La vacuna del virus del papiloma humano provoca vasculitis cerebral

Dos investigadores de la Universidad British Columbia de Canadá, el neurólogo Chris Shaw y la bioquímica Lucija Tomljenovic, acaban de constatar que la gratuitamente llamada Vacuna del Virus del Papiloma Humano puede provocar una reacción autoinmune que inflame los vasos sanguíneos del cerebro dando lugar a las diversas reacciones descritas en algunas de las niñas vacunadas. Afirmando -en contra de lo que sostienen las autoridades sanitarias- que puede dar lugar a daños neurológicos graves que incluso pueden llevar a la muerte. Además denuncian que se ha sobrevalorado su eficacia y subestimado sus riesgos.

El 8 de septiembre de 2012 Andrea, niña asturiana de apenas 13 años, fallecía en un hospital de Oviedo después de permanecer 16 días en coma tras sufrir una crisis aguda de asma horas después de haber recibido la segunda dosis de la pomposa y gratuitamente llamada “vacuna contra el virus del papiloma humano” que en España se comercializa como Gardasil. Fue la primera víctima mortal en nuestro país –hay muchos más casos en otros países- relacionada con la vacuna aunque los médicos y nuestras autoridades sanitarias se nieguen a plantearse siquiera la posibilidad de que la misma haya sido el desencadenante de la crisis asmática. Lo cierto sin embargo es que solo 6 días después de recibir la primera dosis Andrea ya sufrió síntomas preocupantes -dolores intensos e incapacitantes de cabeza, problemas de movilidad, pérdida de energía, molestias gástricas, etc.- parecidos a los sufridos por muchas de las niñas que en todo el mundo han padecido reacciones adversas graves tras ser vacunadas.

Según las cifras del VAERS -programa federal estadounidense diseñado para vigilar la seguridad de las vacunas una vez aprobadas cuyos datos los facilitan los médicos, las enfermeras y los propios afectados o sus familiares- en septiembre de 2011 ya se habían comunicado sólo en Estados Unidos 121 muertes relacionadas con la vacuna y reportado ¡más de 27.485 reacciones adversas serias de diverso tipo! Y si bien el VAERS se limita recoger los datos que se le facilitan sin confirmar oficialmente las causas parece difícil seguir ignorando una realidad asociativa que se da en todos los países donde la vacuna se está imponiendo merced a agresivas campañas publicitarias que cuentan con el respaldo de muchos médicos que prefieren mirar hacia otro lado e ignorar los datos y estudios que ponen en entredicho su supuesta “seguridad”.

En España tanto la World Association for Cancer Research (WACR) como la Asociación de Afectadas por la Vacuna del Papiloma humano (AAVP) han denunciado reiteradamente la pasividad de las autoridades sanitarias a la hora de afrontar el problema y decretar una moratoria que paralice las vacunaciones masivas hasta que las incógnitas sobre su seguridad queden resueltas; en el caso de la WACR habiendo llevado el caso a los tribunales cuyos jueces, sin embargo, optaron por desentenderse del asunto. “Desgraciadamente ha muerto otra niña más a causa de esta vacuna -afirmaba en un comunicado la AAVP al morir Andrea- y nos preguntamos cuántas más tendrán que morir y cuántas más tendrán que padecer los graves efectos adversos de la vacuna antes de que las autoridades sanitarias reconozcan lo que está sucediendo y se investigue con rigor el porqué de estos efectos”.

Pues bien, sépase que un reciente estudio publicado en Canadá con el título Death after quadrivalent human papillomavirus (qHPV) vaccination: Causal or coincidental?” (Las muertes posteriores a la vacuna cuatrivalente contra el Virus del Papiloma Humano (qVPH): ¿casualidad o coincidencia?) efectuado por el neurólogo Chris Shaw y la bioquímica Lucija Tomljenovic acaba de revelar la posible causa de las reacciones adversas graves que a veces se presentan tras la vacunación. Un trabajo en el que de hecho se dice textualmente: “Nuestro estudio sugiere que las vacunas contra el virus del papiloma humano (VPH) que contienen antígenos de VPH-16L1 –partículas del serotipo 16 del virus del papiloma humano- suponen un riesgo inherente por la activación de vasculopatías autoinmunes potencialmente fatales. El hecho de que muchos de los síntomas reportados en las bases de datos de vigilancia sobre la seguridad de la vacuna contra el VPH sean indicativos de una vasculitis cerebral aunque ésta no se reconozca como tal (es decir, intensas migrañas persistentes, síncopes, convulsiones, temblores, hormigueo, mialgias, alteraciones del aparato locomotor, síntomas psicóticos y déficit cognitivo) es motivo de seria preocupación a la luz de los resultados obtenidos. Todo apunta a que en algunos casos la vacunación puede ser el desencadenante de accidentes fatales autoinmunes y /o neurológicos. Y los médicos deben ser conscientes de esa asociación”. Una conclusión tan contundente que cabe preguntarse qué más necesitan las autoridades sanitarias para ordenar que se paralice de inmediato la vacunación hasta tener más datos. Es más, ¿qué esperan los médicos sabiendo lo dicho para desaconsejar a todas las niñas con las que tratan -y a sus padres- que no se vacunen?

