de tener las manos libres para fabricar y vender masivamente teléfonos móviles al público sin tener que someterse a unos mínimos estándares de seguridad”.

Según el escrito de la Fiscalía General –el equivalente en Estados Unidos al Ministerio de Justicia- en el caso fallado por la jueza Gladys Kessler la conspiración habría comenzado ya ¡en diciembre de 1953! durante una reunión mantenida en un hotel de Manhattan por los entonces presidentes de las principales compañías del sector. Oficialmente se reunieron para crear un instituto de investigación pero la Fiscalía aseguraría durante el juicio que en realidad pusieron en marcha un amplio plan conjunto para hacer frente a las pruebas que amenazaban el negocio, un pacto sectorial para acallar los efectos negativos del tabaco en la salud. ¿Estamos viviendo algo similar en torno a los efectos de los campos electromagnéticos? ¿Cuántos cientos de millones de personas tendrán que morir antes de que se adopten medidas?

Afortunadamente la maquinaria legal contra la industria de la telefonía móvil ya está en marcha. Hasta el momento no existen resoluciones favorables en demandas anteriores pero lo mismo ocurrió en el caso de las tabaqueras. Al principio todos los fallos fueron en contra de los demandantes. Más de tres décadas y millones de muertos tardaron los tribunales en reconocer la realidad. Pero en mayo de 1994 cuatro mil páginas con informes confidenciales de la industria del tabaco llegaron de forma anónima a la oficina de Stanton Glantz, profesor de la Universidad de California. Eran documentos sobre los últimos treinta años de actividades de la empresa tabaquera Brown and Williamson en los que se reconocía internamente que el tabaco producía adicción, graves enfermedades y muerte. Mississipi se constituiría así en 1998 en el primer estado en llegar a un acuerdo con cuatro compañías que aceptaron pagar nada menos que 3.600 millones de dólares como indemnización por los daños producidos a la salud de los ciudadanos de ese estado. Tres estados más le seguirían en una primera fase hasta completar acuerdos por 36.800 millones de dólares. Finalmente, ante lo inevitable, la industria tabaquera pactaba con los 46 estados norteamericanos restantes la escalofriante cifra de  206.000 millones de dólares. En total, por ocultar, mentir, engañar y evitar ir a los tribunales las tabaqueras acordaron pagar a los estados ¡242.800 millones de dólares! (al cambio actual, unos 178.000 millones de euros). Un claro aviso para las empresas de telecomunicación y las compañías eléctricas…

Y CARLO LES “SALIÓ RANA”…

En 1993, con Bill Clinton recién elegido presidente de Estados Unidos, un hombre de negocios de Florida llamadoDavid Reynard acudió junto a su abogado a un importante programa de televisión: Larry King Live. Había demandado a una compañía fabricante de teléfonos móviles porque en su opinión el tumor cerebral que había causado la muerte de su mujer era consecuencia de las emisiones electromagnéticas del teléfono móvil y la compañía conocía los potenciales efectos negativos. El pleito fue finalmente archivado pero la polémica generada por el caso llegó hasta el Congreso estadounidense. Y los miles de estudios que la industria aseguraba que probaban la seguridad de los móviles… no aparecieron. La realidad era que las empresas de telefonía móvil habían conseguido quedar al margen de cualquier regulación sobre seguridad argumentando simplemente que sus aparatos eran dispositivos “de baja potencia” que no producían efectos térmicos importantes.

Sin embargo, la presión sobre la FDA y la propia industria de las telecomunicaciones llegó a tal punto que ésta, finalmente, aceptó que se hiciera una investigación -conocida como Wireless Technologies Research (Investigación de la Tecnología Inalámbrica)- para disipar definitivamente las dudas planteadas sobre la seguridad de los aparatos y antenas de telefonía… siempre que la FDA se comprometiera a no regular el sector al menos hasta que finalizara el estudio. El acuerdo se cerró. Y para dirigir la investigación la patronal de los móviles, la Cellular Telecommunications Industry Association (CTIA), eligió a George Carlo, epidemiólogo, abogado y especialista en investigaciones sobre problemas de salud pública. Una elección que fue acogida con muchos reparos por los sectores más críticos ya que estaba considerado un hombre de la industria. De hecho había efectuado antes de su designación manifestaciones en las que decía que no había constatación científica de que las emisiones electromagnéticas fueran dañinas para la salud. El caso es que la CTIA puso en sus manos 28 millones de dólares para confirmarlo. Y Carlo empezó revisando el más de medio centenar de estudios que ya había y asegurándose la colaboración de más de 200 científicos de todo el mundo.

