Las vacunas pueden causar autismo

En 1998 The Lancet publicó un breve estudio dirigido por el médico británico Andrew Wakefield en el que se concluía que la vacuna conocida como “triple vírica” podría estar relacionada con trastornos neurológicos e intestinales. Una denuncia que llevaría a otras investigaciones científicas que parecieron corroborar esa asociación y a familias con niños autistas a exigir explicaciones a las autoridades. Reacción social que llevaría al rápido montaje de una vergonzosa campaña para negar la relación entre la vacuna y el autismo, a forzar que 10 de los 13 autores del artículo se retractaran, a que el Sunday Times iniciara una campaña de descrédito contra él y a que el Consejo General Médico le abriera un expediente que culminaría en 2010 con la retirada de su licencia para ejercer. Wakefield se marcharía por ello a Estados Unidos para continuar sus investigaciones tomando entonces el relevo de la campaña de difamación el British Medical Journal que lo acusaría de manipular sus resultados y violar la ética médica. Pues bien, estudios independientes posteriores han confirmado lo que aseveraba Wakefield. Y autoridades sanitarias norteamericanas admiten implícitamente ya la posibilidad de que las vacunas puedan causar autismo. De hecho tribunales estadounidenses han ordenado que se indemnice a familias de niños que sufrieron autismo tras ser vacunados. Esperpéntico.

Autismo es una palabra con la que se pretende agrupar una serie de trastornos presuntamente neurológicos que dan lugar a graves déficits de desarrollo en los niños afectando a su socialización y comunicación y que les impide manifestarse emocionalmente teniendo a menudo conductas repetitivas e inusuales. Y tanto la Asociación Internacional Autismo-Europa como la Asociación Española de Profesionales del Autismo reconocen abiertamente que ignoran qué lo causa. Hablamos de un problema que se asegura afecta hoy a 1 de cada 150 niños en edad escolar cuando en la década de los 80 del pasado siglo XX afectaba a sólo 1 de cada 10.000. Y entonces, ¿a qué se debe tan espectacular aumento de casos? Pues empezó a sospecharse la causa cuando en 1991 la multinacional Merck -una de las mayores empresas fabricantes de vacunas- hizo público un memorando reconociendo que el mercurio contenido en las vacunas administradas en Estados Unidos podía exceder la cantidad que el Gobierno federal había establecido como “segura”. Lo sorprendente sería que los responsables sanitarios estadounidenses no dijeron ni una palabra ¡hasta 8 años después! A pesar de que en 1995 se produjo en Estados Unidos una auténtica explosión de casos de autismo que “coincidía” en el tiempo con el aumento del número de vacunas obligatorias.

Pues bien, como ya explicamos en el reportaje que con el título Timerosal y autismo: silencio, ocultación y mentiras se publicó en el nº 148 de la revista y que el lector puede consultar en nuestra web (www.dsalud.com) lo que los Centros para el Control de Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés), la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA por sus siglas en inglés) y otras agencias sanitarias estadounidenses hicieron fue planificar y llevar a cabo una campaña de ocultación y falseamiento de datos, informes y estudios científicos con la complicidad de medios de comunicación, revistas científicas, sociedades médicas y fabricantes de vacunas logrando así neutralizar los descubrimientos que relacionaban las vacunas con la creciente epidemia de autismo a la vez que impedían la publicación de estudios e informes que avalaban esa relación y, por ende, la responsabilidad de las autoridades gubernamentales. En pocas palabras, todo indica que si oficialmente “no se sabe aún” el origen del autismo se debe simple y llanamente a que se intenta proteger a los fabricantes de vacunas y a quienes pusieron en marcha las políticas de vacunación a nivel mundial.

¿Por qué? Pues para intentar minimizar el impacto que causó en 1998 el cirujano y gastroenterólogo británico Andrew Wakefield al publicar en The Lancet un breve artículo que apuntaba a la posible conexión entre la vacuna “triple vírica” -incluso cuando no contiene mercurio- con el autismo, diversos desórdenes mitocondriales y un extraño tipo de inflamación intestinal. El asunto era tan trascendente que se puso en marcha de inmediato una compleja maniobra orquestada por las agencias sanitarias estadounidenses y los fabricantes de vacunas a fin de protegerse. Para lo cual los días 7 y 8 de junio de 1999 se celebraría en Simpsonwoods (Georgia, EEUU) una reunión -que sus participantes quisieron mantener en secreto- en la que científicos y médicos de los CDC, la FDA y la industria farmacéutica acordaron la agenda para ocultar la relación entre las vacunas y el autismo. Fue allí donde acordaron buscar una nación en la que llevar a cabo estudios que pudieran “demostrar” que tal relación es inexistente. Y el lugar elegido para ello fue Dinamarca, país donde un puñado de científicos que trabajaban para un centro danés que mantenía relaciones comerciales con el Gobierno estadounidense se prestó a firmar varios “artículos a la carta” junto a personal de los CDC. Paralelamente el Dr. Paul Verstraeten -miembro del Servicio de Inteligencia Epidemiológica (EIS por sus siglas en inglés) al que en el 2000 se había encargado un estudio cuyos resultados preliminares eran totalmente contrarios a los intereses de la agencia- pasó a trabajar ¡paraGlaxoSmithKline!, uno de los más grandes laboratorios fabricantes de vacunas!, lo que obró “milagros” en los resultados finales de su estudio porque en él exoneró por completo a las vacunas. Por último, los CDC maniobraron para conseguir que el Instituto de Medicina (IOM por sus siglas en inglés) -que en 2001 había emitido un informe muy crítico con el papel de las vacunas en el autismo- aprobara un nuevo informe -el 9 de febrero de 2004- rechazando la posibilidad de que el mercurio de las vacunas pueda provocar los desórdenes del espectro autista.

