La telefonía móvil puede ser peligrosa

imagen de persona usando móvil

Aunque muchos “expertos” niegan taxativamente la relación entre telefonía móvil y enfermedades como el cáncer la evidencia la dan los miles de personas que enferman y mueren cada año a causa de las radiaciones electromagnéticas. Y es tan grave la situación que cada vez más científicos –a los que las grandes compañías telefónicas no han podido silenciar- exigen a los organismos internacionales que tomen cartas en el asunto para evitar el deterioro de la salud de millones de personas. Ofrecemos al lector datos para que él mismo juzgue. Y no son precisamente tranquilizadores.

A finales de mayo pasado -con más de tres años de retraso sobre lo previsto- se puso en marcha en nuestro país la llamada telefonía UMTS (siglas en inglés de Sistema Universal de Telefonía Móvil) o telefonía de Tercera Generación (3G) que, según sus proveedores, permitirá establecer videoconferencias y conectarse a Internet con una velocidad de transmisión de datos 10 veces superior a la actual. Los expertos mundiales no tardaron en decir que la UMTS será “la nueva gallina de los huevos de oro”. Lo cierto, en cambio, es que incluso antes de nacer ya había generado millones de euros en pérdidas. ¿Y por qué? Pues en parte por problemas técnicos provocados por lagunas de cobertura ya que muchas comunidades de propietarios se están negando a que sobre sus tejados se instale alguna de las 15.000 o 20.000 nuevas antenas que esta tecnología precisa. De ahí que las grandes operadoras de telefonía, ante la posibilidad más que real de un estrepitoso y multimillonario fracaso, contraataquen con campañas cada vez más agresivas que incluyen promesas económicas y ventajas financieras de todo tipo para convencer a las comunidades de vecinos de que cambien de idea. Sin embargo, se encuentran con el problema de que el ciudadano de hoy está familiarizado con términos como “radiación electromagnética”, “ondas de muy baja frecuencia”, “efectos térmicos y no térmicos”, etc., y ha leído sobre la potencial nocividad de esta tecnología. Y ante la duda… no se fía. Y cuanta más información “incontrolada” –incontrolada por los grupos interesados, queremos decir- haya disponible se fiará aún menos. De ahí el empeño de las compañías por silenciar las voces críticas de muchos científicos, investigadoresy medios de comunicación a los que incluso si es necesario intentan desprestigiar.

Sin embargo, es obvio que mientras en torno a las antenas de telefonía móvil aumente de forma anormal el número de enfermedades y ese hecho se repita en numerosas ciudades y países a muchos científicos, empresarios y políticos les va a ser imposible convencer a la opinión pública de que todo se debe a una mera casualidad o a la paranoia de unos pocos ciudadanos. Porque los hechos no dejan de existir porque se silencien, ignoren o manipulen. Y lo decimos desde el convencimiento de que disponemos exactamente de la misma información que aquellos que niegan la nocividad de la telefonía móvil y sus antenas. Infórmese pues el lector, juzgue y decida… pero luego no diga que nadie le advirtió.

EL ORGANISMO TIENE SU PROPIO CAMPO ELECTROMAGNÉTICO

Ante todo debemos entender –y así lo explicamos ya en el nº 38 de la revista- que cada una de las células de un ser vivo posee un campo electromagnético perfectamente definido en el que –valga el símil- la membrana actúa como condensador y las mitocondrias como fuente de alimentación y donde además existen sistemas que desempeñan una labor de conmutación y transmisión como el citoesqueleto. Eso es lo que ocurre a nivel celular. Y lo mismo sucede en cada uno de los tejidos, órganos y sistemas del cuerpodonde existen proteínas que transportan la información a la velocidad de la luz. Es más, el propio ser humano en su conjunto es un campo electromagnético, el más poderoso instrumento de organización y comunicación biológica que existe en la naturaleza.

Bueno, pues cada uno de esos niveles posee su propio espectro característico de ondas electromagnéticas por lo que es necesaria la existencia de interacciones de resonancia entre ellos a fin de mantener un equilibrio dinámico. Un acoplamiento que, si se rompe y no es reequilibrado por el propio organismo, hace sobrevenir la enfermedad.

De ahí precisamente que el ser humano sea tan sensible a cualquier campo electromagnético externo. Hasta el punto de que un simple cambio de parámetros meteorológicos (temperatura, humedad, presión, etc.) es suficiente para desajustarle y poner a prueba sus mecanismos de regulación, defensa y adaptación.

En suma, sabiendo que los seres vivos son sensibles a los estímulos externos es evidente que la cada vez más intensa polución electromagnética –además de otros efectos patológicos valorados y descritos por numerosos investigadores- puede trastornar su medio interno electromagnético natural. Y hoy día de forma excesivamente rápida, tanta como para no permitir que el ser humano pueda adaptarse. Algo que puede inducir en el organismo humano cambios y patogénesis más allá de los efectos negativos que se han podido valorar hasta el momento.

Obviamente, los posibles efectos en el organismo de las ondas artificiales -como la radiación de microondas y las frecuencias extremadamente bajas de la telefonía móvil- dependen de la coherencia, potencia, modulaciones, cercanía a la fuente de emisión, duración de la exposición, tipos de ondas y posibles resonancias así como de las interferencias que se puedan establecer entre esas señales y los procesos y estructuras fisiológicas del organismo.

