La Medicina: ¿ciencia o pseudociencia?

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Quienes ejercen la llamada Medicina convencional, alopática, ortodoxa o farmacológica afirman que es la única “basada en la evidencia” y, por tanto, “científica” intentado hacer creer así que las demás formas de entender y afrontar los problemas de salud no son científicas. Obviamente se trata de una falacia. No sólo muchas de las medicinas llamadas alternativas o complementarias han sido validadas científicamente sino que un análisis en profundidad de los procedimientos de la Medicina convencional, su definición de las enfermedades y sus técnicas de diagnóstico así como sus estrategias de prevención y tratamiento revela que ¡no cumplen en absoluto los criterios de los que presume!

 “En otro tiempo, cuando la religión era fuerte y la ciencia débil, los hombres confundían la magia con la medicina; ahora, cuando la ciencia es fuerte y la religión débil, confunden la medicina con la magia”.

Thomas Szasz 

Los historiadores consideran la Revolución Francesa un suceso clave que marcó el inicio de una edad caracterizada por cambios radicales en los ámbitos político, económico y social. En el terreno ideológico esos cambios tienen sus raíces en el Renacimiento y posteriormente se convirtieron en el símbolo intelectual de la revolución de una nueva clase social que se abría paso entre los últimos restos de la rancia nobleza y la masa de hambrientos y desdichados, la burguesía, que iniciaba su imparable proceso de conquista de las instituciones claves del capitalismo y que en el terreno de las ideas protagonizó la sustitución de la Religión por la Ciencia de la mano de la Ilustración y sentó las bases del Positivismo y el Mecanicismo durante el siglo XIX y a lo largo del XX propició una Tecnocracia que ha consolidado la hegemonía del Modelo Médico occidental, la destrucción del Ecosistema y la deshumanización en el ámbito de la salud y la enfermedad.

Analicemos pues las relaciones entre estos dos pilares básicos del ejercicio del Poder en la modernidad, la Ciencia y la Medicina, viendo por una parte lo que dicen ser y presumen de hacer y, por otra, lo que son y hacen en realidad.

CIENCIA: “LA RELIGIÓN DE LA HUMANIDAD”

El filósofo August Comte escribió a mediados del siglo XIX: “El Positivismo acabará con el antagonismo entre las diferentes religiones que lo han precedido porque reclama con su peculiar dominio ese territorio común en el que todas han descansado instintivamente”. La obra se llamaba El catecismo del Positivismo y Comte se convirtió en el profeta de la nueva religión adoradora de la Razón, destinada a convertirse en uno de los más recalcitrantes fundamentalismos de los siglos venideros.

El Diccionario de la Ciencia y la Tecnología de la Universidad de Guadalajara recoge estas definiciones de “ciencia”: “Explicación objetiva y racional del universo” (Eli de Gortari); “La ciencia consiste en crear teorías” (Albert Einstein); Tipo de conocimiento humano que se caracteriza por su objetivo –expresión del conocimiento en forma de reglas de ámbito general- y su método –científico” (G. Orfelio León). Asimismo, el Diccionario hace una distinción: “Las ciencias se distinguen de la Filosofía en que su vocación es conocer la materia mientras que la vocación de la Filosofía es conocer el espíritu” (Bergson). Y añade que en nuestros días se entiende por ciencia “un conjunto de conocimientos racionales, ciertos o probables, que, obtenidos de una manera metódica y verificados en su contrastación con la realidad, se sistematizan orgánicamente haciendo referencia a objetos de una misma naturaleza cuyos contenidos son susceptibles de ser transmitidos” (Ander Egg). Precisando finalmente que la “ciencia” se refiere a “un conocimiento más general, preciso, riguroso, sistemático y metódico; en una palabra, racional”.

Podemos pues sintetizar las características de la Ciencia en pocas palabras: conocimiento cierto, metódico, ordenado, racional y contrastado del mundo material. Y es importante observar que todas estas definiciones vienen desde “dentro”, es decir, están elaboradas por científicos o por autores que escriben desde las reglas del juego de la Ciencia. Porque si tomamos una definición que podamos considerar más “imparcial”, por ejemplo, de la poco discutible autoridad del Diccionario de Uso del Español de María Moliner, nos encontraremos con ésta: “Conjunto de conocimientos poseídos por la humanidad acerca del mundo físico y del espiritual, de sus leyes y de su aplicación a la actividad humana para el mejoramiento de la vida”. Es decir, el “María Moliner” incluye en su definición de Ciencia algo que los científicos excluyen sistemáticamente y que incluso llegan a considerar un criterio absoluto para desenmascarar las “falsas ciencias”: lo espiritual.

