La Musicoterapia


La imagen tradicional del encantador de serpientes oriental o la leyenda de Orfeo calmando al perro Cerbero con el sedante sonido de su lira son algunas de las escasas referencias que nos han llegado sobre el poder de los sonidos que, por otro lado, es muy real y muy poco explotado por nuestra sociedad actual. Sin embargo, la persistencia de los cultos animistas en África y en el Caribe mantiene vivas una serie de técnicas de manejo de la música como elemento curativo o… todo lo contrario si ese es el deseo del chamán. Porque el sonido pude curar o matar; incluso a un nivel puramente físico.

Mientras nosotros usamos la música como una técnica complementaria al tratamiento psicoterapéutico y manejamos aún pobremente sus posibilidades, el brujo africano o el curandero que oficia la macumba usan el ritmo, el sonido y el baile como un medio de ponerse en contacto con los niveles superiores de su mundo mágico y utilizarlo en su beneficio. Pero como “mágico” es un concepto que se aplica a cualquier fenómeno del que no tenemos explicación física hay que añadir que lo que realmente manejan las técnicas llamadas primitivas son elementos perfectamente definibles cuyas posibilidades apenas estamos empezando a percibir y utilizar.

EL OÍDO, UN SENTIDO MUY POCO APROVECHADO 

Físicamente, el oído está constituido por un aparato perceptor formado por el pabellón auricular u oreja cuya función es ampliar la capacidad de recoger los sonidos de nuestro entorno y transmitirlo a través del oído externo al tímpano, una membrana que vibra y transmite sus vibraciones moduladas al oído interno donde se encuentra un auténtico “convertidor” -el órgano de Corti– que transforma los movimientos timpánicos en impulsos eléctricos de tipo nervioso que llegan a la zona cerebral de integración (la corteza auditiva) a través de una serie de “estaciones de relevo” como el cerebelo y los núcleos de la base cerebral, unidos a la parte posterior de la glándula hipófisis y, a través de ella, conectados al sistema endocrino, hormonal, del cuerpo.

Por tanto, la respuesta a un sonido brusco es inmediata y puede poner al organismo -a través del sistema nervioso periférico y de las glándulas endocrinas- en situación de ataque o defensa y, posteriormente, efectuar incluso cambios hormonales importantes que pueden persistir durante mucho tiempo si el impulso auditivo es adecuado y suficiente.

Pero esos cambios no se limitan a una respuesta a los sonidos que percibimos. Nuestro espectro de audición es increíblemente limitado y por encima y debajo de él se encuentran el amplio panorama de las vibraciones subsónicas y supersónicas que, pese a no poderlos percibir, ejercen una acción perfectamente mensurable sobre nuestro organismo. De hecho, la contaminación auditiva que tanto preocupa actualmente en las grandes ciudades está causada en gran parte por elementos supersónicos que pueden llegar a causar la muerte por microhemorragias cerebrales.

Bien, pues el hecho de que el oído -como el resto de los sentidos- esté integrado en un sistema general de adaptación que es lo que conocemos con el nombre de estrés -descrito por el fisiólogo Selye hace ya más de cincuenta años- permite explicar alguno de los efectos “mágicos” de la música y otros tipos de sonido en nuestro organismo.
Por ejemplo: la percusión cada vez más rápida y con mayor nivel sonoro de los tam-tams africanos induce una excitación progresiva de las vías nerviosas de la audición que llega a disparar el mecanismo del estrés, en cuya primera fase las terminaciones nerviosas segregan una serie de sustancias muy complejas y con efectos conocidos muy poderosos a diversos niveles orgánicos.