MUERTES INESPERADAS

En pocas palabras, lo que Chris Shaw –neurólogo- y Lucija Tomljenovic –bioquímica- hicieron fue desarrollar un protocolo inmunohistoquímico (IHC) -procedimiento para el estudio de tejidos orgánicos que permite localizar e identificar complejos antígenos/anticuerpos con diversos marcadores inmunoinflamatorios- que permite evaluar si las manifestaciones autoinmunes y neurológicas graves aparecidas después de la inoculación de una vacuna lo causan o no los antígenos derivados del virus que hay en ella. Por lo que para saber si así fue en el caso de Gardasil analizaron muestras de tejido cerebral de dos de las jóvenes que tras ser vacunadas murieron tras sufrir los síntomas característicos de una vasculitis cerebral y cuyas muertes se consideraban “inexplicadas” (es decir, sufrieron síntomas similares a los de muchas otras niñas tras ser vacunadas aunque en sus casos, afortunadamente, no hubiese el mismo desenlace fatal).

El primer tejido que analizaron procedía del cerebro de una joven sana de 19 años que falleció unos 6 meses después de recibir la tercera y última dosis de la vacuna; una adolescente que ya tras la primera inyección había sufrido algunos problemas como verrugas en la mano que persistieron durante todo el período de vacunación, fatiga inexplicable –recordemos en este punto el agravamiento que sufrió Andrea en su patología asmática,- debilidad muscular, taquicardia, dolor de pecho, sensación de hormigueo en las extremidades, irritabilidad, confusión mental y períodos de amnesia (pérdida de memoria). Todos ellos síntomas comunes a los sufridos por las niñas españolas afectadas por la vacuna. Pues bien, durante la autopsia el análisis histológico del hipocampo, el cerebelo y la corteza cerebral no reveló evidencia alguna de pérdida neuronal o inflamación (los autores del estudio del que nos hacemos ahora eco destacan empero que en el informe no se indica qué anticuerpos inmunes y tintes se utilizaron en la investigación histológica). En suma, la autopsia determinó que no podía establecerse la causa de la muerte.

El segundo caso estudiado por Shaw y Tomljenovic fue el de una joven de 14 años con antecedentes de migrañas y uso de anticonceptivos orales que a las dos semanas de recibir su primera dosis comenzó a padecer migrañas insoportables, problemas en el habla, mareos, debilidad, incapacidad para caminar, confusión, amnesia y vómitos, síntomas que se resolvieron gradualmente. Sin embargo 15 días después de la segunda dosis fue encontrada inconsciente en la bañera por su madre. Atendida por los servicios de Urgencia en su domicilio sería de inmediato trasladada a un hospital en el que sufrió un paro cardíaco a los treinta minutos de llegar y finalmente falleció. Al no observarse en la autopsia nada anormal a nivel anatómico, microbiológico y toxicológico su óbito se clasificaría como “muerte súbita e inesperada“.

VASCULITIS AUTOINMUNE

En suma, ambas jóvenes murieron oficialmente por “causa desconocida”. Una “conclusión” que ahora Shaw y Tomljenovic acaban de echar abajo:

“Los resultados de nuestros exámenes inmunohistoquímicos con muestras de tejido cerebral de dos jóvenes que murieron tras ser vacunadas con Gardasil –afirman en su trabajo- indican la clara existencia de una vasculitis autoinmune desencadenada por la reacción cruzada contra anticuerpos VPH-16L1 que se adhirieron a la pared de los vasos sanguíneos cerebrales; hay evidente presencia de ello en la vasculatura cerebral. En contraste, los anticuerpos VPH-18L1 no estaban unidos a los vasos sanguíneos cerebrales ni a ningún otro tejido neural”. En otras palabras: en sus vasos cerebrales había adheridas partículas del serotipo 16 -presentes en la vacuna del virus del papiloma humano- pero no del serotipo 18 siendo eso según ambos investigadores lo que provocó la reacción autoinmune del organismo que acabó dañando los vasos cerebrales. Daño vascular que según explican se manifiesta en forma de lesiones isquémicas y hemorrágicas del tejido cerebral con las consiguientes consecuencias en distintas funciones y órganos.

