Investigación médica: nuevos escándalos dejan en entredicho a las revistas científicas

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La comunidad científica ha comenzado el año 2006 sacudida por dos nuevos grandes escándalos que confirman que en la investigación médica han pasado ya los tiempos en que el afán de conocimiento y la lucha contra la enfermedad eran los únicos horizontes de investigadores y médicos. Los fraudes provocados por el investigador surcoreano Hwang Woo Suk y el investigador noruego Jon Sudbo junto a otros escándalos como el de la ocultación de datos en los estudios de ciertos medicamentos no hacen sino acrecentar las dudas sobre la veracidad y fiabilidad de los estudios y ensayos publicados en las principales revistas científicas.

Las grandes empresas farmacéuticas saben que lo que no se publica en las llamadas "revistas científicas" tiene escaso futuro comercial y los investigadores son conscientes de que no pueden aspirar al reconocimiento internacional sin aparecer en ellas. Por su parte, las publicaciones se nutren del dinero de la industria y necesitan de prestigiosos investigadores para dotar de credibilidad el sistema de admisión y publicación de trabajos. Es por esta razón que durante los últimos años se ha ido tejiendo una red de intereses que abarca a las grandes compañías farmacéuticas y a las publicaciones científicas, y que ha terminado por atrapar a universidades, académicos, médicos e investigadores con pocos escrúpulos que han situado los beneficios por delante de la verdad.

David S. Oderberg, profesor de Filosofía en la Universidad Reading de Estados Unidos, definía la situación de estupor creada en un artículo titulado La desacralización de la ciencia publicado recientemente en Diario Médico: “Afortunadamente, como filósofo, no su­fro la tentación de millones de dólares es­tatales y privados puestos a mi servicio para salvar al mundo. Los filósofos no suelen tener sellos de correos en su honor ni un premio Nobel que les aclame. Quizás esto me facilita caminar con una moral más al­ta y condenar el que las más augustas re­vistas científicas del mundo, Sciencey Nature, con sus procesos editoriales y revisión por pares, hayan caído en la ignominia (y no por primera vez). Como filósofos nos dedicamos a la búsqueda de la verdad y si no podemos confiar en lo que nos dicen los científicos, ¿qué esperanza tenemos de teorizar sobre la significación de lo que descubren? Me aventuro a sugerir que la ciencia contemporánea está hoy tan corrompida por la codicia del botín y la gloria que sólo puede salvarla una reforma radical”.

HWANG WOO SUK Y EL ESCÁNDALO DE LAS CÉLULAS MADRE

El investigador surcoreano Hwang Woo Suk pasó en tan sólo cinco meses de científico renombrado y prestigioso además de referente mundial en las investigaciones sobre células madre obtenidas de embriones humanos clonados a un proscrito que en el momento de redactar este artículo se encuentra en paradero desconocido. La Fiscalía de Corea del Sur solicita para él una pena de diez años de cárcel, la Comisión de Auditoría e Inspección de su país le considera responsable de la apropiación indebida de cerca de 6 millones de euros y además ha sido acusado de la obtención ilegal de los óvulos humanos utilizados en sus experimentos.

Hwang Woo Suk se convirtió en héroe de la ciencia a nivel mundial cuando anunció en febrero del 2004 que había clonado por primera vez embriones humanos para la experimentación médica. Un año después se atribuyó la obtención de once células madre específicas a partir de embriones clonados para lo cual habría utilizado 185 óvulos donados. Su estudio fue publicado por Science. A partir de ese momento su descubrimiento contaba con el sello de calidad, con la garantía de fiabilidad que otorga una publicación científica de primera línea y, por ende, el consiguiente respaldo internacional.

