Parásitos: causa de muchas patologías

Como explicamos hace apenas dos números muchas infecciones parasitarias se diagnostican equivocadamente como enfermedad de etiología desconocida y los médicos las tratan por eso de forma ineficaz. Y lo grave es que son muchos los parásitos que pueden anidar en las personas sin que éstas –ni con frecuencia sus médicos- lo sepan. Tras la introducción al tema ya efectuada entendemos que procede ahora hablar de forma más extensa de los más importantes, de cómo pueden llegar hasta nosotros, de qué manera pueden afectar nuestra salud, de cómo pueden detectarse y, sobre todo, de explicar cómo podemos deshacernos de ellos (lo que haremos en la segunda parte de este reportaje). Se trata de un asunto de enorme interés y, sin embargo, poco conocido tanto por la gente como por la mayoría de los profesionales de la salud.

Por decirlo brevemente: no hay lugar del ser humano que no pueda ser invadido por algún tipo de parásito. Cerebro, ojos, pelo, piel, corazón, pulmones, intestinos, hígado, vejiga, genitales… Todos ellos están expuestos a una infección parasitaria más o menos grave dependiendo del tipo de microorganismo y del estado general del propio afectado. Y si a ello le añadimos que, contrariamente a lo que muchos siguen pensando, el parasitismo ha dejado de ser un problema exclusivo de las áreas del globo con temperaturas tropicales, poca higiene y desnutrición para convertirse en una realidad que alcanza a cualquier rincón del planeta por las migraciones, el turismo internacional, la mayor facilidad para importar productos exóticos o el uso y abuso de antibióticos, por ejemplo, tendremos como resultado que el de los parásitos y sus consecuencias para la salud humana debería ser un asunto sanitario de interés supranacional. Y más cuando muchas de las patologías de las que aún no se conocen las causas podrían estar provocadas por las distintas especies de protozoos, gusanos o artrópodos que a menudo se instalan en nuestros cuerpos.

Por todo ello, y tras la amplia introducción hecha por Juan Carlos Mirre en el número 106 (puede leer el reportaje en nuestra web: www.dsalud.com), creemos oportuno dedicar ahora unas líneas a conocer mejor a los parásitos –las especies más comunes, sus vías de entrada al organismo, los órganos que colonizan, las dolencias que provocan, etc.- y emplazar al lector a un nuevo reportaje en el que expondremos las diferentes formas de librarse de ellos. Empecemos pues por conocer algo más de nuestros microscópicos y molestos inquilinos.

“EL QUE COME LO QUE NO ES PROPIAMENTE DE ÉL”

Dice la literatura científica que parásito viene del griego pará (“a lo largo de”, “al lado de”, “que no es propiamente”) y sito (comida) y, por tanto, puede traducirse como “el que come lo que no es propiamente de él”. Pero además, por definición, un parásito es el que vive, se protege o protege a sus crías y se nutre a expensas de otro ser vivo –al que se denomina hospedador– sin aportarle ningún beneficio y en ocasiones incluso provocándole daños o lesiones más o menos graves que se derivan de esa “invasión”.

Y lo curioso es que a pesar de que ya los antiguos papiros egipcios como el Kahun (1850 a.C.) o el de Ebers (1500 a.C.) hicieran referencia al diagnóstico y tratamiento de enfermedades producidas por parásitos como los nematodos, las tenias y otros, de que Aristóteles (en el siglo IV a.C.) describiera y clasificara un grupo de gusanos o helmintos intestinales o de que Plinio el Viejo o Galeno estudiaran distintos tipos de parásitos humanos a día de hoy los zoólogos y parasitólogos confiesan no tener aún ni la más remota idea de cuántos existen aunque consideran que su número podría ser varias veces superior al de especies de vida libre. Lo que sí se sabe es que todos los seres vivos -incluso los propios parásitos- tienen algún tipo de parásito que vive dentro o sobre ellos. En la especie humana se conocen centenares.

Y la dificultad para clasificarlos no estriba únicamente en su elevado número sino también en su inmensa diversidad morfológica y en las múltiples y sorprendentes habilidades que estos organismos han desarrollado a lo largo de millones de años de evolución para lograr adaptarse al cuerpo de sus hospedadores y viajar por su interior pasando inadvertidos para sus sistemas de defensa lo que, a su vez, complica su reconocimiento y evaluación por parte de los parasitólogos. Por ejemplo, se sabe de parásitos que para sobrevivir a la respuesta inmunitaria del hospedador forman antígenos que imitan a los de éste; otros que, para enmascararse, adhieren antígenos del hospedador a la superficie externa de su cuerpo; otros más que modifican constantemente sus antígenos de forma que los anticuerpos del hospedador no los reconozcan; y otros, como el triponosoma africano –que provoca la enfermedad del sueño y la muerte del infectado si no se trata a tiempo- incluso se comen los anticuerpos humanos que podrían ser letales para él como han descubierto hace sólo unos meses científicos de la Universidad Técnica de Darmstadt en Alemania. Eso sin mencionar a los parásitos que inducen en sus hospedadores comportamientos suicidas para poder completar su ciclo vital.

Por tanto al hablar de parásitos podemos estar refiriéndonos a decenas o cientos de miles de organismos que incluyen virus, bacterias, hongos y parásitos procariotas -que son materia propia de la Microbiología- y protozoos, helmintos y artrópodos -que son los que se encarga de estudiar en exclusiva la Parasitología-. Y es en el objeto de estudio de esta disciplina en lo que vamos a detenernos a continuación. Pero antes, para mejor comprensión del lector, diremos que los parásitos se clasifican atendiendo a diferentes criterios.

Uno de los que utilizan los parasitólogos es el lugar que ocupan en el cuerpo de su hospedador y, así, se habla de ectoparásitos cuando viven en el exterior (por ejemplo, el piojo), de endoparásitos cuando viven en el interior (como la tenia) y de mesoparásitos cuando tienen una parte de su cuerpo viviendo dentro y otra fuera del hospedador (es el caso del copepodos pennellidae que parasita a algunos peces).