Aunque el principal peligro de esta invisible -pero real- amenaza es que las distintas frecuencias del espectro electromagnético de los dispositivos que emiten radiación (teléfonos móviles, pantallas de ordenador, líneas de alta tensión, electrodomésticos, etc.) pueden interferir en las frecuencias del organismo de la persona –y de todo ser vivo- tanto a nivel orgánico como celular en virtud del conocido fenómeno de resonancia. Y eso es así porque esos aparatos –entre ellos, los teléfonos móviles- emiten en la misma o muy parecida frecuencia que, por ejemplo, un cerebro o un corazón humanos. Con la diferencia de que lo hacen en frecuencias armónicas, lo que las lleva a interferir las frecuencias naturales.

¿CÓMO FUNCIONA UN TELÉFONO MÓVIL?

Lo primero que hay que tener en cuenta es que el teléfono móvil,  si está encendido, emite radiación de manera permanente, estemos utilizándolo o no. Eso sí, no emite la misma dosis cuando se halla en estado de espera sino que llega a sus máximos picos cuando uno recibe o efectúa una llamada. Se trata de un sistema bidireccional permanente ya que, al tiempo, el aparato es emisor y receptor-amplificador de señales. Lo que se debe tener en cuenta ya que si intentamos hacer uso del teléfono desde el interior de un coche, de un parking o de un edificio la radiación que recibiremos será mayor porque el teléfono necesitará emitir a más potencia para cumplir su función.

El sistema de telefonía móvil más usado hoy en el mundo es el llamado GSM (siglas de Global System for Mobile Communication o Sistema Global para Comunicación Móvil) que trabaja a 900 y 1.800 MHz pero ya ha comenzado a extenderse una nueva tecnología, la UMTS (Universal Mobile Telecommunication System o Sistema Universal de Telecomunicación Móvil) que precisa frecuencias superiores -entre 1.885 y 2.200 MHz- a fin de poder incorporar mayor volumen de información (y es que se trata de una tecnología pensada para transmitir imágenes y enriquecer las prestaciones del teléfono móvil con conexiones a Internet).

En suma, el espectro electromagnético de los teléfonos móviles está compuesto por dos tipos de ondas, algunas de las cuales están en el mismo rango de frecuencias que los sistemas vivos:

1) Lasmicroondas. Son las ondas que portan la señal y su frecuencia está en torno a los 900 MHz en el caso de la tecnología GSM mientras llega hasta 1.800/1.900 MHz en el caso de los aparatos digitales. Y,
2) Las ondas de muy baja o extremadamente baja frecuencia que son las que modulan la señal. En cuanto a la frecuencia de estas ondas en los teléfonos móviles las encontramos de:
a) 2 hertzios. Se usan para evitar la modulación poco confortable para los oídos que provoca el ruido circundante.
b) 8,34 hertzios. Es la frecuencia de emisión de la señal asociada a las condiciones de recepción.
c) 30 a 40 hertzios. En ella emiten distintos elementos electrónicos internos del teléfono móvil.
d) 217 hertzios. Es la modulación de la frecuencia portadora de las microondas utilizadas por los sistemas GSM (hay que decir que en caso de tráfico intenso la frecuencia de 217 Hz desaparece y sólo queda la de 8’34 Hz).

Todo esto es importante porque, como hemos explicado, los organismos vivos son sensibles a las intensidades ultra-bajas de los campos externos ya que sus células, tejidos y órganos se mueven en esa franja electromagnética. El corazón y el cerebro, por ejemplo, entran en resonancia con frecuencias externas similares: el corazón emite a una intensidad de 100.000 femtoTeslas para frecuencias eléctricas de 1 o 2 Hz mientras que la potencia de emisión magnética de un cerebro humano es de 150 femtoTeslas para las frecuencias eléctricas de 0 a 31’5 Hz (hay que recordar que el campo magnético de frecuencia extremadamente baja de una pantalla de televisión es de 250 nanoteslas, que es un millón de veces más grande que el desarrollado por cerebro y corazón).

Es decir, los dramáticos efectos de las radiaciones de frecuencias extremadamente bajas sobre procesos tan importantes como la división celular o la comunicación intercelular se debe a que las que emiten los teléfonos móviles (8’34 Hz y 2 Hz) coinciden en el mismo espectro. Así lo refleja cualquier electroencefalograma ya que las ondas cerebrales theta, delta y alfa están entre los 0 y 12 Hz. Y esa es la razón de que esta clase de radiación afecte a la actividad eléctrica y electroquímica del cerebro así como a la permeabilidad de la barrera hemática del mismo a la par que degrada el sistema inmunitario.

INVESTIGACIONES OFICIALES Y RESULTADOS “DISIDENTES”

Ya en los números de febrero y abril de 2002 de Discovery DSALUD dábamos cuenta al lector de numerosos estudios que afirman que la telefonía móvil tiene más efectos que los aceptados por quienes dicen representar a la “comunidad científica” aunque en general no son más que investigadores condicionados a los que la industria “financia” sus investigaciones para que transmitan a la sociedad sólo lo que les interesa. Eso cuando no se les pide, lisa y llanamente, que mientan. Es el poder del dinero.

Frente a ellos, los científicos realmente independientes –a los que la industria califica de “disidentes” para dar la falsa sensación de que son un grupo minoritario- recuerdan que además de los efectos térmicos provocados por un teléfono móvil se producen otros no térmicos, no tan visibles y difíciles de cuantificar, que también pueden estar provocando graves problemas de salud, cáncer incluido. Efectos no térmicos que se deberían -como ya hemos adelantado- a que buena parte de las ondas que emite un teléfono móvil están en el mismo rango de frecuencias en el que funcionan las células de nuestro cuerpo y por un simple efecto de biorresonancia pueden alterar su normal funcionamiento eléctrico. El trabajo de Darius Leyzczinsky en la prestigiosa revista Differentiation demuestra cómo la emisión GSM dentro de los límites del actual teléfono celular sin elevación de temperatura conlleva un aumento de marcadores tumorales. El epidemiólogo sueco Lennart Hardell, por su parte, encontró que hay una mayor presencia de tumores cerebrales tanto entre los usuarios de los antiguos teléfonos analógicos como del teléfono fijo inalámbrico.

