Salud con-ciencia

¿Son razonables las pretensiones de una Medicina que trascienda el marco de la materia y salte más allá del límite aparente de la biología molecular? ¿Tienen sentido las recientes publicaciones sobre el efecto de la oración a distancia y las estadísticas que nos introducen a una epidemiología de la religión? ¿Podríamos hablar con propiedad de ciencias de la conciencia o, más aún, de una ciencia con conciencia? ¿Es la conciencia un tema lícito de investigación científica?

John Lorber nos describe la resonancia magnética de un hombre que no tenía cerebro. El espesor de su corteza cerebral -normalmente de unos cuatro o cinco centímetros- aparecía con sólo dos milímetros de espesor y, sin embargo, era un profesional brillante. ¿Dónde está pues la mente cuando prácticamente no existe la corteza cerebral? ¿Es el cerebro el emisor de la conciencia, su instrumento receptor? ¿Es el cerebro la sede de la memoria y la inteligencia o éstas, aunque emplean el cerebro, no tienen localización concreta? ¿Es cierto que la memoria está en el hipocampo y la inteligencia emocional ocupa un cierto lugar del lóbulo frontal?

Es este tipo de interrogantes los que vamos a plantearnos -de muchos modos- en esta sección de Discovery DSALUD… sin la menor pretensión de tener la respuesta. Y es que hemos generado demasiados mitos y pocas verdades tratando de acomodar la conciencia en el cuerpo. Así, optamos primero por dividirnos en cuerpo y mente, es decir, separamos el cuerpo de la mente, la anatomía de la fisiología; luego relegamos el alma al ámbito de la Psicología que, a su vez, dejó de ser la ciencia del alma para convertirse en una disciplina del comportamiento. Y así, de división en división, todo se nos fue diluyendo hasta que a los médicos sólo nos dejaron como sujeto un esqueleto molecular al que ahora podemos adornar con tomografías de emisión de positrones, magnetoencefalogramas y resonancias magnéticas. Y empezamos a descubrir en Medicina lo que la Física había descubierto a fines del siglo pasado: que la realidad no está hecha de partículas ni de cargas sino de un campo invisible que no sólo no separa las cosas sino que explica el comportamiento de ondas y partículas.

Sólo que en el hombre, ese misterioso campo que penetra todas las células es, además de un campo de energías, un campo de información y de conciencia. Sí, en tamaña complejidad nos adentramos cuando vislumbramos más allá de un fósil molecular a un hombre que piensa, que sueña y crea. Si lo miramos con los ojos de la biología molecular sólo las partículas aparecerán. Si lo miramos desde la perspectiva de la Física, los electrones activados despedirán fotones a la velocidad de la luz y el cuerpo humano parecerá proyectarse al sistema solar. Si lo miramos con otros ojos tal vez podamos alcanzar a vislumbrar campos de información y de conciencia sin ninguna localización concreta.

Desde cualquier visión, surge sin embargo un mínimo común denominador: todos los campos, ya sean campos de materia o de energía, campos de información o de conciencia, son campos de relación. Contextos de contextos relacionales que se expanden y se contraen entre el microcosmos y el macrocosmos. Pero todo orden complejo es un orden entretejido y, paradójicamente, un orden sencillo. Acceder a esa visión de los sistemas complejos es aprender a contemplarlos desde la totalidad pues si no nuestra ciencia termina en un rompecabezas: mientras más grande la especialidad, más lejanos de la totalidad de la vida y de la misma salud, que podría definirse muy simplemente como armonía integral.

 Y esto, que tiene ribetes de filosofía, es de una vigencia tangible en todas las manifestaciones de la vida. Así, en los trastornos de personalidad múltiple, cuando se cambia de identidad, se puede cambiar también de enfermedad aunque ésta sea una entidad con un aparente origen molecular. Es posible así que un diabético insulino-dependiente pueda dejar abruptamente de serlo o que una alergia alimentaria desaparezca simplemente cuando se asume otra personalidad. ¿Qué relación existe pues entre la diabetes o la insulina, entre la alergia o la histamina y esos complejos patrones de comportamiento que llamamos personalidad?

La personalidad es algo más parecido a un campo de información y conciencia que a un campo energético convencional. Sin embargo, esos patrones de conducta están allí como una oscura sombra haciendo impredecible nuestra visión mecanicista de la vida. Personalidades A, B o C han sido relacionadas con un aumento del riesgo para cierto tipo de enfermedades. El simple hecho de ser introvertido o extrovertido ya pareciera dejar sus huellas en el camino molecular. Luego, si un simple examen o el ver una película con alta carga emocional puede cambiar el nivel de inmunoglobulinas de superficie -las igA-, ¿qué no podrá hacer un patrón de emociones y visiones complejas del mundo como la estructura de la personalidad? Un buen carácter puede ser el más poderoso agente preventivo mientras la irritabilidad puede ser para algunos un veneno mortal.