Otro criterio clasificador es el de sus características. Se distinguen así en protozoos (cuando se trata de seres unicelulares que poseen la estructura de las células eucariotas) y metazoos (parásitos pluricelulares de los cuales tienen interés en Parasitología clínica los helmintos o gusanos y los artrópodos). También es importante conocer la vía de entrada del parásito al hospedador humano. Lo normal es que penetre en el organismo por vía cutánea, mucosa o digestiva, mediante transfusiones de sangre contaminada, por contacto sexual o por inhalación. Aunque, atendiendo a los informes de los expertos del Centro Nacional de Condiciones de Trabajo -dependiente del Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo del Ministerio de Trabajo e Inmigración- las mencionadas no agotan en absoluto todas las posibilidades. Así, según este organismo, una infección parasitaria puede adquirirse mediante cualquiera de las siguientes vías:

-A partir de otra persona, por contacto más o menos directo.
-Por autoinfección; por ejemplo, mediante el mecanismo ano-boca-ano.
-Por transmisión maternofilial o congénita.
-A partir de objetos contaminados como ropas y sábanas.
-A partir del suelo contaminado por excretas humanas.
-A partir de agua o alimentos contaminados.
-A partir de animales parasitados.
-Mediante artrópodos transmisores.

Una vez dentro del organismo la mayoría de los parásitos logra burlar los mecanismos de defensa del sistema inmune y llegar al órgano o tejido específico que utilizará para nutrirse, madurar y reproducirse mientras provocan en el hospedador problemas de salud más o menos graves. Y es que hay que tener en cuenta que, según mantiene la conocida doctora Hulda Clark, experta en Fisiología Celular, Biología y Biofísica de la que ya hemos hablado en varias ocasiones en estas páginas (vea los reportajes sobre sus aportaciones en los números 55, 67 y 71 de nuestra web:www.dsalud.com), los parásitos, además de portar bacterias, virus y oncovirus que se introducen en nuestro cuerpo transportados por ellos, producen sustancias tóxicas que debilitan el sistema inmune y serían -según ella- responsables de la mayoría de las enfermedades consideradas autoinmunes que nos asolan: la diabetes, el alzheimer, la artritis, el lupus eritematoso, la fibromialgia, la esclerosis múltiple o la enfermedad de Crohn, entre otras. Una de esas toxinas producidas por los parásitos sería por ejemplo el amoniaco, especialmente tóxico para el sistema nervioso y para el cerebro. Asimismo la doctora afirma que cada parásito –como cada bacteria, por ejemplo- tiene preferencia por un órgano u órganos determinados hacia los cuales se sentirá atraído si en ellos encuentra el tipo de sustancia contaminante (toxinas medioambientales, sustancias químicas, metales pesados, etc.) que le sirve de alimento. En suma, una vez instalados los parásitos pueden generar un amplio abanico de las llamadas enfermedades “crónicas”, “incurables”, “genéticas”, etc.. Incluido el cáncer.

Pues bien, hecha esta necesaria introducción pasemos a analizar las principales parasitosis que se producen en nuestro país, su procedencia, frecuencia y sintomatología.

PRINCIPALES PARÁSITOS HUMANOS

Describir cada grupo de parásitos, su morfología, características, ciclo vital y distribución geográfica así como sus peculiaridades y la sintomatología que producen en el ser humano abarcaría cientos de capítulos de voluminosos libros. Comprenderá pues el lector que este reportaje tiene que ser infinitamente más breve y conciso y que no podemos hablar –ni siquiera enumerar- más que algunos de los 342 parásitos identificados de los que el hombre es hospedador potencial. Por eso nos detendremos exclusivamente en los parásitos más frecuentes en España –de todos los tipos que estudia la Parasitología, es decir, protozoos, helmintos y artrópodos- según datos del Centro Nacional de Microbiologíapertenecienteal Instituto de Salud Carlos III de Madrid y añadiremos algún otro también común entre la población mundial.

LOS PROTOZOOS

Los protozoos son –como explica José Miguel Rubio, miembro de la Unidad de Alerta y Emergencia del Servicio de Parasitología del Centro Nacional de Microbiología antes mencionado- “organismos unicelulares con un complejo ciclo de vida que pasa por diferentes estadios y en ocasiones por diferentes hospedadores y/o hábitat” siendo su posible vehículo de transmisión ”el agua, los insectos, las plantas, los alimentos contaminados con restos fecales y las manos”, lista a la que suma la carne cruda o insuficientemente cocinada. De ellos se han descrito unos 50.000 pero se considera que sólo una veintena son patógenos para el hombre. Al diagnóstico de las infecciones que provocan estos diminutos parásitos se suele llegar mediante la identificación de sus huevos en las heces del afectado. Pues bien, de entre ellos cabe destacar los siguientes:

1) Giardia lamblia.

Es el parásito unicelular que produce la enfermedad conocida como giardiasis o lambliasis, una infección del intestino delgado. Se produce en todo el mundo y se considera una de las infecciones parasitarias más frecuentes en los países desarrollados –incluida España- y ocurre especialmente entre los niños. La vía más frecuente de transmisión es la fecal-oral, sobre todo en las guarderías donde son frecuentes los brotes de giardiasis. Otra forma de transmisión son las relaciones sexuales, el agua, las frutas, los alimentos, etc., contaminados por los huevos de este parásito (tras haber llegado a la tierra o a las aguas procedentes de las heces humanas) que posteriormente son ingeridos por las personas. Estos huevos llegan al estómago y después al intestino delgado donde se pegan a las paredes y se aprovechan de los nutrientes que ingiere la persona. Por lo que respecta a los síntomas de esta infección suelen ser leves e incluyen náuseas, eructos, flatulencia, molestias estomacales, heces voluminosas y diarrea; y en ocasiones se confunden con los síntomas del síndrome del intestino permeable, los de la candidiasis e, incluso, con los de la fatiga crónica. Cuando la infección es grave o el paciente está inmunodeprimido puede llegar a ocurrir que el afectado no pueda absorber los nutrientes y/o padezca diarrea crónica y, como resultado, pierda mucho peso y sufra importantes desórdenes nutricionales.