En cualquier caso ese conocimiento “cierto, racional, sistematizado…” se obtiene mediante el llamado “método científico” que constituye el pilar fundamental para construir las “auténticas ciencias”. Veamos pues en qué consiste.

EL CALLEJÓN SIN SALIDA DE LA CIENCIA MODERNA

La Wikipedia describe el “método científico” como “aquellas prácticas utilizadas y ratificadas por la comunidad científica como válidas a la hora de proceder con el fin de exponer y confirmar sus teorías”. Esta definición –como suele suceder en la popular “enciclopedia libre”- responde poco más o menos a la idea oficialmente establecida sobre el particular. Pero puesto que el método científico consiste en prácticas acordadas resulta que es la “comunidad científica” –que dicen representar unos cuantos científicos con poder e influencia situados en instituciones y a los que caracteriza una recalcitrante ortodoxia- la que acuerda el modo válido de obtener el conocimiento. Es decir, ese conocimiento pretende ser “objetivo” pero nos encontramos con la absurda afirmación de que son los científicos quienes acuerdan lo que es o no “objetivo”.

Pues bien, en lo que se refiere al ámbito de la salud, teniendo en cuenta que tal afirmación no proviene de tal o cual científico de cuya honestidad no tendríamos por qué dudar sino de la élite que hace tiempo vendió su alma al diablo de las multinacionales farmacéuticas esa afirmación, más que absurda, es sencillamente cínica. Pero ahí están: cientos de artículos y sesudos tratados de filosofía de la ciencia tratan de justificar lo injustificable empeñados en hacernos creer en la objetividad del método científico que otorga así el ansiado estatus de “verdad” al conocimiento científico y, en general, a la propia Ciencia. Y ello a pesar de que el mismísimo Albert Einstein consideraba absurdo que “miríadas de previsiones y experiencias” que nos dicen que una teoría se cumple pueda servir para darla por verdadera.

La Ciencia se ve atrapada pues en una contradicción porque considera que la “verdad” absoluta es dogmatismo y que la verdad relativa no es “verdad”. Como ejemplo diremos que Harold Brown parte en su libro La nueva filosofía de la ciencia de la premisa fundamental de que “el conocimiento sólo puede ser verdadero” y dedica por ello doscientas páginas a buscar la “infalibilidad”. Tras las cuales acaba diciendo: “Estamos así de nuevo donde comenzamos… Lo que puede alcanzar la ciencia es un consenso racional tentativo basado en los elementos de juicio disponibles”. Y luego, para resolver esta contradicción, Brown –no sabemos si llevado por el pragmatismo o en un alarde de puro cinismo- propone dos clases de “verdades”: la primera sería la Verdad con mayúsculas, absoluta, que se adecua totalmente a la realidad. Y la segunda sería la “verdad científica”. De ese modo ya se puede afirmar que los conocimientos científicos son “verdaderos”… Aplicando, claro está, la segunda definición ¡pero no la primera!

Otro ejemplo de sonrojante impotencia a la hora de establecer el carácter de Verdad a los conocimientos científicos nos lo ofrece el físico y filósofo de la Ciencia Mario Bunge, figura destacada del llamado “realismo científico”. Bunge define “Verdad” como “lo que concuerda aproximadamente con su objeto”, concordancia que se comprueba mediante observación y experimentación que Bunge considera hasta cierto punto reproducible”. Pues sí, han leído bien: la verdad es aproximadamente eso que hasta cierto punto podemos comprobar. ¡Y eso lo dice el apóstol del realismo científico!

En el campo académico la crítica más radical a las pretensiones de “objetividad” y “verdad” del discurso científico vienen del llamado Anarquismo epistemológico y su autor más carismático es Paul Feyerabend cuyo tratado Contra el Método se ha convertido en un clásico de la contestación a una Ciencia prepotente a la que él coloca en el mismo plano que otras vías de acceso al conocimiento.

