Los transgénicos pueden alterar la flora bacteriana intestinal y producir numerosas patologías

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La Comisión del Codex Alimentarius, organismo que sugiere los criterios por los que luego se rige la comunidad internacional en materia de seguridad alimentaria e integran personas designadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura ya reconoció en 2009 que los organismos genéticamente modificados no solo dañan el medio ambiente sino que pueden alterar la flora bacteriana intestinal dando lugar a numerosos problemas de salud: migrañas, alergias, dolores, cansancio crónico, depresión, patologías intestinales, cardiopatías, trastornos inmunes… Luego, ¿por qué se permiten y, sobre todo, no se informa de ello a la ciudadanía?

Aunque se presenta como una institución al servicio de los consumidores avalada por instituciones internacionales como la OMS y la FAO (por sus siglas en inglés de Food and Agriculture Organization) el Codex Alimentarius es en realidad un instrumento creado por la industria farmacéutica, alimentaria y biotecnológica -especialmente por el gran coloso de los transgénicos, Monsanto- al servicio de sus fines  tal como ya hemos explicado en un número anterior (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título ¿Quién está detrás del Codex Alimentarius? apareció en el nº 161). Pues bien, en un documento titulado Alimentos derivados de la moderna biotecnología -cuya segunda edición data de 2009- el Codex reconocía ya lo que varios científicos independientes y numerosas organizaciones ciudadanas venían advirtiendo y es que “en los alimentos procesados mediante microorganismos genéticamente modificados éstos pueden sobrevivir tanto a la elaboración como a la ingesta siendo retenidos en algunos casos en el tracto intestinal durante considerable tiempo” por lo que se recomendaba efectuar investigaciones para evaluar posibles riesgos (el documento íntegro puede consultarse en www.fao.org/3/a-a1554e.pdf).

Pues bien, no hemos encontrado evidencia alguna de que las investigaciones recomendadas se hayan hecho pero sí trabajos que documentan los múltiples daños que pueden provocar y que inmediatamente fueron descalificados, acusados de fraude o directamente censurados como ya hemos contado en textos anteriores (lea los artículos que con los títulos Adulteración y contaminación intencionada del agua y los alimentos y Los pesticidas, mucho más peligrosos de lo que se reconoce aparecieron en los números 160 y 169 respectivamente). Es más, Stephanie Hampton, columnista del Dayly Kos, cuenta que asistió a una conferencia impartida por el responsable de gestión del maíz resistente a los insectos de Monsanto, el Dr. William Moar, y éste respondió a un estudiante que le preguntó sobre los científicos que cuestionaban los organismos genéticamente modificados que su empresa dispone de un departamento especialmente dedicado a desacreditarlos.

Recordemos someramente en cualquier caso que ya en 2004 un equipo de la Universidad de Newcastle (Reino Unido) dirigido por Trudy Netherwood publicó en el nº 22 de Nature Biotechnology un trabajo titulado Assessing the survival of transgenic plant DNA in the human gastrointestinal tract (Evaluación de la supervivencia de ADN de planta transgénica en el tracto gastrointestinal humano) en el que se daba cuenta de la supervivencia de transgenes de soja modificada genéticamente en el intestino delgado de pacientes ileostomizados (es decir, que habían sufrido amputación del colon).

Además ya en 1997 la genetista británica Mae Wan-Ho y la Dra. Ricarda Sterinbrecher -directora de Eco-Nexus– elaboraron un informe sobre la evaluación de la seguridad de los alimentos (puede verse el texto completo en www.ambiente-ecologico.com/revist52/fallos52.htm) en el que se decía: “Asimismo se dispone de nueva información muy preocupante que demuestra en ratones que el ADN vírico puede sobrevivir al proceso de digestión en el tracto gastrointestinal pasando fragmentos de su ADN a la sangre y a muchos tipos de células (Schubbert y otros, 1995)”. Añadiéndose más adelante que “una característica importante de los alérgenos es que resisten el proceso de digestión estomacal. Según una publicación reciente (Astwood y otros, 1996) los alérgenos conocidos permanecían estables 60 minutos mientras las sustancias no alergénicas se digerían en 15 segundos. Un estudio afirma que la proteína Bt se digiere rápidamente (Fuchs y otros, 1995) pero otro demuestra que en diferentes condiciones gástricas sigue sin digerirse dos horas después (Notebom y Kuiper, 1995)”. En pocas palabras: desde 1995 hay estudios que advierten de que los transgenes pueden sobrevivir al proceso digestivo. Y aclaremos que se llama transgén al gen de una especie que se introduce en el ADN de un ser de la misma especie o de otra, sea ésta microbiana, vegetal, animal o humana.