Pues bien, en la aceptación o no del efecto nocivo de esos efectos no térmicos –o atérmicos- es donde realmente hay hoy mayor enfrentamiento. Los científicos oficialistas afirman que no hay “evidencias científicas” de los mismos. Y esa afirmación ha llevado a los gobiernos a establecer las actuales leyes y los límites de emisión. Los científicos independientes, aportando pruebas, aseguran sin embargo que hay que rebajar de inmediato esos límites porque pueden producir evidentes y graves daños a la población. ¿El resultado? Que los gobiernos, enormemente presionados por la industria, han optado por asegurar la productividad del lucrativo sector de la telefonía móvil antes que tomar medidas cautelares y resguardar preventivamente la salud de los ciudadanos. De ahí también que cada vez más colectivos –científicos, profesionales, vecinales, etc.- alcen su voz para pedir que se hagan nuevas investigaciones realmente independientes, se revisen de nuevo los límites y exijan que esta vez se tengan en cuenta los efectos no térmicos de la radiación provocada por los aparatos y las antenas de telefonía móvil. No en vano son ya millares los estudios científicos que existen sobre los efectos adversos de esta tecnología sobre los organismos vivos (vea el lector el recuadro adjunto).

INVESTIGACIONES EN ESPAÑOL

Hay que añadir que algunas de las investigaciones científicas advirtiendo de la peligrosidad de la telefonía móvil se escriben en español. Y entre ellas destaca un nombre: el del doctor Claudio Gómez-Perretta, doctor en Medicina, licenciado en Químicas y Jefe de Sección del Centro de Investigación del Hospital Universitario La Fe de Valencia quien se ha mostrado especialmente combativo con la pasividad –cabría decir negligencia- de las autoridades en el asunto de la nocividad de la telefonía móvil. Si el lector teclea este nombre en cualquier buscador de Internet encontrará cientos de referencias a documentos firmados por él. Y en ellos se pueden leer afirmaciones como ésta: “Entre los mecanismos biológicos que pueden verse afectados por las radiaciones electromagnéticas destacan, entre otros, el papel que juega la glándula pineal y su hormona -la melatonina- que parece disminuir su secreción nocturna por la acción de esas radiaciones. Esta disminución de secreción nocturna favorece la acción nefasta de los radicales libres y la aparición de tumores probablemente por una menor actividad del gen antitumoral. La disminución de melatonina puede producir, como mecanismo compensador, un descenso de serotonina y, de esta forma, aumentar el riesgo de aparición de depresión”.

El doctor Gómez-Perretta no duda en denunciar además que “a pesar de todo, las compañías -que proveen servicios de telefonía móvil- y algunos gobiernos argumentan que no hay motivos suficientes para temer que las radiofrecuencias y las radiaciones electromagnéticas sean perjudiciales a niveles inferiores al de la producción de efecto térmico en el organismo, ignorando o no dando validez a los trabajos que asocian alteración o incluso daño celular con la exposición a una baja intensidad de microondas. Además, la industria -y, por desgracia, algunos centros públicos- emiten constantemente comunicados que tachan incluso de irracionales o alarmistas las noticias que alertan de la necesidad de tomar adecuadas medidas de precaución”. Y va aún más allá en su denuncia abierta: “Parece incluso que se intenta más no dañar los intereses económicos de las empresas proveedoras que proteger la salud de los ciudadanos”. Y concluye: “De acuerdo con la literatura científica actual es difícil establecer un nivel de inocuidad y, por tanto, las recomendaciones de la mayoría de los gobiernos de la Unión Europea que basan sus criterios en la creencia de que sólo existen los efectos térmicos deben ser reconsideradas a la vista de las decenas de trabajos que describen daño celular asociado a los efectos no térmicos implícitos en la exposición a estas radiofrecuencias”.

También en Internet se puede encontrar otro documento firmado por Gómez-Perretta que tampoco tiene desperdicio. Se trata de las alegaciones que él mismo, junto a Manuel Portolés (doctor en Ciencias Biológicas y Facultativo en Biología y Patología Celular del Centro de Investigación del Hospital Universitario La Fe de Valencia), Enrique Navarro y Joaquín Navasquillo (ambos doctores en Físicas y profesores titulares del Departamento de Física Aplicada de la Universidad de Valencia) hicieron al Proyecto de Real Decreto por el que se aprobaba el “Reglamento de Desarrollo de la Ley 11/1998, de 24 de abril, General de Telecomunicaciones, en lo relativo a las servidumbres, a los límites de exposición y otras restricciones a las emisiones radioeléctricas”.

Es esas alegaciones conjuntas los cuatro investigadores afirman: “Los efectos biológicos de las radiofrecuencias (tecnología con la trabaja la telefonía móvil) para valores de exposición inferiores a 2,9 µW/cm2 incluyen en humanos alteraciones en el transporte de calcio, aumento de la actividad ornitindecarboxilasa –marcador de síntesis, crecimiento y diferenciación celular- y cambios en el electroencefalograma. Estas evidencias fueron suficientes para que en 1995 la Corte Suprema de Nueva Zelanda decidiera colocar como límite máximo para la exposición humana a las radiofrecuencias emitidas mediante telefonía GSM un límite máximo de 2 µW/cm2. Y más adelante se puede leer: “Los resultados incluyen desde roturas en el ADN y presencia de aberraciones cromosómicas a incrementos en la actividad oncogénica, reducción de la secreción de melatonina, alteración de la actividad cerebral y presión sanguínea e incremento del cáncer de cerebro”.