EL COMIENZO DE LA OFENSIVA CONTRA WAKEFIELD

¿Estaba entonces equivocado Andrew Wakefield? ¿Se trata de alguien de fiar? Hoy sabemos que estudió Medicina en el St. Mary´s Hospital Medical School -actualmente Imperial College School of Medicine– y que se convirtió en miembro del Real Colegio de Cirujanos en 1985. Sabemos asimismo que entre 1986 y 1989 formó parte de un equipo que estudiaba problemas de rechazo de tejidos en trasplantes del intestino delgado en la Universidad de Toronto(Canadá) y que posteriormente trabajaría en un programa sobre trasplantes de hígado en el Royal Free Hospital de Londres (Inglaterra). Pero fue en mayo de 1995, mientras dirigía una investigación sobre la enfermedad de Crohn, cuando contactó con él la madre de un niño autista, Rosemary Kessick, para decirle que a su hijo le habían aparecido los síntomas del espectro autista tras administrársele la triple vacuna (sarampión-paperas-rubeola) que en España se conoce como “triple vírica” y en el mundo anglosajón por sus siglas en inglés: MMR. Llamada a la que siguieron otras que lo llevarían finalmente a implicarse en una investigación cuyos primeros hallazgos son los que contaría en el citado artículo publicado en The Lancet.

En la rueda de prensa que siguió a la publicación del artículo Wakefield diría que había que replantearse la vacunación con la triple vírica hasta que se hicieran más estudios. Y claro, eso desató el pánico –potenciado por la enorme cobertura mediática que recibió su declaración- entre los padres de niños en edad de vacunación así como entre las autoridades sanitarias y los fabricantes de vacunas.

Cabe en cualquier caso destacar dos cosas: que la triple vírica que los niños estudiados habían recibido no contenía mercurio y que los hallazgos clínicos indicaban que la vacuna causaba un nuevo trastorno del intestino. Luego la vacuna parecía ser peligrosa incluso sin contener el mercurio del timerosal.

Se iniciaría entonces una guerra mediática en la que participó incluso el entonces Primer Ministro Tony Blair quien afirmaría públicamente que las vacunas eran seguras para todos los niños… puesto que lo eran para su hijo pequeño, Leo. Aunque no afirmó explícitamente que se le hubiera vacunado.

Se publicaron entonces miles de artículos en los que aparecían Wakefield y Leo Blair y por un momento se cuestionó la política sanitaria del Reino Unido pero finalmente la movilización de fuerzas en favor de las vacunas terminó aplastando las dudas suscitadas por el trabajo de Wakefield a quien el Royal Free Hospital retiró en 2002 todos los fondos para investigar cancelando su contrato. Wakefield se marchó pues a Estados Unidos donde continúo su investigación en el International Child Development Resource Center (Florida) y posteriormente en el Johnson Center for Child Health and Development (Austin, Texas), entonces conocido como Thoughtful House.

El 15 de febrero de 2004 Wakefield recibiría una serie de preguntas del periodista Brian Deer quien -según le diría- estaba preparando un reportaje para el Sunday Times, diario propiedad del magnate Rupert Murdoch, personaje de “intachable” ética que, como hoy sabemos, ha sido investigado -y sus colaboradores procesados- por escuchas telefónicas ilegales, sobornos a policías y chantaje.

El tipo de preguntas mosqueó a Wakefield quien decidiría trasladarse hasta el Reino Unido para hablar personalmente con los responsables del diario. Y el 18 de febrero se reuniría con ellos en la sede del Sunday Times. Con el editor del número especial que iba a publicar el reportaje así como con tres de sus editores adjuntos. Y ello le confirmaría lo que había sospechado: la idea era cuestionar aspectos importantes de su trabajo y del artículo que había publicado en The Lancet en 1998. Hagamos pues un alto en este punto para explicar de modo sintético cuáles son las acusaciones fundamentales contra Wakefield y sus colaboradores junto con la respuesta de éstos demostrando que todas y cada una de ellas son falsas y malintencionadas.

Una de las cuestiones claves para entender el montaje contra Wakefield es que entre 1995 y 1999 su equipo realizó investigaciones para 2 textos de características muy distintas: el primero fue el informe preliminar que publicaría The Lancet en 1998 y que se convirtió en el detonante de la persecución que ha sufrido; el segundo fue el estudio clínico que le pidió la firma de abogados Dawbarns Solicitors para documentar una demanda contra los fabricantes de vacunas. Veamos los detalles de cada uno.

El informe preliminar publicado en The Lancet:

Como hemos adelantado entre el invierno de 1995 y la primavera de 1996 Wakefield recibió llamadas de varios padres cuyos hijos, tras haber sido vacunados, presentaban síntomas de autismo así como ciertos problemas en los intestinos y a los que derivó inicialmente a un veterano gastroenterólogo pediátrico, el profesor John Walker-Smith. Sin embargo al aumentar el número de casos y comprobar la complejidad de los síntomas decidió estudiar el asunto recurriendo a neurólogos, psiquiatras y otros especialistas. Fue así como entre julio de 1996 y enero de 1997 examinaron a doce niños preparando un informe preliminar con los resultados (lo que en inglés se denomina un early report). Breve informe que con el título Ileal-lymphoid-nodular hyperplasia, non-specific colitis, and pervasive developmental disorder in children sería el que se publicaría en The Lancet el 28 de febrero de 1998 (páginas 637-641 del volumen 351) firmado por Wakefield, el citado Walker-Smith y las otras once personas del equipo que examinó a esos doce niños y luego a otros muchos en similar situación que ya no se incluyeron en el informe.

