Los graves peligros del flúor

El flúor empezó a utilizarse en Estados Unidos en 1945 argumentándose simplemente que existía “una correlación estadística entre la fluoración del agua y una menor incidencia de caries”. Sin embargo numerosos estudios científicos posteriores constatarían que su consumo provoca a la larga graves daños en dientes, huesos, hígado, cerebro y células reproductivas; un problema grave porque la fluorosis se considera irreversible al ser el flúor un veneno acumulativo. Bueno, pues se nos sigue vergonzosamente intoxicando porque hoy aún está presente en el agua, la pasta dental, las bebidas embotelladas, los alimentos procesados y deshidratados, los cereales, las bebidas sin alcohol, la sal, el té o el vino. El flúor está presente ¡hasta en las leches para bebés y en el teflón de las sartenes! Inconcebible.

Flúor es una palabra de origen latino que significa “fluir” y el elemento químico que designa es efectivamente el más inquieto de la Tabla Periódica ya que reacciona y forma compuesto prácticamente con todos los elementos. De hecho no se consiguió aislar hasta 1886 porque al separarlo de unos compuestos se unía inmediatamente a otros. Cabe añadir que los compuestos que contienen flúor -tanto orgánicos como inorgánicos- se llaman fluoruros y están presentes en el aire, el agua, el suelo y los organismos vivos de forma natural o como consecuencia de intervenciones humanas. Solo que el flúor es tan inestable y peligroso que la sabia naturaleza lo mantiene habitualmente custodiado por otros elementos (“atrapado” en forma de fluoruro”) y aun así posee una enorme capacidad para reaccionar con grandes moléculas -como las proteínas o el ADN- alterando su estructura y provocando efectos tóxicos que pueden llegar a ser mortales. Siendo uno de los más peligrosos efectos de esa capacidad reactiva el de paralizar el funcionamiento de las enzimas, esenciales para el funcionamiento de la vida. Y como quiera que únicamente se ha estudiado una pequeña parte de las decenas de miles de enzimas que nuestro organismo utiliza es imposible saber con precisión hasta dónde puede llegar el daño de los fluoruros.

Sí se sabe con seguridad en todo caso que afecta negativamente a la tiroides provocando problemas de obesidad, problemas neurológicos, perturbaciones del sueño y de la memoria, depresión, cambios de conducta, pérdida de iniciativa y deterioro intelectual. Quizás no sea casualidad pues la enorme proporción de estadounidenses que padece problemas de obesidad o el hecho de que uno de los fármacos más recetados en Estados Unidos -país pionero en la fluoración del agua- sea el Synthroid, recetado para la disfunción de la tiroides.

¿Y cuáles son los principales síntomas de una intoxicación aguda con fluoruros? Pues fatiga crónica, dolor de cabeza, sequedad de garganta, irritabilidad del tracto urinario, debilidad muscular, espasmos, hormigueo en manos y pies, náuseas, sarpullidos, úlceras bucales, pérdida de agudeza mental, nerviosismo, mareos, depresión y trastornos visuales.

La diferencia es que mientras algunos compuestos de flúor son muy tóxicos incluso a dosis extremadamente bajas otros provocan un envenenamiento lento y silencioso. El ácido fluorídrico -muy utilizado en la industria- puede matar un animal estando presente en dosis de apenas 15 miligramos por metro cúbico -en una concentración tan baja que no se detecta por el olor- al causarle daños pulmonares, hepáticos y renales. Y actúa sigilosamente porque si por ejemplo cae encima de la piel uno no se da cuenta de nada al principio pero luego, poco a poco, termina de forma lenta y dolorosa carcomiendo hasta los huesos.

¿DÓNDE ESTÁ EL FLÚOR?

La mayoría de la gente relaciona el flúor con la higiene dental ya que está presente en dentífricos, enjuagues bucales e incluso chicles cuyos fabricantes utilizan como reclamo su presencia para prevenir las caries. Y, sobre todo, en el agua. De hecho, como antes adelantamos, fue en 1945 cuando en Estados Unidos se comenzaron a fluorar las aguas de consumo humano para prevenir las caries siguiendo luego su ejemplo muchos países. De ahí que hoy un porcentaje importante de la población mundial lo esté consumiendo diariamente sin saberlo (vea el recuadro adjunto). En Europa sin embargo la mayoría de los países decidió suspender o prohibir la fluoración. Así lo hicieron Alemania, Francia, Italia, Noruega, Suecia, Finlandia, Dinamarca, Holanda, Austria, República Checa, Bélgica y Luxemburgo; pero no España, uno de los poquísimos que decidieron seguir el ejemplo estadounidense.