El hallazgo de partículas VPH-16L1 adheridas a los vasos sanguíneos cerebrales en las muestras de tejido cerebral de los dos casos –se dice en el informe- es muy preocupante porque demuestra que inmunocomplejos derivados de la vacuna son capaces de penetrar a través de la barrera hematoencefálica. Gardasil es una vacuna recombinante y contiene partículas similares a virus (VLP) con cápside recombinante principal (L1) de los tipos VPH 6, 11, 16, y 18 como sustancias activas (la vacuna bivalente VPH Cervarix contiene sólo VPH-16L1 y el VPH-18L1). Las partículas similares al virus del papiloma humano en Gardasil (incluidas las VPH-16L1) se absorben merced a un adyuvante, el sulfato hidroxifosfato de aluminio amorfo. Estudios recientes en modelos animales muestran que las nanopartículas de aluminio adyuvante, capturadas por los monocitos tras la inyección, se trasladan primero a los ganglios linfáticos de drenaje y luego viajan a través de la barrera hematoencefálica hasta acumularse en el cerebro donde pueden causar importantes reacciones adversas inmunoinflamatorias. Así pues, la presencia de partículas HPV 16L1 en las muestras de tejido vascular del cerebro de las jóvenes vacunadas con Gardasil puede explicarse por un mecanismo tipo ‘caballo de Troya’ dependiente de la circulación de los macrófagos merced al cual el aluminio adyuvante accedió al tejido cerebral”.

En el citado trabajo sus autores también explican por qué no había sido posible hasta ahora constatar los daños causados por la vacuna. “El hecho de que la autopsia no mostrase en ninguno de ambos casos evidencia alguna de reacciones microgliales e inflamatorias debió deberse probablemente a que no se utilizó ningún marcador específico de neuroglia en los análisis histopatológicos de las muestras de tejido cerebral. En cambio los resultados de nuestro análisis IHC -utilizando marcadores de microglías y astroglías específicos- mostraron una excepcionalmente intensa microgliosis y astrogliosis en todas las secciones de los tejidos cerebrales examinados; en ambos casos. Como se sabe las microglías son células del sistema inmune que se hallan en el cerebro cuya activación excesiva puede conducir a procesos irreversibles proinflamatorios y neurodestructivos. También es sabido que las microglias activadas aumentan la permeabilidad de la barrera hematoencefálica a otros agentes inflamatorios y al tráfico de linfocitos. Por otra parte, la agregación microglial en el cerebro también se reconoce como marcador de lesión cerebral hipóxico-isquémica; este último diagnosticado por cierto por el médico forense en el segundo caso”.

Ambos autores resaltan asimismo que, conocidos los resultados de las autopsias y las historias médicas de las dos jóvenes, es obvio que sólo una estimulación excesiva del sistema inmune -como ocurre cuando se inocula cualquier vacuna- explica la acumulación de inmunocomplejos y células inmunes que había en los tejidos cerebrales de las fallecidas.

ADYUVANTES DE ALUMINIO

La investigación que comentamos tiene especial relevancia porque indica que la vacuna no sólo es peligrosa porque pueda provocar una fuerte reacción autoinmune sino porque además ayuda a que el tóxico aluminio que se usa en ella como adyuvante llegue al cerebro. Recordemos que los llamados adyuvantes son sustancias químicas –la mayoría muy tóxicas- que se incorporan vergonzosamente a las vacunas para potenciar la respuesta del sistema inmune y así poder utilizar menos antígenos a fin de reducir los costes de producción; siendo los más comunes las sales de aluminio: el hidróxido de aluminio, el fosfato de aluminio y el sulfato de potasio y aluminio. “Tanto las microglías como las astroglías –explican Shaw y Tomljenovic al respecto- se activan por diversas causas; y ello incluye a los adyuvantes de aluminio de las vacunas presentes en Gardasil y Cervarix. De hecho los experimentos con animales muestran que bastan sólo dos inyecciones de adyuvantes de aluminio -en concentraciones comparables a los utilizadas en las vacunas humanas- para provocar una activación altamente significativa de las microglias que persiste hasta 6 meses después de la inyección”.