El informe empieza explicando: “Investigamos una serie de niños con enterocolitis crónica y desorden regresivo del desarrollo. Los doce niños tenían anormalidades intestinales”. Y el párrafo final concluye: “En la mayoría de los casos la aparición de síntomas fue posterior a la inmunización contra sarampión, paperas y rubeola. Se precisan posteriores investigaciones para examinar el síndrome y su posible relación con esta vacuna”.

En suma, habían detectado enterocolitis crónica y desorden regresivo del desarrollo en los doce niños que acababan de recibir la triple vírica. Y sus autores se limitaron a describir los hechos sin afirmar nada más.

Un estudio clínico encargado por Dawbarns Solicitors:

En enero de 1996 Richard Barr, abogado de un pequeño bufete de Norfolk llamado Dawbarns Solicitors, llamó a Wakefield para proponerle que actuara como experto en una demanda contra fabricantes de vacunas. Wakefield dudó pero una segunda llamada suya al mes siguiente contándole la tragedia que estaba viviendo una familia del norte de Inglaterra debido a un caso de autismo lo decidió a aceptar. Hay que tener presente que en ese momento tres factores confluían para facilitar la demanda: la aprobación de una ley en 1987 que exigía menos requisitos para iniciar un procedimiento de estas características, la consolidación de un procedimiento de ayuda económica a los demandantes desde el Consejo de Asistencia Jurídica (LAB, por sus siglas en inglés de Legal Aid Board) que en el 2000 pasó a denominarse Comisión de Servicios Legales (Legal Services Comission) y concedía financiación desde el comienzo de la demanda y la campaña de revacunación llevada a cabo en Reino Unido en diciembre de 1994.

Barr preguntó entonces a Wakefield si podía realizar un estudio que demostrara -o descartara- la relación entre la vacuna y el autismo. Éste aceptó, preparó un borrador de protocolo para examinar los casos de diez niños y en junio de ese mismo año se pidió la financiación al LAB que aprobó el trabajo concediendo para su desarrollo 55.000 libras. Sin embargo Arie Zuckerman, decano de la Royal Free Hospital School of Medicine en la que debía ingresarse el dinero y efectuarse el estudio, alegaría que existía un claro “conflicto de intereses” y ¡bloqueó la recepción del dinero! Se presentaría entonces el caso ante el Comité de Ética de la Asociación Británica de Medicina que terminaría respondiendo que no había conflicto de intereses alguno. Pero como Zucherman ya había denegado el ingreso el estudio se paralizó. Según revelaría luego William Long -abogado y profesor de Derecho- en el nº 31 de The Autism File Zuckerman actuó siguiendo las directrices del Departamento de Salud. Sin comentarios.

Afortunadamente tras numerosas gestiones el dinero terminaría siendo ingresado y el estudio se iniciaría en octubre de 1997 concluyendo en 1999. ¿El resultado? Similar al que se había publicado en The Lancet.

FALSAS ACUSACIONES

Analicemos ahora las principales acusaciones que se hicieron contra Wakefield:

1) Había conflicto de intereses porque el estudio publicado en The Lancet se financió con las 55.000 libras concedidas por la Legal Aid Board a petición de una firma de abogados que preparaba una demanda contra los fabricantes de la vacuna triple vírica.

Falso. Como ya hemos explicado el dinero procedente del LAB no era para el estudio publicado por The Lancet sino para el segundo estudio, encargado por los abogados. Aunque debido a las trabas puestas por el decano Zuckerman el dinero terminó ingresándose en la misma institución existen pruebas irrefutables de que ese dinero no se empleó en financiar el primer estudio. De hecho se conserva la carta que Wakefield dirigió al Royal Free Hampstead NHS Trust para explicar que no se iba a demandar al Departamento de Salud y que, por tanto, se podía ingresar el dinero del LAB. Pues bien, en esa carta, Wakefield explica que en esos momentos son ya 300 los niños a examinar y adjunta una copia del artículo enviado a The Lancet. La secuencia de los acontecimientos es pues la siguiente: entre enero y febrero del 97, cuando llevaban doce niños examinados, Wakefield y su equipo decidieron cortar para elaborar el informe preliminar, que fue redactado durante la primavera de 1997 y enviado a The Lancet el 3 de julio. Y sabemos por la carta que acabamos de citar que en esa fecha aún no se habían ingresado las 55.000 libras del LAB y que el segundo estudio estuvo paralizado hasta octubre de 1997 por lo que no comenzaron a trabajar en él hasta tres meses después de que el primero estuvo terminado, redactado y enviado a The Lancet. Es obvio pues que el dinero del LAB no pudo haberse utilizado para financiarlo.

2) Wakefield ocultó al editor de The Lancet su participación como experto en la demanda citada.

Falso. Entre la documentación que se incluyó en las deliberaciones del Consejo General Médico hay una comunicación del gabinete que preparaba la demanda –Dawbarns Solicitors– dirigida al editor de The Lancet John Horton fechada el 13 de marzo de 1997 en la que literalmente se dice: “Existe evidencia convincente de una conexión entre la vacunación y enfermedades inflamatorias del intestino… Estamos trabajando con el Dr. Andrew Wakefield, del Royal Free Hospital; está investigando ese trastorno”.

3) Wakefield y su equipo seleccionaron niños de las familias litigantes y utilizaron procedimientos invasivos innecesarios sin aprobación de ningún comité de ética.

