La ética médica en el banquillo

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Siempre se ha considerado que la profesión médica tiene una trascendental misión de servicio a la humanidad y por eso debe estar sujeta a imperativos éticos. Por eso desde el famoso Juramento Hipocrático hasta la más reciente Declaración de Ginebra los propios médicos han tratado de formular los códigos éticos por los que debería regirse su profesión. Sin embargo un somero análisis de la realidad demuestra que existe un alto grado de incumplimiento, especialmente por parte de las instituciones profesionales. Lo que además de restar cada vez más credibilidad a la Medicina supone una violación sistemática de los derechos de los pacientes.

“Ética: caída en desuso; sustituida por el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades”
(Thomas Szasz) 

El Manual de Ética Médica recientemente editado por la Asociación MédicaMundial dice que “la ética es una reflexión y análisis cuidadoso y sistemático de las decisiones y comportamientos morales” añadiendo que el lenguaje de la moralidad incluye conceptos como “derechos”, “responsabilidades” y “virtudes”, “bueno” y “malo”, “correcto” y “equivocado”, “justo” e “injusto”. Pues bien, no es propósito de este artículo juzgar las actitudes individuales de los médicos sino examinar el comportamiento global de la profesión en relación con las normas éticas que ella misma ha elaborado para mostrar no ya que incumple sus propios códigos sino que ese incumplimiento es consustancial con la situación actual de la profesión. Para lo cual vamos a ver en primer lugar cómo ha evolucionado la Ética Médica -haciendo un recorrido histórico por alguno de los documentos relacionados con ella-, luego las características del actual Modelo Médico Hegemónico -es decir, del modelo médico que se ha impuesto mayoritariamente en los sistemas sanitarios del mundo- y finalmente cómo las características de ese modelo y las condiciones que han hecho posible su hegemonía y continúan manteniéndola impiden por sí mismas que puedan respetarse los códigos de ética aprobados hasta el momento. Y es que puede afirmarse que el modelo médico dominante es incompatible con el respeto a los principios de la ética médica y, por tanto, es condición indispensable para que los códigos y declaraciones de ética dejen de ser papel mojado ¡cambiar ese modelo!

QUÉ ES LA ÉTICA MÉDICA 

Cuando tras los juicios celebrados en Nüremberg entre agosto de 1945 y octubre de 1946 se supo de las atrocidades nazis con los prisioneros surgió la idea de elaborar un documento que recogiese algunas normas mínimas exigibles sobre la experimentación médica con seres humanos. Sería así como terminaría aprobándose en agosto de 1947 el llamado Código de Nüremberg. Apenas un mes después se constituyó formalmente la Asociación MédicaMundial (AMM) -que en octubre de 2007 aseguraba representar a más de ochenta asociaciones nacionales con nueve millones de médicos- aprobándose al año siguiente en asamblea una actualización del conocido Juramento Hipocrático: la Declaraciónde Ginebra.

Es decir, aquel escenario parece trasladar la idea de que derrotados los desalmados causantes del holocausto y las abominaciones cometidas en los campos de guerra los “defensores de la democracia” sentaron las bases para evitar que esos horrores pudieran repetirse en el futuro. Obviando que en realidad quienes les juzgaron habían lanzado dos bombas atómicas que causaron cientos de miles de muertos y perpetrado abusos semejantes.

Susan Reverby, la periodista que destapó recientemente el caso del Doctor Sífilis, John Cutler -quien para desarrollar tratamientos contra esa enfermedad experimentó con cientos de niños en un orfanato guatemalteco, con hombres de raza negra en Alabama y con presos de Sing Sing e Indiana–, declaró en una entrevista publicada en el Semanal el pasado 31 de octubre: “Son muy conocidos los crímenes de Menguele y los nazis, y algo menos los de los japoneses. Los americanos pensábamos que nuestros investigadores no eran capaces de algo así pero tenemos nuestras propias historias de horror. Por ejemplo, se inyectaron células cancerígenas vivas en pacientes judíos de un hospital de Nueva York. Y en Willowbrook se hizo un experimento a finales de los años 60 en el que se inyectaron células de hepatitis y materias fecales a niños. Y en Puerto Rico se experimentó con estrógenos para controlar la natalidad. Y qué decir de las personas a las que se administraron dosis de plutonio para comprobar los efectos de la radiactividad…”