 Es curioso que cuando muchos -incluso médicos- creen en ellos, los nuevos medicamentos parecen ser los mejores… hasta que de nuevo muchos dejan de creer porque otros más modernos ocupan su lugar. Cuando se revisan estudios prospectivos con estudiantes de Medicina uno se encuentra que quienes presentaban un perfil de inmadurez -con una inadecuada imagen de sí mismos- treinta años después presentaban tres o cuatro veces más riesgo de enfermedad y muerte -por todo tipo de causas- que aquellos estudiantes que tenían buena imagen de sí mismos. En grupos de la Tercera Edad, la imagen que tienen esas personas de sí mismas tiene un valor predictivo sobre sus expectativas de enfermedad y muerte en la próxima década mayor que la de muchos exámenes convencionales.

 Cuando el técnico de laboratorio acaricia los ratones sometidos a dietas ricas en colesterol puede con esa actitud introducir una variable que bloquea el efecto de la dieta sobre el sistema vascular (¡y, de paso, dañar las pulcras estadísticas!).

 El sistema inmune tiene memoria, aprende, se condiciona al igual que el sistema nervioso vegetativo. Después de tomar una sola vez un depresor del sistema inmune en asociación con alcanfor, el simple hecho de seguir oliendo el inocuo alcanfor puede matar los ratones de laboratorio porque su sistema inmune confunde el alcanfor con el veneno al que una sola vez se asoció. Y si el alcanfor se asocia por una vez a un estimulante del sistema inmunitario, la continuidad de su uso generará una potenciación del mismo.

 Es decir, una misma molécula -inocua por sí misma- tiene el efecto contrario según su asociación. Es como si el sistema de defensa del organismo le dijera al inofensivo alcanfor: dime con quién andas y te diré quién eres. Y, además, le diera una respuesta totalmente dependiente de su clase de compañía. Pues bien, el tipo de relación o compañía son un precioso indicador de riesgos de morbimortalidad (el riesgo de enfermar o morir). Los animales que recibían una dieta rica en colesterol se libraron de morir porque la pequeña ayudante que los nutría, además de darles comida, los acariciaba. Pero para los pobres ratones que no alcanzaron caricias el colesterol surtió sus efectos letales. En compañía de caricias, hasta los eventos mortales pueden ser sucesos inocuos.

 Lo importante, pues, no es lo que nos pasa sino en qué circunstancia, con qué soporte, qué visión de nosotros y del mundo tenemos cuando nos pasa. Por eso el mismo conflicto que a unos literalmente les traspasa, en otros es algo que sencillamente pasa para dejar una enseñanza.

Cuando un hospital de la Florida contrató una enfermera que acariciara a los recién nacidos prematuros constató que esa inversión le representaba un ahorro de algo así como diez mil dólares –un millón ochocientas mil pesetas- por cada uno ya que aumentaron de peso más rápidamente y pudieron ser sacados antes de las costosas unidades para el cuidado de los prematuros.

 Debajo de la piel hay una hormona del crecimiento, factores de estimulación tiroidea, moléculas antidepresivas, neuropéptidos que inciden en nuestros estados de ánimo y ayudan a convertir nuestros estados emocionales en estados fisiológicos… La piel es un radar en el que cada punto de acupuntura es una unidad de comando eléctrico, algo así como un pequeño cerebro relacional que cambia su permeabilidad eléctrica según el ambiente interno y externo. Abrazos, caricias, masajes, corrientes, barro, hidroterapia, láser, agujas, pediluvios y maniluvios son algunos de los estímulos terapéuticos para dialogar con ese radar entrenado durante millones de años para conectar la vida a su ambiente. Porque la piel no es sólo una barrera de protección: es, ante todo, una ventana abierta al mundo de la comunicación.

Pero información y conciencia no sólo están en los patrones de personalidad y en las moléculas. Trascienden con mucho la piel y a través de nuestras relaciones son factores determinantes de nuestra calidad de vida.

Así, un cambio de creencias puede representar un rotundo cambio de vida. Cuando se analizan estadísticas sobre los supervivientes de cáncer, tal vez el único parámetro realmente significativo sea el de un cambio de actitud hacia la vida. Aunque sea la misma copa de vida, hay una gran diferencia si la vemos medio llena o medio vacía.

La manera en que se comunica una mala noticia puede tener efectos más devastadores sobre la salud que la misma enfermedad. Y qué opina uno del más allá debería ser un factor a considerar en el pronóstico de una mal llamada enfermedad terminal.