Falso. Los doce niños incluidos en el informe preliminar publicado en The Lancet corresponden a las primeras doce familias que acudieron a Wakefield y fueron derivadas a Walker-Smith para ser examinados. En aquellos momentos ninguna de ellas era litigante. Y fue el profesor John Walker-Smith -prestigioso gastroenterólogo pediátrico- quien ordenó las intervenciones -incluyendo biopsias- como elemento clave de la investigación. Es más, aunque el profesor Smith posee autorización ética para cubrir todas sus decisiones en este caso solicitó además una aprobación especial (Ref. 162/95) del Comité de Ética del Royal Free Hospital que le fue concedida el 5 de septiembre de 1995 (y recuérdese que los niños fueron examinados entre julio de 1996 y enero de 1997).

4) Falseo de datos: Wakefield alteró los historiales de los niños y manipuló los datos clínicos para que encajaran con sus conclusiones.

Falso. Es imposible que Wakefield -y cualquiera en el Royal Free Hospital- alterara los historiales de los niños porque no estaban allí ya que tal es la práctica habitual en estos casos: los historiales no se envían al hospital sino que al llegar los niños se les abre un nuevo historial en el que únicamente consta el documento utilizado por el médico de familia que los derivó allí. Una vez en el Royal Free Hospital se realiza de nuevo el proceso de diagnóstico de modo independiente de los diagnósticos previos. Sin embargo durante el proceso contra Wakefield no se llamó a declarar a los padres de los niños por lo que no se pudieron rebatir las acusaciones de manipulación.

Por otra parte, el 20 de diciembre de 1996 John Walker-Smith presentó en una reunión del Grupo de Estudio de Enfermedades Inflamatorias del Intestino un avance del trabajo que estaban realizando con siete de los niños del grupo estudiado para el The Lancet paper. Y el documento revela que catorce meses antes de la publicación del informe preliminar tanto Walker-Smith como otro veterano patólogo, el Dr. Ainar Dhillon, habían examinado a los niños de forma totalmente independiente de Wakefield y encontrado exactamente los mismos síntomas que él. Lo que demuestra que no había manipulado los datos clínicos.

5) Los hallazgos del equipo de Wakefield no los ha comprobado ningún otro equipo independiente.

Falso. Existen numerosos estudios que confirman los hallazgos de Wakefield. Lo han constatado equipos de cinco países: Estados Unidos, Italia, Venezuela, Canadá y Polonia (entre el lector para comprobarlo en www.ageofautism.com/2010/05/peer-reviewed-papers-support-findings.html).

6) La principal motivación de Wakefield era económica porque había patentado una vacuna que podía utilizarse como alternativa a la triple vírica.

Falso. Wakefield propuso al Royal Free Hospital la creación de un centro de investigación de enfermedades gastrointestinales que podría financiarse mediante el desarrollo de aplicaciones biotecnológicas. Y el 4 de junio de 1998 se registró una patente para la aplicación 9812056.1 descrita como una “composición farmacéutica para el tratamiento de enfermedades inflamatorias del intestino y desórdenes regresivos del comportamiento”. Sin embargo Wakefield no figura en la lista de solicitantes que está encabezada por la Royal Free Hospital School of Medicine que es la institución a la que irían a parar la mayor parte de los beneficios; el otro solicitante es la Neuroinmuno Therapeuties Research Foundation. En cualquier caso esa aplicación nunca se desarrolló debido a que no se llegó a realizar el estudio necesario. Añadiremos en este capítulo económico que Wakefield empleó parte del dinero obtenido como testigo experto en la demanda contra las farmacéuticas en contratar a un asistente de laboratorio; y el resto lo invirtió a beneficio de la Royal Free Hospital School of Medicine.

LA TRAICIÓN DE HORTON

Pero retomemos los acontecimientos de este complejo caso. Habíamos dejado al Dr. Wakefield -en la mañana del 18 de febrero de 2004- reunido con varios editores del Sunday Times que le trasmitieron gran parte de las acusaciones que acabamos de resumir y a las que Wakefield contestó pormenorizadamente.

Sin embargo esa misma mañana Brian Deer dedicaría 4 horas a trasmitir todas esas falsas acusaciones al editor de The Lancet, Richard Horton, el cual citó a Wakefield y a otros tres autores del artículo de 1998 para que esa misma tarde contestaran a tan graves imputaciones. Durante ese encuentro Wakefield, John Walker-Smith, Simon Murch y Peter Harvey se defendieron ante Horton quien les pidió dieran respuesta por escrito a tres cuestiones claves: el asunto del dinero del Legal Aid Board –lo que explicaría Wakefield-, la aprobación por el Comité de Ética -de lo que se encargaría Murch- y los temas clínicos -que quedaron bajo responsabilidad de Walker-Smith-. Y a primera hora de la mañana del viernes 20 las tres respuestas estaban en poder de Horton quien esa misma tarde llamaría a Wakefield para expresarle su “confianza y respeto” en la seguridad de que era “un científico honesto”. Wakefield cuenta que cuando comentó esta llamada con su mujer ella le respondió: “¡Dios mío! ¿Qué estará tramando?”. Por desgracia lo sabrían muy pronto ya que ese mismo día Horton convocó una rueda de prensa para anunciar que el artículo publicado por Wakefield y su equipo en 1998 quedaba “invalidado por un grave conflicto de intereses”. Horton publicaría luego en la web de The Lancet las respuestas de Wakefield, Murch y Smith junto con su propia valoración afirmando que el estudio se había financiado con las 55.000 libras del Legal Aid Board lo que, junto a otras irregularidades, anulaba el estudio.