La polémica alrededor del trabajo de Hwang se inició el pasado mes noviembre cuando se supo que sus colaboradores habían pagado para conseguir los óvulos a mujeres donantes lo que unido al hecho de que también se habían utilizado óvulos donados por dos miembros de su equipo suponía una clara vulneración de los principios deontológicos. El profesor pidió entonces perdón público y dimitió de su puesto de director del Centro Mundial de Células Madre, el primer banco de células del mundo inaugurado el pasado mes de octubre del 2005 en la Universidad Nacional de Seúl. Sólo que la caída por el tobogán del desprestigio no había hecho más que comenzar. Poco después un programa de la cadena de televisión surcoreana MBC ponía en entredicho por primera vez la veracidad de los logros de Hwang y lo acusaba de manipular los datos de la investigación. Como resultado de las acusaciones un comité de investigación del centro para el que Hwang trabajaba, la Universidad Nacional de Seúl, determinó que nunca existieron tales células madre conseguidas a partir de pacientes específicos.

En diciembre pasado la comisión investigadora avanzó que el último de los artículos que publicó en la prestigiosa revista norteamericana -en mayo de 2005- en el que pretendía haber logrado once células madre de embriones humanos clonados utilizando 185 óvulos estaba basado en datos manipulados. Y en enero la Comisión confirmó que Hwang Woo Suk también había falsificado sus experimentos sobre células madre de un año antes. Los nueve miembros de la comisión descalificaron la pretendida tecnología de Hwang para la creación de células madre de embriones humanos aunque le reconocieron el mérito de haber conseguido la primera clonación de un perro, un galgo afgano llamado Snuppy.

La comisión explicaría que según los análisis del ADN los datos publicados en el artículo de Science el año 2004 por Hwang fueron el resultado de una mutación por partenogénesis. Este tipo de experimento, añadieron, genera la impresión de crear una célula madre auténtica. "Hemos llegado a la conclusión -afirmó Chung Myung Hi, director de la comisión en rueda de prensa- de que las trazas genéticas del ADN y las fotografías de las células madre en el estudio de 2004 contenían manipulaciones". O lo que es lo mismo, que nunca existieron las células madre que el investigador surcoreano había afirmado poder crear.

¿Por qué? El escándalo de Hwang pone en evidencia la vulnerabilidad de algunos investigadores al dinero y al prestigio. Oderberg, en el artículo citado anteriormente, recoge la observación de Oh Il-Hwan, un genetista del Centro Médico Católico de Corea del Sur, sobre su compatriota Hwang Woo SuIk: “Yo entiendo lo que con­dujo a Hwang a ese estado: la presión para cumplir lo que se le pedía fue enorme”. Y tras concluir que la ciencia contemporánea está corrompida por la codicia del botín y la gloria Oderberg afirma lo que muchos otros piensan: “Algunos científicos esquivan los datos, otros omiten pruebas inconvenientes y hay quien desfigura las pruebas obtenien­do niveles de precisión discordantes con lo que razonablemente puede esperarse de experimentos normalmente complejos por sus muchas variables. No es fácil saber con cuánta frecuencia se produce la estafa en la ciencia”.

JOHN SUDBO, LO INCREÍBLE PASA A SER CIERTO

Si lo de Hwang parecía un engaño bien construido, finalmente desvelado, el segundo escándalo vivido por la comunidad científica internacional en estos comienzos de año, el del investigador noruego John Sudbo, de 44 años, puede ser calificado de auténtica chapuza, admitida simplemente porque contaba con el respaldo de su publicación en revistas científicas de prestigio.

Hasta hace pocas semanas Jon Sudbo era considerado un experto mundial en tumores en la boca porque había publicado 16 artículos sobre el tema en importantes publicaciones científicas. En el último de ellas, el pasado mes de octubre, publicado en la revista británica Lancet, propugnaba el uso de antiinflamatorios para tratar tumores en la boca, una estrategia denunciada en solitario por Discovery DSALUD en su número 82 del pasado año (ver www.dsalud.com). La verdad es que todo era una gran mentira. Sudbo se inventó todos los datos, los historiales médicos, las fechas de defunción de algunos de los supuestos pacientes y, por supuesto, también sus fechas de nacimiento. Con tanto descaro que 250 de ellos, según los datos del estudio, habrían nacido el mismo día.