En cuanto al diagnóstico de la giardiasis se hace mediante el análisis de las heces o la biopsia de las secreciones del duodeno donde se suelen encontrar los huevos del parásito.

2) Entamoeba histolytica.

Conocido también como ameba es el parásito unicelular que produce la amebiasis o disentería, una infección del intestino grueso. Suele vivir en aguas estancadas, charcos y pozos, especialmente en zonas tropicales o con deficientes condiciones sanitarias aunque su distribución geográfica es mundial. Según Ana Quero, profesora titular del Departamento de Organismos y Sistemas de la Universidad de Oviedo (España) y experta en Zoología y Parasitología, afecta a más de 400 millones de personas en todo el mundo pero especialmente en África, Iberoamérica y Asia.

Sus huevos llegan a la tierra a través de las heces humanas y acaban contaminando el agua y los alimentos que luego pasan de nuevo al ser humano por las mismas vías de entrada mencionadas en el caso de la giardia. Una vez ingeridas las amebas pasan al intestino grueso donde se desarrollan y viven entre el contenido intestinal alimentándose de bacterias o de la propia pared del intestino. Generalmente su sintomatología es leve y llega a pasar desapercibida. Lo más común es que produzcan diarrea y estreñimiento intermitentes, flatulencia y retortijones. El abdomen puede resultar doloroso al tacto y si la situación se mantiene en el tiempo se puede producir adelgazamiento y anemia. En algunos casos la amebiasis provoca diarrea dolorosa con abundante moco y sangre en las heces. En casos muy raros los trofozoitos (la forma activa del parásito) perforan la pared intestinal lo que requiere una intervención quirúrgica inmediata.

También se ha observado que desde el intestino las amebas pueden entrar en la corriente sanguínea, introducir infecciones en el hígado, pulmones, cerebro y otros órganos e, incluso, provocar la aparición de úlceras en la cara o alrededor de las nalgas y los genitales. En el caso del hígado la infección se manifiesta en forma de abscesos llenos de trofozoitos cuyos síntomas son dolor o malestar en la zona hepática, fiebre intermitente, sudores, escalofríos, náuseas, vómitos, debilidad, pérdida de peso y, ocasionalmente, ictericia leve.

En cuanto a cómo se diagnostica la amebiasis hay que decir que la invasión amebiana induce la formación inmediata de anticuerpos específicos por parte del hospedador pero sin que se desarrolle una protección inmunitaria eficaz lo que favorece la reinfestación pero, al mismo tiempo, ayuda a su diagnóstico mediante análisis de sangre. También se puede diagnosticar mediante el examen de las heces o con una biopsia del duodeno.

3) Plasmodium.

Es el parásito unicelular que ocasiona la infección de los glóbulos rojos que se conoce como paludismo o malaria. Esta enfermedad parasitaria –la de mayor incidencia del mundo pues cada año se diagnostican entre 300 y 500 millones de nuevos casos- se transmite a través de la picadura de la hembra infectada del mosquito Anopheles, por una transfusión de sangre contaminada o por una inyección con una aguja previamente utilizada en una persona infectada. “Actualmente su área geográfica de distribución -cuenta la profesora Quero- afecta a más de 90 países tropicales de África, India, Asia, América y Europa mediterránea”. Cabe recordar, a este respecto, que durante la primera mitad del siglo XX la malaria era endémica en zonas pantanosas de España como el delta del Ebro, el del Llobregat o las marismas del Guadalquivir. Sólo las mejoras de las condiciones higiénicas, el mayor control alimentario y la canalización de las aguas fecales contribuiría a su casi erradicación en nuestro país.

En cuanto al ciclo vital de este parásito comienza cuando un mosquito hembra pica a una persona infectada, succiona la sangre que contiene los parásitos y los deposita en otra persona mediante una picadura. Una vez en su nuevo hospedador los parásitos se alojan en el hígado donde se multiplican y maduran. Luego abandonan el hígado e invaden los glóbulos rojos en los que se vuelven a multiplicar provocando que, finalmente, se rompan facilitando la liberación a la sangre de más parásitos que invaden otros glóbulos rojos produciendo fiebre alta.

Lo común es que los síntomas se manifiesten entre 10 y 30 días después de la picadura del mosquito y que primero aparezcan fiebre leve e intermitente, dolor de cabeza y muscular junto con escalofríos y malestar general lo que hace pensar en una simple gripe. Los síntomas subsiguientes y su gravedad dependen de la especie concreta de parásito plasmodium que esté infectando a la persona pero, según añade la profesora Quero, “en todas ellas el parásito produce cambios en los eritrocitos y alteraciones en los capilares de los órganos que dejan sin riego afectando al cerebro, hígado, riñón y bazo”. Así, por ejemplo, en el paludismo causado por el plasmodium falciparum puede producirse una alteración de las funciones cerebrales que se conoce como malaria cerebral cuyos síntomas son fiebre alta (al menos 40º C), intenso dolor de cabeza, vértigo, delirio y confusión. Puede resultar mortal en el 20% de los casos. Sin embargo, en el caso del plasmodium vivax puede haber delirio cuando la fiebre es alta pero si no es así los síntomas cerebrales no son frecuentes. Por otro lado, los síntomas del paludismo por plasmodium vivax, por plasmodium oral y por plasmodium malarie remiten espontáneamente en 10 a 30 días mientras que el plasmodium falciparum es más complejo de tratar.

4) Toxoplasma gondii.

Este parásito unicelular es el responsable de la dolencia conocida como toxoplasmosis y según la profesora Quero “afecta a la tercera parte de la población humana adulta y también a otros mamíferos y aves”. Otros autores hablan incluso de la mitad de la población mundial y establecen como paradigmáticos los casos de Francia -donde el 88% de la población está infectada por el consumo habitual de carne cruda o poco hecha- y de Alemania y Holanda -donde afecta al 80% de los habitantes.