Ahora bien, ¿es peligrosa para la salud la presencia de transgenes en el intestino? Pues la respuesta aparece en el propio documento del Codex ya mencionado pero “camuflada” en una nota a pie de página; concretamente en la nº 11 de la pág. 48 y dice así: “La colonización permanente por microorganismos ingeridos es rara pero algunos administrados oralmente se hallaron en las heces y la mucosa del colon semanas después de su ingesta. Luego se establezcan o no en el tracto intestinal existe la posibilidad de que puedan modificar la microflora del huésped”. Lo que supone reconocer potenciales efectos dañinos.

LAS PELIGROSAS INSERCIONES DE ADN

El Codex señalaba asimismo en el documento de 2009 otras dos situaciones previsiblemente peligrosas de insertar ADN: que secuencias contiguas den lugar a las denominadas “proteínas de fusión” -proteínas de propiedades y efectos desconocidos- o a la “expresión de funciones potencialmente nocivas”. Algo que se remarcó en el trabajo Case study: food safety evaluation of trangenic potato presentado en 1995 en un taller de la OMS en el que puede leerse: “La principal dificultad implícita al evaluar la seguridad de los cultivos transgénicos es la naturaleza imprevisible de la transformación. Imprevisibilidad preocupante ya que las plantas transgénicas se pueden comportar de forma inesperada cuando se cultivan a escala comercial”.

Algo que se debe a que cualquier inserción -sea intencionada o accidental- es intrínsecamente inestable debido a la plasticidad del genoma; plasticidad que es aún mayor en los microorganismos como reconoce el propio documento del Codex: “Los genes microbianos tienen mayor plasticidad que los de los eucariotas superiores; es decir, los microorganismos crecen con más rapidez, se adaptan mejor a los cambios del entorno y son más propensos a las modificaciones. Los reordenamientos cromosómicos son algo común y la plasticidad genética general de los microorganismos puede afectar al ADN recombinante debiendo ello tenerse en cuenta a la hora de evaluar su estabilidad”. En definitiva, las inserciones de ADN extraño dan lugar a una inestabilidad que se traduce en falta de control y, por tanto, en resultados peligrosos.

Este reconocimiento es significativo porque hablamos de un documento elaborado por un organismo influido por las propias empresas de biotecnología pero no es el único en advertir de tales peligros. En 2003 el Dr. Hanan Polansky -director del Centro para la Biología de Enfermedades Crónicas de Nueva York (EEUU)- publicó un libro titulado Microcompetition with Foreign DNA and the Origin of Chronic Disease (Microcompetición con ADN extraño y el origen de las enfermedades crónicas) según el cual los fragmentos extraños de ADN -denominados N-boxes– pueden alterar el genoma y producir numerosas patologías; entre ellas arterioesclerosis, enfermedades autoinmunes, obesidad, osteoartritis y cáncer.

El Dr. Achim Steinrock, a partir de las investigaciones y el trabajo médico del Dr. Heinrich Kremer (lea en nuestra web –www.dsalud.com– el artículo que con el título La terapia de simbiosis celular apareció en el nº 132) considera por su parte que “una flora intestinal sana consta de 400 cepas de bacterias diferentes que viven en simbiosis con nosotros y conforman el sistema inmunitario de la superficie de la mucosa intestinal” y hay pues numerosos factores que pueden alterar esa simbiosis. Y es que la mucosa intestinal es como una espesa malla que impide el paso de sustancias tóxicas pero que en caso de disbiosis se hace porosa permitiendo que las toxinas la atraviesen dando lugar a inflamaciones y muy diferentes problemas de salud: migrañas, alergias, neurodermitis, asma, reacciones alérgicas al polen, dolores crónicos, enfermedades intestinales, cardiopatías, enfermedades autoinmunes, depresión y angustia.

“Que los genes manipulados se incorporan a la flora bacteriana intestinal –explica el psiquiatra y ginecólogo español Emilio Santos Leal- apareció en un estudio coordinado por Trudy Netherwood publicado en Nature Biotechnology según el cual en las personas que sufren patologías gastrointestinales los transgénicos pasan a la sangre pudiendo entonces adquirir y reproducir el ADN transgénico. En el trabajo se estudió la supervivencia de soja transgénica en el intestino delgado de personas a las que por cáncer u otro motivo se les había extirpado el ileum terminal y dejado con una bolsa de colostomía para las heces. La cantidad de genes transgénicos que sobrevivieron al paso por el intestino delgado fue variable con un máximo del 3,7% en el estoma de uno de los participantes en el estudio e inexistente entre los participantes con el intestino sano; en este caso los transgenes no sobreviven. Sin embargo en 3 de los 7 colostomizados había soja genéticamente modificada en la microflora de sus intestinos delgados incluso antes de participar en el estudio”. Añadiendo: “El alcance del peligro no podemos pues estimarlo hoy; lo sabremos solo cuando hayan pasado años”.