En nuestra revista ya hemos explicado en otras ocasiones que son muchas las voces que desde hace tiempo abogan por prohibir las sustancias adyuvantes y que alertan concretamente de que el aluminio –como el escualeno- es neurotóxico pero la industria y las autoridades sanitarias controladas por ella responden que no existen pruebas “concluyentes” de sus posibles daños. Y por tanto se sigue inoculando masivamente aluminio a cientos de millones de personas cada año a través de todo tipo de vacunas. Por supuesto quienes niegan la toxicidad del aluminio mienten pues son numerosas las investigaciones que relacionan ese mineral con muy distintas patologías. El propio Chris Shaw publicó el pasado mes de septiembre de 2012 un trabajo titulado Aluminum hydroxide injections lead to motor deficits and motor neuron degeneration (Inyecciones con hidróxido de aluminio llevan a déficits motores y degeneración neuromotora)– en el que demuestra la toxicidad del hidróxido de aluminio y de ahí que afirme: “La demostrada neurotoxicidad del hidróxido de aluminio y su ubicuidad como adyuvante justifica una mayor vigilancia por la comunidad científica”. El estudio pretendía averiguar si algunas de las manifestaciones patológicas -incluyendo diversas disfunciones cognitivas y trastornos neuromotores similares a los de la Esclerosis Lateral Amiotrófica- que sufrieron muchos soldados norteamericanos que estuvieron en la Guerra del Golfo y se agruparon bajo el nombre genérico de Síndrome de la Guerra del Golfo estaban o no relacionadas con los adyuvantes presentes en las vacunas que recibieron; concretamente con el hidróxido de aluminio. Bueno, pues en ese artículo su autor manifiesta para empezar su más absoluta sorpresa al constatar que el uso del aluminio como adyuvante no cuenta apenas con apoyo en la literatura científica. “A pesar de su larga historia y de su uso generalizado –se dice en el texto- las interacciones físico-químicas entre los compuestos de aluminio y los antígenos son relativamente poco conocidas y sus mecanismos subyacentes permanecen relativamente poco estudiados. Tampoco parece que haya habido estudios rigurosos sobre la toxicidad potencial del adyuvante aluminio en animales; ausencia de estudios que resulta peculiar dada la bien conocida observación de que el aluminio en general puede ser neurotóxico bajo una serie de condiciones y los adyuvantes, en particular, se han visto previamente implicados en enfermedades neurológicas”. En pocas palabras, el adyuvante más utilizado en las vacunas, el aluminio, apenas tiene respaldo científico. ¡Alucinante!

Cabe añadir que el estudio de Chris Shaw, efectuado con ratones, demostró sin lugar a dudas que el hidróxido de aluminio es tóxico. Y así lo explica: “Los demostrados resultados neuropatológicos y de déficit de comportamiento de los ratones inyectados con hidróxido de aluminio pueden proporcionar una idea de las causas -no sólo de los síntomas, similares a los de la Esclerosis Lateral Amiotrófica- relacionados con el Síndrome de la Guerra del Golfo sino que permite abrir nuevas vías de investigación en otras enfermedades neurológicas”.

VACUNAS INFANTILES CON ALUMINIO 

En suma, la advertencia realizada por los mencionados investigadores debería ser tenida muy en cuenta por los médicos y por nuestras autoridades sanitarias; especialmente porque la llamada Vacuna del Virus del Papiloma Humano, Gardasil, contiene 225 microgramos de aluminio en forma de sulfato hidroxifosfato de aluminio amorfo… ¡pero también buena parte de las vacunas infantiles que antes de los dos años reciben nuestros hijos! Entre ellas…

…la vacuna contra la polio.
…las vacunas contra la hepatitis A.
…las vacunas contra la hepatitis B.
…la vacuna contra la rabia.
…la vacuna contra el ántrax.
…la vacuna tetravalente (difteria, tos convulsiva, tétano y neumonía).
…la vacuna pentavalente (difteria, tos convulsiva, tétano, neumonía y hepatitis B).
…la vacuna contra el meningococo.
…la vacuna contra el meningococo C.
…la vacuna conjugada del neumococo.
…algunas -no todas- de las vacunas conjugadas de hemófilos influenza tipo B.