Lo peculiar de este protozoo es que si bien puede afectar a cualquier animal su reproducción tiene lugar sólo en las células que revisten el intestino de los gatos, lugar que abandonan a través de las heces. Para que pueda repetirse el ciclo el toxoplasma tiene que encontrar la forma de volver al interior del gato y, como se mencionó en el texto ya publicado en estas páginas por Juan Carlos Mirre, parece ser que ha encontrado una forma sencilla de hacerlo: a través de un ratón que, contaminado por este parásito, perdería su miedo natural a los gatos y, por tanto, sería presa fácil para cualquier felino. Así el toxoplasma regresaría al intestino del gato para reproducirse y completar su ciclo de vida.

Por lo que respecta a las personas se infectan comiendo alimentos crudos o mal cocidos -procedentes de vacas, ovejas y cerdos- que contengan la forma inactiva (quiste) del parásito o bien tras exponerse a los huevos contenidos en las heces de gato. En este caso la infestación puede producirse por ingerir o inhalar los huevos de toxoplasma que se concentran en la arena del retrete de un gato infectado. De ahí la importancia de lavarse bien las manos y usar mascarilla a la hora de hacer la limpieza del mismo.

Tradicionalmente se ha considerado que en una persona sana el toxoplasma no provoca más que pequeños quistes inofensivos que el sistema inmune controla perfectamente y que sólo se producirían complicaciones en caso de que la persona tuviera el sistema inmune deprimido –como en un afectado por Sida- o inexistente -como en el feto durante el embarazo-. Precisamente si una mujer se infecta estando embarazada puede transmitir la infección a su feto que, por tener un sistema inmune inmaduro, puede morir o sufrir graves daños cerebrales. En un gran porcentaje de casos los bebés que sobreviven a la fase intrauterina de la infección y nacen con toxoplasmosis congénita presentan síntomas graves y/o rápidamente mortales -inflamación de los ojos que conduce a ceguera, ictericia grave, facilidad para formar hematomas, convulsiones, cabeza grande o pequeña, retraso mental importante, etc.- o bien no presentan ningún síntoma que sí aparecerá pasados unos meses o unos años.

En el caso de que la toxoplasmosis se adquiera después del nacimiento rara vez producirá síntomas y por lo general se diagnosticará sólo cuando un análisis de sangre revele la presencia de anticuerpos contra el parásito. De presentarse síntomas éstos dependerán de qué forma tome la infección por toxoplasma. Así, en el caso de la toxoplasmosis linfática leve puede provocar agrandamiento de los ganglios linfáticos del cuello y las axilas, sensación de malestar, dolor muscular y fiebre baja además de anemia leve, presión arterial baja, valores reducidos de glóbulos blancos, mayor número de linfocitos en la sangre y resultados ligeramente anormales en las pruebas hepáticas. Si se trata de toxoplasmosis crónica produce inflamación dentro del ojo mientras que la diseminada aguda provoca erupción cutánea, fiebre alta, escalofríos y agotamiento extremo. Cuando además la persona presenta un sistema inmune deficiente la infección puede causar inflamación del cerebro y las membranas que lo recubren (meningoencefalitis), del hígado (hepatitis), de los pulmones (neumonitis) o del corazón (miocarditis). Si la persona tiene Sida la infección puede extenderse a todo el cuerpo e, incluso, provocar el coma y la muerte.

En los últimos años diferentes investigaciones han establecido además la relación ente el toxoplasma gondii y la esquizofrenia. De hecho ya en el año 2003 los doctores E. F. Torrey -del Stanley Medical Research Institute de Bethesda (EEUU)- y R. H. Yolken -investigador y neurobiólogo del John Hopkins University Medical Center de Baltimore (EEUU)- completaron un extenso estudio epidemiológico que establecía la conexión entre las infecciones del toxoplasma y algunos casos de esquizofrenia. Para realizarlo recopilaron numerosos casos descritos en la literatura médica de todo el mundo basados tanto en cultivos celulares como en autopsias de pacientes esquizofrénicos demostrando que este parásito afecta especialmente a las células de la glía cerebral así como a varios neurotransmisores. Y para confirmar esa relación entre toxoplasmosis y esquizofrenia Torrey y Yolken hicieron ensayos clínicos que revelaban que algunas de las drogas que se utilizan en el tratamiento de la esquizofrenia también impiden el desarrollo del parásito. Posteriormente, en este mismo año 2008, el propio doctor Yolken, en colaboración esta vez con investigadores del Instituto de Investigación del Ejército Walter Reeds, ha publicado en The American Journal of Psychiatry los resultados de un estudio epidemiológico por el que encontraron que las personas expuestas al toxoplasma tienen un riesgo un 24% mayor de desarrollar esquizofrenia que las que no están infectadas. Según Yolken “nuestros hallazgos revelan la asociación más potente que hemos visto hasta ahora entre la infección con un parásito tan común y el subsiguiente desarrollo de la esquizofrenia. Hasta ahora lo único que podíamos decir es que algunas personas que tenían esquizofrenia también habían sido infectadas con toxoplasmaen algún momento pero no podíamos precisar qué ocurría primero. Con este estudio pudimos mostrar que la infección fue primero”. Yolken aclararía luego que la mayoría de las personas infectadas con este parásito no desarrollan esquizofrenia, sólo las personas con predisposición genética. Algo que, en todo caso, debería tenerse más en cuenta a la hora de diagnosticar y tratar dicha dolencia.

 5) Cryptosporidium sp.

Es la tercera causa de parasitosis intestinal tanto en países desarrollados como en vías de desarrollo y provoca una enfermedad llamada criptosporidiosis. Su transmisión puede tener lugar a través del agua y el hielo –al echarlo a una bebida-, al bañarse en piscinas, estanques, etc., por alimentos contaminados o por vía fecal-oral a partir de las heces de personas o animales ya infectados. En la actualidad se han descrito trece especies diferentes y numerosos subtipos pero los que con mayor frecuencia afectan a los humanos son el cryptosporidium parvum y el crystosporidium homis. Se sabe que se replican en el interior de las vellosidades que recubren el tubo digestivo y que su prevalencia ha aumentado en relación a casos de inmunodeficiencias congénitas o adquiridas tras procesos virales, medicamentosos o idiopáticos.