Menos conocida en cualquier caso es la presencia de compuestos fluorados en las aguas embotelladas y en numerosos alimentos: sal, té, vinos, cervezas, cereales, zumos, bebidas sin alcohol, carnes deshuesadas e incluso leches especialmente formuladas para bebés. Es más, un compuesto de fluoruro -el poli-tetra-fluoro-etileno (PTFE)- es el teflón de las sartenes que puede ser peligroso si se degrada con el tiempo y las altas temperaturas. Además diversos compuestos de flúor se utilizan en la producción de insecticidas, aluminio, plásticos y fertilizantes o son lanzados al aire como subproducto de acerías, centrales eléctricas o refinerías de petróleo. Añadiremos también que los fluoruros son componentes fundamentales de algunos medicamentos anestésicos y psicofármacos; son por ejemplo los casos de antidepresivos como el Prozac, antibióticos como Cipro y diversos tranquilizantes.

En suma, nos hemos habituado a que la industria utilice todo tipo de materiales peligrosos y tóxicos pero por lo que respecta al flúor, ¿cómo es posible que una sustancia que tiene un potencial tóxico superior incluso al plomo pueda estar usándose en productos de uso cotidiano y medicamentos? ¿Y cómo se administra a grandes masas de población sin su conocimiento o aprobación añadiéndola al agua de consumo humano pisoteando sus más elementales derechos?

Pues bien, una vez más nos vemos en la obligación de contar una historia terrible, una historia que relaciona la supuesta prevención de caries mediante compuestos fluorados ¡con el Proyecto Manhatan del que salió la bomba atómica que arrasó Japón, la Guerra Fría, la poderosa industria estadounidense y la CIA!

PRIMERAS INVESTIGACIONES

La historia que relacionaría el flúor con los dientes comenzó en 1888 cuando un médico alemán apellidado Kuehns planteó la posible relación de manchas en los dientes de los habitantes de la ciudad mexicana de Durango con las aguas de una fuente rica en manganeso y hierro. Poco después, en 1901, J. M. Eager, médico del Servicio de Salud Americano enviado a Italia, informó de la posibilidad de que el consumo de ciertas aguas estuvieran ennegreciendo los dientes de los habitantes de Pouzzoli, un suburbio de Nápoles. Pero la investigación más conocida la realizó Frederick Sumner McKey a principios del siglo XX en la ciudad minera estadounidense de Colorado Springs a partir de la cual emitió un informe en el que llegaba a estas conclusiones: 1) las manchas observadas en los dientes se debían a imperfecciones del esmalte; 2) sólo las tenían personas nacidas en la zona de Pikes Peak donde se situaban las minas de oro; y 3) los dientes afectados eran más resistentes a las caries. McKey apuntó como causa de las manchas “algo” que había en el agua de consumo.

En 1931 la mayor productora de aluminio estadounidense, la Compañía de Aluminios de América (ALCOA) -fundada por las poderosas familias Mellon y Carnegie-, temerosa de que se pudiera difundir la idea de que las cacerolas y sartenes que fabricaba fuesen peligrosas decidió realizar una investigación en Bauxite (Arkansas, EEUU) -donde tenía una de sus fábricas- y detectó que el agua contenía 13,7 partes por millón (ppm) de flúor. Hoy se sabe que bastan 4 ppm para provocar una fluorosis que fue de hecho el nombre que finalmente se dio a las manchas oscuras en los dientes tras establecerse mediante experimentos controlados que efectivamente las provocaba el flúor. Luego, ¿cómo se explica que sabiendo esto las autoridades aceptaran añadir flúor al agua aún alegando que su presencia permitía prevenir las caries? Pronto lo sabrá el lector.