En suma, sería en aquel contexto de cínico paternalismo en el que nacería la formulación del renovado código ético de la profesión médica. Eso sí, la Declaraciónde Ginebra contiene grandilocuentes compromisos como Prometo solemnemente consagrar mi vida al servicio de la humanidad … velar ante todo por la salud de mi paciente … velar con el máximo respeto por la vida humana desde su comienzo, incluso bajo amenaza, y no emplear mis conocimientos médicos para contravenir las leyes humanas”…Un año después la Asociación MédicaMundial aprobaríaen Londres el Código Internacional de Ética Médicaque volvería a insistir en los mismos preceptos: El médico debe actuar sólo en interés del paciente cuando preste atención médica que pueda tener el efecto de debilitar la condición mental y física del paciente (…) Debe recordar siempre la obligación de preservar la vida humana (…) Debe a sus pacientes todos los recursos de su ciencia y toda su lealtad”.

En 1964 estos documentos se complementarían con la Declaraciónde Helsinki sobre principios éticos para las investigaciones médicas en seres humanos que actualizó y detalló el antiguo Código de Nüremberg y que, entre otras cosas, establece: “El deber del médico es promover y velar por la salud de los pacientes, incluidos los que participan en investigación médica. Los conocimientos y la conciencia del médico han de subordinarse al cumplimiento de ese deber. Incluso las mejores intervenciones actuales deben ser evaluadas continuamente a través de la investigación para que sean seguras, eficaces, efectivas, accesibles y de calidad. Algunas poblaciones sometidas a la investigación son particularmente vulnerables y necesitan protección especial. Estas incluyen (…) a los que pueden ser vulnerables a coerción o influencia indebida. En la investigación médica es deber del médico proteger la vida, la salud, la dignidad, la integridad, el derecho a la autodeterminación, la intimidad y la confidencialidad de la información personal (…) y debe apoyarse en un profundo conocimiento de la bibliografía científica y en otras fuentes de información pertinentes así como en experimentos de laboratorio correctamente realizados(las negritas son nuestras).

Y ya más recientemente la Asociación MédicaMundial ha editado el Manual de Ética Médicaque antes hemos mencionado y que ha sido elaborado por su Unidad de Ética Médica con el objetivo de que “sea usado como referencia por los estudiantes de Medicina y los médicos de todo el mundo”. Manual que recoge las declaraciones mencionadas -y muchas otras aprobadas hasta el 2009- elaborando así un texto-guía de marcado carácter didáctico que según se declara en la introducción del libro plantea “interrogantes sobre el comportamiento del médico y la toma de decisiones, no preguntas científicas o técnicas del tipo cómo tratar la diabetes o cómo realizar un bypass doble sino más bien sobre valores, derechos y responsabilidades”.

Significativamente el Prólogo termina con estas palabras del Secretario General de la Asociación MédicaMundial: “Este manual sólo cumplirá su objetivo si EL PACIENTE PASA A SER LO MÁS IMPORTANTE (las mayúsculas y negritas esta vez sí aparecen en el texto original).

Cabe agregar que algunos de los temas fundamentales tratados a lo largo de las casi 150 páginas del manual abundan en este planteamiento. Por ejemplo se dice que la relación médico-paciente es la piedra angular de la práctica médica y, por tanto, de la ética médica” yque “la interpretación tradicional de la relación médico-paciente como paternalista (…) ha sido bastante rechazada en los últimos años, tanto en la ética como en el derecho”. Y más adelante que “la compasión es uno de los valores centrales de la medicina y un elemento esencial de una buena relación terapéutica (…) basada en el respeto a la dignidad y los valores del paciente”. Asimismo se aborda el complejo tema del Consentimiento Informado que el manual considera “uno de los conceptos centrales de la ética médica actual”.

En cuanto a los Derechos del Paciente el manualestipula lo siguiente:“El paciente tiene derecho a la autodeterminación y a tomar decisiones libremente en relación con su persona. El médico informará al paciente de las consecuencias de su decisión. El paciente adulto mentalmente competente tienederecho a dar o negar su consentimiento para cualquier examen, diagnóstico o terapia. El paciente tiene derecho a la información necesaria para tomar sus decisiones. El paciente debe entender claramente cuál es el propósito de todo examen o tratamiento y cuáles son las consecuencias de no dar su consentimiento (…) lo que incluye la explicación de diagnósticos, prognosis y tratamientos complejos en unlenguaje simple (…) asegurándose de que “entiendan las opciones de tratamiento, incluidas las ventajas y desventajas de cada unadebiendo el médico contestar las preguntas que tengan y comprender la decisión que tome el paciente(las negritas y subrayados son nuestros).