La revisión de la literatura de Gómez-Perretta, Portolés, Navarro y Navasquillo incluye la referencia una treintena de estudios –hoy existen más- que encontraron daños ocasionados por la telefonía móvil tanto en animales como en humanos. Suponemos que declaraciones de este tipo fueron las que propiciaron que la investigación de este equipo intentara ser cancelada por la Consejería de Sanidad de la Comunidad Valenciana -incluso con amenazas de sanción grave- aunque afortunadamente sin éxito porque se mantuvieron firmes y contaron con el apoyo internacional de destacados miembros de la comunidad científica. Se abortaría así un nuevo intento de que el interés general se subordinara al particular de las multinacionales del sector.

Cabe añadir que el grupo formado por Gómez-Perretta, Navarro y Portolés ha sido el primero en publicar en una revista especializada como Electromagnetic, Medicine and Biology la relación entre exposición a radiofrecuencias -especialmente de estaciones base de GSM- y conocidos síntomas del llamado Síndrome de las microondas descrito recientemente por Johnson-Liakouris en la prestigiosa revista Arhcives of Enviromental Health.

Es incomprensible pues –por no utilizar un adjetivo más duro- que mientras la presencia de estos investigadores es constantemente reclamada desde hace años en congresos y reuniones –tanto nacionales como internacionales- para exponer las conclusiones de sus trabajos… en la “comisión de expertos” del Ministerio de Sanidad y Consumo no se les quiera ni escuchar. Y eso que han sido autores de numerosas revisiones. Pueden encontrarse en Internet, por ejemplo, trabajos suyos sobre los potenciales efectos de la telefonía móvil en la glándula pineal y su principal hormona, la melatonina. Trabajos en los que se pone de manifiesto que las radiaciones parecen disminuir su secreción nocturna y ello favorecer tanto la acción nefasta de los radicales libres como la aparición de tumores, probablemente debido a una menor actividad del gen antitumoral. Según explican, la disminución de melatonina puede producir además, como mecanismo compensador, un descenso de serotonina y, de esta forma, aumentar el riesgo de aparición de depresión.

Quienes intentan en ese asunto poner puertas al campo” no parecen haberse dado cuenta aún de que –afortunadamente- existen ya otros foros donde los científicos independientes pueden hacer públicos los resultados de sus investigaciones para que el juicio lo haga el ciudadano informado. Uno de ellos es, como ya se ha dicho, la red. En ella se pueden encontrar varios textos del doctor Portolés pero es uno de ellos el que nos ha llamado especialmente la atención por su claridad y contundencia. Reproducimos aquí parte de su contenido: “El Estado y destacados ingenieros de varias universidades politécnicas –muchos de ellos receptores de ayudas económicas de las operadoras- obvian e ignoran los efectos no térmicos de estas microondas, quizás porque no los entiendan a pesar de que inciden sobre su propia biología”. También explica que “con el desarrollo de la telefonía UMTS de tercera ‘degeneración’ la temperatura de nuestro apreciado ‘órgano de mando’ estará en jaque: meninges, nervio óptico e hipotálamo serán las posibles dianas de esta radiación de microondas”.

Además recuerda el doctor Portolés que “in vivo”, los efectos no térmicos de la exposición a microondas a frecuencias GSM que se han podido ya contrastar incluyen alteraciones en el sistema inmune, depresión, disminución de la secreción de melatonina, aumento de la mortalidad de embriones de pollo, aumento de la permeabilidad de la barrera hematoencefálica, alteraciones neuroquímicas, aumentos de linfomas en ratones e, incluso, roturas en el ADN. “La Biomedicina –continúa el doctor Portolés- demostró hace algunos años la existencia de una nueva dolencia: la enfermedad de las radiofrecuencias o síndrome de las microondas. Esta nueva enfermedad está caracterizada por fatiga, irritabilidad, nerviosismo, cefaleas, náusea, palpitaciones, alteraciones de la presión arterial y la frecuencia cardiaca, trastornos del sueño, disminución sensorial y modificaciones en el electroencefalograma. Más recientemente se ha incluido en este listado pérdida de reflejos, retardo en la toma de decisiones, pérdida temporal de memoria, mareos y vértigos así como la presencia de ruidos y zumbidos en los oídos”. Y concluye su texto de forma irónica: “Llegados hasta aquí creo que ya no hay nadie que pueda decir que la radiación de microondas de los teléfonos móviles es totalmente inocua. Acéptenme, al menos, que ‘cosquillea’ el sistema nervioso”.

LA “DECLARACIÓN DE ALCALÁ” 

También en mayo del 2002 catedráticos e investigadores de la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid) hicieron público un texto hoy conocido como la Declaración de Alcalá en la que un grupo de científicos -incluida una destacada miembro del Comité de Expertos del Ministerio de Sanidad y Consumo, la catedrática de Magnetobiología de Zaragoza, María Jesús Azanza– decidió expresar lo que consideraban una preocupante realidad. La misma comienza reconociendo que la radiación de microondas pulsantes de baja intensidad que se usa actualmente en telefonía móvil “puede ejercer en los organismos vivos sutiles influencias no térmicas”. Una afirmación que apoyan en dos hechos: “Por un lado, las microondas -que se definen por su intensidad  y por su frecuencia- son sistemas oscilatorios de transporte de energía. Por otro lado, el cuerpo humano es un complejo electroquímico de exquisita sensibilidad cuyo control y funcionamiento ordenado son regulados por procesos eléctricos oscilatorios de varios tipos, cada uno caracterizado por una frecuencia específica”. Y aclara el texto que “las frecuencias de la radiación incidente desde el exterior pueden interferir con las actividades biológicas endógenas de carácter eléctrico” explicando que dicha interferencia puede producirse de acuerdo con unos principios básicos:

-Todas las estructuras biológicas establecen comunicación con el medio que las circunda a través de impulsos eléctricos.
-Nuestro cerebro es el órgano más sensible a los efectos de alteraciones eléctricas inducidas en nuestro cuerpo.
-Nuestro corazón mantiene su actividad rítmica a partir de un flujo constante de corriente que puede ser alterado por un campo electromagnético externo.
-Todas las estructuras celulares vivas son sensibles a corrientes inducidas desde el exterior.
-Nuestro cuerpo actúa como una antena receptora de las ondas electromagnéticas.
-Nuestro sistema nervioso es una estructura muy sensible y fácilmente alterable por las emisiones electromagnéticas que inciden desde el exterior.