A modo de conclusión podríamos decir que lo que habitualmente llamamos “Ciencia” –y que Comte consideró que sería la “religión positiva de la humanidad”- habría que denominarla más exactamente “Ciencia Moderna occidental” que es una forma de aproximarse al conocimiento pero no la única ni la más completa ya que se limita estrictamente al conocimiento del mundo material.

¿QUÉ ES UNA PSEUDOCIENCIA?

Una serie de autores –científicos y filósofos- se han dedicado a establecer lo que se conoce como “criterios de demarcación”, es decir, elementos que permitan establecer las fronteras entre lo que es Ciencia y lo que no lo es. En un principio esos criterios trataban de distinguir –como en el caso de Platón– el verdadero conocimiento de la mera opinión. Autores más cercanos, como Kant o Hume, se preocupaban por separar la Ciencia de la Metafísica, tarea ésta sistematizada mucho más tarde por los ultrapositivistas del Círculo de Viena.

Otra de las preocupaciones claves de los “demarcadores” fue separar la Ciencia de la Religión y, posteriormente, de lo que dieron en llamar “Pseudociencia”, es decir, prácticas, metodologías o cualesquiera formas de conocimiento que pretendan ser Ciencia y no lo sean creando así un cajón de sastre en el que meter cosas tan dispares como la Alquimia, las Flores de Bach, la Negación del Holocausto, el Psicoanálisis, la Ufología o el Análisis Bursátil.

Algunos de esos autores recientes son Carl Sagan –el conocido autor de la popular serie de divulgación científica Cosmos-, el ya mencionado Mario Bunge, Michael Shermer –un cristiano fundamentalista que se hizo agnóstico y fundó la Skeptic Society, es decir, la “Sociedad Escéptica”-, el profesor emérito de Física de la Universidad de Maryland Robert Lee Park, o James Randi, un mago que emulando a Houdini declaró la guerra al espiritismo y a los fenómenos paranormales.

Obviamente la mayoría de los criterios que éstos y otros autores utilizan para detectar “pseudociencias” no son otra cosa que las características propias de diferentes formas de conocimiento no científico que, desde la perspectiva de la Ciencia, se interpretan como carencias, errores y, en definitiva, con una valoración negativa. Así, se reprocha a estas disciplinas que se mantengan al margen de la “comunidad científica”, que no aporten pruebas empíricas, que no apliquen el “método científico” y que sus conocimientos y prácticas no encajen en las disciplinas científicas… Algo así como decir que puesto que los franceses no escriben en español, no hablan en español y no publican sus libros en español son “pseudoespañoles”.

Pero el refinamiento de esta argumentación absurda y cínica es achacar a las supuestas “pseudociencias” los comportamientos que, cada vez más frecuentemente y para vergüenza de los auténticos científicos, caracteriza al establishment que se ha arrogado el derecho a representar a la Ciencia: dogmatismo, intolerancia, negativa a debatir, defensa a ultranza de las ideas propias y establecidas, motivaciones extracientíficas o argumentos de autoridad.

En definitiva, la Ciencia es hoy un discurso ideológico –que autores como el filosofo español Emmanuel Lizcano consideran fundamentalista- que sienta las bases para el ejercicio del poder. Y de ahí que desmontar el discurso de la Ciencia sea una forma de luchar contra el Poder.

MEDICINA Y MEDICINAS: ¿DE QUÉ HABLAMOS?

A estas alturas la confusión es tan enorme que se impone cierto grado de aclaración de los múltiples adjetivos de la Medicina. Desde el punto de vista de quienes defienden el Modelo Médico oficial o hegemónico la Medicina -con mayúsculas y en singular- designa lógicamente la que ellos defienden y practican, a la que casi nunca adjetivan puesto que es la única y genuina pero que en determinados casos –para marcar la frontera- califican de “científica” dejando así bien sentado que se apoya en la Ciencia. Al otro lado de esa frontera están las “otras medicinas” -en plural y con minúsculas- que sí son adjetivadas. Dejando aparte denominaciones más o menos imparciales y descriptivas como “homeopática”, “ortomolecular”, “psicosomática”, “cuántica” y un largo etcétera las denominaciones utilizadas desde la medicina hegemónica tienen siempre un matiz negativo que persigue descalificar, despreciar o cuando menos minimizar el valor de las “otras medicinas”. Y para ello utilizan adjetivos como “alternativas”, “complementarias” o “tradicionales”. O hablan directamente de curanderos, chamanes o brujos.

