Medicamentos que nos enferman e industrias farmacéuticas que nos convierten en pacientes

“Hace treinta años Henry Gadsden, director entonces de la compañía farmacéutica Merck, hizo unos comentarios sorprendentes y en cierto modo candorosos a la revista Fortune. Dijo que su sueño era producir medicamentos para las personas sanas y así vender a todo el mundo. Aquel sueño se ha convertido en el motor de una imparable maquinaria comercial manejada por las industrias más rentables del planeta”. Así comienza la presentación en contraportada del libro Medicamentos que nos enferman e industrias farmacéuticas que nos convierten en pacientes de Ray Moynihan y Alan Cassels, obra que permite entender cómo las estrategias de marketing y relaciones públicas de la poderosa industria farmacéutica -con la complicidad de muchos médicos y, por qué no decirlo, la ingenuidad de los pacientes- intentan convertirnos a todos en “enfermos” -de cualquier cosa- para lograr un consumo compulsivo y crónico de medicamentos.

Si usted se considera una persona relativamente sana a la que comienzan a zumbarle los oídos con todo tipo de comentarios y recomendaciones porque su tensión empieza a ser un poco alta, le ha subido el nivel de colesterol o ha tenido últimamente bajones en su estado de ánimo que enseguida alguien ha calificado de “depresión”… o bien alguien le ha dicho que a su edad y siendo mujer debe prevenir una posible osteoporosis y hasta medicarse esa falta de impulso sexual que últimamente parece preocuparle le vamos a hacer una recomendación para abordar esos problemas y algunos más como el Síndrome de Colon Irritable, el Trastorno por Déficit de Atención, el Trastorno de Ansiedad Social o el Trastorno Distrófico Premenstrual: cómprese el libro Medicamentos que nos enferman e industrias farmacéuticas que nos convierten en pacientes (Editorial Terapias Verdes), busque un lugar tranquilo y siéntese a leerlo. Le aseguramos que cuando lo termine su percepción de la enfermedad y la salud habrá cambiado al igual que su visión del sistema sanitario.

Aunque comenzó a venderse en Estados Unidos, Canadá y Australia el año 2005 el libro acaba de llegar a nuestro país. Y en él, tal y como hemos venido haciendo durante los últimos tiempos  en la revista, Ray Moynihan y Alan Cassels repasan con estilo ágil y directo las estrategias y complicidades que han permitido a lo largo de los últimos años la aparición de síndromes y trastornos que no hacen sino condenar a una medicación permanente -de la que se suelen ocultar sus efectos secundarios más importantes- a cientos de millones de personas en todo el mundo. A veces reportaje periodístico, a veces novela negra, en él se desenmascaran ensayos ocultos, presiones, complicidades con médicos y organismos reguladores y, sobre todo, las estrategias de marketing y relaciones públicas que por valor de miles de millones de dólares permiten a la industria acabar convenciendo a médicos voluntariosos pero crédulos de todo el mundo que existe una enfermedad para la que ellos tienen la solución, el fármaco justo en el momento adecuado.

Como muy bien señalan ambos autores no se trata de poner en tela de juicio que hay personas que debido a síntomas especialmente graves necesitan ser atendidos con esos fármacos sino de entender que sólo para ellos no sería rentable su fabricación. Necesitan por eso convertirnos a todos en enfermos para que el negocio sea rentable. “El alcance de la influencia de la industria farmacéutica sobre el sistema sanitario –escriben- es simplemente orwelliano. Los médicos, los representantes de medicamentos, la educación médica, los anuncios, los grupos de pacientes, las directrices, las celebridades, las conferencias, las campañas de concienciación pública, los líderes de opinión y hasta los consejeros de los reguladores: en todos los niveles hay dinero de las compañías farmacéuticas lubricando lo que muchos ven como un flujo de influencias poco saludable. La industria no adquiere influencias con individuos y organizaciones sino que más bien reparte su generosidad entre aquellos que considera más eficaces a nivel comercial