También indican los firmantes que la mera existencia de efectos no térmicos no implica necesariamente consecuencias adversas para la salud ya que los campos electromagnéticos también se utilizan con fines diagnósticos y terapéuticos. “Pero tampoco –continúan- podemos pasar por alto ciertos indicios inquietantes recogidos en la literatura científica de la que son una pequeña muestra las más de 600 publicaciones examinadas para elaborar este documento”. Y a continuación enumeran los principales efectos no térmicos que pueden provocar las radiofrecuencias de baja intensidad según diversos estudios realizados en laboratorios que los propios firmantes consideran independientes: alterar las características dinámico-funcionales de la membrana celular, alterar la transducción de señales físico-químicas, provocar respuestas celulares proliferativas y provocar un incremento de marcadores de la presencia de células tumorales.

“Más aún  -prosigue diciendo la Declaración-, las radiofrecuencias utilizadas en telefonía móvil parecen afectar de forma no térmica a una variedad de funciones cerebrales (incluido el sistema endocrino). No es de extrañar que la sintomatología que refieren las personas expuestas a campos electromagnéticos sea fundamentalmente neurológica”. Y después: “La telefonía móvil analógica usa señales parecidas a las de las estaciones de radio o televisión y la telefonía móvil digital se basa en microondas pulsadas muy similares a las señales de los radares aunque en otras frecuencias. Y, por desgracia, los estudios epidemiológicos sobre exposición a ondas de radiotelevisión y radar incluyen, aunque la exposición no esté a veces perfectamente definida, incrementos de patología tumoral así como alteraciones cardiacas, neurológicas y reproductivas”.

Por último, en los párrafos finales los firmantes denuncian que “si estudios científicos y normativas de otros países, aplicando el principio de cautela, establecen niveles de protección 0,1mW/cm2 o incluso inferiores es una grave negligencia que en nuestro país la población siga expuesta a niveles que pueden llegar hasta 450 ó 900 mW/cm2 esperando a que la evidencia firme establezca plenamente los efectos nocivos de los campos electromagnéticos débiles en exposiciones a largo plazo”. Y concluyen con una advertencia: “Anular las voces discrepantes no nos acerca a la verdad, sólo la oculta por un tiempo limitado”. 

LLAMAMIENTO DE FRIBURGO

También son cada vez más los médicos que han empezado a manifestar públicamente su preocupación. Muestra de ello es el documento que el 9 de octubre de 2002 firmaba una veintena de médicos de la región alemana de Friburgo y cuyo llamamiento ya ha sido suscrito por más de mil médicos y centenares de terapeutas de todo el mundo. En el texto se puede leer: “En los últimos años observamos entre nuestros pacientes un dramático aumento de enfermedades graves y crónicas” (aquí se incluye un listado de distintas enfermedades entre las que se citan, por ejemplo, infartos, cáncer, enfermedades cerebrales degenerativas, inmunodeficiencias, insomnio o cansancio crónico).Y vemos con frecuencia creciente una clara relación temporal y espacial entre la aparición de estas dolencias y el comienzo de una irradiación de microondas que se presenta de diversas formas: instalación de antenas de telefonía móvil en la proximidad de los pacientes o uso intensivo de teléfonos móviles, adquisición de un teléfono inalámbrico para usarlo en casa o en la vecindad”.

A los médicos no les cabe duda: “Ya no podemos creer en una coincidencia puramente casual pues con demasiada frecuencia observamos una llamativa concentración de determinadas enfermedades en zonas o edificios irradiados con microondas; con demasiada frecuencia mejora la enfermedad o desaparecen dolencias que se prolongaban meses y hasta años poco tiempo después de reducir o eliminar la irradiación con microondas; con demasiada frecuencia se confirman nuestras observaciones con las mediciones de campos electromagnéticos realizadas in situ”. Todo lo observado les lleva a concluir lo siguiente: “Consideramos que la tecnología de la telefonía móvil introducida en 1992 así como los teléfonos inalámbricos (Norma DECT) que se pueden comprar desde 1995 son uno de los desencadenantes esenciales de este fatal desarrollo”. Y advierten: “Especialmente amenazados se encuentran las embarazadas, los niños, los adolescentes y las personas mayores y enfermas”.

Confiesan los firmantes de este llamamiento que sus esfuerzos terapéuticos son cada vez más infructuosos por la libre y continua penetración de las radiaciones tanto en los lugares de trabajo como en los de residencia y apuntan en una dirección concreta: “Consideramos el número creciente de enfermos crónicos también una consecuencia de la política irresponsable de fijación de límites que, en vez de proteger a la población de los efectos a corto y largo plazo, se somete a los dictados de una tecnología de cuya peligrosidad se tiene ya suficiente constancia.Ya no esperamos nada de nuevos e irreales resultados de la investigación que, según nos muestra la experiencia, están influenciados reiteradamente por la industria mientras se ignoran estudios con fuerza probatoria. Consideramos apremiante y necesario obrar ya”.