Por su parte, los defensores de estas últimas y críticos con la primera suelen emplear adjetivos que aluden a su posición política, como “oficial”, “ortodoxa” u “oficialista”; o algo más imparciales como “convencional”, “farmacológica”, “alopática”, “formal” o “moderna”… mientras asumen parte de las calificaciones que les dirigen o utilizan otras con matices positivos como “natural” u “holística”.

Al público se le transmite así desde las instituciones oficiales la idea de que esas medicinas son una especie de curiosidad antropológica, restos de supersticiones que únicamente funcionan debido al efecto placebo o, en el mejor de los casos, un complemento opcional para contadísimas situaciones siempre que no revistan gravedad. Esto último demuestra además el profundo desconocimiento que se tiene de las alternativas a la medicina oficial que se reduce habitualmente a recursos terapéuticos aislados ignorando -voluntaria o involuntariamente- que esos recursos se enmarcan en una visión total de la salud que en muchos casos no es compatible con los tratamientos farmacológicos.

En algunos casos se llega a la descalificación total mediante la siguiente argucia: si una terapia alternativa no logra demostrar su eficacia “científicamente” no constituye una alternativa legítima; ahora bien, si logra demostrar su eficacia con criterios científicos entonces deja de ser alternativa. Dicho de otro modo: la única medicina que existe es la convencional. Y nunca mejor utilizado el adjetivo: una vez más estamos ante un consenso: la medicina oficial es científica porque así lo han acordado los que tienen voz y voto.

Desgraciadamente lo que sí parece claro es que muchos representantes de las medicinas no oficiales –al igual que del resto de las llamadas “pseudociencias”- han caído en la trampa de querer equipararse con la Ciencia y reivindican el carácter “científico” de sus prácticas sometiéndose así al criterio establecido por el modelo dominante. Por ejemplo, es tal el poder de las publicaciones científicas que los defensores de las terapias alternativas se ven obligados a utilizarlas a pesar de ser conscientes de “jugar en campo ajeno” y de las dificultades de pasar los filtros necesarios para conseguir publicar en ellas.
Sin embargo las disciplinas consideradas “no científicas” no deberían aspirar a ser aceptadas como “científicas” sino a que “lo científico” deje de ser el criterio de valoración único y se acepten diferentes formas de obtener el conocimiento.

¿ES LA MEDICINA UNA PSEUDOCIENCIA?

Llegados a este punto cabe lícitamente preguntarse: ¿es entonces la Medicina una “ciencia” o una “pseudociencia”? Es decir, aceptando jugar en su propio terreno, ¿cumple la Medicina Moderna los criterios establecidos por la Ciencia Moderna?

En primer lugar hemos visto que la Ciencia no es la única forma de conocimiento y por tanto no puede ser el criterio único y exclusivo de valor para la Medicina. Si el objeto de estudio de la Ciencia –el mundo sensible- fuese algo aislado la Ciencia podría aspirar al menos a reconocerse como “modo de conocimiento” ajustado a ese objeto aislado. Pero puesto que el mundo sensible no es un objeto aislado el conocimiento resulta incompleto: le faltan las conexiones.

Pero el atolladero más perturbador de la Medicina es que el “modelo científico” en el que se apoya ha sido sustituido a partir de los cambios provocados por la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica. Por tanto la Medicina oficial se basa en un modelo obsoleto que se ha demostrado erróneo por la propia Ciencia y que si no ha sido totalmente abandonado se debe a motivos extracientíficos.

Y eso cuando además la Medicina no cumple ni siquiera los criterios que los científicos del modelo antiguo establecen para considerarla una “ciencia”. Lo que desde el punto de vista de la Ciencia oficial- implica irremediablemente que entra dentro de la categoría de pseudociencia.

EL KIT DE SAGAN Y LA GUÍA BUNGE

Los criterios fundamentales que plantea Carl Sagan en lo que él denominaba Kit de herramientas para detectar falacias son: confirmar las teorías por equipos independientes, alentar el debate, no utilizar argumentos de autoridad, barajar diferentes hipótesis y realizar experimentos de control y doble ciego.
Y lo cierto es que no puede decirse que esos criterios –en parte o en su totalidad- se cumplan en la mayoría de las intervenciones, protocolos, actuaciones y concepciones de la Medicina oficial.