CUIDADO CON DEJARSE ENGAÑAR POR LAS CIFRAS

Por supuesto ni todos los médicos ni todos los investigadores son iguales porque si no el trabajo de Moynihan y Cassals hubiera sido imposible. De hecho cada vez son más los se rebelan ante semejante estado de cosas. Los autores revelan datos, nombres, estudios científicos… y se apoyan en médicos e investigadores al menos tan honrados y preparados como quienes sostienen lo contrario para demostrar todo lo que afirman. Y su repaso por esa realidad con nombres y apellidos resulta en algunos momentos de lo más instructiva debido a algunos ejemplos tan gráficos como el que podemos encontrar en el capítulo titulado Convertir los riesgos en enfermedades (págs. 93 y 94):

 “(…) El más alto y más joven, el farmacéutico James McComarck, bromea con su compañero el doctor Bob Rango, médico especializado en Farmacología. Los dos han viajado desde Vancouver como miembros del Therapeutics Initiative (Iniciativa Terapéutica)de la Universidad de British Columbia, un grupo que pretende educar a médicos y farmacéuticos –y en ocasiones al público en general- sobre la mejor manera de prescribir los fármacos. La conferencia del día es sobre las enfermedades cardiacas, sin duda un tema atemorizante (el público son jubilados canadienses). La primera parte de la charla de McComarck y Rango está diseñada para ayudar a la gente a entender algunos de los trucos estadísticos empleados para vender medicinas a personas que en otras condiciones se considerarían sanas. James McComarck siempre comienza presentando la siguiente situación: “Imaginen que su médico acaba de decirles que tienen un “factor de riesgo” ante las enfermedades vasculares; puede ser la tensión arterial o el colesterol alto. Pues resulta que hay un medicamento que trata ese factor de riesgo, no produce efectos secundarios y está cubierto por la Seguridad Social o por la Mutua. Les voy a presentar los resultados de tres estudios diferentes y voy a preguntarles si según estos resultados estarían de acuerdo en tomar este fármaco todos los días de los siguientes cinco años. No hay respuestas correctas o incorrectas, simplemente es su decisión”. En ese momento James suele proyectar esta diapositiva:“¿Tomaría usted un medicamento durante cinco años si…

a) …redujera en un 33% sus probabilidades de sufrir un ataque al corazón?
b) …redujera sus probabilidades de sufrir un ataque al corazón del 3 al 2%, es decir, una reducción del 1%?
c) …salvase a una persona de cada cien de sufrir un ataque al corazón aunque no hubiese manera de saber por adelantado a quién salvaría?”

“A ver, ¿cuántos de ustedes tomarían ese fármaco si obtuviese los re­sultados del caso A?”, pregunta James. Y alrededor de un 80 o 90% de la audiencia levanta la mano. “¿Y en las situaciones B y C?”Un 20% de los oyentes levanta la mano. James y Bob hacen una pausa para que digieran los datos antes de re­matar: “Pues lamentamos decírselo pero han caído. Lo que acabamos de exponer es exac­tamente el mismo resultado pero presentado de tres maneras diferentes”.

Normalmente una expresión de sorpresa brota de la audiencia. Algu­nos ponen cara de no creérselo, otros de enfado o perplejidad. Pero llega­dos a este punto de la presentación la mayoría no puede despegarse de sus asientos y quiere saber más. Bob coge el micrófono de manos de James.

“A ver, el truco es el siguiente. No se sientan mal. A los médicos les engañamos de la misma manera todo el tiempo. Si en principio el riesgo de sufrir un ataque al corazón es del 3% y yo les ofrezco una píldo­ra que lo reduce en un 33% éste baja del 3% al 2%. ¿Entienden? El 2% es un 33% menos que el 3%. Pero es también un 1% de diferencia total. Incluso las personas a quienes las matemáticas se les hacen cuesta arriba, como James, saben que si pasas de un 3% a un 2%, sólo hay un 1% de diferencia. Fácil, ¿verdad?.”