Y por lo que a la relación de los médicos con la sociedad se refiere podemos leer: “El profesionalismo médico también implica una relación con la sociedad, un `contrato social´ en el que la sociedad otorga a la profesión privilegios, incluidos la exclusiva o principal responsabilidad de la prestación de ciertos servicios y un alto grado de autorregulación; a cambio la profesión acepta utilizar estos privilegios principalmente en beneficio de los demás (…) Cuando la legislación, una medida del gobierno o cualquier otra administración o institución niegue estos derechos al paciente (los establecidos en la Declaración de la AMM) los médicos deben buscar los medios apropiados para asegurarlos o restablecerlos”.

Finalmente el manual dedica un capítulo a la investigación biomédica recordando la importancia del Consentimiento Informado en las personas que participan en estudios clínicos, las fases en que deben desarrollarse esos estudios y la necesidad de que hayan sido aprobados y se controlen posteriormente por parte de un comité de ética independiente. El capítulo acaba con estas recomendaciones: “La investigación médica en seres humanos debe estar justificada por bases científicas (…) Para asegurar el mérito científico el párrafo 12 (de la Declaración de Helsinki) establece que el proyecto debe estar basado en un profundo conocimiento de la bibliografía del tema y en experimentos de laboratorio y en animales, cuando sea apropiado, que demuestren buenas razones para esperar que la intervención propuesta será eficaz en los seres humanos”.

EL MODELO MÉDICO HEGEMÓNICO 

En suma, los documentos que hemos mencionado -y muchos otros- han sido elaborados “desde dentro”, es decir, por los propios representantes de la profesión médica y sus instituciones oficiales que son las que en conjunto conforman el Modelo Médico Hegemónico. Un modelo cuyas características fundamentales son éstas:

-Se origina en el siglo XVIII cuando la Ciencia comienza a sustituir a la Religión y aparece la autoridad médica que pone en marcha un ritual para curar las dolencias clasificándolas y definiéndolas como enfermedades. Y como lugar de control y normalización en lugar de la iglesia aparece el hospital; primero de los propios médicos y después de los enfermos.

-Durante el siglo XIX el pensamiento mecanicista nacido de la Ilustración y la gestación de la industria farmacéutica facilitan el triunfo de la Teoría Microbiana, un hito clave del modelo hegemónico que inicia la guerra contra las bacterias mediante el empleo masivo de antibióticos y vacunas.

-Se consolida a lo largo del siglo XX -favorecido por la reconversión de las multinacionales farmacéuticas tras la Segunda Guerra Mundial- el control de la formación, la información, la investigación y los servicios sanitarios que se ven progresivamente dominados por la superespecialización y la tecnología. La guerra contra los microbios se amplía a los virus y aparecen numerosas enfermedades consideradas incurables.

Cabe agregar que en el momento actual el Modelo Médico Hegemónico goza de amplia credibilidad social y política y mantiene su influencia por efectos de Poder pero su evidente fracaso a la hora de resolver la mayor parte de las patologías crónicas y degenerativas -dado que afirma desconocer la causa de la inmensa mayoría de ellas- está haciendo que cada vez más gente decida acudir a terapias alternativas con diferentes enfoques de la salud y la enfermedad. Lo que ha desatado la alarma y el inicio de una auténtica guerra contra todas ellas.

Por otra parte, los documentos que sobre comportamientos éticos ha ido elaborando y aprobando la Asociación MédicaMundial –clara representación del Modelo Médico Hegemónico- se encuentran lógicamente lastrados por su condición de “juez y parte”. Porque no han sido elaborados por filósofos o especialistas en ética sino por médicos que evidentemente contemplan los problemas éticos y morales desde la perspectiva de su profesión, o mejor dicho, desde la perspectiva de su formación como profesionales. Y esa perspectiva es la del actual Modelo Médico Hegemónico y no otra. Además quienes controlan si los médicos actúan éticamente son… los propios médicos. Por eso los estándares que la Asociación MédicaMundial se autoexige están muy lejos de ser alcanzados por la profesión médica. Y no por exclusiva responsabilidad individual sino en tanto que profesionales formados por determinado aparato formativo-normalizador.