En todo caso a los peligros de los transgenes cabe añadir el que representan los pesticidas y sustancias químicas aparejadas a los organismos genéticamente modificados; como el glifosato que Monsanto comercializa con el nombre de Roundup y que el pasado 20 de marzo fue calificado por la OMS y la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer como “2A”, lo que significa “posible cancerígeno para humanos”.

Y es que en los últimos veinte años se han efectuado numerosos estudios que demuestran que tales sustancias pueden provocar disbiosis intestinal, inmovilizar nutrientes, dificultar la biosíntesis de aminoácidos, aumentar la exposición a sustancias tóxicas, deteriorar el transporte y el metabolismo de sustancias fundamentales e interrumpir funciones realizadas por los microbios; de hecho se les ha relacionado ya con numerosas patologías: intolerancias alimenticias, obesidad, colitis, diabetes, síndrome del intestino poroso, enfermedad de Lou Gehrig, hipotiroidismo, problemas cognitivos, parkinson, depresión, autismo, infertilidad, esclerosis múltiple y hasta cáncer (el lector puede leer los estudios científicos que relacionan el glifosato con cada una de esas patologías en http://truth-out.org/news/item/28856-monsantos-roundup-enough-to-make-you-sick). Aunque como era de esperar el vicepresidente de asuntos regulatorios de Monsanto, Philip Miller, ha pedido a los dos organismos internacionales que se retracten cuestionando la calidad de su evaluación.

UN MODELO GENÉTICO OBSOLETO

La clave para poder entender esta discrepancia entre lo que afirma la industria biotecnológica y lo que dicen los científicos críticos es el modelo teórico del que parte cada uno. La industria se apoya en un modelo genético mecanicista hoy superado pero que les interesa mantener porque concibe el genoma como una especie de máquina fija fácilmente manipulable. Lo que sin embargo demuestran cada vez más estudios de investigación básica es que el genoma es plástico, dinámico y cambiante y que al igual que los lípidos de las membranas celulares, las proteínas del citoesqueleto o los tejidos conectivos las moléculas que integran el ADN son de cristal líquido -estado intermedio entre lo líquido y lo sólido- lo que le confiere un gran poder de adaptación y la capacidad de reaccionar a los cambios del entorno: temperatura, pH, hidratación, presión, campos eléctricos y magnéticos…Lo que entre otras cosas explica el recorrido evolutivo; desde las bacterias a los seres pluricelulares. Y es este complejo equilibrio el que altera la introducción de moléculas extrañas y da lugar a tantas reacciones desconocidas aún no suficientemente estudiadas.

Cabe agregar que es en este marco global en el que se deben situar las pretensiones de la bioingeniería adquiriendo importancia crucial el “microbioma”, es decir, el conjunto de microorganismos que habita en nuestro interior y, en el caso particular que en esta ocasión nos ocupa, del microbioma intestinal. Microbioma que parece incluir entre 400 y 2.000 cepas diferentes de bacterias, arqueas, levaduras, virus y otros microorganismos que llevan a cabo funciones metabólicas aportando carbohidratos, produciendo vitaminas, sintetizando ácidos grasos, participando en la absorción de calcio, magnesio y hierro y aportando energía por la fermentación de residuos no digeribles. Es más, lleva a cabo funciones inmunitarias, de regulación del colesterol, los triglicéridos y las hormonas sexuales, de recuperación -tras diarreas o colitis-, de mejora de los síntomas de la artritis inflamatoria…

EL PRINCIPIO DE EQUIVALENCIA SUSTANCIAL

Pues bien, a pesar de todo lo dicho Monsanto declara sin sonrojarse que “no hay necesidad de probar el efecto de los alimentos genéticamente modificados en seres humanos” alegando simplemente que son “sustancialmente equivalentes” a los organismos naturales porque las diferencias de concentración de proteínas, hidratos de carbono, nutrientes y otros factores no tienen importancia en lo que se refiere a la seguridad. Y en el colmo de la desfachatez científica afirman falsamente que el ADN es universal y tiene la misma composición en todos los seres vivos.