La razón por la que esta revelación es tan importante se debe a que con frecuencia los fármacos se promocionan mediante este truco estadístico tendente a exagerar los beneficios. Por ejemplo, en anuncios dirigidos a médicos y pacientes se afirma que un fármaco ofrece una reducción del 33% en el riesgo de sufrir un ataque cardíaco sin explicar que en realidad habría que tomar la medicación durante cinco años para reducir el riesgo del 3 al 2%. Como Bob y James explican cada vez que dan la charla se trata de un 33% en términos ‘relativos’. En términos ‘absolutos’ se trata de una reducción de un 1%, del 3 al 2%. Diversos estudios muestran que las personas son mucho más reacias a usar un fármaco si se les muestran las cifras absolutas. Lamentablemente en muchos artículos sobre fármacos que aparecen en los medios también se tiende a emplear la versión más exagerada omitiendo las cifras absolutas que resultan mucho más informativas”.

RAY MOYNIHAN

Moynihan –australiano, 44 años- es sin lugar a dudas uno de los escritores sobre temas de salud más respetados a nivel internacional. Periodista, autor, guionista de documentales y profesor universitario en la Universidad de Newcastle Ray ha ganado ya numerosos premios en radio, televisión y prensa escrita por su forma de informar, provocativa y rigurosa. Sus trabajos han sido publicados en las principales publicaciones médicas y medios, incluyendo el British Medical Journal, The Lancet, The New England Journal of Medicine, PLoS Medicine, The Australian Financial Review yThe Sydney Morning Herald. Y es autor de una serie documental de denuncia titulada Too Much Medicine? Actualmente vive, nada, escucha música y cuece bizcochos de chocolate y nueces en Byron Bay (Australia). Lo que hemos aprovechado para conversar con él.

-Díganos, ¿cuándo y cómo llegó a la conclusión de que en el mercado de los medicamentos la cuestión no es la salud sino el dinero?

-Llevo trabajando en temas de salud desde mediados de los años 90 en medios escritos y audiovisuales. Y desde el principio tuve muy claro que el marketing de las compañías farmacéuticas estaba distorsionando la práctica de la Medicina y la forma en que pensábamos sobre la salud. De ahí que escribiera ya mi primer libro y empezara a hacer documentales en 1998.

-¿Se inventan hoy enfermedades para que consumamos más medicamentos?

-No exactamente que se inventen pero sí que los límites que definen las enfermedades están siendo ampliados de forma inapropiada. Las compañías farmacéuticas y muchos médicos están involucrados en ese proceso con la finalidad de ampliar el número de visitas de los pacientes y construir nuevos mercados para los medicamentos.

-¿Cree usted que los Gobiernos, pagadores año tras año de las enormes facturas farmacéuticas, son ignorantes o cómplices de la actual situación?

-Pienso que muchas personas en los Gobiernos no son conscientes de lo que está pasando. Como creo que los funcionarios gubernamentales deberían controlar mejor las campañas de marketing y relaciones públicas de la industria porque están modificando la definición de las enfermedades. Especialmente dado que el coste farmacéutico está dañando ya gravemente muchos sistemas públicos de salud.

-Pero son los médicos quienes recetan… ¿Cómo puede evitarse la enorme influencia actual de la industria farmacéutica en sus criterios y decisiones?

-Muchos médicos y universidades están ya tratando de desengancharse de la industria, de ser más independientes. Y hay muchas maneras de hacerlo: reduciendo la esponsorización de las conferencias y congresos, impidiendo la visita de los representantes comerciales, dejando de aceptar regalos por acudir a las conferencias que organizan o esponsorizan… Hay muchas cosas que los médicos pueden hacer para recuperar la confianza y credibilidad perdidas.

El dinero que las compañías farmacéuticas invierten en representantes comer­ciales y muestras gratuitas constituye el mayor componente de los 25.000 millones de dólares que se destinan anualmente sólo en Estados Unidos a publicidad y es la base de la red global de artimañas entre la industria y los profesionales. Lo que empezó con rosquillas para médicos ha acabado en copiosos banquetes para sus líderes de opinión en hoteles de cinco estre­llas. Y en cuanto pueden no sólo venden fármacos sino tam­bién puntos de vista sobre las enfermedades. Por ejemplo, los especialistas serios e independientes en enfermedades mentales aseguran que la idea de que la de­presión viene generada por un déficit de serotonina en el cere­bro es sólo uno de los muchos puntos de vista científicos y, de hecho, es simplista y anticuado. Sin embargo es una teoría muy viva en la gran maquinaria del marketing que empieza con las consignas matutinas de los agentes comerciales de las compañías farmacéuticas.