Como en su momento explicó Michel Foucault –que estudió exhaustivamente el proceso de formación del Modelo Médico Hegemónico- “la medicina y el médico son por tanto el primer objeto de la normalización. El concepto de normalización empieza por aplicarse al médico antes que al enfermo”. Y es que las relaciones de poder no son una apreciación abstracta sino una realidad que puede concretarse en datos muy clarificadores. Veamos algunos:
-La tercera parte de la investigación pública la financia la industria farmacéutica; obviamente condicionándola.

-El 90% de lo que invierte lo dedica la gran industria a los problemas de salud que afectan al 10% de la población; a los que tienen mayor poder adquisitivo. Los problemas sanitarios de los colectivos desfavorecidos o de los países pobres les importan muy poco.

-Los Centros para el Control de las Enfermedades (CDC) de Estados Unidos tienen un programa especial para condicionar económicamente a las ONGs

-El Servicio de Inteligencia Epidemiológica de los CDC tiene miles de agentes de información y control infiltrados en instituciones estatales e internacionales, fundaciones privadas y medios de comunicación.

-Los sobornos a médicos por parte de las compañías farmacéuticas ha alcanzado ya proporciones tan escandalosas que hasta ha sido denunciado por revistas médicas tan prestigiosas como The New England Journal of Medicine, The British Medical Journal y Journal of American Medical Association.

-El número de altos cargos públicos con intereses y poder en empresas privadas farmacéuticas, alimentarias y otras es ya de dominio público.

-El 75% de los trabajos publicados en las revistas científicas más prestigiosas los ha financiado ¡la propia industria! Privilegiada “relación” que junto a otros factores favorecen la manipulación y falsificación de datos, la censura a través del sistema de “peer review” y perversiones metodológicas y éticas que no constituyen en modo alguno excepciones sino un problema estructural que afecta gravemente al conocimiento científico.

-El paso de altos cargos de la FDA a la gran industria farmacéutica y de ésta a la FDA es constante. Y los “favores” que se hacen unos y otros evidentes.

-Está constatado que la FDA acepta “donaciones”… de las empresas a las que controla.

-Es obvio que la FDA está en realidad al servicio de la gran industria farmacéutica y por eso desde hace años dificulta la comercialización de los productos biológicos, alimenticios, fitoterapéuticos u homeopáticos. Cuando lo considera necesario utilizando a la policía o a las fuerzas especiales de asalto para irrumpir en fábricas y clínicas.

Terminamos indicando que elManual de Ética Médica elaborado por la Unidad de Ética Médica de la asociación que representa a los médicos de todo el mundo fue financiado por una multinacional farmacéutica. Y no lo ocultan. En el capítulo de Agradecimientos del mismo aparece la siguiente nota: “La Unidad de Ética médica de la AMM está financiada en parte por una donación educacional ilimitada de Johnson & Johnson”.

La verdad, ante este panorama cuesta interrelacionar las palabras “ética” y “médica” sin sentir vergüenza ajena.

¿DE VERDAD SE HA ACABADO EL PATERNALISMO AUTORITARIO DE LOS MÉDICOS? 

En todos los artículos y libros consultados se destaca como logro fundamental de la ética médica el abandono del tradicional “paternalismo” por una filosofía presidida por la idea de “autonomía del paciente”. El propio manualde la AMM reconoce que “los médicos forman parte de una profesión que ha funcionado tradicionalmente de una manera muy jerárquica, tanto interna como externamente”. Y desde el Juramento Hipocrático hasta el siglo XIX la moral de “beneficencia” que establecía que el médico debía actuar por el bien del paciente aún en contra de su voluntad ha dominado los códigos éticos e, incluso, inspirado a jueces de tribunales civiles y penales. Veamos dos ejemplos. En 1829 un juez de una pequeña población francesa que consultó a la Academia de Medicina en relación con un médico al que juzgaba recibió esta respuesta: “El médico sólo reconoce como juez, después de Dios, a sus iguales; y no acepta más responsabilidad que la de su conciencia”. Y en 1847 el Código de la Asociación Médica de Estados Unidos decía: “La obediencia del paciente a las prescripciones de su médico debe ser rápida e implícita. No debe permitir que su propia opinión inculta sobre su estado influya en su atención”.