No está de más por ello recordar las palabras del médico francés Jean Pilette -miembro del European Forum for Vaccine Vigilance, coalición de grupos y personas interesadas en informar sobre los efectos secundarios de las vacunas en el que participa La Liga para la Libertad de Vacunación de nuestro país- quien en su amplio trabajo Aluminium et Vaccins alerta claramente sobre su peligro: “Las vacunas rutinarias de inmunización y las vacunaciones en masa se hacen generalmente sin exámenes previos. El aluminio sérico o el aluminio urinario nunca se determinan antes de inocular una vacuna que contiene aluminio. Y el estado del sistema inmune y la determinación del riesgo de enfermedades neurodegenerativas tampoco se investigan nunca antes de la vacunación. Luego inocular una vacuna que contenga aluminio debería considerarse un procedimiento médico de alto riesgo, sea la vacuna legalmente obligatoria o no”.

Y ello es así aunque no todo el mundo se vea afectado de igual manera por las vacunas. “Por razones que aún no se entienden bien -reconoce Shaw- algunas personas sufren reacciones terribles ante la vacuna del virus del papiloma humano. Son más susceptibles. La mayoría de las personas que reciben esas vacunas están hoy bien…. pero otras pueden enfermar. Así que aseverar que no hay reacciones adversas y solo se provoca un leve dolor en el brazo no es cierto en un sentido estricto”.

¿Y por qué en unos casos la reacción a una vacuna es claramente negativa y en muchos otros no? Pues todo indica que pasa como con los fármacos y la clave está en la configuración genética del receptor. El doctor José Ignacio Lao, Director Médico de Genomic Genetics International y especialista del Instituto Javier de Benito en el Centro Universitario Dexeus de Barcelona, lo explicó recientemente en la entrevista que mantuvimos con él y se publicó en el artículo que con el título La influencia de la genética en el abordaje del autismo apareció en el nº 156 (el lector puede leerla en nuestra web: www.dsalud.com). “Hay que tener en cuenta –nos diría entonces- que hay personas especialmente vulnerables a ciertas sustancias que están entre los componentes de las vacunas a las que, dado el estado tan precario de su sistema natural de desintoxicación, resultan especialmente tóxicas y lesivas; incluso a concentraciones mínimas. Quizás haya por ello que replantearse todos los estudios hechos e incluir un paso previo: agrupar a los niños en función de su variabilidad genética para evitar cualquier sesgo. Se demostraría así que hay niños especialmente vulnerables con los que hay que tomar precauciones porque en su caso algunos de los componentes de las vacunas -no éstas en sí- pudieran resultar especialmente tóxicos”. De ahí que recomiende a los padres que hasta que las autoridades y los expertos no se pronuncien oficialmente sobre ello antes de vacunar a sus hijos les hagan un análisis genético que permita conocer al menos el estado de su sistema inmune y la capacidad del organismo para expulsar tóxicos.

LA VACUNA CONTRA EL VPH, NI EFICAZ, NI SEGURA

Dicho lo cual nosotros debemos recordar por nuestra parte -una vez más- que la llamada Vacuna contra el Virus del Papiloma Humano -que algunos denominan también Vacuna contra el cáncer de cuello de útero o Vacuna contra el cáncer de cérvix- que se comercializa en Europa como Gardasil por Merck Sharp & Dohme en colaboración con Sanofi-Pasteur y como Cervarix por GlaxoSmithKline- no ha demostrado científicamente ni su inocuidad ni su eficacia. Quien afirma que sí se ha hecho ¡MIENTE! Invitamos al lector interesado a informarse detalladamente leyendo en nuestra web –www.dsalud.com– los artículos que con los títulos El sinsentido de la vacuna para el virus del papiloma humano, Más víctimas de la llamada vacuna contra el virus del papiloma humano, Cómo afrontar una infección del virus del papiloma humano con Microinmunoterapia, Así se gestó el negocio de la vacuna del virus del papiloma humano, Las afectadas por la vacuna del virus del papiloma humano no quieren ser olvidadas, Nuevas víctimas de la vacuna contra el virus del papiloma humano y Encuentran ADN recombinante del virus del papiloma humano ¡en la vacuna destinada a combatirlo! publicamos en los números 99, 109, 110, 114, 118, 128 y 143 respectivamente.