Hay médicos maravillosos y de impecable ética que se encuentran hondamente preocupados ante el hecho de que su profesión, en general, esté hoy tan íntimamente relacionada con la industria farmacéutica. Porque saben que muchos de sus colegas están siendo corrompidos por ella.

-¿Y en ello no juega un papel fundamental el hecho de que la industria esté tan bien relacionada con lo que usted denomina líderes de opinión, con médicos de “prestigio”?

-Tener una escudería de líderes de opinión es una parte clave de las estrategias de marketing de la industria farmacéutica. En cualquier dolencia. Y la calidad de esa escudería depende en gran parte del trabajo de cam­po de los agentes comerciales que son quienes valoran el grado de influencia de un médico sobre sus se­mejantes. Así que los vendedores comunican a sus superiores quiénes son a su juicio los candidatos jóvenes más prometedores como po­tenciales líderes de opinión en el futuro y luego les encomiendan breves tareas de oratoria para probarlos. Más adelante, si la valía queda demostrada, puede que se les pague para hablar regularmente en pequeñas reuniones a nivel local sobre los últimos fármacos en fase de creación. Y así, con un poco de suer­te, ese nuevo “líder de opinión” puede acabar encontrándose en la “lista de ponentes” de alguna compañía ganando miles de dólares sólo por hacer presenta­ciones a sus compañeros de otros países sobre las “últimas enfermedades” en eventos de gran impacto. De hecho las alianzas con los “líderes de opinión” son tan importantes que algunas empresas de marketing calculan el “rendimiento de la inver­sión” que una compañía farmacéutica puede cosechar de esta clase de pre­sentaciones.

-Y ahora, además, asistimos a la utilización de personajes famosos para apoyar presuntas “campañas de concienciación” de “nuevas enfermedades”…

-Los famosos se están convirtiendo en todo el mundo en las principales figuras de las campa­ñas farmacológicas para cambiar nuestra manera de ver las dolencias pro­pias de la vida. A cambio de “identificarse” con esos “problemas” las estrellas norteamericanas reci­ben entre veinte mil y dos millones de dólares… aun­que el importe exacto se guarda muy en secreto. De hecho en muchas entrevistas y artículos aparecen esos famosos como personas comprometidas en estimables actividades de “concienciación social”… obviando mencionar que la mayoría cobra por esas actividades presuntamente altruistas.
-Y usted, ¿qué piensa hoy cuando un médico le prescribe un medicamento? ¿Confía aún en él?

-Sí, confío. Yo no niego que la prescripción de fármacos pueda ser necesaria. Pienso que hay muchos medicamentos valiosos, muchos fármacos que pueden aliviar el sufrimiento y ayudar a alargar la vida. Hay compañías farmacéuticas que tienen medicinas maravillosas. El problema, a mi juicio, es el excesivo marketing que se genera sobre algunos fármacos para aumentar sus ventas.

-¿Y dónde está el límite del poder actual de las multinacionales farmacéuticas? Porque es evidente que hoy pueden modificar la conducta de médicos, políticos y medios de comunicación. Usted lo denuncia claramente en su libro…

-El poder de la gran industria farmacéutica está fuera de control. Es aterrador. Han logrado ya hasta influenciar la definición de enfermedad. Incluso decidir qué es enfermedad y qué no. Y eso es ultrajante.

-¿Y en qué medida las asociaciones de enfermos se han convertido en meros portavoces de los intereses industriales?

-Muchas asociaciones de enfermos están también, en efecto, estrechamente relacionadas con la industria. Y el dinero puede comprometer su independencia. Se entiende que necesitan dinero para sobrevivir pero tendrían más credibilidad si no aceptaran el de la industria. Obviamente aceptar un patrocinio no compromete necesariamente la credibilidad de un grupo pero está claro que las compañías tienden a favorecer a aquéllos cuyas posiciones públicas están más a tono con sus propios mensajes de marketing. Es evidente que las asociaciones que no reciben fondos de la industria tienden a gozar de mayor credibilidad ante los ciudadanos.