MÁS “ILUMINADOS”

Debemos agregar que antes incluso de las declaraciones de Alcalá y Friburgo -concretamente en enero de 2001-, la Asociación de Estudios Geobiológicos (GEA) advertía al entonces Ministerio de Ciencia y Tecnología de que la telefonía móvil produce ambos tipos de efectos, los térmicos -ya reconocidos- y los no térmicos -que se intentan silenciar-. En esa fecha GEA enviaba al Ministerio un extenso y documentado informe con las alegaciones de esa Asociación al Proyecto de Real Decreto de la Ley 11/1998, de 24 de abril, General de Telecomunicaciones mencionada antes. Y en dicho informe podía leerse: “El único índice de referencia tomado como restricción básica es el valor S.A.R. (Tasa de Absorción Equivalente) que mide la potencia de radiación necesaria para calentar o elevar en 1º C los tejidos sometidos a dicha radiación. Este valor sólo tiene en cuenta los efectos térmicos de las radiofrecuencias olvidándose de los muchos efectos no-térmicos. Pero es que además todos los experimentos para hallar el SAR, sin excepción, se realizan  no en seres vivos ni sobre personas sino sobre un modelo esférico lleno de líquido de densidad parecida a la del cuerpo humano que permite obtener un cálculo empírico, no real, del SAR”.

Y es que precisamente esto es parte del problema ya que el límite autorizado para la radiación de microondas utilizada por la telefonía móvil ha sido establecida por técnicos -no por médicos o biólogos- que se basan sólo en la potencia de radiación que calienta un grado centígrado una bolsa que contiene una solución salina que intenta imitar la composición del cuerpo humano. “En lenguaje llano –continua el informe de GEA- no se experimenta sobre seres vivos y no se tiene en cuenta la condición de ser vivo del hombre a la hora de establecer valores de protección porque ello introduciría demasiadas variables en los experimentos y porque – y  ésta es la razón definitiva- no interesa que se investigue sobre el ser humano”.

GEA cita además en su informe otros documentos que avalan sus palabras. Por ejemplo, el informe del doctor Gerard Hyland remitido al Parlamento Europeo en junio de 1999 -que reprodujimos en el número 36 de nuestra revista- y que recogía una serie de recomendaciones muy concretas. También mencionan el informe encargado por el Gobierno británico a un grupo independiente de expertos en telefonía móvil que es conocido comoInforme Stewart(mayo 2000) en el que se reconoce la posibilidad de efectos no-térmicos negativos para la salud por causa tanto de los teléfonos móviles como de las antenas base. El texto dice literalmente: “Ahora existe evidencia científica que sugiere que pueden producirse efectos biológicos por exposiciones por debajo de estos valores de referenciase refiere a los establecidos por la ICNIRP, siglas en ingles de la Asociación Internacional para la Protección frente a la Radiación No-Ionizante, organismo encargado de fijar los límites de emisión de radiofrecuencias- y, por tanto, concluimos que hoy en día no es posible decir que la exposición a radiofrecuencias, aunque sean inferiores a los valores de la ICNIRP, esté desprovista totalmente de efectos adversos para la salud.”

Y para apoyar sus alegaciones e instar al Ministerio a adoptar un principio de cautela antes de fijar los límites de emisión de radiofrecuencias GEA recordaba en su texto que “los efectos no-térmicos están demostrados a nivel experimental y a nivel epidemiológico. Existen más de 20.000 estudios sobre los bioefectos de las radiofrecuencias, que son más del doble que los estudios realizados sobre los efectos perjudiciales del plomo (que se supone es el mayor biotóxico). El volumen de estudios realizados es indicador del consenso científico acerca de la peligrosidad de las radiofrecuencias”.

EL NECESARIO PRINCIPIO DE PRECAUCIÓN

Otro colectivo que también se muestra especialmente combativo es el de los ciudadanos informados y concienciados que cada vez más se unen en asociaciones vecinales o de usuarios para denunciar los daños que les está provocando la instalación de antenas de telefonía en las azoteas de las ciudades donde viven (vea el recuadro adjunto sobre casos de enfermedades relacionadas con antenas).

Lamentablemente, a pesar de los miles de informes científicos conocidos y de las exigencias de colectivos ciudadanos, el Parlamento Europeo se ha lavado las manos hasta el año 2006, fecha en la que está prevista la finalización de las investigaciones que encargara en su día sobre las ondas electromagnéticas de la telefonía móvil. Lo mismo ocurre con la OMS que no se pronunciará hasta que concluyan las investigaciones del Proyecto Internacional CEM en 2007 y que cuenta con un presupuesto de 3,3 millones de dólares para evaluar los riesgos para la salud de los campos electromagnéticos (CEM).

La pregunta es: si se precisan tantos años para que el Parlamento Europeo o la OMS emitan un informe propio sobre los móviles de primera generación, ¿cuánto habrá que esperar para que lleguen las primeras valoraciones institucionales acerca de la telefonía de tercera generación que, como se sabe, es mucho más potente? No podemos ni imaginarlo. Y aún más: ¿por qué esa demora exagerada? ¿Es una táctica para beneficiar a alguien? ¿A qué precio?

Desde aquí nos unimos a quienes exigen que se aplique de forma inmediata el Principio de Precaución regulado por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea según el cual cuando subsista incertidumbre respecto a la existencia y a la importancia de los riesgos para la salud de las personas, las instituciones pueden adoptar medidas de protección sin tener que esperar que la realidad y la gravedad de los riesgos estén plenamente demostrados.