Cabe añadir que antes de llegar a identificar la vasculitis cerebral autoinmune como probable causa de las graves reacciones adversas registradas tras la vacunación los investigadores Chris Shaw y Lucija Tomljenovic ya habían rechazado las afirmaciones sobre la eficacia y seguridad de la vacuna de la que nos ocupamos por considerarlas sencillamente ¡falsas! Y no las rechazaron sin más sino ¡tras haber hecho una revisión sistemática de los ensayos de la vacuna antes y después de su aprobación! Y es que en lugar de ignorar los continuos informes sobre reacciones adversas reportados en todo el mundo decidieron estudiarlas y no asumir acríticamente la campaña propagandística manipuladora e interesada de los laboratorios que apoyaron sin embargo -para su vergüenza- las autoridades sanitarias y algunas “sociedades científicas” cuyos presidentes deberían haber sido ya investigados judicialmente.

Recordemos que el estudio más citado sobre la presunta seguridad de la vacuna es el de Merck Sharp & Dohme -multinacional fabricante de Gardasil– en el que participaron casi 190.000 mujeres que recibieron al menos una dosis de la vacuna entre 2006 y 2008 en cuyas Conclusiones se decía: “No se detectaron efectos secundarios negativos tras la vacunación de las mujeres de 9 a 26 años de edad inoculadas con la tetravalente VPH (Gardasil) (…) Estos resultados respaldan la seguridad general de la vacunación sistemática para prevenir el cáncer”. Una afirmación que asumieron sin más las autoridades sanitarias.

Shaw y Tomljenovic aseveran en cambio que aquel estudio no es fiable. “En primer lugar –declararían a la web www.straight.com de Vancouver (Canadá)- sólo se tuvieron en cuenta las condiciones que requiriesen ingreso en un servicio de Urgencias u hospitalización y sólo en los 60 días posteriores a la vacunación; el estudio no tuvo en cuenta posibles resultados negativos a más largo plazo ni el riesgo de recurrencia. Y en segundo lugar, a pesar de su gran tamaño, puede haber sido insuficiente para detectar enfermedades muy raras”. En otras palabras, se diseñó de forma interesada sabiendo que no puede encontrarse lo que no se busca. El hecho de que los citados investigadores hayan ahora constatado que la vacuna puede provocar una vasculitis autoinmune lo demuestra. Claro que el estudio, según señala Shaw, fue financiado por Merck Sharp & Dohme -es decir, por el propio fabricante- y su principal autor recibía habitualmente fondos de esa multinacional así como de GlaxoSmithKline -fabricante de Cervarix- y de otras compañías farmacéuticas. Es más, según el investigador canadiense la propia Merck Sharp & Dohmerevisó los análisis de los datos y ayudó a redactar y revisar el manuscrito”. Sin comentarios.

De hecho fueron tales despropósitos los que llevaron a Shaw y Tomljenovic a reexaminar en profundidad los trabajos de los laboratorios publicando sus Conclusiones en el artículo Human Papillomavirus (HPV) Vaccines as an Option for Preventing Cervical Malignancies: (How) Effective and Safe? (Las vacunas contra el Virus del Papiloma Humano (VPH) como opción para la prevención de neoplasias cervicales: ¿eficaces y seguras?.) Conclusiones tan clarificadoras como contundentes que pueden resumirse así: no se ha demostrado que la vacuna sea ni segura ni eficaz.