La calidad de las relaciones es tan definitiva que el hecho de que los esposos se sientan queridos por sus mujeres es un factor protector que disminuye las complicaciones después de un problema coronario. Y es que sentirse querido es algo que incide de manera fundamental en la supervivencia y en la calidad de vida.

Si alguien inventara algo que rebajara el riesgo global de enfermar o morir sería el más firme candidato al Nobel de Medicina. Y, sin embargo, ese “medicamento” ya existe y es el soporte relacional. Dime cómo te relacionas y te diré cuán fuerte es tu salud. La gente que tiene una buena red de soporte afectivo enferma menos y cuando así ocurre afronta mucho mejor cualquier enfermedad. Cuando alguien nos puede abrazar o acompañar en el dolor, cuando tenemos el campo amortiguador del amor, los mecanismos de adaptación movilizados por el médico interior siempre funcionan mejor.

Son tan contundentes las estadísticas y los estudios científicos sobre estos aspectos de la conciencia que ahora no nos queda más remedio que contar con ella y empezar a estudiar el profundo significado, ya no a la luz de la metafísica o de la filosofía sino de la mismísima ciencia. Y no es para menos. El mismo ayuno tiene efectos totalmente diferentes si es voluntario o impuesto. Grandes estudios como el del condado de Alameda, en California (EE.UU.), constataron de forma inequívoca que las personas con un buen soporte relacional estaban más protegidos contra muchos tipos de enfermedad que aquellos que, aún llevando un estilo de vida muy sano, no tenían relaciones sociales de calidad. Es cada vez más evidente que la vida también se nutre de sentido: en otras palabras, de querer y sentirse querido.

Cuando en Rossetto -un pueblo de Pensilvania- los inmigrantes italianos tenían un estilo de familia abierto, aquella en la que todo se comparte, la prevalencia de enfermedad coronaria era mucho más baja que la del resto del estado. Cuando se desintegró el modelo de unidad familiar, las estadísticas de infartos subieron a los niveles esperados para el resto del estado.

Todo esto nos revela que la salud es un asunto relacional. Relaciones entre moléculas, emociones, creencias. Relaciones con nosotros, con los otros, con el mundo de lo trascendente. Todos esos patrones de relación son presente vivo en nuestro cuerpo. Están latentes en nuestra piel, en el cerebro, en el genoma. Como agua viva, un campo relacional empapa nuestro cuerpo y nos conecta al universo. En ese campo, caben la ciencia moderna, las ciencias emergentes, el antiguo arte de curar… Todos son campos de conciencia comprimidos o expandidos, octavas de una vibración fundamental que podemos sintonizar con paquetes de información constituidos por estímulos mecánicos, químicos, electromagnéticos. Pero también por actitudes, intenciones, imágenes y pensamientos. Campos de conciencia que, en ciertas circunstancias, pueden precipitarse en cascadas de energía e información hasta las moléculas. Aquí tiene sentido el mantram, el mandala, el símbolo, la oración.

En todo instante esa magia está sucediendo en el organismo: una idea moviliza neurotransmisores. El solo pensamiento de moverse ya genera actividad eléctrica de complejos grupos neuronales. La tristeza moviliza neuropéptidos que actúan sincrónicamente sobre el sistema inmune, el sistema vascular, el apetito, la libido. Un sentimiento de amor impersonal cambia toda la fisiología y la emisión eléctrica del corazón que actúa como una especie de cerebro eléctrico, ordenador de todos los ritmos. Como una matriz de infinita sensibilidad orientada al reconocimiento de la unidad, como una armonía destinada a llevar a cada espacio la conciencia de la integridad, cada estímulo -denso o sutil- desencadena cascadas que inciden sobre la totalidad. Todo el cuerpo es cerebro y conciencia, cada molécula material es también mental. No dividido, todo está implícito en el cuerpo, sustrato portador y partícula de una onda de energía que a su vez porta una intangible corriente de vida. Codificada en un patrón de ordenamiento molecular, en la estructura disipativa del cuerpo podría expresarse el plan de la vida. El proceso de relacionar la onda con su partícula, la materia con la energía, la información con la conciencia, es un proceso de aprendizaje. El cerebro mismo modifica su anatomía cuando aprende, la red de sinapsis cambia y esa red es apenas un símbolo de la red relacional de la vida. Aprender es tender puentes entre las neuronas del cerebro, entre los distintos estados de conciencia o cuerpos, entre nosotros y el universo.

Y en ese proceso estamos todos. Toda vida. Aprendamos, que aprender es vivir. ¡Salud! ¡Con-ciencia!

 Jorge Carvajal

Este reportaje aparece en
24
Enero 2001
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