El escándalo vio la luz -según informó el diario The Guardian- cuando la hermana del Primer Ministro noruego, Camilla Stoltenberg, leía durante estas pasadas Navidades el número de la revista The Lancet que incluía el artículo de Sudbo. Camilla, que trabaja en el Instituto Noruego de Salud Pública, leyó que Sudbo afirmaba haber obtenido su información de un banco de datos nacional lo cual era simplemente imposible porque ella era la responsable del banco de datos y sabía que Sudbo no había accedido a él. A partir de ese momento el Norwegian Radium Hospital donde Sudbo trabajaba creó una comisión investigadora que ha permitido conocer la verdad. Finalmente Sudbo se atribuyó el fraude en solitario y acabó reconociendo además haber manipulado los datos que sirvieron de base para otros estudios sobre cáncer publicados en otras dos prestigiosas publicaciones médicas: The New England Journal of Medicine y The Journal of Clinical Oncology. Otras publicaciones como Oral Diseases han anunciado una profunda revisión de los artículos publicados por Sudbo. Las investigaciones pretenden ahora conocer la dimensión real de los engaños de Sudbo y el papel que en los mismos jugaron los coautores de sus artículos.

El porqué del comportamiento de Sudbo quizás sea algo más complejo de analizar que en el caso de Hwang y sólo el tiempo desvelará todas las claves de ambos fraudes. Sin embargo, mientras que el gran beneficiario del caso del investigador surcoreano era él mismo -que según las acusaciones cosechaba con sus mentiras prestigio nacional e internacional y mucho dinero- en el caso Sudbo -sobre todo por lo que se refiere al artículo de The Lancet– parece claro que fueron los fabricantes de antiinflamatorios no esteroidales (AINES) los claros beneficiarios. Quizás por ello tome especial relevancia el hecho de que, según The Scientist, uno de los coautores del estudio de Sudbo sobre los antiinflamatorios había ido consultor en ocasiones anteriores de los laboratorios Pfizer, fabricante de uno de los AINES más vendidos: el Celebrex.

LA REVISIÓN POR IGUALES NECESITA REVISIÓN

Más allá de los intereses personales y económicos en juego lo que ha quedado de manifiesto una vez más es que la actual fiabilidad de las publicaciones científicas debe de ser puesta en cuarentena a la vista de los numerosos escándalos que se han ido conociendo en los últimos años. Tanto en el caso de Hwang como en el de Sudbo parece haber fallado el sistema de revisión por iguales o por pares.

¿En qué consiste? Por sintetizarlo para quienes no dominan el tema, la revisión por pares o revisión por iguales es el método que las publicaciones científicas utilizan para validar los artículos que se les envía. Los revisores suelen ser seleccionados por el editor o por el consejo editorial en función de su prestigio en el área de la publicación, bien por haber publicado trabajos en esa área, bien por recomendación de otros revisores. Las publicaciones envían entonces los trabajos a los revisores para que – normalmente de forma anónima- analicen su calidad y rigor científico. La respuesta final de los mismos incluye una recomendación explícita sobre lo que debe hacerse con la propuesta presentada.

Este método, consolidado en los últimos decenios, es sin embargo criticado por numerosos investigadores por concentrar un excesivo poder de decisión en las opiniones de una elite que podría guiarse por sus propios intereses personales. Los revisores, casi por principio, tienden a ser especialmente críticos con aquellas conclusiones que contradicen sus propios puntos de vista y más condescendientes con aquellos que están en correspondencia con sus propias ideas. Al mismo tiempo, los científicos más reconocidos a su vez son los que más publican y los que tienen mayor probabilidad de ser escogidos como revisores, particularmente por las revistas más prestigiosas que son las que mayor peso tienen en la comunidad científica. Recuérdese en este punto que una de las principales críticas realizadas por la Oncología oficial española para tratar de desacreditar los trabajos de Antonio Brú sobre el Neupogen fue que se había publicado en una revista "de segundo orden".