El otro coloso de la biotecnología, Sygenta, utiliza otra similar y manipuladora expresión: la de “equivalencia sustancial”. Así lo explica en su web -www.syngenta.com.mx/-principio-de-equivalencia-sustancial-.aspx– en la que asevera lo siguiente: “Este principio fue apoyado por la OCDE, la FAO, la OMS, la FDA y COFEPRIS entre otras instituciones de salud de varios países del mundo y se basa en lo siguiente: Los alimentos novedosos (por ejemplo, los alimentos modificados genéticamente) deben considerarse igual de seguros que los alimentos convencionales si estos demuestran las mismas características de composición; por tal motivo si una planta novedosa es equivalente a su contraparte debe ser regulada por el mismo marco regulatorio que el convencional”. Y termina recordando que en las Estrategias para evaluar la seguridad de los alimentos producidos mediante biotecnología de la FAO se dice: “El ADN de todos los organismos vivos es estructuralmente similar; por tal razón la presencia de ADN transferido en los productos no causa per se ningún impacto en la salud del consumidor”.

Una aseveración que el propio documento del Codex que venimos citando desmiente. De hecho además de lo dicho se asevera en él lo siguiente: “Se precisa información adicional para demostrar si la organización del material genético modificado se conserva o se producen importantes reordenamientos tras su introducción en una célula y la propagación de la cepa recombinante en la medida que es necesaria para la producción de ciertos alimentos; incluyendo los que pueden producirse durante su almacenamiento conforme a las técnicas actuales”. Sin embargo no propone cambios en los criterios de evaluación que permitan detectar los peligros que apunta de modo que, con mínimas variaciones sin trascendencia, se ha mantenido vigente el mencionado Principio de equivalencia sustancial. Ahora bien, ¿qué significa realmente este concepto y qué implicaciones tiene su utilización como criterio para evaluar la seguridad de un alimento de origen transgénico?

Pues se trata de un concepto propuesto por la FDA estadounidense en el reglamento Alimentos derivados de nuevas variedades vegetales de mayo de 1992 que fue adoptado por la OCDE un año después y que sería definitivamente consagrado como criterio para la evaluación de alimentos en 1996 mediante un informe elaborado conjuntamente por la FAO y la OMS titulado Consulta de expertos en Biotecnología y seguridad alimentaria ¡a pesar de la oposición de numerosos científicos y organizaciones internacionales!

Y es que ese principio establece básicamente que si un nuevo alimento es sustancialmente “equivalente” a otro ya existente se puede tratar de la misma forma en materia de seguridad; es decir que tal “criterio” permite afirmar que un alimento transgénico es seguro ¡sin haber realizado análisis alguno! Simplemente considerándolo “sustancialmente equivalente” al alimento no transgénico ya evaluado. ¿Y qué significa “sustancialmente equivalente”? Pues sencillamente ¡que tengan los mismos componentes! A pesar de que cualquier químico sabe que muchas sustancias pueden compartir los mismos elementos y sin embargo tener propiedades totalmente diferentes debido a múltiples factores; como la concentración de cada elemento o la propia distribución de los átomos. Se trata pues de UNA SANDEZ CIENTÍFICA ELEVADA A LA CATEGORÌA DE LEY.

AHORA LA VERDAD CIENTÍFICA… SE IMPONE POR QUIENES MANDAN

En pocas palabras: en el ámbito de los transgénicos -como en otros muchos- se ha impuesto legalmente una verdad científicamente aberrante solo porque beneficia a quienes tienen poder y dinero para lograrlo. De hecho tamaña sandez se recoge ya en las normativas de evaluación de la mayoría de las agencias nacionales e internacionales. En el caso de la Comunidad Europea se introdujo en la normativa mediante el Reglamento CE 258/97 de 27 de enero de 1997, sobre nuevos alimentos y nuevos ingredientes alimentarios cuyo fundamento nº 2 dice: “Considerando que para proteger la salud pública es necesario garantizar que los nuevos alimentos y los nuevos ingredientes alimentarios estén sometidos a una evaluación de seguridad única por medio de un procedimiento comunitario antes de ser puestos en el mercado en la Comunidad; que en el caso de nuevos alimentos o de nuevos ingredientes alimentarios sustancialmente equivalentes a alimentos o a ingredientes alimentarios existentes conviene prever un procedimiento simplificado”. Un texto que provocó las protestas de muchos países miembros -en Italia se llegó a instancias judiciales- por lo que en el Reglamento nº 1829/2003 de 18 de octubre de 2003 sobre alimentos y piensos modificados genéticamente se pide simplemente a las empresas que aporten información sobre la seguridad del producto cuya comercialización se solicite. En suma, es escandaloso pero las agencias que se supone velan por la salud y la seguridad de los ciudadanos se someten una y otra vez a los intereses de las grandes corporaciones. Incluso para tapar contradicciones flagrantes ya que uno de los propósitos de la producción mediante manipulación genética es precisamente modificar un organismo para añadirle propiedades que no tiene: color, sabor, resistencia, tamaño… Luego no es lógico afirmar después que es “equivalente” ya que del mismo modo que se le añaden esas propiedades pueden aparecer otras totalmente desconocidas e imprevisibles. Y sin embargo así lo han aceptado las más importantes agencias de regulación aun cuando el ya citado informe de las doctoras Mae Wan-Ho y Ricarda Sterinbrecher dedicaba un amplio capítulo al Principio de equivalencia sustancial tachándolo de ACIENTÍFICO y ARBITRARIO por los siguientes motivos:

-“La definición del principio es intencionadamente vaga e inconcreta a fin de que su aplicación pueda ser lo más flexible, maleable y abierta a la interpretación posible” (así las referencias para hacer comparaciones pueden cambiarse según convenga para conseguir la aprobación de un producto).

-“El análisis comparativo diseñado oculta cambios importantes derivados de la manipulación genética”. -“La información básica requerida para evaluar la equivalencia sustancial es insuficiente” (se excluye por ejemplo la información relativa a la posibilidad de generar virus a partir de plantas transgénicas).

-“No se especifica el tipo de pruebas requeridas para determinar la equivalencia sustancial de un producto y no se especifica qué métodos de caracterización molecular se requieren, ni qué tipo de información molecular debe determinarse. Y sin embargo esa información es crucial para la identificación de efectos no intencionados” (ejemplo dramático fue la epidemia del Síndrome de eosinofilia-mialgia que en 1990 provocó 37 muertos y 1.500 personas afectadas que luego se asoció al consumo de un L-triptófano producido mediante una cepa del Bacillus amyloliquefaciens manipulada genéticamente).

-“Se resta importancia a la propagación de genes de resistencia a los antibióticos mediante transferencia genética horizontal” (dado que fragmentos de ADN pueden resistir la digestión también puede resistirla el ADN vector con los marcadores de resistencia a los antibióticos).

-“El informe ha eludido toda discusión sobre transferencia genética horizontal a microbios y a otros organismos en el medio ambiente, proceso sobre el que ha aparecido una considerable evidencia en los últimos 3-4 años”.

OÍDOS SORDOS A LA BIOÉTICA

A pesar de que desde diversos ámbitos se habló de la necesidad de controlar éticamente las manipulaciones científicas -especialmente para controlar las manipulaciones genéticas- y se propuso crear una nueva disciplina, la Bioética, puede decirse que las recomendaciones de las diversas organizaciones, comités, especialistas y profesionales del ámbito académico efectuadas desde entonces han caído en saco roto.

Ya en 1978 una comisión del Congreso de Estados Unidos -en la que participó el conocido filósofo de la ciencia Stephen Toulmin- elaboró lo que se conocería como Informe Belmont estableciendo tres principios éticos básicos que han sido constantemente vulnerados: el Principio de Autonomía -o de respeto a las personas-, el Principio de Beneficencia -que exige “extremar los posibles beneficios y minimizar los posibles riesgos”– y el Principio de Justicia -según el cual quien recibe los beneficios de la investigación es quien debe pagar su coste-. Apenas un año después el filósofo alemán Hans Jonas publicaría El Principio de Responsabilidad, ensayo de una “ética para la civilización tecnológica” en el que establecía un imperativo ético de cara al futuro: “Actúa de manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una auténtica vida humana sobre la Tierra”.

Y en 1992 la Declaración de Río de Janeiro recogería en su principio nº 15 una formulación del denominado Principio de Precaución referido al medio ambiente: “A fin de proteger el medio ambiente los estados deberán aplicar ampliamente el criterio de precaución conforme a sus capacidades. Cuando haya peligro de daño grave o irreversible la falta de certeza científica absoluta o el coste no deberán utilizarse como razones para postergar la adopción de medidas eficaces que impidan la degradación del medio ambiente”.

En el ámbito de la seguridad alimentaria la aplicación de este principio se llevaría a cabo con el Reglamento nº 178/2002 CE de 28 de enero de 2002 por el que se establecieron los requisitos generales y se creó la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria pero aunque tal principio da la posibilidad a las administraciones públicas de actuar cuando algo no está claro y obligar a demostrar la inocuidad de un producto a quien quiere comercializarlo en realidad sucede todo lo contrario: las multinacionales exigen a las administraciones que demuestren que no son inocuos para retirarlos y amenazan con llevarlas a los tribunales si los retiran por “lucro cesante”. Un esperpento jurídico que algunos jueces consienten.

Jesús García Blanca

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Mayo 2015
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