Sí, el “compañerismo” con las agrupaciones de enfermos se ha convertido en un elemento clave de las estrategias de marketing para cualquier enfermedad importante. Y ocurre en casi todas las grandes compañías farmacéuticas. Un estudio británico coligió que dos tercios de las organizaciones caritativas y de las asociaciones de enfermos reciben ayudas de las empresas farmacéuticas y de aparatos médicos aunque normalmente es difícil saber cuánto cada una de ellas. Favores que las asociaciones de enfermos devuelven a sus patrocinadores ayudándoles a dibujar un panorama de enfermedad mal diagnosticada que se trata mejor con fármacos y poniendo cara humana a la dolencia.

-¿Qué papel están jugando hoy las universidades en este proceso?

-Numerosas universidades han adquirido relaciones estrechísimas con las compañías fabricantes de medicamentos. Y pienso que las relaciones entre ambas tienen que ser más distantes. De forma similar, muchas publicaciones médicas son demasiado complacientes con la publicidad de los medicamentos. Un nuevo diario, Plos Medicine, es el mejor ejemplo de cómo se debe reformar la relación entre las publicaciones y la industria. Ya en su primer número anunciaron que no admitirían publicidad de las compañías farmacéuticas.

-¿Está usted de acuerdo con la afirmación de John Abramson recogida en su libro cuando refiriéndose al enorme poder de la industria farmacéutica asevera: “Han llegado demasiado lejos “?

-Sí. La ciencia ha sido pervertida al permitir que la industria esponsorice los ensayos clínicos.

-¿Qué tipo de patología reúne todos los elementos involucrados en un proceso clásico de “ampliación de los límites de una enfermedad”?

-El llamado Trastorno Sexual Femenino es un ejemplo clásico. En mi libro le dedico un capítulo entero. La industria y determinados miembros de la profesión médica están intentando trasformar una dificultad sexual normal de la mujer en “enfermedad”. Y sugieren ya que el 43% de las mujeres la padecen. Es ridículo. Un mal chiste.

-¿Deben ser sólo los médicos los responsables de definir el concepto de enfermedad y las soluciones a aplicar?

-Pienso que necesitamos nuevos paneles o comités, nuevos grupos de personas que definan las enfermedades. No podemos confiar sólo en los médicos. Muchos de los habituales comités encargados de definir el ser o no ser de una enfermedad están inmersos en serios conflictos de intereses y otros muchos han perdido por completo su credibilidad ya que están integrados por personas con estrechos lazos financieros con la industria u otros intereses privados. Necesitamos nuevos comités que sean más independientes y que representen un rango más amplio de puntos de vista.

Cada vez es mayor el conjunto de pruebas que sugiere que la salud de las personas y las poblaciones viene determinada por muchos más factores que los niveles de determinadas sustancias y el número de medicinas que con­sumen. Factores relativos a la educación, el entorno, la economía y las desigualdades influyen grandemente en la salud. Continuar centrando la atención del público y de quienes toman las decisiones a nivel guber­namental en definiciones tan limitadas de causas químicas y soluciones farmacéuticas supone la pérdida para nuestras sociedades de maneras mucho más efectivas, seguras y baratas de reducir la carga de las enfermedades reales y de ayudar a la gente a estar más sana y ser feliz.

-¿Están las agencias reguladoras de fármacos al servicio de la industria?

-Algunas agencias están también demasiado cerca de la industria. La FDA ha sido atacada muy duramente por sus lazos con la industria pero hay mucha gente válida y competente en las agencias reguladoras que deberían estar financiadas al margen de la industria y ser mucho más duras. Claro que la aparente timidez de la FDA no sólo se debe a su estre­cha relación con la industria.