En uno de los muchos artículos escritos durante estas semanas en Estados Unidos titulado El fraude prueba que las publicaciones científicas pueden ser engañadas es posible leer lo siguiente: “Larry Dean Martin, profesor de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Kansas, sonríe cuando se le pregunta sobre la profundidad, consistencia y objetividad de la revisión de pares. ‘Dependiendo de los intereses de la persona que revisa su trabajo usted podría haber hecho una investigación honrada y maravillosa… y aún así ser rechazada. En cambio, si usted lleva su estudio a una publicación más cercana, a su propia pandilla de científicos, conseguirá una revisión más suave que le permita publicar’”.

Más adelante, en el mismo artículo, podemos conocer otro caso de la controversia existente respecto a las revisiones por iguales. Ossama Tawfik, patólogo del Centro Médico de la Universidad de Kansas, tras 12 años trabajando en un nuevo sistema informático que permite un mejor diagnóstico sobre la naturaleza de los tumores y haberlo probado con más de 600 casos que demuestran su efectividad no ha conseguido todavía que publiquen su trabajo a pesar de contar con el aval de su centro hospitalario. “¿Por qué? No tengo ni idea –afirma Tawfik-. Según algunos de los comentarios que los revisores me hacen llegar parece que se lo toman como algo personal. Es como si me dijeran: '¿Me está usted diciendo que no estoy haciendo bien mi trabajo si no dispongo de su sistema informático?'Ahora mismo pienso en cada problema potencial: ¿Es mi nombre, Ossama? ¿Quién sabe?”.

Haymuchos casos similares. Sin salir de España. Le pasó al Bio-Bac al que aquí le denegaron los ensayos y después se aprobaron en otros países. Y le ha pasado a Antonio Brú a quien el Hospital Ramón y Cajal de Madrid acaba de denegarle la posibilidad de hacer en él su ensayo. Y es que basta controlar a los miembros de las comisiones que deciden…

No, hoy las revistas científicas están condicionadas por sus financiadores y anunciantes -las grandes multinacionales- lo mismo que los investigadores, los revisores y los centros privados y públicos. Sus decisiones no son neutrales ni objetivas. De hecho los artículos más revolucionarios en algunas áreas acaban siendo publicados no en las grandes revistas sino en las más abiertas a trabajos e ideas nuevas lo que coincide además con los planteamientos del filósofo norteamericano de las ciencias Thomas Kuhn, creador del concepto de paradigma cuando habla de cómo se producen las revoluciones científicas.

¿EDITORES O POLICÍAS?

En suma, el sistema puede sobrevivir a las opiniones silenciadas de los heterodoxos pero no podrá hacerlo al continuo descubrimiento de fraudes como los de Hawng Woo Suk y Jon Sudbo o al del Vioxx del que cada día se conocen más detalles. Días antes de saltar el escándalo de las células madre el New England Journal of Medicine declaró que la multinacional Merck le había ocultado datos sobre su posible incidencia en la muerte de pacientes en un estudio publicado en el año 2000, un engaño más de los denunciados en torno a este producto que salió al mercado con las bendiciones de la Agencia del Medicamento norteamericana y las principales revistas médicas… y que podría haber causado sólo en Estados Unidos ¡100.000! muertes. Los responsables de las publicaciones se justifican ahora afirmando que el sistema de revisión de iguales está basado en la presunción de la honradez de las investigaciones.

 “Sciencelamenta mucho este episodio (Hwang) –declaraba a Ohmy News, Katrina L. Kelner, una de las editoras de Ciencias de la Vida en Science-. Aunque puede ser tentador achacar lo ocurrido a una conspiración multinacional, a la rivalidad entre publicaciones o a errores editoriales la realidad es que el sistema de revisión de pares nunca puede ser impenetrable a las fabricaciones deliberadas de individuos poco escrupulosos porque el proceso de ciencia está basado, principalmente, en una premisa fundamental de confianza y en la creencia de que la inmensa mayoría de científicos es honrada”. Richard Horton, director en The Lancet, manifestó a la BBC refiriéndose al caso Sudbo: “Así como una sociedad no puede siempre prevenir el crimen en Ciencia tú no puedes siempre prevenir el engaño”. Y Edward Campion, director en el New England Journal of Medicine, afirma “Los diarios no puede ser fiscales o detectives”.