Por ejemplo, la teoría básica en la que se apoya gran parte de esa medicina –la Teoría Microbiana de la Enfermedad– pisoteó de modo flagrante el método científico para imponerse. Porque hoy sabemos que Pasteur falseo sus experimentos y que Robert Koch alteró sus postulados al comprobar que ninguna –repetimos, ninguna- supuesta enfermedad infecciosa los cumplía. Y eso supone, lisa y llanamente, que todo lo que se apoya en esa falsa teoría queda igualmente invalidado y debe considerarse “no científico”.

Por otra parte, el hecho de que el grueso de la investigación –y de la formación académica y de la información, tanto especializada como de divulgación- estén en manos de las multinacionales farmacéuticas convierte en una pantomima la pretensión de imparcialidad: todo el mundo sabe que quien paga manda y el objetivo de las empresas transnacionales es ganar dinero, no resolver los problemas de la gente. En una entrevista concedida en el 2007 a El Viejo Topo Enrique Costas Lombardía –que fue Vicepresidente de la Comisión Abril de análisis y evaluación del Sistema Nacional de Salud– decía que las “donaciones” de la industria farmacéutica habían crecido un 900% entre 1980 y 2000. Y añadía que esas “donaciones nunca podrán compensar la desintegración moral y las ineficacias que pronto producen”. En efecto, según la Administración de Fármacos y Alimentos (FDA por sus siglas en inglés: Food and Drugs Administration) de Estados Unidos sólo el 13% de los nuevos fármacos lanzados al mercado mejoran a los ya existentes (otros organismos reducen ese porcentaje al 7%). Eso significa que más del 85% tienen una eficacia relativa casi nula; es decir, no mejoran los ya existentes y por tanto no tienen justificación salvo como medio para ganar dinero.

Y es que como recuerda Costas Lombardía “la investigación farmacéutica no es, como la palabra ‘investigación’ podría sugerir a muchos, un elevado trabajo de indagación científica sino el mecanismo de la industria para conseguir fármacos nuevos que, amparados por la patente y la marca comercial, llegan a constituir monopolios temporales que maximizan el lucro de la compañía”

¿O acaso se ha aprobado algún fármaco antiviral respetando la exigencia de los experimentos de control o doble ciego? Un ejemplo extremo y clarificador: tres de los fármacos más tóxicos comercializados como supuestos antirretrovirales –Zidovudina, Lamivudina y Nevirapina– son administrados a mujeres embarazadas y bebés recién nacidos aduciendo que pueden prevenir la transmisión del VIH, un virus que –como saben perfectamente los lectores de esta revista- nunca ha sido aislado. Pues bien, el prospecto de GlaxoSmithKline, el laboratorio que comercializa los dos primeros bajo la marca Convivir, dice literalmente: “No existen estudios adecuados y correctamente controlados sobre Combiviren mujeres embarazadas”. Y Boehringer Ingelheim, que comercializa el último con el nombre comercial de Viramune contiene una advertencia exactamente igual. Ambos prospectos añaden: “estudios realizados en animales han mostrado incrementos en la embriotixidad y malformaciones fetales”.

Existen asimismo evidencias de que numerosos estudios han sido manipulados y alterados para obtener los resultados que se buscaban a fin de dar vía libre a productos que posteriormente han causado –y están causando- enormes problemas de salud e, incluso, la muerte de quienes los ingieren.

Téngase en cuenta que el 70% de los estudios clínicos los pagan las propias multinacionales. Y son incontables los casos de fármacos aprobados tomando como base informes presentados por investigadores a sueldo de las farmacéuticas sin que luego se lleven a cabo confirmaciones independientes. Esas supuestas comprobaciones a las que alude Carl Sagan han brillado muy a menudo por su ausencia: ¿O acaso se ha producido confirmación independiente del aislamiento del VIH, del virus de la hepatitis B o del virus H1N1, presunto responsable de la gripe A? Es más, ¿cuándo se ha alentado el debate científico sobre las hipótesis oficiales del origen del cáncer, el SIDA o las enfermedades crónicas y degenerativas?