Y la acometida no acabó ahí; de hecho la campaña contra Wakefield no había hecho más que empezar. El domingo 22 el Sunday Times publicaría una edición especial con el reportaje de Brian Deer poniendo a Wakefield en la picota: conflicto de intereses, violación de la ética profesional, manipulación de datos, avaricia, utilización de niños para sus fines crematísticos… Como el lector supondrá el impacto mediático fue terrible.

Una semana después Horton ofreció una “salida” a los trece autores del artículo: que firmaran una retractación. No del artículo en sí sino de la interpretación que se había dado posteriormente y que había desembocado en un descenso de las vacunaciones. Y sea por miedo, por enfado contra Wakefield por haberlos metido en aquel terrible embrollo o por lo sucedido con las campañas de vacunación, diez de los trece autores aceptaron firmar aquella estrambótica declaración que decía así: “Queremos dejar claro que en este artículo no se estableció ninguna relación de causalidad entre la vacuna y el autismo ya que los datos eran insuficientes. Sin embargo se ha comentado la posibilidad de tal relación y los subsiguientes acontecimientos han tenido consecuencias importantes para la salud pública. Ante ello consideramos que es el momento apropiado para retractarnos formalmente de la interpretación dada a las conclusiones”.

Wakefield, Harvey y John Linnell se negaron empero a firmarla y enviaron una carta a The Lancet explicando sus motivos pero ésta no se publicó hasta el 17 de abril lo que hizo que pasara desapercibida en medio de la vorágine mediática orquestada. De hecho en noviembre del 2004 un reportaje de Brian Deer en Chanel 4 ahondaba en las difamaciones mientras el Sunday Times mantenía el conflicto caliente publicando una serie de artículos entre 2004 y 2007, todo ellos firmados por Deer.

EL CONSEJO GENERAL MÉDICO Y SU CAZA DE BRUJAS

En julio de 2007 el Consejo General Médicobritánico decidiría finalmente presentar 100 cargos contra Wakefield y Walker-Smith basados en las acusaciones de Deer; el profesor Simon Murch quedaría libre de cargos por considerarse un simple “aprendiz”. Y en 2008 Wakefield y Smith presentarían sus alegaciones ante el Consejo General Médico mientras se lanzaba contra ellos otra dura ofensiva, esta vez de la mano de Paul Offit, pediatra estadounidense inventor de la vacuna contra el rotavirus que se supone causa la gastroenteritis:Rotateq. Aprobada por la FDA en 2006 hoy la fabrica y comercializa Merck calculándose que su inventor puede haberse embolsado ya con ella unos 35 millones de dólares. Pues bien, Offit desplegaría en su texto Los falsos profetas del autismo la misma batería de difamaciones que Deer en sus reportajes del Sunday Times; incluyendo la supuesta intención de Wakefield de enriquecerse con la patente de una vacuna… ¡cuando eso es precisamente lo que él ha hecho!

El caso es que el Consejo General Médico se reuniría en 2009 para deliberar sobre el caso tardando en tomar una decisión ¡217 días! ¡El período de deliberación más largo de los 150 años de historia de ese órgano! Y la más cara: costó diez millones de libras según CryShame, organización que agrupa a padres de niños autistas y profesionales preocupados por el incremento de casos de autismo. Una cifra que contrasta escandalosamente con la que el Reino Unido dedica a la investigación de la patología: ¡un millón de libras al año! Vomitivo.

Obviamente el resultado sería el esperado: el 28 de enero de 2010 el Consejo General Médico británico acordó que los nombres de Wakefield y Walker-Smith fueran “borrados” -tal es la palabra que utiliza el documento sancionador- del Registro Médico del Reino Unido.

Por supuesto el hecho de que dos miembros de ese jurado tuvieran estrechas relaciones con una de las mayores empresas fabricantes de vacunas del mundo -la multinacional GlaxoSmithKline- no tuvo nada que ver con la decisión. Y obviamente su presencia en el jurado no le pareció a nadie que pudiera suponer algún “conflicto de intereses”. Uno de ellos fue Dennis McDevitt quien había sido miembro del comité sobre vacunación que en 1988 aprobó una vacuna triple vírica con la cepa Urabe de las paperas fabricada por GlaxoSmithKline y prohibida cuatro años después por producir meningitis en numerosos niños. El otro fue Surendra Kumar, accionista de GlaxoSmithKline. Objetividad y ecuanimidad se llama a eso.

Claro que no son más que dos ejemplos. En realidad el Consejo General Médico británico está lleno de personajes vinculados a las grandes multinacionales. Algo “lógico” porque ese comité es el que realmente decide sobre la seguridad de las vacunas y medicamentos en el Reino Unido. No está de más tampoco saber que uno de sus directivos ocupa un importante cargo en The Lancet y en la editorial asociada, Elsevier.

Es asimismo revelador saber que el ínclito Brian Deer recibió ayuda -lo reconoce en su propia web- de Medico-Legal Investigations, una organización que ofrece servicios de formación e investigación sobre temas legales y médicos ¡que fue creada por la industria farmacéutica!