A la vista de las circunstancias habría que preguntarse seriamente si ese código continúa en vigor y si la profesión médica sigue suscribiendo en el fondo la declaración de la Academia de Medicina francesa…

En teoría la Segunda Guerra Mundial marcó un antes y un después de modo que por primera vez en 25 siglos se tomó la iniciativa de renovar el Juramento Hipocrático que había venido condicionando la conducta de los médicos a pesar de la aparente paradoja que supone el hecho de que una profesión que reivindica a toda costa su fundamentación científica haya tenido durante tanto tiempo como ideal ético un texto doctrinal de una secta mistérica.

En 1948 la ONU promulgó la Declaración Universalde Derechos Humanos que serviría de base a las declaraciones y convenios de ética médica que hemos mencionado. Curiosamente el final de la Segunda Guerra Mundial también marca el reciclaje de las multinacionales -alemanas y norteamericanas principalmente- que habían creado su imperio con la industria de la muerte y que ahora trasladaban su campo de operaciones a los fármacos y productos alimentarios. El juicio de Nüremberg significó pues la escenificación del “triunfo de la democracia”. El Poder se reciclaba y, naturalmente, el poder en el terreno específico de la Medicina también se recicló. De este modo las nuevas declaraciones que ponían de relieve la “autonomía del paciente” y su derecho a decidir marcaron el camino de la ética médica… en los documentos. Porque ya se sabe que del dicho al hecho…

Entre 1945 y 1972 la nueva filosofía de la autonomía del paciente sería objeto de estudio en Alemania y Estados Unidos. Y a partir de 1972 el concepto de Consentimiento informado –que había aparecido por primera vez en una sentencia de 1957- pasa a ocupar un lugar central en la ética médica comenzando a recogerse y precisarse en diferentes documentos y declaraciones para, posteriormente, incluirse en la normativa jurídica.

EL CONSENTIMIENTO INFORMADO EN LA LEGISLACIÓN ESPAÑOLA 

El “consentimiento informado” se define como “concepto axial en torno al cual se desarrolla la relación clínica (…) Supone el reconocimiento del derecho fundamental del paciente a la autodeterminación así como a la conservación de su integridad física concretándose su contenido en la facultad de decidir acerca de cualquier intervención que pueda ocasionar una alteración corporal o psíquica” (texto rescatado de Principios de Ética Biomédica de Beauchamp y Childress. Barcelona, Masson, 1999).

Sin embargo en España la regulación de la profesión médica por los colegios de médicos dependientes del Ministerio de Gobernación franquista hizo imposible el desarrollo de una jurisprudencia similar a la alemana o a la estadounidense no introduciéndose hasta la promulgación de la Ley Generalde Sanidad de 1986 el deber del médico de informar al paciente. Pero con una redacción imprecisa que según algunos autores creó más problemas de los que pretendía resolver. Posteriormente la Ley Básicade Autonomía del Paciente de 2002 conectó el derecho de consentimiento informado con algunos derechos fundamentales recogidos en la constitución: los de libertad, integridad, autodeterminación y respeto a la dignidad de la persona. Solucionando las imprecisiones de la Ley de 1984 y concretando el contenido de la información que debía darse al paciente, la forma de darla y los casos en los que no era obligatorio hacerlo. Asimismo se establecería que la información debía ser comprensible, veraz y continuada, que la obligación de informar afectaba a todos los profesionales que atienden a un paciente y que éste tenía derecho a esa información incluso existiendo una sentencia de incapacitación.

Sin embargo la nueva legislación tenía importantes grietas que en la práctica convirtieron ese derecho del paciente en un mecanismo de protección para el médico. Para empezar se reconocieron excepciones legales al derecho de consentimiento informado. Una de ellas el llamado “privilegio terapéutico”, es decir, la posibilidad de que el médico administre un tratamiento sin consentimiento del paciente e, incluso, en contra de su voluntad. Privilegio que el médico podría alegar si “un paciente autónomo, en el caso de ser informado, rechazara la terapia indicada por razones que la comunidad médica considera incorrectas o inapropiadas (A history and theory of informed consent, de Faden, Beauchamp y King, Oxford University Press, 1986).