Muy al contrario, existen múltiples mecanismos para ejercer la censura contra las investigaciones críticas y los planteamientos que disienten de las hipótesis oficiales (en la web www.suppressedscience.net tiene el lector numerosos artículos y enlaces al respecto). De hecho el propio sistema conocido como Peer Review utilizado supuestamente como control de calidad, rigor y fiabilidad es considerado en multitud de análisis como un mero mecanismo de censura. No hay que olvidar que la revisión la realizan científicos anónimos situados en las élites de las diferentes especialidades siendo los que deciden qué estudios se publican y cuáles no, a quiénes se les conceden fondos para investigar y a quiénes no, así como las contrataciones o ascensos en múltiples campos profesionales relacionados con la Ciencia.

En cuanto a los criterios del aclamado adalid del positivismo que ha dedicado numerosas obras a delimitar lo que es Ciencia y lo que no lo es, Mario Bunge, tampoco parece que casen muy bien con las actitudes, comportamientos y prácticas clínicas de la Medicina oficial. Su minuciosa descripción de cómo los científicos deben plantearse los problemas, abordarlos y proponer respuestas es puesto en ridículo cada día por quienes han institucionalizado la falsa Teoría Microbiana que utilizan como modelo para cada “nueva enfermedad”. Primero los exterminadores de bacterias y posteriormente los cazadores de virus se han dedicado a darle la vuelta a las recomendaciones de Bunge: sus prejuicios le imponen la respuesta y después plantean la pregunta y buscan el modo de que ambas encajen.

Pero el pisoteo de los más elementales procedimientos exigidos por la Ciencia moderna no constituye únicamente un debate teórico. Lo realmente importante no es que la Medicina no respete las reglas de la Ciencia sino que ha logrado imponer desde su posición de Poder el criterio científico -¡que ella misma no cumple!- a las disciplinas y técnicas alternativas.

La Medicina oficial ha pervertido en suma su papel de servicio a la humanidad ya que no sólo es causante de numerosos y graves problemas de salud sino que impide que la gente pueda beneficiarse de otras alternativas que sí aportan resultados positivos. Analizar en profundidad los resultados de la medicina oficial requeriría un artículo propio e, incluso, un libro pero para el propósito de ilustrar este reportaje mencionaremos sólo que el estudio Death by Medicine -sobre el que publicamos un artículo en el número 65 de la revista- cifraba en 783.936 las muertes provocadas en Estados Unidos ¡por el propio sistema de salud! Una cantidad aterradora que debería hablar por sí misma.

Y decimos “debería” porque un dilema fundamental al que nos enfrentamos es el siguiente: ¿cómo es posible que no se cuestione seriamente un modelo de intervención sanitaria que arroja estos desastrosos resultados? Dicho de otro modo: alguien contrata a un jardinero para que le cuide su jardín, éste le convence de que utilice una serie de carísimos productos químicos que según él son eficaces para que las plantas crezcan y se mantengan libres de plagas… y al cabo del tiempo se encuentra con el jardín arrasado, las plantas secas, enfermas o muertas y el subsuelo envenenado. Su vecino le dice entonces que él cuida el jardín por sí mismo y sin necesidad de productos químicos, solo con abono natural y el riego adecuado. Y éste, en lugar de cuestionar lo que le dijo y propuso su jardinero, se deja convencer de nuevo por él cuando le dice que lo que hay que hacer es fumigar con nuevos productos químicos ya que así se “solucionarán” esos problemas, haciendo pues oídos sordos a su vecino. Bueno, pues ¡exactamente ésa es la situación que tenemos en el ámbito de la salud! Y demuestra bien a las claras que no estamos ante un simple problema de gestión del servicio sanitario sino ante complejos mecanismos de poder que operan en el ámbito de la salud.