LA TOXICIDAD DE LA PIEDRA DE HIELO

A principios del siglo XX se descubrió en la colonia danesa de Groenlandia una enorme veta de roca mineral rica en fluoruro llamada criolita -que en griego significa “piedra de hielo”- que se abandonaría al agotarse en 1987 pero que hasta entonces se transportó en barcos hasta Copenhague siendo llevada desde allí hasta la Oresund Chemical Works, una fábrica sumida siempre en una espesa nube de criolita cuyos obreros padecían una extraña parálisis conocida como “espalda de póker“. Y eso hizo que a finales de los años treinta se encargara al Subcomisionado de Salud de la ciudad, Kaj Eli Roholm, que investigara la dolencia al sospecharse que el responsable podía ser el flúor ya que conforma el 50% de la criolita. Roholm inspeccionó pues a los trabajadores y encontró dientes en mal estado, artritis, problemas estomacales, sarpullidos y úlceras; observando que los dientes en peor estado tenían más cantidad de flúor y que las madres obreras lactantes habían terminado intoxicando a sus hijos pues también tenían los dientes manchados a pesar de no trabajar en la fábrica. Su conclusión fue clara: “La suposición general de que el fluoruro es necesario para la calidad de los dientes se basa en información deficiente. El actual conocimiento indica claramente que el fluoruro no es necesario para la salud de ese tejido sino que, por el contrario, el esmalte dental es especialmente sensible a los efectos perjudiciales del fluoruro”. De ahí que su recomendación médica fuera tajante: “El uso terapéutico de los compuestos de fluoruro, al menos en niños, debe cesar”.

Roholm continuaría investigando y viajó a otros lugares en los que se sospechaba podía haber intoxicaciones por flúor pues para entonces éste se había convertido en la base de numerosos procesos industriales, sobre todo en la fundición de metales y fabricación de ladrillos, vidrio, barnices y fertilizantes así como de un nuevo gas refrigerante desarrollado por la empresa DuPont en Nueva Jersey que sería bautizado cono freón y que no es sino un compuesto gaseoso de clorofluorocarbonos / clorofluorocarburos (CFC). Tras su investigación Roholm no albergó ya dudas y propuso que se reconociera la intoxicación crónica por fluoruro como enfermedad laboral a compensar, se prohibiera la contratación de mujeres y jóvenes para trabajar con compuestos de fluoruros, se exigiera a la industria que neutralizase los productos de desecho que contuvieran fluoruro y se valorase prohibirlo en los fármacos. Sin embargo se hizo caso omiso -en todo el mundo- de sus recomendaciones.

INVESTIGACIONES SECRETAS

Como cabía esperar cuando algunas grandes corporaciones industriales vieron que se criticaba con dureza el uso del fluoruro se sintieron amenazadas y decidieron pasar a la acción a fin de proteger sus multimillonarios negocios. Especialmente una vez que la Compañía de Aluminios de América (ALCOA), tras una investigación secreta efectuada en las cercanías de su gigantesca fábrica de Massena (Nueva York, EEUU), confirmó la relación entre el flúor y las manchas dentales.

DuPont y General Motors contratarían por su parte a Robert Arthur Kehoe quien ya había logrado “convencer” a las autoridades de que el plomo de la gasolina es inocuo -sin comentarios- evitando con ello que se regulara su uso y ahorrando cientos de millones de dólares a la industria que le recompensó nombrándole Director Médico de Ethyl Corp, una empresa que comercializaría gasolina con plomo vertiendo a la atmósfera entre 1927 y 1987 miles de toneladas lo que provocó al menos -según el propio Gobierno estadounidense admitiría mucho tiempo después- unos 5.000 muertos al año y problemas a 68 millones de niños que terminarían sufriendo problemas cardíacos, daños neurológicos y/o problemas de aprendizaje.

Es más, Kehoe llegaría a convertirse en una influyente figura del estamento científico y médico ocupando a lo largo de los años la presidencia de la Academia Americana de Medicina Laboral y Medioambiental así como la de la Asociación Americana de Higiene Industrial; asimismo fue asesor del Servicio de Salud Pública de la Organización Internacional de Trabajo (OIT) y de la Comisión de Energía Atómica. Y por si fuera poco perteneció a la junta editorial de importantes revistas científicas.

Siendo su principal colaborador Edward Largent quien llegó a meterse él mismo junto a su esposa e hijo en una cámara del Laboratorio Kettering –cuya creación financiaron Ethyl Corp, DuPont y General Motors y también dirigía Kehoe que contenía ácido fluorídrico -gas enormemente tóxico incluso a bajas dosis que puede causar hemorragia pulmonar y daños hepáticos y renales así como la muerte de animales con solo 19 ppm- a fin de demostrar que ese gas no tiene efectos negativos. Obviamente se equivocó y toda su familia acabó enfermando con el tiempo; de hecho él mismo murió a causa de ello. Sin embargo aquella acción, dado que los efectos negativos se producen lentamente, sirvió para que Kehoe pudiera hacer frente a las demandas que se habían presentado contra ALCOA, DuPont y US Steel y, además, que el freón pudiese convertirse en el principal refrigerante mundial, tanto en los hogares como en la industria.