Los organismos reguladores que aprueban los medicamentos tanto en Estados Unidos como en otras partes del mundo son incapa­ces -o no están dispuestos- a tener un papel más importante acerca del modo de recetar los medicamentos por parte de los médicos debido al tremen­do poder político de la profesión médica y a su derecho a la libertad de prescripción constantemente reclamado. Mientras las naciones luchan contra el uso exagerado de medicamentos y los crecientes costes farmacológicos puede que sea hora de buscar nuevos mecanismos reguladores para influir en el modo en que los medicamentos están siendo recetados en los consultorios médicos. Prohibir medicamentos que puedan resultar valiosos para pa­cientes que se encuentran realmente enfermos ciertamente parece una op­ción poco adecuada. Sin embargo, aprobar medicamentos que probable­mente puedan hacer daño a mucha gente sana es desde luego también indeseable. Es asimismo muy cuestionable que los reguladores oficiales como la FDA, con su reciente historia de convivencia con la industria, sean los organismos adecuados para desempeñar esa función.

-David Graham, funcionario que velaba por la seguridad de los medicamentos en la FDA y denunció la actuación de la agencia en el caso Vioox, ha reconocido que un líder importante de la misma le comentó en cierta ocasión: “Nuestro cliente es la industria”.

-Un comentario terrible. El mundo confió en la FDA y la FDA traicionó esa confianza. La FDA debe reformarse profundamente y gente como David Graham ayudar en esa reforma.

-¿Ve usted intenciones reales entre las publicaciones científicas de acabar con la dependencia del dinero de la industria?

Plos Medicine, ubicada en Estados Unidos, no es dependiente. Y pienso que ése es el camino para el futuro. Algunos diarios, como el British Medical Journal, sólo obtienen una mínima parte de sus fondos de los anuncios de medicamentos. Otros, sin embargo, sí son muy dependientes. Es un grave problema para las publicaciones médicas.

-¿En qué medida cree usted que las maniobras de la industria están llevando a la realización de ensayos clínicos a la carta y, por consiguiente, a falsear en buena parte el proceso de venta de medicamentos?

-Nosotros sabemos por el trabajo de Lisa Bero y otros que la industria subvenciona estudios tendentes a encontrar resultados favorables. El apoyo económico de la industria está causando un perjuicio sistemático en la literatura, está distorsionando la Ciencia en sí misma. Necesitamos ensayos públicos o poner una nueva tasa a los presupuestos de marketing.

-¿Está evitando la industria con su sobrecoste permanente en la factura de medicamentos que se investiguen otros ámbitos de respuesta terapéutica más naturales?

Pienso que parte de los fondos que normalmente van a los ensayos con medicamentos deberían dedicarse a testar aproximaciones y terapias complementarias o más naturales

-Para terminar, ¿cuál de todos los problemas señalados requiere a su juicio una más rápida solución?

-El problema más evidente para todos nosotros en este momento es en­contrar buenas fuentes de información sobre las enfermedades, que sean realmente independientes de la influencia de los laboratorios. Muchos mé­dicos todavía se reúnen con representantes farmacéuticos, muchos grupos de enfermos y sociedades médicas siguen aceptando copiosas subvencio­nes y la mayoría de las publicaciones médicas dependen aún en gran par­te de los anuncios de la industria y de su patrocinio en investigación.

Encontrar material de calidad sobre los riesgos y beneficios de los me­dicamentos así como sobre otros métodos terapéuticos es cada vez mas fáci1 pero encontrar buena información independiente y actualizada sobre las enfermedades es hoy día casi imposible.

Y urge encontrar nuevas formas para definir enfermedades y educar a la gente sobre las opciones para tratarlas. Continuar confiando en los “líderes de opinión” financiados por las compañías farmacéuticas para que redac­ten las definiciones y en el marketing financiado por las compañías para que nos eduquen sobre ellas es peligroso y, sobre todo, absurdo. Una renovación en la manera de entender las enfermedades requiere ideas fres­cas y experimentos radicales pero existen modelos que pueden ser de gran ayuda. En todo el mundo existen muchas instituciones -públicas y privadas- que han encontrado formas de examinar rigurosamente todos los estudios científicos disponibles sobre un tratamiento en particular.

Lo dicho: un libro lleno de situaciones y ejemplos recomendado para todos aquellos preocupados por la salud -es decir, todos- y especialmente para aquellos médicos que han comenzado a sentir que la vocación se les ha ido de las manos y su afán por curar se ha convertido en un bolígrafo con el que dispensar medicamentos.

 Sonia Barahona

 

Este reportaje aparece en
91
Febrero 2007
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