Es evidente que en ese texto la denominada “comunidad médica” es la que representa el Modelo Médico Hegemónico. Lo cual quiere decir que es la base científico-médica santificada por la medicina oficial la que sirve como pauta para definir un principio ético y legal. Y lo mismo sucede con la obligación del médico de informar de “todas las alternativas” para que el paciente pueda decidir. Porque es igualmente evidente que esas “alternativas” no incluirán todas aquellas intervenciones, procedimientos y terapias no bendecidas por la comunidad médica “oficial”… por muy eficaces que puedan ser. Luego en realidad se está pervirtiendo la capacidad decisoria del paciente. De hecho el manual de la AMM lo dice con meridiana claridad: “El principio de consentimiento informado incluye el derecho del paciente a elegir entre las opciones presentadas por el médico”. Sin comentarios.

Sabiendo esto cabe preguntarse si alguna vez se ha organizado un congreso para analizar cómo tratar la información verdaderamente alternativa en relación con el consentimiento informado. Porque si la información no la diese un médico adscrito a un determinado enfoque –en este caso, el oficial- sino alguien imparcial que ofreciera alternativas reales es muy posible que se produjeran enormes beneficios para los pacientes que en muchos casos se angustian ante lo que se les presenta como un callejón sin salida.

Y esta perversión tiene consecuencias más graves si cabe en el caso del paciente psiquiátrico ya que a pesar de que ni la OMS ni la Asociación Americanade Psiquiatría han logrado definir de modo claro y preciso lo que se considera un “trastorno mental” se admite la posibilidad ética y legal de un internamiento involuntario en “ciertos trastornos”.

Otro ejemplo evidente de cómo una determinada concepción científica puede provocar graves violaciones de los derechos fundamentales es el de las enfermedades consideradas por el Modelo Médico Hegemónico como “epidémicas”. El Ayuntamiento de Barcelona, por ejemplo, solicitó en 1998 al Juzgado de Primera Instancia nº 40 una autorización para internar a un paciente que se negaba a seguir un tratamiento –oficialista, claro- contra la tuberculosis argumentando que “constituía un claro riesgo de contagio para las personas con las que se relacionase”. Y el juzgado accedió a la petición de privación de libertad e imposición del tratamiento (el caso se recoge en Tratamiento legal y jurisprudencial del consentimiento informado del magistrado Ignacio Sancho Gargallo, Barcelona, InDret, 2004).

En fin, seamos claros: el mero hecho de hablar de “consentimiento” deja bien claro que no se ha abandonado en absoluto la visión autoritaria. Es el médico el que prescribe el tratamiento y luego se concede graciosamente al paciente la posibilidad de consentirlo o negarse. Cuando la verdadera ruptura con la idea paternalista habría sido concretar el derecho de autonomía del enfermo en un concepto que se denominase Decisión informada. Claro que con preceptos y normas no se borran de un plumazo siglos de sumisión al médico que sigue siendo una “autoridad indiscutida”.

El análisis de la práctica diaria confirma esta idea: en estudios realizados en la década de los noventa sobre el impacto de la doctrina del Consentimiento Informado se reconoce que” existe una gran distancia entre la práctica y la normativa legal de la materia; y en los supuestos en que dicho consentimiento se produce los pacientes, más que de forma autónoma, acceden de forma rutinaria a la intervención médica (…) La clase médica ha asumido la necesidad de solicitar el consentimiento del paciente sólo como una estrategia para evitar posibles demandas ante los tribunales” (Autonomía del paciente y libertad terapéutica de Sara López-Chapa. Barcelona, Bosch, 2007).

Asimismo se constata que “una de las causas que ha generado más demandas contra médicos es el incumplimiento del deber de informar y obtener el consentimiento”. En 1999, por ejemplo, la tercera parte de las demandas contra la profesión médica se fundamentaron en el incumplimiento del deber de informar (Aspectos médico-legales de la historia clínica, de Criado del Río. Madrid, Colex, 1999).