INTOXICACIÓN PATRIÓTICA

Entre tanto, en una gigantesca fábrica que tuvo el nombre clave de K-25 sita en Oak Ridge (Tennessee, EEUU), el general Leslie C. Groves dirigiría una operación secreta cuyo objetivo era construir la infraestructura para fabricar la primera bomba atómica: el llamado Proyecto Manhattan. Proyecto en el que el flúor se convirtió en el elemento esencial que aseguraría su producción ya que el uranio se mezcla con el flúor para formar el hexafluoruro de uranio que posteriormente se enriquece en miles de etapas sucesivas para las que se requieren toneladas de hexafluoruro si se quiere conseguir la suficiente cantidad de uranio enriquecido. Lo que obligó a contratar procesadoras en diferentes zonas del país que suministrarían alrededor de una tonelada diaria que sería transportada hasta allí en camiones. Siendo la llamada Área C una de las plantas que funcionaban en secreto -estaba protegida por una valla de alambre de púas en pleno centro de Cleveland (Ohio, EEUU)- y en la que únicamente se contrató a jóvenes afroamericanos. Hoy sabemos que el fluoruro producido en esas plantas como residuo se ventilaba en secreto -a veces por la noche- y lentamente pero sin pausa fue cayendo sobre las poblaciones de Nueva Jersey, Pensilvania, Kentucky, Tennessee y Ohio incrementándose la cantidad cuando durante la Guerra Fría se decidió acumular un arsenal nuclear y se construyeron más fábricas.

Pieza clave de ese proceso fueron los fluorocarburos, fabricados en grandes cantidades por DuPont a un terrible precio: la salud y la vida de muchos de sus trabajadores. Así narraría el periodista de la BBC Bryson Christopher el que quizás fuera el primer accidente fatal debido al fluoruro de la época: “El 15 de enero de 1944 se informó al coronel Warren de que un asistente de laboratorio, un ingeniero químico y ‘una joven asistente técnica’ que trabajaban en la producción de teflón para el programa atómico fueron expuestos a gases residuales. Doce horas después presentaron falta de aliento y a las 36 horas los tres tuvieron que ser hospitalizados. El ingeniero químico logró recuperarse pero los dos asistentes murieron de forma horrible ‘con coloración púrpura e incapaces de respirar’. La joven de 23 años murió a los diez días revelando la autopsia que sus pulmones se parecían a los de una víctima de ataque con gas venenoso de la I Guerra Mundial. Al sospechar el ayudante del coronel Warren, el capitán John L. Ferry, que los gases de DuPont contenían ‘ciertos oxifluoruros’ sugirió que el Ejército ‘investigara la posibilidad de usar esa sustancia como gas venenoso'”.

Pues bien, en 1997 se desclasificó la información secreta relativa a la planta K-25 sabiéndose entonces que durante los primeros meses de funcionamiento -entre junio de 1945 y octubre de 1946- se produjeron allí en realidad ¡392 “incidentes químicos” con hexafluoruro de uranio, 58 con flúor, 21 con ácido fluorídrico y 6 con fluorocarburos! (solo que ya hemos visto antes a qué llamaban “incidentes”).

Así que es obvio que el precio que muchos estadounidenses pagaron por las masacres de Hiroshima y Nagasaki fue más alto de lo que muchos piensan. Lo inaudito es que en 1945 los funcionarios de la planta K-25 lanzaron sobre el pueblo vecino de Poplar Creek ¡227 kilos diarios de fluoruros! Calculándose que sólo en 1955 lanzaron 280.000 kilos y que a mediados de los años 80 sólo la planta de Portsmouth vertía anualmente ¡más de quince toneladas de fluoruros!

EL “PROYECTO F“: LOS SECRETOS DE LA GUERRA FRÍA

En suma, la maquinaria industrial y militar que estaba construyendo la bomba atómica -y posteriormente el arsenal nuclear acumulado durante la Guerra Fría- se enfrentaba a un enorme dilema: reconocer o no el peligro del flúor y de algunos de sus derivados. Porque era obvio que si aceptaban públicamente la toxicidad de su materia prima fundamental y que los residuos estaban dañando la salud no ya de todos los trabajadores sino de la gente de poblaciones cercanas se enfrentarían a una auténtica oleada de demandas.