Por nuestra parte sólo queda añadir que un Gobierno interesado por la salud de sus ciudadanos no debería repetir antiguos vicios ni permitir situaciones kafkianas del pasado como cuando, por ejemplo, se negaba la nocividad del tabaco o del amianto, o se ocultaba la posible transmisión a humanos del mal de las “vacas locas” o del “pollo asiático”.

L. J.

Recuadro:


¿Qué no hay evidencias de su peligrosidad?

A los casos ya recogidos en nuestras páginas de febrero de 2002 (vea el nº 36 de Discovery DSalud) cabría añadir los que ha recopilado la Asociación Vallisoletana de Afectados por Antenas de Telecomunicación (AVVATE) y que han sido publicados en la prensa española sólo en los últimos 4 años. Todos ellos son casos de cáncer y otras patologías graves que la población relaciona con antenas de telefonía próximas a los lugares donde viven:

-Totana (Murcia). 6 muertes por cáncer (mayo 2000).
-Torrevieja (Alicante). 13 muertes por cáncer (noviembre 2000)
-Quart de Poblet (Valencia). 5 casos de cáncer (enero 2001)
-Ondara (Valencia). 10 casos de cáncer (marzo 2001)
-Benidorm (Alicante). 3 casos de cáncer. (agosto 2001)
-Barrio de San José de Palmete (Sevilla). 9 casos de cáncer (agosto 2001)
-Colegio Jesús Nazareno (Córdoba). 3 leucemias infantiles y 2 cánceres de colon entre los docentes (noviembre 2001).
-Colegio García Quintana (Valladolid). 3 leucemias linfoblásticas agudas y 3 linfomas. De ellos, un fallecimiento. En este colegio se ha dado el 43% de todos los casos de cáncer infantil de la provincia de Valladolid. (2001-2004). Y ello sin que ningún estudio de campo encuentre otra explicación plausible.
-Barrio de Las Flores (La Coruña). 20 muertos en un año. (enero 2001).
-Figueres (Girona). 3 tumores cerebrales en el mismo colegio (marzo 2002).
-Torrevieja (Alicante). 7 casos de cáncer (marzo 2002) .
-Villaviciosa de Odón (Madrid). 4 casos de cáncer en el cuerpo de bomberos (noviembre 2002).
-Conil (Cádiz). Varios casos de cáncer y problemas de tiroides (febrero 2003).
-Ronda (Málaga). 14 fallecimientos por cáncer (marzo 2003).
-Barrio de Las Musas (Madrid). 14 casos de cáncer (abril 2003).
-Barrios Bacarot y Plá (Alicante). Varios casos de cáncer, 4 muertes y 4 abortos (mayo 2003).
-Cartagena (Murcia). 2 muertes por cáncer (mayo 2003).
-Montilla (Córdoba). 11 casos de hipertiroidismo (mayo de 2003).
-Barcelona. 2 muertes por leucemia (junio 2003).
-Portocolom (Mallorca). 23 casos de cáncer (agosto 2003).
-Alcossebre (Castellón). 6 casos de cáncer (agosto 2003).
-Jerez (Cádiz). Varios casos de cáncer (septiembre 2003).
-Cieza (Murcia). 3 cánceres infantiles en el mismo colegio. (septiembre 2003).
-Salamanca. 3 cánceres de laringe. (septiembre de 2003).
-Plasencia (Cáceres). 7 casos de cáncer. (noviembre 2003).
-Cuartel de la Guardia Civil (Palencia). 2 leucemias. (noviembre 2003).
-Alzira (Valencia). 34 casos de cáncer. De ellos, 18 ya fallecidos. (diciembre 2003).
-San Ginés (Murcia). 20 cánceres (11 ya fallecidos) y varias leucemias infantiles en una población de unos 2.000 habitantes. (diciembre 2003).
-Coria (Cáceres). 20 cánceres en personas jóvenes. (diciembre 2003).
-Burriana (Castellón). Cuatro cánceres infantiles en el mismo colegio en menos de tres años. (enero 2004).
-Santa Marta de Tormes (Salamanca). 37 cánceres en cuatro calles de la misma manzana. 1 fallecido. (enero 2004).
-Sant Boi de Llobregat  (Barcelona). 6 casos de cáncer en el mismo bloque de viviendas. (febrero 2004).
-Gijón. En unos bloques con antenas, 11 casos de tumores, 1 linfoma de Hodking, 1 carcinoma suprarrenal, 1 cáncer de lengua, 1 cáncer de próstata, varios casos de cáncer de mama, 1 cáncer ovárico, graves lesiones coronarias. Además, 7 fallecidos en los últimos años. (febrero y marzo 2004).
-Rojales (Alicante). 12 casos de cáncer, además de enfermedades renales, abortos y malformación en bebés. (Diario Información, 7 de marzo de 2004).
-Fernán Núñez (Córdoba). 3 cánceres de mama. (abril 2004).
-Barrio de Miralbueno (Zaragoza). 15 casos de cáncer.(mayo 2004).
-San Juan de la Peña (Zaragoza). 15 muertes por cáncer en 2003 y muchas más personas padecen la enfermedad en la actualidad. (mayo 2004).
-Leganés (Madrid). Abortos, partos prematuros, dermatitis atópicas, dolencias neurológicas e insomnios. (mayo 2004).
-Barrio de Miralbueno (Zaragoza). Varios casos de cáncer, 1 de malformación genética y cuadros de insomnio en una misma comunidad de vecinos. (mayo 2004).