Cuando me hice cargo del proyecto en 1993 –declararía posteriormente Carlo- me comprometí a liderarlo durante cinco años pero cuando publicamos en el New England Medicinelos datos que demostraban que los teléfonos digitales interferían con los marcapasos la industria suspendió de inmediato la financiación del programa durante nueve meses. Ante la controversia me ofrecí a dimitir como director científico para que el trabajo pudiera continuar pero la FDA y la industria rechazaron mi oferta pidiéndome que permaneciera hasta el final del proyecto como condición para continuar la financiación que finalmente duró un año más de los cinco previstos a los que me había comprometido. El trabajo terminó a finales de 1999 en su debido momento”. El problema es que a medida que Carlo profundizaba en la investigación y el plazo llegaba a su fin… las diferencias entre la patronal de las telecomunicacionesy él fueron en aumento.

Hoy los detractores de Carlo le acusan de haberse vuelto contra la industria por la decisión de ésta de no seguir confiando en él. Sus defensores, en cambio, hablan simplemente de su integridad profesional. La realidad es que Carlo –presunto “hombre de la industria”- se reuniría en febrero de 1999 con Thomas E. Wheeler -cabeza del lobby industrial y el hombre que seis años antes le había encargado la investigación- para anticiparle los resultados, advertirle que no podría asegurar ante los medios de comunicación que las ondas de telefonía no afectan a la salud y aconsejarle que la industria cambiara su política.

A mediados de junio de 1999, durante el encuentro State of the Science (El estado de la Ciencia) organizado para discutir el impacto de los teléfonos móviles en la salud que tuvo lugar en el Hyatt Regency Hote de Long Beach (California), Carlo expuso los resultados de la investigación ante más de cien científicos y decenas de periodistas. Y lo que dijo no gustó nada a la industria. Porque según expuso la evidencia recogida invitaba a ser prudentes. Carlo llegó a hablar de irresponsabilidad de la industria a la hora de valorar los riesgos y de negar información al público así como de la necesidad de variar los estándares de medición de riesgos abandonando la idea del efecto térmico como único posible efecto negativo sobre la salud.

La industria no le perdonó que adelantara las conclusiones ante la prensa. En el libro Cell Phones: Invisible Hazards in the Wireless Age -escrito por Martin Schram en colaboración con el propio George Carlo- se cuenta por ejemplo que Jo-Anne Basile –vicepresidenta entonces de la CTIA- le reprochó su comportamiento en uno de los pasillos delante de todos los que allí se encontraban. “¿Cómo te atreves a hablar así –le dijo- después de todo el dinero que te hemos pagado”. Carlo se limitó a contestarla: “Yo me tomo mi trabajo muy en serio. El dinero no tiene nada que ver con esto”.

La conclusión general –declaró Carlo- es que la ciencia se está moviendo en un terreno gris que necesita más investigación pero sería inapropiado decir que los teléfonos inalámbricos y los móviles son seguros. Las empresas debieron haber explicado a la gente que se trata de una situación incierta y qué se puede hacer para minimizar los riesgos pero optaron por asegurarles que los móviles y los teléfonos inalámbricos son seguros cuando no está constatado. Además -y para mí fue lo más ofensivo, lo más arrogante e increíble- escogieron como blanco del mercado a los niños aun sabiendo que su cerebro absorbe gran parte de las radiaciones que generan los inalámbricos y los móviles”.

Desgraciadamente nada cambió en los meses y años siguientes. Bueno sí, la vida de Carlo. Él y su familia -como también le ocurriera décadas atrás a Wigand- fueron amenazados físicamente, uno de sus hogares quedó destruido -los bomberos sospecharon que el incendio fue intencionado- y sufrió todo tipo de difamaciones en los medios y por parte de otros científicos. Afortunadamente todo ello, lejos de desanimarle, le llevó a convertirse en un auténtico martillo contra los comportamientos de la industria, los medios de comunicación y algunos de sus colegas al frente del Science and Public Policy Institute y, más concretamente, de su proyecto Safe Wireless Initiative.

LO SABEN Y LO NIEGAN

Han pasado casi diez años y siguen mareando la perdiz pero la realidad es que la industria de las telecomunicaciones es consciente de los riesgos de la telefonía móvil al menos desde finales de 1999. Con sus expectativas de que algo cambiara después de aquel mes de junio de 1999 truncadas Carlo envió en octubre de ese mismo año 30 cartas a los principales responsables de las compañías implicadas.