Las criptosporidiosis pueden no presentar síntomas o bien provocar sintomatología intestinal (gastroenteritis con deposiciones acuosas, dolor abdominal y, a veces, náuseas, vómitos y fiebre que en personas sanas raramente duran más de 10 días) o extraintestinal (más frecuente en personas inmunodeprimidas suelen consistir en hepatitis, colecistitis, artritis reactivas y síntomas respiratorios). En enfermos de Sida, en pacientes oncológicos en tratamiento con quimioterapia, en trasplantados o en personas que estén tomando inmunosupresores puede incluso llegar a producir la muerte. Y en diabéticos, alcohólicos o embarazadas ocasionar complicaciones importantes.

Cabe añadir que además de los mencionados existen otros protozoos que afectan a millones de personas en todo el mundo. Por razones de espacio mencionaremos únicamente el tryponosoma brucei -que provoca la enfermedad del sueño, mortal en un buen número de casos- y el blastocystis hominis -que generalmente provoca malestar abdominal, anorexia, distensión abdominal, cólico y diarrea alternada con estreñimiento y que es el tercer parásito más común en España tras la giardia lamblia y el enterobius vermicularis.

LOS HELMINTOS O GUSANOS

Este tipo de parásitos –entre los que se distinguen nematodos, cestodos y trematodos– suelen acceder al hospedador a través de la boca o de la piel y una vez en el intestino lo colonizan. Una vez allí pueden atravesar la pared intestinal e infectar otros órganos. Por lo que respecta a su diagnóstico lo común es que se realice cuando –tras los indicios que proporcionan los síntomas- se realiza un examen exhaustivo y durante varios días de las heces del afectado y se encuentran huevos, larvas o fragmentos de estos gusanos parasitarios de lo que incluimos ejemplos de las tres especies.

A) Nematodos.

Los nematodos (de nemas, hilo, y oedes, similar, parecido) son gusanos cilíndricos y alargados que suelen habitar en un único hospedador aunque también sus larvas pueden pasar de un hospedador a otro directamente o mediante la ingesta de huevos eliminados a través de las heces, orina, esputo o piel. Los que con más frecuencia parasitan al hombre son:

1) Ascaris lumbricoides.

Es el parásito nematodo más grande y más común de cuantos infestan al ser humano y produce cada año en todo el mundo 100 millones de nuevos casos de ascariasis o ascaridiasis (se calcula que ya la padecen más de 1.500 millones de personas) aunque con mayor frecuencia elige como hospedador a niños que viven en zonas cálidas con deficientes condiciones sanitarias.

El ciclo vital del parásito comienza cuando sus huevos –de los que la hembra puede poner hasta 250.000 al día- llegan a la tierra por medio de las heces de una persona afectada. Como en los procesos anteriores esos huevecillos acaban llegando de nuevo al interior del cuerpo y, en este caso, se desarrollan en el intestino delgado donde se alimentan de la comida a medio ingerir que llega a la zona intestinal. Una vez que han madurado las larvas migran por la pared del intestino y son transportadas por los vasos linfáticos y el flujo sanguíneo al hígado, de ahí al corazón y después a los alvéolos pulmonares desde donde ascienden por el tracto respiratorio y son tragadas por deglución del esputo. De esta forma una larva madura vuelve a llegar al intestino delgado donde, ahora sí, permanecerá como gusano adulto entre 9 meses y 1 año pudiendo alcanzar entre 15 y 50 centímetros de largo y entre 2,5 y 5 milímetros de diámetro.

En cuanto a la clínica cabe decir que las personas con ascariasis pueden no presentar síntomas o éstos ser leves y muy variables. Sólo en raras ocasiones –dependiendo de la cantidad de lombrices- se producirían complicaciones graves. Claro que estas complicaciones no serían tan raras si tenemos en cuenta que, por ejemplo, la doctora Clark considera que los áscaris son los verdaderos causantes de dolencias como el asma, el alzheimer, la fibromialgia, los ezcemas o la epilepsia. También los relaciona con el cáncer, la varicela, las paperas, los herpes 1 y 2, la fiebre aftosa y la psoriasis pues dichas lombrices contienen los virus, bacterias u oncovirus que causarían las mencionadas dolencias.

Lo que sí está admitido por la inmensa mayoría de los parasitólogos es que la migración de las larvas de este parásito a través de los pulmones puede provocar reacciones alérgicas -como la llamada neumonitis ascaridiana-, fiebre, expectoración mucosa, tos y respiración jadeante. Ya en la fase digestiva una infección intestinal grave causaría anemia, retortijones abdominales, náusea, vómitos, síndrome diarreico intermitente (síntomas que hacen que se confunda una infestación por lombrices con una úlcera péptica) y obstrucción intestinal cuando varias lombrices se reúnen en un lugar fijo del intestino. Los áscaris de alrededor de 20 centímetros -según cuenta José Miguel Rubio- pueden bloquear incluso el canal del colédoco y causar una colecistitis u obstruir el conducto de Wirsung y causar una pancreatitis aguda. En los niños las lombrices pueden invadir el hígado, la cavidad peritoneal y el apéndice produciendo su muerte. También pueden llegar a la glotis y producir asfixia así como invadir las vías respiratorias (provocando inflamaciones pulmonares), el corazón o el aparato genitourinario y provocar hemorragias importantes además de intranquilidad, alteración del sueño y debilidad general.

2) Ancylostoma duodenale y Necator americanus.

Son los dos parásitos nematodos conocidos como anquilostomas y producen la anquilostomiasis, enfermedad que afecta a alrededor de una cuarta parte de la población mundial (con 600 millones de nuevos casos al año), especialmente a la que vive en zonas cálidas y húmedas con condiciones sanitarias deficientes del Mediterráneo, India, China y Japón.