Así que se prepararon y los abogados de las principales empresas implicadas –ALCOA, Aluminum Company of Canada, US Steel, Kaiser Aluminum & Steel, Reynolds Metals Company, Monsanto Chemical, La Administración del Valle de Tennessee, Tennessee Corporation, Victor Chemical y Food Machinery & Chemical Corporation se organizaron en un grupo que ellos mismos denominaron Comité de abogados del flúor que se coordinaría con los médicos y científicos a sueldo de las compañías. Además crearon en la Universidad de Rochester (Nueva York, EEUU) el laboratorio médico más grande de la nación que se conocería como El anexo Manhattan y se convertiría tras la II Guerra Mundial en la piedra angular de la Toxicología de Estados Unidos con miles de científicos estudiando las sustancias implicadas en la bomba. Siendo ahí donde se contrataría al bioquímico y toxicólogo Harold Hodge para liderar el Proyecto F, nombre que recibiría la investigación sobre la toxicidad del flúor. Es más, Hodge supervisaría también durante los últimos meses de 1945 experimentos en los que se inyectó uranio y plutonio -sin su conocimiento- a pacientes del Hospital Strong Memorial, cuyo edificio se había comunicado mediante un túnel con El anexo Manhattan. Su recompensa por tales servicios, incluida la ocultación en 1943 de los resultados que demostraban la enorme toxicidad del flúor evitando el desastre a las compañías relacionadas con el Proyecto Manhattan, fue su elección como presidente del Comité de Toxicología del Consejo Nacional de Investigación de Estados Unidos. Convirtiéndose gracias a ello ¡en el principal promotor de la fluoración del agua en su país!.

EL FRAUDE SE PONE EN MARCHA

Debemos decir que precisamente en 1943 se presentó la primera demanda contra esas compañías y la iniciaron agricultores de la zona más fértil de Estados Unidos, junto al río Delaware, al sur de Nueva Jersey. Sus cosechas de duraznos se habían quemado y había mucho ganado muerto así como numerosas vacas y caballos enfermos. Además los trabajadores que habían comido parte de lo cosechado vomitaron. Obviamente nadie se explicaba la causa hasta que un químico de Filadelfia, Philip Sadtler, encontró en la sangre de los granjeros intoxicados hasta 310 ppm de fluoruro.

El problema es que aquella demanda no sólo era una amenaza para los industriales implicados sino también para los militares porque podía afectar a la fabricación de la bomba atómica así que el propio general Groves se reunió en secreto en Washington con científicos y oficiales del Proyecto Manhattan, del Departamento de Defensa, del Departamento de Agricultura, del Departamento de Justicia, de la FDA y -en el colmo de la desvergüenza- con miembros del Comité de abogados del flúor. Fue cuando se decidió enviar a Hodge a estudiar cómo controlar la situación y éste tuvo la idea de hacer una campaña de propaganda para convencer a la gente de la bondad del flúor ¡para prevenir las caries! La idea era contrarrestar el miedo al flúor haciendo que el público lo identificase ¡como algo bueno para la salud! Para lo cual se contrataron ponentes que dictaran conferencias convenciendo a los oyentes de que el flúor previene la caries y es inocuo a bajas dosis ¡a pesar de no disponer de un sola evidencia científica que apoyara tal aserto.

Paralelamente, el enorme poder del complejo militar e industrial conseguiría que los granjeros aceptasen unas simples compensaciones económicas y que las compañías no tuviesen que admitir responsabilidad alguna. Cuando uno de los documentos hoy desclasificados demuestra que durante la II Guerra Mundial sólo la planta de DuPont emitía mensualmente sobre las tierras de alrededor unos 13.600 kilos de ácido fluorídrico (en algunos casos hasta 75.000 kilos).

Controlados los medios de comunicación la idea de Hodge dio pronto fruto y la campaña para convencer a la población de las virtudes del flúor fue un éxito. Así que en Estados Unidos primero y en otros países después -España incluida- se comenzó a fluorar las aguas de consumo humano ¡para prevenir las caries! Incluso Henry Trudley Dean, investigador del Servicio de Salud Pública que tras estudiar la relación entre el flúor y la caries se había pronunciado en contra de fluorar las aguas cambió repentinamente de opinión impulsando la decisión. Al lector no le extrañará ya saber que poco después se convertía en director del Instituto Nacional de Investigación Dental y que luego se le ofrecería un puesto relevante en la Asociación Dental Americana. Con lo que la campaña manipuladora se intensificaría en las décadas de los cincuenta y sesenta.