Como remate de esta red de influencia desplegada por los fabricantes de vacunas señalaremos que cuando los padres de los niños examinados por Wakefield quisieron llevar a los tribunales de justicia su caso para poder así declarar… el juez Nigel Davies se lo impidió. Y, por supuesto, el hecho de que su hermano trabajara en GlaxoSmithKline no tuvo nada que ver…

TESTIGOS SILENCIADOS

No deja de ser asimismo significativa la reacción de los padres ante el ataque a Wakefield, Murch y Walker-Smith. Porque si hubiesen sospechado siquiera que esos médicos habían podido perjudicar a sus hijos hubiesen reaccionado contribuyendo a la investigación y exigiéndoles responsabilidades; y sin embargo no sólo no hicieron tal cosa sino que reaccionaron apoyando a los médicos. Y quizás precisamente por eso ¡ ni se les llamó a declarar! De hecho el 28 de junio de 2010, tras haberse “borrado” a Wakefield y Walker-Smith del Registro Médico, los padres de los niños examinados por ellos emitieron un comunicado en el que -entre otras cosas- declararon con rotundidad lo siguiente: “El Consejo General Médico se equivoca al considerar a esos médicos culpables (…) El jurado eligió los hechos que necesitaba descartando los que no le interesaban para así poder declararlos culpables”. Mencionando luego algunos de los que a su juicio demostraban la inocencia de los acusados: “La investigación cumplió los términos de la aprobación ética concedida; el Editor de The Lancetsabía que Wakefield estaba realizando un estudio aparte como asesor legal; todos los niños se hallaban en la categoría del espectro autista; los niños fueron reclutados como se describe en el artículo publicado en The Lancet; el uso de intervenciones invasivas estaba clínicamente justificado; y ningún niño sufrió daño alguno, ningún padre negó su consentimiento y ningún padre denunció”. Por último, el comunicado hace la siguiente valoración: “Debe pues investigarse qué papel tuvieron las vacunas en las muertes de nuestros hijos: ataques, autismo, enfermedades intestinales, dolores y discapacidades. Lo que hizo el Consejo General Médico fue advertir a los médicos que osen expresar opiniones similares sobre las políticas de vacunación y asegurarse de que los científicos no investiguen sobre la seguridad de las vacunas así como asegurarse de que los contratos del Gobierno con las grandes farmacéuticas tienen prioridad sobre la investigación del dramático aumento del autismo (…) Su plan fue el de desacreditar a los médicos y asegurarse de que quedaban indefensos ante los medios de comunicación”.

LA EVIDENCIA COMIENZA A DESVELARSE

Bueno, pues el mismo año de esa sentencia inquisitorial y era nombrada presidenta de la división de vacunas de Merck Julie Gerberding -¡la directora de los Centros para el Control de Enfermedades (CDC) durante los años en que se planificó y llevó a cabo el encubrimiento de la relación vacunas-autismo!-, el Tribunal Supremo de Estados Unidos ordenaba que se compensara con 20 millones de dólares a la niña Hannah Poling por los daños -incluidos en el espectro autista- que le produjo la administración de nueve vacunas el mismo día. Y posteriormente otros casos vendrían a sumarse a ése. Entre ellos los de Bailey Banks y Ben Zeller.

Cabe agregar que según nos contaría el propio Wakefield tanto el Departamento de Salud estadounidense como el US Vaccine Court llevan años ocultando casos en los que han ordenado compensaciones que tienen que ver con la implicación de las vacunas en el autismo. Y es de suponer que las condenas no terminarán ahí, especialmente tras la publicación de un documento de la Asociación Médica Americana admitiendo que la disfunción mitocondrial, lejos de ser algo excepcional como se pretendió hacer creer en un principio, es común en casos como el de Poling -es decir, tras la administración de vacunas– o el reconocimiento por la Administración de Recursos y Servicios de Salud estadounidense de que las condiciones autistas pueden ser el resultado de una vacunación. O, en fin, las declaraciones del Dr. Bernardine Healy -Director de los Institutos Nacionales de Salud- reconociendo que la hipótesis que liga el autismo con las vacunas “se desechó de forma demasiado prematura”.

CONTRAATAQUE EN EL BRITISH MEDICAL JOURNAL

Evidentemente ante este panorama -que ponía en jaque los intereses del poderoso lobby relacionado con las vacunas- la industria se vio impelida a contraatacar. Y, en efecto, lo haría en 2011: el British Medical Journal se sumaba a la persecución contra Wakefield. No con argumentos nuevos sino recopilando las falsedades emitidas por Brian Deer en 2004 y publicando datos sueltos de la investigación del Consejo General Médico británico. En tres reportajes consecutivos firmados por el propio Deer que usaría -para dar apariencia de seriedad- cronología, tablas, ilustraciones, comentarios del editor, notas, referencias y demás parafernalia. Y aunque las acusaciones eran básicamente las mismas que ya hemos analizado –y refutado- lo que marca un punto de inflexión es la utilización de una revista científica considerada de primera fila para dar cobertura a un puñado de infundios dignos solo de la peor prensa sensacionalista.

Isabella Thomas, madre de 2 de los 12 niños del informe preliminar de The Lancet, escribió de hecho en varias ocasiones a la Editora-Jefe del British Medical Journal, Fiona Godlee, para preguntarle cómo había obtenido información confidencial sobre su hijo para las publicaciones firmadas por Brian Deer. Una cuestión importante porque en el Reino Unido la Ley de Protección de Datos de 1996 prohíbe expresamente “la obtención o divulgación, a sabiendas o por imprudencia, de datos personales o informaciones sin consentimiento del interesado”. Pero Deer ha hecho cosas peores de las que el British Medical Journal se ha convertido en cómplice: en noviembre de 2003 dio otro nombre para poder entrevistar a Rosemary Kessick -la primera madre que contactó con Wakefield- a la que engañó presentándose como trabajador del Sunday Times. Y durante horas Deer la sometió a un interrogatorio a base de agresivas preguntas y tergiversando luego de tal modo sus respuestas que Kessick decidió escribir al día siguiente al editor del diario temiendo que no se trasmitiera adecuadamente su testimonio; ante lo que recibiría un breve correo del Editor-Jefe del Sunday Times diciéndole que investigaría lo sucedido y le contestaría. Sin embargo, transcurridas dos semanas sin que la respuesta se produjera, Kessick insistió; y volvió a insistir un mes después; y dos meses y medio después. Sin conseguir nada. Escribió entonces al departamento jurídico del diario contestándole Alastair Brett que no se preocupara, que su entrevista no iba a publicarse. Y así fue… en lo que se refiere al reportaje especial que el Sunday Times publicó en 2004. Sin embargo Deer la incluiría en un reportaje titulado El doctor de la triple vírica Andrew Wakefield manipuló datos sobre el autismo publicado en 2009 en el Sunday Times. Y la incluiría de nuevo en 2011 en la serie de reportajes del British Medical Journal.