El ciclo comienza cuando una hembra adulta pone miles de huevos que salen con las heces humanas y contaminan la tierra. Pocos días después nacen las larvas que normalmente entran en el organismo del hombre a través de la piel de los pies descalzos. Una vez en el interior del cuerpo estas larvas utilizan los vasos linfáticos y sanguíneos para llegar al corazón y después a los pulmones desde donde suben por el tracto respiratorio y son deglutidas de nuevo. Así, una semana después de haber entrado en el cuerpo llegan al tracto digestivo y se pegan a la pared del intestino delgado para nutrirse, desarrollarse y multiplicarse.

En cuanto a los síntomas, en el punto en el que las larvas atraviesan la piel puede formarse una erupción cutánea que produce mucha picazón y que ayuda al diagnóstico de la infestación. Por otro lado, la migración de las larvas a través de los pulmones provoca en ciertas ocasiones edemas, alergias, fiebre, tos y respiración jadeante. Cuando los gusanos son adultos pueden producir diarrea y estreñimiento alternados así como dolor en la parte superior del abdomen además de un sangrado intestinal que, de mantenerse en el tiempo, podría conducir a una anemia por deficiencia de hierro y a bajos valores de proteína en sangre. Asimismo muerden y causan hemorragias y necrosis en la pared intestinal. En los niños la pérdida crónica de sangre puede generar retraso en el crecimiento y en las facultades intelectuales, insuficiencia cardiaca y tumefacción generalizada en los tejidos. Por otro lado, la doctora Clark afirma que el ancylostoma, junto con las bacterias mycobacterium phlei y shigella, está detrás de muchos casos de esquizofrenia y que por sí mismo es responsable de muchas colitis ulcerosas y anemias. En los países subdesarrollados a este parásito se le relaciona con un gran número de partos con feto muerto.

3) Enterobius vermicularis.

Provoca la infección intestinal conocida como oxiuriasis o enterobiasis de la que se registran cada año unos 200 millones de nuevos casos en todo el mundo, la mayoría de los cuales son niños. De hecho según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) es, tras las ascaridiasis, la enfermedad parasitaria que afecta a mayor número de personas con 1.200 millones de infectados en todo el planeta. En España, por ejemplo, es la segunda parasitación más frecuente y se calcula que llega a afectar al 30% de los niños en algún momento de su etapa escolar. Según explica la profesora Quero estos parásitos viven en el ciego, el apéndice y regiones próximas a los intestinos pero también pueden congregarse en la vulva, el útero o las trompas de Falopio. “La hembra grávida –explica Quero- emigra (sobre todo por la noche) hacia el recto y, atravesando el esfínter anal, deposita más de 15.000 huevos en la zona del periné. La hembra pica con su estilete y produce un prurito en la zona perianal que induce al rascado quedando los huevecillos en las uñas que posteriormente pueden llegar a la boca”. De esa forma los nuevos embriones se vuelven a instalar en el propio hospedador o pasan a otro. Pero además de la transmisión fecal-oral o por autoinfestación la infección también puede producirse por ingesta de alimentos, aguas o tierras contaminadas.

Por otro lado, la oxiuriasis suele ser asintomática. Si presenta síntomas no pasan de prurito anal o perianal, dolores abdominales, abdomen hinchado, diarrea, vómitos o heces mucosas. También pueden aparecer alteraciones del sueño, irritabilidad o terrores nocturnos además de hambre desmesurada (porque el gusano consume nuestros alimentos y reduce drásticamente las sustancias nutritivas que llegan al organismo) y apatía generalizada. La doctora Clark, además, relaciona este parásito con los dolores menstruales y la apendicitis.

Otros ejemplos de gusanos nematodos que parasitan al hombre son:

-La trichinella spiralis. Ocasiona la llamada triquinosis que es potencialmente mortal para el hombre y que llega al tracto digestivo humano por la ingesta de carne de cerdo o de jabalí infectados.

-El strongyloides. Según Hulda Clark produce migrañas además de iniciar procesos cancerosos y suele encontrarse en los centros de adicción del cerebro. Para Clark el inicio del cáncer siempre depende de la presencia conjunta en el organismo de los parásitos strongyloides en el hipotálamo, de los parásitos clonorchis sinensis (un trematodo del pescado que para la doctora también es el responsable de la hepatitis B) en la pituitaria y del trematodo eurytrema pancreático (parásito del ganado vacuno que, además, porta oncovirus) en el páncreas.

-Las filarias. Son gusanos largos y finos como cabellos que según la doctora Clark están presentes en todos los casos de linfomas Hodgkin y no Hodgkin así como en todas las patologías cardiacas, arritmias y casos de venas varicosas.

-El anisakis simplex. Sus larvas viven en el conducto digestivo de meros, arenques, salmones, sardinas, boquerones, merluzas, bacalaos, jureles, caballas o calamares, entre otras especies marinas, especialmente las que viven en aguas frías o muy frías y el pescado azul. Al ingerir pescados parasitados las larvas llegan al hombre y provocan la anisakiasis que tiene diferentes manifestaciones clínicas dependiendo de la zona del tubo digestivo donde se instalen las larvas. Los síntomas suelen ser gástricos (vómitos, náuseas, dolores estomacales, alteraciones del ritmo intestinal, etc.) o alérgicos (las reacciones de este tipo suelen ser inmediatas tras ingerir el parásito). En Japón se contabilizan el 95% de los casos que se producen en todo el mundo por su afición a comer pescado crudo. Para evitar la parasitación lo más conveniente es consumir estos pescado debidamente cocinados ya que las larvas de anisakis son sensibles al calor.

B) Cestodos.

Los cestodos –como explica José Miguel Rubio- son gusanos planos, segmentados y monoicos (hermafroditas) cuyas larvas se encuentran en tejidos de vertebrados e invertebrados y que en su forma adulta ocupan el tubo digestivo de los vertebrados. El hombre puede actuar como hospedador definitivo (taenia saginata) o intermediario (taenia solium). En el primer caso los cestodos se fijan en la pared intestinal mientras que en el segundo las larvas pueden localizarse en el hígado, los pulmones, los músculos, los ojos, etc.