Es más, según denunció el ya citado periodista de la BBC Bryson Christopher el Servicio de Salud Pública, la Asociación Dental Americana y la Asociación Americana de Obras Hidráulicas operaban como oficinas de investigación encubiertas recopilando expedientes sobre los médicos que se oponían al fluoruro y haciendo circular información denigrante. Se creó incluso una agencia especial para esta campaña difamatoria: el Servicio Nacional de Información sobre Fluoración, entidad dependiente de la División de Salud Dental. Y hasta se dictó en el Código Deontológico de los dentistas que los profesionales que se opusiesen a la fluoración cometerían una grave negligencia pudiendo ser amonestados y hasta perder la licencia.

Y es que entre 1957 y 1974 el uso del ácido fluorídrico en la industria pasó de 123.000 toneladas a 375.000. Todo un negocio. Solo que a finales de los sesenta la industria lanzaba ya al aire 150.000 toneladas de fluoruros. Pero todo estaba “controlado”. De hecho la Agencia de Protección Medioambiental decidió no incluirlo en la lista de contaminantes de la atmósfera peligrosos para la salud cuando sí incluyeron el dióxido de azufre que es mucho menos tóxico. A fin de situar adecuadamente al lector sobre la irregular e intolerable decisión de esa agencia debe saberse que el plomo posee un índice de toxicidad moderadamente tóxico y el fluoruro en cambio es muy tóxico. Sin embargo la agencia fijó el nivel máximo admisible de contenido de plomo en 0,015 ppm y el del flúor en 4 ppm; es decir, ¡266 veces más!

Un epílogo histórico: en la década de los noventa se creó durante la presidencia de Bill Clinton un comité presidencial para investigar los experimentos con uranio y plutonio inyectados a pacientes del Strong Memorial secretamente financiados por la CIA utilizando como pantalla la Fundación Geschickter de Investigación Médica. Pues bien, un investigador de ese comité, el abogado Dan Guttman, explicaría la ocultación y destrucción de informes por parte de la citada universidad y del Departamento de Defensa con estas palabras que podían aplicarse igualmente al fraude del flúor: “Cuando el comité inició su trabajo la gente pensaba que el Gobierno tenía mucho secretos pero que era así por razones de seguridad nacional. Y lo que descubrimos fue que existe una cámara subterránea para guardar secretos en la que aquellos que en ella trabajan saben que esos no son casos de seguridad nacional -y que por tanto no podían esgrimirse razones de seguridad nacional para ocultar dicha información- sino que encajaban en una categoría completamente distinta: ocultan decisiones gubernamentales vergonzosas, daños a los programas y casos en los que se podía pedir responsabilidades legales al Gobierno y a sus contratistas”.

POR QUÉ DEBERÍAMOS DESTERRAR EL FLÚOR DE NUESTRAS VIDAS

Desveladas las razones históricas que llevaron en realidad a utilizar el flúor como presunto preventivo de las caries retomemos ahora la cuestión de fondo: ¿se justifica fluorar las aguas y agregar compuestos de flúor en la alimentación y el medio ambiente? Pues debemos decir que no existe evidencia científica alguna que apoye tales acciones. No hay un solo estudio concluyente que demuestre que el flúor previene las caries. Ni siquiera de que el flúor sea necesario para el metabolismo humano. De hecho precisamente por esa falta de evidencia científica la FDA ¡no ha aprobado nunca la fluoración del agua! Por consiguiente, fluorar el agua para consumo humano implica imponer la ingesta de un producto químico a cientos de millones de personas cuando sus supuestos beneficios jamás se han demostrado y sin embargo se sabe que es peligroso para la salud; puede pues decirse que se está efectuando un experimento a gran escala sin consentimiento de los implicados. Y eso cuando los compuestos utilizados para fluorar las aguas contienen altas concentraciones de toxinas, metales pesados, arsénico, plomo y cromo.

Y añadiremos, por si al lector le quedan aún dudas, que en muchos países se ha decidido ya prohibir la fluoración de las aguas. Es más, numerosos científicos -incluidos catorce premios Nobel-, instituciones, asociaciones profesionales y revistas científicas se han pronunciado ya en contra (vea el recuadro adjunto).