Aparte de la famosa adrenalina, se segregan endorfinas -ahora tan de moda- que, en definitiva, son sustancias morfínicas de producción propia y que tienen propiedades analgésicas y estupefacientes (eso explica, por ejemplo, el estado de éxtasis al que puede llegarse en una ceremonia vudú). Pero, además, las terminaciones nerviosas segregan muchos otros compuestos químicos entre los que últimamente se han aislado importantes cantidades de calcitonina, que es la hormona recalcificante encontrada primeramente en el salmón. Por tanto, una sesión de macumba bien manejada y con los cuidados adecuados (aporte conveniente de alimentos ricos en calcio, líquidos y elementos plásticos proteicos) puede llegar a ser un posible tratamiento de las artrosis por descalcificación, uno de los azotes de nuestra moderna sociedad.

LA MÚSICA Y LA VIDA 

Pero no todo es ritmo en la música y en la vida. Por supuesto, nuestra vida fisiológica es fundamentalmente rítmica. Nuestros órganos y sistemas funcionan por ritmos, muchos de ellos conocidos de antiguo: los ritmos femeninos, los lunares, los ritmos de producción hormonal, los circadianos -en relación con el sol-… Y su influencia tanto diaria como estacional marcan una parte importante y aprovechable, desde el punto de vista curativo, de nuestras vidas.

Además, el ser humano se mueve en un mundo afectivo y mental en el que el ritmo, con ser importante, no lo es todo; y, por otro lado, la música tampoco es sólo ritmo.
Según este esquema, el ritmo musical puede intervenir como factor de vital importancia en el control del ritmo fisiológico del ser humano aunque tiene muy poca incidencia sobre la parte afectiva y menos aún sobre esa parte inaprensible que es la vida mental.

La melodía, por otro lado, parece que no afecta en gran medida al funcionamiento orgánico ni a la vida mental pero ejerce su función a nivel afectivo. Y, en cierta medida, así es. Cualquiera tiene la experiencia de una melodía asociada a recuerdos -especialmente los románticos- y las propias composiciones musicales tienen destinos específicos en relación con su melodía para determinados estados de ánimo. Esa es precisamente una de las bases de la posibilidad de tratamiento de problemas psíquicos con el refuerzo de la música.
La armonía, que es la percepción más elevada del sonido, lleva a una toma de consciencia del mundo sonoro y, por tanto, su desarrollo capacita para una actuación a nivel del plano puramente mental; aunque también incide de forma valorable sobre la vida afectiva, lo mismo que el ritmo musical. Lo cual es lógico ya que la esfera afectiva se encuentra a medio camino entre la fría mente y el funcionamiento mecánico del organismo y es manipulable desde cualquiera de los dos puntos.

Un ejemplo muy claro de todo esto puede ser, sencillamente, entrar en una discoteca y ver el trabajo del disc-jockey. A lo largo de la noche éste suele utilizar los tres componentes de la música para conseguir que su público reaccione de una manera determinada; y así, juega con el ritmo en primer lugar y luego, sobre todo, con la melodía. Con ello, de acuerdo con el esquema de Willems, en una primera fase va aumentando el ritmo de la música y su volumen con lo que consigue poner en marcha el mecanismo de reacción general de adaptación a un nivel básicamente orgánico y lograr una cierta intoxicación de las drogas orgánicas de producción propia. A partir de ese momento, un buen profesional jugará con la melodía- e incluso con la armonía- para llevar a los espectadores-participantes a un estado muy parecido al de una intoxicación suave (y a veces no tan suave) por drogas psicoactivas e inducir estados de ánimo que sin ese estímulo no pueden conseguirse.

¿Y QUÉ SE PUEDE CURAR CON MÚSICA?  

Esta rama actual de la Psicología que se llama Musicoterapia preconiza el uso de los sonidos curativos en tres circunstancias fundamentales: los desórdenes espaciotemporales, los trastornos del pensamiento y los de la afectividad. Siempre, por supuesto, como sistema complementario de otras técnicas de actuación psicoterapéutica. Hay dos circunstancias básicas en las que la terapia musical está indicada: la debilidad intelectual y las psicosis profundas; siempre como método para contactar con el paciente y herramienta para su reeducación.