En toda intervención existe la posibilidad de una actuación negligente -cuya responsabilidad es asumida por el médico o por la institución correspondiente- y riesgos admitidos por la medicina oficial que, en el caso de que el procedimiento del consentimiento informado se lleve a cabo correctamente, son asumidos por el paciente. Y por el médico en caso de que el consentimiento informado no se produzca adecuadamente y conforme a la ley. Pero, ¿qué sucede con los riesgos no admitidos por la medicina oficial y de los que no se informa al paciente? ¿Cómo contemplar esos riesgos? Parece claro que de la misma forma que el paciente asume los riesgos de los que se le advierte firmando el consentimiento informado el médico debería firmar un documento de responsabilidad en el que asumiera los riesgos que la medicina oficial no admite. Hay que tener en cuenta que la falta de información es un daño moral en sí mismo aunque no se produzcan daños físicos; por tanto en todos los casos en los que no se da la información que la medicina oficial no admite se estaría en realidad cometiendo un delito. Pero puesto que esto no parece estar reconocido lo más lógico sería que el médico que ordena un diagnóstico o una determinada terapia se responsabilizara por escrito de la fiabilidad de esos procedimientos. De ese modo en los casos en los que la medicina oficial asegura la fiabilidad de una prueba o la conveniencia de un tratamiento -a pesar de las advertencias de enfoques alternativos como por ejemplo sucede en el caso de los tests de VIH y los tratamientos antirretrovirales- una declaración del médico serviría para que posteriormente se hiciera responsable de los posibles daños no reconocidos por la medicina oficial.

¿BIOÉTICA O BIOCINISMO? 

En 1971 apareció un libro clave: Bioética, puente hacia el futuro. La tesis de su autor, el médico y profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Wisconsin Van Renssaelaer Potter, era que había que poner freno a la actuación del ser humano frente a la naturaleza y proponía la Bioética como puente entre la biología y la ética, entre la ciencia y las humanidades: una ética ecológica que incluyera humanidades y ciencia. Sin embargo la idea inicial quedó pervertida. La idea de Potter era que los valores éticos debían tenerse en cuenta a la hora de investigar los hechos biológicos y en el momento de darles aplicación práctica a los resultados pero se produjo un giro tras la creación del Instituto de Ética y Ciencias de la Vida que, junto con el Instituto Kennedy, se convirtieron en los epicentros de la bioética mundial. Y los desarrollos distaron mucho de la propuesta de Potter: la bioética se medicalizó y la idea de introducir las humanidades y la valoración ética en el proceso investigador de la ciencia quedó olvidada. Sin embargo el deber fundamental de cualquier mediación ética debería ser crear las condiciones para un debate en igualdad en los casos en que existan divergencias de enfoque ante un problema biomédico.

Se cumplirían así las reglas de la actividad científica establecidas por Cournard, Zuckerman y Meyer: integridad intelectual, objetividad, dudar de la certeza -es necesario poner en duda lo que se asegura autoritariamente-, reconocimiento del error -el progreso en el conocimiento se ve favorecido por el reconocimiento y la admisión de los errores-, compromiso de generosidad -el objetivo del científico debe ser extender los conocimientos y no asegurar su ganancia personal o promover una particular ideología- y sociabilidad -debe entenderse que el trabajo propio es una parte pequeña de la gran empresa de la ciencia-. En palabras de Luis Miguel Pastor: “Durante todo nuestro discurso bioético es imposible que podamos tener una postura neutra (…) pero siempre tenemos que investigar con honradez profesional comprometiéndonos con la verdad, sin traicionarla (…) Hay que evitar de forma intencional el uso limitado de una parte determinada de la información científica (…) Hay que ser cautos y evitar dogmatizar en el ámbito bioético apelando a que la ciencia biomédica ha dictaminado ya la solución a tal o cual problema o conflicto bioético” (Evidencia científica y discurso bioético, Cuadernos de Bioética, XX, 2009/3, pp. 453-469).

Al separar las valoraciones éticas y morales subjetivas del terreno considerado “objetivo” de la ciencia se está protegiendo un territorio de la fiscalización ética, territorio en el que se producen sin control los criterios sobre los que asentar los posteriores dilemas éticos lo que permitirá traspasar las fronteras morales utilizando como coartada la objetividad científica.