Como puede comprobarse los sustanciosos fondos que recibe el British Medical Journal de los dos laboratorios fabricantes de la triple vírica –Merck y GlaxoSmithKline– están muy bien invertidos.

LA GRIETA SE ENSANCHA

Afortunadamente, como apuntábamos al comienzo de este reportaje, no todo es oscuridad en este siniestro túnel de ocultación y mentiras. El pasado mes de enero de 2012 Wakefield acusó ante la Justicia tanto a Brian Deer como al British Medical Journal por difamación. Habrá pues que esperar a ver qué dicen los tribunales pero es obvio que ningún particular acusa a un medio tan poderoso sin fundamentos.

Por otra parte, la decisión del Consejo General Médico británicode “borrar” a los doctores Wakefield y Walker-Smith del Registro Médico fue recurrida por éste último ante los tribunales. Bueno, pues el pasado 7 de marzo de 2012 el Tribunal Supremo del Reino Unido -presidido por el juez Justice Mitting- dio la razón al profesor Walker-Smith afirmando en su auto que el jurado del Consejo General Médico no había aportado pruebas que permitieran sostener las conclusiones a las que llegó para condenarle, que el artículo publicado en The Lancet era en efecto un estudio preliminar separado del estudio encargado para la demanda, que los niños estaban graves y la investigación fue apropiada para sus necesidades y que las alegaciones publicadas por Deer en el Sunday Times y en el British Medical Journal eran infundadas.

El Dr. Wakefield ya dijo hace unos años: “El daño causado a mi reputación y a la de mis colegas así como el precio personal por impulsar un debate científico válido poniendo los intereses de los pacientes por encima de todo es trivial comparado con el impacto de esas falsedades sobre el acceso de los niños a cuidados necesarios y apropiados”.

En fin, no podemos saber qué consecuencias tendrá esta victoria de Walker-Smith en el Tribunal Supremo sobre la reputación de Wakefield ni qué pasará con su demanda contra Deer y el British Medical Journal pero es razonable pensar que sí las tendrá para abrir de una vez el camino a tratamientos realmente adecuados para los niños autistas. De hecho el Caso Wakefield no sólo es importante por sus hallazgos clínicos -posteriormente comprobados y reproducidos en numerosos estudios independientes- sino porque muestra los enormes intereses que se esconden tras las vacunas y cómo reaccionan quienes se lucran con ellas cuando alguien pone en peligro su lamentable negocio.

Y es que vivimos en una sociedad que ha consentido que un científico honesto como Wakefield termine en la lista de los “peores médicos” de Medscape simplemente porque osó enfrentarse a quienes controlan el sistema sanitario mientras el periodista que violó los más elementales principios éticos de la profesión, mintió para conseguir declaraciones, manipuló documentos y se dedicó durante años a desacreditarlo con insidias fuera nombrado “periodista del año” por la asociación de la prensa británica. Sin comentarios.

ENTREVISTA A WAKEFIELD

No quisimos terminar este artículo sin intercambiar brevemente impresiones con el Dr. Andrew Wakefield al que tuvimos la fortuna de poder localizar en su actual base de operaciones en Austin (Texas) donde continúa investigando la relación entre el autismo, los problemas intestinales y las vacunas. Y este fue el breve intercambio que pudimos mantener con él.

-Díganos, ¿cómo es posible que el Sunday Timesy el British Medical Journal se hayan equivocado tanto? Porque es evidente que la reciente sentencia del Tribunal Supremo del Reino Unido le reivindica a usted así como a sus colegas dejando a ambos medios y a Brian Deer en ridículo…

-Tras el reportaje de febrero de 2004 del Sunday Times yo contacté con el Consejo General Médico para decirles que me alegraba sinceramente de que se abriera una investigación sobre lo afirmado en el artículo de The Lancet. Confiaba en que la investigación se iba a llevar a cabo de forma honesta, abierta y objetiva. Sin embargo lo que me encontré fue muy diferente: la investigación ignoró evidencias claves que sostenían nuestra posición. De hecho el juez Justice Meting –el que presidió el Tribunal Supremo en la apelación de Walker-Smith- cita el testimonio falso y peyorativo de algunos testigos claves. Entre ellos los de Horton, Zuckerman y el del doctor Michael Pegg, presidente del Comité de Ética del Royal Free. Además se constató que uno de los peritos propuestos por la acusación, el profesor Michael Rutter, había ocultado que ya había sido anteriormente contratado ¡por los propios fabricantes de la triple vírica! Como quedó claro que otro de los peritos, el profesor Tan Booth, se dedicó a emitir meras opiniones a favor de la acusación sin aportar un solo hecho objetivable. Lo importante de esa sentencia para mi caso estriba en que la acusación contra Walker-Smith se montó usando como base exactamente las mismas falsas evidencias.

-¿Y por qué no apeló usted junto a él?