En el déficit intelectual -y también en los casos de niños autistas- la música permite “contactar” con los niveles más primarios del paciente a través de una primera fase rítmica que estimule el nivel fisiológico y permita una toma de conciencia elemental por parte del deficitado. Para esta primera fase se aconsejan instrumentos simples de percusión o la mera utilización del roce en las paredes; y, por supuesto, conseguir una participación que no se limite solamente al oído sino que incluya la mayor parte del cuerpo a que pueda accederse. Posteriormente puede ampliarse la terapia con la utilización combinada de instrumentos más complejos, la voz y, en fases más avanzadas, música grabada o composiciones convencionales.

En las psicosis -que comportan un trastorno de la personalidad- la música es un elemento imprescindible para la toma de contacto. La característica de universalidad y la actuación con los distintos planos psicosomáticos del ser humano hace que pueda manejarse de acuerdo con cada caso y, por supuesto, sin recetas específicas.

Y no sólo eso. La música se está utilizando cada vez más en situaciones muy variadas que no son propiamente enfermedades mentales sino muchas veces situaciones o secuelas de otro tipo de problemas generales:

-En terapia de pareja, la música facilita las relaciones incidiendo en el desarrollo armónico de cada uno de sus miembros y el éxito de la obra en común.

-En problemas como el alcoholismo, la preparación para el parto o como técnica complementaria para el tratamiento del dolor la Musicoterapia está siendo cada vez más utilizada como reforzante de alguna otra técnica, como la conocida de autorrelajación de Schultz.

-Finalmente, a nivel experimental la terapia musical se está revelando notablemente útil para abordar problemas de reeducación de los sordos con técnicas de participación corporal total.

Y hay mucho más. Poco antes de morir,  Marconi -inventor de la telegrafía sin hilos- dejó sin concluir uno de sus últimos trabajos, de los que dejó notas: el rayo de la muerte. Por los indicios que han quedado ese rayo consistía en algo parecido a un láser sónico que podía, mediante un simple efecto vibratorio, causar la muerte de cualquier ser vivo sometido a él desde notable distancia.

LA SALUD ES UNA CUESTIÓN DE ARMONÍA 

The Lancet –una de las más importantes revistas de Medicina del mundo- publicaba hace unos años un trabajo de equipo ampliamente documentado vaticinando para antes de 50 años el fin de la era bioquímica en el tratamiento de las enfermedades y su sustitución por la medicina de las energías. Haciendo una inferencia de las tendencias actuales de la medicina curativa, planteaba que la enfermedad está en realidad causada por un desequilibrio energético del organismo y, por tanto, en un futuro bastante próximo habrá que tratar a los enfermos con aparatos que restablezcan ese equilibrio apuntando que ello podría hacerse a través de ondas sonoras y magnéticas que se manejarán probablemente desde una consola digital muy similar a las de nuestros ordenadores.

Posiblemente este planteamiento, utópico para algunos, pueda tener su desarrollo precisamente a través de la medicina de los sonidos y de su correcto manejo. Por supuesto, se trata de un campo enormemente amplio apenas explorado por nuestra medicina pero que, como sucedió hace unos veinte años con el auge de las técnicas orientales que han cambiado totalmente el abordaje de las enfermedades mentales y su tratamiento con la occidentalización de muchos principios hindúes y chinos- puede ser desarrollado con un abordaje amplio y libre de prejuicios sobre los conocimientos chamánicos.

Porque las prácticas curativas de las religiones animistas funcionan; de eso no cabe la menor duda. A fin de cuentas, el vudú haitiano -del que existen testimonios escalofriantes- se basa en gran medida en el manejo de una musicoterapia posiblemente muy avanzada y, desde luego, muy antigua; lo que ya es una garantía.

En suma, la Musicoterapia se perfila como una técnica de gran futuro. Y una investigación a fondo puede ampliar mucho su campo de acción y sus posibilidades futuras.

Este reportaje aparece en
20
Septiembre 2000
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