Ahora bien, ¿y cómo se establece si la cantidad de información que debe darse a un paciente es completa, suficiente, correcta, veraz y leal, si el paciente posee capacidad natural para dar su consentimiento o por el contrario puede existir una excepción a la obligación de informar, si puede tratarse de un caso de privilegio terapéutico, si un menor tiene capacidad para consentir, cuáles son las alternativas disponibles en cada caso, cuándo existe riesgo para la salud pública, cuándo se justifica una terapia forzosa o un internamiento involuntario, si el rechazo de un determinado tratamiento conducirá de forma “ineludible” a un final fatal o si existe riesgo para la vida y la integridad en el caso de interrumpir un tratamiento? En la situación presente las respuestas a todas esas preguntas -y a muchas otras- las da la “ciencia médica”.

Y el hecho global de que se haya impuesto en la práctica totalidad del planeta un modelo médico determinado pervierte todas las buenas intenciones de declaraciones sobre la “autonomía del paciente”. Asimismo admitir las relaciones de poder que intervienen en el terreno de la salud –y, por tanto, en el ejercicio de la Medicina- implica reconocer el carácter subjetivo de los científicos y dar entrada a consideraciones éticas como un factor más ya que si no fuese así se daría la circunstancia de que por no mezclar la ética con la supuesta objetividad del conocimiento científico estaríamos dejando éste a merced de las ingerencias del poder. Así lo reconoce Núñez de Castro: “Los científicos se encuentran de alguna manera prisioneros de poderes que traicionan la propia identidad de la ciencia” (Ética de la investigación científica, López Moratalla, Centro de Documentación Bioética de la Universidad de Navarra, www.unav.es/cdb).

Otro ejemplo: la pregunta ¿debemos clonar seres humanos? es una pregunta ética. La pregunta ¿permite la ley clonar seres humanos? es una pregunta jurídico-legal. Pero la pregunta básica es: ¿existe la posibilidad técnica de clonar seres humanos? Se trata de una pregunta técnica que lleva aparejada una pregunta ética escamoteada en la formulación inicial: ¿qué consecuencias tendrá el intento de clonar seres humanos si resulta que no es técnicamente viable en condiciones de seguridad?

Y yendo más allá: ¿es ético experimentar con niños y bebés? Considerando el problema ético se podrá argumentar que lo es si los beneficios superan los riesgos. Ahora bien, ¿cómo se valoran los beneficios, los riesgos y los daños posibles? Acudiendo al criterio “objetivo” de la ciencia: si la ciencia ha establecido que “un test positivo de VIH” tiene validez absoluta y que “la infección por VIH implica una condena a muerte segura” entonces casi cualquier cosa estaría justificada. Pero quien ha establecido eso no es realmente la ciencia sino ¡determinados científicos que gozan de privilegios y los utilizan para imponer su visión! Y la consecuencia es que el discurso de la ciencia impuesto mediante mecanismos extracientíficos justifica arrebatar a decenas de niños de la custodia de sus padres y forzarlos a consumir venenos hasta que mueran. Solo que no ya en un campo de concentración nazi sino en un orfanato de la Universidadde Columbia auspiciado por el Arzobispado de Nueva York como denunciamos en el artículo que apareció el pasado mes con el título Utilizan a cientos de niños de un orfanato para experimentar fármacos con ellos que el lector interesado puede leer en nuestra web: www.dsalud.com).

En suma, el Modelo Médico Hegemónico oculta hoy información imprescindible para tomar las decisiones que conllevan riesgos graves, impone tests sin garantías de fiabilidad, aprueba fármacos sin respetar los procedimientos de seguridad, presiona a personas aterrorizadas para que consuman fármacos tóxicos y obliga a padres a que envenenen a sus hijos bajo amenaza de retirarles la custodia… En definitiva, pisotea todos los códigos de ética médica habidos y por haber. De lo que se deduce claramente que el paso previo fundamental para que las declaraciones y códigos de ética médica puedan cumplirse es cambiar el modelo médico dominante. Una vez cumplida esa condición se podrían revisar los documentos que ese modelo ha elaborado para corregir el sesgo que ha condicionado su elaboración y sentarse las bases para crear instituciones bioéticas independientes -no sólo en el plano económico y político sino en el plano intelectual- de modo que no estuvieran determinadas por un particular enfoque de la medicina y pudieran así respetar y favorecer realmente la tan cacareada como inexistente autonomía del paciente a decidir sobre su propia salud.

Jesús García Blanca

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Enero 2011
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