 

Algunas investigaciones

Hay cerca de 20.000 estudios sobre los efectos de la telefonía móvil (cifra dada por el Comité que en Estados Unidos se encarga de fijar los estándares de exposición). En el nº 36 de la revista publicamos algunos casos significativos (véalos en www.dsalud.com) y en Internet se pueden encontrar miles de páginas de información. En este recuadro referenciamos pues sólo algunos de los muchos estudios existentes sobre los efectos no térmicos de la telefonía móvil:

-Un estudio sobre UMTS realizado en Holanda con personas voluntarias para investigar los efectos de esta tecnología pone en evidencia que con exposiciones de 0,l26 microwatios por centímetro cuadrado se producen de forma casi inmediata mareos y vómitos. Es decir, que el estudio documenta alteraciones biológicas con potencias miles de veces inferiores a las que emplea uno de esos móviles.

-También el físico Abe Liboff -de la Universidad de Oakland (Estados Unidos)- ha establecido la relación entre los campos electromagnéticos y los tumores. En un experimento irradió células sanas y malignas -tanto óseas como linfáticas- para observar cómo los campos electromagnéticos afectaban su crecimiento. Los resultados evidenciaron que en ambos tipos de células se estimuló la producción de ADN. En las células malignas, sin embargo, el incremento de ADN fue entre 3 y 5 veces mayor que en las células sanas.

-El doctor Harry Lai -de la Universidad de Seattle (Estados Unidos)- constató en 1999 que los ratones perdían memoria significativamente tras ser sometidos a la radiación de un teléfono móvil. Además comprobó que sus efectos eran acumulativos.

-El profesor doctor Lebrecht von Klitzing -de la Universidad de Lübeck (Alemania)- llevó a cabo en 1998 un experimento sobre personas voluntarias y constató fuertes alteraciones en sus electroencefalogramas cuando eran sometidos a las radiofrecuencias de telefonía móvil digital. De hecho, registró trazos psicóticos y alteraciones de las fases REM del sueño incluso largo tiempo después de cesar el experimento.

-La doctora Jocelyn Lleal y su equipo del Servicio de Bioelectromagnetismo del Hospital Ramón y Cajal (Madrid) constataron ya en 1995 que a altas frecuencias de 915 MHz y aplicando modulación de pulso de 8, 16 y 200 Hz (la telefonía digital funciona a 217 Hz de modulación) se modificaba y aumentaba de forma muy significativa la permeabilidad de la barrera hematoencefálica.

-En Internet se puede encontrar un informe de la NASA que data de junio de 1980 en el que se describe un experimento realizado por el Ejército norteamericano que pretendía desarrollar un arma psicológica mediante la emisión de microondas pulsantes de baja potencia. Se supone que lo consiguieron porque en el texto se explica que “cuando las personas son radiadas con microondas de baja potencia en la conveniente modulación perciben unzumbido, chasquido o silbido que da la sensación de estar originado (independientemente de la posición en el campo) dentro y justo detrás de la cabeza”.Este fenómeno –la percepción de ruido constante en la cabeza- se produce, según la agencia norteamericana, con densidades de potencia de microondas tan bajas como microvatios por centímetro cuadrado en las frecuencias portadoras de 0,4 a 3 GHz. Cabe recordar que la telefonía móvil utiliza 0,9 GHz y 1,8 GHz; un teléfono inalámbrico con tecnología DECT (los más comunes), 1,9 GHZ y la telefonía 3G emplea 2,2 GHZ.


Declaraciones significativas de científicos “disidentes”

Dr. Lief Salford, de la Universidad de Lund (Suecia), quien logró demostrar que las microondas pueden atravesar la barrera hematoencefálica: “El uso intensivo del teléfono móvil puede dar lugar a una generación entera de adolescentes con un cerebro envejecido en la plenitud de sus vidas”.

Dr. Neil Cherry, biofísico de la Universidad de Lincoln (Australia):“La radiación electromagnética está perjudicando los cerebros, corazones, embriones, hormonas y células. Es una amenaza para la vida inteligente en la Tierra. La radiación electromagnética interactúa por resonancia con los cuerpos y las células, interfiere con la comunicación célula a célula, con el crecimiento y la regulación celular y está perjudicando la base genética de la vida”.

Dr. Ross Adey, neurólogoy presidente del Consejo Nacional Norteamericano de Protección contra las Radiaciones:“La industria ha fomentado la creencia de que los teléfonos móviles son seguros sin ninguna evidencia que la respalde. Simplemente, la industria está mintiendo”. El doctor Adey, que durante mucho tiempo realizó investigaciones para Motorola sobre las ondas electromagnéticas emitidas por la telefonía móvil, también ha dicho públicamente que le “frustra ver el poder que tiene el dinero para manipular las investigaciones y a los reguladores del Gobierno”.

Dr. Klitzing, de la Universidad de Lübech (Alemania): “Los resultados de nuestras investigaciones nos permiten demostrar que una potencia de 0,1 microW/cm2 puede alterar el electroencefalograma y resulta un nivel de potencia 5 veces superior al que puede alterar la melatonina”. Y aclaramos que los límites fijados por los gobiernos son mucho más altos que ese 0,1 microW/cm2.Sirva también como aclaración que nuestro cerebros detectan y usan señales de baja frecuencia que tienen una intensidad media de alrededor de 0,0000001 microwatios/cm2. Por tanto, no debe extrañar que a exposiciones que son millones de veces más altas se produzcan daños en las células cerebrales y aumente en riesgo de tumor cerebral como consecuencia de la radiación recibida.

Dr. Lai,de la Universidad de Washington (Estados Unidos), en 1995: “Además de lo adelantado por el doctor Klitzing, los estudios también ponen en evidencia que una potencia de tan sólo un miliwatio/cm2 en ratones y la décima parte -por las proporciones craneales- en humanos -con una frecuencia algo superior a la de la actual UMTS- puede alterar los cromosomas”.

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Julio - Agosto 2004
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