Jesús García Blanca

Más información en:
Citizens for safe drinking water: www.nofluoride.com
Fluoride action network: www.fluoridealert.org
¿Qué aguas embotelladas españolas contienen flúor?:
www.­aguainfant.­com/­AGUAS-­ESP/­excel-­datos/­Espana-­fluor.­htm
Recuadro:


Aguas fluoradas en el mundo

Según un informe de 2012 de la British Fluoridation Society (Sociedad británica de fluorización) actualmente son 27 los países que fluorizan artificialmente las aguas de consumo humano. Luego se calcula que en el mundo consumen agua fluorada unos ¡370 millones de personas! -la cifra concreta facilitada es de 369.656.000 personas- de las que aproximadamente la mitad son estadounidenses (respecto a nuestro país diremos que los datos de 2005 indican que beben agua fluorada 4.250.000 españoles). Si añadimos que se estima en otros cincuenta millones las personas que consumen agua con altos índices de fluoración natural el total de personas fluoradas cotidianamente asciende a 420 millones en el mundo.

PAÍS

HABITANTES

PORCENTAJE:

  Estados Unidos

  185.767.000

64%

  Canadá

  14.260.000

44%

  Guatemala

  1.800.000

15%

  Panamá

  510.000

18%

  Guayana

  45.000

32%

  Chile

  11.000.000

65%

  Perú

  500.000

2%

  Brasil

  73.200.000

41%

  Paraguay

  350.000

6%

  Argentina

  3.100.000

21%

  Reino Unido

  5.797.000

10%

  Irlanda

  3.250.000

73%

  España*

  4.250.000

11%

  Polonia

  80.000

1%

  Serbia

  300.000

3%

  Australia

  17.600.000

80%

  Nueva Zelanda

  2.330.000

61%

  Zona de Hong Kong

  6.000.000

100%

  Singapur

  5.000.000

100%

  Vietnam

  3.500.000

4%

  Malasia

  20.000.000

75%

  Israel

  5.000.000

70%

  Corea

  2.800.000

6%

 

* La fluorización en España se concentra en las principales ciudades del País Vasco, Andalucía (Sevilla, Córdoba y Linares), Murcia (Puerto Lumbreras, Lorca, Águila y otros 22 pueblos cercanos), Badajoz y Gerona.

FUENTE: One in a Million: the facts about water fluoridation (Una parte por millón: los hechos sobre la fluorización del agua). Editado por la British Fluoridation Society en marzo de 2012 (www.bfsweb.org/onemillion/onemillion2012.html).


Científicos, asociaciones profesionales, instituciones y revistas científicas rechazan el flúor

Dr. Flanagan, Asistente de Dirección de Salud Medioambiental de la American Medical Association (Asociación Médica Americana): “La AMA no está en condiciones de afirmar que la fluoración de las aguas no pueda causar daños a alguien”.

Dr. Robert Carlton, científico que trabajó para la Environmental Protection Agency (Agencia de Protección Medioambiental): “Basándonos en la información de la Academia Nacional de Ciencias debemos decir que el agua potable a la que se ha agregado fluoruro puede causar artritis en una parte importante de la población”.

-Afirmación publicada en el Journal of American Medical Association (JAMA) el 18 de septiembre de 1943: “Los fluoruros son venenos protoplásmicos, probablemente a causa de su capacidad para modificar el metabolismo de las células cambiando la permeabilidad de la membrana celular e inhibiendo ciertas enzimas”.

-Informe del Servicio de Salud Pública de Estados Unidos (ATSDR TP-91/17, página 112, Sección 2.7, Abril 1993): “Ciertos segmentos de la población son inusualmente susceptibles a los efectos tóxicos del fluoruro, incluyendo mujeres en la menopausia, ancianos, mujeres embarazadas y sus fetos, personas con deficiencia de calcio, magnesio y vitamina C, y personas con problemas cardiovasculares y de riñón”.

Declaración de Greater Boston Physicians for Social Responsibility (Médicos para una responsabilidad social, Boston) efectuada en mayo de 2000: “El nivel de fluoruro al que se halla sometida una parte significativa de la población al fluorarse las aguas puede tener impacto adverso en el desarrollo del cerebro”.

Dr. Simon Beisler, Jefe de Urología del Hospital Roosvelt y antiguo presidente de la American Urological Association (Asociación Americana de Urología): “Ha quedado claro que el fluoruro es una sustancia potencialmente peligrosa cuando se halla presente en el agua de beber; en cualquier proporción”.

Dr. Ludgwig Grosse, Jefe de Investigación sobre Cáncer de la Administración de Veteranos de Estados Unidos: “Que el fluoruro es un veneno peligroso, tóxico y de efectos acumulativos -incluso ingerido en cantidades mínimas- es algo constatado y no va a variarlo el hecho de que se repita una y otra vez que la fluoración del agua es segura”.