La carta dirigida a Michael Armstrong -Chairman and Chief Executive Officer deAT & T Corporation- lleva fecha de 7 de octubre. Y en ella -similar a las otras 29- Carlo le recuerda los datos aportados en la reunión de junio. Recordemos que era aún el año 1999 y Carlo el máximo responsable del estudio encargado por la propia industria. Bueno, pues en esa carta le explicaba textualmente lo dicho en aquella reunión:

Informé específicamente de que:

-El índice de muerte por cáncer cerebral entre los usuarios que sostienen el teléfono apoyado en la cabeza es más alto que entre quienes utilizan el ‘manos libres’.

-El riesgo de neuroma acústico -un tumor benigno del nervio auditivo que está en la gama de la radiación procedente de la antena de un móvil- es un 50% más alto entre quienes manifiestan llevar usando teléfonos móviles durante seis o más años. Más aún, la relación entre la cantidad de tiempo de uso del teléfono móvil y el tumor parece seguir una curva de dosis-respuesta.

-El riesgo de tumores epiteliales neuronales raros en el exterior del cerebro entre los usuarios de teléfonos móviles es más del doble -un aumento estadístico significativo de riesgo- en comparación con quienes no los usan.

-Parece existir una cierta correlación entre los tumores cerebrales que aparecen en el lado derecho de la cabeza y el uso del teléfono en el lado derecho de la cabeza.

-Los estudios de laboratorio que examinaron la capacidad de la radiación de la antena de un teléfono móvil para causar un daño genético funcional fueron definitivamente positivos y seguían una relación de dosis-respuesta”.

En esa carta -auténtica prueba acusatoria contra la industria- Carlo hablaba también de otros posibles efectos biológicos explicando que aunque los resultados no podían considerarse “evidencias definitivas” de peligro concreto para la salud los posibles efectos potenciales evidenciados por diversos tipos de estudios, de diferentes laboratorios e investigadores, sí planteaban serios interrogantes que no podían ser ignorados.

Es alarmante –le decía Carlo al máximo responsable de la ATTque algunos sectores de la industria no hayan hecho caso de los resultados científicos que sugieren efectos potenciales negativos sobre la salud. Han afirmado repetida y falsamente que los teléfonos móviles son seguros para todos los consumidores, niños incluidos, y han creado la ilusión de que hacen un seguimiento responsable porque apoyan nuevas investigaciones. Pero ni siquiera explican a los consumidores las medidas más importantes de protección, no les facilitan la información que les permita decidir de manera informada si quieren o no asumir los riesgos potenciales, no hacen un seguimiento directo y monitorizan lo que les sucede a quienes utilizan teléfonos móviles ni supervisan si los cambios en la tecnología podrían afectar a su salud”.

CÓMPLICES Y CULPABLES

El trabajo que hizo para la industria permitiría a Carlo conocer las estrategias más comunes que ésta emplea para enredar, retrasar y ocultar la aparición de nuevas evidencias. Entre ellas la contratación expresa de científicos para que cada cierto tiempo aparezcan estudios favorables que luego la maquinaria mediática de la industria se ocupa de difundir. Uno de los que tuvo mayor repercusión en los últimos meses en los medios de información fue un trabajo danés titulado Cellular telephone use and cancer risk: update of a nationwide Danish cohort según el cual no han podido determinar que exista relación entre el cáncer cerebral y los móviles. Carlo, sin embargo, lo tildó de mera maniobra de la industria en una Carta Abierta publicada en Safe Wireless Initiative muy explícita: “John Boicey sus colegas han estado en nómina en la industria de telefonía móvil cobrando mucho dinero –denuncia Carlo-desde finales de los años 90. El vehículo para lavar el dinero es el International Epidemiology Institute,nombre que suena como una organización no lucrativa pero no nos equivoquemos: se trata de una empresa con grandes beneficios. Cuando dirigí el WTR, el instituto internacional de Epidemiología, Boice y un compañero llamado Joe McLaughlin solicitaron financiación para hacer ese mismo estudio de epidemiología que ha sido publicado esta semana. Después de una gran discusión en el seno del WTR la financiación se rechazó porque estaban claramente polarizados e incluso nos habían hecho saber abiertamente que estaban dispuestos a buscar siempre resultados favorables para la industria. Pensaron que era lo que deseábamos en el WTR. Pero se equivocaron. Así que cuando rechazamos darles los fondos para hacer el trabajo fueron directamente a la industria con la misma propuesta”.