-Lo hice. Pero entonces me exigieron aportar como adelanto para que se aceptara mi apelación ¡medio millón de libras! Y claro, no me quedó más remedio que retirarla. Sin embargo ahora estoy preparándome para presentarla de nuevo.

-¿Puede decirnos si hay alguna novedad sobre la demanda que presentó usted hace unos meses contra Brian Deer, el British Medical Journaly su editora, Fiona Godlee?

-Perdimos la audiencia jurisdiccional en el Tribunal de Distrito de Texas (EEUU) en lo que a mi juicio es un nuevo escándalo: Amy Clark Meachum, la jueza que desestimó la demanda, alegó que el caso no era de su competencia porque Deer, el Sunday Times y el British Medical Journal son británicos y no estadounidenses. Solo que resulta que esa jueza está casada con el lobbista Kurt Meachum, del grupo de presión Philips & Meachum Public Affairs, uno de cuyos clientes es la Texas Academy of Family Phisicians (Academia Texana de Médicos de Familia) que sólo en 2010 había pagado a Meachum entre 10.000 y 25.000 dólares y ha organizado eventos en los que participan grupos financiados por los fabricantes de vacunas; algunos de ellos expresamente dedicados a obstruir la investigación que relaciona las vacunas con el autismo.

-Una última pregunta: Discovery DSALUD se hizo eco recientemente en un reportaje de la eficacia en casos de autismo del Protocolo DAN! combinado con MMS (Mineral Master Solution). ¿Qué opina sobre ello?

-Sé que en buena medida el protocolo DAN! es eficaz pero no soy un médico DAN y no lo he revisado en profundidad. En cuanto al MMS no tengo experiencia con él y, por tanto, no estoy en condiciones de opinar.
-Gracias por todo, doctor.

-A ustedes.

Jesús García Blanca
Recuadro:


Cronología y enlaces

1991

  Memorando de los laboratorios Merck sobre altas dosis de timerosal en las vacunas.

1995

  Epidemia de autismo en Estados Unidos. Wakefield investiga sobre la enfermedad de Crohn.

1998

  Artículo de Wakefield y su equipo en The Lancet (http://briandeer.com/mmr/lancet-paper.pdf).

2000

  Reunión en Simpsonwoods donde se gesta el encubrimiento del papel de las vacunas en el
autismo (www.dsalud.com/index.php?pagina=articulo&c=1699).

2001

  Primer Informe IOM crítico con las vacunas.

2002-2003

  Estudios daneses instrumentalizados por los CDC.

2004

  Segundo Informe IOM: las vacunas son inocentes.

  Comienza el ataque contra Wakefield.

  Retractación de 10 de los 13 autores.

  Reportajes de Brian Deer en el Sunday Times (http://briandeer.com/mmr-lancet.htm).

2007

  Comienza la investigación del Consejo General Médicobritánico.

2008

 Libro de Paul Offit: Los falsos profetas del autismo.

2010

  Caso Poling: el Tribunal Supremo de Estados Unidos concede una indemnización de 20
millones de dólares por trastornos autistas causados por vacunas.

  Tras 217 días de deliberación el Consejo General Médico británico “borra” del Registro Médico a
Andrew Wakefield y John Walker-Smith. Este último apela ante la Corte Suprema.

2011

  El British Medical Journal se suma a la campaña de difamación
(http://briandeer.com/solved/bmj-secrets-series.htm).

2012

  Wakefield se querella por difamación contra Brian Deer y el British Medical Journal.

  El Tribunal Supremo da la razón a Walker-Smith en su apelación contra el Consejo General
Médico
: la condena fue injusta (http://childhealthsafety.wordpress.com/2012/03/07/english-court-
exonerates-mmrautism-doctor-uk-general-medical-given-sound-thrashing/).


Las falsas acusaciones contra Wakefield

1. Conflicto de intereses: el estudio se financió con 55.000 libras de la Legal Aid Board.Falso. El dinero se ingresó tres meses después de que se hubiera terminado el estudio y enviado el artículo.

2. Wakefield ocultó su participación como experto en esa demanda al editor de The Lancet.

Falso. Los abogados litigantes comunicaron al editor de The Lancet que Wakefield trabajaba con ellos.

3. Wakefield y su equipo seleccionaron niños de las familias litigantes y utilizaron procedimientos invasivos innecesarios sin aprobación de ningún Comité de Ética.

Falso. Cuando se hizo el estudio ninguno de los niños era litigante y el Comité de Ética del Royal Free Hospital concedió la aprobación el 5 de septiembre de 1995.

4. Falseo de datos: Wakefield alteró los historiales de los niños y manipuló los datos clínicos para que encajaran con sus conclusiones.

Falso. Ni Wakefield ni nadie pudo alterar los historiales ya que no estaban en el hospital. En cuanto a los datos clínicos fueron los mismos que hallaron dos exámenes independientes al de Wakefield.

5. No se han comprobado los hallazgos del equipo de Wakefield por parte de ningún otro equipo independiente.

Falso. Numerosos estudios realizados por investigadores independientes en Estados Unidos, Italia, Venezuela, Canadá y Polonia confirman los hallazgos de Wakefield (puede verse un completo listado en el siguiente enlace: www.ageofautism.com/2010/05/peer-reviewed-papers-support-findings.html.

6. La motivación principal de Wakefield era económica porque había patentado una vacuna que podía utilizarse como alternativa a la triple vírica.

Falso. La patente de un tratamiento ideado por Wakefield -que no se desarrolló- estaba a nombre del Royal Free Hospital y otra fundación. Wakefield invirtió el dinero ganado como experto a beneficio de la Escuela de Medicina del Royal Free Hospital.

 

Este reportaje aparece en
153
Octubre 2012
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