Dr. Charles Gordon Heyd, ex presidente de la American Medical Association (Asociación Médica Americana): “Me horroriza la idea de utilizar agua fluorada en los medicamentos. Se trata de un veneno corrosivo que producirá serios efectos a largo plazo”.

-Dr. Hardy Limeback, exasesor de la Canadian Dental Association (Asociación Dental Canadiense): “El fluoruro puede estar destruyendo nuestros huesos, nuestra dentadura y nuestra salud en general. No es necesario añadirlo a nuestras aguas y de hecho estamos corriendo riesgos innecesarios al hacerlo”.

-Afirmación aparecida en el Australian and New Zealand Journal of Public Health (volumen 21, nº 24, 1997): “Desde 1990 cuatro grandes estudios epidemiológicos efectuados en tres países -Estados Unidos, Reino Unido y Francia- han mostrado un alto índice de fracturas de cadera en regiones fluoradas”.

-Dato aparecido en un artículo publicado en Journal of the American Medical Association (JAMA) en agosto de 1992: “(…) aumenta de manera significativa el riesgo de fracturas de cadera -tanto en hombres como en mujeres- cuando se está expuesto a una fluoración artificial del agua de 1ppm”.

Declaración del presidente del Comité de Recursos Medioambientales de la Cámara de Representantes de Pensilvania (EEUU) en junio de 1999: “No hay evidencia científica o médica sólida que indique que la fluoración aporte algún beneficio para la salud pública, la seguridad o el bienestar”.

Dr. Kennedy, ex Presidente de la International Academy of Oral Medicine and Toxicology (Academia Internacional de Medicina Oral y Toxicología): “Todas las organizaciones que promueven la fluoración de aguas están de acuerdo en que la fluorosis dental -que es el primer signo visible de envenenamiento sistemático- se incrementa con agua fluorada”.


El flúor, IG Farben y el MK-Ultra
¿Es el flúor un arma para domesticar a la población?

Al finalizar la II Guerra Mundial Charles Elliott Perkins -investigador en Química, Fisiología y Patología- fue enviado a Alemania por el Gobierno estadounidense para hacerse cargo de las plantas químicas de IG Farben cuyos principales directivos estaban siendo juzgados por crímenes contra la humanidad por utilizar prisioneros como esclavos en sus fábricas y como conejillos de indias en sus laboratorios. Bueno, pues Perkins contaría que los químicos alemanes le explicaron su estrategia para controlar a la población de determinadas áreas: añadían flúor en cantidades ínfimas al agua potable. De hecho planeaban hacerlo también en los países ocupados porque habían descubierto que el fluoruro daña partes específicas del cerebro haciendo más dóciles a las personas.

Es preciso asimismo tener en cuenta que antes, durante y después de la II Guerra Mundial existieron alianzas entre las más poderosas familias industriales y banqueras estadounidenses y alemanas: DuPont y Standard Oil -de los Rockefeller– trabajaban junto a IG Farben que tenía en Estados Unidos una filial llamada precisamente American IG Farben cuyo Consejo de Dirección estaba formado por Edsel Ford -Presidente de la Ford Motor Company-, Chas. E. Mitchell -Presidente del Rockefeller’s National City Bank de Nueva York-, Walter Teagle -Presidente de Standard Oil en Nueva York-, Paul Warburg -Director de la Reserva Federal de Estados Unidos- y Herman Metz -un Director del Bank of Manhattan controlado por la familia Warburg.

Pues bien, en 1979 el periodista John Marks publicó un libro titulado La búsqueda del candidato de Manchuria a partir de numerosos documentos que había conseguido en Estados Unidos merced a la Ley de Libertad de Información y en él describe los experimentos realizados por la CIA en el marco de un “programa de investigación” denominado en clave MK-Ultra en el que había colaborado Harold Hodge, el principal promotor de la fluoración de aguas de consumo humano. Y aunque muchos documentos del MK-Ultra fueron destruidos Marks pudo averiguar que el objetivo de ese programa era “encontrar sustancias que selectivamente afecten al sistema nervioso central” de manera que se pudiera influir en la conducta de cualquier persona. Un memorando fechado el 16 de marzo de 1966 demuestra además que la CIA estaba estudiando el uso del fluoruro -junto al LSD y otras drogas- para controlar a la gente; su título era Material para el control de la conducta e investigación avanzada y en él se incluyen informes de los efectos paralizantes de los derivados dinitro-fluorados del ácido acético que estaban ya “siendo analizados clínicamente”.

 

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155
Diciembre 2012
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