EL CASO ESPAÑOL

España constituye por otra parte un especial ejemplo de intolerancia, fanatismo y obcecación en lo que se refiere a las concepciones y prácticas sanitarias pues hunde sus raíces en un régimen dominado por el autoritarismo y el paternalismo. El sistema sanitario público español se inició en 1942 con la creación del Seguro Obligatorio de Enfermedad promulgándose dos años más tarde la Ley de Bases de Sanidad Nacional que puso a todas las profesiones sanitarias bajo el dominio del ¡Ministerio de Gobernación! ya que Sanidad dependía de él. Según el sociólogo Jesús de Miguel “la instauración de un régimen político autoritario tras la guerra civil supone para la profesión médica el inicio de transformaciones radicales en su organización, ejercicio y características profesionales; hasta el punto de que produce un cambio prácticamente total de los parámetros básicos de esa profesión”. Y es que el franquismo acabó con la experiencia asociativa de las décadas anteriores y supuso la neutralización política de la profesión médica. En 1945 el Consejo General de Colegios Médicos de España se convertiría de hecho en una herramienta de control político que mediante el Reglamento de la Organización Médica Colegial obliga a los médicos a colegiarse quedando así bajo control del Consejo, un organismo jerarquizado y autoritario. Es más, que los distintos colegios médicos funcionaban como apéndices del aparato político estatal lo demuestra que sus cargos directivos los nombraba ¡la Dirección General de Seguridad!

Así las cosas las leyes se aprobaban y las instituciones se crearon sin oposición por parte de la profesión médica que, en palabras de Jesús de Miguel, “pierde parte de su autonomía profesional pero en cambio asegura el monopolio legal sobre el amplio y difuso mundo de lo sanitario”.

En 1984 el 97% de los médicos trabajaban en organismos sanitarios públicos y se habían convertido en funcionarios que no controlaban la organización de su trabajo ni el producto que ofrecían. Y es evidente que esas circunstancias fueron determinantes y son en gran parte responsables del estamento médico que hoy nos toca sufrir en el que predominan el autoritarismo, la jerarquización y la poca o nula disposición a asumir cambios, novedades y críticas.

ESCEPTICISMO FUNDAMENTALISTA

En cuanto al papel de los “escépticos” -que Sagan, Bunge y otros autores consideran de gran importancia de cara al debate, la contrastación de hipótesis y los eventuales reajustes en las teorías científicas- nos encontramos con una nueva perversión: en los últimos tiempos han proliferado una serie de grupos que se presentan como paladines de la Ciencia y se autocalifican de “escépticos” a los que por sus métodos, objetivos y comportamiento sería más apropiado llamar “fundamentalistas científicos”.

Claro que el propio lenguaje que emplean -a base de descalificaciones e insultos- ya deja claro lo poco que tienen que ver con el auténtico significado de la palabra “escéptico” que procede del griego skeptikós y significa “dudar, examinar, investigar”. Es decir, estrictamente hablando ni siquiera sería correcto hablar de “científicos escépticos” porque sería una redundancia ya que se supone que el verdadero científico se impone como tarea dudar e investigar. Y lo que hacen estos grupos es aferrarse de forma dogmática a lo establecido y descalificar sin argumentos a quienes lo ponen en duda dándose así la paradoja de una inversión de los papeles: los que dicen defender la Ciencia actúan como fundamentalistas dogmáticos mientras los que son acusados de atacarla se comportan de acuerdo con la esencia del científico que es precisamente poner en duda, exigir pruebas y contrastar hipótesis. El propio Bunge parece estar refiriéndose a esos grupos de fanáticos cuando dice: “Afirmar y asentir es más fácil que probar y disentir; por eso hay más creyentes que sabios”.

Paradójicamente la OMS -léase su Estrategia sobre Medicina Tradicional 2002-2005- defiende desde hace años las medicinas alternativas y recomienda a todos los países miembros colaborar en su implantación e introducirlas en los programas de estudios (vea en nuestra web –www.dsalud.com– el reportaje que con el título ¿Por qué en España la medicina convencional o farmacológica es la única sufragada por el estado? publicamos en el nº 55). Y eso a los “escépticos” no les ha gustado nada. De ahí que un abogado del Círculo Escéptico, Fernando Frías, haya puesto en marcha –cual moderno martillo de herejes- un blog titulado La lista de la vergüenza integrada por aquellas universidades que tienen la ocurrencia herética y trasgresora de incluir alguna clase de formación relacionada con medicinas alternativas: es el caso de la Homeopatía (en las universidades de León, Sevilla, Valladolid, Zaragoza y Las Palmas), la Acupuntura (Lleida, Alcalá de Henares y León), las Terapias Naturales (Centro Universitario Escorial María Cristina, UNED y universidades de Cádiz y Sevilla), Máster en Medicina Natural (universidades de Valencia y Santiago) o, incluso, un master de Psicoanálisis en la Universidad de León. Vano intento porque antes de una o dos décadas como máximo la Medicina convencional, ortodoxa, alopática o farmacológica se habrá transformado por completo o habrá desaparecido.