En suma, podría llegarse al absurdo irrealizable de que las publicaciones tuvieran que tener equipos especializados para pasarse varios meses revisando el trabajo de laboratorio que hay detrás de cada estudio que reciban. Y teniendo en cuenta que un solo ensayo cuesta 150 millones de dólares, ¿cómo van las publicaciones a reproducir cada investigación que reciban?

Dicho lo cual cabe preguntarse: ¿es este sistema, ideado para un mundo idílico sin intereses económicos, válido para garantizarnos la fiabilidad de los tratamientos que recibimos? Es difícil de creer sobre todo teniendo en cuenta que 28 de los medicamentos actualmente más vendidos verán caducadas sus patentes antes del 2008 y eso hará que sus creadores dejen de ingresar 50.000 millones de dólares. Es fácil imaginar la presión que los directivos de algunas compañías sufren hoy para obtener nuevas patentes que comercializar; presión que, a su vez, deben trasladar a centros e investigadores y ¿por qué no? a las publicaciones.

¿LA SOLUCIÓN? NO PUBLICAR RESULTADOS

La cruda realidad es que en numerosas ocasiones lo que alguna vez los médicos afirmaron que era bueno porque lo había publicado, ya sabe, esa famosa revista, termina siendo malo o, al menos, sin la transcendencia que se le había dado. Pero mientras eso se acaba descubriendo alguien se ha estado enriqueciendo. En el estudio Los hallazgos contradictorios y potencialmente exagerados son muy comunes en la investigación clínica publicado el pasado año en el Journal of the American Medical Association el doctor John Ioannidis -investigador de la Ioannina University, en Grecia- realizó una revisión de los estudios más importantes publicados entre 1990 y 2003 en tres de las revistas científicas más influyentes, incluidos 45 estudios que inicialmente se pronunciaban a favor de la efectividad de un determinado tratamiento. Sus resultados indicaron que investigaciones posteriores a la publicación sobre el resultado de los productos no sólo contradijeron los resultados de siete de esos estudios (el 16%) sino que también mostraron resultados más débiles para otros siete (un 16% más). En resumen, casi un tercio de los resultados originales cambian con nuevos estudios según la investigación realizada.
Pero aún hay más porque posteriormente, en un reciente artículo titulado ¿Por qué la mayor parte de los resultados de las investigaciones son falsos? -un denso estudio estadístico lleno de variables matemáticas- Ionnadis afirma: “Está aumentando la preocupación sobre la posibilidad de que en la investigación moderna puedan ser falsas la mayoría o casi la mayoría de las conclusiones de las investigaciones publicadas. Sin embargo esto no debería sorprendernos. Se puede demostrar que la mayoría de los hallazgos son falsos”.Y después de argumentar su tesis concluye: “¿Es inevitable que la mayoría de los resultados de las investigaciones sean falsos o podemos mejorar la situación? El principal problema es que es imposible saber con un 100% de certeza lo que hay de verdad en cualquier paso de la investigación. Desde este punto de vista el estándar de ‘ oro puro’es inalcanzable”.

Dada la propia naturaleza del sistema las maquinaciones más simples pueden acabar siendo descubiertas pero el peligro real no está ahí sino en las peligrosas relaciones que cada vez más atan a las publicaciones con la industria.

Los directores de las publicaciones están dándose cuenta cada vez más de cómo están siendo manipulados y luchan contra ello pero debo confesar que a mí me tomó casi un cuarto de siglo como director en el British Medical Journaldarme cuenta de lo que estaba pasando. Los directores trabajan considerando los estudios que se les envían. Ellos les piden a los autores que les envíen cualquier otro estudio relacionado pero los editores no tienen ningún otro mecanismo para saber qué otros estudios inéditos existen. Incluso es difícil saber sobre otros estudios relacionados que se publican y les puede ser imposible saber si los estudios están describiendo resultados de los mismos pacientes. Los editores pueden estar así revisando una parte de un gigantesco plan de marketing de la industria y su parte tiene una calidad técnica alta. Pasará la revisión del par probablemente, un proceso que la investigación ha mostrado ser una lotería ineficaz y sin embargo proclive al prejuicio, al abuso”.