“Nos hemos encontrado –señalan los autores en la síntesis de su estudio- con que tanto el diseño de los ensayos clínicos de la vacuna contra el VPH como la interpretación de los resultados respecto a su eficacia y su seguridad fueron en gran medida inadecuados. Además observamos evidencias de recogida selectiva de los resultados de los ensayos clínicos (por ejemplo, la exclusión de cifras sobre la eficacia de la vacuna relativas al estudio de subgrupos en los que la eficacia puede ser menor o incluso negativa de publicaciones revisadas por pares)”. Añadiendo: “El optimismo generalizado sobre los beneficios a largo plazo de las vacunas contra el VPH parece basarse en una serie de suposiciones no probadas y en una significativa mala interpretación de los datos disponibles. Por ejemplo, la afirmación de que la vacunación contra el VPH se traducirá en la reducción de aproximadamente el 70% de los cánceres de cuello de útero se hace a pesar del hecho de que los datos de los ensayos clínicos no han demostrado hasta la fecha que las vacunas hayan evitado un solo caso de cáncer cervical (sólo el cáncer cervical mata) ni que las actuales extrapolaciones excesivamente optimistas basadas en marcadores sustitutivos estén justificadas. Del mismo modo, la noción de que las vacunas contra el VPH tienen un perfil de seguridad impresionante sólo es compatible con un diseño muy deficiente de los ensayos de seguridad y es contrario a la evidencia acumulada desde las bases de datos sobre la vigilancia de seguridad de la vacuna y desde los casos clínicos que mantienen que existe una relación entre la vacunación contra el VPH y resultados adversos graves (incluyendo la muerte e incapacidad permanente). Por consiguiente, concluimos que la reducción adicional de los cánceres cervicales puede lograrse mejor mediante la optimización de la detección cervical (que no lleva riesgo de este tipo) y la focalización en otros factores de la enfermedad en lugar de depositar la confianza en vacunas cuya eficacia y perfil de seguridad son cuestionables”.

En definitiva, reiteramos lo que llevamos años denunciando en estas páginas: ni Gardasil ni Cervarix -las inapropiadamente llamadas “vacunas contra el virus del papiloma humano” que otros denominan absurdamente “vacunas contra el cáncer de cuello de útero” o “vacunas contra el cáncer de cérvix”han demostrado científicamente su inocuidad y su eficacia. En cambio sí está constatado -a través del VAERS- que muchas niñas han muerto tras ser vacunadas y varios miles más han sufrido graves patologías. Alegándose por los laboratorios y las autoridades sanitarias que eso no demuestra “científicamente” y de forma “irrefutable” que la vacuna haya sido la causa de tales efectos adversos siendo pues sólo una “coincidencia” que tan graves síntomas aparecieran en personas sanas y éstas las sufrieran poco después de ser vacunadas.

Falaz argumento admitido ingenuamente hasta hoy por médicos y jueces que deberán ahora refutar el hallazgo de Chris Shaw y Lucija Tomljenovic de que la vacuna provoca una reacción autoinmune del organismo que acaba dañando los vasos cerebrales. No se trata pues ya de una “asociación” no explicable sino de la constatación científica de que esas vacunas pueden provocar una vasculitis cerebral cuyos efectos son los que han padecido -con mayor o menor intensidad- las niñas que tras ser vacunadas sufrieron sensación de hormigueo, temblores, convulsiones, migrañas, mialgias, alteraciones del aparato locomotor, déficit cognitivo, síntomas psicóticos o síncopes, entre otros síntomas menos graves.

Y entiéndase claramente: tales problemas podrían llegar a provocarlos por las mismas razones no sólo la falsamente llamada vacuna contra el virus del papiloma humano sino también las de la polio, las de las hepatitis A y B, la de la rabia, la del ántrax, la tetravalente (difteria, tos convulsiva, tétano y neumonía), la pentavalente (difteria, tos convulsiva, tétano, neumonía y hepatitis B), las del meningococo y la vacuna conjugada del neumococo y algunas -no todas- de las vacunas conjugadas de hemófilos influenza tipo B.

Y ahora decida usted si tiene sentido vacunar a sus hijas o vacunarse usted mismo con alguna de ellas sabiendo que los datos epidemiológicos e históricos que se supone avalan su seguridad y eficacia en todos los casos son más que discutibles. Al menos nosotros no hemos conseguido encontrar -y llevamos años buscando- ni un solo estudio que demuestre de manera irrefutable tal cosa. Y eso que lo hemos pedido de forma reiterada -privada y públicamente- tanto a los laboratorios fabricantes como a las autoridades sanitarias nacionales e internacionales. Sin el más mínimo éxito porque nadie responde. Y por algo será…

Es hora pues de exigir que se acaben las campañas de vacunación masiva en los colegios y que cada niño/a que por voluntad de sus padres vaya a ser vacunado/a sea previamente examinado para constatar el estado de su sistema inmune, su capacidad desintoxicante y la posible presencia de elementos tóxicos en su organismo. Se podrán así al menos minimizar las “malditas coincidencias” que se dan actualmente entre quienes optan –sin justificación alguna a nuestro juicio- por inocularse una vacuna cuya eficacia de prevención del cáncer de cuello uterino no se ha demostrado científicamente.

Antonio F. Muro

Este reportaje aparece en
156
Enero 2013
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