UNAS PALABRAS SOBRE BIOÉTICA

No quiero terminar este artículo sin mencionar la Bioética pues se trata de una disciplina que se presenta como una ciencia interdisciplinar a la que se asigna una especie de misión policial: la de decidir hasta dónde debe permitirse actuar a la Ciencia. O, más exactamente, las aplicaciones tecnológicas. Según la Declaración Bioética de Gijón -que el Comité Científico de laSociedad Internacional de Bioética aprobó durante el Congreso Mundial de Bioética celebrado en junio de 2000- “una importante tarea de la Bioética… es armonizar el uso de las ciencias biomédicas y sus tecnologías con los derechos humanos”. Una declaración de principios aceptable, pero en la práctica lo que se produce es una interacción entre el mecanismo totalitario de la Ciencia –al que nos venimos refiriendo aquí- y una Bioética basada –cómo no, una vez más- en el consenso. Así lo manifiesta por ejemplo Jorge Martínez Barrera -de la Universidad Nacional de Cuyo– cuando dice : “El problema central no es tanto la discusión del bien y el mal de ésta o aquélla praxis sino cómo asegurar el procedimiento más correcto de alcanzar el consenso”. Consenso que, lo repetimos una vez más, no es otro que el de las élites que controlan las instituciones en el campo de la Ciencia oficial o de la Medicina oficial. Solo que esa interacción tiene consecuencias -y muy graves- para la humanidad ya que ha abierto la veda a los científicos “prometeicos” para que anuncien a bombo y platillo métodos infalibles de diagnóstico, curación casi milagrosa de enfermedades, identificación estilo CSI de “genes culpables” de aspectos subjetivos del comportamiento, la inteligencia o la sociabilidad, cría de órganos para trasplantes, vegetales y animales –incluido por supuesto los seres humanos- a la carta e incluso el fin del hambre en el mundo.

Tamaño ejercicio de cinismo y prepotencia lo llevan a cabo amparados en el nuevo fuego que Prometeo les ha entregado: la “guía para conocer y dominar la vida humana”. O, dicho de otro modo, el supuesto desciframiento del genoma humano. De este modo la Bioética y los Comités de Bioética se han convertido en una forma de disfrazar el ejercicio del Poder y amortiguar los llamados “impactos sociales”: el miedo a lo desconocido, la desconfianza hacia la tecnología o la legítima preocupación por la salud y el medio ambiente… Todo ello considerado como rastros de las primitivas supersticiones que se oponen al avance imparable del progreso.

No parece probable pues, en las presentes circunstancias, que la Bioética se instituya como ámbito de reflexión previo al discurso de la Ciencia, en una herramienta que pueda intervenir no sólo sobre las producciones científicas –técnicas y discursivas- sino sobre el proceso mismo de su elaboración. De modo que en vez de preguntar hasta dónde debe dejarse actuar a la Ciencia la Bioética debería valorar los mecanismos de poder que permiten a un determinado grupo de científicos autodenominarse “comunidad científica”, adjudicarse la ortodoxia, definir el discurso oficial de la Ciencia, acallar a posibles herejes y conseguir una aceptación acrítica por parte de la sociedad. En lugar de discutir la conveniencia de tal o cual aplicación tecnológica presentada por los científicos ortodoxos a través de sus medios de difusión canonizados –las publicaciones científicas- y su posterior divulgación en los medios de masas la Bioética debería abrir el debate en el origen contemplando las posiciones de los científicos “herejes” y de los no científicos cuyas críticas son habitualmente escamoteadas, desvirtuadas o descalificadas.

Pero obviamente ese giro serviría para hacer efectivo el principio tan cacareado de autonomía del paciente o de libertad de decisión y supondría el fin de un monopolio para los que llevan demasiado tiempo jugando el doble juego de la autoridad y el paternalismo a fin de proteger sus privilegios y su estatus profesional, social y personal.

Parece evidente que el cambio radical que la Medicina deberá experimentar para recuperar su papel de servicio a la humanidad pasa por colocar a la Ciencia en el estricto lugar que le corresponde y abrir los ojos a una realidad mucho más compleja que la añeja concepción de aquellos mecanicistas que quisieron dominar el universo.

Jesús García Blanca

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Diciembre 2010
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