Lo denunciado por Carlo está en la misma línea que lo señalado en un informe publicado a comienzos de este año en Environmental Health Perspectives cuya conclusión es que cuando los trabajos de investigación sobre el uso del teléfono móvil y su relación con la salud están financiados por la industria es mucho menos probable encontrar una relación estadística significativa que en los estudios financiados públicamente. El 42% de los estudios financiados por la industria afirman que no se ha constatado la existencia de relación alguna entre el uso de móviles y problemas de salud. El resto eran neutros o no se pronunciaban abiertamente. Ni uno solo encontró relación entre teléfonos móviles y enfermedades. Sin embargo, entre los estudios financiados con fondos públicos en el 46% sí se encontró relación entre móviles y problemas de salud. Sólo en un 18% no se encontró relación alguna. “Nuestros resultados –concluyen los autores- se suman a la evidencia existente de que el patrocinio de una única fuente está asociado a resultados que favorecen los productos de los patrocinadores”.

En la misma Carta Abierta, Carlo, tras denunciar otros ejemplos de claudicación de algunos colegas suyos a la presión de la industria, se refiere a una de las organizaciones más poderosas a nivel internacional: la American Cancer Society. “Lo que la gente no sabe –asevera Carlo- es que en el 2002 científicos de la American Cancer Society testificaron en una demanda de cáncer cerebral en la Corte Federal de Baltimore (Maryland) a favor de la industria de telefonía móvil.Uno quisiera creer que no se pagó a nadie por expresar esas opiniones pero poco después un informe de la misma American Cancer Society aseguraba que el presunto peligro de los teléfonos móviles no es más que uno de los mitos más grandes en torno al cáncer. Es tan evidente la conexión entre la American Cancer Societyy la industria de teléfonos móviles que el año pasado, cuando Sanjay Gupta -de la CNN- desveló la historia del cirujano Johnnie Cochran -que cree que su tumor cerebral es debido al uso del teléfono móvil- la industria ni siquiera lo rebatió. En lugar de hacerlo se remitieron simplemente al informe de la American Cancer Societysobre los teléfonos móviles como uno de los ‘mitos del cáncer’”.

Carlo, al denunciar todo lo que impide a los consumidores conocer la verdad de los efectos de las emisiones electromagnéticas, incluye por supuesto a los medios de comunicación y a los periodistas. “Inexplicablemente, no hay periodistas de investigación interesados en dejar al descubierto el amplio y profundo programa de manipulación orquestado por la industria. ¿Dónde están Woodward y Bernstein cuando los necesitas? ¿Estoy denunciando públicamente a grupos de enorme prestigio y afirmando abiertamente que tienen un comportamiento poco ético, una integridad cuestionable e indiferencia por la salud pública? Apuesten a que lo estoy haciendo. The Danish Cancer Registry, John Boice, Joshua Muscat, Michael Thun, Linda Erdreich, The Journal of The National Cancer Institute, The Journal of The American Medical Association y la American Cancer Societytienen lazos con la industria de las telecomunicaciones que comprometen su capacidad para proporcionar información significativa sobre este importante problema de salud pública. Se trata de un triste ejemplo de ‘toma el dinero y corre’, otro más de cómo la salud pública está comprometida por los subterfugios de la industria”.

DE LA ELECTRO-HIPERSENSIBILIDAD AL CÁNCER

Durante los últimos cinco años Carlo, además de recopilar datos de los efectos sobre la salud y sus mecanismos biológicos con el proyecto Safe Wireless Initiative, ha creado una base de datos de vigilancia que recoge sistemáticamente la información de los síntomas padecidos por miles de pacientes en todo el mundo que sufren distintos síntomas a consecuencia de las emisiones electromagnéticas. Para lo cual cuenta con la colaboración de una red de médicos que comparten regularmente información sobre sus experiencias en el tratamiento de pacientes. Y su experiencia de los últimos años le ha llevado a considerar que ningún estudio de los presentados por la industria ha sido capaz de refutar los resultados alarmantes de los experimentos de laboratorio que parecen ligar los móviles al cáncer demostrando que producen daño genético en las células sanguíneas humanas expuestas a la radiación de los teléfonos.

Además no sólo es el problema de la posibilidad de que provoquen cáncer. Los datos acumulados por Carlo en los últimos cinco años demuestran que la hipersensibilidad a las radiaciones electromagnéticas aumenta en todo el mundo y es cada vez mayor el número de manifestaciones patológicas distintas. Sus hallazgos más importantes los resumía recientemente en The Guardian y son éstos:

-Se han hallado síntomas y patologías similares entre pacientes que sufren de electro-hipersensibilidad, sensibilidades químicas múltiples y enfermedades relacionadas con el alcohol así como desórdenes neuronales, de comportamiento y de aprendizaje. Este conjunto de síntomas ha sido definido como Membrane Sensitivity Syndrome (Síndrome de Sensibilidad de la Membrana) y el número de personas que lo sufre tras haber estado sometidos a radiaciones electromagnéticas ha aumentado dramáticamente en los últimos 24 meses.