Quien tan radicalmente se manifiesta no es un periodista novato ni un investigador frustrado sino Richard Smith que fue director en el British Medical Journal durante 25 años y al que nadie puede discutirle conocimiento sobre la materia. Durante los últimos 13 años fue director y responsable ejecutivo del BMJ Publishing Group –no sólo del BMJ sino de todo el grupo- y conoce por tanto perfectamente las relaciones entre la industria y las publicaciones.

En un reciente trabajo publicado en PloS Medicine titulado Los diarios médicos son una extensión de la política de marketing de las compañías farmacéuticas señala también que la principal perversión en las relaciones entre las revistas y la industria no radica en los anuncios sino en los ensayos publicados. “A muchas publicaciones les gustaría publicar más ensayos. Son, como he dicho, una forma superior de evidencia. Los ensayos son preferidos por ser también clínicamente interesantes. Otras razones para publicar son menos dignas. Los editores saben que las compañías farmacéuticas gastarán a menudo miles de dólares en reimpresiones y es probable que el margen de ganancia en las reimpresiones sea de un 70%. Los directores también saben que publicar tales estudios es muy rentable y son cada vez más responsables de los presupuestos de sus publicaciones con la obligación de producir beneficios para los dueños. Muchos dueños -incluso sociedades académicas- dependen de las ganancias de sus publicaciones. Un director puede así tener que enfrentarse a un severo conflicto de intereses: publicar un ensayo que supondrá 100.000 dólares de beneficios o cumplir con el presupuesto a fin de año despidiendo a un editor”.

A pesar de ello -o quizás por ello- no faltan las medidas que tratan de dotar de una cierta objetividad al sistema. Sin conseguirlo, como hemos visto. El año pasado los editores de algunas de las principales publicaciones científicas se comprometieron a no publicar ningún estudio que no hubiera sido primero registrado en www.clinicaltrials.gov -la web federal de ensayos clínicos mantenida por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos- o en un banco de datos público similar. La realidad, según denunciaba el pasado 29 de diciembre el Wall Street Journal haciéndose eco de un estudio del New England Journal of Medicine, es que algunas de las mayores compañías farmacéuticas están ocultando detalles importantes sobre ensayos clínicos de medicamentos a pesar de los esfuerzos de los reguladores federales y los editores de publicaciones. El estudio señala que compañías como Merck, Pfizer y GlaxoSmithKline están ocultando información básica -incluso el nombre de algunos medicamentos bajo estudio- en ensayos con fármacos para tratar enfermedades serias que suponen una amenaza para la vida. Algunos de los medicamentos involucrados ya están en el mercado y las compañías están buscando la aprobación para nuevos usos.

En este marco global los editores conscientes del peligro de pérdida de credibilidad que se está generando probablemente mejorarán el sistema de revisión por iguales para evitar escándalos tan mediáticos como los ocurridos a comienzos de este año pero la gran incógnita será saber si podrán llegar las publicaciones científicas a dejar de ser una extensión de los departamentos de marketing de las compañías farmacéuticas. Richard Smith opina que la única solución real es ¡dejar de publicar ensayos! “Primero -ha escrito- necesitamos ensayos realizados con fondos públicos, particularmente grandes ensayos de todos los tratamientos disponibles para tratar una patología. Y segundo, los medios deben dejar de publicar los ensayos. En cambio deben publicarse los protocolos y resultados disponibles en sitios web regulados. Pienso que sólo un paso tan radical permitirá evitar que los medios caigan en el agradecimiento a las compañías. En lugar de publicar los ensayos podrían concentrarse en describirlos críticamente”.

 

Sonia Martin
 

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Abril 2006
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