En cuanto a la taenia saginata (o de la vaca) es el parásito cestodo conocido como tenia o solitaria y produce la enfermedad intestinal denominada teniasis mientras que la taenia solium (o del cerdo) produce cisticercosis. La infección por cestodos bovinos es particularmente frecuente en África, Oriente Medio, Europa Oriental, México y Sudamérica mientras que la ocasionada por cestodos porcinos es más común en Asia, países ex soviéticos, Europa Oriental e Iberoamérica. Esta última infección es muy poco frecuente en los países desarrollados excepto entre los inmigrantes y turistas provenientes de zonas de alto riesgo.

En el caso de la taenia saginata el gusano adulto vive en el intestino delgado humano y puede llegar a medir ¡entre 5 y 10 metros de largo! Las secciones de este cestodo que contienen los huevos se eliminan por las heces y son ingeridas por el ganado vacuno. Los huevos maduran en su tracto digestivo, atraviesan la pared intestinal, son transportados por el flujo sanguíneo hasta los músculos donde se forman quistes que son los que infectan a las personas cuando comen carne de vaca cruda o poco hecha. Una vez en el cuerpo humano las larvas se desarrollan y se pegan a las paredes intestinales chupando sangre y nutrientes.

Por lo que respecta a la tenia de cerdo los huevos llegan al estómago humano y de ahí pasan al intestino. Una vez abiertos los embriones atraviesan la pared intestinal y llegan a los músculos, órganos internos, cerebro y tejido subcutáneo en los que forman quistes. Cuando los quistes se forman en el corazón, los ojos o el cerebro las consecuencias son muy graves.

Las infecciones por tenias en adultos pueden no producir síntomas o bien acompañarse de nerviosismo, problemas para conciliar el sueño, falta de apetito, pérdida de peso, vértigo, dolores abdominales, náuseas y trastornos digestivos leves. Los médicos suelen diagnosticar muchos casos de teniasis como hipoglucemias o diabetes.

Por lo general el diagnóstico se produce cuando se encuentran trozos o huevos del gusano alrededor del ano o en las heces aunque en los estadios iniciales de la infección puede detectarse incluso en sangre. En cuanto a los quistes localizados en tejidos como el cerebral se visualizan mejor mediante una tomografía computadorizada (TC) o una resonancia magnética (RM).

Cabe añadir que para evitar estas infecciones bastaría con cocinar de forma adecuada y suficiente las carnes de vaca y cerdo.

C) Trematodos.

José Miguel Rubio nos dice que son gusanos hermafroditas (salvo el llamado schistosoma) a los que también se conoce como duelas. Son planos o con forma de hoja y miden desde unos milímetros hasta varios centímetros. Constan de una ventosa bucal y otra ventral con las que se fijan a los tejidos. Suelen llegar al hombre principalmente con el pescado y crustáceos crudos o escasamente cocinados así como con vegetales y otros alimentos. Normalmente habitan en el intestino (como el parásito fasciolopsis buski, que para la doctora Hulda Clark está presente en todos los cánceres además de ser portador de oncovirus y del VIH y estar involucrado en la esclerosis múltiple, al alzheimer, la enfermedad de Crohn o la endometriosis, entre otras dolencias), en el hígado y los conductos biliares (tal es el caso de la llamada fasciola hepática que la mencionada doctora relaciona con la esclerosis múltiple, el linfoma no-Hodgkin o las alergias y el clonorchis sinensis, trematodo del pescado que Clark ha encontrado en numerosos casos de cáncer, alergias y hepatitis B), en los tejidos (como el paragonimus westermani que se aloja en el tejido pulmonar) y en la sangre (existen varias duelas sanguíneas; una de ellas es el schistosoma spp que ocupa los vasos sanguíneos de diferentes zonas del cuerpo).

Otro trematodo responsable de enfermedades humanas es el eurytrema pancreático que llega a nosotros procedente del ganado vacuno y que, según Clark, está presente en muchos casos de cáncer y en el 100% de los páncreas de las personas afectadas por diabetes tanto tipo I como tipo II.

Bien, pues todos los trematodos tienen un ciclo vital parecido que la profesora Quero explica así: “Los adultos viven en el interior de sus hospedadores definitivos donde ponen huevos que salen al exterior por las heces, la orina o el esputo dependiendo del lugar que ocupe la duela en el humano. Cuando estos huevos llegan al agua eclosionan y dan lugar a una larva que busca un hospedador intermediario (en este caso, un caracol de agua dulce) donde pasa por distintas fases en su desarrollo larvario. Posteriormente abandonan al caracol y pasan a un segundo huésped intermediario que puede ser un pez o un crustáceo. Cuando el hombre consume peces o crustáceos que contengan larvas de duelas el parásito llega al estómago y después migra al órgano adecuado donde se desarrolla el trematodo adulto”.

Y dentro de estos helmintos existe un grupo singular conocido como duelas de la sangre o schistosomas que dan lugar a enfermedades conocidas como bilarziasis o esquistosomiasis y que se estima que afectan a cientos de millones de personas en todo el mundo en sus distintas especies (schistosoma haematobium, schistosoma mansoni o schistosoma japonicum). De hecho se considera a la esquistosomiasis la segunda enfermedad parasitaria que causa mayor mortalidad en todo el mundo con más de 200 millones de fallecidos cada año, cifra que sólo supera la malaria.

En cuanto a su ciclo vital, tal y como explica Ana Quero, los huevos de este parásito que llegan al agua tras ser expulsados por la orina o las heces humanas buscan al caracol adecuado en el que completar su ciclo larvario. Hecho esto salen del caracol y buscan activamente a su hospedador definitivo que es el hombre y otros mamíferos que se lavan, bañan o beben en las aguas en las que vive el caracol. Las larvas del schistosoma perforan la piel desnuda y el tejido subcutáneo del hospedador y pasan al torrente sanguíneo donde a través del corazón llegan a los pulmones. Allí permanecen 15 días tras los cuales pasan al sistema porta-hepático donde alcanzan la madurez y se reproducen.