-En los últimos 24 meses el número de teléfonos móviles se ha triplicado en el mundo: ha pasado de mil a tres mil millones. La tecnología Wi-fi ha alcanzado la penetración más alta en su historia. Y todas estas tecnologías están basadas en ondas de radio portadoras de información, el disparador definitivo en las respuestas biológicas adversas no térmicas y el inicio de la cascada hacia el Síndrome de Sensibilidad de la Membrana.

-En la mayoría de los casos cuando las exposiciones electromagnéticas se eliminan del entorno de quienes padecen el Síndrome de Sensibilidad de la Membrana los síntomas agudos desaparecen. Y se trata de un dato importante porque cumple uno de los postulados requeridos por Koch-Henle para hablar de causalidad: si cuando se elimina la exposición el efecto disminuye es evidente la causa-efecto.

-Un cambio genético ambientalmente inducido lleva a las células durante la mitosis a transmitir a las nuevas células características especiales de sensibilidad de la membrana con el resultado de la consiguiente disrupción de la comunicación intercelular, un aumento de electro-hipersensibilidad y la tendencia a enfermedades más graves.

-Los regímenes terapéuticos de intervención diseñados alrededor de los mecanismos de daño causados por los campos electromagnéticos han mostrado cambios positivos que varían desde el mejoramiento clínico del síntoma -otra ayuda para la hipótesis causal- hasta una mejora definitiva.

Como científico Carlo es plenamente consciente de que el problema de los teléfonos móviles no se soluciona con la eliminación de esa tecnología -algo imposible hoy- ni con la abstención de su uso en el caso de los más jóvenes a pesar de ser los más perjudicados. “La recomendación más seria –dice Carlo- es que nadie con menos de 20 o 21 años utilice teléfono móvil porque puede sufrir daños genéticos importantes ya que sus cerebros son más frágiles. La radiación de la antena penetra en el cerebro de los adultos unas dos pulgadas pero en los niños se adentra en casi todo el cerebro. Están pues mucho más expuestos”. Obviamente Carlo sabe que pedir hoy a los jóvenes que se abstengan de usar los móviles tendría el mismo resultado que pedirles que se abstengan de tener relaciones sexuales. De ahí que para afrontar el problema abogue ante todo por exigir a las compañías que ofrezcan información clara y procedente de estudios independientes en los que no intervenga la industria a fin de que sean los consumidores los que afronten voluntariamente los riesgos. Y desde un punto de vista ya más práctico mantener la cabeza lo más alejada posible del teléfono. Aunque es consciente de que con ello no se reducirá la exposición de fondo de los hotspots inalámbricos propios de la tecnología Wi-fi, cada vez más en aumento. Carlo considera a este respecto que los receptores con antenas y los Bluetooth situados en la cabeza pueden actuar incluso como antenas para atraer señales inalámbricas ambientales o de fondo.

La mejor solución para Carlo, en cualquier caso, sería reducir la radiación de fondo volviendo a apostar por la fibra óptica como tecnología para transportar la señal a escuelas, cafés, oficinas y hogares estableciendo allí puestos de emisión a corta distancia y escasa potencia que se encargarían de la difusión aérea de la señal en caso de ser necesario. La principal ventaja de la fibra óptica es que la tecnología está lista ya y el aislamiento de los cables es muy eficaz con una radiación casi nula. Su inconveniente, el coste de cablear la ciudad. La cuestión es si las ventajas de la tecnología inalámbrica a corto plazo no nos conducirán a un futuro nada halagüeño como pasó cuando se convirtió al tabaco en un objeto de prestigio social.

“¿La gente que comienza a usar teléfonos móviles–se pregunta Carlo-, como los niños o los adolescentes, tienen un alto riesgo de desarrollar cáncer cerebral a los 40 o los 50? Hasta ahora ningún estudio puede contestar a eso. Hasta dentro de 15 o 20 años no habrá estudios epidemiológicos de gran alcance que puedan darnos una respuesta clara ratificando si son seguros o el peligro es muy real. Hasta entonces deberemos confiar en los experimentos de laboratorio para encontrar respuestas. La investigación financiada y supervisada por los gobiernos y no por la industria es lo que puede ofrecer a los consumidores la mayor esperanza. Mientras, los usuarios de móviles deberían tomar todas las precauciones posibles. Empezando por alejar el aparato lo más posible de la cabeza cuando lo use”.

Antonio F. Muro

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Octubre 2007
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