En el caso del schistosoma haematobium su destino definitivo son los vasos sanguíneos de la vejiga por lo que en el hombre producen sobre todo trastornos urinarios (micción frecuente y dolorosa, presencia de sangre en la orina, etc.) pero también graves lesiones en la vejiga y los riñones. En cuanto al schistosoma mansoni presenta un cuadro clínico semejante a la disentería (dolor abdominal, diarrea, etc.); cuadro que cuando es agudo y se acompaña de fiebre alta puede ser rápidamente mortal. Otras veces se hace crónico y entonces se producen esplacnomegalia y cirrosis. Por otra parte, el schistosoma japonicum produce la más grave de las bilarziosis llamada enfermedad de Katayama, con fiebre, disentería y una esplacnomegalia que acaba desencadenando una cirrosis mortal.

Además en el punto en el que el parásito perfora la piel suele producirse una dermatitis o “sarna de los nadadores” que puede contribuir al diagnóstico de la parasitación. A este diagnóstico se llegará mediante la evaluación de la sintomatología y por el examen de los huevos en las heces o en la orina del paciente. También se puede hacer una biopsia del tejido que se sospeche pueda estar infectado o un análisis de sangre para detectar anticuerpos.

LOS ARTRÓPODOS

Normalmente viven fuera del organismo en distintas partes del cuerpo humano pero, sobre todo, en aquellas que por estar cubiertas de pelo les permiten una protección mayor. Entre ellos destacan los siguientes:

Ácaros. Como el sarcoptes scabei, responsable de la sarna y que excava galerías bajo la piel produciendo un intenso prurito y descamación por las reacciones alérgicas inducidas. O como el dermatophagoides pteronyssinus que se asocia a otros agentes causantes de la dermatitis humana.

Garrapatas. Como las Ixodes ricinus o Dermacentor que pueden ser propagadoras de la llamada Enfermedad de Lyme que afecta a las articulaciones y al sistema nervioso.

Chinches. Como el Cimex lectularius que durante la noche succiona la sangre al durmiente escondiéndose durante el día en lugares protegidos.

Piojos. Tanto de la cabeza (pediculus humanus capitis) como del cuerpo (pediculus humanus corporis) y del vello púbico o ladillas (phthirius pubis) que chupan la sangre de su hospedador y/o provocan un picor intenso en su zona de instalación.

Pulgas. Como las ctenocephalides canis, C. Felix, Pulex irritans, etc., que al ocupar diferentes hospedadores animales pueden ser vectores de enfermedades graves como la peste negra o la bubónica.

¿Y CÓMO ELIMINARLOS?

Terminamos aquí el repaso de las principales especies parasitarias que colonizan al ser humano y que, como hemos visto, además de robarnos nutrientes pueden ser causa de numerosas enfermedades y de introducir en nuestro organismo bacterias, virus y oncovirus que luego generan desechos metabólicos y sustancias tóxicas que a su vez propician estados como la ansiedad, el insomnio, la fatiga, el malestar general, etc. Por tanto, es obvio que procede intentar eliminarlos de nuestro cuerpo cuanto antes, especialmente si tenemos el sistema inmune deprimido por alguna patología previa ya que en estos casos la gravedad de la parasitosis es aún mayor. Y no se trata sólo de librarnos de tan tediosos inquilinos sino también de las sustancias nocivas que dejan. Pero de todo ello nos ocuparemos ampliamente en el próximo número.

L. J.

Recuadro:


Medidas generales de prevención

En muchos casos de parasitación tener acceso a agua limpia y mantener unas mínimas condiciones higiénicas resulta mucho más eficaz que cualquier fármaco. En todo caso como lo más efectivo sigue siendo prevenir recogemos aquí unas someras recomendaciones para evitar en lo posible molestas infestaciones que pueden llegar a provocar dolencias graves. Son éstas:

-Refuerce habitualmente su sistema inmune mediante alimentos, suplementos, plantas, etc.
-Mantenga la casa limpia y preferiblemente seca.
-Lave exhaustivamente las frutas, verduras y vegetales antes de consumirlos, especialmente si se van a ingerir crudos.
-Lávese bien las manos antes de preparar los alimentos, tras ir al retrete y después de cambiar pañales.
-Cocine suficientemente las carnes y los pescados. Ingerirlos crudos puede ser peligroso hoy día.
-No beba agua de lagos, arroyos o ríos.
-No ingiera alimentos en puestos o establecimientos cuya condición higiénica no esté demasiado clara.
-Cambie las sábanas, toallas, albornoces y paños de cocina con frecuencia.
-No acumule basuras en casa para evitar la aparición de insectos.
-Evite el contacto de manos y pies con barro, lodo, tierra o arena que pudiera estar contaminada por excrementos.
-Limpie minuciosamente los zapatos cuando se le manchen con materia fecal.
-No se meta en la cama sin lavarse los pies si ha caminado descalzo.
-Evite que los niños se toquen la zona anal y perianal.
-Tenga especial cuidado si viaja a países tropicales, subdesarrollados o con deficientes condiciones sanitarias.


Indicios y síntomas

La doctora Kathryn Marsden recoge en su libro Salud para tu estómago (Robinbook, 2005) un listado de posibles síntomas e indicios que pueden ayudarnos a saber si sufrimos algún tipo de infestación por parásitos. Así, menciona los siguientes:

-Abdomen hinchado.
-Alergias.
-Antojo de comer azúcar.
-Apatía.
-Calambres.
-Cansancio.
-Deposiciones con muy mal olor o muy claras y con episodios de estreñimiento.
-Depresión.
-Diarrea.
-Dolor abdominal, de cabeza, articular, lumbar, etc.
-Estreñimiento.
-Febrícula.
-Flato/gases.
-Hambre desmesurada.
-Infecciones frecuentes.
-Mandíbulas apretadas.
-Molestias digestivas.
-Pérdida de apetito, peso o sueño.
-Picor en la nariz, la piel o el ano.
-Piel irritada.
-Rechinar de dientes (sobre todo por la noche).
-Sensibilidades alimentarias.
-Síndrome de colon irritable.
-Sueño discontinuo.
-Uñas quebradizas o con líneas longitudinales muy visibles.

Este reportaje aparece en
108
Septiembre 2008
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